Hocus pocus kurt Vonnegut



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Independientemente de que Henry Moellenkamp haya salido disléxico o no del vientre de su madre, yo nací en Wilmington, Delaware, 18 meses antes de que Estados Unidos decidiera participar en la Segunda Guerra Mundial. En esa ciudad, que no he vuelto a ver, se conserva mi acta de nacimiento. Fui el hijo único de un ama de casa y, como ya lo dije, de un ingeniero químico. En aquellos tiempos, mi padre trabajaba en la E. I. Du Pont de Nemours & Company, que entre otras cosas fabricaba explosivos.

Cuando tenía 2 años de edad nos trasladamos a Midland City, Ohio, donde una compañía de lavadoras, llamada Robo-Magic Corporation, estaba comenzando a fabricar mecanismos para lanzabombas y soportes giratorios para las ametralladoras de los bombarderos B-17. La industria del plástico se encontraba entonces en pañales, y Papá fue enviado a la Robo-Magic para determinar qué materiales sintéticos de la Du Pont podrían utilizarse en el armamento, en lugar del metal, con objeto de hacerlo más ligero.

Hacia la época en que la guerra terminó, la compañía se hallaba por completo fuera del negocio de las lavadoras, había cambiado su nombre a Barrytron Limited, y fabricaba repuestos para armas, aeroplanos y vehículos de motor, todos ellos hechos de un plástico que la empresa había desarrollado por cuenta propia. Mi padre se había convertido en el Vicepresidente de Investigación, y Desarrollo de la compañía.

Cuando tenía cerca de 17 años de edad, Du Pont compró la Barrytron, a fin de recuperar varias de sus patentes. Uno de los plásticos que Papá había ayudado a desarrollar, según recuerdo, tenía la capacidad de dispersar las señales de radar, de modo que nuestros aeroplanos pudieran aparecer, ante los ojos del enemigo, como bandadas de gansos.

Este material, que desde entonces se emplea para construir patinetas, cascos protectores, esquíes, defensas de motocicletas y otras cosas prácticamente indestructibles, constituyó un pretexto, cuando yo era muchacho, para aumentar las medidas de seguridad en Barrytron. Con objeto de evitar que los Comunistas se enteraran del proceso de fabricación de ese plástico, se juzgó insuficiente la cerca con alambre de púas que ya estaba instalada. Por tal motivo se colocó una segunda cerca, alrededor de la primera, y el espacio entre ambas era patrullado las 24 horas del día por guardias armados, que lucían botas muy largas, carecían de una pizca de humor, y se hacían acompañar por delgados y hambrientos perros Doberman.

Cuando la Du Pont se apoderó de la Barrytron, de la doble cerca, de los Doberman, de mi padre y de todo, yo cursaba el último año de la segunda enseñanza y estaba listo para ir a la Universidad de Michigan, donde aprendería periodismo y podría satisfacer así el derecho a la información de la opinión pública. Dos miembros de mi sexteto "Los Mercaderes del Alma", el clarinetista y el bajista, iban a estudiar también en Michigan.

La idea era mantenernos juntos y continuar haciendo música en Ann Arbor. Pudimos habernos hecho tan populares que quizá nos habrían invitado a realizar giras mundiales, habríamos acumulado grandes fortunas, y habríamos sido superestrellas en las caravanas en favor de la paz y el amor, organizadas con motivo de la Guerra de Vietnam.

Los cadetes de West Point no hacían música. Los músicos de la orquesta de baile y de la banda militar eran Soldados Regulares del Ejército, miembros de la clase servicial.

Tenían órdenes de tocar las canciones tal como estaban escritas, nota por nota, sin importar lo que sintieran sobre la música o sobre cualquier otra cosa.

En cuanto a eso, como no existía ninguna publicación estudiantil en West Point, tampoco importaba lo que los cadetes opinaran sobre nada. A nadie le interesaba.

Yo estaba bien, pero toda suerte de problemas dificultaban la vida de mi padre. La Du Pont lo tenía a prueba, al igual que a los demás empleados de la Barrytron, mientras decidía si lo conservaba o lo despedía. Por otra parte, había iniciado una aventura amorosa con una mujer casada, cuyo marido lo sorprendió con las manos en la masa y lo golpeó.

Desde luego, en virtud de que éste era un tema delicado para mis padres, nunca lo discutí con ellos. Pero el chisme se propagó como reguero de pólvora, y Papá lucía un ojo morado. Puesto que no practicaba ningún deporte, tuvo que inventar la historia de que se había caído en las escaleras del sótano. Mi madre pesaba cerca de 90 kilogramos en ese entonces, y le reclamaba todo el tiempo el que hubiese vendido sus acciones de la Barrytron con 2 años de anticipación. Si se hubiera aguantado hasta que la Du Pont adquirió la empresa, habría obtenido 1 000 000 de dólares, en una época en la que ser millonario significaba algo. Si yo hubiese estado incapacitado para aprender, él habría contado con el dinero suficiente para enviarme a estudiar al Tarkington.

A diferencia mía, él era el tipo de hombre que debía atravesar por una situación desesperada para cometer adulterio. De acuerdo con una narración que escuché de labios enemigos en la escuela de segunda enseñanza, Papá saltó por la ventana, atravesó brincando como canguro y con los pantalones en los tobillos una serie de patios traseros, fue mordido por un perro, se enredó en un tendedero de ropa, etcétera. Bueno, quizá se trataba de una exageración. Nunca indagué nada al respecto.

Yo mismo me encontraba profundamente preocupado por nuestro pequeño problema de imagen familiar, cuando éste se complicó como resultado de que Mamá se rompió la nariz, justo 2 días después de que Papá fue golpeado. Para el mundo exterior, tal parecía que Mamá le había preguntado a Papá la causa de su ojo morado y que Papá le había contestado con un golpe. Nunca pensé que él pudiera golpearla, sin importar el motivo.

Por supuesto, no existe ni una remota posibilidad de que lo haya hecho. Un hombre inferior la hubiera golpeado en circunstancias similares. La verdad sobre este asunto quedó para siempre fuera del alcance de los historiadores, cuando el techo de una tienda de regalos, situada en el lado canadiense de las Cataratas del Niágara, les cayó encima y acabó con ambos, hace aproximadamente 20 años. Se dijo que murieron instantáneamente. Nunca se supo con precisión qué los golpeó, lo cual resulta ser la mejor manera de irse.

Por cierto, este último era un tema que no se discutía en Vietnam ni, supongo, en ningún campo de batalla. Recuerdo que un muchacho pisó una mina antipersonal. La mina pudo haber sido una de las nuestras. Su mejor amigo del Entrenamiento Básico le preguntó qué podía hacer por él, y el joven le respondió: "Apágame como una bombilla, Sam."

El moribundo era blanco. El amigo era negro, o más bien, de color ligeramente tostado. Sus rasgos, habría que decirlo, eran prácticamente blancos.

Una mujer con la que hacía el amor hace unos cuantos años me preguntó si mis padres aún vivían. Quería saber más acerca de mí, ya que nos habíamos despojado de nuestra ropa.

Le contesté que habían sufrido una muerte violenta en el extranjero, lo que era verdad. Canadá se halla en el extranjero.

Pero entonces me escuché a mí mismo desenredando un fantástico cuento, según el cual mis padres se encontraban en un safari en Tangañica, región de la que casi no sé nada. Le dije a esa mujer, y me creyó, que ellos y sus guías fueron muertos por cazadores furtivos, que exterminaban elefantes a fin de obtener marfil, quienes los confundieron con vigilantes de cotos. Añadí que los cazadores colocaron los cadáveres encima de hormigueros, motivo por el cual los esqueletos quedaron rápidamente limpios. Sólo pudieron ser identificados por su dentadura.

Solía encontrar fácil y aun estimulante el mentir con tanta complejidad. Ya no lo hago. Y ahora me pregunto si desarrollé ese hábito malsano desde muy corta edad y si lo hice porque mis padres eran una vergüenza, especialmente mi madre, quien era tan gorda que parecía un fenómeno de circo. Describía a mis padres como personas mucho más atractivas de lo que en realidad eran, para que la gente que no sabía nada de ellos pensara bien de mí.

Y durante el último año que pasé en Vietnam, cuando prestaba mis servicios en Información Pública, me resultaba tan natural como respirar el sostener ante la prensa y los relevos recién desembarcados que nuestra victoria era innegable, y que en casa deberían estar orgullosos y felices por todas las cosas buenas que estábamos haciendo ahí.

Aprendí a mentir de ese modo en la escuela de segunda enseñanza.

He aquí otra cosa que aprendí en la escuela de segunda enseñanza y que me fue útil en Vietnam: el alcohol y la marihuana, en cantidades moderadas, junto con música estridente de ínfima calidad, hacen que la tensión y el fastidio se vuelvan infinitamente más soportables. Fue maná del Cielo el hecho de que yo haya venido a este mundo con un don para la moderación en materia de ingestión de sustancias modificadoras del estado de ánimo. Durante los 2 últimos años que cursé en la escuela de segunda enseñanza, no creo que mis padres hayan sospechado siquiera que me la pasaba medio borracho la mayor parte del tiempo. De lo que siempre se quejaron fue de la música, cuando encendía el radio o el fonógrafo, o bien cuando "Los Mercaderes del Alma" ensayábamos en el sótano; en su opinión, se trataba de música selvática a muy alto volumen.

En Vietnam, la música siempre era estridente. Casi todo el mundo andaba borracho o medio narcotizado, incluyendo a los Capellanes Castrenses. Varios de los más espantosos accidentes que tuve que explicar a la prensa durante mi último año en ese lugar fueron provocados por personas que habían quedado imbéciles o maniáticas como resultado de la ingestión excesiva de lo que, en cantidades moderadas, podría haber sido una droga útil. Por supuesto, atribuí todos esos accidentes a errores humanos. La prensa se mostró comprensiva. A fin de cuentas, ¿quién en este Mundo no ha cometido 1 o 2 errores?

El asesinato de un archiduque austriaco condujo a la Primera Guerra Mundial y probablemente también a la Segunda Guerra Mundial. Con la misma certeza puedo señalar que el ojo morado de mi padre me llevó al estado lamentable en que me encuentro ahora. Él buscaba una manera, casi cualquiera, de recapturar el respeto de la comunidad y de atraer una atención favorable del nuevo dueño de la Barrytron, la Du Pont. Más adelante y como era de esperarse, la Du Pont fue comprada por la I. G. Farben de Alemania, la misma compañía que fabricó, empacó, etiquetó y envió el gas de cianuro utilizado para matar civiles de todas las edades, incluyendo niños de brazos, durante el Holocausto.

Qué planeta.

