Hocus pocus kurt Vonnegut



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HOCUS POCUS

Kurt Vonnegut

Título original en inglés: Hocus Pocus


Traducción: Argelia Castillo C. y A. Hornero Flores.

de la edición de

G.P. Putnam's Sons,

Nueva York, 1990


© 1990, Kurt Vonnegut
© 1990, Putnam's Sons
D.R.© 1993 por EDITORIAL GRIJALBO, S.A. de C.Y

Calz. San Bartolo Naucalpan núm. 282

Argentina Poniente 11230

Miguel Hidalgo, México, D.Y.


Este libro no puede ser reproducido,

total o parcialmente,

sin autorización escrita del editor.
ISBN 970-05-0341-0
IMPRESO EN MÉXICO
Scan, OCR y corrección: Jota

Nota del editor

El autor no dispuso de hojas de papel de tamaño y calidad uniformes para escribir este libro. Redactó el texto en el interior de una biblioteca que contiene alrededor de ochocientos mil volúmenes, carentes de interés excepto para él. Como la mayoría de los libros ahí reunidos nunca han sido leídos y quizá nunca habrán de serlo, nada le hubiera impedido arrancar las guardas y convertirlas en cuartillas. Cosa que no hizo. El porqué no lo hizo se desconoce. Cualquiera que haya sido la razón de ello, el autor escribió su libro a lápiz, echando mano de todo tipo de material, desde papel de estraza hasta el reverso de tarjetas comerciales. Las líneas no convencionales que separan los pasajes incluidos dentro de cada capítulo indican el final de uno de los trozos de papel utilizados y el principio de otro. Así, la extensión del pasaje depende de la amplitud del trozo de papel empleado.

Se podría suponer que el autor, al hurgar en la basura en busca de algún material de escritura, pretendía establecer una reputación de humildad o de locura, puesto que enfrentaba un juicio procesal. Sin embargo, también, es igualmente probable que haya comenzado a redactar el texto de manera impulsiva, sin tener ninguna noción de que éste llegaría a convertirse en un libro, garabateando palabras en el trozo de papel que tenía más a mano. Después, pudo ser que considerara conveniente continuar su labor de trozo en trozo, como si cada uno fuera una botella por llenar. Quizá, cuando terminaba de rellenar alguno, sin importar su tamaño, se sentía satisfecho por haber escrito todo lo que había que anotar sobre algo.

Enumeró todas las páginas, con objeto de que no hubiera duda alguna con respecto al orden secuencial de éstas, ni tampoco con respecto a su esperanza de que alguien, sin dejarse impresionar por el aspecto fragmentario del texto, las leyera de corrido, tal como se procede con los libros. En efecto, él mismo afirma en algunos pasajes, con una confianza mayor en las páginas finales, que lo que está haciendo es escribir un libro.

Se incluyen varios dibujos de lápidas. El autor sólo trazó uno de ellos; los demás son copias, que tal vez obtuvo utilizando papel transparente y calcando el original a contraluz sobre el cristal de alguna de las ventanas de la biblioteca. Las lápidas contienen inscripciones, y sólo en un caso aparece simplemente un signo de interrogación. En virtud de que tales caracteres no se pueden reproducir adecuadamente en una página impresa, se han transcrito en letras de imprenta.

El autor es responsable de las mayúsculas iniciales de ciertas palabras, que un editor meticuloso preferiría escribir con minúsculas. Asimismo, por razones inexplicables, Eugene Debs Hartke decidió emplear cifras, salvo al principio de cada frase, en lugar de expresar los números con palabras; por ejemplo, el lector se topará con "2" y no con "dos". Quizá haya considerado que los números pierden gran parte de su poder cuando se ven diluidos por el alfabeto1.

Al cabo de una prolongada reflexión, dejé prácticamente todas sus peculiaridades; apliqué lo que otro autor me señaló en alguna ocasión como la palabra más sagrada del vocabulario de un gran editor. Dicha palabra es "respétese".

K.V.


E
ste trabajo de ficción pura está dedicado a la memoria de


1

Mi nombre es Eugene Debs Hartke y nací en 1940. Me llamaron así a petición de mi abuelo materno, Benjamin Wills, quien era Socialista y Ateo, un modesto jardinero de la Universidad Butler de Indianápolis, Indiana, y seguidor de Eugene Debs, oriundo de Terre Haute, Indiana. Debs fue Socialista, Pacifista y Organizador Sindical; contendió varias veces para la Presidencia de los Estados Unidos de América y obtuvo más votos que cualquier otro candidato nominado por un tercer partido en la historia de ese país.

Debs murió en 1926, cuando yo tenía 14 años de edad.

Ahora estamos en el año 2001.

Si todo hubiera sucedido según las expectativas de mucha gente, Jesucristo estaría de nuevo entre nosotros y la bandera estadounidense habría sido plantada en Venus y Marte.

¡No tuvimos esa suerte!

