Hocus pocus kurt Vonnegut



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Algunas veces, Alton Darwin me hablaba sobre el planeta donde había habitado antes de ser transportado en una caja de acero a Athena: "Las drogas eran alimentos. Yo me dedicaba al negocio de la comida. El que los moradores de un planeta ingieran ciertos víveres que les producen bienestar, no significa que la gente de los demás planetas deba abstenerse de comer otras cosas. Estoy seguro de que en algunos planetas hay personas que se alimentan de piedras y que, después de hacerlo, se sienten de maravilla durante un rato. Más tarde, llegará la hora de volver a comer piedras."

Reflexioné muy poco sobre la prisión durante los 15 años que fui maestro del Tarkington, a pesar de que la cárcel era demasiado grande y cruel, y de que experimentaba un crecimiento continuo. Cuando realizábamos días de campo a la orilla del lago o cuando íbamos a Rochester por una u otra razón, veíamos muchos autobuses con ventanas oscurecidas y camiones que trasladaban cajas de acero. Alton Darwin debió viajar dentro de alguna de éstas. Debido a que los camiones se utilizaban también para transportar carga, dichas cajas podrían haber servido exclusivamente como embalaje de Diet Pepsi y papel sanitario.

Su contenido no fue de mi incumbencia hasta que me despidieron del Tarkington.

En ocasiones, cuando tocaba las campanas y se producían ecos particularmente sonoros en los muros de la prisión, lo que solía ocurrir en pleno invierno, tenía la sensación de estar bombardeando la cárcel. En Vietnam, por el contrario, cuando nos retirábamos con el apoyo de la artillería, y las armas lanzaban proyectiles a no sé qué blancos en la selva, me parecía escuchar algo similar a la música: ruidos interesantes producidos por el puro placer de hacerlo.

Durante un ejercicio veraniego de campaña, Jack Patton y yo, que todavía éramos cadetes, dormitábamos en una tienda, cuando la artillería abrió fuego cerca de ahí.

Nos despertamos.

—Están tocando nuestra pieza, Gene. Están tocando nuestra pieza —exclamó Jack.

Antes de ir a trabajar a Athena, solamente había visto a 3 reos en alguna parte del valle. La mayoría de los habitantes de Scipio ni siquiera había visto 1. Yo tampoco hubiera visto 1, si no se hubiese descompuesto, cerca del lago, un camión transportador de las cajas de acero. Me encontraba ahí de día de campo, cerca del agua, en compañía de Margaret, mi esposa, y de Mildred, mi suegra. En ese entonces, Mildred estaba más loca que una cabra, pero Margaret aún se conservaba cuerda y parecía que existía una probabilidad de que así continuara.

Yo tenía solamente 45 años y la confianza absurda de que seguiría siendo profesor en el colegio hasta alcanzar la edad de retiro obligatorio, esto es, los 70 años, lo cual ocurriría en el año 2010, a 9 años de distancia de la fecha actual. De hecho, ¿qué habrá de sucederme en los 9 años por transcurrir? Es como preocuparse por la descomposición de un queso que no se almacenó oportunamente en el refrigerador. ¿Qué más le puede suceder a un queso que ya perdió su sabor original y que apesta?

A mi suegra le encantaba pescar, y ese pasatiempo era inofensivo para ella y para los demás. Le ayudé colocando un gusano en el anzuelo y lanzando el sedal en dirección a una mancha que parecía prometedora. Ella sostenía la caña con ambas manos, segura de que algo milagroso iba a suceder.

Tuvo razón esta vez.

Miré hacia el camino y descubrí un camión de la prisión al que le salía humo del motor. Sólo había 2 guardias a bordo y 1 de ellos era el conductor. Se apearon. Ya habían llamado por radio a la penitenciaría pidiendo ayuda. Ambos eran blancos. Este incidente tuvo lugar antes de que los japoneses se hicieran cargo de la administración de Athena, es decir, antes de que los letreros de la carretera de Rochester estuvieran escritos en inglés y japonés.

Como parecía que el camión iba a incendiarse, los 2 guardias abrieron el candado de la puerta de la caja de acero y ordenaron a los reos que salieran. Ambos retrocedieron con las escopetas apuntando hacia la puerta.

Salieron los prisioneros. Solamente había 3. Se movían con torpeza, debido a los grilletes que sujetaban sus tobillos; además, las esposas estaban unidas a una cadena colocada alrededor del pecho. Dos eran negros, y 1 era blanco o, quizá, un Hispano de piel clara. Todo esto sucedió antes de que La Suprema Corte confirmara la naturaleza cruel e inhumana del acto de confinar a una persona en un lugar donde su raza sea rebasada numéricamente por otra.

En ese entonces, las diferentes razas permanecían mezcladas en las cárceles localizadas a todo lo largo y ancho del país. Sin embargo, cuando entré a trabajar en Athena, sólo había reos que habían sido clasificados como Negros.

Mi suegra no quiso mirar el camión humeante ni todo lo demás. Estaba obsesionada con los acontecimientos en desarrollo al otro lado del sedal. Pero Margaret y yo nos quedamos papando moscas. En esa época, los prisioneros eran como material pornográfico, cosas comunes que la gente decente no deseaba ver, a pesar de que la principal industria del valle estaba consagrada a castigar delincuentes.

Después, cuando Margaret y yo hablamos del asunto, me dijo que no le había parecido una cuestión pornográfica, sino el espectáculo de ver animales rumbo al matadero.

En cambio, nosotros debimos parecer a esos condenados los habitantes del Paraíso. Era un perfumado día primaveral. Tenía lugar, un poco más al sur del sitio donde nos encontrábamos, una carrera de botes de vela. Un padre agradecido, que había vaciado las arcas del banco más grande de California, acababa de donar al colegio 300 balandros.

Nuestro Mercedes nuevecito destacaba entre los coches estacionados. Costaba más que el salario anual por mí devengado en el Tarkington. El auto me lo regaló la madre de un estudiante mío, llamado Pierre Legrand. Su abuelo materno había sido dictador de Haití; cuando fue derrocado, se trajo consigo el tesoro público de ese país. Por tal motivo, la madre de Pierre era muy rica. Él era muy impopular. Trató de ganar amigos ofreciéndoles costosos obsequios; táctica que no le funcionó. En consecuencia, intentó colgarse de una viga del depósito de agua instalado en la cima de la Montaña Mosquete. Por casualidad, yo me encontraba allá arriba, jugando entre los arbustos con la esposa del entrenador del Equipo de Tenis.

Lo descolgué cortando la soga con mi navaja oficial del ejército suizo. Así fue como obtuve el Mercedes.

Dos años más tarde, Pierre tuvo mejor suerte, pues logró saltar desde el famoso puente Golden Gate. Una de l as bromas comunes en el campus rezaba que yo debería devolver el coche.

Así pues, es probable que aquellos presos hayan visto el Paraíso en lo que realmente era un saco repleto de aflicción. No había forma de que supieran que mi suegra estaba más loca que una cabra. No podían enterarse, ni tampoco yo, de que la locura hereditaria caería sobre mi hermosa mujer, unos 6 meses después, como una tonelada de ladrillos, convirtiéndola en una bruja tan horrible como su madre.

Si nos hubieran acompañado nuestros 2 hijos al día de campo, la ilusión de que vivíamos en el Paraíso hubiese sido completa. Los hijos habrían ilustrado el caso de la otra generación que hallaba la vida tan cómoda como la nuestra. Además, ambos sexos habrían estado representados. Teníamos una hija llamada Melanie y un hijo llamado Eugene Debs Hartke Jr. Ya no eran niños. Melanie tenía 21 años y estudiaba matemáticas en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. Eugene Debs Hartke Jr. cursaba el último año en la Academia Deerfield de Massachusetts; tenía 18 años y su propia banda de rocanrol; en ese entonces ya había compuesto unas 100 canciones.

No obstante, Melanie hubiera arruinado nuestra escena campestre. Al igual que mi madre antes de matricularse en los Weight Watchers, era muy pesada. Debe tratarse de una cuestión hereditaria. Si hubiese dado la espalda a los presos, al menos habría ocultado su nariz, tan bulbosa como la del último y gran comediante alcohólico, W. C. Fields. Melanie, gracias a Dios, no era alcohólica.

Pero su hermano sí.

Y ahora daría mi vida a cambio de poder jactarme ante él de que los varones de su familia paterna no han temido al alcohol, puesto que han sabido beberlo con moderación. No nos hemos comportado con debilidad y estupidez en materia de drogas.

Por lo menos, Eugene Jr. era bien parecido, pues había heredado los rasgos de su madre. Durante su infancia, transcurrida en este valle, las personas solían decirme, estando él presente para escucharlo, que era el niño más hermoso que habían visto.

No tengo idea de dónde se encuentra ahora. Hace años dejó de comunicarse conmigo o con cualquiera de este valle.

Me odia.


También Melanie, aunque ella me escribió hace apenas 2 años. Estaba viviendo en París con otra mujer. Ambas enseñaban inglés y matemáticas en una escuela estadounidense de segunda enseñanza, localizada en la capital francesa.

Mis hijos nunca me perdonaron el no haber enviado a mi suegra a un hospital psiquiátrico. Haberla retenido con nosotros constituyó un gran estorbo para ellos, porque no podían invitar a sus amigos a la casa. Sin embargo, si hubiera mandado a Mildred a un manicomio, no habría podido enviar a Melanie y a Eugene Jr. a escuelas tan caras. Aunque el Tarkington me ofrecía hospedaje gratuito, mi salario era bajo.

Además, nunca consideré que la locura de Mildred les resultara tan insoportable. En el ejército, había convivido con personas que decían disparates todo el día. Vietnam fue una gran alucinación. Si me acostumbré a eso, podía adaptarme a cualquier cosa.

Ahora bien, lo que más les disgusta a mis hijos de mi persona es que me haya reproducido en conjunción con su madre. Viven con la amenaza constante de volverse locos repentinamente, tal como ocurrió con Mildred y Margaret. Desafortunadamente, hay una gran probabilidad de que eso suceda.

