Hocus pocus kurt Vonnegut



Descargar 1,15 Mb.
Página6/9
Fecha de conversión25.07.2017
Tamaño1,15 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9

25

Mi abogado sólo encontró un aspecto realmente interesante en mi teoría sobre la Reina de las Lilas, a saber, los amplios listones púrpuras para sujetar el cabello utilizados por las muchachas que participaban cada año en la carrera, incluyendo aquélla celebrada antes de la fuga carcelaria. Los reos prófugos descubrieron carretes y carretes de ese listón en un armario de la oficina de la Decano de las Mujeres. Alton Darwin ordenó a sus hombres que se anudaran un trozo de listón alrededor del brazo. El listón se convirtió en una especie de uniforme, en un medio para diferenciar a los amigos de los enemigos. Por supuesto, el color de la piel ya constituía, por sí solo, un buen distintivo.

La importancia de los listones púrpuras, según mi abogado, reside en que yo nunca me puse 1. Esto contribuye a probar que yo siempre fui neutral.

Los condenados no fabricaron una nueva bandera. Ondearon aquélla de las Barras y las Estrellas desde lo alto del campanario. Alton Darwin no dijo que hubiesen estado en contra de Estados Unidos, sino: "Nosotros somos Estados Unidos."

Así que me despedí de Pamela Ford Hall la tarde en que me echaron del Tarkington. Nunca más la volví a ver. Supongo que el único favor verdadero que le hice fue decirle que buscara una segunda opinión, antes de admitir que Whitey VanArsdale le vendiera una caja nueva de velocidades. Según supe, pidió esa segunda opinión y resultó que su antigua caja de cambios estaba en perfecto estado.

La caja de velocidades y el resto del coche la transportaron hasta Key West, donde el ex Escritor Residente Paul Slazinger se había establecido, gozando de bienestar con base en la Beca para Genios que le había otorgado la Fundación McArthur. Nunca me di cuenta de que él y ella habían congeniado durante su estancia en el Tarkington, pero supongo que lo hicieron. Desde luego, ella nunca me habló del asunto. En todo caso, cuando trabajaba en Athena, me enteré de su boda inminente, planeada desde su permanencia en Scipio.

No obstante, resultaba evidente que iban a fracasar. Me imagino a Pamela bebiendo e insistiendo en seguir la carrera artística, aunque no fuera talentosa. Eso debió asustar al viejo novelista.

Claro que Slazinger tampoco constituía ningún galardón.

Después de la fuga penitenciaria, le conté a GRIOTMR todo lo que sabía sobre Pamela y le pedí que adivinara qué sería de ella al cabo de su ruptura con Paul Slazinger. GRIOTMR diagnosticó su fallecimiento por cirrosis hepática. Reintroduje en la máquina la misma información y, esta segunda ocasión, GRIOTMR predijo que se moriría de frío en un portal de Chicago.

Los pronósticos no eran buenos.

Después de dejar a Pamela, cuyo problema básico no era yo sino el alcohol, comencé a escalar la Montaña Mosquete, intentando reflexionar un poco bajo el depósito de agua. Pero me topé con Zuzu Johnson, quien caminaba cuesta abajo. Me dijo que había permanecido durante varias horas en ese lugar, tratando de construir sueños que sustituyeran a aquéllos relacionados con nuestra huida a Venecia.

Sostuvo que tal vez se iría sola a Venecia, donde tomaría fotos de los turistas que suben y bajan de las góndolas.

El pronóstico para ella era mucho mejor que el de Pamela, por lo menos a corto plazo. Ella no era una adicta y no estaba completamente sola en el mundo, aunque todo lo que tuviera se redujera a Tex. Además, no había hecho el ridículo ante los telespectadores de todo el país.

Por otra parte, Zuzu podía ver la parte humorística de las cosas. Recuerdo que me dijo que la no realización del sueño veneciano la había convertido en un cadáver viviente, pero que una zombie era la compañera ideal del Director de un Colegio.

Continuó expresándose de esa forma durante un rato y, sin llorar, se alejó con gran rapidez. Lo último que me dijo fue que no me culpaba.

—Asumo toda la responsabilidad de haberme enamorado de semejante idiota —afirmó con vehemencia.

¡Harto legítimo!

Cambié de opinión: no trepé a la cima de la Montaña Mosquete. En su lugar, fui a casa, pues consideré que sería más sabio reflexionar en la cochera, donde era improbable que otras balas perdidas de mi pasado me interrumpieran. Cuando llegué, encontré a un empleado del Servicio Unido de Paquetería (SUP), quien tocaba a la puerta. No lo conocía. Era nuevo en el pueblo porque, en caso contrario, no habría preguntado el motivo por el cual estaban cerradas las persianas. Cualquiera que hubiese permanecido en Scipio durante cierto tiempo sabía la causa de que las persianas estuvieran siempre cerradas:

Ahí adentro habitaban personas dementes.

Le expliqué que había un enfermo en casa y le pregunté qué quería.

Me respondió que traía una enorme caja para mí, proveniente de Saint Louis. Missouri.

