Historias de la psicología: problemas, funciones y objetivos



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Historias de la psicología: problemas, funciones y objetivos

Hugo Vezzetti

Universidad de Buenos Aires



Resumen

El artículo trata sobre la historia de la psicología como un espacio de conocimiento y un campo de investigación, dentro del campo mayor de las historias disciplinares. Se indaga la pluralidad en el objeto, las psicologías; y en las diversas construcciones del pasado: de los saberes, los usos, la implantación social y cultural, la profesionalización.


Palabras clave: Historia, psicología, historia intelectual, historia conceptual

Abstract

The article deals with the history of psychology as a space of knowledge and a field of research, within the wider field of disciplinary histories. Plurality is explored: in the object, psychologies; and in the different constructions of the past: of knowledges, uses, social and cultural implantations, professionalization.

 

Keywords: History, psychology, intelectual history, conceptual history

“Historia de la Psicología” es hoy sobre todo una asignatura incluida en un marco curricular destinado a la formación de los practicantes de la psicología; es, al mismo tiempo, un espacio de investigación y conocimiento que desborda ese propósito y se incluye en el campo mayor de las historias disciplinares. En lo que sigue doy cuenta de los criterios y la experiencia que sostienen una enseñanza y un programa de investigaciones, desarrollados desde hace casi veinte años en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.1

En el comienzo, entonces, se trata de una historia establecida por, y destinada a, los psicólogos como incipiente comunidad profesional. Sus condiciones no fueron diferentes de las de otras historias disciplinares, particularmente allí donde se reúnen el sustrato científico y el dispositivo profesional: historia de la medicina, de la ingeniería o de la sociología. El primer modelo tiende a continuar y ampliar las “introducciones” o el repaso de “antecedentes” históricos usualmente insertados en los comienzos de una enseñanza: una memoria de la psicología, académica o profesional, que todo profesor se siente obligado a incluir, al modo de un ritual que sirve a la vez para establecer una filiación y afirmar una legitimidad.

Un núcleo más o menos explícito en esos relatos es la cuestión de la identidad, que se construye siempre retrospectivamente, tanto más proclamada cuanto más se advierte, desde los comienzos de la disciplina, que bajo el rubro psicología pueden contenerse conceptos y prácticas muy diferentes. Las disciplinas suelen instituir filiaciones apoyadas en pequeños mitos familiares que nombran un padre, Hipócrates o Newton, por ejemplo. En el caso de los practicantes del psicoanálisis, esa operación se pone en escena de un modo que revela ese pequeño drama identitario: lo usual es instalar y exhibir el retrato del padre del psicoanálisis como un gesto que asegura la continuidad de un linaje. Pero aquí la paternidad es siempre cierta e indisputable, mientras que lo primero que salta a la vista en el caso de la psicología es que se diversifica el elenco de los progenitores. Se puede recurrir a Wundt, por supuesto, pero ¿por qué no Darwin, Fechner, Freud, Watson o Piaget? Las disputas de filiación ofrecen una primera evidencia de una familia a la vez extensa y desorganizada. O bien, para recuperar una ficción iluminadora, un territorio mal delimitado en el que coexisten tribus diferentes, mutuamente incomunicadas y por eso mismo inclinadas a combatirse (Kimble, 1984; Vezzetti, 1998). Es por el contraste con esa identidad plena de la gran familia freudiana (que no impide, como es sabido, profundas fracturas en el plano de las doctrinas) que resalta la precaria armonía de la comunidad de los psicólogos. Esa fragilidad de un campo disciplinar que lleva la marca de un nacimiento dudoso o “problemático” ha sido señalada (Woodward y Ash, 1982); a partir de ese incertidumbre en el origen se aclaran algunas modalidades del refuerzo de legitimidad que se demanda a la historia académica. El primer objetivo planteado a la historia de la psicología en su impacto formativo, particularmente para los estudiantes del grado, apunta a una función pacificadora y compensatoria, que enfrente los riesgos de la anarquía: es notorio que los fantasmas políticos pueblan las historias latentes de las disciplinas en general y de la psicología y el psicoanálisis en particular. El recurso imaginado apunta a la composición retrospectiva de un campo unificado, que se despliega en el elenco de los “precursores” y los fundadores y en las teorías y los procedimientos que trazan una línea desde un pasado legítimo hasta un presente celebrado como el único posible.