De modo que Papá, cuyo ojo herido parecía una grieta en medio de una tortilla púrpura y amarilla, me preguntó si me graduaría con honores en la escuela de segunda enseñanza. No lo dijo, pero buscaba frenéticamente algo de qué jactarse en su trabajo. Se encontraba tan desesperado que intentaba reclamarme mi falta de participación en los deportes escolares, en la mesa directiva estudiantil o en las actividades extracurriculares patrocinadas por el plantel. Mis notas eran lo suficientemente altas para ser admitido en la Universidad de Michigan y, de vez en cuando, en el cuadro de honor, pero no en la Sociedad Honorífica Nacional.

¡Daba tanta lástima! Sin embargo, al mismo tiempo, me ponía furioso, porque trataba de hacerme responsable en parte del deterioro de nuestra imagen familiar, que era completamente culpa suya.

—Siempre me apenó que no salieras a jugar fútbol —señaló, como si un touchdown hubiera podido componer las cosas.

—Demasiado tarde —repuse.

—Permitiste que se te escaparan esos 4 años sin hacer nada, salvo tocar música salvaje —concluyó.

Se me ocurre ahora, apenas 43 años después, que debí mencionarle que al menos organizaba mi vida sexual mejor que él. Que fornicaba todo el tiempo gracias a la música salvaje, y que también lo hacían los otros "Mercaderes del Alma". Además, que no sólo me acostaba con muchachas, sino también con cierta clase de mujeres maduras, quienes nos veían como encantadores espíritus libres en el estrado, donde imitábamos a los negros, fumábamos marihuana, nos amábamos a nosotros mismos al hacer música y nos reíamos casi todo el tiempo de sólo Dios sabe qué cosas.

Supongo que mi vida amorosa ha terminado. Aunque pudiera salir de la cárcel, no me gustaría contagiar de tuberculosis a alguna mujer confiada. Ella estaría muerta de miedo ante el peligro de contraer SIDA, y yo en cambio, le transmitiría TC. ¿Acaso no sería divertido?

Así que ahora sólo me quedan los recuerdos. Como una prótesis para mi memoria, he empezado a elaborar una lista de todas las mujeres, excluyendo a mi esposa y a las prostitutas, con las que "he recorrido todo el camino", tal cual solíamos decir en la escuela de segunda enseñanza. Me resulta imposible recordar con claridad las conquistas logradas durante la adolescencia, separar lo real de la fantasía. Todo fue como un sueño. De modo que comencé mi lista con Shirley Kern, a quien le hice el amor cuando tenía 20 años. Shirley es mi punto de referencia.

¿Cuántos nombres contendrá la lista? Es muy pronto para saberlo, pero ¿no sería ese número, cualquiera que resulte ser, tan bueno como cualquier otro para ser puesto en mi lápida a modo de enigmático epitafio?

Ciertamente, me sentiría apenado si hubiese arruinado la vida de esas mujeres que me creyeron cuando les dije que las amaba. Sólo me queda aterrarme a la esperanza de que Shirley Kern y todas las demás aún estén bien.

Una forma de consuelo para todas aquellas que no lo estén consistiría en enterarse de que mi propia vida fue arruinada por una Feria de la Ciencia.

Papá me preguntó si no había alguna actividad extra-curricular patrocinada por la escuela en la que todavía pudiera participar. ¡Faltaban solamente 8 semanas para mi graduación! Le respondí, de modo irónico puesto que ambos sabíamos que la ciencia no me agradaba tanto como a él, que mi última oportunidad para conseguir algo era la Feria de la Ciencia del Condado. Tenía buenas notas en Física y Química pero, en lo que a mí tocaba, podría haber rellenado su trasero con esas materias.

Papá se levantó de la silla en un estado de excitación enfermiza.

—Bajemos al sótano —dijo—. Tenemos trabajo que hacer.

—¿Qué clase de trabajo? —pregunté. Era cerca de la medianoche.

—Vas a participar y a ganar en esa Feria de la Ciencia —contestó.

Y lo hice. O, más bien, Papá participó y ganó en la Feria de la Ciencia, sólo requirió que yo firmara y jurara que el trabajo era completamente mío, y que memorizara su explicación con respecto a lo que se estaba probando. El trabajo versaba sobre cristales, cómo crecían y por qué crecían.

Sus contrincantes eran débiles. Después de todo, él era un ingeniero químico de 43 años de edad y con 20 de experiencia en la industria, compitiendo con adolescentes de una comunidad donde pocos padres tenían una educación superior. En ese entonces, los principales negocios del condado eran todavía el cultivo del maíz, y la cría de puercos y de ganado vacuno. Barrytron era la única industria sofisticada, y solamente un puñado de personas, como Papá, entendían sus procesos y equipos. La mayoría de los empleados de la compañía se contentaban con hacer lo que se les pedía y no les interesaba saber con precisión la forma en que funcionaban los objetos prodigiosos que debidamente empaquetados y etiquetados eran turnados a las plataformas de embarque.

Me acuerdo ahora de los soldados estadounidenses muertos, adolescentes en su mayoría, todos empaquetados y etiquetados en los muelles vietnamitas. ¿A cuánta gente le importaba el modo en que eran manufacturados en realidad esos curiosos artefactos?

A poca.


Ahora bien, creo que por compasión Papá y yo no fuimos tildados de estafadores; mi trabajo no fue rechazado en la Feria, y yo estoy ahora detenido en lugar de haberme convertido en el reportero estrella de los dueños coreanos de The New York Times. Supongo que en nuestra comunidad existía el sentimiento generalizado de que nuestra pequeña familia ya había sufrido mucho. De todos modos, a nadie en el condado le importaba un bledo la ciencia.

Además, los otros trabajos presentados eran tan tontos y dignos de lástima que el mejor de ellos hubiera puesto en ridículo al condado, de haber participado en la competencia estatal de Cleveland. En ese contexto, el nuestro se veía ingenioso y adecuado. Otro punto a nuestro favor, desde la perspectiva de los jueces, quienes debían decidir cuál era el mejor trabajo por enviar a Cleveland: nuestra demostración era extremadamente difícil de comprender y resultaba poco interesante para las personas ordinarias.

Admití la situación de una manera filosófica, gracias a la marihuana y al alcohol, mientras la comunidad decidía si crucificarme por fraudulento o coronarme por genio. Papá debió haber apurado también hasta la última gota de vino. Algunas veces es difícil advertirlo. En Vietnam, estuve bajo las órdenes de 2 Generales que bebían un litro de whisky al día, pero que no se les notaba. Siempre se veían serios y dignos.

Así que Papá y yo fuimos a Cleveland. Su espíritu estaba en alto. Yo sabía que podíamos tener contratiempos allá. No me explico por qué él pensaba de otro modo. El único consejo que me dio fue que enderezara los hombros cuando estuviera explicando el trabajo y que no fumara delante de los jueces. Se refería a cigarrillos ordinarios. No sabía que yo fumaba otros.

No me disculpo por haber consumido drogas durante los días más negros de la escuela de segunda enseñanza. Winston Churchill abusó del brandy y los puros cubanos durante los días más negros de la Segunda Guerra Mundial.

Hitler, gracias a la avanzada tecnología alemana, fue uno de los primeros seres humanos que convirtieron su cerebro en una telaraña a causa de las anfetaminas. Se dice que en realidad masticaba alfombras. ¡Como para chuparse los dedos!

Mi Madre no nos acompañó a Cleveland. Siempre le dio vergüenza salir de casa, porque era muy grande y gorda. De modo que yo tenía que hacer la mayor parte de las compras al cabo de la jornada escolar. Asimismo, debía efectuar una buena parte de las labores del hogar, en virtud de que enfrentaba serias dificultades para desplazarse. Mi familiaridad con los quehaceres domésticos me resultó útil en West Point y, de nuevo, cuando mi suegra y más tarde mi esposa se volvieron locas. En realidad, constituía una especie de relajación, puesto que me permitía constatar que estaba llevando a cabo algo innegablemente bueno y me impedía pensar en los problemas existentes. ¡Cómo solían brillar los ojos de mi madre cuando veía lo que le había cocinado!

La historia de mi madre es una de las pocas exitosas incluidas en este libro. Se matriculó en los Weight Watchers a los 60 años, mi edad actual. Cuando el techo le cayó encima, en las Cataratas del Niágara, ¡pesaba solamente 52 kilogramos!

Esta biblioteca está llena de historias de supuestos triunfos, lo que me hace desconfiar mucho de ellas. Resulta engañoso que las personas lean narraciones de grandes éxitos dado que, según mi experiencia personal, el fracaso es la norma para la gente blanca de las clases media y alta. En particular, no es justo que se permita que jóvenes completamente impreparados desempeñen los papeles estelares de comedias de ínfima calidad.

La Feria de la Ciencia de Ohio tuvo lugar en el hermoso Auditorio Moellenkamp de Cleveland. Los asientos del teatro habían sido retirados y sustituidos con mesas para exhibir todos los trabajos. Hubo un indicio de mi entonces distante futuro en el auditorio donado a la ciudad por los Moellenkamp, la misma familia carbonera y naviera que regaló esta biblioteca al Colegio Tarkington. Esto ocurrió mucho antes de que vendiera los botes y las minas a un consorcio británico-omaní con sede en Luxemburgo.

Empero, el presente ya era bastante malo. En el momento en que Papá y yo estábamos montando nuestro trabajo, ya habíamos sido tachados por otros participantes como un par de comediantes, tal vez como Laurel y Hardy, con Papá en el papel del gordo y diligente, y yo en el del flaco y tonto. El caso es que Papá trabajaba afanosamente en el montaje, mientras yo permanecía cerca de él con cara de aburrido. Todo lo que quería hacer era salir de ahí y esconderme detrás de un árbol o de cualquier cosa para fumar un cigarro. Estábamos violando la regla fundamental de la Feria, consistente en que los jóvenes participantes se harían cargo de todo el trabajo, desde el principio hasta el final. Existía la prohibición explícita de que los padres o los maestros ayudaran en lo absoluto.

Me sentía como si hubiera concursado en la Carrera de Cajas de Jabón celebrada en Akron, Ohio, compitiendo en un carro supuestamente construido por mí mismo, pero que en realidad era el Ferrari Gran Turismo de Papá.

No habíamos realizado el trabajo en el sótano. Cuando, al mero principio, Papá dijo que debíamos bajar al sótano y ponernos a trabajar, realmente bajamos; pero, sólo permanecimos en el sótano alrededor de 10 minutos, mientras él pensaba y pensaba, excitándose cada vez más. Yo no dije nada.

En realidad, dije una cosa.

—¿No te importa si fumo?

—Hazlo.


Eso fue un progreso para mí, porque significaba que podía fumar en la casa cuando me viniera en gana y sin que él me lo reprochara.

Después, encabezó el regreso a la sala. En el escritorio de Mamá, elaboró una lista de las cosas que necesitaba.

—¿Qué estás haciendo, Papá?

—¡Chist! —contestó—. Estoy ocupado. No me molestes.

