Hocus pocus kurt Vonnegut



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15

Sin duda, esa noche, me emborraché con Pamela e hicimos el amor. Más tarde, relaté todo lo que sabía sobre la Guerra de Vietnam a un puñado de estudiantes que se hallaban en el Pabellón Pahlavi. Y Kimberley Wilder grabó mis comentarios.

Nunca antes había probado el licor de zarzamora. Y no quiero volver a ingerirlo. Me hizo cosas malas. Provocó que llorara como un bebé por el asunto de la guerra. Algo que había jurado que jamás haría.

Si en este momento pudiera ordenar alguna bebida, pediría un delicioso Rob Roy en las Rocas, a saber, un cóctel de vermut con whisky escocés. Ésa es otra bebida que una mujer me hizo tomar por vez primera; ocasionó mi risa en lugar de mi llanto, así como que me enamorara de la dama en cuestión.

Eso sucedió en Manila, después de que el excremento llegó al aire acondicionado en Saigón. Ella era Harriet Gummer, la corresponsal de guerra oriunda de Iowa. Tuvo un hijo mío y nunca me lo dijo.

¿El nombre del vástago? Rob Roy.

Después de haber hecho el amor, Pamela me formuló la misma pregunta que Harriet me había planteado en Manila 15 años atrás. Se trataba de algo que ambas debían saber. Las 2 me preguntaron si había matado a alguien en la guerra.

Le respondí a Pamela lo mismo que le había contestado a Harriet: "Si yo fuera un avión de combate, y no un ser humano, habría pocos retratos de personas pintados sobre mí."

Debí haberme ido directo a casa después de haber dicho aquello. Pero, en cambio, me dirigí al Pabellón. Necesitaba que una audiencia mayor escuchara esa gran frase mía.

Así que entré violentamente en el salón principal, donde un grupo de estudiantes estaban reunidos frente a la gran chimenea. Durante la fuga de la prisión, la chimenea sería utilizada para asar carne de caballo y perro. Me coloqué entre los estudiantes y el hogar, de manera que no hubiese forma de que ellos pudieran ignorarme, y les dije: "Si yo fuera un avión de combate, y no un ser humano, habría pocos retratos de personas pintados sobre mí."

Y continué con base en esa afirmación.

¡Estaba tan lleno de autocompasión! Eso fue lo que encontré insoportable cuando Jason Wilder reprodujo mis palabras. ¡Estaba tan borracho que actué como una víctima!

Las escenas de crueldad, estupidez y desperdicio inenarrables que describí esa noche no eran más atroces que los programas ultrarrealistas de TV sobre Vietnam, los cuales se habían convertido en clásicos del entretenimiento. Cuando referí a los estudiantes el episodio de la cabeza humana que descansaba en medio de las vísceras de un carabao, estoy seguro de que ellos pensaron que la cabeza era de cera y que las vísceras pertenecían a algún animal grande pero no necesariamente a un carabao de verdad.

¿Qué diferencia podría haber habido entre una cabeza real y una de cera, entre unas vísceras pertenecientes a un carabao y unas vísceras pertenecientes a otro animal grande?

Ninguna.

Una vez concluida la cinta, Jason Wilder se dirigió a mí en tono amable y razonable.

—¿Por qué demonios quería usted contar tales historias a los jóvenes, quienes deben amar a su país?

Deseaba tanto conservar mi empleo, y la casa incluida en el contrato laboral, que ofrecí una respuesta estúpida.

—Les estaba hablando de hechos históricos, y creo que había ingerido un poco de alcohol. En general, no bebo tanto.

—Estoy seguro —repuso—. Me han dicho que usted es un hombre con muchos problemas, pero que el licor no ha sido 1 de los más consistentes. Digamos que su aparición en el Pabellón constituyó una lección de historia bien intencionada de la cual perdió de modo accidental el control.

—Eso fue precisamente lo que sucedió, señor.

Sus manos de bailarina de ballet revoloteaban de acuerdo con la lógica de sus razonamientos, antes de volver a tomar la palabra. Era un colega pianista.

—En primer lugar, usted no fue contratado para impartir la cátedra de Historia. En segundo, los estudiantes del Tarkington no necesitan instrucciones adicionales en materia de sensaciones de derrota. No estarían aquí, si ellos mismos no hubieran experimentado una y otra vez el fracaso. En mi opinión, el milagro que ha venido ocurriendo en el Lago Mohiga desde hace más de un siglo ha sido lograr que los jóvenes que han fallado en repetidas ocasiones empiecen a pensar en la victoria, dejando de abandonarse a la desesperanza.

—Sólo sucedió una vez, y lo siento.

Cof. Sólo un cof.

Wilder sostuvo que él no consideraba profesor a un individuo que se mostraba tan negativo acerca de todo.

—A un sujeto semejante lo llamaría "antiprofesor" porque, en lugar de meter ideas en la cabeza de los alumnos, las extrae.

—Yo no sabía que me mostraba negativo acerca de todo —puntualicé.

—¿Qué es lo primero que los estudiantes ven cuando entran en la biblioteca?

—¿Libros?

—Todas esas máquinas de movimiento perpetuo —aclaró—. Ya vi la exhibición y el letrero instalado en la pared. No tenía idea de que usted fuera el responsable de ese letrero —señaló, refiriéndose a aquel que reza "LA COMPLICADA FUTILIDAD DE LA IGNORANCIA"—. Todo lo que puedo decirle es que no me gusta que mi hija ni que los hijos de otras personas vean un mensaje tan negativo cada vez que entran en la biblioteca.

—¿Qué tiene de negativo?

—¿Qué palabra es más negativa que aquélla de futilidad?

—Ignorancia.

—¡Ahí tiene!

De alguna manera, le había proporcionado el argumento necesario para derrotarme.

—No le entiendo —comenté.

—¡Exacto! Es obvio que usted no comprende con qué facilidad se desanima el estudiante típico del Tarkington, cuan sensible es a las sugerencias de que ya no intente ser inteligente. La palabra futilidad significa: "Renuncia, renuncia, renuncia."

—¿Y qué significa ignorancia?

—Si se coloca ese término en la pared y si se le da la importancia que usted le ha otorgado, se convierte en un horrible eco de lo que muchos tarkingtonianos escucharon antes de llegar aquí: "eres tonto, eres tonto, eres tonto." Y es claro que no lo son.

—Nunca dije que lo fueran.

—Usted debilita la ya de por sí menguada autoestima de los estudiantes, sin darse cuenta de ello. También los desconcierta al emplear un sentido del humor propio de los cuarteles, pero sin duda inadecuado para una institución de enseñanza superior.

—¿Se refiere a lo que dije sobre los Yenes y la felación? Nunca lo hubiera dicho si hubiese sabido que algún estudiante podía escucharme.

—Me refiero al vestíbulo de la biblioteca.

—No creo que exista otra cosa en ese letrero que lo haya ofendido.

—No fui yo quien se ofendió, sino mi hija.

—Me rindo —confesé; no actué como un sujeto insolente, sino como 1 despreciable.

—El mismo día en que Kimberley le escuchó hablar sobre los Yenes y la felación, antes de que se iniciaran las clases, 1 de los estudiantes avanzados la condujo a ella y a otros novatos a la biblioteca, para informarles que los badajos ahí colgados son penes petrificados. Sin duda, se trataba de una broma propia de soldados que el estudiante había escuchado en los labios de usted.

En esa ocasión, no tuve que defenderme. Varios de los directivos aseguraron a Wilder que el acto de contar a los principiantes que los badajos eran penes constituía una tradición previa a mi llegada al campus.

Esa fue la única vez que me defendieron, a pesar de que 1 de ellos había sido mi alumna, Madelaine Peabody de Astor, y de que 5 de ellos eran padres de discípulos míos. Madelaine me envió después una carta, dictada por ella, donde me explicaba que Jason Wilder había amenazado con denunciar al colegio en su columna periodística y en su programa de TV, si los directivos no me despedían. En consecuencia, no se atrevieron a salir en mi auxilio.

Me aclaró también que, al igual que Wilder, era católica romana, motivo por el cual se había escandalizado de mi afirmación, registrada en la cinta, de que Hitler era católico romano, y que los nazis pintaban cruces en sus tanques y aviones porque se autoconsideraban un ejército cristiano. Wilder reprodujo esa cinta justo después de haberse aclarado mi nula responsabilidad en la costumbre de contar a los novatos que los badajos eran penes.

De nuevo enfrentaba enormes dificultades por el mero hecho de repetir lo que otra persona había dicho. Esta vez, no se trataba de una idea de mi abuelo, ni de ningún otro individuo que estuviese fuera del alcance de los Directivos, como Paul Slazinger. Se trataba de algo que mi mejor amigo, Damon Stern, había sostenido en la clase de Historia un par de meses atrás.

Jason Wilder creía que yo era un antiprofesor, porque nunca había escuchado a Damon Stern. No obstante, Stern jamás se refirió a la espantosa verdad contenida en acciones humanas supuestamente nobles de tiempos recientes. Todo aquello que solía bajar de su pedestal había ocurrido, más o menos, antes de 1950.

Sucede que acudí a la clase donde planteó que Hitler era un devoto católico romano. Señaló algo de lo que no me había percatado antes, algo que en ese momento descubrí, algo que la mayoría de los cristianos se niegan a admitir: que la svástica nazi pretendía ser una versión de la cruz cristiana, a saber, una cruz construida con hachas. Stern explicó que los cristianos habían experimentado muchos problemas intentando negar que la cruz gamada era tan sólo otra cruz; según ellos, era un símbolo primitivo perteneciente al pantano primordial del pasado pagano.