Ahora bien, si en los últimos años se han abierto intentos de revisión de los objetivos y las funciones de la historia de la psicología, como el que se propone en esta revista, hay que reconocer un estado de insatisfacción con esa primera función curricular; y, seguidamente, advertir que esa discusión se hace posible por un estado del arte en el conocimiento y la investigación históricos que ya ha comenzado a edificar caminos autónomos. Frente a una historia concebida como una crónica de lo mismo, emerge una posición distinta, de historiador antes que de profesor, que busca su autonomía en la distancia que construye respecto de la función celebratoria o la confirmación de las verdades establecidas. Ese trabajo innovador sobre el pasado, indaga las versiones oficiales, señala los "olvidos", amplía el canon, en fin, explora una dimensión latente y no reconocida del pensamiento de la disciplina.

Un primer signo de ese giro ha sido la inclusión de la historia de la psicología en el marco de la historia de las ciencias humanas. Más aun, es la historia como disciplina de investigación, con sus conceptos y sus herramientas, la que ha quedado destacada como un fundamento necesario, si se trata de eludir las versiones de aficionados que han poblado las historias destinadas a los psicólogos. En todo caso, el historiador de la disciplina, que hoy tiende a concebirse como un especialista, se enfrenta a un doble desafío: por una parte, no puede perder una familiaridad con su objeto, la psicología, cuyo campo busca explorar e iluminar; por otra, cuanto más se afirma en el lugar de historiador (o aspirante a serlo), mas se extiende necesariamente su espacio de trabajo y de interlocución a las disciplinas históricas, sobre todo los rubros que hoy comunican la historia de las ciencias y de las ideas con la de la cultura y los campos intelectuales. Es en ese espacio renovado donde surgen herramientas novedosas en el trabajo sobre el pasado como la arqueología y la genealogía foucaulteanas, una orientación muy influyente en el presente.

Aunque signifique reiterar una obviedad: la función más importante para la disciplina histórica es la iluminación crítica del presente. En el caso de las ciencias humanas (y de la psicología en particular) exige no sólo tomar distancia de cualquier identidad presupuesta (en la tradición de las humanidades, las ciencias naturales, el psicoanálisis, etc.) sino partir de la diversidad de las condiciones, modelos, conceptos y prácticas. Sostenida en ese suelo innovador, la historia puede comenzar por interrogar críticamente la demanda de los practicantes de la psicología que buscan en el pasado un sostén de identidad, y puede emanciparse de las narraciones tranquilizadoras, los desenvolvimientos continuos y la búsqueda de los “precursores”. La cuestión de la unidad ya no se plantearía como un requerimiento que deber ser cumplido mediante una narrativa armonizadora, que en verdad habla menos del pasado que del panorama actual de la psicología. La enseñanza de la historia en los curricula ya no se concebiría como la transmisión de un relato ya armado sino como un amplio horizonte para una investigación en marcha. Con intención crítica, se tratará de que el alumno incorpore, además de información, algunas herramientas de análisis y, sobre todo, cierta sensibilidad para los problemas de la historia y que la reconozca como un saber capaz de iluminar cuestiones presentes de la disciplina. Afirmada en la importancia de la investigación, la enseñanza sobre el pasado reconoce que la “operación historiógráfica” (para recuperar una fórmula feliz de Michel de Certeau, 1975) encuentra su mejor productividad en el rescate de los comienzos divergentes y azarosos. Hoy juega a favor de ese giro en la disciplina histórica un humor genealógico que debe ser recuperado en su potencial innovador sobre las formas más bien inmovilizadas de los relatos académicos.

Desde luego, también la inspiración genealógica produce sus excesos y sus visiones unilaterales del pasado, allí donde la complejidad de las formaciones tiende a simplificarse en un relato homogéneo de los mecanismos del poder. No hay, en ese sentido, una versión canónica de la genealogía como herramienta de análisis histórico. En el propio Foucault, padre de la criatura, puede advertirse que no se trata de un conjunto de reglas generales sino de un modalidad de trabajo sobre las fuentes que se ajusta y se reinventa de acuerdo con los objetos singulares a los que se aplica. En principio, aplicado a la psicología, un abordaje genealógico comienza por rechazar la búsqueda de un origen y se embarca en una exploración interminable de los comienzos contingentes y las continuidades dudosas. En definitiva, no hay una historia de la psicología: hay diversidad de psicologías y pluralidad de historias.