Lo cierto es que el Mundo se va a acabar, un acontecimiento esperado con júbilo por muchos. Se terminará muy pronto, pero no en el año 2000, que ya vino y se fue. De lo que infiero que Dios Todopoderoso no es muy ducho en Numerología.

El abuelo Benjamin Wills murió en 1948, cuando yo tenía +8 años de edad, pero no lo hizo sin antes asegurarse de que me sabía de memoria las palabras más famosas pronunciadas por Debs:

"Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella. Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él. Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre."

A pesar de mi tocayo Debs, nunca he sido alguien a quien se pueda acusar de subversivo. De los 21 a los 35 años de edad, fui un soldado profesional, Teniente en el Ejército de los Estados Unidos. Durante esos 14 años, hubiera matado al Mismísimo Jesucristo, si me lo hubiera ordenado un oficial superior. Cuando tuvo lugar el abrupto, humillante y deshonroso final de la Guerra de Vietnam, yo era Teniente Coronel, con 1 000es y 1 000es de subordinados a mi mando.

En el transcurso de esa guerra, que no fue otra cosa que un negocio de municiones, supongo que existió una microscópica posibilidad de que haya alcanzado, durante un ataque con fósforo blanco o en un bombardeo con napalm, a un Jesucristo que hubiese estado de regreso.

Aunque nunca quise ser un soldado profesional, me convertí en uno bueno, si es que puede haber tal cosa. La idea de que yo debería asistir a West Point surgió tan inesperadamente como el final de la Guerra de Vietnam, durante mi último año de estudios en la escuela de segunda enseñanza. Tenía todo listo para acudir a la Universidad de Michigan, donde tomaría cursos de Inglés, Historia y Ciencias Políticas, y trabajaría en el periódico estudiantil, en preparación para la carrera de periodista.

Pero de repente mi padre, quien era un ingeniero químico involucrado en la fabricación de plásticos con un periodo de vida media de 50 000 años, y un ser tan lleno de excremento como un pavo de Navidad, dijo que yo debería estudiar en West Point. Él nunca estuvo en el Ejército. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue tan valioso como civil creador de sustancias químicas que no mereció ser enfundado en traje de soldado, ni convertido en 13 semanas en un imbécil suicida y homicida.

Yo había sido aceptado en la Universidad de Michigan, cuando surgió de la nada este ofrecimiento de asistir a la Academia Militar de los Estados Unidos. La propuesta se planteó en un momento de abatimiento en la vida de mi padre, en una etapa en la que necesitaba algo de qué jactarse y que impresionara a nuestros candidos vecinos, quienes sin duda creían que estudiar en West Point constituía un gran premio, algo así como ser contratado por un equipo profesional de béisbol.

En consecuencia, mi padre aseveró, tal como yo hice más tarde ante los relevos de infantería recién desembarcados en Vietnam: "Ésta es una gran oportunidad."

Dado un mundo perfecto, en verdad me hubiera gustado ser pianista de jazz. Quiero decir jazz. No rocanrol. Me refiero a la música siempre original que el pueblo negro de Estados Unidos dio al mundo. Toqué el piano en una banda integrada por músicos blancos, en mi escuela de Midland City, Ohio, a la que asistían exclusivamente alumnos blancos. Nos llamábamos "Los Mercaderes del Alma". ¿Qué tan buenos éramos? Teníamos que ejecutar la música popular de la gente blanca o nadie nos hubiera contratado. Pero, de vez en cuando, nos desviábamos hacia el jazz. Nadie parecía notar la diferencia. En esas ocasiones, nos enamorábamos de nosotros mismos. Caíamos en éxtasis.

Mi padre nunca debió hacerme ir a West Point.

No importa lo que le haya hecho al ambiente con sus plásticos no degradables. ¡Miren lo que me hizo a mí! ¡Qué papanatas era! Y mi madre siempre estuvo de acuerdo con las decisiones por él tomadas, lo que la convertía en otra tonta de capirote.

Murieron hace 20 años en un extraño accidente, cuando les cayó encima el techo de una tienda de regalos situada en el lado canadiense de las Cataratas del Niágara, a las que los indios de este valle solían llamar "Castor de Trueno".

No hay términos indecentes en este libro, excepto "infierno" y "Dios", por si alguien teme que algún niño inocente pueda ver 1. La expresión que utilizaré para referirme al final de la Guerra de Vietnam es la siguiente: "Cuando el excremento llegó al aire acondicionado." Quizá el único precepto que me enseñó el abuelo Wills y que he respetado durante toda mi vida adulta es aquél que reza que las palabrotas y las obscenidades autorizan a las personas que no quieren oír información desagradable a hacerse las sordas y ciegas.

Los soldados más despiertos que estuvieron bajo mi mando en Vietnam comentarían con cierto asombro que yo nunca utilicé groserías, lo que me diferenciaba de cualquier otro sujeto del Ejército. Tal vez se hayan preguntado si esto se debía a que yo era un hombre religioso.