Por irónico que parezca, tengo un hijo ilegítimo de cuya existencia me enteré hace poco. En virtud de que tiene una madre diferente, no corre el riesgo de perder la razón algún día. Sin embargo, sus hijos en caso de que llegue a tenerlos, heredarían quizá la tendencia de mi propia madre hacia la gordura.

No obstante, podrían acudir a los Weight Watchers, como hizo Mamá.

Resulta obvio que el tema de la herencia ha estado en mi mente en días recientes. Así que he estado leyendo sobre ese asunto en algún libro que trata también de embriología. Y puedo afirmar lo siguiente: las personas que se muestran cautelosas con respecto a lo que pueden encontrar al abrir un libro, tienen razón. Me acaba de dejar anonadado un ensayo que versa sobre la embriología del ojo humano.

Ninguna combinación de Tiempo y Suerte pudo haber producido una cámara tan excelente, ¡ni siquiera habiendo invertido una gran cantidad de tiempo cercana a 1 000 000 000 000 de años! ¿Qué les parece este misterio indescifrable?

Cuando comencé a trabajar en Athena, esperaba hallar a por lo menos 1 de los 3 condenados que nos habían visto, tiempo atrás, a Mildred, a Margaret y a mí en pleno día de campo. Como ya lo dije, en ese entonces consideré que 1 de ellos era Blanco o quizá Hispano, el cual debió ser trasladado a una prisión para Blancos o para Hispanos antes de que yo llegara ahí. Los otros 2 eran sin duda negros, pero nunca me topé con ninguno de ellos. Me hubiera gustado saber qué pensaron de nosotros, cuan contentos lucíamos.

Quizá habían muerto. Pudieron ser víctimas del SIDA, de un asesinato, de un suicidio o, tal vez, de la tuberculosis. Cada año fallecían 30 reclusos en Athena por cada estudiante que obtenía el Grado de Bachiller en Artes y Ciencias del Tarkington.

Libertad condicional.

Si hubiera encontrado a 1 de los presos que atestiguaron nuestro día de campo, habríamos charlado sobre el pez atrapado por mi suegra mientras él nos observaba. Sobre el sedal arqueado y el rechinido del carrete, semejante a una débil sirena. Sobre su dificultad para ver al monstruo que había tragado el anzuelo y era conducido hacia Scipio porque, antes de presenciar ese espectáculo, él ya había sido reintroducido a la oscuridad de la caja de acero montada en otro camión.

El sedal que coloqué en el carrete de la caña era muy firme. Estaba especialmente diseñado para la pesca de especies de aguas profundas, como el atún y el tiburón. Con todo, hasta donde sabía, en el Lago Mohiga sólo habitaban anguilas, percas y siluros pequeños. Eso era todo lo que Mildred había atrapado en ocasiones anteriores.

Recuerdo que una vez pescó una perca demasiado pequeña para conservarla. De modo que la liberó, a pesar de que la flecha del anzuelo le había atravesado un ojo. Al cabo de un rato, atrapó de nuevo a la misma perca. Lo supimos por el ojo despedazado. Reflexionamos al respecto: ojos prodigiosos y ni una pizca de cerebro.

Coloqué ese sedal en la caña de pescar de Mildred, con objeto de que nada se le escapara. En Honduras, hice lo mismo en cierta ocasión para un General de 3 estrellas, cuyo ayudante de campo era yo.

El pez atrapado por Mildred no podía romper el sedal, y Mildred no soltaba la caña. Ella no pesaba nada y el animal pesaba mucho para ser un pez. Mildred cayó de rodillas en el agua, riendo y gritando.

Nunca olvidaré lo que gritaba: "¡Es Dios, es Dios!"

Me arrojé al agua para auxiliarla. Como no soltaba la caña, tomé el sedal y comencé a jalar, pasando una mano sobre la otra.

¡Cómo se remolinaba y bullía el agua!

Cuando atraje al pez a aguas poco profundas, dejó repentinamente de oponer resistencia. Me imagino que había agotado hasta la última gota de energía. Eso fue todo.

Este animal, que cogí de las agallas y arrastré hacia la ribera del lago, era un lucio enorme. Mildred exclamó aterrorizada: "¡Es un cocodrilo!"

Miré hacia el camino para indagar qué pensaban los presos y los guardias de un pescado tan grande. Pero, ya se habían marchado. Sólo quedaba el camión descompuesto. La pequeña puerta de la caja de acero estaba completamente abierta. Cualquiera era libre de meterse en la caja y cerrar la puerta, a fin de saber qué se siente ser un reo.

Para aquellos a quienes fascina la Medicina Forense: el lucio no mordió la carnada, sino a una perca que, a su vez, había mordido al gusano del anzuelo.

Consideré que era interesante hablar de ello con mi suegra, durante el regreso a casa a bordo del Mercedes nuevo. Pero ella no quería charlar en absoluto. El pez la había asustado en extremo y prefería olvidarse del asunto.

Años más tarde, mencioné en un par de ocasiones el incidente del pez, sin obtener respuesta alguna de su parte, salvo un silencio sepulcral. Concluí que de verdad lo había desechado de su memoria.

Ahora bien, Mildred, Margaret y yo nos mudamos, mucho tiempo después, a una vieja casa de la aldea de Athena, localizada abajo de los muros de la cárcel. En la noche que ocurrió la fuga penitenciaria, se escuchó una terrible explosión que nos despertó.

Si Jack Patton hubiera estado con nosotros, me habría dicho: "¡Gene! ¡Gene! Están tocando de nuevo nuestra pieza".

Acababan de demoler, desde el exterior y no desde el interior, la puerta principal de la prisión. El presunto jefe del cartel jamaiquino de la droga, Jeffrey Turner, había sido traído a Athena en una caja de acero 6 meses antes, al cabo de un juicio televisado que duró un año y medio. Lo condenaron a 25 cadenas perpetuas consecutivas, todo un nuevo récord. Ahora, una fuerza bien entrenada de empleados suyos, comparable a un destacamento mayor que un pelotón y menor que una compañía, se había trasladado a las afueras de la penitenciaría, trayendo consigo explosivos, un tanque y varios tractores oruga que habían sido tomados del Arsenal de la Guardia Nacional, ubicado a unos 10 kilómetros al sur de Rochester, en un punto de la carretera situado frente al Complejo de Cines Meadowdale. Después, se supo que uno de esos hombres se había mudado a Rochester e ingresado a la Guardia Nacional, jurando defender la Constitución y todo lo demás, con el único propósito de robar las llaves del Arsenal.

Los guardias japoneses estaban completamente impreparados y carentes de motivación alguna para luchar contra una fuerza semejante, especialmente porque los atacantes iban vestidos con el uniforme del Ejército de Estados Unidos y ondeaban banderas norteamericanas. De modo que se escondieron, levantaron las manos o huyeron hacia el bosque prístino. No estaba en juego su país, y vigilar prisioneros no era una misión sagrada ni nada que se le pareciera. Se trataba tan sólo de un negocio.

Los invasores desconectaron las líneas telefónicas y cortaron la energía eléctrica, a fin de que los vigilantes ni siquiera pudieran pedir ayuda o accionar las sirenas.

El asalto duró media hora. Cuando todo terminó, Jeffrey Turner ya había desaparecido y, desde entonces, no se le ha vuelto a ver. Los atacantes también se esfumaron. Sus uniformes y vehículos militares fueron encontrados más tarde en una granja lechera abandonada, propiedad de especuladores alemanes de tierras, localizada a 1 kilómetro al norte del lago. Como había huellas de neumáticos de diversos automóviles, la policía concluyó que, a bordo de vehículos civiles comunes, en apariencia inconexos y abandonando la granja a intervalos, los sujetos al margen de la ley habían logrado una huida 100% exitosa.

Mientras tanto, en la prisión, aquel que no deseaba permanecer encerrado más tiempo, estaba en libertad de salir y, en caso de tener la inclinación y habiendo llegado a primera hora, de tomar un fusil, una escopeta, una pistola o una granada de gas lacrimógeno del arsenal de la cárcel, el cual se hallaba completamente a su disposición.

Asimismo, la policía señaló que los asaltantes habían recibido un entrenamiento militar de primera clase en algún lugar, probablemente en una escuela privada de supervivencia situada en Estados Unidos o, quizá, en Bolivia, Colombia o Perú.

De cualquier manera, Mildred, Margaret y yo fuimos despertados por la explosión que demolió la puerta principal de la prisión. No había forma de que nos hubiésemos podido imaginar lo que estaba sucediendo en realidad.

Nosotros 3 dormíamos en alcobas separadas. Margaret se encontraba en el primer piso; Mildred y yo, en el segundo. No había terminado de incorporarme, con un silbido persistente en los oídos, cuando Mildred entró en mi cuarto completamente desnuda y con los ojos bien abiertos.

Ella habló primero. Utilizó un término de caló, que yo nunca antes le había escuchado, para referirse a la idea de enormidad. No se trataba de la jerga de su generación ni tampoco de la mía, sino de aquella de mis hijos. Supongo que oyó la palabra en cuestión y que le gustó, reservando su uso para alguna ocasión realmente importante.

He aquí lo que dijo, mientras se escuchaban descargas esporádicas de armas ligeras alrededor de la prisión: "¿Recuerdas aquel pez tan choncho que capturé?"

11

Durante cierto tiempo, estuve plenamente convencido de que pasaría el resto de mi vida en este valle, pero no en la cárcel. Imaginaba mi retiro obligatorio del Colegio Tarkington en el año 2010. Habría gozado una posición modestamente acomodada, gracias a la Seguridad Social y a la pensión ofrecida por el Colegio. Hacia esa fecha, mi suegra habría muerto, por lo que sólo restaría el ocuparme de Margaret. Habría rentado una casita en el pueblo, donde había un montón de construcciones vacías.

Sin embargo, ese sueño se habría malogrado, aunque no hubiera habido una fuga en la prisión, aunque el sistema de Seguridad Social no hubiese fracasado, aunque el Tesorero del Colegio no hubiera huido llevándose los fondos de pensión, etcétera. Porque, como ya lo he señalado, en 1991 fui despedido del Colegio Tarkington.