1. LA PLURALIDAD EN EL OBJETO: LAS PSICOLOGÍAS.

Como es sabido, la pregunta, a menudo acuciante, por la unidad de la psicología ha quedado planteada junto con la fundación académica de la disciplina. Antonio Caparrós, a quien tanto debe la nueva historiografía de la psicología en lengua española, supo señalarlo en un análisis esclarecedor y erudito. (Caparrós , 1991) Partir de la propia “conciencia de crisis” proporciona un punto de mira preferible al de cualquier definición sobre lo que es (o quiere ser) la psicología. Si la historia busca renovar e interrogar las representaciones establecidas del pasado, encuentra su mejor punto de partida en la incertidumbre y en la perplejidad expresada por esa originaria conciencia de crisis, que tiende a ser acallada por la institucionalización académica de la psicología y que no obstante establece un motivo perdurable e iluminador de su trayectoria ulterior.

La cuestión de la unidad aparece en el programa expuesto brevemente por Daniel Lagache y discutido en una conferencia de G. Canguilhem, convertida en un texto célebre en los años sesenta (Lagache, 1980; Canguilhem,1958). Pero justamente la búsqueda de unidad emerge como un ejercicio compensatorio frente a la heterogeneidad de tradiciones científicas, objetos, métodos, técnicas y usos de la psicología. El territorio de la psicología se extiende entre la filosofía y las humanidades, la biología y los estudios del comportamiento, las ciencias neurológicas y cognitivas; con apoyos en las disciplinas formales, matemáticas y estadísticas y lazos con las ciencias sociales, las disciplinas clínicas y el psicoanálisis, que contiene en sí mismo un potencial de diversidad y de conflicto. El abanico de asignaturas en un plan de estudios típico revela esa heterogeneidad que en verdad proyecta un programa de formación de casi imposible cumplimiento. Los posgrados y las especializaciones constituyen los caminos hacia una unificación en una tradición (cognitiva, social, clínica..) que se alcanza sobre la base de un olvido retrospectivo de las otras. Algunos han señalado la evidencia de un campo disciplinar estallado y concluyen que debería trasladarse esa diversidad a la formación curricular básica, que debería brindar directamente diplomas en neuropsicología, psicología cognitiva, psicoanálisis, psicología social, etc. Como consecuencia, junto con el campo disciplinar quedaría desarmada la figura profesional del psicólogo.

La historia encuentra una tarea y una mira cuando se aleja de la defensa partisana o el sostén de alguna ortodoxia y admite que la heterogeneidad del campo en su configuración presente depende de su proceso de formación. O sea, que esa diversidad no depende de desvíos o retrocesos en una racionalidad prefijada, sino que los espacios y las tramas de esa formación han obedecido a procesos diversos y heterogéneos. Situada entre la filosofía, las ciencias biológicas y las sociales, la pluralidad de psicologías sólo se ilumina cuando su proceso de formación es situado en una trama disciplinar compleja y móvil. Consecuentemente, se impone la ampliación del corpus, que no puede ya reducirse al catálogo de los autores incorporados al canon de la disciplina, aun admitiendo que en el campo de las psicologías hay más de un canon en la medida en que hay diversas tradiciones. El punto es que una historia de las ideas o de las prácticas de la psicología debe incluir fuentes y recortes del pasado que no siempre serían reconocidos en la memoria establecida de los psicólogos.

En el terreno de los proyecto teóricos hay, desde luego, más de un corpus y el archivo textual se expande interminablemente. Canguilhem, en el texto citado, polemizando con la visión estrecha de Lagache, produjo una ampliación provocadora: para responder a la pregunta sobre el qué de la psicología propone trabajar un corpus inmenso, filosófico y científico. Su ensayo destacaba particularmente, en el nacimiento moderno de la cuestión de la “subjetividad”, el impacto fundante de las revoluciones científica y filosófica y sus consecuencias para los primeros proyectos teóricos de la psicología como “física del sentido externo” (psicofísica), “ciencia del sentido interno” (introspección) o estudio del “sentido íntimo” (diario y literatura del yo). Pero en cuanto se desplazaba hacia el mundo contemporáneo, el proyecto de una “ciencia de las reacciones y el comportamiento” le imponía introducir la dimensión de las prácticas, los usos sociales, en fin, una dimensión ética y política que no puede ser ignorada en el análisis de las tecnologías psicológicas contemporáneas. Canguilhem proporcionaba una preciosa indicación en esa ampliación del paisaje de los saberes: las condiciones culturales de la modernidad se constituyen en un núcleo ineludible de la historia conceptual de la disciplina. Allí nacían, no sólo en el pensamiento sino en las nuevas instituciones, una variedad de figuras del sujeto y del comportamiento que, al mismo tiempo que fundaban la posibilidad de un saber sobre la subjetividad, hacían imposible un ciencia unificada del hombre.