Al respecto, les contestaría que la religión no tuvo nada que ver. De hecho, mi postura es muy parecida a la de un Ateo, como la del padre de mi madre, aunque esta afirmación la guardo para mí mismo. ¿Para qué discutir con alguien sobre la probabilidad de alguna clase de Vida Después de la Muerte?

"No digo indecencias", les respondería. "Y eso se debe a que tu vida y la de aquéllos que te rodean puede depender de que entiendas lo que te digo. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo?"

Renuncié a mi grado en 1975, después de que el excremento llegó al aire acondicionado. Sin siquiera enterarme, engendré un hijo en el camino de regreso a casa, durante una breve escala en las Filipinas. Sin duda, di por sentado que la futura madre, una joven corresponsal de guerra de la publicación The Des Moines Register, utilizaba un anticonceptivo infalible.

¡Me volví a equivocar!

Abundan las trampas en todos lados.

Creo que la mayor trampa que el Destino me preparó fue una hermosa y agradable mujer llamada Margaret Patton, quien me permitió cortejarla y casarme con ella poco después de mi graduación en West Point, así como engendrarle 2 hijos sin haberme informado de que existía una marcada tendencia hacia la locura en su familia materna.

En consecuencia, su madre, que vivía con nosotros, se volvió loca y luego ella misma perdió la razón. Nuestros hijos tenían motivos para sospechar que también enloquecerían al llegar a la edad madura.

Nuestros hijos, adultos en la actualidad, nunca nos perdonarán por habernos reproducido. Qué confusión.

Me doy cuenta de que al referirme a mi primera y única esposa con una palabra inhumana como la de trampa, corro el riesgo de ser considerado también un artefacto dañino. Sin embargo, muchas otras mujeres no han experimentado problemas para relacionarse conmigo como persona, ni para hacerlo de modo apasionado, y mi interés en ellas ha ido mucho más allá de lo meramente mecánico. Casi siempre he quedado hechizado tanto por sus almas, sus intelectos y la historia de sus vidas como por sus tendencias amorosas.

Pero después de que hube regresado de la Guerra de Vietnam, y antes de que Margaret o de que su madre nos hubiesen mostrado a mí, a los niños y a los vecinos síntomas inconfundibles de su locura hereditaria, ese equipo madre-hija me trataba como una especie de electrodoméstico, aburrido pero necesario, cual vil aspiradora.

Las cosas buenas han sucedido también inesperadamente, "maná del Cielo" en opinión de algunos, pero no en tal cantidad como para hacer de la vida un lecho de rosas o algo que se le asemeje. Justo al cabo de la guerra, cuando no tenía ninguna noción de qué hacer el resto de mi vida, me topé con un ex comandante en jefe que se había convertido en Director del Colegio Tarkington, ubicado en Scipio, Nueva York. En ese entonces, sólo tenía 35 años, mi esposa aún estaba cuerda y mi suegra todavía no enloquecía del todo. Me ofreció un puesto magisterial, y yo acepté.

A pesar de mi falta de créditos académicos más allá del grado de Licenciado en Ciencias obtenido en West Point, pude aceptar ese trabajo con la conciencia limpia porque todos los estudiantes del Tarkington eran de lento aprendizaje, completamente estúpidos o letárgicos, o algo por el estilo. Mi antiguo COM me aseguró que, sin importar la asignatura, tendría pocos problemas para mantenerme al frente de ellos.

Además, la asignatura que él quería que yo enseñara era precisamente aquélla en la que había sobresalido en la Academia: Física.

Ahora bien, mi mayor golpe de suerte, mi mayor porción de maná del Cielo, fue que en el Tarkington había la necesidad de que Alguien tocara el Carillón Lutz, un gran conjunto de campanas ubicadas en la cima de la torre de la biblioteca del colegio, en donde me encuentro escribiendo ahora.

Le pregunté a mi antiguo COM si las campanas eran tocadas por cuerdas. Me contestó que solían serlo, pero que las habían electrificado y que en la actualidad se tocaban mediante un teclado.

—¿Qué apariencia tiene el teclado? —inquirí.

—La de un piano —me respondió.

Nunca había tocado campanas. Muy pocos han tenido esa sonora oportunidad. Sin embargo, como yo sabía tocar el piano, le dije: "Estrecha la mano de tu nuevo campanero."

Sin duda alguna, los momentos más felices de mi vida tuvieron lugar cuando tocaba el Carillón Lutz al principio y al final de cada día.

Hace 25 años vine a trabajar al Tarkington y, desde entonces, he vivido en este hermoso valle. Éste es mi hogar.

Aquí fui maestro. Luego, durante cierto tiempo, me desempeñé como Alcaide, una vez que el Colegio Tarkington se convirtió en el Reformatorio Estatal Tarkington, lo cual ocurrió en junio de 1999, hace 20 meses.