Y la condecoración militar nazi más importante era la Cruz de Hierro.

Y los nazis cubrían de cruces ordinarias todos sus tanques y aviones.

Supongo que salí del salón de clases un poco aturdido. ¿Y con quién creen que topé? En efecto, con Kimberley Wilder.

—¿Qué se dijo el día de hoy? —me preguntó.

—Que Hitler era cristiano —le contesté—. Que la svástica es una cruz cristiana.

Y ella registró eso en la cinta.

No delaté a Damon Stern con los Directivos. El Tarkington no era la Point. En esta última, la delación constituía un honor.

Asimismo, Madelaine estuvo de acuerdo con Wilder en otra cuestión, a saber, en que no debía haber asegurado a mis estudiantes de Física que los rusos, y no los estadounidenses, fueron los primeros en fabricar una bomba de hidrógeno lo suficientemente portátil para ser utilizada como arma: "Aunque eso sea cierto, cosa que no creo, qué te ganabas con afirmarlo."

Además, me expuso en su carta que el movimiento perpetuo era posible, sólo se necesitaba que los científicos trabajaran con más empeño en lograrlo.

Sin duda, ella sufrió un retroceso intelectual después de haber aprobado los exámenes orales para la obtención del grado de Bachiller en Artes y Ciencias.

Acostumbraba a dictar mis clases de modo tal que cualquiera que creyera en la posibilidad del movimiento perpetuo, merecía ser hervido vivo como una langosta.

También era estricto en materia del Sistema Métrico. Había adquirido fama por volver la espalda a los estudiantes que mencionaban pies, libras o millas.

Odiaban que les hiciera eso.

Desde luego, no me atreví a continuar con esas costumbres pedagógicas en la prisión ubicada al otro lado del lago.

De todos modos, en virtud de que la mayoría de los presos habían estado en el negocio de las drogas, y eran oriundos del Tercer Mundo o trataban con gente del Tercer Mundo, el Sistema Métrico les resultaba completamente familiar.

En lugar de delatar a Damon Stern como el autor de la afirmación de que los nazis eran cristianos, expliqué a los directivos que había escuchado esa idea en la Radio Pública Nacional. Dije que me apenaba el haberla transmitido a una estudiante.

—Debí haberme mordido la lengua —agregué.

—¿Qué tiene que ver Hitler con la Física o la apreciación musical? —preguntó Wilder.

Pude haberle contestado que quizá Hitler no sabía más de física que cualquiera de los miembros de la Junta Directiva, pero que sin duda amaba la música. Según me enteré, cada vez que una sala de conciertos era bombardeada, él ordenaba que la reconstruyeran inmediatamente, como un objetivo de máxima prioridad. Creo que, en realidad, escuché eso en la Radio Pública Nacional. Empero, preferí responder de otro modo.

—Si hubiera sabido que iba a perturbar a Kimberley tanto como usted dice que lo hice, me habría disculpado. Pero, no tenía ni idea de ello, señor. Ella nunca demostró su malestar.

Lo que me hizo flaquear fue el haberme dado cuenta de que me había equivocado al creer que estaba en familia ahí en el Salón de la Junta, que todos los tarkingtonianos, sus padres y los guardias me consideraban un tío. ¡Dios mío!

¡De cuántos secretos de familia me había enterado al paso de los años, sin nunca haberlos difundido! Mis labios estaban sellados. ¡Qué criado tan fiel había sido! Eso era todo lo que yo era para los Directivos y, probablemente, para los estudiantes.

No era un tío, sino un miembro de la Clase Servicial.

Me estaban liberando de mis obligaciones.

Los soldados son dados de baja; los trabajadores, despedidos; los sirvientes, liberados de sus obligaciones.

—¿Me van a despedir? —pregunté con incredulidad al Presidente de la Junta.

—Lo siento, Gene —respondió—. Tenemos que liberarte de tus obligaciones.

El Director del colegio, Tex Johnson, no había dicho ni pío. Se veía enfermo. Supuse equivocadamente que había sido regañado por haberme dejado permanecer en el cuerpo docente el tiempo necesario para obtener la plaza. En realidad, lucía demacrado por razones más personales, que tenían mucho que ver con el entonces profesor Eugene Debs Hartke.

Se le había invitado a desempeñar el cargo de Director del Tarkington, después de que Sam Wakefield llevara a cabo el gran truco de suicidarse, cuando trabajaba en el Colegio Rollins de Winter Park, Florida, en donde había fungido como administrador. Henry "Tex" tenía el grado de Licenciado en Administración de Empresas, que le había otorgado el Tecnológico de Texas, sito en Lubbock, y afirmaba ser descendiente de un hombre que había muerto en El Álamo.

Dicho sea de paso, Damon Stern, a quien le gustaba sacar a la luz hechos históricos poco conocidos, me contó que la Batalla de El Álamo tuvo como causa la cuestión de la esclavitud. Los valientes que ahí murieron anhelaban separarse de México, porque en este último país la esclavitud era ilegal. Los secesionistas peleaban por el derecho de poseer esclavos.

Como la esposa de Tex y yo habíamos sido amantes, sabía que sus antepasados no eran texanos, sino lituanos. Su padre, cuyo apellido no era en absoluto Johnson, era el segundo de a bordo de un carguero ruso. Cuando el buque llegó a Corpus Christi, para ser reparado de emergencia, el lituano abandonó la embarcación, Zuzu me comentó que el padre de Tex no sólo era un inmigrante ilegal, sino además el sobrino del exjefe comunista de Lituania.

Mucho por El Álamo.

—¡Tex, por piedad, di algo! —imploré—. ¡Sabes bastante bien que soy el mejor maestro que tienen! No lo afirmo yo. ¡Los estudiantes lo dicen! ¿Van a traer a todo el cuerpo docente a comparecer ante esta Junta o yo soy el único? ¿Tex?

Miró directamente hacia adelante. Parecía que se había vuelto de cemento. ¡Vaya líder!

Formulé la misma pregunta al Presidente de la Junta, que aún ignoraba que la Microsecond Arbitrage había causado su pauperización.

—Bob... —comencé a hablar; pero él hizo una mueca de disgusto.

Entonces supliqué de nuevo, habiendo captado el mensaje de que era un sirviente y no un pariente.

—Señor Moellenkamp, usted sabe muy bien, al igual que todos los presentes, que se puede seguir con una grabadora al estadounidense más patriota y profundamente religioso, y demostrar después, al cabo de un año de haber registrado todos sus comentarios, que es un traidor peor que Benedict Arnold, y que es un adorador del Demonio. ¿Quién no dice cosas, distraídamente o dominado por la pasión del momento, que luego no se quieren ni recordar? Así que vuelvo a preguntar si yo soy el único al que están enjuiciando y de ser esto cierto ¿por qué?

Moellenkamp se quedó inmóvil.

—¿Madelaine? —me dirigí a Madelaine Astor, quien más tarde me enviaría una estúpida carta.

Me respondió que no le había gustado que les dijera a los estudiantes que había comenzado una nueva Edad de Hielo, aunque hubiera leído eso en The New York Times. Ése era otro de mis comentarios reproducidos por Wilder. Al menos, se relacionaba con la ciencia y, al menos, no se trataba de un planteamiento original de Slazinger, de mi abuelo Wills o de Damon Stern. Al menos, era algo realmente mío.

—Los estudiantes de esta escuela ya tienen suficientes preocupaciones —aclaró—. Sé que las tienen porque yo fui 1 de ellos.

Continuó diciendo que siempre había habido personas que intentaban volverse famosas pregonando el fin del Mundo, pero que éste no se había acabado.

Hubo movimientos de asentimiento a lo largo de toda la mesa. No creo que hubiese estado presente ninguna alma que supiera lo más mínimo sobre cuestiones científicas.

—Cuando yo fui tu alumna, predecías el fin del Mundo, sólo que por otra causa: los desechos atómicos y la lluvia acida. Sin embargo, aquí estamos. Me siento bien. ¿No es verdad que todos nos sentimos bien? Así que, ¡fu! —concluyó la idea, encogiéndose de hombros—. Ahora bien, sobre lo demás, qué puedo decir, me apena el haberlo escuchado. Me provocó náuseas. Si tuviera que oírlo de nuevo, abandonaría la sala.

¡Válgame Dios! ¿Qué habrá querido decir con "lo demás"? ¿Qué asunto queda por tratar? ¿Acaso no he escuchado ya lo peor?



16

"Lo demás" estaba en el fólder de papel de Manila situado frente a Jason Wilder. He ahí a Manila, desempeñando de nuevo un papel importante en mi vida. Aunque, en esta ocasión, no había ningún Rob Roy en las Rocas.

El fólder contenía un informe elaborado por un detective privado, quien había sido contratado por Wilder para que investigara mi vida sexual. El informe abarcaba sólo los sucesos ocurridos durante el segundo semestre escolar, motivo por el cual no incluía el episodio del estudio de escultura. El polizonte registró 3 de las 7 citas posteriores que tuve con la Artista Residente, 2 con la empleada de una joyería que anotaba los pedidos de anillos de graduación y, tal vez, 30 con Zuzu Johnson, la esposa del Director. No pasó por alto nada de lo sucedido entre Zuzu y yo durante ese periodo. Sólo cometió un error de interpretación. Me refiero al incidente que tuvo lugar en el desván del establo, donde el Carillón Lutz estuvo almacenado antes de que se construyera un campanario y donde Tex Johnson fue crucificado hace 2 años. Trepé al desván en compañía de la tía de un estudiante. Ella era arquitecta y tenía interés en conocer las columnas y vigas de la construcción. El agente secreto supuso que habíamos hecho el amor allá arriba. No lo hicimos.