Me encontraba al final de la edad madura, carente de amarras en una nación arruinada, cuyos bienes habían sido vendidos a extranjeros; en una nación abrumada por toda clase de plagas incontrolables, por la superstición, el analfabetismo y la hipnótica TV; en una nación donde los pobres no tenían acceso a los centros de salud. ¿A dónde ir? ¿Qué hacer?

El hombre que me despidió fue Jason Wilder, el célebre columnista del diario Conservador, distinguido conferencista y famoso conductor de un programa de TV. Salvó mi vida al quitarme el empleo. Gracias a él, no me hallaba en Scipio, sino en Athena, la noche que tuvo lugar la fuga de la prisión.

Hubiera estado frente a todos aquellos presos que se deslizaban sobre el hielo, bajo la luz de la luna, en dirección a Scipio; en cambio, pude observarlos con muda admiración desde la retaguardia, tal como actuó Robert E. Lee en el Ataque de Pickett durante la Batalla de Gettysburg. No me hubiesen identificado porque yo, hasta ese momento, solamente habría visto a 3 condenados de Athena en toda mi vida.

Hubiera intentado luchar aunque, a diferencia del Director del Colegio, no habría tenido armas. Hubiese sido asesinado e inhumado junto con el Director del Colegio y su esposa Zuzu, y con Alton Darwin y todos los demás. Me hubieran sepultado junto al establo, a la sombra de la Montaña Mosquete, al ponerse el Sol.

La primera vez que vi a Jason Wilder en persona fue durante la reunión de la Junta Directiva en que se me despidió. Entonces, él era solamente un padre ultrajado. Más adelante, se uniría a la Junta y se convertiría en el rehén más valioso conservado por los presos al cabo de la fuga. La amenaza de atentar contra su vida inmovilizó a las unidades de la 82a División Aerotransportada, que habían sido trasladadas al lugar de los hechos, desde el Sur del Bronx, en un autobús escolar. Los paracaidistas rodearon el valle, ocuparon la ribera del lago situada al otro lado de Scipio y en dirección al sur, y cavaron trincheras en la falda occidental de la Montaña Mosquete. Pero no se atrevieron a aproximarse más, por temor a causar la muerte de Jason Wilder.

Sin duda, había otros rehenes, incluyendo a los demás miembros de la Junta Directiva, pero él era el único famoso. Yo mismo no era estrictamente un rehén, aunque quizá me habrían matado si hubiera intentado huir. Más bien, era una especie de poblador flotante, inteligente y no combatiente, que vagaba por un Scipio sitiado. Tal como actuaba en la Prisión de Athena, intentaba ofrecer la respuesta más honesta posible a toda pregunta que cualquiera quisiera formularme. En caso contrario, permanecía callado. En Athena, no expresaba ningún consejo por cuenta propia, ni tampoco lo hice en el Scipio sitiado. Simplemente, me limitaba a describir la realidad de la situación del indagador, de acuerdo con el contexto del mundo exterior. Lo que hiciera después era cosa de él.

A eso llamo ser profesor. A eso no llamo ser genio creador de una aventura traicionera. Lo único que siempre quise subvertir fue la ignorancia y las fantasías de autoservicio.

Fui despedido sin previo aviso el Día de la Ceremonia de Graduación. En pleno mediodía me encontraba tocando las campanas, cuando una joven que acababa de concluir su primer año de estudios, me informó que la Junta Directiva, instalada en el Salón Samoza, deseaba hablar conmigo. Ella se llamaba Kimberley Wilder, y era la hija de lento aprendizaje de Jason Wilder. Era estúpida. Consideré extraño, aunque no amenazador, el hecho de que los directivos la hubieran utilizado como mensajera. No podía imaginar qué asunto tenía entre manos que la hubiese acercado a la reunión. De hecho, había testificado ante ellos mi supuesta falta de patriotismo y, luego, le habían pedido que tuviera el honor de ir a traerme para anunciar mi liquidación.

Era una de las pocas novatas que aún permanecían en el campus. El resto se había marchado a casa, y los parientes de los estudiantes que estaban por recibir el Grado de Bachiller en Artes y Ciencias habían ocupado las habitaciones de los principiantes. Ningún familiar de Kimberley iba a graduarse. Ella se había quedado a causa de la reunión de los Directivos. Y su famoso padre había llegado en helicóptero para apoyarla. El campo de fútbol había servido como helipuerto. Parecía un criadero de pterodáctilos.

Otras personas arribaron en vehículos aéreos convencionales a Rochester, donde fueron recogidas por las limosinas que el colegio había alquilado. La madrastra de uno de los futuros graduados creyó que había aterrizado en Yokohama y no en Rochester, debido a la abundancia de japoneses. En realidad, el cambio de guardia en Athena coincidió con el Día de la Ceremonia de Graduación. Cada 6 meses, un grupo nuevo de guardias, integrado en su mayoría por campesinos jóvenes de Hokkaido, que no hablaban inglés y que nunca habían visitado Estados Unidos, eran trasladados por aire directamente desde Tokio hasta Rochester, y de ahí eran llevados a Athena en autobús. Aquéllos que ya habían cumplido con su servicio semestral en las puertas, los muros, los pasillos de los comedores, las garitas de vigilancia, etcétera, eran transportados de nuevo a sus hogares.

—¿Cómo es que aún no te has marchado a casa, Kimberley? —pregunté.

Me respondió que ella y su padre deseaban escuchar el discurso de la Ceremonia de Graduación, que iba a ser pronunciado por un amigo cercano de su padre y beneficiario, al igual que este último, de la Beca Rhodes, el Dr. Martin Peale Blankenship, economista de la Universidad de Chicago que más tarde se quedaría paralítico como resultado de un accidente de esquí ocurrido en Suiza.

El Dr. Blankenship era tío de una de las estudiantes próximas a graduarse. Eso lo trajo a Scipio. Su sobrina era Hortense Mellon. No tengo idea de qué fue de Hortense. Sabía tocar el arpa. Me acuerdo de eso y de que sus dientes superiores eran falsos. Un asaltante le había desprendido con un puñetazo los dientes verdaderos, al cabo de una fiesta de presentación en sociedad de una amiga, celebrada en el Waldorf-Astoria, hotel que fuera reducido a cenizas. Sólo queda el lote baldío, el cual fue comprado por los japoneses.

Escuché que su padre, al igual que muchos otros padres de familia del Tarkington, perdió una enorme cantidad de dinero en la estafa más grande de la historia de Wall Street, ideada por una compañía llamada Microsecond Arbitrage.

Es cierto que consideraba a Kimberley una entrometida, pero no un estudio ambulante de grabación. Durante el año escolar que estaba finalizando, nuestros caminos se habían cruzado con enigmática frecuencia. Una y otra vez, siempre que charlaba con alguien, en casi cualquier lugar del campus, me daba cuenta de que Kimberley se hallaba cerca y al acecho. Supuse que estaba un poco chiflada y que nos espiaba a todos, ávida de chismes. No se había matriculado en ninguno de mis cursos, pero asistía como oyente a la clase de Física para No Científicos y a la de Apreciación Musical para No Músicos. En consecuencia, ¿qué podría significar ella para mí o yo para ella? Nunca habíamos sostenido ninguna conversación.

Recuerdo que, en cierta ocasión, me encontraba jugando al billar en el nuevo centro de recreación, el Pabellón Pahlavi, y que ella estaba tan cerca de mí que tenía problema para mover el taco.

—¿Te gusta mi perfume? —le pregunté.

—¿Qué? —respondió.

—Como te me aproximas tanto y lo haces tan a menudo, supongo que te agrada mi perfume. Si estoy en lo cierto, me sentiré muy halagado, porque lo que estás percibiendo no es más que el olor natural de mi cuerpo. No uso ningún perfume —aclaré.

Puedo autocitarme con exactitud, en virtud de que esas palabras estaban registradas en una de las cintas que los Directivos me hicieron oír.

Ella se encogió de hombros como si no hubiera comprendido mi comentario y no abandonó el Pabellón mostrando gran perturbación. ¡Por el contrario! Me dejó libre un poco más de espacio para que pudiese mover el taco, pero se quedó ahí, prácticamente encima de mí.

Estaba jugando un pool de 8 bolas, cabeza con cabeza, con el novelista Paul Slazinger, que ese año era el Escritor Residente. Se hallaba en total bancarrota y agotado, los únicos motivos por los cuales un autor llegaba a convertirse en Escritor Residente del Tarkington. Era tan viejo que había participado en la Segunda Guerra Mundial. ¡Había ganado una Estrella de Plata, como yo, cuando su servidor tenía tan sólo 3 años de edad!

Me preguntó que quién era Kimberley y le contesté, información también que quedó registrada en la cinta: "No le hagas caso. Es sólo un miembro más de la Clase Gobernante."

La Junta Directiva quería saber qué era lo que yo tenía en contra de la Clase Gobernante.

No lo dije en ese entonces, pero ahora me complace profundamente el poder afirmar que lo malo de la Clase Gobernante es que muchos de sus miembros son tan bobalicones como Kimberley.

En relación con su espionaje, tuve la teoría de que a ella le excitaba mi reputación de ser el John F. Kennedy del campus, en materia de sexo extramarital.

Si el Presidente Kennedy alguna vez elaboró allá en el Cielo una lista de todas las mujeres a las que hizo el amor, estoy seguro de que su catálogo sería 2 o 3 veces más largo que el que yo estoy preparando aquí abajo en la cárcel. Sin embargo, él contó con la ventaja de la fascinación ejercida por su cargo, y la cooperación plena del Servicio Secreto y del Personal de la Casa Blanca. Ninguno de los nombres incluidos en mi lista significaría algo para el público en general, mientras que muchos de la suya pertenecen a estrellas de cine. Él tuvo relaciones con Marilyn Monroe. Y yo, sin duda, no. Es evidente que ella esperaba casarse con él y convertirse en la Primera Dama, lo que constituía una broma para todos salvo para ella.

A la larga, se suicidó. Descubrió finalmente que la vida era muy desconcertante.