Le comenté que no conocía a nadie en Saint Louis, Missouri y que no esperaba recibir ninguna caja proveniente de ningún sitio. Pero, me mostró que yo era el destinatario del paquete, de modo que repuse: "Está bien, vamos a ver su contenido." Resultó ser el pequeño baúl que se hallaba al pie de mi cama en Vietnam, el cual abandoné cuando el excremento llegó al aire acondicionado, esto es, cuando me ordenaron que me hiciera cargo de la evacuación desde la azotea de la embajada.

Su arribo no constituyó del todo una sorpresa. Varios meses antes, había sido informado de que el baúl se encontraba en un inmenso depósito del Ejército, situado en las afueras de Saint Louis, donde estaban almacenados los objetos personales de los soldados que nadie había reclamado, se trataba de pertenencias abandonadas en los campos de batalla o en otros lugares. Algún idiota debió colocar mi baúl en 1 de los últimos aviones estadunidenses que salieron de Vietnam, privando así al enemigo de mi rasuradora, mi cepillo de dientes, mis calcetines, mi ropa interior, y del último regalo de cumpleaños que me obsequió Jack Patton, a saber, un ejemplar de la revista Liguero Negro. Exactamente 14 años más tarde, el Ejército me notificó que tenía en su poder el baúl y me preguntó si quería recuperarlo. Contesté que sí. Y tuvieron que transcurrir otros 2 años para que, de repente, lo depositaran frente a mi puerta. Algunos glaciares se mueven más aprisa.

Le pedí al empleado del SUP que me ayudara a arrastrarlo hasta la cochera. No era muy pesado. Sólo voluminoso.

El Mercedes estaba estacionado enfrente. Aún no me había dado cuenta de que los muchachos del pueblo lo habían vuelto a descorchar. Los 4 neumáticos no tenían aire.

Cof. Cof.

El empleado del SUP era en realidad muy joven. Se veía tan niño y era tan novato en su trabajo, que me preguntó qué había dentro del baúl.

—Si la Guerra de Vietnam aún se estuviera escenificando, podrías ser tú su contenido —dije, dando a entender que quizá él habría regresado a casa dentro de un ataúd.

—No comprendo —señaló.

—¡Olvídalo! —repuse. Rompí el cerrojo con un martillo. Levanté la tapa de lo que de hecho era una especie de ataúd para mí, pues contenía los restos del soldado que alguna vez fui. Encima de todo, con la portada hacia arriba, se hallaba aquel ejemplar de Liguero Negro.

—¡Cáspita! —exclamó el muchacho. La mujer de la portada lo había asombrado. Parecía un Astronauta que realizaba su primer viaje al espacio.

—¿Has considerado alguna vez convertirte en soldado? —le pregunté—. Creo que serías bueno.

Nunca lo volví a ver. Quizá lo despidieron poco tiempo después y se marchó a buscar trabajo a otra parte. Sin duda, no iba a durar mucho como empleado del SUP, si persistía en la actitud de merodear, como un niño en la víspera de Navidad, hasta conocer el contenido de los distintos paquetes que entregaba.

Permanecí en la cochera. No quería entrar en la casa. Tampoco quería volver a salir. En consecuencia, me senté en el baúl y leí "Los Protocolos de los Sabios de Tralfamadore", artículo incluido en la revista Liguero Negro. Versaba sobre cierto tipo de rayos inteligentes de energía, ubicados a una distancia de billones de años luz. Estos seres buscaban formas de vida mortales y autorreproducibles, para poder expandirlas en el Universo. De modo que varios de ellos, los Sabios del título, se reunieron o cruzaron cerca de un planeta llamado Tralfamadore. El autor nunca menciona por qué los Sabios consideraban que la propagación de la vida es una buena idea. No lo culpo, pues es difícil encontrar un argumento sólido que apoye dicho planteamiento. En mi opinión, querer que cada planeta habitable esté habitado es como querer que todo el mundo tenga pie de atleta.

Los Sabios llegaron a la conclusión de que la única opción práctica de que una forma de vida pudiera viajar grandes distancias a través del espacio, residía en la transportación de plantas y animales extremadamente pequeños y durables, a bordo de los meteoritos que rebotaban en los planetas.

Sin embargo, aún no había evolucionado ningún germen lo suficientemente resistente para sobrevivir a un viaje semejante. La vida era demasiado fácil para los gérmenes. No eran sino un puñado de bollos rellenos de crema. Cualquier criatura por ellos infectada, en términos químicos, se volvía tan desafiante como un caldo de pollo.

Cuando se verificó la reunión, ya había seres humanos en la Tierra, pero éstos no constituían sino un fango caliente donde nadaban los gérmenes. Ahora bien, los hombres tenían cerebros muy grandes y algunos de ellos sabían hablar. ¡Incluso, unos cuantos leían y escribían! Por tal motivo, los Sabios centraron su atención en ellos y se preguntaron si los cerebros de los humanos no podrían inventar pruebas de supervivencia verdaderamente horribles para los gérmenes.

Vieron en nosotros el potencial para convertirnos en químicos perversos a escala cósmica. Y no los desilusionamos.

¡Qué historia!

De acuerdo con el cuento, la leyenda de Adán y Eva apenas estaba siendo redactada. Una mujer llevaba a cabo la labor de escritura. Antes, esas encantadoras palabras insinceras habían pasado de generación a generación en forma oral.