Ese día, hicimos el amor, pero mucho más tarde, en el cobertizo de las herramientas, anexo al establo, a la sombra de la Montaña Mosquete, al ponerse el Sol.

Pasaron unos 10 minutos para que pudiera enterarme del contenido del fólder de Wilder. Este individuo y otro par de sujetos querían seguir discutiendo el aspecto que en realidad les molestaba de mi persona, a saber: el daño que supuestamente estaba haciendo a los estudiantes. Salvo al Director del Colegio, mi promiscuidad sexual con las mujeres mayores sólo les interesaba como un recurso a la mano para despedirme, sin verse precisados a formular la pegajosa pregunta de si estaban violando o no mis derechos, de acuerdo con la Primera Enmienda de la Constitución.

El adulterio era el tiro de gracia que me dispararían, por así decirlo, una vez que el escuadrón de fusilamiento ya me hubiera convertido en un queso suizo.

Para Tex Johnson, el lituano de clóset, el contenido del fólder constituía algo más que un artilugio para quitarme el empleo. Se trataba de algo que lo humillaba más a él que a mí.

Por lo menos, el informe señalaba que mi relación con su esposa había terminado.

Se levanto. Pidió que le excusaran. Dijo que prefería no estar presente cuando los Directivos plantearan lo que Madelaine había llamado "lo demás".

Fue excusado y, en apariencia, iba a abandonar el recinto sin decir nada. Pero entonces, cuando una de sus manos había alcanzado ya la perilla de la puerta, pronunció dos palabras, las cuales forman el título de una novela de Gustave Flaubert. Dicha obra versa sobre una mujer que se aburría con su esposo, que tuvo una aventura amorosa excesivamente tonta y que luego se suicidó.

Madame Bovary —dijo, y en seguida salió.

Era un cornudo en el presente y sería un crucificado en el futuro. Me pregunto si su padre se habría escapado del barco estacionado en Corpus Christi, si hubiera sabido el final tan desagradable que le esperaba a su único hijo en el contexto de la Libre Empresa estadounidense.

Yo había leído Madame Bovary en West Point. Todos los cadetes lo habían hecho, con objeto de demostrar a la gente culta que nosotros también éramos cultos. Jack Patton y yo la leímos al mismo tiempo para la misma clase. Después de hacerlo, le pregunté qué pensaba de ella y me respondió, por supuesto, que se tenía que reír como loco.

Dijo lo mismo acerca de Otelo, Hamlet y Romeo y Julieta.

Confieso que hasta la fecha no he llegado a ninguna conclusión sólida sobre cuan inteligente o estúpido era en realidad Jack Patton. Lo cual me hace dudar sobre el significado de un regalo de cumpleaños que me envió durante la Guerra de Vietnam, poco antes de que un francotirador le dirigiera un hermoso disparo en Hué (se pronuncia "huey"). Se trataba de un ejemplar envuelto para regalo de una revista pornográfica llamada Liguero Negro. ¿Me lo obsequió por las fotografías de las mujeres desnudas que sólo lucen un liguero negro, o por la notable historia de ciencia ficción ahí incluida, "Los Protocolos de los Sabios de Tralfamadore"?

Pero volveré a esta cuestión más adelante.

No tengo idea de cuántos de los Directivos habían leído Madame Bovary. Dos de ellos se habrían visto obligados a que alguien se las leyera en voz alta. En consecuencia, no era el único en ignorar por qué Tex Johnson había dicho, con la mano en la perilla, "Madame Bovary".

Si yo hubiera sido Tex, creo que me habría retirado del campus lo más pronto posible y, quizá, ahogado en mis penas entre los no académicos del Café del Gato Negro.

Hasta ahí fui a dar yo esa tarde. Habría resultado divertido que ambos nos hubiésemos encontrado en el Café del Gato Negro como una pareja de camaradas hechos una cuba.

Imagínenme diciéndole a él o a él diciéndome a mí, totalmente ebrios: "Te quiero, sinvergüenza, ¿lo sabías?"

Uno de los Directivos tomó la palabra. Se trataba de Sydney Stone, de quien se decía que había amasado una fortuna de más de 1 000 000 000 de dólares en 10 cortos años, como resultado de las comisiones obtenidas por la venta de propiedades estadounidenses a extranjeros. Tal vez, su obra maestra haya sido la transferencia de la empresa en que mi padre prestaba sus servicios, la E. I. Du Pont de Nemours & Company, a manos de la I. G. Farben de Alemania.

—Hay muchas cosas que quizá podría perdonar, si alguien apuntara una pistola a mi cabeza, Profesor Hartke, no así lo que usted le hizo a mi hijo.

Él no era un tarkingtoniano, sino un egresado de la Escuela de Comercio de Harvard y de la Escuela de Economía de Londres.

—¿Fred? —pregunté.

—En caso de que no lo sepa —respondió—, sólo tengo un hijo en el Tarkington. No tengo ningún otro hijo en ningún otro lugar. Así que sólo tengo un hijo.

Es probable que ese "un hijo", sin verse precisado a mover "un dedo", será dueño "un día" de 1 000 000 000 de dólares.

—¿Qué le hice a Fred?

—Usted sabe lo que le hizo a Fred.

Lo que le hice a Fred fue sorprenderlo robando un tarro de cerveza con el logo del Tarkington de la librería del colegio. Lo que Fred Stone hizo estaba más allá del mero robo. Tomó el tarro del anaquel, simuló celebrar un brindis conmigo y el cajero, que era la única otra persona que estaba presente, y después se marchó.

Yo acababa de salir de una reunión sostenida por el cuerpo docente donde se había discutido, por enésima vez, el problema de los robos cometidos en el campus. El administrador de la librería nos informó que sólo existía otra tienda de una institución educativa que padeciera un porcentaje más alto de mercancías robadas, a saber, la Cooperativa de Harvard, localizada en Cambridge.

De manera que seguí a Fred Stone hasta el Patio. Se dirigía hacia su motocicleta Kawasaki, que se hallaba en el estacionamiento para estudiantes. Me le acerqué por detrás y le hablé en voz baja.

—Creo que deberías devolver ese tarro de cerveza al sitio del cual lo tomaste, Fred. Si no, podrías pagarlo —le dije amablemente.

—¿En serio? —respondió—. ¿Es eso lo que usted cree? —preguntó, haciendo añicos el tarro contra el canto de la Fuente Conmemorativa Vonnegut—. Si eso es lo que usted cree, entonces devuélvalo usted a su lugar.

Referí el incidente a Tex Johnson, quien me dijo que lo olvidara.

Pero, como yo estaba furioso, envié una carta que informaba del asunto en cuestión al padre del muchacho, aunque no recibí la respuesta sino el día de la reunión de la junta.

—No puedo perdonarle el que haya acusado a mi hijo de ladrón —explicó Stone.

Luego, citó a Shakespeare en nombre de Fred. Se suponía que yo debía imaginar que era Fred quien se dirigía a mí:

"Quien roba mi bolsillo, roba basura; es poco, nada... Era mío, ahora le pertenece al que lo hurtó y ha sido esclavo de miles... pero el que me despoja de mi buen nombre, me usurpa algo que no lo enriquece y que a mí en verdad me empobrece."

—Si me equivoqué, señor, le pido que me disculpe —comenté.

—Demasiado tarde —repuso.



17

Había un Directivo de cuya amistad estaba plenamente seguro. Todas mis afirmaciones registradas en la cinta le habrían parecido graciosas e interesantes. Pero no estaba presente. Su nombre era Ed Bergeron, y habíamos sostenido un montón de charlas amenas sobre el deterioro del medio ambiente, los abusos de confianza en el mercado de valores y la industria bancaria, etcétera. En materia de pesimismo, siempre me superaba.

Su riqueza era tan antigua como la de los Moellenkamp, y se basaba en la propiedad atávica de campos petrolíferos, minas de carbón y ferrocarriles, que había vendido a los extranjeros a fin de poder dedicarse de tiempo completo al estudio y conservación de la naturaleza. Era Presidente de la Federación de Rescate de la Vida Agreste, y sus fotografías de la fauna salvaje de las islas Galápagos habían sido publicadas en la National Geographic. Además, esta revista le había concedido una portada, que utilizó para mostrar a una iguana marina que digería algas bajo los rayos solares, justo al lado de un pingüino enjuto que sin duda pensaba en cuestiones cotidianas completamente distintas de los sucesos verificados ese día.

Ed Bergeron no sólo era mi amigo incondicional, sino también un veterano de los debates televisados sobre el medio ambiente y conducidos por Jason Wilder. En esta biblioteca no he encontrado ninguna grabación de aquellas reñidas discusiones, pero solía haber una en la prisión. La transmitían casi cada 6 meses a través del circuito cerrado de TV, que se encontraba en permanente funcionamiento.

Recuerdo que, en ese programa, Wilder afirmaba que el problema de los partidarios de la conservación de los recursos naturales era que nunca consideraban los costos, en términos de empleos y estándares de vida, de la eliminación de los combustibles fósiles o de la reutilización de la basura (en lugar de depositarla en el mar), y así sucesivamente.

—¡Bien! Entonces puedo escribir el epitafio de este orbe, que alguna vez fue saludable y azul-verde —dijo Bergeron refiriéndose al planeta.

Wilder le concedió su arrogante, vulpina y condescendiente sonrisa.

—La mayor parte de la comunidad científica sostendría, si no me equivoco, que la redacción de un epitafio sería un acto prematuro por varios miles de años —aclaró. Ese debate se llevó a cabo unos 6 años antes de que yo fuera despedido, lo que nos conduce a 1985, e ignoro de qué comunidad científica estaba hablando. Todos los científicos de ese entonces, e incluso los quiroprácticos y pedicuros, no se cansaban de repetir que estábamos aniquilando con gran rapidez el planeta.