Así que no lo molesté. Además, tenía mucho en qué pensar. Estaba seguro de haber contraído gonorrea. Padecía algún tipo de infección urinaria que me hacía sentir muy incómodo. Pero no había consultado ningún doctor porque éste, por ley, me hubiera tenido que reportar al Departamento de Salud, y mis padres se habrían enterado, y yo no deseaba ocasionarles otro dolor de cabeza.

Cualquiera que haya sido la infección, desapareció por sí sola, sin que yo hubiese hecho nada al respecto. No pudo haber sido gonorrea, pues ésta nunca deja espontáneamente de devorarte. ¿Por qué habría de detenerse por iniciativa propia? Si pasaba un rato tan agradable, ¿por qué dar por terminada la fiesta? Miren cuan saludables y felices son los muchachos.

Dos veces más contraería lo que sin lugar a dudas era gonorrea, una en Tegucigalpa, Honduras, y la otra en Saigón, ahora Ciudad Ho Chi-Minh, Vietnam. En ambos casos, le conté a los médicos sobre la infección que padecí en la juventud y que se había curado sola.

Quizá ayudó la levadura, opinaron. Debí haber abierto una panadería.

Así pues, Papá comenzó a llevar a casa algunas piezas que compondrían el trabajo para la Feria, pedestales y estuches de exhibición, que habían sido manufacturados bajo sus órdenes en la Barrytron, así como etiquetas explicativas hechas en la imprenta a la que solía recurrir esa empresa. Los cristales fueron abastecidos por un proveedor químico de Pittsburgh que tenía muchos negocios con la firma en cuestión. Un cristal, recuerdo, llegó desde Birmania.

El proveedor debió haber encarado ciertos problemas para reunir tan notable colección de cristales, ya que lo que nos envió no pudo haber salido de sus bodegas. A fin de satisfacer a un cliente tan importante como la Barrytron, es probable que haya acudido a Alguien que coleccionara y vendiera cristales por su belleza y rareza, no como objetos de interés científico sino como joyas.

En cualquier caso, los cristales de calidad museográfica esparcidos sobre la mesita central de nuestra sala dieron lugar a que Papá pronunciara, con placer maligno, las palabras siguientes: "Hijo, no hay modo de que podamos perder."

Bien, como dice Jean-Paul Sartre, en Familiar Quotations de Bartlett, "El infierno está en la otra gente". La otra gente se deshizo rápidamente de la invencible participación de Papá y mía en Cleveland, hace 43 años.

Me acordé de los Generales George Armstrong Custer en Little Bighorn, Robert E. Lee en Gettysburg y William Westmoreland en Vietnam.

Recuerdo que Alguien dijo en cierta ocasión que las últimas palabras del General Custer fueron: "¿De dónde salen todos esos malditos indios?"

Papá y yo, y no nuestros hermosos cristales, fuimos por un rato la obra más fascinante en exhibición en el Auditorio Moellenkamp. Hicimos una demostración completa de conducta anormal. Otros concursantes y sus mentores nos rodearon y pusieron a prueba. Sin duda, sabían qué botones oprimir, por así decirlo, para hacernos cambiar de color, movernos con incomodidad, sonreír de manera forzada o cualquier otra cosa.

Uno de los contendientes le preguntó a Papá qué edad tenía y a qué escuela de segunda enseñanza asistía.

Ése fue el momento en que debimos empacar nuestras cosas y abandonar la Feria. Los jueces aún no nos habían visto, ni tampoco los reporteros. Todavía no colocábamos el letrero con mi nombre y el plantel que representaba. Aún no habíamos dicho nada que valiera la pena ser recordado.

Si hubiésemos recogido el trabajo y desaparecido en silencio precisamente en ese entonces, dejando sólo una mesa vacía, habríamos figurado quizá en la historia de la ciencia estadounidense como no-participantes por motivos de salud o por alguna otra causa. De hecho, había una mesa vacía, que nunca fue ocupada, a sólo 5 metros de la nuestra. Papá y yo escuchamos que iba a permanecer vacía y el porqué de ello. El participante inscrito, junto con sus padres, se hallaban en el hospital de Lima, Ohio, no de Lima, Perú. Ésa era su ciudad natal. El día anterior a la Feria, cuando apenas salían en reversa de la cochera de su casa, con destino a Cleveland, un conductor ebrio chocó contra ellos, incrustándose en la parte posterior del automóvil.

El accidente no habría sido tan grave, si el trabajo por exhibir, que se hallaba en la cajuela del coche, no hubiera incluido varias botellas de diferentes ácidos, las cuales se quebraron como resultado del golpe. Una vez que los ácidos se mezclaron con la gasolina, ambos vehículos quedaron envueltos en llamas.

Creo que el trabajo intentaba mostrar los numerosos e importantes servicios que los ácidos, a los que la mayoría de la gente les tiene miedo y en los que no le gusta pensar demasiado, prestan diariamente a la Humanidad.

Las personas que nos miraron y formularon preguntas, no estuvieron satisfechos con lo que vieron ni con lo que oyeron; por ello, mandaron traer a un juez. Querían descalificarnos. Éramos algo peor que deshonestos. ¡Éramos ridículos!

Yo quería abandonarlo todo. Le dije a Papá: "Pa, siendo honrados, creo que deberíamos retirarnos. Cometimos un error."

Pero él me contestó que no había nada de qué avergonzarnos y que no nos iríamos a casa con la cola entre las patas.

¡Vietnam!

De manera que arribó el juez, quien fácilmente determinó que yo no entendía nada del trabajo exhibido. Luego, llevó aparte a Papá y negociaron un acuerdo político, de hombre a hombre. No quería provocar resentimientos en nuestro condado, que me había mandado a Cleveland en calidad de campeón. Tampoco deseaba humillar a Papá, miembro prominente de su comunidad que, obviamente, no había leído el reglamento con cuidado. No nos avergonzaría con una descalificación formal, que podría acarrear una publicidad desfavorable, si Papá dejaba de insistir en que yo concursara seriamente contra el resto de los participantes legítimos.

Dijo que, una vez llegado el momento, él y los otros jueces simplemente pasarían de largo frente a nosotros sin hacer ningún comentario. Mantendrían en secreto el acuerdo de que no podíamos ganar nada.

Ése fue el trato.

Historia.



5

La persona que ganó ese año fue una muchacha de Cincinnati. Da la casualidad de que ella había presentado también un trabajo de cristalografía. Sin embargo, a diferencia de nosotros, ella había cultivado sus propias muestras o las había recogido en lechos de arroyos, cuevas y minas de carbón, comprendidos en un radio de 100 kilómetros alrededor de su casa. Su nombre, recuerdo, era Mary Alice French y llegó a ocupar un lugar muy cercano al último en las Finales Nacionales, celebradas en Washington, D.C.

Supe después que cuando se fue a concursar a las Finales, Cincinnati se sentía tan orgullosa de ella y tan segura de su triunfo, o al menos de que obtendría un lugar muy alto con sus cristales, que el Alcalde declaró ese día como el "Día de Mary Alice French".

Ahora me pregunto, en un periodo en que dispongo de mucho tiempo para pensar en la gente que he lastimado, si Papá y yo no contribuimos indirectamente a la terrible desilusión sufrida por Mary Alice French en Washington. Existe la posibilidad de que los jueces de Cleveland le hayan otorgado el Primer Premio debido al contraste moral entre su trabajo y el nuestro.

Tal vez, durante el concurso, se hizo a un lado a la ciencia: frente a nuestra nociva reputación, ella representaba la oportunidad ideal para enseñar una regla superior a cualquier ley científica, a saber, que la honradez es la mejor política. Pero, ¿quién sabe?

Muchos, muchos años después de que a Mary Alice French se le rompió el corazón en Washington, y cuando yo ya era profesor en el Tarkington, tuve un alumno de Cincinnati, la ciudad natal de Mary Alice French. Su familia materna acababa de vender el único diario que quedaba en Cincinnati, su principal estación de TV, así como un montón de radiodifusoras y publicaciones semanales, al Sultán de Brunei, considerado el hombre más rico de la Tierra.

Este estudiante se veía como de 12 años de edad cuando llegó al Tarkington. En realidad tenía 21, pero su voz nunca cambió y sólo medía 150 centímetros de alto. Como resultado de la venta al Sultán, se decía que él personalmente poseía 30 000 000 de dólares, pero le aterrorizaba su propia sombra.

Sabía leer y escribir, y se defendía bien en matemáticas, desde el álgebra hasta la trigonometría, todo lo cual había aprendido por sí mismo. Probablemente, también fue el mejor jugador de ajedrez en la historia del colegio. Pero no tenía ningún atributo social, y quizá nunca llegaría a tener alguno, pues le atemorizaba cualquier cosa relacionada con la vida.

Le pregunté si alguna vez había oído hablar de una mujer de aproximadamente mi misma edad, que habitaba en Cincinnati y cuyo nombre era Mary Alice French.

Me respondió lo siguiente: "No sé nada de nadie ni de nada. Por favor, no me vuelva a hablar. Dígales a los demás que dejen de hablarme."

Nunca supe qué hizo con todo su dinero, si es que hizo algo. Alguien contó que se había casado. ¡Difícil de creer!

Tal vez lo atrapó alguna cazadora de fortunas.

Chica inteligente. Debe llevar una vida muy holgada.

Pero regresemos a la Feria de la Ciencia de Cleveland. Después de que Papá y el juez hicieron su trato, me dirigí a la salida más cercana. Necesitaba aire fresco. Necesitaba todo un nuevo planeta o la muerte. Cualquier cosa era mejor que lo que estaba padeciendo.

La salida estaba bloqueada por un hombre espectacularmente vestido. No se parecía en absoluto a nadie más de las personas que se hallaban en el auditorio. Era, imposible de creer, aquello en lo que yo me convertiría después: un Teniente Coronel del Ejército Regular, con muchas hileras de condecoraciones sobre el pecho. Lucía el uniforme completo, con el cordón honorífico dorado, y el distintivo y las botas de los soldados paracaidistas. Como entonces no estábamos en guerra, la presencia de un militar todo engalanado en medio de civiles resultaba muy llamativa. Había sido enviado ahí, con objeto de reclutar a jóvenes científicos para su alma mater, la Academia Militar de Estados Unidos, West Point.

La Academia había sido fundada poco después del final de la Guerra Revolucionaria, debido a que el país contaba con muy pocos oficiales militares diestros en matemáticas e ingeniería, y estos conocimientos se consideraban esenciales para obtener victorias en lo que entonces se denominaba operativos modernos de guerra, sobre todo los relacionados con la elaboración de mapas y la fabricación de balas de cañón. Hoy día, con radares, cohetes, aviones, armas nucleares y todo lo demás, ha surgido otra vez el mismo problema.