Apenas conocía a Kimberley cuando apareció en el campanario, el día de la Ceremonia de Graduación. Pero se mostró muy parlanchína, como si hubiéramos sido viejos, viejos camaradas. Todavía estaba grabando lo que yo decía, a pesar de que lo que ya tenía registrado en cintas bastaba para despacharme.

Me preguntó si me había parecido bueno el discurso pronunciado por Paul Slazinger, el Escritor Residente, en la Capilla. Se trataba quizá del discurso más antiestadunidense que yo había oído. Lo presentó justo antes de las vacaciones navideñas y nunca más se le volvió a ver en Scipio. Acababa de ganar la llamada Beca para Genios de la Fundación MacArthur, consistente en una pensión de 50 000 dólares anuales durante 5 años. La misma noche de su discurso salió a hurtadillas hacia Key West, Florida.

Recuerdo que predijo que la esclavitud humana retornaría, que de hecho nunca había desaparecido. Afirmó que mucha gente quería venir al país, porque aquí era muy fácil robar a los pobres, quienes carecen absolutamente de alguna protección del Gobierno. Habló sobre puentes derrumbados y cañerías obstruidas, debido a la falta de mantenimiento. Se refirió a los derrames de petróleo, los desechos radiactivos, las aguas envenenadas, los bancos saqueados y las corporaciones liquidadas.

—Y nadie es castigado nunca por nada —aseveró—. Ser estadounidense significa nunca tener que pedir perdón.

Y otros argumentos por el estilo. No importaba lo que dijera porque, de todos modos, iba a obtener 50 000 dólares anuales durante 5 años.

Le contesté a Kimberley que Slazinger había dicho algunas cosas que valía la pena considerar pero que, en general, había presentado un país mucho peor de lo que en realidad era, y que el nuestro seguía siendo, decididamente, el mejor del planeta.

No le resultó del todo satisfactoria semejante contestación.

¿Qué es lo que pienso hoy día de esa respuesta? Que fue una contestación anodina.

Me preguntó sobre la conferencia que yo había dictado en la Capilla un mes antes. Como no asistió, no la pudo grabar. Intentaba confirmar lo que otras personas le dijeron que yo había dicho. Mi conferencia estuvo compuesta de una serie de remembranzas humorísticas de mi abuelo materno, Benjamin Wills, el Socialista de antaño.

Me acusó de haber sostenido que todos los individuos acaudalados eran borrachos y lunáticos. Se trataba de una mala interpretación del pensamiento del Abuelo. Según él, el Capitalismo consiste en aquello que decide hacer la gente, ebria o sobria, cuerda o loca, con nuestro dinero. Así que le aclaré las cosas y le expliqué que ésa era la opinión de mi Abuelo, no la mía.

—Me enteré de que su discurso fue peor que el del señor Slazinger —afirmó.

—Ojalá que no lo haya sido —repuse—. Deseaba mostrar cuan obsoletas son las ideas de mi Abuelo. Quería que el auditorio se riera. Y lo hizo.

—Escuché que usted aseveró que Jesucristo era antiestadunidense —me echó en cara, con la grabadora en permanente funcionamiento.

De modo que le descifré la cuestión. De nuevo, se trataba de un planteamiento del Abuelo, quien se limitaba a repetir la descripción ofrecida por Karl Marx de una sociedad ideal: "De cada quien según sus habilidades, a cada quien según sus necesidades." Luego, el Abuelo preguntaba, intentando ser irónico: "¿Y qué puede ser más antiestadunidense, Gene, que una teoría parecida al Sermón de la Montaña?"

—¿Y qué hay al respecto de poner a todos los judíos dentro de un campo de concentración en Idaho? —interrogó Kimberley.

—¿Cómo dices? —respondí perplejo. ¡Al fin!, ¡al fin!, y demasiado tarde, comprendí que esa niña estúpida era tan peligrosa como una cobra. Habría sido catastrófico que ella corriera la voz de que yo era Antisemita, especialmente si se tenía en cuenta que tantos judíos, cruzados con no judíos, enviaban a sus hijos al Tarkington—. Nunca, en toda mi vida, he dicho algo semejante —le aseguré.

—Tal vez no era en Idaho.

—¿En Wyoming?

—De acuerdo, en Wyoming. Encerrarlos a todos, ¿verdad?

—Dije "Wyoming" por el único motivo de que me casé en Wyoming. Jamás he estado en Idaho, ni siquiera he pensado en Idaho. Sólo pretendo explicarme por qué estás tan confundida. Tu acusación no tiene absolutamente nada que ver conmigo.

—Judíos.


—Estaba volviendo a citar a mi Abuelo.

—¿El odiaba a los judíos?

—No, no, no. Admiraba a muchos de ellos.

—Pero de todos modos quería ponerlos en campos de concentración. ¿No es cierto?

El origen de esta ponzoñosa tergiversación se hallaba en una de las remembranzas planteadas en la Capilla: en cierta ocasión, paseaba con el Abuelo en su coche, un domingo por la mañana, en Midland City, Ohio. Yo era un niño. El, y no yo, se burlaba de todas las religiones organizadas.

Recuerdo que cuando pasamos frente a una Iglesia Católica, me dijo lo siguiente: "¿Crees que tu papá es un buen químico? Ahí están convirtiendo galletas saladas en carne. ¿Puede tu padre hacer eso?"

Cuando pasamos frente a una Iglesia de Pentecostés, afirmó: "Los gigantes mentales ahí reunidos creen en cada una de las palabras incluidas en un libro compilado por un montón de predicadores 300 años después del nacimiento de Cristo. Espero que, cuando crezcas, no serás tan tonto como para creer en todas las palabras impresas."

A propósito, más tarde me enteraría de que la mujer con la que mi padre se relacionó cuando yo asistía a la escuela de segunda enseñanza, aventura que lo llevó a saltar por una ventana, correr con los pantalones a la altura de los tobillos, ser mordido por un perro, enredarse en un tendedero de ropa, etcétera, era miembro de esa congregación protestante.

Lo que el Abuelo dijo esa mañana con respecto a los judíos era en realidad otra broma relacionada con el cristianismo. Él tuvo que explicarme, tal como yo lo hice después con Kimberley, que la Biblia consiste en 2 obras independientes, el Nuevo Testamento y el Antiguo Testamento. Los judíos piadosos creen únicamente en lo que se supone que constituye su propia historia, el Antiguo Testamento, mientras que los cristianos toman en serio ambos libros.

"Compadezco a los judíos, porque intentan ir por la vida con sólo media Biblia", exclamó el Abuelo.

Y añadió: "Es como tratar de trasladarse desde aquí hasta San Francisco con un mapa de carreteras que terminara en Dubuque, Iowa."

Ya estaba enojado.

—¿Por casualidad le dijiste a la Junta Directiva que yo había dicho esas cosas? ¿Es ésa la razón de que quieran verme? —le pregunté a Kimberley.

—Quizá —me contestó. Se estaba portando amable. En ese momento, pensé que su respuesta era estúpida. Sin embargo, era verdadera. Los Directivos tenían muchos otros asuntos que discutir conmigo, aparte de los malentendidos provocados por mi conferencia de la Capilla.

Me pareció ser un tanto repulsiva o como digna de lástima. Ella se consideraba a sí misma una heroína y a mí ¡una víbora! Ahora que ya me había dado cuenta de la causa por la cual había subido al campanario, trataba de demostrarme que estaba orgullosa y carente de miedo. Y es que ignoraba que una vez arrojé a un hombre, casi tan grande como ella, desde un helicóptero en vuelo. ¿Qué me impedía empujarla a través de una ventana de la torre? Me cruzó por la mente el pensamiento de hacerlo. ¡Me sentía tan ofendido! ¡Eso le enseñaría a no insultarme!

El hombre al que arrojé desde el helicóptero me había escupido en la cara y mordido una mano. Me vi precisado a enseñarle que no debía ofenderme.

Me pareció un ser digno de lástima, porque era una mentecata que pertenecía a una brillante familia y pensaba que al fin ella también había hecho algo brillante, a saber, obtener pruebas por utilizar en contra de alguien cuya forma de pensar resultaba criminal. Yo aún no sabía que su padre, beneficiario de la Beca Rhodes y miembro de la prestigiada sociedad estudiantil Phi Beta Kappa de Princeton, le había encomendado esta labor. Creí que ella se había dado cuenta de la convicción de su padre, a menudo expresada en sus columnas periodísticas y en la TV, y sin duda también en el hogar, de que algunos profesores que odiaban en secreto a su país, estaban haciendo que la juventud perdiera la fe en el futuro y la capacidad de liderazgo de la nación.

Supuse que, por iniciativa propia, ella había decidido descubrir a uno de tales villanos y conseguir que lo despidieran, demostrando así que no era tan estúpida, después de todo, y que en realidad era digna hija de su padre.

Me equivoqué.

—Kimberley, esto es ridículo —le dije, en lugar de lanzarla por la ventana.

Me equivoqué.

—Está bien, aclaremos esto de inmediato —agregué.

Me equivoqué.

Entraría con paso firme en la reunión de los Directivos enderezando los hombros y resplandeciendo de legítima indignación: yo era el profesor más popular del campus y el único miembro del cuerpo docente que había recibido condecoraciones en la Guerra de Vietnam. Empero, esa fue precisamente la razón por la cual me quitaron el empleo. Quizá, ellos mismos no estuvieron del todo conscientes del verdadero motivo del despido: yo poseía un conocimiento personal de la desgracia encarnada por la Guerra de Vietnam.

Ninguno de los Directivos había participado en ese conflicto bélico, ni tampoco el padre de Kimberley, y ninguno de ellos habría permitido que sus hijos hubiesen sido enviados a Indochina. Desde luego, al cruzar el lago, en la prisión y abajo en el pueblo, había muchos hijos de individuos anónimos que sí habían sido mandados al frente de batalla.

12

Sólo me topé con dos personas al cruzar el Patio en dirección al Salón Samoza. Una de ellas era la profesora Marilyn Shaw, jefa del Departamento de Ciencias Naturales. Ella era, aparte de mí, el único miembro del cuerpo docente que había participado en Vietnam. Se había desempeñado ahí como enfermera. La otra persona era Norman Everett, un viejo jardinero del campus, al igual que mi Abuelo. Tenía un hijo que había quedado paralítico de la cintura hacia abajo, como resultado del estallido de una mina en Vietnam; este individuo permanecía internado en un hospital de La Administración de Veteranos situado en Schenectady.