Hoy día, yo mismo soy un recluso de esta institución. Todavía no he sido condenado por nada. Estoy esperando que se presente el caso ante un tribunal, lo cual se llevará a cabo en Rochester, donde se analizará mi supuesta responsabilidad intelectual en una fuga masiva de la Institución Correccional de Máxima Seguridad para Adultos del Estado de Nueva York, situada en Athena, al otro lado del lago.

Resulta que también tengo tuberculosis, y que mi pobre y podrida esposa, así como su madre, han sido enviadas por orden del juez al asilo para lunáticos de Batavia, Nueva York, algo que yo nunca tuve el valor de hacer.

Ahora, me siento tan impotente y despreciado que el hombre en honor del cual me llamaron Eugene Debs, si aún viviera, se habría por fin encariñado un poco conmigo.

2

En tiempos más optimistas, cuando no se comprendía cabalmente que los seres humanos estaban destruyendo el planeta con los desechos de su propia ingenuidad y que, de todas formas, una nueva Edad de Hielo había comenzado, el nombre genérico asignado al carromato tirado por caballos que transportaba mercaderías y colonos a través de las llanuras que se convertirían en territorio de Estados Unidos de América y, más tarde, desde las Montañas Rocallosas hasta el Océano Pacífico, era el de "Conestoga", en virtud de que el primero de estos vehículos se construyó en el Valle de Conestoga, Pennsylvania.

Tales carromatos abastecían a los pioneros de cigarros, entre otras cosas, motivo por el cual, hoy día, en el año 2001, todavía se denomina a los pitillos "stogies", que es un diminutivo de "Conestoga".

Hacia 1830, los carromatos más sólidos y populares fueron fabricados por la Mohiga Wagon Company precisamente aquí, en Scipio, Nueva York, en la estrecha cintura del Lago Mohiga, el más profundo, frío y occidental de los largos y delgados Finger Lakes. Así que los sofisticados fumadores de cigarros podrían dejar de referirse a sus bombas apestosas con el término de "stogies" y, en su lugar, llamarlas "mogies" o "higgies".

El fundador de la Mohiga Wagon Company fue Aaron Tarkington, un brillante inventor y fabricante que, sin embargo, no sabía leer ni escribir. En la actualidad, se le diagnosticaría como un heredero libre de culpa del defecto genético denominado dislexia. Él decía de sí mismo que, al igual que el Emperador Carlomagno, estaba "muy atareado para aprender a leer y escribir". Sin embargo, no lo estaba tanto, puesto que hacía que su esposa le leyera durante 2 horas cada tarde. Como tenía una excelente memoria, dictaba conferencias cada semana a los trabajadores de la fábrica, las cuales adornaba con citas prolijas de Shakespeare, Homero, la Biblia, etcétera.

Procreó 4 niños, un hijo y 3 hijas; todos ellos sabían leer y escribir. Sin embargo, en virtud de que aún portaba el gene de la dislexia, era probable que varios de sus propios descendientes no pudieran llegar muy lejos dentro de los esquemas convencionales de la educación. Dos de los hijos de Aaron Tarkington no heredaron el defecto en cuestión, ya que ellos mismos se convirtieron en autores de libros, los cuales apenas ahora acabo de leer y que sin duda nadie leerá de nuevo. El único hijo varón de Aaron, Elias, redactó un informe técnico de la construcción del Canal de Onondaga, que conectaba el extremo norte del Lago Mohiga con el Canal Erie, justo al sur de Rochester. Y la hija más joven, Felicia, escribió una novela, Carpathia, que versa sobre una muchacha testaruda y aristócrata del Valle de Mohiga que se enamoró de un individuo medio indio encargado del funcionamiento de las esclusas del canal mencionado.

Ese canal fue rellenado y cubierto con cemento; hoy día, es la Carretera 53, que se bifurca en el nacimiento del lago, donde se hallaban las esclusas. Una de las bifurcaciones lleva al sudoeste, atraviesa una serie de granjas y culmina en Scipio. La otra conduce al sudeste, corre bajo la penumbra perpetua del Bosque Nacional Iroqués y concluye en la cima pelada de la colina coronada por las murallas de la Institución Correccional de Máxima Seguridad para Adultos del Estado de Nueva York, esto es, en Athena, aldea situada directamente enfrente de Scipio, al otro lado del lago.

Ténganme paciencia. Esto es historia. Intento explicar cómo este valle, este verde callejón sin salida, se convirtió en lo que hoy es.

Las 3 hijas de Aaron Tarkington se casaron con integrantes de prósperas y emprendedoras familias de Cleveland, Nueva York y Wilmington, Delaware; de ese modo, extendieron inocentemente la amenaza de una pandemia de dislexia a una naciente clase hegemónica de banqueros e industriales, desplazados ampliamente en mi época por alemanes, coreanos, italianos, ingleses y, por supuesto, japoneses.