—¿Desea escuchar el epitafio? —preguntó Bergeron.

—Si no nos queda otra —contestó Wilder, sin dejar de sonreír—. Sin embargo, debo comentarle que usted no es la primera persona en asegurar que la raza humana ha llegado a su fin. Incluso en Egipto, antes de que se construyera la primera pirámide, existían hombres que ganaban adeptos diciendo: "Todo ha terminado."

—Lo que resulta diferente en la actualidad, en comparación con Egipto, antes de que se edificara la primera pirámide... —empezó a explicar Ed.

—Y antes de que los chinos inventaran la imprenta y de que Colón descubriera América —interpuso Wilder.

—¡Exacto! —repuso Bergeron—. La diferencia consiste en que tenemos la desgracia de saber lo que realmente está sucediendo, que no es en absoluto divertido.

Y esto ha dado lugar a toda una nueva clase de farsantes narcisistas como usted que, estando bajo las órdenes de los ricos y desvergonzados contaminadores, sostienen que el estado de la atmósfera, del agua y del suelo, de los cuales depende todo tipo de vida, es tan discutible como la cuestión de cuántos ángeles pueden bailar en la superficie aterciopelada de una pelota de tenis. Estaba enojado.

Cuando este viejo programa fue transmitido en Athena, antes de que ocurriera la gran fuga, despertó un interés considerable. Lo miré y escuché en compañía de varios de mis estudiantes.

—¿Quién tiene la razón, Profesor, barba o bigote? —preguntó un discípulo.

Wilder usaba bigote; Bergeron, barba.

—Barba —contesté.

Ésa fue quizá la última palabra que le dirigí a un reo antes de que tuviera lugar la fuga, antes de que mi suegra decidiera que había llegado el momento de hablar sobre su gran lucio.

Según recuerdo, el epitafio que Bergeron escribió para el planeta, y que según él debía ser cincelado en grandes caracteres en una de las paredes del Gran Cañón a fin de que lo vieran los extraterrestres, era el siguiente:

PUDIMOS HABERLO SALVADO,

PERO FUIMOS DEMASIADO MALDITOS

Y DESPRECIABLES.

Cabe señalar que los vocablos "malditos" e "y" no fueron incluidos por Ed.

No he tenido noticias recientes de Ed Bergeron. Renunció a la Junta poco después de que fui despedido, lo cual evitó que se convirtiera en rehén de los convictos fugados. Habría sido interesante escucharlo hablar con y sobre este tipo particular de captor. Una cosa que solía decirme, y que explicó a mis alumnos en cierta ocasión, era que el hombre había encarnado el mal clima: los tornados, el granizo y las inundaciones. En ese orden de ideas, pudo haber manifestado que Scipio era Pompeya y los prófugos un flujo de lava.

No renunció a la Junta a causa de mi despido. Sufrió al menos dos tragedias personales, una justo después de la otra. Resulta que había heredado una empresa que producía toda clase de productos de asbesto, cuyo polvo demostró ser tan capaz de inducir la formación de tumores malignos como las demás substancias cancerígenas ya identificadas, con la excepción del cemento epoxídico y ciertos desechos radiactivos depositados accidentalmente en el aire y los acuíferos que circundan a las fábricas de armas nucleares y las plantas de energía. Me contó que se sentía terriblemente mal por ello aunque nunca había puesto los ojos en ninguna de las instalaciones donde se elaboran dichas mercancías. Vendió la empresa a cambio de casi nada, porque la compañía compradora, de Singapur, aprovechó todas las facilidades legales en la materia, adquiriendo además la maquinaria y los edificios, así como el inventario de materiales acabados, que era enorme e inutilizable en este país. Los propietarios de Singapur hicieron lo que Ed no se resignó a hacer, esto es, vender todas esas baldosas, láminas para cubrir techos, etcétera, a los nacientes países africanos.

Por otra parte, su hijo Bruce, perteneciente a la Generación 1985 del Tarkington, era homosexual y había ingresado a un conjunto de patinadores llamados "Los Casquetes Polares". Eso no le molestaba a Ed, quien comprendía que algunas personas nacían homosexuales y que no había nada por hacer al respecto. Además, a Bruce le hacía muy feliz el espectáculo del patinaje sobre hielo. No sólo era un buen patinador, sino también el mejor bailarín que haya habido en el Tarkington. Él acostumbraba visitarnos y, a veces, danzaba con mi suegra, únicamente por el placer de bailar. Decía que ella era la mejor pareja de baile que había tenido, y ella le devolvía el cumplido.

No le conté a mi suegra que, 4 años después de haber egresado del Tarkington, lo encontraron estrangulado con su propio cinturón, y con algo así como 100 puñaladas, en el cuarto de un motel localizado en las afueras de Dubuque. He ahí de nuevo a Dubuque.



18

Shakespeare.

Creo que William Shakespeare ha sido el ser humano más sabio del que haya tenido noticia. Sin embargo, siendo completamente francos, eso no es mucho decir. Somos animales muy presuntuosos y, en realidad, del todo estúpidos. Pregúntale a algún profesor. Ni siquiera tienes que preguntárselo a un profesor. Pregúntale a cualquier persona. Los perros y los gatos son más inteligentes que nosotros.

Si afirmo que los Directivos del Colegio Tarkington eran imbéciles y que aquéllos que nos involucraron en la Guerra de Vietnam también lo eran, espero que se entienda que yo me considero a mí mismo el más grande imbécil de todos. Miren dónde me encuentro ahora y cuan duro trabajé para llegar a este sitio y no a ninguna otra parte. ¡Lotería!

Y si sostengo que mis padres eran borricos, ¿qué más puedo ser yo sino otro borrico? Pregúntale a mis hijos, tanto a los legítimos como a los ilegítimos. Ellos lo saben.

Ante los Directivos, no tuve ninguna probabilidad de alcanzar el éxito, ni siquiera aquélla remota con que contaron los inmigrantes chinos para descubrir oro en áreas desprovistas de ese metal, si se me permite un gastado refrán racista. Al menos, no la tuve con base en el informe escondido por Wilder en el fólder. Cuando intenté defenderme, ignoraba lo bien armados que estaban: situación básica en las comedias bufonescas más divertidas.

Argumenté que constituía un deber de todo maestro el hablar con plena franqueza a los estudiantes universitarios de los diferentes asuntos que atañen a la humanidad, y no sólo de aquello relacionado directamente con determinada asignatura.

—Ésa es la forma en que nos ganamos su confianza y los animamos a expresarse —afirmé—. Asimismo, es el modo en que pueden tomar conciencia de que ninguna asignatura se halla dentro de un pequeño compartimiento, sino que forma parte inseparable de la principal asignatura que nos hemos propuesto estudiar en la Tierra, a saber, la vida misma.

Aclaré que las dudas que pude haber provocado en los alumnos con respecto a las virtudes del Sistema de Libre Empresa, como resultado de la exposición de las ideas de mi abuelo, sólo podrían reforzar a la larga su entusiasmo por dicho sistema. Dichas dudas los conducen a extraer conclusiones propias en cuanto a la causa de que la Libre Empresa sea el único sistema digno de consideración.

—Las personas nunca son más fuertes que cuando han obtenido argumentos propios para tener fe en aquello en que creen. Sólo así pueden valerse por sí mismos —agregué.

—¿Acaso no dijo usted que Estados Unidos es un recipiente de individuos cortos de entendederas? —preguntó Wilder.

Reflexioné antes de contestar. Se trataba de algo que Kimberley no había registrado en su cinta.

—Lo que pude haber dicho es que todas las naciones más grandes que Dinamarca son recipientes de individuos cortos de entendederas, pero por supuesto era una broma —repuse.

Ahora sostengo 100% esa afirmación: todas las naciones más grandes que Dinamarca son recipientes de individuos cortos de entendederas.

Jason Wilder había escuchado lo suficiente. Pidió a los Directivos que pasaran de mano en mano el fólder hasta el sitio en que yo me encontraba.

—Antes de que vea lo que hay adentro, debe saber que esta Junta me prometió que nunca mencionaría su contenido fuera de este recinto. Quedará en su exclusiva posesión siempre que firme de inmediato su renuncia —señaló Wilder.

—Dios mío —repuse—. ¿De qué puede tratarse? ¿Y qué provocó que Tex Johnson abandonara esta habitación del modo en que lo hizo?

—El último documento del fólder —aclaró Wilder—, cuya lectura fue muy penosa para él.

—¿Qué puede ser? —volví a preguntar.

Honestamente, no imaginaba el motivo por el cual podía ser yo el causante de la pena de Tex. Cuando hacía el amor a su esposa, sólo intentaba que nosotros 2 fuéramos felices. Nunca pensé en ella como en la esposa de otro. Cuando hago el amor a una mujer, la idea más alejada de mi mente es con quién pueda estar casada. Me resulta imposible hablar por Zuzu, pero yo no deseaba provocarle a Tex el más mínimo dolor. Cuando Zuzu se refería a él despectivamente, me veía precisado a recordarle quién era él y a salir en su defensa.

La primera impresión que tuve del último documento del fólder fue que era una especie de horario, tal vez del autobús que va de Scipio a Rochester, una sugerencia no muy sutil de que debería abandonar el pueblo lo más rápido posible. Pero, entonces, me di cuenta de que quien hacía todas las llegadas y salidas era yo y de que la estación, por así decirlo, era la casa del Director del Colegio.

