Historia Tropical: a reconsiderar las nociones de espacio, tiempo y ciencia



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Palacio, Germán. Historia Tropical: a reconsiderar las nociones de espacio, tiempo y ciencia. En: Revista Tareas Nro. 120: Historia ambiental Latinoamericana. Mayo-Agosto 2005. pp. 29-66. CELA, Centro de Estudios Latinoamericanos “Justo Arosemena”, Panamá

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HISTORIA TROPICAL: A RECONSIDERAR LAS NOCIONES DE ESPACIO, TIEMPO Y CIENCIA
Germán Palacio*
*Geógrafo colombiano, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, sede Leticia.
Papers N°74, 2004, revista de so­cio­lo­gía publicada por el Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, España.

Introducción

En agosto de 2001, la Universidad Nacional de Colombia y Colciencias, en colaboración con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia realizaron un seminario internacional de historia ambiental y presentaron ante la comunidad académica un libro sobre historia ambiental de Colombia llamado Naturaleza en disputa.1 Lo que no se conoció públi­ca­men­te fueron las críticas que previamente recibieron de parte de unos pocos historiadores, que no podían pasarse el trago amargo de admitir que otros académicos no provenientes de la historia profesional, entre ellos un biólogo, un economista, un zootecnista, un veterinario, un salubrista, un abogado y un ingeniero, por citar algunos ejemplos, fueran quienes escribieran “historia” ambiental incursionando en un campo presuntamente vedado para no historiadores. Esta irrupción un poco ilegítima para académicos que defienden fronteras disciplinarias, no debería sorprender en un campo bastante novedoso. De hecho, los historiadores profesionales no habían avanzado mucho al respecto ni en Colombia ni en otros confines. En 1988, por ejemplo, Donald Worster escribió un libro en el que introduce a los lectores anglosajones “al nuevo y rápidamente creciente campo de la historia ambiental”.2 En 1993, en La riqueza de la naturaleza, Worster escribió que “la llamada de Aldo Leopold por una interpretación ecológica de la historia, tomó casi 40 años para conformarse”.3 La historia ambiental no sólo es un campo joven sino que aún se mantiene en un lugar marginal dentro de la historia como profesión. Sin embargo, en las décadas de 1980 y 1990, la historia ambiental ha llegado a convertirse en un campo de creciente expansión, impulsado por las preocupaciones globales sobre la crisis ambiental.

En el intento de incorporar rigurosamente la interacción entre naturaleza y sociedad dentro del estudio del pasado, el naciente campo de la historia ambiental le propone desafíos epistemológicos a la ortodoxia de los historiadores profesio­nales. Específicamente, tres tópicos interrelacionados deberían ser redefinidos cuando son aplicados a la historia ambiental. Ellos son: “tiempo”, “espacio” y “ciencia”. Este ensayo empieza por una discusión del tiempo en la historia profesional, a la luz de preocupaciones ambientales. En la medida que los cambios en la naturaleza son verificables en tiempos más largos que la historia militar, social, política, diplomática o económica, la historia ambiental se enmarca en escalas temporales más amplias, proyectándose hacia un pasado que se retrotrae más atrás que la historia escrita tradicional. A su vez, debido a que las preocupaciones ambientales se interrogan por la suerte de las generaciones futuras, la historia ambiental no se refugia en el pasado sino que prefigura visiones hacia el futuro.

En segundo lugar, este documento muestra que la historia profesional más ortodoxa proveniente del siglo XIX cuando en Alemania se empezaron a otorgar doctorados en la disciplina, presentó la acción humana, o bien, diluyendo el espacio, o bien implicándola en un espacio eurocéntrico. En contraste, las preocupaciones ambientales contemporáneas empujan a redefinir los presupuestos espaciales implícitos o explícitos de la historia en una dirección policéntrica antes que eurocéntrica. Me explico: el eurocentrismo debería ser sustituido por una visión que incorpore los trópicos, no sólo como espacios dominados por Europa. Tercero, debido a que los estudios ambientales son parientes cercanos de los desarrollos de las ciencias naturales, los esquemas tradicionales que enfocan las distinciones entre las ciencias naturales y las sociales4 deben ser redefinidas. Dada la influencia desde 1970, en la epistemología de la ciencia, de Thomas Kuhn5 y de Peter Novick, en la historiografía anglosajona, desde fines de la década de 1980,6 este ensayo discute algunos de los argumentos básicos de estos autores. Las conclusiones subrayan los desafíos de una reciente empresa teórica que todavía ha caminado menos de la mitad de un sendero lleno de pantanos, cruces de caminos, desiertos y selvas epistemológicas, esperando redescubrir los senderos que construyan puentes entre el pasado, el presente y el futuro de las interacciones entre los seres humanos y la naturaleza.