Y yo estaba ahí en Cleveland, con un gran letrero redondo prendido al pecho, como para practicar el tiro al blanco, que decía:

PARTICIPANTE

Este Teniente Coronel, cuyo nombre era Sam Wakefield, no sólo me matricularía en West Point, sino que también en Vietnam, donde era General de División, me otorgaría una Estrella de Plata por valor y heroísmo extraordinarios. Se retiraría del Ejército cuando a la guerra todavía le faltaba un año para finalizar, y se convertiría en Director del Colegio Tarkington, ahora la Prisión Tarkington. Y cuando yo mismo abandoné el Ejército, me contrataría para enseñar Física y tocar las campanas, campanas y más campanas.

He aquí las primeras palabras que Sam Wakefield me dijo cuando yo tenía 18 años y él 36:

—¿Cuál es la prisa, Hijo?

6

—¿Cuál es la prisa, Hijo? —preguntó—. Si tienes un minuto, me gustaría hablar contigo.

Así que me detuve. Ése fue el mayor error que cometí en mi vida. Había muchas otras salidas y yo debí dirigirme a alguna de ellas. En ese momento, cada una de las demás salidas conducía quizá a la Universidad de Michigan, al periodismo, a la composición musical y a una vida donde podía decir y usar lo que me diera la gana. Cualquier otra salida, con toda probabilidad, me hubiera llevado a los brazos de una esposa que no se hubiese vuelto loca, y a los de unos hijos que me brindaran amor y respeto.

Siendo la vida como es, cualquier otra salida me hubiera conducido a sufrir cierta cantidad de desdicha, ya lo sé. Pero no creo que me hubiese llevado a Vietnam ni, luego, a enseñar lo que no se puede enseñar en el Colegio Tarkington ni, más tarde, a ser despedido del Tarkington ni, después, a enseñar lo que no se puede enseñar en la penitenciaría que está al otro lado del lago, hasta que tuvo lugar la mayor fuga carcelaria en la historia estadounidense. Y ahora yo mismo soy un preso.

Pero me detuve en esa salida bloqueada por Sam Wakefield.

Así fue el juego de pelota.

Sam Wakefield me preguntó si alguna vez había considerado las ventajas de una carrera militar. Se trataba de un hombre que había sido herido en la Segunda Guerra Mundial, el único conflicto bélico en el que me hubiera gustado luchar, y más tarde en Corea. Con el tiempo, renunciaría al Ejército, estando inconclusa la Guerra de Vietnam, y se convertiría en Director del Colegio Tarkington, para luego volarse la tapa de los sesos.

Le respondí que ya había sido aceptado por la Universidad de Michigan y, que no tenía ningún interés en la carrera de las armas. Él no estaba teniendo nada de suerte. El tipo de muchachos que participaban en una Feria de la Ciencia a nivel estatal deseaban honradamente continuar sus estudios en el Tecnológico de California, en el de Massachusetts, o en cualquier otro lugar mucho más amable con los librepensadores que West Point. En consecuencia, se encontraba desesperado. Estaba recorriendo el país para reclutar la escoria de las Ferias de la Ciencia. No me preguntó sobre mi trabajo. No me preguntó sobre mis notas. Él quería mi cuerpo sin importar lo que fuera.

Y entonces papá se acercó, buscándome. Lo siguiente de lo que tuve conciencia fue que papá y Sam Wakefield se reían y estrechaban las manos.

Papá estaba más feliz de lo que había estado en años. —Los muchachos de nuestra ciudad pensarán que esto es mejor que cualquier premio de la Feria de la Ciencia —exclamó.

—¿Qué es mejor? —Pregunté.

—Acabas de ganar un lugar en la Academia Militar de Estados Unidos —respondió—. Ahora tengo un hijo del cual puedo estar orgulloso.

Diecisiete años más tarde, en 1975, yo era un Teniente Coronel que me encontraba situado en el techo de la Embajada estadounidense, en Saigón, alejando a todo el mundo, salvo a los estadounidenses, de los helicópteros que transportaban a la gente, totalmente desconcertada, hacia los barcos que se hallaban mar adentro. ¡Habíamos perdido una guerra!

¡Perdedores!

No fui el peor científico joven que Sam Wakefield persuadió de ir a West Point. Uno de mis compañeros de clase, proveniente de una pequeña escuela de segunda enseñanza de Wyoming, había demostrado ser una temprana promesa al fabricar una silla eléctrica para ratas, con sus tiritas de cuero, una capuchita negra y toda la cosa.

Se llamaba Jack Patton. No era pariente del "Viejo y Valeroso" Patton, el famoso General de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, Jack se convirtió en mi cuñado. Me casé con su hermana Margaret. Ella y algunos amigos se trasladaron desde Wyoming para asistir a la graduación de Jack, y yo me enamoré de ella. Sin duda, sabíamos bailar.

Jack Patton fue asesinado por un francotirador en Hué (se pronuncia "huey"). Era teniente coronel en la sección de Ingenieros Combatientes. Yo no me encontraba en el escenario del crimen, pero me dijeron que la bala le pegó justo entre los ojos. ¡Qué buena puntería! Quienquiera que haya sido el que le disparó era un verdadero ganador.

Sin embargo, según me enteré, el francotirador no siguió siendo un ganador por mucho tiempo. Difícilmente alguien lo logra. Algunos de los nuestros dedujeron dónde se escondía. Supe que no tenía más de 15 años. Era un muchacho, no un nombre, pero si jugaba juegos de hombre tenía que pagar con castigos de hombre. Después de que lo mataron, le introdujeron en la boca sus pequeños testículos, como advertencia a cualquier otro que decidiera ser francotirador.

Ley y orden. Justicia rápida, justicia segura.

Me apresuro a subrayar que ninguna unidad bajo mi mando fue incitada a realizar mutilaciones en los cuerpos de las filas enemigas, y que tampoco lo hubiera tolerado si lo hubiese sabido. Un pelotón de un batallón que comandé empezó por iniciativa propia a dejar ases de espadas en los cadáveres del adversario, como una especie de lección me imagino. Estrictamente hablando, esto no era mutilación, pero aun así le puse término.

Por supuesto, lo que un soldado de infantería puede hacer a un cuerpo con su insignificante tecnología no es nada comparado con los efectos perfectamente rutinarios, ordinarios e inevitables de los bombardeos aéreos y de la acción de la artillería. Una vez vi que la cabeza de un anciano barbado descansaba sobre las vísceras de un carabao destripado, el cual estaba cubierto de moscas y dentro del cráter abierto por una bomba junto a un arrozal en Camboya. El avión cuya bomba produjo el cráter se desplazaba a tal altura que no se le podía ver desde aquí abajo. Pero lo que su bomba hizo, habría que enfatizarlo, superó sin duda a los ases amonestadores de espadas.

No creo que Jack Patton hubiera deseado la mutilación del francotirador que lo mató, pero nunca se sabe. Cuando estaba vivo, era como un hombre muerto en cierto sentido: cualquier cosa parecía estar muy bien para él.

Todo, y quiero decir todo, constituía una broma para él, o eso decía. Su expresión favorita justo hasta el final fue: "Me tengo que reír como loco." Si el Teniente Coronel Patton está en el Cielo, y no creo que muchos soldados verdaderamente profesionales hayan esperado nunca poder volar hasta allá, al menos no en épocas recientes, en este mismo instante estaría contando cómo su vida fue interrumpida de repente en Hué, y luego agregaría, sin siquiera sonreír, "me tengo que reír como loco". Esa era la verdad: Patton narraba eventos supuestamente serios, hermosos, peligrosos, o religiosos durante los cuales se debía reír como loco, pero en realidad no lo hacía. En toda su vida, no creo que nadie lo haya visto jamás hacer lo que decía que tenía que hacer todo el tiempo, esto es, reír como loco.

Dijo que debía haberse reído como loco el día que ganó un premio en ciencias en la escuela de segunda enseñanza, cuando fabricó una silla eléctrica para ratas, pero no lo hizo. Mucha gente deseaba una demostración pública del funcionamiento de la silla valiéndose de una rata sedada; que Jack le rasurara la cabeza, la sujetara en la silla y le preguntara si quería expresar sus últimas palabras, esperando tal vez que el pequeño ser drogado manifestase los remordimientos por crímenes cometidos.

La ejecución nunca se llevó a cabo. En apariencia, había suficiente sentido común en la escuela de Patton, aunque quizá no en el Departamento de Ciencias, para denunciar este evento como una forma de crueldad hacia los animales tontos. En esa ocasión, de nuevo, Jack Patton dijo sin sonreír: "Me tengo que reír como loco."

También dijo que se tenía que reír como loco cuando me casé con su hermana Margaret, pero que no debía ofenderme por esa actitud, porque se tenía que reír como loco siempre que alguien se casaba.

Estoy completamente seguro de que Jack no sabía que había locura hereditaria en su familia materna, y de que tampoco lo sabía su hermana, que se convertiría en mi esposa. Cuando me casé con Margaret, su madre aún lucía perfectamente cuerda, excepto por su manía de bailar, que a veces asustaba un poco pero que era inofensiva. Bailar hasta desplomarse no era un acto tan lunático como bombardear Vietnam del Norte hasta dejarlo en la Edad de Piedra o bombardear cualquier otro lugar hasta dejarlo en la Edad de Piedra.

Mi suegra, Mildred, creció en Perú, Indiana, pero nunca habló sobre esa ciudad ni siquiera después de que se volvió loca, excepto para señalar que también nació en Perú Cole Porter, un compositor de canciones populares ultrasofisticadas de la primera mitad del siglo pasado.

Mi suegra huyó de Perú cuando tenía 18 años y nunca regresó. Se abrió paso hasta la Universidad de Wyoming, en Laramie. Supongo que escogió ese lugar, porque era el punto más lejano posible de Perú por el que podía optar dentro de la Vía Láctea. Ahí fue donde conoció a su esposo, que en ese tiempo era estudiante de la Facultad de Medicina Veterinaria.

Sólo después de la Guerra de Vietnam, cuando Jack tenía mucho tiempo de haber fallecido, Margaret y yo nos dimos cuenta de que no quería saber nada de Perú, en virtud de que mucha gente de esa ciudad sabía que ella provenía de una célebre familia productora de lunáticos en abundancia. Sin embargo se casó, escondiendo la terrible historia de su familia. Y se reprodujo.

Mi propia esposa se casó y reprodujo ignorando el peligro que ella misma corría y el riesgo que heredaría a nuestros hijos.

Nuestros propios hijos, habiendo crecido con una abuela ostensiblemente loca en casa, abandonaron este valle tan pronto como pudieron, de la misma forma en que ella se alejó de Perú. Pero ellos no se han reproducido y, como están al tanto de sus genes tramposos, dudo mucho que lo hagan.

Jack Patton nunca se casó. Jamás dijo que quisiera tener hijos. Después de todo, eso podría constituir un indicio de que tenía noticia de sus parientes locos de Perú. Pero no lo creo. Estaba en contra de que cualquiera se reprodujera, ya que los seres humanos eran, según sus propias palabras, "1 000 veces más estúpidos y despreciables de lo que creían ser".