La exactitud de las horas y las fechas era atestiguada por Terrence W. Steel Jr., al que conocía simplemente como Terry. Nunca supe su nombre completo, y le había creído cuando me dijo que era el nuevo jardinero contratado por el Departamento de Terrenos en Construcción. De hecho, era el detective a sueldo de Wilder, cuya labor consistía en conseguir pruebas en mi contra. Lo poco que me había contado sobre su vida podía haber sido inventado por GRIOTMR o podía haber sido verdad. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa?

Recuerdo que me dijo que su esposa era lesbiana y que se había enamorado de una dietista de una escuela de segunda enseñanza. Ambas mujeres desaparecieron junto con los 3 hijos de Terry. GRIOTMR pudo haber tramado ese desenlace.

El horario de mis encuentros amorosos con Zuzu estaba firmado por el detective y debidamente notariado. Yo conocía al Notario. Todos lo conocían. Era Lyle Hooper, Jefe de Bomberos y dueño del Café del Gato Negro. Él también fue asesinado poco después de la fuga de la cárcel. Ese documento con el sello notarial era todo lo que necesitaba ver para comprender que mi trabajo se iría por el excusado.

Wilder dijo que el resto de los papeles incluidos en el fólder eran declaraciones reunidas por su detective. Atestiguaban que yo había sido un adúltero desvergonzado desde el momento en que me establecí con mi familia en Scipio.

—Espero que esté de acuerdo conmigo en que la conducta que ha mostrado en este valle cae justo en el centro de la definición más estrecha de vileza moral —señaló Wilder.

Coloqué el fólder sobre la mesa para indicar que no necesitaba mirar su contenido. Mi gesto fue similar al del individuo que da por concluida una mano de póquer. Al hacerlo, deposité el fólder encima del Informe Anual del Tesorero del colegio. Antes de la reunión, se habían distribuido copias del mismo en los lugares de los asistentes. Sin darme cuenta, me llevé conmigo una copia del informe cuando abandoné el recinto. Más tarde, al leerlo, me enteré de algo muy importante. El plantel había vendido todas las propiedades que tenía en el pueblo, incluyendo las ruinas de la cervecería, de la constructora de carromatos y de la fábrica de alfombras, así como el terreno donde se hallaba el Café del Gato Negro, a la misma corporación japonesa que había adquirido la prisión.

Después, el Tesorero invirtió las ganancias de la venta, una vez descontadas las comisiones estatales y los honorarios de los abogados, en acciones preferenciales de la Microsecond Arbitrage.

—Éste no es uno de los momentos más felices de mi vida —dijo Wilder.

—Tampoco de la mía —repuse.

—Lamentablemente para todos nosotros, el dedo que se mueve escribe y, teniendo un mandato, no se detiene —afirmó Wilder.

—Muy bien dicho —contesté.

En ese momento, el Presidente de la Junta, Robert Moellenkamp, tomó la palabra. Aunque analfabeto, era un sujeto legendario entre los tarkingtonianos, y sin duda también en su casa, debido a su fenomenal memoria. Al igual que el padre del fundador del colegio, su antepasado, podía aprender de memoria cualquier cosa que se leyera en voz alta unas 3 veces. Conocí a varios reos de Athena, también iletrados, que podían hacer lo mismo.

En esta ocasión, quería citar a Shakespeare.

—Deseo que quede constancia de que este episodio también ha sido para mí extremadamente penoso —aclaró.

Luego, recitó un pasaje de Romeo y Julieta, donde el moribundo Mercutio, el amigo garboso e ingenioso de Romeo, describe la herida que recibió en un duelo:

"No es tan honda como un pozo ni tan ancha como el pórtico de una iglesia; pero basta. Si mañana preguntas por mí, verasme tan callado como un muerto. Me han derrotado, sin duda, en este mundo. ¡Que la peste devore ambas casas!"

Desde luego, las dos casas eran la de los Montesco y la de los Capuleto, las familias enemigas a que pertenecían Romeo y Julieta. El odio implacable entre ellas provocaría indirectamente la partida de Mercutio hacia el Paraíso.

He leído ese pasaje en Familiar Quotations de Bartlett. Si más personas confesaran que han tomado sus perlas de sabiduría de ese libro, y no de las obras originales, se aclararían muchos malentendidos.

Si en realidad hubiera existido Mercutio y si de verdad existiese un Paraíso, Mercutio haría buenas migas con algún soldado adolescente caído en Vietnam, pues ambos estarían de acuerdo en qué se siente morir a causa de la vanidad y necedad de otras personas.



19

Cuando me enteré, algunos meses más tarde, época en que ya trabajaba en Athena, de que Robert Moellenkamp y otros individuos habían sido arruinados por la Microsecond Arbitrage, y que tuvo que vender sus botes, sus caballos, su original de El Greco y todo lo demás, creí que había renunciado a la Junta. Se supone que los Directivos del Tarkington debían aportar cada año un montón de dinero al colegio. De otro modo, ¿por qué a la madre de Lowell Chung, a quien era menester traducir al chino todo lo que se decía en las reuniones, se le había tolerado como miembro de la Junta?

En realidad, no considero que la Sra. Chung se habría convertido en miembro, si otro Directivo, un caucásico y compañero de clase en el Tarkington de Moellenkamp, John W. Fedders Jr., no hubiese crecido en Hong Kong y servido como intérprete. Su padre era importador de marfil y de cuernos de rinoceronte, que eran afrodisíacos en opinión de muchos orientales. Se decía que también comerciaba, en cantidades industriales, con opio. Fedders era tal vez el civil más presumido que haya visto. Pensaba que la fluidez con que se expresaba en chino lo hacía tan brillante como un físico nuclear, a pesar de que 1 000 000 000 de personas, incluyendo sin duda a 1 000 000 de retrasados mentales, podía hablar el idioma chino.

Hace 2 años, cuando me topé con los Directivos, quienes se hallaban recluidos en el establo en calidad de rehenes, me sorprendí de ver a Moellenkamp. Se le había permitido permanecer en la Junta, aunque no tuviera dónde caerse muerto. La Sra. Chung ya se había retirado en ese entonces. Fedders continuaba. Wilder, como ya lo he dicho, se había convertido en Directivo. Además, había algunos otros miembros nuevos que yo no conocía.

Todos los Directivos sobrevivieron a la experiencia penosa del cautiverio, durante la cual sólo comieron carne de caballo asada en las llamas de los muebles que ardían dentro de la gran chimenea del Pabellón. Fedders resultó el más afectado, debido a que sufrió un ataque cardiaco y no fue atendido médicamente. En los peores momentos hablaba en chino.

No me hallaría bajo proceso legal en la actualidad, si no hubiera efectuado una visita compasiva a los rehenes. Ellos no hubiesen sabido que continuaba habitando dentro de un radio de 1 000 kilómetros de Scipio. Cuando me les aparecí, aparentemente libre de ir y venir según mi voluntad, y tratado con deferencia por el hombre Negro que en realidad me vigilaba, llegaron a la conclusión de que yo era el autor intelectual del gran escape.

Se trataba de una conclusión racista, basada en la creencia de que los Negros no pueden idear nada. Diré eso en la corte.

En Vietnam, sin embargo, yo era en realidad el genio creador. Sí, y eso aún me molesta. Durante el último año que pasé ahí, cuando mi munición era el lenguaje y no las balas, inventé tales justificaciones de todos los asesinatos por nosotros cometidos, ¡que incluso me impresionaban a mí! ¡Yo era la lumbrera que tramaba engaños u hocuspocus letales!

¿Desean saber de qué forma solía comenzar mi discurso ante las tropas recién desembarcadas que aún no habían sido introducidas a la picadora de carne? Enderezaba los hombros, sacaba el pecho para que destacaran todas mis condecoraciones y rugía a través del megáfono: "¡Soldados, quiero que me escuchen y que me escuchen bien!"

Y lo hacían, claro que lo hacían.

Me he estado preguntando últimamente a cuántos seres humanos maté en realidad echando mano de armas convencionales. No creo que haya sido mi conciencia la que me sugirió reflexionar en la materia. Fue la lista de mujeres que estaba elaborando, el intento de recordar nombres y rostros, lugares y fechas, lo que me llevó a formular la pregunta lógica: "¿Por qué no enlistar a todos los que he matado?"

Creo que lo haré. No puede consistir en un catálogo de nombres, puesto que nunca supe el nombre de ninguno de los que maté. Más bien, será una lista de fechas y sitios. En virtud de que mi catálogo de mujeres no incluye a aquéllas de la escuela de segunda enseñanza ni a las prostitutas, mi lista de aquéllos cuya vida arrebaté no deberá contener a los difuntos posibles y probables, ni a los aniquilados por los ataques de artillería o los bombardeos aéreos que yo ordené, ni tampoco a los que perecieron, muchos de ellos estadounidenses, como resultado indirecto de mi hocuspocus, de todos mis desatinos.

Desde hace mucho, una idea ronda mi cabeza. Estoy completamente seguro de que maté a más personas que mi cuñado. Acababa de ingresar como profesor a Athena, cuando se me ocurrió que sin duda había despachado a más individuos que el multihomicida Alton Darwin o que cualquier otro que estuviera cumpliendo una condena en tal prisión. Eso no me preocupaba y aún no me inquieta. Sólo creo que es interesante.

Parece ser una película antigua. ¿Significa acaso que hay algo malo en mí?

Mi abogado, un mozalbete, me pagó una llamada telefónica. Como no tengo dinero, el Gobierno Federal lo contrató para que me proteja contra la injusticia. Además, no puedo ser torturado ni obligado de ninguna manera a testificar contra mí mismo. ¡Qué Utopía!