Los Sabios permitieron que transcribiera la mayor parte del mito de la creación justo de la manera en que ella lo había escuchado, del modo en que todo el mundo lo narraba. Al aproximarse al final del texto, se apoderaron del cerebro de la mujer y le ordenaron que incluyera algo que nunca había formado parte del mito.

Supuestamente, se trataba del discurso que Dios había pronunciado ante Adán y Eva. A continuación, cito el discurso en cuestión, destacando que la vida se convirtió después en un infierno para los microorganismos: "Llenad la Tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la Tierra."

Cof.

26

Así que los habitantes de la Tierra creyeron que tenían instrucciones directas del Creador del Universo. Aunque se pusieron a trabajar para satisfacer a los Sabios, lo hicieron tan lentamente que éstos introdujeron en la cabeza de los terrícolas la idea de que los humanos constituían la forma de vida que supuestamente debía expandirse por el Universo. Desde luego, éste era un planteamiento absurdo. Dicho sea con los propios términos empleados por el autor anónimo: "¿Cómo podría toda esa carne, dependiente de tanta comida, agua y oxígeno, y con evacuaciones de vientre tan abundantes, sobrevivir a un viaje a través del vacío ilimitado del espacio exterior? Era un milagro que esos gigantes voraces y pesados pudieran desplazarse a la tienda más cercana para comprar un paquete de 6 cervezas."

Por cierto, los Sabios habían desistido de influir en los humanoides de Tralfamadore, quienes habitaban justo debajo del punto donde aquéllos celebraban su reunión. Los tralfamadorianos estaban siempre de buen humor y se reconocían a sí mismos como unos zoquetes, por no decir unos zoquetes lunáticos. Eran inmunes a los kilovoltios de orgullo con que los Ancianos les habían rellenado la cabeza. Se rieron cuando apareció inesperadamente en su mente la idea de que ellos eran la gloria del Universo y que se suponía que estaban destinados a colonizar otros planetas con su incomparable magnificencia. Sabían con exactitud cuan torpes y tontos eran, a pesar de que podían hablar y de que, incluso, algunos de ellos sabían leer y escribir un poco de matemáticas. Un autor elaboró una serie de sátiras para desternillarse de risa sobre la llegada de los tralfamadorianos a otros planetas con la intención de diseminar las luces.

En cambio, como los habitantes de la Tierra carecían del sentido del humor, les pareció que esa idea era bastante aceptable.

Los Sabios juzgaron que los seres humanos creerían cualquier cosa sobre sí mismos, sin importar cuan absurda resultara, siempre y cuando fuese halagadora. Para asegurarse de ello, llevaron a cabo un experimento. Introdujeron en la cabeza de los terrícolas la noción de que el Universo entero había sido creado por un enorme ser masculino muy parecido a ellos. Se hallaba sentado en un trono espléndido y rodeado por muchos otros tronos menos elegantes. Cuando el humano moría, ocupaba para siempre uno de tales tronos, porque era un pariente muy cercano del Creador.

¡Y los terrícolas se tragaron ese cuento!

Otra característica de los humanos que agradaba a los Sabios era que temían y odiaban a los demás terrícolas que no tuvieran exactamente la misma apariencia o el mismo modo de hablar. Habían convertido la vida en un infierno no sólo para el prójimo, sino también para aquellos que consideraban "animales inferiores". En realidad, clasificaban a los extranjeros como animales inferiores. Por consiguiente, todo lo que los Sabios tenían que hacer para asegurarse de que los gérmenes pasaran un mal rato, era enseñarnos cómo fabricar armas más efectivas mediante el estudio de la Física y la Química. Los Sabios no perdieron el tiempo para consagrarse a dicha labor de enseñanza.

Provocaron que una manzana cayera sobre la cabeza de Isaac Newton.

Hicieron que el joven James Watt aguzara los oídos cuando silbaba la tetera de su madre.

Los Sabios nos hicieron pensar que el Creador entronizado odiaba a los extranjeros tanto como nosotros, y que le haríamos un gran favor si intentábamos exterminarlos por todos los medios posibles.

Ese ensayo se llevó a la práctica a gran escala aquí en la Tierra.

En consecuencia, no transcurrió mucho tiempo para que elaboráramos los venenos más mortíferos del Universo, y emponzoñáramos el aire, el agua y la tierra. En palabras del autor, cuyo nombre hubiese querido conocer: "Los gérmenes murieron por billones o no fueron capaces de reproducirse porque ya no pudieron seguir satisfaciendo las expectativas."

No obstante, algunos sobrevivieron e incluso florecieron, a pesar de que casi todas las demás formas de vida sobre la Tierra perecieron. Y cuando todas las demás formas de vida desaparecieron y este planeta se volvió tan estéril como la Luna, invernaron como esporas prácticamente indestructibles, capaces de esperar de modo indefinido la siguiente colisión afortunada de un meteorito. Así, por fin, los viajes espaciales se hicieron en verdad factibles.