Los alumnos que se iban a graduar, sus familias y el resto de los profesores almorzaban en el Pabellón. Cada uno de ellos saboreaba una langosta que había sido hervida viva.

Nunca consideré la posibilidad de conquistar a Marilyn, aunque era razonablemente atractiva y libre de compromisos. Ignoro por qué no lo hice. Quizá, existía una especie de tabú contra el incesto, porque nos hermanaba el hecho de haber estado en Vietnam.

Ella ya murió. Fue enterrada junto al establo, a la sombra de la Montaña Mosquete, al ponerse el Sol. Evidentemente, la despachó una bala perdida. ¿Quién, en sus cabales, se hubiera atrevido a asesinarla?

Ahora que la recuerdo, me pregunto si no estuve enamorado de ella, a pesar de que evitábamos hablarnos cuanto fuera posible.

En realidad, debería incluirla en una lista muy breve: la integrada por todas las mujeres que amé. Ahí aparecerían Marilyn y Margaret, durante los primeros 4 años de nuestro matrimonio, antes de que yo regresara a casa enfermo de gonorrea. También quise mucho a Harriet Gummer, la corresponsal de guerra de The Des Moines Register quien, según supe, se embarazó durante nuestro encuentro amoroso en Manila. Creo que sentí algo que podríamos llamar amor por Zuzu Johnson, cuyo marido fue crucificado. Y entablé una amistad profunda, completamente recíproca y multifacética, con Muriel Peck, quien atendía la barra del Café del Gato Negro el día que me despidieron y, más adelante, se volvió miembro del Departamento de Inglés.

Fin de la lista.

Muriel también fue enterrada junto al establo, a la sombra de la Montaña Mosquete, al ponerse el Sol.

Harriet Gummer también falleció, pero en otro sitio, en Iowa.

¡Oigan, chicas, espérenme, espérenme!

No pretendo batir ningún récord mundial en materia del número de mujeres a las que hice el amor, las haya amado o no. Que yo sepa, el récord establecido por Georges Simenon, el escritor francés de obras de misterio, seguirá siendo insuperable. De acuerdo con el obituario publicado en The New York Times, copuló con 3 mujeres diferentes cada día, durante años y años.

Marilyn Shaw y yo no nos conocimos en Vietnam, pero tuvimos ahí un amigo común, Sam Wakefield. Más tarde, él nos contrató a ambos como empleados del Tarkington y, después, se suicidó por razones desconocidas incluso para él, a juzgar por la nota plagiada que dejó en su mesita de noche.

Él y su esposa, quien se convertiría en el Decano de las Mujeres del Tarkington, dormían en ese entonces en alcobas separadas.

En mi opinión, Sam Wakefield salvó la vida de Marilyn y la mía, antes de quitarse la suya propia. Si no nos hubiera ofrecido empleo a ambos en el Tarkington, donde nos volvimos muy buenos maestros de los alumnos de lento aprendizaje, no sé qué hubiese sido de nosotros 2. El día en que ocurriría mi despido, cuando nos cruzamos en el Patio, cual dos barcos en la noche, yo era, increíblemente, Profesor de Física de Tiempo Completo y en ejercicio, y ella una profesora de Ciencias Naturales de Tiempo Completo y en ejercicio.

Cuando todavía ejercía el magisterio aquí, le pregunté a GRIOTMR, el juego de computadora más popular del Pabellón Pahlavi, qué me hubiera pasado después de la guerra en el caso hipotético de que no hubiese ocurrido lo que en verdad sucedió. Para jugar GRIOTMR, hay que informar a la computadora sobre la edad, raza, nivel de educación, situación actual, uso de drogas, etcétera, de una persona. El individuo en cuestión no debe ser forzosamente real. La máquina no pregunta si el sujeto es real o no. No le interesa nada. En especial, no le importa herir los sentimientos de la gente. La alimentas con datos detallados de una vida, real o imaginaria, y ella desembucha una historia que versa sobre aquello que podría ocurrirle al ente involucrado. Dicha historia se basa en lo que le ha sucedido a individuos reales que comparten las mismas especificaciones generales.

GRIOTMR no funciona si carece de cierta información. Por ejemplo, cuando ignora la raza, aparecen en pantalla las palabras "origen étnico" y la máquina queda inmóvil. Si desconoce esa característica, no puede continuar. Lo mismo es válido para la variable "educación".

Yo no hice del conocimiento de griotmr que había conseguido un buen empleo en el Tarkington. Solamente le ofrecí detalles de mi vida transcurrida hasta el final de la Guerra de Vietnam. La máquina sabía todo lo concerniente a esa guerra y al tipo de veteranos que dicho conflicto armado había producido. Me describió como un caso perdido, con base en la duración de mi estancia en Vietnam, creo. Como un sujeto alcohólico que suele golpear a su esposa y vagar por los Barrios Bajos.

Si hoy día tuviera acceso a GRIOTMR, le preguntaría qué le habría pasado a Marilyn Shaw en el caso de que Sam Wakefield no la hubiese rescatado. Pero los reos prófugos destrozaron el único juego que había en el Pabellón, justo después de que les mostré cómo funcionaba.

Aborrecieron la máquina, y no los culpo por ello. Me arrepentí de haberles hecho saber de su existencia. Uno a uno la alimentaron con información referida a su raza, edad, antecedentes familiares (cuando los sabían), el nivel educativo alcanzado, las drogas de su predilección, y así sucesivamente, y GRIOTMR sentenció su envío directo a la cárcel para cumplir largas condenas.

No tengo idea de cuánto podía saber el GRIOTMR de aquel entonces sobre las enfermeras que trabajaron en Vietnam. Los fabricantes del juego se han jactado siempre de que ningún programa distribuido en el mercado ha tenido una antigüedad mayor a los 3 meses y que, por tanto, la información concerniente a las experiencias en verdad vividas por este tipo o aquel tipo de persona, resulta del todo actualizada en el momento de adquisición del programa. Supuestamente, los programadores ponen al día el juego GRIOTMR incluyendo de modo constante las novedades en materia de plomeros, pedicuros, refugiados vietnamitas, espaldas mojadas de México, narcotraficantes, paralíticos y de cualquier sujeto imaginable que habite dentro de los límites continentales de Estados Unidos y Canadá.

Ahora, existen ciertas sospechas sobre el grado de actualización del GRIOTMR, porque la Parker Brothers, la compañía que creó el programa, ha sido comprada por coreanos. Los nuevos dueños están trasladando el proceso completo de manufactura a Indonesia, en donde los costos de la mano de obra son casi inexistentes. Dicen que se mantendrán al tanto de la información estadounidense vía satélite.

Lo dudo.

No necesito ninguna ayuda de GRIOTMR para saber que Marilyn Shaw padeció una guerra mucho más cruda que aquélla por mí sufrida. Cada uno de los soldados con los que tuvo que tratar estaban heridos y todos pretendían que ella realizara algo que a menudo resultaba imposible: el volver a hacer de ellos sujetos intactos, indemnes, ilesos.

Me enteré de que era divorciada, de que su exmarido se había vuelto a casar mientras ella todavía permanecía en Vietnam y de que eso no le había importado. Es probable que Marilyn y Sam Wakefield hayan sido amantes en ese entonces. Nunca indagué al respecto.

Parecía factible. Después de la guerra, él la buscó y la encontró asistiendo a un curso de Ciencias de la Computación en la Universidad de Nueva York. Ya no quería ser enfermera. Él le dijo que tal vez le convendría desempeñarse como profesora. Ella le preguntó si existía un grupo de Alcohólicos Anónimos en Scipio y él le contestó que sí.

Después de que él se suicidó, Marilyn, la profesora Shaw, estuvo fuera de circulación durante una semana.

Como desapareció, me encomendaron la tarea de buscarla. La hallé en el centro del pueblo, borracha y dormida en una mesa de billar situada en la trastienda del Café del Gato Negro. Estaba babeando sobre el paño. Una de sus manos descansaba en la bola blanca, como si hubiese querido arrojarla contra algo en el momento en que fuera a recuperar la conciencia.

Que yo sepa, nunca más volvió a embriagarse.

De todas maneras, el GRIOTMR de los viejos tiempos, de la época anterior a que los coreanos se hubiesen comprometido a hacer de la Parker Brothers una empresa mezquina en suelo indonesio, no presentaba jamás la misma biografía cada vez que uno le informaba de cierto conjunto de características. Como la vida misma, ofrecía gran variedad de posibilidades, desembuchando conclusiones fundamentadas en las probabilidades existentes de ganar o perder.

Después de que GRIOTMR ya me había ubicado en los Barrios Bajos, le di otra oportunidad. Esta vez, me fue un poco mejor, pero no tan bien como me estaba yendo en la vida real. La máquina vaticinó que permanecería en el Ejército y me convertiría en instructor, infeliz y aburrido, de West Point. Que perdería a mi esposa y sería alcohólico (cuestiones, ambas, que ya había señalado en la ocasión anterior). Que tendría una serie de amigas que pronto se hartarían de mí y de mis depresiones. Y que moriría de cirrosis hepática (sentencia emitida por segunda vez).

Sin embargo, GRIOTMR no formuló muchas opciones diferentes de aquella de la cárcel para los presos fugados. En los casos en que aludió a la libertad condicional, sólo lo hizo para de inmediato volver a poner tras las rejas al excondenado.

Lo mismo sucedía si se le informaba al GRIOTMR que el pájaro enjaulado era Hispano. Se expresaba con un poco más de optimismo respecto de los Blancos, siempre que supieran leer y escribir, que nunca hubieran estado en un hospital psiquiátrico y que jamás hubiesen sido Despedidos Deshonrosamente de las Fuerzas Armadas. En caso contrario, su destino era similar al de los Negros e Hispanos.

En opinión de GRIOTMR, los bichos salvajes de los reclusorios eran los Orientales y los Indios estadounidenses.