Entre los reos de esta cárcel, y entre los 1 000es de presos que se encuentran del otro lado del lago, existe un gran regocijo en relación con la Declaración de Derechos.

Informé a mi abogado de las dos listas que estoy preparando. ¿Cómo me va a ayudar, si no le cuento todo?

—¿Por qué las está haciendo? —me preguntó.

—Para apresurar las cosas el Día del Juicio Final —le contesté.

—Pensé que era Ateo —comentó. Esperaba que el Fiscal no se enterara de ello.

—Uno nunca sabe —repuse.

—Yo soy Judío.

—Ya lo sé, por eso me da lástima.

—¿Por qué le doy lástima?

—Porque intenta ir por la vida con sólo media Biblia. Es como tratar de trasladarse desde aquí hasta San Francisco con un mapa de carreteras que terminara en Dubuque, Iowa.

Le aclaré que quería ser enterrado con mis 2 listas, a fin de que, en caso de verificarse realmente el Día del Juicio Final, pudiera decir lo siguiente: "Juez, he descubierto una forma de ahorrarle un poco de su precioso tiempo en la Eternidad. No tiene que buscarme en el Libro Donde Todas las Cosas Están Registradas. He aquí una lista de mis peores pecados. Envíeme directamente al Infierno, sin miramientos."

Como me pidió las 2 listas, le enseñé lo que ya llevaba escrito. Estaba encantado, sobre todo por el gran desorden. Había toda clase de anotaciones marginales acerca de esta o aquella mujer, o de este o aquel cadáver.

—Cuanto más desorden haya, será mejor —comentó.

—¿Cómo es eso? —indagué.

—Cualquier jurado imparcial que vea las listas, tendrá que creer que usted se encuentra en un estado mental profundamente perturbado y que, quizá, tal haya sido su condición desde hace mucho tiempo. De entrada, considerará que todos ustedes, los veteranos de Vietnam, están locos, porque ésa es su reputación.

—Pero las listas no están basadas en alucinaciones —protesté—. No las estoy redactando con fundamento en una transmisión radiodifundida por la CÍA, ni con fundamento en aquello que la tripulación de un platillo volador introdujo en mi cabeza mientras dormía. Todo eso sucedió realmente.

—No importa, da lo mismo.



20

Después de que Robert Moellenkamp, arruinado-pero-aún-sin-saberlo, dijera con grandiosidad "que la peste devore ambas casas", Jason Wilder comentó que no consideraba que, en el caso en cuestión, hubiera 2 casas involucradas.

—No creo que estén implicadas 2 casas de ningún tipo —afirmó—. Me aventuro a sostener que incluso el Sr. Hartke está de acuerdo ahora en que esta Junta no puede concebir otra opción que aquélla de aceptar su renuncia. ¿Estoy en lo cierto, Sr. Hartke?

Me puse de pie.

—Éste es el segundo peor día de mi vida —señalé—. El primero tuvo lugar el día en que fuimos echados a patadas de Vietnam. Shakespeare ha sido citado aquí en 2 ocasiones. Sucede que yo también quiero hacerlo. Siempre he tenido una mala memoria, pero mi maestra de inglés de la escuela de segunda enseñanza insistió en que sus alumnos aprendieran de memoria las frases más célebres del poeta y dramaturgo británico. Nunca esperé que adquirieran tanto significado en la vida real, pero ha llegado el momento de aplicarlas:

"Ser o no ser: tal es la cuestión. ¿Cuál es más noble acción del ánimo: sufrir los tiros y dardos de la cruel Fortuna, o empuñar las armas contra el océano de los males y acabar con ellos haciéndoles frente? Morir: dormir, no más. Y pensar que con un sueño damos fin a la pena y a los mil naturales reveses que forman el patrimonio de la carne. Es un final deseable y tentador. Morir. Dormir... Dormir... ¡Tal vez soñar! Sí, ahí está el obstáculo; pues considerar qué sueños nos podrán invadir al abandonar este cuerpo perecedero y dormirnos en la muerte es bastante para detenernos."

Desde luego, la reflexión de Hamlet no concluye en ese punto, pero eso fue todo lo que la profesora, cuyo nombre era Mary Pratt, nos pidió que memorizáramos. ¿Para qué exagerar? Sin duda, ello bastaba para la ocasión, pues evocó el espectro de otro veterano de Vietnam y miembro del cuerpo docente que se podía suicidar dentro de las instalaciones del colegio.

Tomé de mi bolsillo la llave del campanario y la arrojé hasta el centro de la mesa circular. Como la mesa era tan grande, alguien tendría que treparse a ella o, tal vez, utilizar una vara larga, para recuperar la llave.

—Buena suerte con las campanas —dije, admitiendo mi exclusión.

Abandoné el Salón Samoza siguiendo la misma ruta que Tex Johnson había tomado. Me senté en una banca situada a la orilla del Patio, frente a la biblioteca, junto al Paseo Principal. Resultaba agradable el haber dejado de formar parte de todo ello.

Damon Stern, mi mejor amigo del cuerpo docente, se aproximó y me preguntó qué estaba haciendo ahí.

Le contesté que me estaba asoleando. No le confesaría a nadie que había sido despedido sino después de que me encontrara sentado en la barra del Café del Gato Negro. En consecuencia, el Profesor Stern se sintió en libertad de hablar animadamente de un montón de tonterías. Era dueño de un monociclo y sabía conducirlo. Me informó que estaba considerando la posibilidad de asistir en monociclo a la procesión académica por efectuarse con motivo de la ceremonia de graduación, que tendría lugar una hora más tarde.

—Estoy seguro de que existen importantes pros y contras a ese respecto —le comenté.

Damon había crecido en Shelby, Wisconsin, donde casi todos, hasta las abuelas, sabían montar monociclos. Un circo había quebrado, 60 años atrás, cuando presentaba su espectáculo en Shelby y, por tal motivo, abandonó en esa ciudad gran parte de su equipo, incluyendo varios monociclos. Muchas personas aprendieron a montarlos y adquirieron monociclos nuevos para sus familiares. De manera que Shelby se convirtió, y lo es todavía, en la Capital Mundial del Monociclo.

—¡Hazlo! —agregué.

—Me has convencido —repuso.

Damon estaba feliz. Se marchó y mis pensamientos se remontaron a través de la brisa y los rayos solares, hasta el momento en que, luciendo uniforme militar —a pesar de que la guerra ya había concluido—, me ofrecieron empleo en el Tarkington. Eso sucedió en un restaurante chino de la Plaza Harvard, en Cambridge, Massachusetts, donde me encontraba comiendo en compañía de mi esposa y mi suegra, ambas aún cuerdas, y de mis 2 hijos legítimos: Melanie, de 11 años, y Eugene Jr., de 8. Mi hijo ilegítimo, Rob Roy, recién concebido en Manila 2 semanas antes, debía medir en ese entonces lo mismo que una bala de pequeño calibre.

Me había trasladado a Cambridge, con objeto de presentar el examen de admisión para realizar estudios de posgrado en el Departamento de Física del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Deseaba obtener el Grado de Maestría y regresar después a West Point en calidad de profesor, pero sin dejar de ser soldado, soldado hasta el final.

Mi familia, exceptuando al recién concebido, me esperaba en el restaurante chino, hacia donde me dirigí luciendo mi uniforme completo, con todo y condecoraciones. En cuanto al arreglo de mi cabello, lo llevaba muy corto en la coronilla, y afeitado en la parte posterior y a ambos lados de la cabeza. La gente me miraba como si hubiese sido un fenómeno de circo, o como si hubiera andado desnudo y con el solo adorno de un liguero negro.

Así de ridículos se veían los hombres uniformados en el seno de las comunidades académicas, a pesar de que gran parte de los ingresos de Harvard y del MIT provenían de la investigación y el desarrollo en materia de armamento. Yo habría muerto, si no hubiera sido por el importante regalo que le ofreció a la civilización el Departamento de Química de Harvard, a saber, el napalm o gasolina gelatinosa.

Casi al final de esa humillante caminata, escuché un comentario relacionado con mi persona: "¡Cielos! ¿Se ha organizado acaso una fiesta de disfraces?"

No respondí a tal insulto. No cogí del pescuezo ni reventé los tímpanos de algún estudiante desertor del servicio militar, a fin de que pensara bien las cosas antes de hablar. Seguí mi camino, porque me abrumaban razones mucho más profundas de infelicidad. Mi esposa y mis hijos se habían mudado de Fort Bragg a Baltimore, donde ella iba a estudiar Fisioterapia en la Universidad de Johns Hopkins. Su recién enviudada madre se había ido a vivir con ellos. Margaret y Mildred habían comprado una casa en Baltimore con el dinero que les dejó mi suegro. Era su casa, no la mía. Y no conocía a nadie en Baltimore.

¿Qué diablos se suponía que yo podía hacer en Baltimore? Parecía que me habían matado en Vietnam y que Margaret estaba precisada a iniciar por su cuenta una nueva vida. Además, incluso para mis hijos, yo era un fenómeno de circo. Ellos también me miraban como si no usara otra cosa que un liguero negro.

¿Y se sentirían orgullosos de mí, Margaret y los niños, cuando les contara que no había sido capaz de contestar más que una cuarta parte de las preguntas contenidas en el examen de admisión del posgrado de Física en el MIT?

¡Bienvenido a casa!

Cuando estaba por entrar en el restaurante chino, 2 hermosas muchachas salían de ese lugar. Ellas también mostraron desprecio por mi corte de pelo y mi uniforme. Entonces, les dije: "¿Qué pasa? ¿Nunca antes han visto a un hombre ataviado únicamente con un liguero negro?"