Si nos detenemos a reflexionar al respecto, descubriremos que los Sabios echaron mano de una especie de teoría del escurrimiento. En general, la teoría del escurrimiento se relaciona con la economía. Supuestamente, cuanto más acaudalados sean los individuos que se hallan en la cima de la sociedad, mayor será la riqueza que se escurra hacia los sujetos en la base o parte inferior de ella. Desde luego, nunca ha sucedido eso en los hechos, porque hay 2 cosas que los de arriba no soportan, a saber, las fugas y los derrames.

No obstante, el esquema de los Sabios consistente en escurrir la miseria de los animales superiores hacia los microorganismos funcionó perfectamente.

El cuento contenía muchos más aspectos que aquéllos que he referido. Por ejemplo, el autor me enseñó un nuevo término: "Tormento Final." En apariencia, esta expresión proviene del vocabulario de la pirotecnia, el arte de fabricar los fuegos artificiales, brillantes y estruendosos, pero inofensivos, que presenciamos en el momento culminante de los festejos patrióticos. El Tormento Final es una pieza de madera pulida que mide unos 3 metros de largo, 20 centímetros de ancho y 5 de grueso, a la que se clava toda clase de morteros y lanzacohetes, unidos en serie por una sola mecha.

Cuando el espectáculo de los fuegos artificiales parece haber terminado, el Maestro Pirotécnico enciende la mecha del Tormento Final.

De ese modo caracterizó el autor a la Segunda Guerra Mundial y al breve periodo subsecuente, a lo cual denominó "el Tormento Final del así llamado Progreso Humano".

Si el autor hubiese estado en lo correcto al plantear que todo el meollo de la vida en la Tierra se reducía a producir gérmenes que estuviesen preparados para viajar en el momento en que surgiese la posibilidad de hacerlo, entonces incluso los seres humanos más importantes de la historia, como Shakespeare, Mozart, Lincoln, Voltaire, etcétera, no habrían sido sino la cápsula de Petri, el caldo de cultivo de microorganismos con fines de investigación, en el Gran Esquema de las Cosas.

Según el cuento, los Sabios de Tralfamadore eran indiferentes con respecto al sufrimiento. En el año 71 a. C, cuando 6 000 esclavos rebeldes fueron crucificados a ambos lados de la Vía Apia, a los Ancianos les hubiera encantado que uno de los crucificados hubiese lanzado un escupitajo al rostro de un Centurión, contagiándolo de neumonía o TC.

Si tuviera que adivinar cuándo se escribió el cuento denominado "Los Protocolos de los Sabios de Tralfamadore", señalaría lo siguiente: "Hace mucho, mucho tiempo, después de la Segunda Guerra Mundial pero antes de la Guerra de Corea, la cual estalló en 1950, cuando yo tenía 10 años." No se menciona a Corea como parte del Tormento Final. En cambio, se habla mucho de la posibilidad de convertir al planeta en un paraíso, mediante el aniquilamiento de todos los insectos y gérmenes; la generación de electricidad a base de energía atómica, que reduciría tan drásticamente las tarifas eléctricas que se volvería innecesaria la medición de su consumo; la factibilidad de que cualquier persona adquiriera un coche, acto que la volvería un ser más vigoroso que 200 caballos y 3 veces más veloz que un guepardo; y la incineración de la otra mitad del planeta, en el caso de que los terrícolas ahí residentes llegaran a considerar que su tipo de inteligencia era la adecuada para exportar al resto del Universo.

Como es muy probable que el cuento haya sido plagiado de alguna otra publicación, se omitió intencionalmente el nombre del autor. Después de todo, ¿qué clase de escritor presentaría un trabajo de ficción para su posible publicación en Liguero Negro?

En ese entonces, no tuve conciencia de cuan profundamente me había afectado ese cuento. Lo leí con el único objetivo de retrasar un poco mi búsqueda de otro empleo y de otro lugar donde vivir, búsqueda que debía llevar a cabo a la edad de 51 años y con 2 lunáticas a cuestas. Empero, de modo inadvertido para mí, el cuento había comenzado a funcionar como un analgésico. Representó un alivio el saber que alguien más coincidía con lo que yo había sospechado hacia el final de la Guerra de Vietnam y, en particular, después de haber visto la cabeza de un ser humano que descansaba sobre las vísceras de un carabao destripado en los alrededores de una aldea camboyana. He aquí la sospecha confirmada: que la afirmación de que la humanidad tiene un destino agradable constituye un mito para niños menores de 6 años, similar al del Ratoncito Pérez, los Reyes Magos y Santa Claus.

Cof.


Hago de su conocimiento que ya existe, en algún punto de la Tierra, un germen listo para viajar de inmediato hacia el cinturón de Orion, el carro de la Osa Mayor o hacia cualquier otro sitio, y que se trata del gonococo que pesqué en Tegucigalpa, Honduras, allá en 1967. Durante un tiempo, estuve seguro de que continuaría enfermo de gonorrea el resto de mi vida. A estas alturas, es probable que ese microorganismo pueda devorar vidrios rotos y navajas de rasurar.

Los gérmenes de la TC que tanto me hacen toser hoy día son, en comparación, unos mininos. Existen varios medicamentos en el mercado con los cuales nunca han aprendido a negociar los gatitos. Ordené el más potente de éstos hace unas semanas, y en cualquier momento me lo harán llegar desde Rochester. Si alguno de mis gérmenes está pensando en volverse un cadete del espacio, ya puede desechar esa opción. No va a llegar a ningún lado salvo al excusado.