Cuando la Suprema Corte anunció la decisión de separar a los presos de acuerdo con su raza, muchas jurisdicciones no disponían de suficientes criminales que fueran Orientales o Indios estadounidenses para que resultase viable económicamente el establecimiento de instituciones independientes. Por ejemplo Hawai, tenía sólo 2 Indios estadounidenses en cautiverio, Wyoming, el estado natal de mi esposa, tenía sólo un Oriental.

En tales circunstancias, dijo la Corte, los Orientales y/o los Indios debían considerarse Blancos honorarios y ser tratados como corresponde.

Sin embargo, este estado está lleno de ellos; en particular, después de que los Indios comenzaron a amasar fortunas libres de impuestos, contrabandeando drogas a través de la frontera con Canadá por veredas ignotas. Por tal motivo, los Indios cuentan con su propia prisión, ubicada en el lugar que sus antepasados llamaban "Castor de Trueno" y que nosotros denominamos "Cataratas del Niágara". Los Orientales tienen la suya en Deer Park, Long Island, convenientemente localizada, pues dista sólo 50 kilómetros de sus plantas procesadoras de heroína, sitas en el Barrio Chino neoyorquino.

Cuando 1 se atreve a pensar en la inmensidad del negocio ilegal de estupefacientes en este país, se ve 1 precisado a sospechar que casi todos los habitantes se la pasan drogados permanentemente, tal como yo lo haría durante los dos últimos años de la escuela de segunda enseñanza, tal como lo hacía el General Grant en la Guerra Civil y tal como lo hacía Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial.

Así que Marilyn Shaw y yo nos cruzamos en el patio cual barcos en la noche. Sería nuestro último encuentro en ese lugar. Sin que ninguno de los dos hubiese sabido que se trataba del último encuentro, ella me dijo algo muy conmovedor. Sus palabras se derivaron de la conversación exploratoria sostenida en el cóctel de bienvenida ofrecido al cuerpo docente hace mucho tiempo.

En esa ocasión le conté la manera en que había conocido a Sam Wakefield en la Feria de la Ciencia de Cleveland, y cuáles eran las primeras palabras que él me había dirigido. Ahora, al precipitarme hacia mi destino, ella repetía tales palabras: "¿Cuál es la prisa, Hijo?"



13

El Presidente de la Junta directiva que me despidió hace 10 años fue Robert W. Moellenkamp, oriundo de West Palm Beach, egresado del Tarkington y padre de 2 tarkingtonianos, 1 de los cuales había sido alumno. Da la casualidad de que él se hallaba al borde de perder su fortuna, que no era más que papel, en la Microsecond Arbitrage Incorporated. Los estafadores afirmaban que estaban comprando con avidez todas las gangas en materia de alimentos, vivienda, prendas de vestir, combustible, medicinas, materias primas, maquinaria, etcétera, antes de que la gente que en realidad necesitaba esos bienes se diera cuenta de su existencia. Luego, las computadoras de la compañía conseguirían, supuestamente, que las personas que en verdad necesitaban tales productos compitieran entre sí por la obtención de los mismos, lo que redundaría en enormes beneficios para los inversionistas. Todo ello podría llevarse a cabo, presuntamente, con el dinero de los clientes de la Microsecond, porque sus computadoras estarían conectadas vía satélite con los mercados ubicados en cada rincón del mundo.

Resultó que las computadoras no estaban conectadas sino entre sí y con los clientes ingenuos, como el Presidente de la Junta del Tarkington. Este último se elevaba tan alto como una cometa cuando aparecían en su impresora las descripciones de los brillantes negocios efectuados en lugares tales como la Tierra del Fuego, Uganda y sólo Dios sabe cuáles otros. En ese contexto optimista, acordó con la Vaca Sagrada del Conservadurismo estadounidense, Jason Wilder, que había llegado el momento de despedirme. La Microsecond Arbitrage era su polvo de ángel, su LSD, su heroína, su tarro de vino Thunderbird, su cocaína.

Yo mismo he sido adicto a las mujeres mayores y las amas de casa. El abogado que me asignó la Corte afirma que dicha adicción constituye el germen de algo que podríamos desarrollar y convertir en un pretexto creíble para alegar locura. Lo que más le asombró fue enterarse de que yo nunca me he masturbado.

—¿Por qué no? —me preguntó.

—El padre de mi madre me hizo prometer que nunca lo haría, porque eso me volvería un ser demente y perezoso —respondí.

—¿Y le creíste? —indagó. El abogado sólo tiene 23 años; se trata de un sujeto recién desempacado de Syracuse.

—Asesor, en estos tiempos vertiginosos, en que el progreso muestra una excitación extrema, los abuelos están condenados a equivocarse en casi todo —repuse.

Robert W. Moellenkamp aún no sabía que él, su esposa y sus hijos estaban tan arruinados como cualquier condenado de Athena. De modo que cuando entré en el Salón de la Junta, allá en el año de 1991, se dirigió a mí con el tono propio del estadista que suele emplear el prudente protector de un noble legado. Saludó con la cabeza a Jason Wilder, que en ese entonces era simplemente un padre de familia del Tarkington, no un miembro de la Junta. Wilder estaba sentado en el extremo opuesto de la larga mesa ovalada, y armado con un fólder de papel de Manila, una grabadora, varias cintas y una cámara fotográfica. Desde luego, yo ya sabía quién era él y de qué modo funcionaba su mente, pues había leído su columna periodística y visto en alguna ocasión su programa de TV. Pero nunca nos habíamos encontrado frente a frente. Los miembros de la Junta, ubicados a ambos lados de la mesa, se habían amontonado con objeto de dejarle espacio suficiente para que llevase a cabo algún tipo de demostración.

Era la única celebridad. Quizá la única verdadera celebridad que haya pisado el Salón de la Junta.

Asimismo, se hallaba presente otro individuo no perteneciente a la Junta. Se trataba del Director del Colegio, Henry "Tex" Johnson, a cuya esposa Zuzu, como ya lo comenté, solía hacerle el amor cuando él se ausentaba del hogar por cualquier cantidad de tiempo. Zuzu y yo habíamos terminado con nuestra relación aproximadamente un mes antes, pero aún nos hablábamos.

—Por favor, toma asiento, Gene —dijo Moellenkamp—. El señor Wilder, quien supongo que sabes que es el padre de Kimberley, tiene una historia perturbadora que quisiera contarte.

—Ya veo —respondí, actuando como un buen soldado obediente. Deseaba mantener el empleo. Éste era mi hogar. Cuando llegara el momento, quería retirarme y, después, que me sepultaran aquí. Tuve tales anhelos antes de que se volviese evidente que los glaciares se desplazaban hacia el sur, motivo por el cual cualquiera que estuviese enterrado aquí, incluyendo a la gavilla de criminales inhumados cerca del establo y bajo la sombra de la Montaña Mosquete, iría a dar a la larga a Pennsylvania o a Virginia Occidental. O a Maryland.

¿En dónde más podría convertirme en Profesor de Tiempo Completo, o en maestro universitario de cualquier rango, sin contar con otra que la Licenciatura en Ciencias de West Point? Ni siquiera se me permitiría ejercer el magisterio en escuelas de primera y segunda enseñanza, porque nunca había asistido a los cursos pedagógicos indispensables para hacerlo. A mi edad, que en ese entonces era de 51 años, ¿quién desearía contratarme, especialmente si se consideraba que llevaba a cuestas una esposa y una suegra dementes?

—Creo que ya sé la mayor parte de la historia, damas y caballeros. Acabo de hablar con Kimberley y ella me describió el panorama que ha dado lugar a la realización de esta reunión —afirmé, dirigiéndome a los Directivos y a Jason Wilder—. Al escuchar los cargos que ella tiene contra mí, sólo me queda esperar que no se haya perdido de vista lo que ustedes mismos han aprendido de mi persona durante los 15 años de fiel servicio que he prestado al Tarkington. Dentro de la misma Junta, hay varios individuos que podrían dar testimonio de mi solvencia moral. Además, existe la posibilidad de hacer comparecer a padres de familia y estudiantes. Escójanlos al azar. Ustedes saben, al igual que yo, que hablarán bien de mi persona. Por otra parte, quiero decir que es para mí un honor conocerlo en persona, señor Wilder. Leo sus columnas y veo su programa de TV con regularidad. He comprobado que todos sus comentarios son dignos de consideración, y lo mismo opinan mi esposa y su madre, ambas inválidas.

Deseaba traer a cuento la enfermedad de las personas que dependían de mí, por si acaso Wilder y uno que otro directivo no estaban al corriente de ello.

En realidad, no hice sino expresar mentiras bien gordas. A pesar de que Margaret y su madre eran aficionadas a la lectura (una le leía a la otra, por turnos, echando mano de una linterna y bajo una tienda de campaña que levantaron dentro de la casa, edificada con colchas, sillas y lo que fuera), nunca se interesaron en los diarios. Tampoco les gustaba la televisión, excepto Plaza Sésamo, programa dirigido supuestamente a los niños. Que yo sepa, la única vez que vieron a Jason Wilder en la pantalla chica, mi suegra comenzó a bailar, porque creyó que se trataba de un músico moderno.

Cuando hablaba alguno de los invitados al programa, Mildred se quedaba inmóvil. Sólo cuando Wilder expresaba sus ideas, ella comenzaba a bailar.

Desde luego, no pensaba narrar este incidente.

—Antes que nada quiero mencionar que siento gran admiración, profesor Hartke, por su magnífico desempeño en la Guerra de Vietnam —dijo Wilder—. Si el pueblo estadounidense no hubiera perdido su valor y si no hubiese dejado de apoyar esa causa, viviríamos en un mundo muy diferente y mucho mejor, sobre todo en lo que respecta a Asia. Tengo conocimiento también de la amabilidad y comprensión que ha mostrado ante su esposa y su suegra, actitud a la que me gustaría aplicar el mismo elogio ganado por su conducta en Vietnam: "cumplimiento más allá del deber." Así que me apena el tener que advertirle que la historia que estoy a punto de contarle quizá no sea tan fácil de refutar como lo ha llevado a creer mi hija.