Yo mismo, obviamente, al fin he llegado a compartir su punto de vista.

Cuando cursábamos nuestro primer año en la Academia, recuerdo que Jack decidió de repente que sería caricaturista, aunque nunca antes había pensado en serlo. Era compulsivo. Podría imaginármelo en la época en que estudiaba en Wyoming resolviendo de pronto construir una silla eléctrica para ratas.

La primer caricatura que dibujó, y la última, fue la de 2 rinocerontes casándose. Dentro de la iglesia, un sacerdote humano señalaba que si alguno de los fieles conocía alguna razón por la que esos 2 no pudieran unirse en sagrado matrimonio hablara en ese momento o callara para siempre.

Esto fue mucho antes de que yo conociera a su hermana Margaret.

Fuimos compañeros de cuarto durante 4 años. En aquella ocasión, me mostró la caricatura y dijo que apostaba a que podría venderla a Playboy.

Le pregunté que cuál era el chiste. Jack era incapaz de dibujar incluso unas manzanas agrias. Tuvo que explicarme que la novia y el novio eran rinocerontes. Yo pensaba que se trataba de un par de sofás o de una pareja de coches aplastados. Eso hubiera sido divertido, imagínense: dos coches aplastados haciendo votos matrimoniales. Iban a sentar cabeza.

—¿Que cuál es el chiste? —preguntó Jack incrédulamente—. ¿Dónde está tu sentido del humor? Si alguien no detiene la boda, esos dos se unirán y tendrán hijos rinocerontes.

—Por supuesto.

—¡Por el amor de Dios! ¿Qué puede ser más feo y estúpido que un rinoceronte? El mero hecho de que algo se pueda reproducir no significa que se deba reproducir.

—Para un rinoceronte, otro rinoceronte es maravilloso.

—He ahí la cuestión. Cada tipo de animal piensa que su propia especie es maravillosa. Así, los individuos que se casan creen que son maravillosos y que van a tener bebés maravillosos, cuando en realidad son tan feos como rinocerontes. El que consideremos que somos maravillosos no quiere decir que en verdad lo seamos. Podríamos ser animales realmente terribles, pero nunca lo admitiríamos porque nos lastimaría mucho aceptar ese hecho.

Recuerdo que cuando Jack y yo cursábamos el tercer año de estudios en la Point, nos ordenaron marchar al estilo militar durante 3 horas en el Patio de la Academia como si en realidad hubiésemos estado montando guardia, esto es, luciendo el uniforme completo y cargando fusiles. Éste fue el castigo por no haber denunciado a un cadete que había hecho trampa en el examen final de Ingeniería Eléctrica. El Código de Honor exigía no sólo que nunca mintiéramos o trampeásemos, sino también que delatáramos a cualquiera que lo hiciera.

No vimos al cadete en el momento en que hizo trampa. Ni siquiera éramos compañeros de clase. Pero nos encontrábamos con él, y con otro cadete, en Filadelfia, donde se emborrachó al cabo de un encuentro Ejército-Marina. Se embriagó tanto que confesó que había hecho trampa en el examen recién presentado en junio. Jack y yo le dijimos que se callara, que no queríamos saber nada del asunto y que lo íbamos a olvidar porque de todas maneras, no debía ser cierto.

Pero el otro cadete, que después sería fragmentado en Vietnam, nos acusó. Supuestamente, éramos tan corruptos como el tramposo, puesto que habíamos intentado encubrirlo. Por cierto, "fragmentar" es una palabra que adquirió un significado adicional en la Guerra de Vietnam, a saber, el de lanzar una bomba de fragmentación en el dormitorio de un oficial impopular. No quiero ser jactancioso pero, durante todo el tiempo que estuve en Vietnam, nadie propuso "fragmentarme".

El tramposo fue expulsado, a pesar de que sólo faltaban 6 meses para su graduación. Y Jack y yo tuvimos que marchar durante 3 horas en una helada noche lluviosa. En teoría, no debíamos hablar, ni entre nosotros ni con nadie. Pero los recorridos absurdos que teníamos que efectuar se cruzaban en un punto. Jack me murmuró en 1 de tales cruces: "¿Qué harías si te enteraras de que alguien acaba de soltar una bomba atómica sobre Nueva York?"

Transcurrieron unos 10 minutos antes de volver a encontrarnos. Pensé en algunas respuestas obvias, tales como que me horrorizaría, que me pondría a llorar, y así por el estilo. Pero comprendí que Jack no quería oír mi respuesta, sino que yo escuchara la suya.

Así que llegó con su respuesta. Me miró a los ojos y afirmó sin el más pequeño indicio de una sonrisa: "Me reiría como loco."

La última vez que le oí decir que se debía reír como loco fue en una cantina de Saigón. Me dijo que lo acababan de premiar con una Estrella de Plata, lo que lo igualaba conmigo, pues yo ya había recibido una. Se encontraba sembrando minas con un pelotón de su compañía en los senderos que conducían a una aldea que supuestamente simpatizaba con el enemigo, cuando se inició un tiroteo. Pidió apoyo aéreo y los aviones dejaron caer sobre la aldea napalm, que es una gasolina gelatinosa creada en la Universidad de Harvard. El bombardeo mató a vietnamitas de ambos sexos y de todas las edades. Después le ordenaron a Jack que contara los cuerpos y que diera por sentado que todos pertenecían al enemigo, de modo tal que el número de cadáveres pudiera ser presentado en las noticias de ese día. Dicha tarea fue la que le valió la Estrella de Plata. "Me tendría que haber reído como loco", dijo, pero no esbozó la más leve sonrisa.

Jack hubiera querido reírse como loco si me hubiese visto, pistola en mano, en la azotea de nuestra embajada en Saigón. Me había ganado la Estrella de Plata por haber encontrado y aniquilado personalmente a 5 enemigos, quienes estaban escondidos en un túnel subterráneo. Ahora me encontraba en la azotea, mientras los regimientos del adversario se apostaban a cielo abierto, sin necesidad de esconderse de nadie, tomando posesión de las calles sin que enfrentaran ninguna resistencia. Estaban ahí, abajo de mí, hubiese podido matar a muchos. ¡Paf! ¡Paf! ¡Paf!

Me hallaba ahí arriba para evitar que los vietnamitas que habían estado de nuestro lado subieran a los helicópteros que transportaban sólo a los estadounidenses, a los empleados civiles de la Embajada y a sus dependientes, hasta los barcos situados en mar adentro. El enemigo pudo haber derribado los helicópteros, capturarnos y/o matarnos, si hubiese querido. Pero, lo único que siempre deseó fue que abandonáramos su país. Desde luego, capturaron o mataron a los vietnamitas que no dejé que subieran al helicóptero, después de que el último estadounidense, que fue el Teniente Coronel Eugene Debs Hartke, se hubo largado de ahí.

El resto de ese día: el helicóptero que transportaba al último estadounidense que abandonó Vietnam se unió a un enjambre de helicópteros sobre el Mar de la China Meridional, los cuales habían sido desalojados forzosamente de su base y cuyas reservas de combustible eran insuficientes. He aquí una imagen para ilustrar la Historia Natural del Siglo 20: el cielo lleno de ruidosos y artificiales pterodáctilos, expulsados de modo súbito de su casa, incapaces de nadar y al borde de morir por ahogamiento o inanición.

Bajo nosotros, desplegada hasta donde alcanzaba la vista, se hallaba la flota más fuertemente armada de la historia, sin que nadie la amenazara. En lo que al enemigo concernía, podíamos quedarnos con toda la azul alta mar que quisiéramos. ¡Gócenla! ¡Gócenla!

A mi helicóptero y a otros 2, se les ordenó por radio que aterrizaran sobre un dragaminas equipado con una plataforma; ésta era utilizada por el propio pterodáctilo de la embarcación, el cual tuvo que despegar para que los nuestros pudieran aterrizar. Una vez abajo, los marinos tiraron por la borda a nuestro enorme, tonto y torpe pájaro. Ese proceso se repitió 2 veces y, luego, la inverosímil criatura del barco reclamó su sitio. Más tarde, pude echarle un vistazo. Contaba con un mecanismo electrónico capaz de detectar submarinos y minas bajo el agua, así como misiles en camino y aeroplanos en tránsito.

A continuación, el propio Sol siguió la trayectoria del último helicóptero estadounidense que abandonó Saigón, esto es, hasta el fondo de la azul alta mar.

A la edad de 35, Eugene Debs Hartke era tan disoluto en materia de alcohol, marihuana y mujeres fáciles, como lo había sido durante sus últimos 2 años en la escuela de segunda enseñanza. Y había perdido todo el respeto por sí mismo y por la dirigencia de su país, del mismo modo en que lo había perdido, 17 años antes, por sí mismo y por su padre en la Feria de la Ciencia de Cleveland, Ohio.

Su mentor, Sam Wakefield, el hombre que lo reclutó para West Point, había renunciado al Ejército un año antes con objeto de predicar contra la guerra. Se había convertido en Director del Colegio Tarkington, gracias a poderosas conexiones familiares.

Sam Wakefield se suicidaría 3 años más tarde. Así que ahí tienen a otro perdedor, a pesar de que había sido General de División y, luego, Director de un Colegio. Creo que le ganó el agotamiento. Lo digo no sólo porque siempre lucía muy cansado, sino también porque la nota que dejó ni siquiera era original y no parecía aludir a su persona. Era, palabra por palabra, la misma nota que dejara al suicidarse en 1932, cuando yo tenía 8 años de edad, otro perdedor, George Eastman, inventor de la cámara Kodak y fundador de la ahora desaparecida Eastman Kodak, que estuvo ubicada a sólo 75 kilómetros al norte de aquí.

Ambas notas decían esto y nada más: "Misión cumplida."

En lo que toca a Sam Wakefield, dicha misión, en el caso de que no haya deseado incluir la Guerra de Vietnam, consistió en 3 nuevos edificios, que probablemente se hubieran construido de todas maneras, es decir, sin importar quién ocupara el cargo de Director de Tarkington.

No estoy escribiendo este libro para personas menores de 18 años, pero tampoco considero dañino el aconsejar a los jóvenes que se preparen más bien para el fracaso que para el éxito, puesto que el fracaso es lo más importante que les va a suceder.

Para expresarlo en términos de baloncesto: casi todos tenemos que perder. Un alto porcentaje de los condenados en Athena, y de los ahora convictos en esta institución mucho más pequeña, sólo dedicaron su niñez y juventud al baloncesto, y siguen sufriendo palizas desde el inicio de algunos insignificantes y estúpidos torneos.