El hijo de Aaron, Elias, permaneció en Scipio y tomó posesión de las propiedades de su padre, añadiéndoles una cervecería y una fábrica de alfombras accionada por vapor, la primera de su clase en el estado. En Scipio, no había energía hidráulica y su prosperidad industrial no estuvo basada, antes de la introducción del vapor, en el uso de energía barata y de materias primas locales, sino en la inventiva y los altos niveles de destreza de sus habitantes.

Elias Tarkington nunca se casó. Fue herido gravemente a los 54 años de edad, cuando asistía como observador civil a la Batalla de Gettysburg, luciendo chistera y toda la cosa. Estaba ahí para ver el estreno de 2 de sus invenciones: una cocina móvil o de campaña y un mecanismo neumático de retroceso para la artillería pesada. Cabe señalar que la cocina en cuestión, con ligeras modificaciones, fue adoptada más tarde por el Circo Barnum & Bailey, y después por el ejército alemán en la Primera Guerra Mundial.

Elias Tarkington era un hombre alto, delgado y patilludo, que usaba sombrero de copa. En Gettysburg, una bala le atravesó el pecho, pero no lo hirió mortalmente.

El hombre que le disparó fue 1 de los pocos soldados Confederados que alcanzaron las líneas de la Unión durante el Ataque de Pickett. El soldado, Johnny Reb, falleció en éxtasis entre sus enemigos, con la creencia de que había dado muerte a Abraham Lincoln. Una vieja crónica periodística, que encontré en lo que alguna vez fue la biblioteca del colegio y que ahora es la biblioteca de la prisión, da cuenta de sus últimas palabras: "Regresen a su casa, Panzas Azules. El Viejo Satán ha muerto."

Durante los 3 años que pasé en Vietnam, escuché un montón de últimas palabras expresadas por soldados estadounidenses moribundos. Sin embargo, ninguno de ellos tuvo la ilusión de haber hecho algo valioso en el momento del Sacrificio Supremo.

Un muchacho de sólo 18 años de edad me dijo, mientras agonizaba y yo lo sostenía en mis brazos: "Es una sucia broma, una sucia broma".

3

Elias Tarkington, el herido grave que se parecía a Abraham Lincoln, fue trasladado en 1 de sus propios carromatos a su finca de Scipio, desde donde se podía contemplar el pueblo y el lago.

No era una persona que tuviese muchos estudios; era más un mecánico que un científico. Sus últimos 3 años de vida los dedicó a tratar de inventar lo que cualquiera que conozca las leyes de Newton sabe que es imposible, una máquina de movimiento perpetuo. Construyó no menos de 27 artefactos, de los que esperaba tontamente que se mantuvieran en movimiento después de haberles dado una vuelta o empujón iniciales, hasta el Día del Juicio Final.

Alrededor de un año después de mi arribo al Tarkington, encontré 19 de tales obstinadas y chistosas máquinas en el ático de lo que solía ser la mansión del inventor y que luego se convirtió en la casa del Director del Colegio. Las regresé al piso de abajo y al Siglo 20. Junto con algunos de mis discípulos, las limpiamos y les repusimos las partes que se habían deteriorado durante los 100 años transcurridos. Por lo menos, eran unas joyas exquisitas: sus soportes estaban hechos de granate y amatista; sus brazos y patas, de maderas exóticas; sus esferas, de marfil, y sus conductos y contrapesos, de plata. En apariencia, el moribundo Elias intentaba superar a la ciencia con la magia de los materiales preciosos.

El mayor tiempo que mis alumnos y yo pudimos mantener en movimiento al mejor de los artefactos fue de 51 segundos. ¡Toda una eternidad!

En mi opinión, la cual manifesté a los estudiantes, los aparatos restaurados no sólo demostraban la rapidez con que las cosas en la Tierra dejan de funcionar cuando no se les proporciona una energía constante, sino que también llamaban la atención sobre un oficio que había dejado de practicarse. En aquellos días, ya no se fabricaban objetos tan ingeniosos y bellos.

Así que elegimos las 10 máquinas que nos parecieron más seductoras y las colocamos para su exposición permanente en el vestíbulo de esa biblioteca, bajo un letrero cuyas palabras, en la actualidad, se pueden aplicar con toda seguridad a este arruinado planeta:

LA COMPLICADA FUTILIDAD DE LA IGNORANCIA

Al leer periódicos, cartas y diarios de ese entonces, descubrí que los hombres que construyeron las máquinas para Elias Tarkington sabían desde un principio que éstas nunca funcionarían, cualquiera que fuese la razón de ello. Sin embargo, ¡cuánto amor prodigaron a los materiales que las componían! He aquí una definición del gran arte: "Hacer lo más que se pueda con la materia prima de la futilidad."

Otra de las máquinas de movimiento perpetuo imaginada por Elias Tarkington fue lo que en su testamento denominó "Instituto Gratuito del Valle de Mohiga". Después de su muerte, la nueva escuela tomaría posesión de su finca de 3 000 hectáreas, más la mitad de las acciones de la constructora de carromatos, de la fábrica de alfombras y de la cervecería. La otra mitad de los títulos pertenecía desde hacía mucho tiempo a sus hermanas. En su lecho de muerte predijo que algún día Scipio sería una gran metrópoli y que su prosperidad transformaría al pequeño colegio en una universidad que rivalizaría con las de Harvard, Oxford y Heidelberg.