—Cualquier cosa que sea, señor, escuchémosla —repuse.

Y así lo hizo. Dijo que varios de sus amigos habían estudiado o enviado a sus hijos al Tarkington, razón por la cual estaba favorablemente impresionado con el éxito alcanzado por la institución en la enseñanza de los jóvenes de lento aprendizaje, mucho antes de que nos confiara a su hija. Un ujier y una dama de honor de su boda, agregó, obtuvieron en Scipio el grado de Bachiller en Artes y Ciencias. El ujier había llegado a ocupar el cargo de Embajador en Islandia. La dama de honor se hallaba en la Junta de Directores de la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Consideraba que las técnicas no convencionales del Tarkington resultarían de gran utilidad en las escuelas sobrepobladas del país, y planeaba difundir dicha idea después de haber conocido un poco mejor las técnicas en cuestión. A propósito, la proporción de maestros a estudiantes en el Tarkington era de 1 a 6, y en las escuelas sobrepobladas, de 1 a 65.

Recuerdo que en ese entonces había una gran campaña en favor de que los japoneses compraran las escuelas públicas, tal como estaban adquiriendo cárceles y hospitales. Pero ellos eran muy inteligentes. No deseaban acercarse, ni con una vara de 3 metros de largo, a planteles llenos de niños inoportunos, hijos de padres igualmente inoportunos.

Señaló que tenía el proyecto de escribir un libro sobre el Tarkington, el cual se llamaría "Un Pequeño Milagro en el Lago Mohiga" o "Enseñando lo No Enseñable". En consecuencia, envió un telegrama a su hija pidiéndole que siguiera a los mejores maestros, a fin de grabar qué decían y cómo lo decían.

—Deseaba enterarme de aquello que los hacía tan eficientes en su oficio, profesor Hartke, sin que se dieran cuenta de que estaban siendo estudiados. Quería que continuaran comportándose tal como eran, con pelos y señales, con total naturalidad.

En ese momento, tuve conciencia de la finalidad de las cintas. Esas noticias escalofriantes explicaban la causa por la cual Kimberley se encontraba siempre al acecho, al acecho, al acecho. Wilder me concedió la oportunidad de preguntarle cuál de todas las cintas de Kimberley había alcanzado a oír. Presionó el botón de la grabadora que estaba frente a él y escuché mi voz diciendo a Paul Slazinger, en privado o al menos eso pensaba, que las dos monedas principales del planeta eran el Yen y la felación. Esta charla tuvo lugar tan al principio del año escolar, que las clases ¡aún no habían comenzado! Ocurrió durante la Semana de Orientación a los Alumnos de Nuevo Ingreso, donde aclaré a los miembros de la futura generación 1994 que los comerciantes y tenderos del pueblo preferían recibir yenes japoneses que dólares, de modo tal que les resultaría útil pedir a sus padres que les entregaran la mesada en yenes.

Asimismo, dije que nunca fueran al Café del Gato Negro, que los habitantes del pueblo consideraban su club privado. Se trataba de un sitio al cual podían acudir los aldeanos, sin que se les recordara cuan dependientes eran de los niños ricos de la colina. Esto último no lo conté a los novatos. Tampoco les advertí que ahí podrían encontrar a veces prostitutas que trabajan por su cuenta, las cuales habían constituido en el pasado la causa de epidemias de enfermedades venéreas en el campus.

Sólo expresé a los principiantes lo siguiente: "Los tarkingtonianos son más bienvenidos en cualquier lugar del pueblo, salvo en el Café del Gato Negro."

Si Kimberley grabó ese buen consejo, su padre no lo reprodujo. Ni siquiera reprodujo el comentario de Slazinger, planteado durante un descanso para tomar café, que me estimuló a hablar sobre las 2 monedas de mayor aceptación en el planeta. El fue el enemigo que se infiltró en el Tarkington para instar a cometer actos ilícitos.

Según recuerdo, Slazinger preguntó: "¿Quieren que se les pague en yenes?" Era tan nuevo en Scipio como cualquier novato, y nos acabábamos de conocer. No había leído ninguno de sus libros y, que yo sepa, tampoco lo había hecho ninguno de los miembros del cuerpo docente. Fue elegido de último minuto como Escritor Residente, y fue escogido porque se encontraba solo y no tenía ninguna otra cosa que hacer. Nadie lo había invitado al evento en cuestión. ¡Era tan viejo, pero tan viejo! Se había sentado entre todos aquellos adolescentes, como si hubiese sido un chico adinerado más que acababa de reprobar el Examen de Aptitudes Escolásticas. Sin embargo, era tan viejo que bien hubiese podido ser abuelo de los alumnos.

¡Había combatido en la Segunda Guerra Mundial! Así de viejo era.

De modo que le respondí: "Aceptan dólares, si no tienen otra opción; pero prepárate a llevarlos en una carretilla."

Del mismo modo, quería saber si los comerciantes y tenderos aceptaban la felación. Utilizó una palabra vulgar para expresar el plural del término felación.

Sin embargo, la reproducción de la cinta comenzó justo después de eso, en el momento en que yo afirmaba, en son de broma por supuesto, aunque en la reproducción de la cinta no sonaba como tal, que el mundo entero estaba a la venta para cualquiera que tuviese Yenes o estuviera dispuesto a cometer felación.

14

Así pues, en el lapso de una hora, fui acusado en 2 ocasiones de un cinismo que pertenecía a Paul Slazinger, no a mí. Y él se encontraba en Key West, completamente fuera del alcance de cualquier castigo, disfrutando de un seguro contra el desempleo que se prolongaría por 5 años, la Beca para Genios de la Fundación MacArthur. Cuando me referí a los yenes y la felación, sólo trataba de parecer cortés con un desconocido. Estaba prestando atención a sus dudas, para hacerlo sentir como si estuviese en casa.

En aquellos tiempos, el profesor Damon Stern, jefe del Departamento de Historia y mi amigo más cercano en el Tarkington, hablaba tan mal de su propio país como lo hacíamos Slazinger y yo, y lo hacía justo en la cara de los estudiantes, en el salón de clases, día tras día. Yo acostumbraba asistir a su curso, donde me reía y aplaudía. La verdad puede ser tremendamente divertida, sobre todo si se relaciona con la codicia y la hipocresía. Kimberley debió haber grabado también lo que él decía, y debió haber reproducido esa cinta a su padre. Entonces, ¿por qué no despedían a Damon junto conmigo?

Supongo que eso no ocurrió en virtud de que él era un comediante y yo no. Él quería que los estudiantes salieran del salón de clases sintiéndose bien, no mal; por tal motivo, las atrocidades y estupideces que expresaba correspondían al pasado lejano. No quedaba otra cosa que el alumno pudiese hacer, salvo reírse, reírse, reírse.

En cambio, Slazinger y yo hablábamos sobre la última mitad del Siglo 20, en la cual ambos habíamos sido seriamente dañados, física y psicológicamente, y de la cual sólo podían reírse los sociópatas.

Yo también pude haber pasado como un hombre chistoso, si Kimberley se hubiera limitado a grabar lo que dije sobre los Yenes y la felación. Se trataba del típico comentario humorístico de actualidad en el Valle de Mohiga, a raíz de que los japoneses se habían hecho cargo de la prisión situada al otro lado del lago y de la creciente curiosidad de los nativos con respecto al valor relativo de las diferentes monedas nacionales. Los japoneses estaban dispuestos a pagar sus deudas locales en dólares o Yenes. Tales adeudos correspondían a la adquisición de artículos de primera necesidad, de ferretería, de tocador, etcétera, todos ellos de bajo costo y requeridos de último minuto en la cárcel; en general, eran solicitados por teléfono. Ahora bien, las mercancías caras eran compradas al mayoreo con los propios proveedores de los japoneses, localizados en Rochester o aún más lejos.

De modo que la moneda japonesa había comenzado a circular en Scipio. Sin embargo, los administradores y guardias de la penitenciaría raramente eran vistos en el pueblo. Habitaban en barracas ubicadas al este de la cárcel, y sus vidas transcurrían de forma tan invisible para los moradores de esta parte del lago como aquéllas de los prisioneros.

A pesar de que los habitantes de esta parte del lago no mostraban ningún interés en la prisión antes de que ocurriera la fuga masiva, la gente solía estar contenta de que los japoneses se hubiesen hecho cargo de ella. Los nuevos propietarios habían arrancado casi de cuajo el derroche y la corrupción. Lo que ellos cobraban al gobierno estatal por aplicar las condenas de los prisioneros correspondía solamente a 75% de lo que el Estado solía pagarse a sí mismo por la prestación de idénticos servicios.

El diario local, El Centinela del Valle, envió a un reportero a la penitenciería para que averiguara qué era lo que ellos estaban haciendo de manera diferente. Todavía utilizaban las cajas de acero montadas en la parte trasera de los camiones y transmitían viejos programas de televisión, incluyendo noticieros, durante las 24 horas del día. El cambio más importante residía en que, por primera vez en la historia de Athena, había desaparecido el consumo de drogas y en que los presos ricos ya no podían comprar privilegios. Tampoco era posible engañar o corromper a los guardias, porque entendían muy poco inglés, y no deseaban otra cosa que terminar su estancia de 6 meses en ultramar y regresar de nuevo a casa.

Un viaje de trabajo normal en Vietnam era 2 veces más largo y 1 000 veces más peligroso. ¿Quién podría culpar a las clases cultas que tenían conexiones políticas por haber permanecido en casa?

Una idea nueva introducida por los japoneses y que el reportero no mencionó consistía en que los guardias utilizaban tapabocas y guantes de látex cuando estaban de servicio, aunque se encontraran en los torreones o en la cumbre de las murallas. Desde luego, no lo hacían para evitar la diseminación de las infecciones, sino para asegurarse de que no llevarían ninguna de las repugnantes enfermedades de su repugnante trabajo de regreso a casa.

Cuando fui a trabajar allá, rehusé usar los guantes y el tapabocas. ¿Quién podría enseñarle nada a nadie luciendo semejante disfraz?

En consecuencia, ahora soy tuberculoso.

Cof, cof, cof.