Supongo que la imagen de los ligueros negros rondaba mi cabeza, porque extrañaba mucho a Jack Patton. Yo había sobrevivido a la guerra, pero él no. El regalo que me envió unos cuantos días antes de morir, como ya lo dije, fue una revista pornográfica llamada Liguero Negro.

Así pues, nos hallábamos en aquel restaurante chino, donde ingería mi tercer Rob Roy. Margaret y su madre, quienes actuaban como si yo me encontrara a 2 metros bajo tierra en el Cementerio Nacional de Arlington, habían ordenado todos los platillos. Nadie me preguntó cómo me había ido en el examen. Nadie me preguntó qué se sentía estar en casa al cabo de la guerra.

Parloteaban entre sí sobre todas las visitas turísticas que habían efectuado durante el día. No habían venido a Cambridge para acompañarme y otorgarme apoyo moral. Lo habían hecho con objeto de conocer diversos monumentos históricos, incluyendo el campanario donde Paul Reveré agitó una linterna para avisar que los británicos se aproximaban.

Por cierto, hablando de campanarios, durante esa misma tarde encantadora, fui informado de que mi esposa, la madre de mis hijos, tenía un montón de parientes maternos con murciélagos en el campanario. Ese dato era nuevo para mí y también para Margaret. Sabíamos que Mildred había crecido en Perú, Indiana. Sin embargo, todo lo que nos había contado sobre ese lugar era que Cole Porter también había nacido ahí, y que estaba muy contenta de haberse marchado a otro lado.

En cierta ocasión Mildred nos señaló que su infancia había sido infeliz, pero eso estaba muy lejos de significar que ella, al igual que mi mujer y mis hijos, provenía de una familia de lunáticos.

Sucede que mi suegra se topó con un viajero amigo de su natal Perú, durante el recorrido turístico realizado esa mañana. Ahora, el viejo amigo y su esposa se encontraban en la mesa contigua a la nuestra. Cuando fui a orinar, el viejo amigo se dirigió también a los mingitorios, donde me contó la difícil experiencia vivida por Mildred en la escuela de segunda enseñanza, cuando su madre y su abuela estaban internadas en el Hospital Estatal para Enfermos Mentales de Indianápolis.

—El hermano de su madre, a quien Mildred quería mucho, también se volvió loco cuando ella cursaba el último año de la segunda enseñanza —me narró, mientras sacudía las últimas gotas de la punta de su pito—. Además, el tío prendió fuego a todo el pueblo. En el lugar de ella, yo también me habría largado como un gato escaldado a Wyoming.

Como ya lo mencioné, toda esa historia era nueva para mí.

—Es divertido... —continuó—. En apariencia, la locura se presentaba cuando llegaban a la edad madura.

—Si no me río, es porque hoy me levanté con el pie izquierdo —aclaré.

No acababa de regresar a mi mesa, cuando un hombre joven que pasaba detrás de mí no pudo resistir el impulso de tocar mi erizado pelo. ¡Perdí por completo los estribos! Era delgado, traía el cabello largo y utilizaba un símbolo pacifista alrededor del cuello. Se parecía al cantante Bob Dylan. No supe ni me importó si en realidad era Bob Dylan. Quienquiera que haya sido le di un puñetazo que lo hizo retroceder y chocar contra una mesera que traía una charola muy cargada.

¡La comida china voló por todas partes!

¡Pandemónium!

Salí corriendo. Todos, individuos y objetos, eran enemigos. ¡Había regresado a Vietnam!

Sin embargo, una figura, parecida a la de Cristo, surgió delante de mí. Vestía traje y corbata, llevaba una barba muy larga y sus ojos estaban llenos de amor y piedad. Parecía saber todo sobre mí, y en realidad lo sabía. Era Sam Wakefield, quien había renunciado a su grado de General, se había unido al Movimiento Pacifista y se había convertido en Director del Colegio Tarkington.

Me dijo las mismas palabras que me había expresado mucho tiempo atrás en Cleveland, en la Feria de la Ciencia:

—¿Cuál es la prisa, Hijo?

21

El recordar mi regreso a casa al cabo de la Guerra de Vietnam siempre me trae a la memoria a Bruce Bergeron, uno de mis alumnos en el Tarkington. Ya he mencionado a Bruce. Se unió a Los Casquetes Polares, después de haber obtenido su Grado de Bachiller en Artes y Ciencias. Fue asesinado en Dubuque. Su padre era Presidente de la Federación de Rescate de la Vida Agreste.

Cuando Bruce asistía a mi clase de Apreciación Musical, hice que los estudiantes oyeran la Obertura 1812 de Tchaikovski. Les expliqué que esa composición aludía a un suceso histórico real: la derrota de Napoleón en Rusia. Les pedí que pensaran en algún acontecimiento importante de su vida e imaginaran qué tipo de música lo describiría mejor. Iban a reflexionar al respecto durante una semana, sin contarle a nadie el suceso elegido ni la música seleccionada. Deseaba que sus cerebros cocinaran y cocinaran con música, teniendo bien tapada la olla.

El suceso musicalizado mentalmente por Bruce Bergeron fue aquél en que quedó atrapado dentro de un elevador. Tenía unos 6 años de edad y había ido con su nana haitiana a la venta posnavideña de blancos de la enorme tienda neoyorquina Bloomingdale's. Se suponía que iban a visitar el Museo de Historia Natural, pero la nana, sin el permiso de sus patrones, quería comprar primero ropa de cama, ofrecida a bajos precios, para enviarla a sus parientes de Haití.

El ascensor se quedó atascado justo debajo del piso donde tenía lugar la barata de blancos. Era un elevador automático, carente de operador. Se encontraba atestado. Cuando resultó obvio que el ascensor iba a permanecer en el entrepiso, alguien presionó el botón de alarma, que produjo un sonido metálico apenas perceptible para las personas atrapadas. Según Bruce, ésa fue la primera vez en su vida en que experimentó un problema que los adultos no pudieron solucionar de inmediato.

A través del interfono del elevador se escuchó una voz femenina que pedía a la gente que mantuviera la calma. En particular, Bruce recordaba la recomendación siguiente: "Que nadie intente salir por la puerta de ventilación que se halla en el techo de la cabina. En caso contrario, Bloomingdale's no se hace responsable de lo que pueda sucederle a esa persona."

El tiempo transcurrió. Más tiempo transcurrió. Al pequeño Bruce le parecía que habían estado atrapados durante un siglo. Quizá, sólo llevaban ahí dentro unos 20 minutos.

El pequeño Bruce pensaba que se encontraba en el centro de un evento importante de la historia estadounidense. Imaginaba que no sólo sus padres, sino también el Presidente de Estados Unidos, estaban siendo informados por la TV del magno acontecimiento. Suponía que al ser rescatados, habría bandas de música y multitudes dándoles la bienvenida.

El pequeño Bruce esperaba ser invitado a un banquete y recibir una medalla, por no haberse asustado y por no haber dicho que quería ir al baño.

De repente, el elevador se sacudió y subió unos cuantos centímetros. Se detuvo, volvió a sacudirse y subió un metro. Las puertas se abrieron. Al fondo, se apreciaba el ajetreo relacionado con la barata de blancos. En el primer plano, se hallaban los clientes que simplemente esperaban el arribo del siguiente ascensor, sin tener idea de que ése había estado descompuesto por un buen rato.

Lo único que querían esos clientes era que los recién llegados salieran, para poder entrar ellos.

Ni siquiera los aguardaba un representante de la tienda que les ofreciera una disculpa y se cerciorara de que todos estuviesen bien. Las acciones encaminadas a liberar a los cautivos habían tenido lugar muy lejos, dondequiera que se encontrara la maquinaria, el sonido metálico de la alarma, y la mujer que les había pedido que mantuvieran la calma y no treparan a la puerta de ventilación.

Así fue la cosa.

La nana compró algo de ropa de cama y, después, ella y el pequeño Bruce fueron al Museo de Historia Natural. La nana le hizo prometer que no contaría a sus padres que habían estado en Bloomingdale's, cosa que no hizo.

Aún no les había mencionado el incidente, cuando reveló el secreto en la clase de Apreciación Musical.

—¿Sabes qué acabas de describir con toda precisión? —le pregunté.

—No —respondió.

—Lo que se siente al regresar a casa al cabo de la Guerra de Vietnam —le expliqué.



22

Leí sobre la Segunda Guerra Mundial. Civiles y soldados por igual, e incluso los niños, estaban orgullosos de haber participado en ella. En apariencia, todo mundo sentía que había formado parte de esa guerra. Sí, y las dolencias y la muerte de soldados, marineros e Infantes de Marina fueron sentidas al menos un poco por la población en su conjunto.

Pero la Guerra de Vietnam pertenece exclusivamente a aquellos de nosotros que peleamos en ella. Supuestamente, nadie más tiene nada que ver con ella. Todos los otros son tan puros como la nieve. Sólo nosotros somos estúpidos y sucios, por haber luchado en dicha guerra. Cuando perdimos, lo tuvimos bien merecido por haberla iniciado. La tarde en que enloquecí temporalmente en un restaurante chino de la Plaza Harvard, todo el mundo era exitoso excepto yo.

Antes de que me encolerizara, el viejo amigo de Mildred, oriundo de Perú, Indiana, me habló como si yo hubiese sido un pedicuro o un contratista de láminas metálicas, y no como un individuo que había arriesgado su vida, y sacrificado el sentido común y la decencia en nombre de los demás.

Según decía, él participaba en el juego de la eliminación de los desechos médicos en Indianápolis. Ése es un agradable negocio sobre el cual charlar en un restaurante chino, en donde todo el mundo manipula palillos de los que cuelga vaya a saber qué.