¡Bon Voyage!

Ahora escuchen esto: ¿Se acuerdan de las 2 listas que estoy elaborando, la 1a. con los nombres de las mujeres con las que hice el amor, y la 2a. con los datos de los hombres, mujeres y niños que maté? ¡Cada vez se hace más evidente que la longitud de ambos catálogos será casi idéntica! ¡Qué coincidencia! Cuando comencé a preparar la lista de mis amantes, creí que el número de ellas podría convertirse en mi epitafio, formado de una sola cifra enigmática. ¡Pero apuesto a que el mismo número podría representar a la gente que aniquilé!

Se trata de otro milagro, como aquel relacionado con el hecho de que los estudiantes hayan estado de vacaciones durante la epidemia de difteria y, de nuevo, durante la fuga de la prisión. ¿Cuánto tiempo más seguiré siendo Ateo?

"Hay más cosas en el Cielo y en la Tierra..."



27

He aquí cómo conseguí empleo el mismo día en que fui despedido del Colegio Tarkington, en la prisión ubicada al otro lado del lago:

Abandoné la cochera cuando acabé de leer que los gérmenes y no los humanos eran los consentidos del Universo. Abordé mi Mercedes, con la intención de dirigirme al Café del Gato Negro, donde podría preguntar si alguien conocía a alguna persona que estuviera contratando gente para desempeñar cualquier tipo de trabajo en cualquier parte de este valle. Pero, los 4 neumáticos hicieron blop, blop, blop.

Los 4 habían sido descorchados por los lugareños la noche anterior. Bajé del Mercedes y me di cuenta de que tenía que orinar. Pero no quería hacerlo en mi propia casa. No deseaba charlar con las lunáticas que estaban dentro. ¿Qué les parece tanta agitación? ¿Qué germen ha experimentado una vida tan llena de retos y oportunidades?

Por lo menos, nadie me estaba disparando y no me perseguía la policía.

En consecuencia, me interné en la maleza de un lote baldío situado enfrente de mi casa, la cual estaba construida sobre una ladera. Saqué mi talán-talán y apunté en dirección a una hermosa bicicleta italiana de carreras abandonada en el suelo. Allí, escondida, la bicicleta estaba imbuida de magia e inocencia. Parecía un unicornio.

Después de haber orinado, con la puntería afinada en otra dirección, levanté a ese perfecto animal artificial.

Era nuevecito. Su sillín semejaba un plátano. ¿Por qué lo arrojaron en ese sitio? Nunca lo supe. A pesar de nuestros enormes cerebros y de nuestras atestadas bibliotecas nosotros —los posaderos de gérmenes— no podemos aspirar a comprender absolutamente nada de nada. Mi suposición era que algún joven perteneciente a una de las familias pobres del pueblo se lo había encontrado mientras vagaba por el campus. Pensó, como yo, que el dueño de la bicicleta era 1 de los estudiantes multimillonarios del Tarkington, quien probablemente poseía un coche de lujo y muchas más prendas de vestir que aquéllas que tendría la oportunidad de lucir. Así que se la llevó, tal como yo lo haría después. Pero, transcurrido un rato, se amilanó, cosa que a mí no me ocurrió, y la escondió entre la maleza, para no sufrir un arresto por robo de gran cuantía. Tal como lo averiguaría rápida y penosamente, la bicicleta pertenecía en realidad a una persona pobre, a un adolescente que trabajaba en el establo al cabo de la jornada escolar, y que había ahorrado hasta el último centavo para poder comprar la mejor bicicleta que se haya visto en el campus del Tarkington.

Para jugar un poco con mi idea errónea de que la bicicleta pertenecía a un muchacho acaudalado: me parecía factible que algún niño rico fuese dueño de tantos juguetes caros que no se tomara la molestia de cuidar éste. Quizá, la bici no había cabido en la cajuela de su Ferrari Gran Turismo.

Es increíble la gran cantidad de tesoros, tales como aretes de diamantes, relojes Rolex, etcétera, que permanecían almacenados y sin ser reclamados en el Departamento de Objetos Perdidos del colegio.

¿Estoy resentido con las personas opulentas? No. Lo mejor o peor que puedo hacer es fijarme en ellas. Estoy de acuerdo con el gran escritor Socialista George Orwell, quien afirmaba que los ricos son pobres con dinero. Descubriría que ésta era también la opinión mayoritaria en la prisión ubicada al otro lado del lago, a pesar de que sus huéspedes nunca habían escuchado hablar de George Orwell. No eran pocos los reos que habían sido pobres con dinero antes de su captura; habían poseído los más lujosos automóviles, joyas, relojes muy caros y ropa elegante. Muchos de ellos, narcotraficantes adolescentes, habían sido dueños de bicicletas tan apetecibles como la que encontré escondida en la maleza en Scipio.

Cuando los reclusos se enteraron de que mi coche no era sino un Mercedes de 4 puertas y 6 cilindros, me miraron con desprecio y compasión. Me sucedió lo mismo con muchos estudiantes del Tarkington. ¡Como si hubiese sido el propietario de un abollado camión de reparto!