Antes de que pudiera protestar ante los Directivos aclarándoles que nunca habría dicho lo que dije sobre los Yenes y la felación si hubiese sabido que existía la probabilidad más remota de que un estudiante me oyera, los ruidos de fondo de la cinta se modificaron. Me di cuenta de que estaba a punto de escuchar otro comentario mío en una locación distinta. Se distinguía con claridad el pop-pop-pop de las pelotas de Ping-Pong, y la voz de un jugador de naipes que preguntaba: "¿A quién le toca distribuir las cartas?" Alguien más pedía a otra persona que le llevara un helado de vainilla cubierto de chocolate derretido, pero sin nueces. Señaló que estaba a dieta. Se percibían retumbos semejantes a los producidos por una artillería distante, pero en realidad eran los ruidos resultantes de colisión de las bolas de boliche y que provenían del sótano del Pabellón Pahlavi.

¡Oh, no! ¿Por qué me embriagué esa noche en el Pabellón? Estaba fuera de control. Y fue una desgracia el que los estudiantes me hayan visto en tal condición. Me arrepentiré de ello toda mi vida. Cof.

El incidente tuvo lugar en una fría noche de fines de noviembre de 1990, 6 meses antes de que los directivos me despidieran. Estaba seguro de que no había ocurrido en diciembre, porque Slazinger se encontraba todavía en el campus, hablando abiertamente de cometer suicidio. Aún no había recibido la Beca para Genios.

Esa tarde, cuando regresé a casa al cabo de la jornada de trabajo, con el proyecto de hacer un poco de limpieza y preparar la cena, me encontré con un espantoso desorden. Margaret y Mildred, ambas ya locas en ese entonces, habían cortado en tiras las sábanas. En la mañana, las había lavado e iba a colocarlas en las camas esa noche.

Según ellas, habían construido una telaraña. Al menos, no era una bomba de hidrógeno.

Blancas tiras de algodón, cuyos extremos estaban unidos, se entrecruzaban de todas las maneras posibles en el vestíbulo y la sala. El poste de la escalera se hallaba conectado con la perilla interior de la puerta principal, esta última con el candelabro colgante de la sala y así ad infinitum.

De todos modos, el día no había comenzado con buenos auspicios. Había encontrado desinflados los 4 neumáticos de mi Mercedes. Una pandilla de jóvenes malcriados del pueblo, intoxicados con alcohol o con quién sabe qué, habían aparecido durante la noche como Vietcongs y efectuado de nueva cuenta lo que llamaban "descorche". No sólo sacaron el aire de los neumáticos de cada uno de los coches caros que hallaron al aire libre dentro del campus, Porsches, Jaguares, Saabs, BMWs, etcétera, sino que también robaron las válvulas. Según supe, almacenaban tinajas repletas de válvulas de neumáticos, para demostrar la frecuencia con que practicaban el descorche. Y lo practicaban con mi Mercedes. Siempre lo practicaron con mi Mercedes.

Así que cuando quedé atrapado en la telaraña de Margaret y Mildred, mi sistema nervioso llegó casi al punto de sufrir una crisis. Yo era quien debía arreglar ese desorden. Quien debía rehacer las camas con otras sábanas, y quien debía comprar sábanas nuevas al día siguiente. Siempre me había gustado el quehacer doméstico, o al menos no me importaba tanto hacerlo como sí parecía importarle a la mayoría de las personas. ¡Pero éste era un trabajo que estaba más allá de los límites establecidos!

¡Había dejado tan limpia mi casa esa mañana! Y Margaret y Mildred no se estaban divirtiendo con mis reacciones hacia su telaraña. Se habían escondido en algún lugar donde no pudieran verme ni oírme. Esperaban que jugara con ellas a las escondidas, yo en el papel de "gallina ciega".

Algo estalló dentro de mí. Esta vez no iba a jugar a las escondidillas. No iba a limpiar la telaraña. No iba a preparar la cena. Esperaría el tiempo que fuese necesario a que salieran furtivamente de su escondite. Las dejaría que se preguntaran, tal como yo lo hice cuando me enredé en la telaraña, qué demonios había pasado con su seguro y benévolo Universo.

Salí a la noche fría, sin ningún rumbo predeterminado, salvo aquel que me permitiera entregarme al olvido. Me encontré de pronto frente a la casa de mi mejor amigo, Damon Stern, el cómico profesor de Historia. Durante su niñez transcurrida en Wisconsin, había aprendido a andar en monociclo. Después enseñaría a hacerlo a su mujer e hijos.

A pesar de que las luces estaban encendidas, no había nadie. Los 4 monociclos de la familia se hallaban a la vista, pero la cochera estaba vacía. A ellos nunca los descorcharon. Eran inteligentes, pues tenían una de las últimas Pulgas Volkswagen que quedaban.

Sabía dónde guardaban el licor. Me serví un par de copas de bourbon, en compensación por la ausencia de la familia. Ya llevaba cerca de un mes sin haber ingerido una gota de alcohol.

Sentí que un torrente caliente corría en mi vientre. Salí de nuevo a la noche. Me di a la búsqueda de una mujer mayor que me hiciera sentir bien, al convertir su cuerpo y el mío en una sola bestia de 2 lomos.

Una alumna no funcionaría, y no porque ella no tuviese nada que hacer con alguien tan viejo y relativamente pobre como yo. Ni siquiera podía ofrecerle una mejor nota de la que en realidad merecía, porque las notas eran inexistentes en el Tarkington.

Pero, en todo caso, no habría deseado a una alumna. En situaciones desagradables, la única clase de mujer que me excita es la de edad madura, llena de dudas no sólo con respecto a sí misma sino también con respecto al valor de la vida. Aunque nunca la conocí personalmente, viene a mi memoria la fallecida Marilyn Monroe, tal como estaba unos 3 años antes de haberse suicidado.

Cof, cof, cof.

Si existe una Divina Providencia, debe haber también una de naturaleza malvada, siempre y cuando estés de acuerdo en que hacer el amor a una mujer desequilibrada que no sea tu esposa es un acto perverso. En mi opinión, si el adulterio es malévolo, entonces también lo es la comida, porque ambas cosas hacen sentir mucho mejor después de haberlas saboreado.

Así como una persona hambrienta sabe que en algún lugar no muy lejano alguien está cocinando un manjar delicioso, del mismo modo yo supe esa noche que en los alrededores se hallaba una mujer desesperada. ¡Tenía que haberla!

No podía tratarse de Zuzu Johnson. Su esposo estaba en casa, y ella había invitado a cenar a una pareja de agradecidos padres de familia que iban a donar un laboratorio de idiomas al colegio. Cuando se concluyera dicha instalación, los estudiantes podrían sentarse en cabinas a prueba de ruidos, y escuchar conversaciones en más de 100 idiomas y dialectos, grabados por locutores oriundos del país donde se habla la lengua que se desea aprender.

Las luces estaban encendidas en el estudio de escultura del Salón Norman Rockwell, el edificio de arte, la única estructura del campus que llevaba el nombre de una figura histórica y no el de la familia donante. Se trataba de otro regalo de los Moellenkamp, quienes tal vez consideraron que ya había muchas cosas con su nombre.

Se escuchaban zumbidos y retumbos provenientes del interior del estudio de escultura. Alguien había puesto en funcionamiento la grúa, haciéndola correr de atrás para adelante sobre su carrilera. Quienquiera que haya sido debía estar jugando, pues nunca nadie había creado una pieza de escultura tan grande que tuviese que ser transportada mediante la poderosa grúa.

Después de la fuga de la prisión, se dio una discusión entre los presos acerca de la posibilidad de colgar a alguien del aguilón y pasearlo de un lado a otro mientras moría estrangulado. No habían elegido a ningún candidato en particular. Pero, en ese momento, la Compañía de Luz y Fuerza del Niágara, que pertenecía a la Asociación Evangélica de la Iglesia de Unificación de Corea, cortó el suministro eléctrico.

Esa noche, fuera del Salón Rockwell experimenté una sensación similar a aquella cuando patrullaba en Vietnam. Así de aguzados tenía los sentidos. Así de rápido mi mente construía un panorama completo a partir de las claves más insignificantes.

Yo sabía que el estudio de escultura se cerraba con llave a las 18:30 hrs., pues había tratado de abrir la puerta muchas veces, con objeto de llevar a alguna amante a ese lugar. Al principio del semestre traté de conseguir una llave, pero los miembros del Departamento de Terrenos y Construcciones me hicieron saber que únicamente ellos y el Artista Residente del año en turno, la escultora Pamela Ford Hall, tenían acceso a la llave. Esto se debía a los actos de vandalismo que los estudiantes y los lugareños habían cometido el año anterior.

Habían desprendido la nariz y los dedos de varias réplicas de estatuas griegas y habían defecado en un recipiente de arcilla húmeda. Y demás cosas por el estilo.

De modo que debía ser Pamela Ford Hall quien movía la grúa de atrás para adelante. Y ese desplazamiento sin tregua tenía que relacionarse con sentimientos de infelicidad, y no con el transporte de una obra maestra. Ella no requería de una grúa, ni siquiera de una carretilla, pues trabajaba exclusivamente con poliuretano, un material que casi no pesa. Además, se acababa de divorciar y no tenía hijos. También estaba seguro de que, como conocía mi reputación, me evitaba.

Me trepé a la plataforma de carga del estudio. Hice sonar mi puño contra la enorme puerta corrediza. La puerta era accionada por motor. Ella sólo tenía que presionar un botón para dejarme entrar.

La grúa detuvo su continuo ir y venir. ¡Era una señal esperanzadora!

Me preguntó a través de la puerta qué quería.

—Quiero asegurarme de que te encuentres bien ahí adentro —le contesté.

—¿A quién le importa si estoy bien o mal aquí adentro?

—A Gene Hartke.

Abrió la puerta sólo un poco y me miró, pero no habló. Luego, la corrió un poco más y pude ver que sostenía una botella descorchada de lo que resultó ser licor de zarzamora.

—Hola, soldado —saludó.

—Hola —repuse con mucho cuidado.

—¿Por qué tardaste tanto en llegar?




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