A través de la reconsideración de categorías fundamentales tales como tiempo, espacio y ciencia implícitas en la historia tradicional, este ensayo pretende sacar a la luz importantes retos epistemológicos que propone la historia ambiental a la historia tradicional. Tres conclusiones básicas se pueden extraer de esta revisión conceptual. Primero, al hacer explícitas las conexiones entre pasado y futuro, el historiador o historiadora ambiental hace un ejercicio político. Segundo, al sustituir una visión eurocéntrica en historia, este ensayo postula la necesidad de contribuir a la historia de parte de América Latina y otros confines, haciendo claro el carácter tropical de una región que se extiende desde México hasta buena parte de Brasil y Bolivia. Tercero, por su naturaleza interdisciplinaria que compromete un diálogo permanente entre ciencias naturales y sociales, las fronteras disciplina­rias entre historiadores y otros investigadores, sin llegar a diluirse, deben admitir su mutua permeabilidad.
El tiempo en la historia

Si el pasado es el tiempo que convoca las energías académicas de los historiadores, la historia más tradicional es limitada por un período que va hacia atrás hasta las huellas escritas datadas en los orígenes de las antiguas civilizaciones de Oriente. Sólo hasta hace poco, la gente que carecía de registros escritos estaba excluida de esta historia quedando colocados en las áreas de interés de la antropología, la arqueología y otras disciplinas. En general, los pueblos que no dejaron documentos escritos7 fueron desterrados del ámbito de la historia tradicional.

Debido a que los historiadores normalmente justifican la im­portancia de su disciplina por la relevante continuidad en­tre el pasado y el presente, esta conexión es entendida como par­te de un esfuerzo que permite obtener claves para com­prender algunas de las características del presente, dando, de esta manera, una justificación o pertinencia social a la dis­ciplina. Aunque no todos los historiadores comparten esta pers­pectiva, la mayoría de ellos están orgullosos de ofrecer cla­ves explicativas de las sociedades actuales a través del es­tudio del pasado. Esta visión es generalmente aceptada co­mo una forma de “presentismo” legítimo, en contraste con a­que­lla historia que le impone los moldes y las visiones del presente al pasado que se considera históricamente injus­ti­fi­cado. En consecuencia, mi afirmación inicial acerca del pa­sa­do histórico en conexión con el presente8 debe entenderse en el sentido de que la preocupación contemporá­nea sobre el medio ambiente jalona investigacio­nes históricas que no ha­cían parte de la agenda investigativa de los historiadores. Había que reconocer que una preocupación contemporánea, la crisis ambiental, presiona a los historiado­res a escudriñar el pasado de las relaciones entre naturaleza y sociedad.

No obstante, algunos historiadores rechazan la idea de vincular el pasado con el presente. Ellos prefieren asumir que están escribiendo historia como si transcurriera en un continente lejano que no tiene nada que ver con los problemas presentes. La historia, dicen ellos, no enseña nada al presente. Esta posición no continúa siendo tan común, aunque mantiene cierta relevancia. En contraste, es más común encontrar posturas que reconocen relaciones explícitas entre el pasado y el presente. Por ejemplo, la forma como el tiempo es representado dentro de la historia, por lo menos desde la Ilustración, definitivamente vincula no solamente el pasado con el presente sino también el presente con el futuro. Desde el siglo XVIII, el modelo de la Ilustración ha vinculado el presente con el futuro como progreso, mientras refleja el pasado como atraso. El más sofisticado filósofo de la historia heredero de la Ilustración, Friedrick Hegel, esquematiza la trayectoria del tiempo como saltos dialécticos con una dirección progresiva de cambio hacia la realización de la idea, el más elevado estado de la civilización.9 Las muy elaboradas versiones marxistas de la historia, herederas de la concepción hegeliana, no solamente rechazan el idealismo sino tienden a esquematizar una dirección ascendente de la historia más sofisticada que el modelo hegeliano, como una espiral que admite algunas reversiones pero enfatiza la dirección general del mejoramiento progresivo.10