Ofrecería una educación universitaria gratuita a las personas de cualquier sexo, edad, raza o religión que habitaran a una distancia no mayor de 60 kilómetros. Aquellos que llegaran de más lejos pagarían una cuota modesta. Al principio, sólo el Director sería un empleado de tiempo completo. A los profesores se les reclutaría entre los pobladores de Scipio. Estos individuos invertirían unas cuantas horas libres a la semana para enseñar lo que sabían. Por ejemplo, el ingeniero que laboraba en la constructora de carromatos, cuyo nombre era Andró Lutz, nativo de Lieja, y quien había sido aprendiz en una fundidora belga de campanas, impartiría clases de Química. Su esposa, nacida en Francia, enseñaría Francés y Acuarela. El maestro cervecero, Hermann Shultz, oriundo de Leipzig, transmitiría sus conocimientos de Botánica, Alemán y ejecución de la flauta. El Dignatario de la Iglesia Episcopal, Dr. Alan Clewes, graduado en Harvard, enseñaría Latín, Griego, Hebreo y la Biblia. El médico del moribundo, Dalton Polk, ofrecería cátedra de Biología y Shakespeare, etcétera.

Y así ocurrió.

En 1869, el nuevo colegio reunió a su primer grupo: 9 estudiantes, todos ellos moradores de Scipio. Cuatro tenían la edad adecuada para asistir al colegio. Uno era un veterano de la Unión que había perdido ambas piernas en Shiloh. Otro, un antiguo esclavo negro de 40 años. Otro más, una solterona de 82 años.

El primer Director tenía sólo 26 años de edad, y había sido profesor en la escuela de Athena, distante de Scipio a 2 kilómetros por agua. Entonces no existía ninguna prisión ahí, sino simplemente un pizarral, un aserradero y unas cuantas granjas. De nombre John Peck, era primo de los Tarkington. Sin embargo, la rama de la familia de la cual provenía no estaba contaminada con la dislexia. En nuestros días, viven muchos de sus descendientes: 1 de ellos, de hecho, escribe discursos para el Vicepresidente de los Estados Unidos.

El joven John Peck, su esposa, sus 2 hijos y su suegra llegaron a Scipio en bote, con Peck y su mujer en los remos, los niños sentados en la popa, y el equipaje y la suegra en otro bote que venían remolcando.

Se establecieron en el tercer piso de lo que había sido la mansión de Elias Tarkington. Los cuartos de las 2 primeras plantas se convertirían en salones de clase, una biblioteca, que ya estaba constituida con 280 volúmenes reunidos por los Tarkington, salas de estudio y un comedor. Muchos de los tesoros del pasado fueron trasladados al ático, con objeto de contar con espacio suficiente para llevar a cabo actividades. Entre dichos tesoros se encontraban las fallidas máquinas de movimiento perpetuo, las cuales acumularon polvo y telarañas hasta 1978, año en que las descubrí, me di cuenta de lo que eran y las bajé para exhibirlas.

Una semana antes de que se ofreciera la primera clase, que fue de Latín e impartida por el Dignatario Episcopalista, André Lutz llegó a la mansión con 3 carromatos que transportaban una carga muy pesada: un carillón de 32 campanas. Las había moldeado, durante su tiempo libre e invirtiendo recursos propios, en la fundidora de la constructora de carromatos. Fueron hechas de cañones de rifles, de balas de cañón y de bayonetas, provenientes de los ejércitos de la Unión y la Confederación, y que se recogieron después de la Batalla de Gettysburg. Fueron las primeras y seguramente las últimas campanas fundidas en Scipio.

En mi opinión, nada volverá a fundirse en Scipio. Ni se practicarán de nuevo las artes mecánicas en este lugar.

André Lutz donó las campanas al nuevo colegio, a pesar de que no había ningún sitio para colgarlas. Dijo que lo había hecho porque estaba completamente seguro de que algún día el colegio se volvería una gran universidad, con su campanario y todo lo demás. Estaba muy enfermo de enfisema pulmonar, debido a las emanaciones de los metales fundidos que había respirado desde los 10 años de edad. No tenía tiempo para esperar a que hubiese un lugar para colgar la consecuencia más maravillosa de haber podido vivir un poco más: todas esas campanas, campanas y más campanas.

La fabricación de las campanas no fue sorpresiva, duró 18 meses. Los fundidores cuyo trabajo André supervisó habían compartido los sueños de inmortalidad del belga al producir cosas tan poco prácticas y hermosas como campanas, campanas y más campanas.