Con respecto al hipotético lector joven, permítaseme agregar que quizá habría destrozado mi cuerpo, habría sido expulsado de la Universidad de Michigan y habría muerto rodeado de los bajos fondos, si no hubiera estado sujeto a la disciplina de West Point. Ahora, estoy hablando de mi cuerpo, no de mi mente, y no existe mejor manera de que un joven aprenda a respetar sus huesos, nervios y músculos que ingresando a una de las 3 principales academias militares.

Cuando llegué a la Point, era un mocoso con mala postura y pecho hundido y carente de antecedentes deportivos, salvo por la participación en algunas peleas ocurridas al cabo de los bailes donde mi banda tocaba. El día en que me gradué, recibí mi nombramiento de Subteniente del Ejército Regular, lancé al aire mi sombrero y me compré

un Corvette rojo con el sueldo atrasado que la Academia me había reservado, mi espina dorsal era tan recta como un escobillón, mis pulmones tan poderosos como los bramidos de Vulcano, era capitán de los equipos de judo y lucha grecorromana, ¡y no había fumado ningún tipo de cigarro ni ingerido una sola gota de alcohol a lo largo de 4 años! Tampoco era promiscuo sexualmente. Nunca me sentí mejor en mi vida.

Recuerdo que, durante la graduación, les dije a mis padres: "Acaso, ¿éste soy yo?"

Estaban muy orgullosos de mí y yo también lo estaba.

Me volví hacia Jack Patton, que se encontraba ahí con su hermana y su madre —mujeres tramposas— y su padre —individuo normal—, y le pregunté: "¿Qué piensas ahora de nosotros, Teniente Patton?" Él era la oveja negra de nuestra clase, pues había obtenido las notas más bajas. Lo mismo le sucedió al General George Patton, que no era pariente de Jack y que fue un gran líder en la Segunda Guerra Mundial.

Lo que Jack contestó, por supuesto sin sonreír, fue que se tenía que reír como loco.

7

He estado leyendo algunos ejemplares de la revista estudiantil del Colegio Tarkington, llamada El Mosquetero; y lo he hecho de modo retrospectivo, hasta llegar al primer número, que apareció en 1910. Llamaron así a la publicación en honor de la Montaña Mosquete, una alta colina (no una montaña) ubicada en el límite occidental del campus, en cuya falda, junto al establo, sepultarían después a muchos de los convictos caídos durante la fuga.

Cada propuesta de mejora física de las instalaciones del colegio desataba una tormenta de protestas. Cuando los graduados del Tarkington regresaban al plantel, querían verlo exactamente igual al modo en que lo recordaban. Y, por lo menos, una cosa nunca cambió: el número del alumnado, que se estabilizó en 300 desde 1925. Mientras tanto, el crecimiento de la población de la cárcel situada al otro lado del lago, invisible detrás de los muros, fue tan incontenible como el Castor de Trueno, como las Cataratas del Niágara.

A juzgar por las cartas dirigidas a El Mosquetero, la modificación que generó la más apasionada resistencia fue la modernización del Carillón Lutz, emprendida poco después de la Segunda Guerra Mundial, en recuerdo de Ernest Hubble Hiscock. Este individuo fue un egresado del Tarkington que, a la edad de 21, era el artillero de un bombardero de la Marina cuyo piloto estrelló el avión, equipado con una carga completa de bombas, contra la plataforma de vuelos de un portaaviones japonés en la Batalla de Midway durante la Segunda Guerra Mundial.

Yo hubiera dado cualquier cosa por morir en una guerra tan significativa.

¿Yo? Me encontraba en el negocio del espectáculo, intentando ganar una gran audiencia de televidentes para el Gobierno, mediante la presentación de asesinatos de personas de verdad, llevados a cabo con armamento de verdad, algo que los otros anunciantes no tenían libertad de hacer.

Los otros anunciantes debían simularlo todo.

Por más extraño que parezca, los actores siempre resultaban mucho más verosímiles que nosotros en la pantalla chica. De alguna manera, la gente real con problemas reales no es bien recibida.

¡Todavía hay tanto que aprender sobre la TV!

Los padres de Hiscock, que estaban divorciados y se habían vuelto a casar pero seguían siendo amigos, contribuyeron con una parte de los recursos necesarios para mecanizar las campanas, de modo que una sola persona pudiera tocarlas mediante un teclado. Antes de eso, muchos individuos tenían que tirar de las cuerdas y, una vez que la campana comenzaba a moverse, dejaba de balancearse tomándose su propio y dulce tiempo. No había forma alguna de frenarla.

En los viejos tiempos, 4 de las campanas eran famosas por su desafinación, pero se les quería y poseían incluso un nombre: "Salmuera", "Limón", "Juan el Chasquido" y "Belcebú". Los Hiscock las enviaron a Bélgica, a la misma fundidora de campanas donde André Lutz había trabajado como aprendiz mucho tiempo atrás. Ahí fueron reparadas y pesadas hasta que adquirieron su tono perfecto, condición en que se hallaban cuando llegué a tocarlas.

No pudo haber sido música lo que el carillón producía en los viejos tiempos. Aquéllos que dirigían sus cartas a El Mosquetero describían el toque de las campanas con la misma clase de amor excéntrico y gratitud enloquecida que los convictos manifestaban al hablar de su experiencia con la combinación de heroína y anfetaminas, polvo de ángel y LSD, crack solo, etcétera. Pienso en todos esos muchachos de lento aprendizaje que, al jalar las cuerdas y hacer sonar las campanas dulce y acremente, tan sonoras como truenos, de seguro encontraban la misma inmerecida felicidad que muchos de los presos hallaban en los narcóticos.

¿Y no he dicho yo mismo que los momentos más felices de mi vida tuvieron lugar cuando tocaba las campanas? Sin basarme en absoluto en la realidad, experimentaba la sensación de triunfo de muchos adictos.

Cuando me volví campanero, coloqué este letrero en la puerta de la habitación donde estaba el teclado: "Thor". Sentía que era él cuando tocaba, descargando rayos que retumbaban cuesta abajo, a través de los vestigios industriales de Scipio, sobre el lago y por encima de los muros de la prisión situada en la ribera contraria.

Cuando tocaba, se producían ecos, los cuales rebotaban en las fábricas vacías y en los muros de la cárcel, entablaban disputas con las notas que acababan de salir de las campanas localizadas encima de mi cabeza. Cuando el Lago Mohiga se congelaba, tales disputas eran tan sonoras que la gente que nunca antes había estado en el área pensaba que la prisión contaba con su propio conjunto de campanas y que su campanero me estaba imitando.

Y yo gritaría en medio de ese frenético estrépito de campanadas y ecos: "¡Ríete, Jack, ríete!"

Después de la fuga carcelaria, el Director del Colegio dispararía a los reos desde lo alto del campanario. La acústica del valle ocasionaría que los prófugos no pudieran adivinar con certeza de dónde les llegaban los tiros.

8

Cuando llegué al Tarkington, las campanas ya no oscilaban. Estaban soldadas a ejes rígidos. Se les habían quitado los badajos y, a cambio, eran golpeadas por martillos accionados con electricidad proveniente de las Cataratas del Niágara. Su toque podía detenerse de inmediato mediante frenos cubiertos con neopreno.

El cuarto donde por lo menos una docena de campaneros de lento aprendizaje solían experimentar un aturdimiento como resultado de la infernal y ruidosa cacofonía, contenía un teclado de 3 octavas recargado contra la pared. Las perforaciones del techo, a través de las cuales pasaban antes las cuerdas, habían sido tapadas con yeso.

Ahora, nada funciona allá arriba. El cuarto del teclado y el campanario fueron acribillados con balas y proyectiles de bazuka disparados por los presos fugitivos, después de ser atacados por un francotirador escondido entre las campanas, quien mató a 11 de ellos e hirió a 15 más. El francotirador era el Director del Colegio Tarkington. A pesar de que ya estaba muerto cuando los convictos llegaron al campanario, fue crucificado por los furiosos prófugos en el desván del establo de los caballos, ubicado al pie de la Montaña Mosquete.

De manera que un Director del Tarkington, mi mentor Sam Wakefield, se voló la tapa de los sesos con un Colt Calibre 45. Y su sucesor, aunque en un estado insensible al dolor, fue crucificado.

Cabría señalar que se trata de una historia sumamente pesada.

Ahora bien, en materia de historia ligera, debo apuntar que los badajos de las campanas fueron colgados de acuerdo con su tamaño, pero sin ninguna nota explicativa en la pared del vestíbulo de esta biblioteca, sobre las máquinas de movimiento perpetuo. Se convirtió en toda una tradición el que los estudiantes más avanzados contaran a los de nuevo ingreso que esos objetos eran los penes petrificados de diferentes mamíferos. Se decía que el badajo más grande, que alguna vez perteneció a Belcebú, la campana de mayores dimensiones, era el pene de nada menos que Moby Dick, la Gran Ballena Blanca.

Muchos de los novatos se lo creían, y se les vigilaba para ver cuánto tiempo duraban creyéndolo, de la misma forma en que sin duda fueron observados durante su infancia a fin de corroborar el momento en que dejaban de creer en el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos y Santa Claus.

Vietnam.

La mayor parte de las cartas publicadas en El Mosquetero que protestaban por la modernización del Carillón Lutz, fueron redactadas por personas que dependían de la riqueza y el poder con los que habían nacido. Sin embargo, una de ellas fue escrita por un hombre que admitía que estaba en prisión por haber cometido fraude, y que había arruinado su vida y la de su familia como resultado de su adicción doble: al alcohol y al juego. Su carta se parece a este libro, pues también constituye un discurso en el patíbulo.

Después de haber pagado su deuda con la sociedad, a ese individuo sólo le restaba una cosa por hacer: regresar a Scipio para hacer oscilar las campanas.

"Y ahora me arrebatan esa posibilidad."

Otra carta fue enviada por una antigua campanera, sin duda ya fallecida a estas alturas, miembro de la Generación 1924 y que estaba casada con un hombre llamado Marthinus de Wet, propietario de una mina de oro en Krugersdorp, Sudáfrica. Ella conocía la historia de las campanas, esto es, que habían sido fabricadas con las armas recogidas después de la Batalla de Gettysburg. No le importaba que fueran a ser tocadas eléctricamente. Lo malo para ella era que las campanas desafinadas (Salmuera, Limón, Juan el Chasquido y Belcebú) se tornearan en Bélgica hasta entonarlas o bien arrojarlas a la basura.

"¿Ya no van los estudiantes del Tarkington a mostrar humanidad y humildad, como lo hacía yo día tras día, al escuchar el llanto proveniente del campanario por los caídos en los campos sagrados bañados en sangre, de Gettysburg?", preguntaba la anciana.

La controversia de las campanas inspiró mucha prosa cursi de ese tipo, en su mayor parte dictada sin duda alguna a una secretaria o a una máquina.

Es muy probable que la señora de Wet se haya graduado en el Tarkington sin saber escribir mejor que la mayoría de los maleducados presos hospedados al otro lado del lago.