Finalmente, hacia el siglo XIX, la diversidad en los comienzos de la psicología puede ser ordenada, tentativamente, en tres tradiciones: la psicofísica y sus derivaciones en las psicologías experimentales; el evolucionismo y sus efectos sobre la psicología comparada y evolutiva; y la psicopatología y sus consecuencias en la clínica de la hipnosis y las formas modernas de la psicoterapia. Se trata de un esquema tentativo que ha proporcionado un orden en la enseñanza de la historia de la psicología, con miras a iluminar el horizonte contemporáneo (Vezzetti, 2005). Pero en ese agrupamiento tentativo (que no pretende fundar un sistema) se advierte ya que los problemas de la constitución científica de la disciplina no pueden separarse de distintos contextos culturales y de lenguaje, de Inglaterra a Francia y a Alemania, que operan como un suelo ineludible para un análisis histórico. Allí se abre un capítulo fundamental de una exploración capaz de reconocer los tránsitos, las lecturas y traducciones de un espacio nacional a otro. En cierto modo, toda la historia de las disciplinas “psi” puede ser encarada como una historia de las lecturas y las apropiaciones, es decir, según los criterios de los estudios de recepción, a los que voy a referirme más adelante. Por otra parte, esas tradiciones generales no agotan la pluralidad de ideas y proyectos en el período, en las últimas décadas del siglo XIX, en que la psicología alcanza un estatuto académico autónomo. Es posible señalar otros ámbitos, como la psicología colectiva y de las masas, que establecen sus temas y sus objetos, en relación con esas tres corrientes principales. Pero el reconocimiento de esos comienzos diversos previene contra la tentación de alinear esa historia en torno de algún origen esencial.



Además, en la medida en que la psicología, en su fisonomía contemporánea, nace directamente como práctica aplicada (como tecnología) ese espectro diversificado debe incluir, como un tema destacado de la investigación, la dimensión de los usos en la clínica y el diagnóstico, la educación, los grupos y las instituciones, el ámbito jurídico y forense, el trabajo y las profesiones, la publicidad y los estudios de mercado, incluyendo nuevas líneas como la psicología transcultural. No hace falta decirlo, en esos nuevos ámbitos tecnológicos se anudan nuevas relaciones con las tradiciones científicas que revierten y complejizan la diversidad de los conceptos y las teorías. En un análisis notable, que se refiere explícitamente a la dimensión de las prácticas, un joven Foucault exponía otra idea de una primera negatividad en el nacimiento de la psicología. Si en su dimensión tecnológica la psicología moderna podría ser comparada con las prácticas nacidas de las ciencias de la naturaleza, la diferencia salta a la vista: mientras que en las ciencias naturales responden a dificultades o límites que son temporarios y provisionales, la psicología, dice Foucault,
nace en ese punto en el que la práctica del hombre encuentra su propia contradicción. La psicología del desarrollo nació como una reflexión sobre la detención del desarrollo; la psicología de la adaptación como un análisis de los fenómenos de inadaptación; las de la memoria, de la conciencia, del sentimiento aparecieron como psicologías del olvido, del inconsciente y de las perturbaciones afectivas. Sin forzar los términos se puede decir que la psicología contemporánea es, en su origen, un análisis de lo anormal, de lo patológico, de lo conflictivo, una reflexión sobre las contradicciones del hombre consigo mismo. Y si se transformó en una psicología de lo normal, de lo adaptativo, de lo ordenado, es de una manera secundaria, como un esfuerzo por dominar esas contradicciones (Foucault, 1994; Vezzetti, 2001).
Al desplazarse a las prácticas y los usos un estudio histórico de la psicología deberá incluir no sólo la trama de las ciencias humanas y sociales, sino las condiciones sociales y culturales, las nuevas instituciones (en la salud, la educación, el trabajo) y las racionalidades políticas que enmarcan las figuras y los “malestares” de un homo psicologicus que es edificado conjuntamente con los saberes y las técnicas que le son destinados. Y el problema mayor ya no es el principio de unidad (sea en el objeto, el método o el programa) sino el diseño de las exploraciones capaces de restituir las condiciones conceptuales y técnicas, culturales y políticas que se anudan en distintas formaciones de ideas y prácticas. Además, se debe reconocer que las reconstrucciones del pasado dependen de preguntas o problemas que se conjugan en el presente. Es por eso que, aunque parezca que se trata de los mismos hechos y del mismo pasado, hay más de una historia posible y por lo tanto más de un pasado a recuperar.