Así pues, todas las campanas, salvo una de media octava, fueron untadas con grasa para evitar que se oxidaran y almacenadas en 4 hileras en el granero mayor de la finca, situado a 200 metros de la mansión. La campana que se quería utilizar de inmediato fue instalada en la cúpula de la mansión; su cuerda colgaba hasta el primer piso. Serviría para anunciar el inicio de las clases y, en caso necesario, como alarma contra incendios.

El resto de las campanas estuvieron inactivas en el granero durante 30 años. Luego, en 1899, las colgaron formando un sol o conjunto, incluyendo aquélla de la cúpula. Para tal maniobra, se valieron de unos ejes que se hallaban en el campanario de la torre de la espléndida biblioteca donada a la escuela por la familia Moellenkamp de Cleveland.

Los Moellenkamp estaban emparentados con los Tarkington, ya que el fundador de su fortuna se había casado con una hija del analfabeto Aaron Tarkington. Once de los Moellenkamp eran disléxicos y acudieron al colegio de Scipio pues ninguna otra institución de enseñanza superior los habría aceptado.

El primer Moellenkamp que se graduó en Scipio fue Henry, quien ingresó al plantel en 1875, cuando tenía 19 años de edad y la escuela sólo contaba con 6 de haber abierto sus puertas. Fue en ese entonces cuando el nombre de la institución se modificó por el de Colegio Tarkington. Encontré las amarillentas actas de la reunión de la Junta Directiva en la que se acordó dicho cambio. Tres de los 6 miembros de la Junta eran hombres que se habían casado con las hijas de Aaron Tarkington, 1 de los cuales era el abuelo de Henry Moellenkamp. Los otros 3 miembros eran el Alcalde de Scipio; un abogado que defendía los intereses de las hijas de Tarkington en el valle, y el Diputado Local, quien seguramente era también un servidor fiel de las hermanas, puesto que ellas eran socias de las industrias más importantes de su distrito.

De acuerdo con las actas, que se desmoronaban en mis manos mientras las leía, fue el abuelo de Henry Moellenkamp quien propuso el cambio de nombre, argumentando que aquel de "Instituto Gratuito del Valle de Mohiga" parecía aludir a una casa de beneficencia o a un hospital. Creo que no le hubiera importado que el nombre de la escuela remitiera a la idea de un hospicio, si no hubiese experimentado la desgracia de que su propio nieto asistiera a ella.

En ese mismo año, 1875, comenzaron las obras frente a Scipio, al otro lado del lago y sobre una colina de Athena, dirigidas a edificar una cárcel rural para los delincuentes juveniles provenientes de los barrios bajos de las ciudades. Se tenía la creencia de que el aire fresco y las maravillas de la Naturaleza sanarían el alma y el cuerpo de los muchachos hasta el punto de considerar como algo natural el volverse buenos ciudadanos.

Cuando llegué a laborar al Tarkington, sólo asistían 300 estudiantes, cantidad que no había variado en 50 años. Pero el rústico campo de trabajo forzado ubicado al otro lado del lago se había convertido en una enorme fortaleza de hierro y manipostería sobre la desnuda cima de una colina: la Institución Correccional de Máxima Seguridad para Adultos del Estado de Nueva York albergaba bajo llave a 5 000 de los peores criminales del estado.

Hace 2 años, el colegio todavía tenía 300 estudiantes, pero la población de la prisión, bajo monstruosas condiciones de apiñamiento, había crecido a 10 000. Después, en una fría noche invernal, se convirtió en el escenario de la mayor fuga masiva de la historia de Estados Unidos. Hasta ese entonces, nadie se había escapado de Athena.

De repente, todo el mundo tuvo la libertad para irse y también, en caso de necesitarla, para tomar un arma del arsenal de la cárcel. El lago situado entre la prisión y el pequeño colegio estaba completamente congelado, de modo que resultaba tan fácil de cruzar como el estacionamiento de un gran centro comercial.

¿Y luego qué?

Sí, cuando las campanas de André Lutz funcionaron por fin como un carillón, el Colegio Tarkington no sólo contaba con una nueva biblioteca, sino también con lujosos dormitorios, un laboratorio para estudios científicos, un edificio para las artes, una capilla, un teatro, un refectorio, una construcción para oficinas administrativas, 2 nuevos edificios de salones de clase e instalaciones deportivas que eran la envidia de las instituciones con las que se había comenzado a competir en atletismo, esgrima, natación y béisbol; dichas instituciones eran Hobart, la Universidad de Rochester, Cornell, Union, Amherst y Bucknell.

Las nuevas instalaciones llevaban el nombre de las acaudaladas familias que estaban tan agradecidas como los Moellenkamp por todo lo que el colegio había hecho por su progenie, a la cual los planteles convencionales consideraban no educable. La mayoría no estaba emparentada con los Moellenkamp ni con alguna otra familia que portara el gene Tarkington de la dislexia. Además, los jóvenes que eran enviados al Tarkington tampoco tenían necesariamente problemas de dislexia. Más bien, adolecían de otro tipo de males, incluyendo la incapacidad para escribir de manera legible con pluma y tinta, aunque lo que trataran de redactar tuviera sentido; una tartamudez grave que les impedía pronunciar una sola palabra en el aula, y un defecto menor que provocaba que sus mentes se pusieran completamente en blanco durante segundos o minutos, sin importar el lugar y la hora.