Así que saqué la bicicleta del lote baldío y la coloqué sobre el asfalto de la empinada pendiente de la Calle Clinton. No tendría que pedalear o doblar esquinas para llegar a la puerta principal del Café del Gato Negro. Sin embargo, como sí me vería precisado a utilizar los frenos, los probé. En el caso de que no funcionaran, seguiría derecho hasta el antiguo embarcadero de barcazas y, sin escalas, al fondo del Lago Mohiga.

Me monté sobre el sillín en forma de plátano, que resultó ser sorprendentemente considerado con mi hiper-sensible entrepierna. Deslizarse cuesta abajo a bordo de esa bicicleta y bajo los rayos solares constituye una experiencia completamente diferente de aquélla de la crucifixión.

Dejé la bici completamente a la vista de todo el mundo, esto es, la aparqué enfrente del Café del Gato Negro. Noté que había varios corchos de botellas de champaña en la acera y la cuneta. En Vietnam, podrían haber sido cartuchos de balas. En este lugar, Arthur K. Clarke había organizado a su pandilla de motociclistas para tomar por asalto, sin encontrar ninguna oposición, el Tarkington. Antes que nada, los pandilleros y sus acompañantes femeninas bebieron champaña. Había también restos de bocadillos, uno de los cuales pisé y creo que estaba relleno de pepinos o de berros. Lo removí de mi zapato raspándolo contra el borde de la acera y abandonándolo a merced de los gérmenes. Sin embargo, les aclaro lo siguiente: ningún germen podrá salir del Sistema Solar con base en una alimentación tan poco viril.

¡Plutonio! Ése es el comestible que provoca el brote de pelo en el pecho de los microbios.

Entré en el Café del Gato Negro como si lo hubiera hecho por primera vez en mi vida. Ahora, éste era mi club, porque había sido degradado a la condición de lugareño. Después de ingerir algunos tragos, regresaría quizá a la colina, para sacar el aire de los neumáticos de algunas motocicletas y limosinas de Clarke.

Recargué mi vientre en la barra y dije: "Sírvame una bachicha." Así llamaba la gente del pueblo a la cerveza Budweiser, desde que los italianos habían comprado la empresa Anheuser-Busch, la cual fabricaba la cerveza Budweiser. Los italianos adquirieron también, como parte del trato, a los Cardenales de Saint Louis.

"Sale una bachicha", gritó la cantinera. Era justo la clase de mujer que buscaría en la actualidad, si no tuviese TC. Había llegado al final de sus años 30s, y tenido tan mala suerte que ya no sabía hacia dónde voltear. Yo conocía su historia. Al igual que todos los habitantes del pueblo. Ella y su marido habían restaurado una fuente de sodas de antaño, ubicada 2 puertas más arriba del Café del Gato Negro, sobre la calle Clinton. Pero su esposo murió a causa de la prolongada inhalación del removedor de pintura. Los gérmenes que se hallaban dentro de él tampoco debieron pasarla bien.

Sin embargo, ¿quién sabe? Los Sabios de Tralfamadore pudieron haber provocado que su marido restaurara la antigua fuente de sodas, con el único objetivo de obtener una nueva especie de gérmenes, capaces de sobrevivir al viaje a través de una nube de removedor de pintura en el espacio exterior.

Se llamaba Muriel Peck. Su esposo, Jerry Peck, era un descendiente directo del primer Director del Colegio Tarkington. Su padre creció en este valle, pero Jerry se crió en San Diego, California, de donde salió para ir a trabajar a una compañía productora de helados. Esa empresa fue comprada más tarde por el Presidente Mobutu de Zaire, y Jerry fue despedido. Entonces, vino a Scipio con Muriel y sus 2 hijos a buscar sus raíces.

Puesto que conocía el negocio de los helados, se le hizo perfectamente sensato comprar la antigua fuente de sodas. Habría sido mejor para todos los involucrados que hubiese sabido un poco menos de helados y un poco más de removedores de pintura.

Más adelante, Muriel y yo nos convertiríamos en amantes, pero eso sucedió cuando yo había completado 2 semanas de prestación de servicios en la Prisión de Athena. Por fin, me atreví a preguntarle, puesto que ella y Jerry se habían especializado en Literatura en el Colegio Swarthmore, si alguno de los 2 se había tomado la molestia de leer la etiqueta adherida a las latas de removedor de pintura.

—No, hasta que ya fue demasiado tarde —me contestó.

En la prisión, me topé con una cantidad sorprendente de reclusos que habían resultado perjudicados, no por los removedores de pintura sino por la propia pintura Durante su infancia, se habían llevado a la boca objetos cuya pintura estaba hecha a base de plomo. La intoxicación con plomo los había vuelto muy estúpidos. Se encontraban en la cárcel por haber cometido los delitos más tontos imaginables, y nunca logré que ninguno de ellos aprendiera a leer y escribir.

Gracias a ellos, ¿contamos con gérmenes que se alimentan de plomo?

Sé que tenemos gérmenes que ingieren petróleo; pero, desconozco su historia.

Quizá se trate de los gonococos hondurenos.