Dos cuestiones merecen ser resaltadas. Por una parte, el interés presente: no sólo porque la historia puede iluminar cuestiones actuales y actuantes en la disciplina, sino porque en las preguntas mismas que desencadenan la investigación histórica, si están bien formuladas, se juegan modos de intervención sobre el presente. Foucault extrema ese propósito de acción con la idea de favorecer “una conciencia histórica de nuestra propia circunstancia”. (Foucault, 2001, p. 242). Por otra parte, aunque puede parecer una contradicción con lo anterior, se debe reconocer el carácter diferencial del pasado, que se busca conocer en sus rasgos propios. Aquí se incluye el tema, no siempre bien comprendido, de la discontinuidad, que no es un método ni un dogma, sino el simple reconocimiento de que los términos y los “objetos” (sea el yo, el instinto o la conciencia) dependen de marcos epistémicos y socioculturales que deben ser indagados en sus condiciones singulares. Pero inmediatamente salta a la vista que estos dos rasgos del pasado histórico (interés presente y carácter diferencial) no puede ser tomados por separado ni destacados unilateralmente: el énfasis en la actualidad engendra eso que se llama “presentismo” (que es un modo de la ilusión y el anacronismo) mientras que la afirmación de un pasado incomunicado con el presente conlleva el riesgo del “exotismo”. La consecuencia, en cualquier caso, es la clausura de una elucidación histórica capaz de impactar sobre el conocimiento presente. Una primera lección de una historia capaz de dialogar con el pasado, a partir de una distancia justa, es mostrar que las ideas y los proyectos que alguna vez fueron vigentes eran tan legítimos como los que hoy se admiten como incontrastables. Una operación de ese tipo sobre el presente enfrenta resistencias, en la medida en que supone admitir que en el futuro las certezas de hoy pueden ser vistas con la misma extrañeza con la que abordamos algunas convicciones del pasado. Un pensamiento histórico dispuesto a interrogar críticamente las convicciones y las ortodoxias conlleva un saludable efecto antidogmático.



La pluralidad de las psicologías se replica en un estudio igualmente diversificado de condiciones que ya no pueden encontrarse sólo en lo que la disciplina define como su interior. Para decirlo con una fórmula concisa: una historia de la psicología debe ocuparse de temas y objetos que no son parte de la psicología. O sea, no hay ni investigación ni enseñanza de la historia de la disciplina que pueda fundarse en las fuentes restringidas de la psicología llamada “científica”. Como se dijo, la extensión hacia las “ciencias del hombre” establece ya una primera y básica apertura. En consecuencia, la posición y las preguntas del historiador no se forman sólo en el interior de las disciplinas psicológicas sino que requieren una formación suficiente en los conceptos y los procedimientos de la historia. Pero, como se verá, la disciplina historiográfica dista mucho de ofrecer una fisonomía uniforme. De la historia de las ciencias a la historia social y cultural, de la historia de las ideas a la arqueología de los saberes, de la historia de los campos intelectuales a los estudios de recepción, las opciones que se abren al historiador sólo pueden ser encaradas en función de preguntas y objetivos producidos en el curso de la investigación. Finalmente, esa pluralidad se traslada a los públicos: las mejores historias son las que pueden interesar a un público que no se restringe al de los especialistas. Es en contra de la modalidad autocomplaciente, instalada en el parroquialismo de cátedra, que puede plantearse una discusión sobre los principios de una historia que tenga en la mira otros públicos, formados en las tradiciones intelectuales de las humanidades, las ciencias humanas o los estudios literarios y culturales.
2. LA PLURALIDAD EN LA CONSTRUCCIÓN: LAS HISTORIAS.
Vista desde la historia, la psicología se presenta como un objeto complejo, sea que se estudien los comienzos, las formaciones y organizaciones o sus diversos impactos en el pensamiento, en las instituciones y en las prácticas. Esa complejidad y esa pluralidad de impactos no deja de trasladarse a las historias posibles: hay diversas historias en la medida en que los problemas, las preguntas que organizan una investigación histórica pueden ser diferentes. Lo importante es que esa condición plural, que puede parecer una debilidad desde un punto de vista doctrinario, es un desafío y una fuente de interés para el conocimiento, en la medida en que está en la base de cierta cualidad de las formaciones “psi”, que se han mostrado capaces de impactar y permear diferentes expresiones del pensamiento y las prácticas científicas y culturales en el mundo contemporáneo.
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