Si mi abuelo Socialista, que no llegó a ser un jardinero en la Universidad Butler, pudiera leer la carta de la señora de Wet y darse cuenta de la dirección de la remitente (Sudáfrica), haría una mueca de satisfacción, en virtud de que ahí encontraría una prueba contundente de una mujer que goza de un alto nivel de vida con base en el trabajo de los mineros negros, sobreexplotados y sub retribuidos.

Asimismo, mi abuelo hubiera confirmado la existencia de la explotación de los pobres y los débiles en la expansión de la cárcel ubicada al otro lado del lago. En su opinión, la prisión habría sido una treta para evitar la participación de los líderes de estratos sociales más bajos en la Lucha de Clases y para ofrecerles la repugnante opción de aceptar aquello que sus voraces pagadores les den bajo la forma de condiciones de trabajo y subsistencia.

Sin embargo, hacia la época en que llegué al Colegio Tarkington, el punto de vista de mi abuelo quizá había sido erróneo con respecto al significado de la prisión situada al otro lado del lago, ya que la gente pobre y débil, sin importar cuan dócil fuera, ya no era de utilidad para los astutos inversionistas. Lo que esa gente solía hacer ahora era desempeñado, de modo heroico y sin quejas, por las máquinas.

De modo que el letrero idóneo por colocar a la entrada de Athena habría sido, en lugar de "El Trabajo Nos Hará Libres", aquél que reza, "Lástima que hayas nacido, no sirves para nada", o bien "Entren y no salgan, todos ustedes, lastre de la sociedad".



9

Un antiguo compañero de cuarto de Ernest Hubble Hiscock, el héroe muerto, que también participó en la guerra y que siendo Infante de Marina había perdido un brazo en Iwo Jima, escribió que el mayor anhelo del recordado Hiscock era que la Junta Directiva admitiera, al inicio de cada año escolar, al mismo número de alumnos que asistían al plantel en su época de estudiante.

En consecuencia, si Ernest Hubble Hiscock nos está mirando ahora desde el Cielo, o desde cualquier otro lugar al que los héroes de guerra vayan a dar, cuando mueren, estará consternado de ver su amado campus rodeado de alambres de púas y guardias. Las campanas fueron sacadas de la circulación. El alumnado, siempre que se acepte llamar así a los condenados, alcanza hoy día la cifra aproximada de 2 000.

Cuando aquí sólo había 300 "estudiantes", cada uno disponía de una recámara, un baño y todos los armarios empotrados que quisiera. Cada recámara era parte de una suite compuesta de 2 recámaras, 2 baños y una sala común para 2 personas. Cada sala tenía sofás, sillones y chimenea, así como el más avanzado equipo de sonido y una TV de pantalla grande.

En la cárcel estatal de Athena, tal cual lo descubriría cuando fui a trabajar ahí, había 6 hombres en cada celda, que había sido construida para albergar a 2. Cada 50 celdas contaban con un cuarto de recreo, integrado por una mesa de Ping-Pong y una TV. Además, la TV sólo transmitía programas pregrabados incluyendo noticieros, cuya emisión original databa de por lo menos 10 años atrás. El objetivo era evitar que los presos se angustiasen por asuntos verificados en el mundo exterior que aún no se hubieran resuelto.

Podían posar sus ojos en lo que quisieran, siempre que no fuera relevante.

Cuánto amaban estos escritores de cartas no sólo el colegio, sino también todo el Valle de Mohiga: las estaciones, el lago y el bosque prístino. Y había pocas diferencias entre los placeres predilectos de los estudiantes de ese tiempo y aquéllos del mío propio. En mi época, los estudiantes ya no patinaban en el lago, sino en una pista techada que fue donada en 1971 por la Familia Israel Cohen. Pero aún celebraban en el lago, carreras de botes de vela y de canoas. Todavía llevaban a cabo días de campo en los vestigios de las esclusas, sitos en el nacimiento del lago. Muchos estudiantes aún traían consigo sus propios caballos.

En mi tiempo, varios alumnos eran dueños de hasta 3 caballos, ya que el polo era el principal deporte practicado. En 1976 y 1980, el Colegio Tarkington tuvo un equipo invencible de polo.

Por supuesto que en la actualidad ya no hay caballos en el establo. Los prófugos, acosados y hambrientos al cabo de 4 días de ocurrida la fuga, llamándose a sí mismos "Luchadores de la Libertad" y haciendo ondear la bandera estadounidense en la cima de la torre de esta biblioteca, se comieron los caballos y los perros del campus, y alimentaron con porciones de estos animales a sus rehenes, que eran los Directivos del colegio.

En apariencia, el más exitoso atleta egresado del Tarkington fue un jinete de mi propia época, Lowell Chung. Ganó una Medalla de Bronce como miembro del Equipo Ecuestre de Estados Unidos, en Seúl, Corea del Sur, en 1988. Su madre era dueña de la mitad de Honolulú, pero él no sabía leer ni escribir ni nada de matemáticas. Sin embargo, entendía bien la Física. Me podía decir cómo funcionan las palancas, las lentes, la electricidad, el calor y toda clase de plantas de energía; también era capaz de predecir correctamente el resultado de un experimento, siempre que no le insistiera en la cuestión de los números, de la cuantificación.

En 1984, obtuvo el grado de Bachiller en Artes y Ciencias. Ése era el único grado que otorgábamos, una advertencia justa para los demás planteles y las fuentes laborales, así como los propios estudiantes, de que los alcances intelectuales de nuestros egresados, aunque respetables, no eran los convencionales.

Lowell Chung hizo que montara un caballo por primera vez en mi vida cuando yo tenía 43 años. Me retó. Le dije que no deseaba suicidarme sobre el lomo de 1 de sus caballitos cabrioleros, puesto que tenía una esposa, una suegra y 2 niños que mantener. En consecuencia, le pidió prestada una gentil y vieja mula a su novia de ese entonces, que se llamaba Claudia Roosevelt.

Por cómico que parezca, la entonces novia de Lowell era un as en aritmética, pero no daba una en todo lo demás. Si se le preguntaba: "¿Cuánto es 5 111 por 10 022 dividido entre 97?"; ella respondía: "Son 528 066.4. ¿Y qué? ¿Y qué?"

¡Ciertamente y qué! La lección que yo mismo aprendí una y otra vez cuando enseñaba en el colegio y más tarde en la cárcel fue que la información es inútil para la mayoría de la gente, excepto como diversión. Si los hechos no son chistosos o temibles, o si no pueden hacerte rico, al diablo con ellos.

Cuando comencé a trabajar en la prisión, conocí a un multihomicida llamado Alton Darwin, quien también hacía mentalmente sofisticados cálculos aritméticos. Era negro y, a diferencia de Claudia Roosevelt, se expresaba con gran inteligencia. Había asesinado a toda clase de rivales, parásitos, informantes de la policía, sujetos con una identidad errónea e inocentes transeúntes en la industria ilegal de las drogas. Su manera de hablar era elegante y sugestiva.

Había matado a mucha menos gente que yo. Sin embargo, cabe señalar que él nunca estuvo en mi posición privilegiada, a saber, la de contar con la cooperación completa de nuestro gobierno.

Además, había cometido los homicidios por razones monetarias. Yo jamás me rebajé a eso.

Cuando supe que podía hacer mentalmente operaciones aritméticas, quise hacer de su conocimiento mi opinión.

—Tienes un don notable.

—No parece justo —respondió— que alguien venga al mundo con una ventaja tan grande sobre el común de los mortales. Cuando salga de aquí, me voy a comprar una hermosa tienda de campaña a rayas y le voy a colocar un letrero en la entrada que invite al público a presenciar, por un solo dólar, al Negro que hace aritmética.

Darwin no iba a salir nunca de prisión. Estaba cumpliendo una condena de cadena perpetua, sin esperanza de lograr la libertad condicional.

Dicho sea de paso, la fantasía de Darwin de convertirse en el protagonista de un espectáculo de aritmética mental se inspiraba en un acto realizado en Carolina del Sur, al cabo de la Primera Guerra Mundial, por 1 de sus bisabuelos. En ese entonces, todos los pilotos que regresaban al país eran blancos, y algunos efectuaban vuelos acrobáticos en los festivales rurales. Se les conocía como los "pilotos de feria".

Uno de esos pilotos de feria era dueño de un avión de 2 cabinas. En la cabina delantera, sujeto con correas, viajaba el bisabuelo, a pesar de que no sabía conducir ni un coche. El piloto de feria se agazapaba en la cabina trasera, de manera que la gente no pudiera darse cuenta de que era él quien manejaba los controles. Y el público llegaba desde muy lejos, según Darwin, "para ver al Negro que pilotea un aeroplano".

Cuando nos conocimos, Darwin tenía sólo 25 años, edad a la cual Lowell Chung ganó una Medalla de Bronce en equitación, en Seúl, Corea del Sur. Cuando yo cumplí 25, aún no había matado a nadie y no había tenido tantas mujeres como Darwin, quien a los 20, según me dijo, pagó un Ferrari de contado. Yo no tuve un automóvil propio hasta los 21, cuando adquirí un buen coche, un Chevrolet Corvette, pero no era ni de lejos tan bueno como el Ferrari.

Por lo menos, yo también lo pagué al contado.

Cuando platicábamos en la cárcel, bromeaba a menudo con base en la suposición de que éramos oriundos de planetas diferentes. El suyo estaba formado por la prisión; yo había llegado en un platillo volador, proveniente de un planeta mucho más grande e inteligente.

Esto le permitía expresar comentarios irónicos sobre las únicas actividades sexuales posibles intramuros.

—¿Hay bebés en tu planeta? —me preguntaba.

—Sí, los hay —le respondía.

—Aquí se ha intentado por todos los medios el tener hijos, pero nunca se ha logrado. ¿Qué crees que se está haciendo mal?

Fue el primer condenado al que le escuché usar las siglas "LC". Me dijo que algunas veces deseaba haber contraído la LC.

Creí que quería decir "TC", abreviatura de tuberculosis, otra de las enfermedades comunes de la cárcel: tan común que yo la padezco ahora.

Resultó que LC eran las siglas de "Libertad Condicional", la expresión utilizada por los convictos para referirse al SIDA.

Cuando nos conocimos, en 1991, me dijo que en ocasiones anhelaba tener la LC, comentario externado mucho antes de que yo mismo contrajera la TC.

¡Sopa de letras!

Estaba deseoso de escuchar descripciones de este valle, en el cual estaba condenado a vivir el resto de su vida y donde seguramente se le sepultaría, pero que nunca había visto. Se procuraba que no sólo los condenados, sino también sus visitantes, ignoraran en la medida de lo posible la situación geográfica precisa de la prisión, de modo que quien escapara no tuviese una idea clara de qué cuidarse o hacia dónde dirigirse.