28

Jerry Peck se desplazaba en silla de ruedas y cargaba un tanque de oxígeno en su regazo, cuando tuvo lugar la gran inauguración del Emporio de Helados de Mohiga. Él y Muriel experimentaron una pequeña pero agradable victoria. Tanto los tarkingtonianos como los lugareños estaban encantados con la decoración de la fuente de sodas y el delicioso sabor de los helados.

Sin embargo, cuando el establecimiento apenas llevaba 6 meses de haber abierto sus puertas, apareció un individuo que fotografió todo. Además desenrolló una cinta, hizo mediciones y anotó los datos en una libreta. Los Peck se sentían halagados y le preguntaron en qué revista de arquitectura se publicaría su artículo. Él les contestó que trabajaba para el arquitecto encargado de diseñar el nuevo centro de recreo estudiantil, el Pabellón Pahlavi, por edificarse en lo alto de la colina. Los Pahlavis deseaban que dicho centro incluyera una fuente de sodas idéntica, hasta el último detalle, a la suya.

En consecuencia, quizá no haya sido el removedor de pintura lo que mató a Jerry Peck.

Del mismo modo, el Pabellón sacó de la circulación al único boliche del valle. No pudo sobrevivir con base en los ingresos generados exclusivamente por los lugareños. De modo que cualquier habitante del área que quisiera jugar boliche y careciera de alguna relación con el Tarkington, se veía precisado a trasladarse 30 kilómetros, a fin de poder practicar su deporte favorito en 1 de los boliches situados junto al Complejo de Cines Meadowdale, localizado frente al Arsenal de la Guardia Nacional.

Era el momento del día en que había poco movimiento en el Café del Gato Negro. Es probable que algunas prostitutas hayan permanecido dentro de las camionetas estacionadas a espaldas del establecimiento, pero ninguna se hallaba en el interior del mismo.

El dueño, Lyle Hooper, quien era también Notario y Jefe del Departamento de Bomberos Voluntarios, se encontraba en 1 de los extremos de la barra, haciendo algún tipo de cuentas. Hasta el final de su vida, nunca admitiría que la disponibilidad de prostitutas en el estacionamiento del café se relacionaba en gran medida con las ganancias provenientes de la venta de bebidas alcohólicas y alimentos, así como con aquéllas generadas por la máquina despachadora de condones ubicada en el baño de caballeros.

Para los Sabios de Tralfamadore esa máquina de condones representaría sin duda alguna una amenaza contra su programa espacial.

Desde luego, Lyle Hooper estaba al corriente de mis hazañas sexuales, ya que había certificado los testimonios que versaban sobre tales proezas. Pero nunca mencionó nada al respecto, ni a mí ni tampoco, que yo sepa, a nadie. Era la personificación de la discreción.

Quizá Lyle haya sido el hombre más querido de este valle. Los lugareños, hombres y mujeres por igual, le tenían tanto cariño que nunca llamaban prostíbulo al Café del Gato Negro. En cambio, allá arriba, en la colina, todos denominaban de esa forma al Café.

Los lugareños protegían la imajen que él tenía de sí mismo, a pesar de los allanamientos de la Policía del Estado y de las visitas del Departamento de Salud del Condado. Dicha imagen era la siguiente: la de un jefe de familia que manejaba un negocio cuyo éxito dependía enteramente de la calidad de las bebidas y los alimentos que ahí se servían. Esta amable conspiración protegía también al hijo de Lyle, Charlton. Este joven medía 2 metros de alto, era 1 de los ases del equipo de baloncesto de la escuela de segunda enseñanza del Estado de Nueva York, cursaba el último año de estudios en el colegio de Scipio, y todo lo que podía decir acerca de su padre era que administraba un restaurante.

Charlton era un jugador de baloncesto tan fenomenal que había sido invitado a formar parte de los Knicker-bockers de Nueva York, equipo que en ese entonces pertenecía todavía a los estadunidenses, y cuyo nombre designa a los descendientes de los primeros colonizadores holandeses del área. En lugar de eso, Charlton obtuvo una beca para estudiar en el MIT y se convirtió en un científico de altos vuelos, puesto que era el responsable del funcionamiento del enorme acelerador de partículas subatómicas llamado "Superhostigador", instalado en las afueras de Waxahachie, Texas.

Tal como yo entiendo las cosas, los científicos de allá del sur obligan a las partículas invisibles a revelar sus secretos despachurrándolas sobre placas fotográficas. No es un trato muy diferente de aquél que a veces otorgábamos en Vietnam a los presuntos agentes del enemigo.

¿Ya comenté que en cierta ocasión lancé a 1 de ellos fuera de un helicóptero en vuelo?

Los lugareños no tenían que proteger la sensibilidad de la esposa de Lyle omitiendo la causa de la prosperidad del Café del Gato Negro. Ella lo había abandonado. A la mitad de su vida, descubrió que era lesbiana y huyó con la entrenadora de gimnasia femenil a las Bermudas, donde ofrecían, y quizá lo sigan haciendo, clases de navegación.

Una vez le hice proposiciones amorosas en la Reunión Anual de Gente del Pueblo y Miembros de la Universidad. Supe que era lesbiana antes de que ella lo supiera.