Los Moellenkamp fueron los primeros en desafiar al recién inaugurado colegio, al inscribir entre su alumnado a lo que parecía ser un caso irremediable de incapacidad juvenil plutocrática, encarnada por Henry. Este individuo no sólo se graduó con honores en el Tarkington, sino que además continuó sus estudios en Oxford, llevando consigo a un acompañante masculino que le leía en voz alta y plasmaba en papel sus ideas, las cuales Henry podía expresar únicamente de modo oral. Se convirtió en 1 de los más brillantes exponentes de la edad de oro de la retórica y onomatopéyica oratoria estadounidense, fue miembro del Congreso y, más tarde, Senador de los Estados Unidos por Ohio durante 36 años.

Ese mismo Henry Moellenkamp fue autor de la letra de una de las baladas más populares de fines del siglo pasado: "Mary, Mary, ¿Adonde Te Has Ido?"

La melodía de la balada fue compuesta por un amigo de Henry, Paul Dresser, hermano del novelista Theodore Dresser. Ésta fue una de las raras ocasiones en que Dresser musicalizó la letra de otra persona. Más adelante, Henry se apropió de la tonada y le escribió, o más bien dictó, una nueva letra que imbuyó de sentimiento la vida estudiantil de este valle.

Así, la composición "Mary, Mary, ¿Adonde Te Has Ido?" se transformó en el alma del campus, hasta que éste se convirtió en una penitenciaría, lo cual ocurrió hace 2 años.

Historia.

Un accidente tras otro hicieron del Tarkington lo que es en la actualidad. ¿Quién se atrevería a predecir en qué se convertirá hacia el año 2021, a sólo 2 décadas de hoy? Los 2 principales motores del Universo son el Tiempo y la Suerte.

De acuerdo con la frase clave de mi chiste favorito: "No te quites el sombrero. Podríamos ir a dar a muchos kilómetros de distancia."

Si Henry Moellenkamp no hubiera salido disléxico del vientre de su madre, el Colegio Tarkington ni siquiera se habría llamado Colegio Tarkington. Seguiría siendo el Instituto Gratuito del Valle de Mohiga, y se hubiera extinguido junto con la constructora de carromatos, la fábrica de alfombras y la cervecería, una vez que las vías férreas y las carreteras que conectan el Este con el Oeste fueron establecidas muy al norte y muy al sur de Scipio: para no tener que edificar un puente sobre el lago y para evitar una intrusión en el oscuro y virginal bosque, ahora denominado Bosque Nacional Iroqués, ubicado al sudeste de esta localidad.

Si Henry Moellenkamp no hubiera salido disléxico del vientre de su madre, y si ésta no hubiese sido una Tarkington y no hubiera tenido conocimiento del pequeño colegio situado en la ribera del Lago Mohiga, nunca se habría construido esta biblioteca y jamás se la habría llenado con 800 000 volúmenes encuadernados. Cuando yo era profesor, ¡aquí había 70 000 libros más que en el Colegio Swarthmore! Entre los colegios pequeños de educación superior, el Tarkington contaba con una de las mejores bibliotecas, sólo superada por la de Oberlin, la número 1, que reunía 1 000 000 de volúmenes encuadernados.

Entonces, ¿qué es este edificio dentro del cual estoy sentado ahora, gracias al Tiempo y a la Suerte? ¡Es, nada menos, amigos y vecinos, que la más grande biblioteca-prisión en la historia del crimen y el castigo!

Se está muy solo aquí. ¿Hola? ¿Hola?

Podría haber enunciado el mismo tipo de planteamiento cuando ésta era una biblioteca universitaria de 800 000 volúmenes: "Se está muy solo aquí. ¿Hola? ¿Hola?"

Acabo de visitar la Universidad de Harvard. Posee hoy día 13 000 000 de volúmenes encuadernados. ¡Mucha lectura!

Y casi cada libro ha sido escrito para o versa sobre la clase gobernante.

Si Henry Moellenkamp no hubiera salido disléxico del vientre de su madre, nunca habría existido una torre en la cual colgar el Carillón Lutz.

Esas campanas tal vez nunca habrían reverberado en el valle ni en ninguna otra parte. Quizá, habrían sido fundidas y transformadas de nuevo en armas durante la Primera Guerra Mundial.

Si Henry Moellenkamp no hubiera salido disléxico del vientre de su madre, las colinas que circundan a Scipio habrían estado sumidas en la oscuridad aquella fría noche invernal de hace 2 años, con el hielo del Lago Mohiga tan firme como el piso de un estacionamiento, cuando 10 000 prisioneros de Athena fueron liberados de repente. En cambio, esa noche brilló una pequeña galaxia de luces llamativas aquí en las alturas.




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