Los visitantes eran traídos desde Rochester hasta este callejón sin salida en autobuses con ventanas oscurecidas. Los convictos eran transportados en camiones equipados con cajas de acero, carentes de ventanas y con capacidad para albergar a 10 hombres. Dentro de las cajas, los condenados viajaban debidamente esposados y sujetos con grilletes. Los autobuses y las cajas de acero nunca se abrían antes de haber atravesado los muros de la cárcel.

Después de todo, se trataba de criminales excesivamente peligrosos e ingeniosos. A pesar de que los japoneses ya se habían apoderado de la administración de Athena en la época de mi arribo, con objeto de convertirla en una institución lucrativa, el traslado en autobuses con ventanas oscurecidas en cajas de acero constituía una práctica que databa de un periodo previo. Esas morbosas formas de transporte se volvieron un espectáculo común en la carretera de Rochester hacia 1977, casi 2 años después de haberme establecido, junto con mi pequeña familia, en Scipio.

El único cambio que hicieron los japoneses en los vehículos, y que ya se había operado cuando llegué a trabajar ahí en 1991, fue montar las viejas cajas de acero en camiones japoneses nuevos.

De modo que violé la añeja política penitenciaria al contar a Alton Darwin y a otros presidiarios de por vida todo lo que deseaban saber sobre el valle. Consideré que tenían derecho a conocer la existencia del gran bosque, que ahora era su bosque, del hermoso lago, que ahora era su lago, y del pequeño colegio, donde se originaban las campanadas.

Y, por supuesto, todo eso enriqueció sus sueños de fugarse; pero, ¿acaso no eran éstos lo que en otro contexto podríamos denominar la virtud de la esperanza? Nunca pensé que en realidad fueran a escaparse y a aprovechar la información que les había proporcionado acerca de la campiña, y tampoco ellos lo pensaron.

Solía hacer la misma clase de cosas en Vietnam, es decir, ayudaba a los soldados mortalmente heridos a soñar que pronto estarían bien y en su casa.

¿Por qué no?

Me apena más que a nadie el que Darwin y los demás hayan saboreado en realidad la libertad. Eran seres horribles para sí mismos y para cualquiera. En muchos casos, se trataba de verdaderos maniáticos homicidas. Darwin no era 1 de ellos pero, cuando los presos cruzaban el lago congelado en dirección a Scipio, ya estaba dictando órdenes como si fuera un Emperador, como si la fuga hubiese sido su idea, a pesar de que no tuvo nada que ver con el planeamiento de ella. Ni siquiera sabía que se iba a realizar. Los que en realidad perforaron los muros y abrieron las celdas habían venido de Rochester para liberar a un solo reo. Lo rescataron y abandonaron el valle; no tenían ningún interés en conquistar a Scipio, venciendo a su pequeño ejército integrado por 6 policías, 3 guardianes desarmados de la escuela y un número desconocido de armas de fuego en manos privadas.

Alton Darwin fue el primer ejemplo que yo haya visto de liderazgo espontáneo. Era un hombre carente de rangos distintivos, de fórmulas organizativas previas, de planes de acción ya trazados. En la cárcel, había sido un hombre modesto e insignificante. Sin embargo, en el instante en que salió de ella, repentinos delirios de grandeza lo convirtieron en el único nombre que sabía lo que había que hacer enseguida, a saber; atacar a Scipio, donde la gloria y la riqueza aguardaban a todo aquél que se atreviera a seguirlo.

"¡Síganme!", gritaba. Y algunos lo hicieron. Creo que se trataba de un sociópata, enamorado de sí mismo y de nadie más, que reclamaba acción por su propio bien y mostraba indiferencia ante cualquier consecuencia a largo plazo: el clásico Predestinado.

La mayoría de los reos no lo siguieron colina abajo, en dirección al hielo. Regresaron a la prisión, donde disponían de una cama propia, de abrigo contra las inclemencias del clima, y de comida y agua, aunque carecieran de calefacción y electricidad. Decidieron portarse bien, basados en la conclusión correcta de que los chicos malos, aunque erraran libres en el valle, estaban rodeados por las fuerzas de la ley y el orden. Que les dispararían en cuanto los vieran, lo que sucedería en cuestión de días, 1 o 2, o incluso antes. Después de todo, eran negros.

En el Valle de Mohiga, el color de su piel hacía las veces de uniforme penitenciario.

Cerca de la mitad de los que siguieron a Darwin hasta el hielo, se regresaron antes de llegar a Scipio. Esto sucedió previamente a que les dispararan y sufriesen su primera baja. Uno de los que volvieron a la prisión me dijo que se había sentido enfermo al reflexionar sobre la cantidad de asesinatos y violaciones que se iban a producir cuando los convictos arribaran al otro lado.

—Pensé en todos los niños que dormían profundamente en su cama —afirmó, aclarando que el arma que había robado del arsenal de la cárcel la entregó al hombre que estaba a su lado en medio del hermoso lago Mohiga—. Como no tenía un arma, yo le ofrecí una.

—¿Se desearon buena suerte o algo por el estilo?

—No, no nos dijimos nada. Nadie decía nada, salvo el hombre que iba al frente.

—¿Y él qué decía?

—¡Síganme, síganme, síganme! —contestó, con un vacío terrible.

—La vida es una pesadilla —comentó—. ¿Lo sabías?

Los carismáticos delirios de grandeza de Darwin eran ilimitados. Se autonombró Presidente de un nuevo país. Estableció su cuartel general en el Salón Samoza de la Junta Directiva; la larga mesa ahí instalada se volvió su escritorio.

Lo visité en ese sitio, ya entrada la tarde del segundo día posterior al gran escape. Me dijo que este nuevo país suyo iba a talar el bosque prístino ubicado al otro lado del lago, para vender la madera a los japoneses. Con el dinero de la transacción, restauraría las instalaciones industriales de Scipio. Aún no sabía qué se iba a manufacturar, pero estaba meditando seriamente a ese respecto. Me aclaró que agradecería cualquier sugerencia en la materia.

Según él, nadie se atrevería a atacarlo, por miedo a que hiciera daño a los rehenes. Mantenía en cautiverio a la Junta Directiva en pleno, salvo al Director del Colegio, Henry "Tex" Johnson, y a su esposa, Zuzu. Yo había ido a preguntarle a Darwin si sabía dónde estaban Tex y Zuzu. No lo sabía.

Resulta que Zuzu fue asesinada por 1 o varios desconocidos, quienes quizá la habían violado. Nunca lo sabremos con exactitud, pues no era ese el momento ideal para practicar la Medicina Forense. En cuanto a Tex, subió a la torre de la biblioteca, acompañado de un rifle y municiones. Su intención: convertir el campanario en escondite de un francotirador.

Alton Darwin nunca se preocupó, no obstante el empeoramiento de su situación. Se rió cuando se enteró de que tropas de paracaidistas que avanzaban a pie habían rodeado la prisión situada al otro lado del lago y, de nuestro lado, se atrincheraban al oeste y sur de Scipio. La Policía del Estado y los vigilantes ya habían levantado una barricada en la carretera a la altura del nacimiento del lago. Alton Darwin se rió como si hubiera conseguido una gran victoria.

Conocí gente parecida en Vietnam. Jack Patton tenía esa clase de intrepidez. Allá, yo podía ser tan valiente como Jack. De hecho, estoy bien seguro de que maté a más gente que él. Pero estaba tremendamente preocupado la mayor parte del tiempo. En cambio, Jack nunca se preocupó, según me dijo.

Le pregunté cómo podía lograrlo. Me contestó lo siguiente: "Creo que debo tener un tornillo flojo. No me importa ni lo que me pueda suceder a mí ni lo que le pueda ocurrir a cualquier otro."

Alton Darwin tenía el mismo tornillo flojo. Era un multihomicida que jamás mostró ningún remordimiento.

En el último año que pasé en Vietnam, durante las conferencias de prensa, yo también manejé nuestras derrotas como si hubiesen sido victorias. Pero a mí me ordenaron hacerlo. Ésa no era mi disposición natural.

Alton Darwin, y esto es igualmente aplicable a Jack Patton, hablaba de cuestiones triviales o graves con el mismo tono de voz, con los mismos gestos y expresiones faciales. Nada era más o menos importante que nada.

Recuerdo que Alton Darwin me refirió, con aparente preocupación, el gran número de presos que habían cruzado con él el lago congelado hasta Scipio y que acababan de desertar, regresando a la prisión o dirigiéndose a la barricada en busca del indulto. Los desertores eran individuos que sí se preocupaban. No querían morir ni responsabilizarse de las violaciones y los asesinatos cometidos en Scipio.

Así que me encontraba valorando el problema de la deserción, cuando Alton Darwin dijo con exactamente la misma intensidad:

—Sé patinar en hielo, ¿puedes creerlo?

—¿Perdón? —contesté.

—Sabía cómo deslizarme con patines de ruedas —aclaró—. Pero, nunca tuve la oportunidad de patinar sobre el hielo hasta esta mañana.

Esa mañana, con los teléfonos desconectados y la electricidad cortada, con cadáveres regados por todos lados y con una carencia generalizada de víveres en Scipio, como si los alimentos hubiesen sido devorados por una plaga de langosta, él se había dirigido a la Pista Cohen y calzado unos patines con cuchilla de acero por primera vez en su vida. Después de unos cuantos pasos vacilantes, logró deslizarse suavemente sobre el hielo.

—¡Deslizarse con patines de ruedas y patinar sobre el hielo son ejercicios iguales! —me dijo en tono triunfal, como si hubiera hecho un descubrimiento científico que arrojara luz del todo nueva sobre lo que parecía ser una situación desesperanzada—. ¡Se requieren los mismos músculos! —agregó de modo engreído.

Eso es lo que estaba haciendo cuando fue alcanzado por una bala, lo cual sucedió aproximadamente una hora después de nuestra charla.

Yo lo había dejado en su oficina y supuse que aún se encontraba en ella. Pero regresó a la pista para deslizarse una y otra vez.

Se escuchó un disparo y, de inmediato, se desplomó.

Varios de sus seguidores corrieron hacia él; Darwin alcanzó a decirles algo y murió.

Cabe señalar que fue un tiro precioso, siempre que Darwin haya sido el hombre al que el Director del Colegio había apuntado. Quizá la bala era para mí, puesto que sabía que yo solía hacerle el amor a su esposa Zuzu cuando él no se encontraba en casa.

Si le apuntó a Darwin, y no a mí, resolvió uno de los problemas más difíciles en materia de puntería, el mismo problema solucionado por Lee Harvey Oswald cuando le disparó al Presidente Kennedy, a saber, a dónde dirigir la bala cuando el tirador se halla muy por encima de su blanco.

Como ya lo dije: "Un tiro precioso."

Más tarde, pregunté cuáles habían sido las últimas palabras de Alton Darwin y me dijeron que no tenían sentido. Sus últimas palabras fueron: "Vean al Negro que pilotea un aeroplano."





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