La Ilustración, que es la fuerza central del proyecto mo­der­no, también tiene sus modernos contradictores. Así, por ejem­plo, los románticos tienden a ser nostálgicos de un pasado perdido,11 mientras la visión historicista de Ranke define el tiempo en una forma que no se puede hacer predicciones sobre el futuro dejando la puerta abierta a las fuerzas impredecibles de la historia (humana). La visión nitzscheana del tiempo tiende a ser asociada con un eterno retorno circular, y la perspectiva de Spengler es parabólica en su idea de ascenso y caída de las civilizaciones.12

Una mirada más detallada de estos modelos muestra, por un lado, que a pesar de que algunos historiadores pretenden es­tar preocupados exclusivamente por el estudio del pasado, ellos tienden a conectar implícitamente sus modelos con el pre­sente y con el futuro. Por otro lado, las críticas recientes so­bre las perspectivas etnocéntricas en historia relacionadas con el predominio de la historia escrita, el redescubrimiento de fuentes orales como un manantial de información his­tórica válida y la búsqueda por la historia de los grupos sub­ordinados, han hecho que historiadores y antropólogos e his­toriadores y arqueólogos estén encontrando que sus fronte­ras disciplina­rias se van hasta cierto punto, diluyendo o, al me­nos, que sus objetos disciplinarios se están comple­men­tan­do. La historia, a la luz de las preocupaciones ambientales contemporáneas, amplía su perspectiva tanto hacia atrás a un pasado más remoto, como hacia delante rumbo al futuro.

Esta “visión futurista” está íntimamente relacionada con un movimiento activista más amplio orientado a redefinir las relaciones sociales con la naturaleza en esta época de cambio de siglo. Si, a pesar de esta novedad, la historia ambiental está llegando a ser un campo importante de la historia, ello se debe a que está relacionada con preocu­pa­cio­nes prácticas como la destrucción de la vida, la disminución de la capacidad reproductiva de la tierra como una entidad viva, el deterioro de la calidad de la vida humana y así sucesivamente. Por ello, los grupos sociales conscientes de estas preocupaciones están intentando afrontar el presente y el futuro. La imaginación histórica no puede evitar estas conexiones implícitas o explícitas entre pasado, presente y futuro y los historiadores ambientales no se pueden esconder en una coartada escapista, pretendiendo estudiar el pasado de la manera positivista del siglo XIX, simplemente como la narración de lo que “realmente ocurrió”.13

Los críticos podrían argumentar, con alguna razón, que toda esta problemática ha sido planteada por diferentes historia­dores, filósofos de la historia y, en general, la historiografía. Pueden decir que nada nuevo se está presentando aquí, quizás solamente una creciente importancia o redescubrimiento de asuntos viejos. Sin embargo, hay otra característica abstracta del tiempo que tiene que ver con la conciencia ambiental y que desafía el sentido histórico tradicional. En la medida en que la historia ambiental tiene que ver no solamente con el tiempo de los humanos sino con el tiempo de las interacciones entre los humanos y la naturaleza, hay una especie de desajuste teórico entre estos dos tipos de tiempos. El tiempo de la historia tradicional tiende a ser más corto que el tiempo de la naturaleza. Mientras que la historia política, por ejemplo, cambia con la sustitución de mandatarios o de partidos, la historia del cambio geológico, biológico, climático o paisajístico se mueve en escalas temporales de muy larga duración. Sorprendentemente, desde una perspectiva contemporánea, al principio del siglo XIX, la creencia de que el tiempo era una característica de los humanos pero no de la naturaleza, era muy difundida. El tiempo es, entonces, construido de manera diferente en historia y en otras disciplinas. La historia, en particular, está regularmente en el lado opuesto del sentido tradicional de tiempo de la física mecánica y la astronomía, las cuales tienden a considerar la naturaleza en los siglos XVII, XVIII y en la primera parte del XIX, como una materia inerte.14 En contraste, algunos pioneros de la historia ambiental, tales como la “escuela de los anales”, han trabajado con un sentido histórico diferente. Su perspectiva de “larga duración” amplía el sentido del tiempo histórico tradicional. En la medida en que trata con problemas geográficos y ambientales, esta escuela piensa en términos de períodos más largos.15 En este caso, al cruzar la preocupación histórica del tiempo con la geográfica del espacio aquella se redefine, lo cual constituye el segundo tópico que se trabaja en este ensayo; la discusión sobre el espacio.  


El espacio en la historia

Eurocentrismo entre los historiadores profesionales del siglo XIX

En este ensayo se argumenta que, a pesar del hecho de que la Historia16 es un campo temporal por excelencia, implícita o explícitamente trabaja con presupuestos o categorías espaciales. Estas preconcepciones espaciales están enraizadas en asuntos ambientales. Probaré esta afirmación citando los trabajos de dos de los más grandes pensadores de comienzos de la profesión en Alemania, Leopold Von Ranke y Georg Wihelm Friederich Hegel. Un análisis de su trabajo muestra que la corriente central de la profesión de la Historia en el siglo XIX era, espacialmente, eurocentrista.17

Hegel (1770-1831) es uno de los más respetados filósofos durante el siglo XIX y el XX pero también es, quizás, el menos original y el ejemplo más simplista del determinismo ambiental. En su libro Introducción a la filosofía de la historia, en la sección el “Excerpt” conocido como “Las bases geográficas de la Historia”,18 Hegel afirma que el espíritu se manifiesta en sí mismo en la gente realmente existente y que “esta existencia cae no solamente en el tiempo sino en el espacio también”.19 De acuerdo con él, los factores naturales excluyen la existencia del espíritu “en las zonas tórridas o en las zonas frígidas”.20 Adiciona después: “El verdadero teatro de la historia es, en consecuencia, la zona templada, o más bien, la zona norte”.21 Más tarde hace afirmaciones similares y concluye con una sentencia, que se diría “lapidaria”: “La historia mundial va del este al oeste y así como Asia es el comienzo de la Historia mundial, Europa es simplemente su fin”.22

Tales prejuicios eurocéntricos se habían difundido en Europa desde los escritos del Barón de Montesquieu en el siglo XVIII y sólo se puede comprender su popularización en el contexto del predominio europeo a escala mundial durante el siglo XIX; ni antes ni después. En El espíritu de las leyes, en el libro XIV,23 este pensador de la Ilustración escribió que “la gente es más vigorosa en los climas fríos”. Añade que allí también tienen “un mayor sentido de superioridad”, que contrasta agudamente con los indios (de la India) a quienes los caracterizaba simplemente como gente pusilánime. De hecho, Montesquieu no era original en esta visión. Hipócrates y Tácito creían en la superioridad griega y romana, res­pec­tivamente, basándose también en consideraciones ambienta­les; lo que cambia es la difusión de este seudo-mito. Así, la idea de la superioridad europea, que emergía como una ver­sión continental europea derivada de Montesquieu y más tarde consolidada en el siglo XIX, tenía una larga línea de ancestros.

De forma un poco menos obvia, sin embargo, Leopold Von Ranke, padre de la Historia profesional moderna es, definitivamente, eurocentrista. Tres de sus ideas básicas tienen implicaciones espaciales. La primera es su argumen­ta­ción en contra de una perspectiva de la historia centrada en la civilización latina. De acuerdo con Ranke, Europa es una entidad compuesta por elementos tanto de la civilización latina como de la civilización germana. El objetaba las concepciones europeas que interpretaban la Edad Media como un oscuro período histórico que empezó con el declive del Imperio romano después de que fue invadido por los pueblos bárbaros, las tribus del norte. Ranke estaba interesado en estudiar los más importantes estados que, se consideraba, provenían del mundo romano-germánico.24 En su libro, El ideal de la Historia Universal, Ranke escribía: “El autor debe man­te­nerse muy cercano de las naciones racialmente vinculadas, tanto las germánicas como las de descendencia latino-germá­nica, cuya historia es el centro de la historia moderna”.25

Ranke veía su historia universal como un compendio de historias nacionales.26 El y Hegel compartían la idea de que la política era lo definitivo en la historia. Como resultado, la Historia debería tratar sobre estados territoriales. En con­tras­te, la gente sin Estados no podría ser parte del proyecto de la Historia profesional. Esta es la segunda idea de Ranke que tiene implicaciones (espaciales) eurocéntricas ya que se suponía que Europa era la cuna de los Estados-Nación. Desde los académicos alemanes del siglo XIX, la historia académica se ha concentrado en su mayor parte en la construcción de las naciones y del Estado. Tales académicos argumentarían, con buenas razones, que el Estado es una entidad territorial. La historia hunde entonces sus raíces en un sentido común espacial: el espacio del Estado nacional. Esto está relacionado con las disputas sobre el territorio controlado por el Estado; por ejemplo, la movilización de fronteras internas o las divisiones administrativas. El territorio es concebido como una cantidad abstracta, mensurable y susceptible de transferirse por negociación, por medios diplomáticos y por guerras.27 La racionalidad territorial es también la base del imperialismo de los siglos XIX y XX.

Ranke es considerado el mejor abogado y proponente de un riguroso método histórico basado en documentos escritos de fuentes primarias. Quizás sin proponerse, esta es la tercera idea con implicaciones espaciales. La aproximación metodológica de Ranke excluye pueblos analfabetos del escrutinio de la historia tradicional. Los aztecas, mayas, incas y otros pueblos indígenas americanos, por ejemplo, fueron considerados sólo hasta hace poco, cuando la etnohistoria cambió esta perspectiva, parte de lo que regularmente es llamado la “prehistoria”, lo cual es normalmente estudiado en departamentos de antropología, etnología o arqueología. Este es también el caso de las gentes de las selvas húmedas o de los de los bosques. Igualmente omite los pueblos “primitivos” no sólo por su concepción de que el teatro de la historia es Europa, sino por las implicaciones metodológicas que se refieren a los documentos escritos.28 Ranke excluye India y China de la Historia porque ellos carecen de un sentido histórico.29 Adicionalmente, un lugar común eurocéntrico durante el siglo XIX y la primera parte del siglo XX, era que la civilización podía florecer solamente en zonas templadas y no en los trópicos.

Las investigaciones más recientes muestran que Europa era sólo una periferia de la economía-mundo durante el siglo XIV; que el “descubrimiento” de América le permitió empezar a desplazarse hacia la semiperiferia; que desde el siglo XVIII por la penetración en India y durante la segunda parte del siglo XIX en China, pudo desplazarse hacia el centro de la economía-mundo.30 Por ello, el siglo XIX es el lapso de esplendor del eurocentrismo. El resultado de la primera guerra mundial con la destrucción de Europa, sirve para socavar las bases de ese pretendido eurocentrismo.


Dislocación del eurocentrismo del siglo XIX

El ascenso de Estados Unidos de América a comienzos del siglo XX como un poder civilizado tanto como imperial, planteó una tendencia hacia la descentralización de la historia universal tal como era presentada en la versión eurocéntrica. La expansión de Estados Unidos hacia el oeste, sus victorias militares contra México y su anexión de Texas, fueron pruebas del potencial de la joven nación. Más tarde, a fines del siglo XIX, sus victorias contra España y la toma de Hawai y Panamá fueron decisivos para este cambio. El eurocentrismo empezaba a colocarse en aprietos frente a nuevas potencias emergentes. Sin embargo, a pesar de sus logros materiales y militares, como Peter Novick afirma, los americanos fueron todavía en aquella época, “importadores netos de ideas de Europa”. En particular, tomaron prestadas principalmente de los alemanes las ideas acerca de la historia. Una que ha sido discutida por Novick es la idea de objetividad a lo cual volveremos más adelante. Por ahora este ensayo discute otro término que tiene implicaciones ambientales: la idea de civilización.

Un rápido análisis del concepto de civilización durante el siglo XIX ilumina otros aspectos espaciales del eurocentrismo. Para probar esta afirmación me apoyo en ese saber que se ha generalizado con las enciclopedias. Aunque la información que traen no sea de muy buen recibo académico por su superficialidad, ellas fueron al fin y al cabo, un importante legado cultural europeo del siglo XVIII y XIX, que es precisamente la influencia que nos interesa discutir. Aunque el término “civilización” tiene una etimología latina, su uso moderno está vinculado con los escritores franceses de la Ilustración. Esto se afirma en las enciclopedias francesa, americana, española y soviética; la Enciclopedia Británica no traía esta palabra.31 Todas las enciclopedias señalan que el término no tiene una clara e inequívoca acepción, aunque existe el consenso de que es una idea opuesta a barbarie. La civilización ha asegurado la superioridad humana en la tierra sobre los otros animales, y los climas con estaciones o las zonas templadas del planeta son consideradas más propicias para la civilización que las zonas tropicales o calientes. Curiosamente, la Enciclopedia Francesa de 1886 dice que el término pierde su utilización después de 1835 y la Enci­clo­pe­dia Italiana reconoce que tiene connotaciones peyorativas. Va­rias enciclopedias afirman que tiene una relación con condiciones climáticas o ambientales.32

A diferencia de la Enciclopedia Británica, la Enciclopedia Americana afirma que los historiadores, antropólogos y otros científicos sociales usan el término civilización. Este término vino a los Estados Unidos desde Alemania y sus orígenes pueden ser rastreados en el estudiante favorito de Kant, Johan Godfried Von Herder, pero con una argumentación en contra del significado francés. La noción de civilización en alemán debe ser usada en plural, en contraste con el uso que se le da en el francés.33 Hay civilizaciones, entre las cuales se cuenta por ejemplo, la francesa, alemana, hebrea o china. Esta palabra también tiene el significado que trabajó el antropólogo americano Lewis H. Morgan a fines del siglo XIX, como etapas evolutivas de la humanidad desde la fase del salvajismo, pasando al barbarismo y luego a la civilización.34 Esta versión antropológica revitalizó la noción de civilización

En resumen, la idea de civilización es pariente de la idea de progreso por transformaciones lentas y saltos cualitativos, y debe ser usada en plural. Esta contribución alemana permitió que el término incluyera las grandes culturas del hemisferio occidental y oriental diluyendo el francocentrismo cultural. El término estaba presupuestado para ser aplicado a pueblos urbanos y sedentarios. La civilización no era entonces exclusivamente francesa al cambiar el singular del sentido francés por el plural propio del alemán y así también los americanos podía alcanzar un lugar de conformidad con la nueva semántica de la Historia Universal, hecho que más allá de la semántica, lograron a comienzos del siglo XX. El resultado fue ambivalente; los alemanes prefirieron normalmente el término de cultura al de civilización, pero los americanos en el siglo XX tendieron a despreciar las ideas de civilización por su atadura al eurocentrismo. En todos los casos, los trópicos, lugar no solamente de los bosques sino también de los pueblos cazadores y recolectores, fueron excluidos por mucho tiempo de la historia profesional.35

El desarrollo económico y las victorias militares de los Estados Unidos en el siglo XX, desplazaron el “eje de la historia” hacia el occidente americano y los historiadores norteameri­canos alcanzaron así un lugar especial en la profesión de la historia en la medida en que su país que a propósito es un país templado, ganó importancia en el teatro de la historia para utilizar la metáfora alemana. Varios académicos habían predicho tal éxito en el siglo XIX cuando ellos limpiaran sus bosques nativos. Hegel fue uno de estos académicos.36 Otros eventos históricos dieron una patada final al eurocentrismo del siglo XIX. Primero, debido a las victorias japonesas sobre las tropas del Zar a comienzos del siglo XX, el imperialismo europeo encontró nuevos competidores en el este. Segundo, los levantamientos sociales cambiarían drásticamente o, por lo menos, enriquecerían la historia política y social predominante empezando con la Revolución mexicana en 1910 y la Revolución rusa en 1917. Las perspectivas eurocéntricas empezaban a reconocer que el oriente y también el sur eran parte del escenario de la his­toria. Final­mente otras revoluciones sociales y la descolo­ni­za­ción de Afri­ca, Asia y el Caribe después de la segunda guerra mundial pon­dría fin al mito del siglo XIX de que el teatro de la historia estaba centrada en Europa occidental.


Los trópicos y la historia

Si bien el pensamiento eurocentrista dudaba que de los trópicos pudiera predicarse historia y civilización o, si la había, era inferior a la europea, como lo probaba la derrota de pueblos enteros de regiones densamente pobladas en México y Guatemala o Ecuador, Perú y Bolivia, ¿en qué consistían los trópicos? ¿Cómo veían los europeos aquello que no eran ellos? ¿Cómo contrastaban sus tierras templadas con las regiones tórridas del planeta? La respuesta fue variada. Primero, desde las versiones de Cristóbal Colón sobre el Caribe, el trópico fue percibido como Edén. Quizás, dice David Arnold, los primeros viajeros provenientes del sur de Europa más exactamente del Mediterráneo, aunque notaban la diferencia, ella no era tan notoria como cuando fueron los franceses, holandeses e ingleses un par de siglos después y percibieron el contraste. En ambos casos, incluso cuando se descubrieron Tahití y las islas del Pacífico, la percepción edénica se reforzó.37 Esta visión se cualificó e influyó no sólo a europeos, sino que además marcó a los patriotas americanos que lucharon por la descolonización, a comienzos del siglo XIX, con la versión de Alexander von Humboldt sobre América. Humboldt articuló una visión cósmica sobre una naturaleza armoniosa e interconectada, tal como se percibe inclusive hoy en día en las visiones ecologistas y neorománticas. La influencia de Humboldt en el pensamiento ambientalista contemporáneo no puede ser sobreestimada. Además de esta visón cósmica de la naturaleza tropical, transmitió una versión complementaria de la naturaleza americana desprovista de población, casi intocada por la mano del ser humano. En sus “paisajes grandiosos pero vacíos apenas sí aparecen seres humanos”.38

En contraste, nítidamente durante el siglo XIX, con los procesos de colonización de África, del Asia-pacífico tropical así como la expansión del capitalismo neocolonialista, el trópico aparece ante los ojos europeos como una región malsana donde la propagación de miasmas y enfermedades, además de un espacio infestado de bichos, insectos y fieras, ponen en peligro la salud humana. Allí, como lo ilustra The Heart of Darkness, en la versión novelada de Joseph Conrad o La Vorágine, para el caso amazónico de José Eustasio Rivera, la naturaleza tropical no era un Edén sino un infierno. Arnold ha planteado que hay una intrínseca ambivalencia europea con respecto a los trópicos, que va de la noción edénica a la infernal.39 Se podría agregar que esta ambivalencia sólo se configuró plenamente durante el siglo XIX con el esplendor del eurocentrismo.

Una segunda ambivalencia se desprende del etnocentrismo europeo. En términos generales, el trópico no fue considerado por los europeos sólo por su naturaleza, sino también por la gente que lo poblaba. Una gente a la que le costaba pro­ducir elevadas formas de civilización. De un lado, la población nativa fue representada como “nobles salvajes” convivien­do armóni­ca­mente con la naturaleza; y aunque esta visión tie­ne sus raíces remotas en los relatos de Colón, fue el francés Montaigne en su viaje a Brasil quien la inmortalizó. De o­tro lado, se fijó una visión negativa de la gente trópico en el si­glo XIX. Primero, fue en el trópico en donde se consolidó la es­clavitud y fueron los ingleses los campeones de la lucha por su abolición durante el siglo XIX. Segundo, la penetración im­perialista europea en Africa y neocolonialista en el Amazo­nas enfrentó a los europeos y a sus herederos mestizos ameri­ca­nos a la resistencia nativa. Una parte importante del peligro que enfrentó al trópico con la civilización fue el canibalismo.40 Tercero, en las regiones en que el trópico es cálido pero no húmedo, se construyó la percepción, en una versión que en­caja con el carácter edénico de la naturaleza, de que la po­blación tenía una existencia fácil premiada por el carácter ubérrimo de la naturaleza, que impedía o desesti­mulaba la con­sagración al trabajo. Se trataba de un lugar en que, por ne­cesitarse menos vestido, abrigo y fuego y por salvarse de las penurias del invierno que exigían previsión, cálculo o pla­nea­ción, había una tendencia a la pereza y a la indolencia. Si la gente del trópico había sido premiada por la naturaleza, era re­prochable moralmente. Esta actitud moral tenía un origen am­biental.

La historia del trópico americano se podía contar como un pro­ceso de expansión civilizatorio europeo en dos fases: pri­me­ro con la invasión de los pueblos ibéricos y luego con la ex­pansión neocolonialista europea del siglo XIX. Sólo el colapso eu­ropeo a fines de la primera guerra mundial abrió el espacio pa­ra cuestionar el eurocentrismo. Luego, la victoria de Es­tados Unidos en la segunda guerra mundial, opacaría la im­portancia de la metáfora de la “civilización” sustituyéndola por la de “desarrollo”. Mientras que la noción de “civilización” im­plicaba una especie de condena del trópico, la idea del de­sa­rrollo convertía al trópico en un nuevo desafío para su as­pi­ra­ción transformadora. El desarrollo podría aplicarse al trópico. Ex­puesto el problema de la noción del espacio construido bajo la lógica del eurocentrismo, le corresponde el turno a las im­pli­caciones para la Historia de la división entre ciencias na­tu­rales y ciencias humanas.

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