Me contó que sus problemas cotidianos en materia laboral tenían mucho que ver tanto con la estética como con la toxicidad. Tales fueron sus palabras "estética" y "toxicidad".

—A nadie le gustaría encontrar un pie, un dedo o algo por el estilo en el recipiente donde se deposita la basura o en un muladar, a pesar de que dichos trozos de cadáveres no sean más peligrosos para la salud pública que los restos de una costilla asada —explicó.

Me preguntó si había algún platillo en su mesa que yo quisiera probar, puesto que había ordenado demasiado.

—No, gracias, señor —le contesté.

—En realidad, mi propuesta equivale a llevar hierro a Vizcaya —afirmó.

—¿Perdón? —indagué.

Intentaba no escucharle y dirigí la mirada al sitio menos indicado para distraerme, esto es, el rostro de mi suegra. En apariencia, esa lunática potencial no tenía ningún lugar adonde ir y se había convertido en miembro permanente de nuestro hogar. Se trataba de un hecho consumado.

—Bueno, usted ha participado en la guerra —me dijo, utilizando un tono tal que daba a entender que la guerra había sido exclusivamente mía—. Quiero decir que ustedes tuvieron que llevar a cabo cierta cantidad de limpieza a fondo.

Entonces fue cuando el muchacho acarició con palmaditas mis cabellos. Mi cerebro explotó como una cantimplora llena de nitroglicerina.

Mi abogado, mucho más animado por las 2 listas que estoy preparando, y por el hecho de que nunca me he masturbado y de que me gusta el quehacer doméstico, me preguntó ayer por qué nunca utilizo palabrotas. Me encontró lavando las ventanas de esta biblioteca, aunque nadie me había ordenado que lo hiciera.

De manera que le expliqué la idea de mi abuelo materno a ese respecto: que las obscenidades autorizan a la mayoría de los individuos a no escuchar respetuosamente cualquier cosa que se les diga.

Le narré una vieja historia que el Abuelo Wills me había contado y que versa sobre un pueblo donde todos los días se disparaba un cañonazo al mediodía. En cierta ocasión, el artillero se enfermó súbitamente y no pudo accionar el cañón.

En consecuencia, ese mediodía fue silencioso.

Cuando el sol llegó al cenit, todos los moradores del pueblo estaban intrigados. Entonces, se preguntaron entre sí con gran asombro: "¡Santo Cielo! ¿Qué fue eso?"

Mi abogado deseaba saber qué relación había entre esa historia y el hecho de que yo no dijera groserías.

Le contesté que en una era tan malhablada como la presente, la expresión "¡Santo Cielo!" tenía la misma capacidad de estremecer que un cañonazo.

Allí en la Plaza Harvard, cuando transcurría 1975, Sam Wakefield se convirtió de nueva cuenta en el timonel de mi destino. Me pidió que permaneciera en la acera, donde me sentiría a salvo. Temblaba como una hoja. Quería ladrar como un perro.

Entró en el restaurante, calmó a empleados y comensales, y ofreció pagar todos los daños en ese preciso instante. Tenía una esposa muy rica, Andrea, quien se convertiría en Decano de las Mujeres del Tarkington al cabo del suicidio de su marido. Andrea murió 2 años antes que se verificara la fuga de la prisión, motivo por el cual no fue sepultada al lado de muchos otros, junto al establo, a la sombra de la Montaña Mosquete, al ponerse el Sol.

Ella está enterrada junto a su esposo en Bryn Mawr, Pennsylvania. De cualquier forma, el glaciar podría arrastrarlos también hasta Virginia Occidental o hasta Maryland. ¡Bon Voyage!

Andrea Wakefield fue la 2a. persona con la que hablé después de haber sido despedido del Tarkington; Damon Stern fue la 1a. Estoy retomando los sucesos de 1991. Prácticamente todos los demás se encontraban comiendo langosta. Andrea llegó hasta mí después de haberse topado con Stern en otro punto del Paseo Principal.

—Pensé que te hallabas en el Pabellón comiendo langosta —me dijo.

—No tengo hambre —repuse.

—No tolero que tengan que hervirlas vivas. ¿Sabes qué me acaba de contar Damon Stern?

—Estoy seguro de que algo interesante.

—Que durante el reinado de Enrique 8°. de Inglaterra, los falsificadores eran hervidos vivos.

—La farándula. ¿Los hervían vivos en un sitio público?

—No me lo dijo. Y tú, ¿qué estás haciendo aquí?

—Tomando el sol.

Me creyó. Se sentó junto a mí. Ya traía puesta la toga para la procesión académica previa a la graduación. Su birrete la identificaba como una egresada de la Sorbona de París, Francia. Además de sus obligaciones de Decano, relacionadas con la solución de problemas tales como embarazos no deseados, drogadicción, etcétera, daba clases de francés, italiano y pintura al óleo. Provenía de una antigua familia auténticamente distinguida de Filadelfia, que había brindado a la civilización gran número de maestros, abogados, médicos y artistas. En realidad, ella pudo haber sido lo que Jason Wilder y varios Directivos del Tarkington se jactaban de ser: las criaturas más evolucionadas del planeta.

Ella era mucho más inteligente que su esposo.

Siempre quise preguntarle cómo fue que una cuáquera llegó a casarse con un soldado profesional, pero nunca lo hice.

Ahora es demasiado tarde.

A pesar de la edad que tenía en ese entonces, que era alrededor de 60, 10 años mayor que yo, Andrea era la mejor patinadora artística del cuerpo docente. Creo que el patinaje artístico, cuando Andrea Wakefield podía encontrar al compañero adecuado, era puro erotismo para ella. El General Wakefield no sabía ni siquiera patinar. La mejor pareja que ella encontró en la pista de hielo del Tarkington fue, quizá, Bruce Bergeron: el niño que se quedó atrapado en un elevador de Bloomingdale's; el joven que no pudo ingresar a ningún colegio salvo el Tarkington; el egresado que participó en un espectáculo sobre hielo; el hombre que fue asesinado por alguien que parecía odiar a los homosexuales, o que había amado demasiado a uno de ellos.

Andrea y yo nunca fuimos amantes. Estaba muy satisfecha y era demasiado vieja para mí.

—Quiero que sepas que creo que eres un Santo —me dijo Andrea.

—¿Cómo es eso? —le pregunté.

—Eres muy amable con tu esposa y tu suegra.

—Bueno, ser amable con ellas es más sencillo que lo que hice por los Presidentes, Generales y Henry Kissinger.

—Pero esto es voluntario.

—También aquello lo fue. Fui un soldado entusiasta y fervoroso.

—Cuando reflexiono sobre cuántos hombres deshacen hoy día su matrimonio a causa de la más mínima inconveniencia o incomodidad, todo lo que se me ocurre pensar es que tú eres un Santo.

—Ellas no querían venir acá, ¿sabes? Eran muy felices en Baltimore, donde Margaret se hubiera convertido en una fisioterapeuta.

—¿No es este valle lo que las enfermó, verdad? ¿No es este valle el que enfermó a mi marido?

—Es un reloj lo que las enfermó. Y ese reloj las habría alcanzado a ambas, no importa en donde hubieran estado.

—Lo mismo pienso de Sam. No puedo sentirme culpable.

—No deberías.

—Cuando renunció al Ejército y se unió al movimiento pacifista, creí que estaba intentando detener el reloj. No funcionó.

—Lo extraño.

—No dejes que la guerra también te mate a ti.

—No te preocupes.

—¿Aún no has encontrado el dinero? —me preguntó.

Se refería al dinero que Mildred había obtenido por la venta de la casa de Baltimore. Cuando Mildred todavía estaba perfectamente cuerda, lo depositó en la sucursal de Scipio del First National Bank de Rochester. Pero después lo retiró, cuando el banco fue adquirido por el Sultán de Brunei, sin decirnos nada ni a Margaret ni a mí. Escondió los billetes en algún lugar, pero no podía recordar dónde.

—Ya ni siquiera pienso en él —repuse—. Lo más probable es que alguien lo haya encontrado. Pudo haber sido una pandilla de muchachos. Pudo haber sido alguien que trabajaba en la casa. Quienquiera que haya sido, no abrirá la boca.

Hablábamos de más de 45 000 dólares.

—Sé que me debería importar, pero sucede que no me importa en absoluto —comenté.

—La guerra te hizo eso —exclamó.

—¿Quién sabe? —concluí.

Mientras charlábamos bajo los rayos solares, el rugido de una poderosa motocicleta retumbó por todo el valle. Al parecer, el estruendo provenía de la zona donde se localizaba el Café del Gato Negro. Después, se escuchó otro rugido y, luego, otro más.

—¿Los Ángeles del Infierno? —preguntó—. ¿Quieres decir que en realidad va a suceder?

Andrea se refería a una anécdota relacionada con Tex Johnson, el Director del Colegio, quien había visto tantas películas de motocicletas, que había llegado a la conclusión de que el campus podría ser asaltado algún día por los Ángeles del Infierno. Como esa fantasía se volvió tan real para él, compró un rifle israelí de francotirador, equipado con mira telescópica y municiones, en una botica de Portland, Oregón. El y Zuzu habían ido a esa ciudad para visitar a la media hermana de Zuzu. El arma en cuestión fue el objeto que provocó la posterior crucifixión de Tex.

Sin embargo, en ese momento, el temor de Tex no parecía tan cómico. Un coro vigoroso y apocalíptico, integrado por bajos profundos o rugidos de vehículos de 2 ruedas, se hacía cada vez más sonoro y cercano. ¡No había duda de ello! ¡Quienquiera que fuese, su destino no podía ser otro que el Tarkington!


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