Hace 2 años, cuando se aproximaba al final de su vida, Lyle Hooper fue recluido en lo alto del campanario por los reos prófugos. En contraste con la actitud de los lugareños, ellos lo llamaban "Chulo". Le decían: "¡En!, Chulo, ¿te gusta la vista?", o bien "¿Qué crees que debemos hacer contigo, Chulo?", etcétera. Allá en la torre, había frío y humedad. La nieve y la lluvia se introducían al campanario a través de las innumerables perforaciones de bala producidas en el techo. Éstas eran resultado de los disparos hechos por los fugados, cuando se dieron cuenta de que un francotirador se hallaba arriba, esto es, entre las campanas.

No había electricidad. Los servicios eléctrico y telefónico habían sido cortados por completo. Cuando subí a visitar a Lyle, él ya sabía el origen de aquellas perforaciones, y que el francotirador había sido crucificado en el establo. Estaba al corriente de que los reos prófugos aún no habían decidido qué hacer con él. Estaba consciente de que había cometido lo que ellos consideraban un claro asesinato. El y Whitey VanArsdale habían emboscado y matado a 3 de los presos fugados que se encaminaban por el antiguo camino de sirga en dirección al nacimiento del lago, a fin de entablar negociaciones con los policías, políticos y soldados que se encontraban en la barricada. Estos reclusos ondeaban banderas de tregua, fundas blancas de almohada amarradas a palos de escoba, cuando Lyle Hooper y Whitey VanArsdale los aniquilaron.

Entonces Whitey recibió impactos de bala que provocaron su muerte casi instantánea, y Lyle fue hecho prisionero.

Con todo, lo que más le molestaba a Hooper, según me informó cuando hablé con él en el campanario, era que sus captores le llamaran Chulo.

En este punto, debo aclarar que, con fines de simplificación, del todo ajenos a consideraciones políticas, habré de referirme en adelante a los reos prófugos que se internaron en Scipio con la denominación que ellos mismos se autodesignaron: "Luchadores de la Libertad."

En consecuencia, Lyle Hooper era, sin lugar a dudas, responsable de la muerte de 3 Luchadores de la Libertad que portaban banderas de tregua. Además, el Luchador de la Libertad que lo custodiaba en la torre era medio hermano y exsocio en el tráfico de crack, junto con la abuela de ambos, de 1 de los Luchadores de la Libertad que él o Whitey habían asesinado.

No obstante, lo único que preocupaba a Lyle era que le llamaran Chulo. Desde luego, para la mayoría, o quizá para la totalidad de los Luchadores de la Libertad, no constituía un insulto dirigirse a alguien con el término de Chulo.

Lyle me dijo que había sido criado por su abuela paterna, quien le hizo prometer que, una vez llegado el momento de abandonar el mundo, éste sería un sitio mejor que aquél con el cual se topó al nacer.

—¿Cumplí con mi promesa, Gene?

Le contesté que sí. Como se encontraba a punto de ser ejecutado, no le podía responder que, desde mi punto de vista, las emboscadas provocaban que el mundo aparentara ser un sitio peor que aquél de antaño.

—Manejé un negocio limpio y agradable, y crié a un hijo maravilloso —explicó—. Además, extinguí muchos incendios.

Fueron los Directivos quienes les dijeron a los Luchadores de la Libertad que Lyle administraba un prostíbulo. En caso contrario, habrían creído que sólo se trataba de un restaurantero y Jefe de Bomberos.

El estado de ánimo mostrado por Lyle Hooper durante su reclusión en el campanario me recordó la disposición exhibida por mi padre cuando lo despidió la Barrytron. Poco después de que perdió el empleo, viajó en crucero a lo largo de las aguas interiores de la Costa Oriental del país, desde City Island, Nueva York, hasta Palm Beach, Florida. Esta excursión turística la realizó a bordo de un yate de motor que pertenecía a un antiguo compañero de la Universidad, Fred Handy. Este individuo estudió también ingeniería química, pero se dedicaba al negocio de la chatarra. Se había enterado de que Papá estaba profundamente deprimido, y consideró que el crucero podría animarlo.

Sin embargo, durante el trayecto a Palm Beach, donde Handy tenía un muelle propio, en todos los lugares por los cuales pasaban a lo largo del estrecho East River, en las Bahías Barnegat, Delaware y Chesapeake, a través del Canal Pantanoso de Dismal, etcétera, el yate tenía que abrirse paso en medio de una alfombra flotante de botellas de plástico, la cual abarcaba de orilla a orilla y de horizonte a horizonte. Habían contenido en alguna ocasión líquido para frenos, blanqueadores de ropa y demás fluidos por el estilo.

Papá había tenido mucho que ver con el desarrollo de aquellas botellas. Además, sabía que podrían mantenerse a flote durante unos 1 000 años. No eran objetos de los cuales se pudiera estar orgulloso.

En cierto sentido, aquellas botellas otorgaban a Papá el mismo título que los Luchadores de la Libertad conferían a Hooper.



L
as desesperanzadas últimas palabras de Lyle, pronunciadas cuando era conducido fuera del campanario, a fin de ser ejecutado frente al Salón Samoza, bien podrían servir como epitafio para la tumba de mi padre:
1   2   3   4   5   6   7   8   9


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal