Historia de israel



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HISTORIA DE ISRAEL

Domingo Cosenza OP

http://www.geocities.com/domingocosenza
El pueblo de Israel, durante más de quince siglos antes del nacimiento de Jesús, siguió atento a Dios, reflexionando en sus relaciones históricas con él, construyendo su teología del universo, del destino común y de su vida personal, descifrando y admirando los maravillosos designios de su Dios. La meditación, el diálogo con Dios, las preguntas y las respuestas de los profetas y de los sabios fue formando una magnífica escuela de auténtica espiritualidad, dejando a la posteridad sugerencias para que cada hombre pueda meditar en su propia vida la continuidad de un único designio de Dios.

INDICE

  • Hijo de un arameo errante.

  • Un rey como en todos los otros pueblos.

  • Los mensajeros de Dios.

  • El pueblo elegido.

  • Otra vez en la patria.

  • Luchando para conservar las tradiciones.

  • A la sombra de la temible águila imperial.

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA.


I. Hijo de un arameo errante
Los documentos extrabíblicos y las excavaciones arqueológicas proporcionaron el transfondo histórico que se extiende desde cerca del 1700 a.C. Ubicando los textos bíblicos en la historia de la literatura oriental es posible una comprensión más precisa de la intención de los redactores, así como del mensaje que han dirigido a sus primeros destinatarios. Sin embargo, no hay que olvidar que, a pesar de las semejanzas de los textos bíblicos con documentos extrabíblicos, el autor bíblico mantiene siempre algo original: su fe monoteísta.


1800 aC


Los antepasados nómades de Israel

Israel era un pueblo pequeño del medio Oriente formado por la agrupación de varios clanes nómades establecidos paulatinamente en el país de Canaán. Los primitivos habitantes cananeos, en cambio, eran un pueblo sedentario que habitaba en pequeñas ciudades autónomas que guardaban alianzas entre sí. Como pueblo sedentario estaban ligados ancestralmente a un territorio, en el que habían vivido y en el que estaban sepultados los antepasados. Su supervivencia dependía de la fertilidad del suelo que se renovaba anualmente según el ritmo de las estaciones. En todos los santuarios los cananeos se adoraba al dios El, el padre de todos los dioses y de los hombres, el creador sabio, bueno y justo. También al joven dios Baal y a Anat, la diosa de la fecundidad. Las estaciones reflejaban la vitalidad de estos dioses y la fertilidad del suelo dependía de la fertilidad de los dioses y diosas que se unían en matrimonio. El culto consistía en muchos casos en ejercer con ciertas prostitutas sagradas la unión que realizaban los dioses y diosas y que aseguraban la fertilidad del suelo. Un texto descubierto en la antigua ciudad cananea de Ugarit (Rash-Samra, Siria) nos describe uno de estos ritos de fecundidad o matrimonio sagrado: "Avanza hasta la orilla del Océano.../ que hacen subir, que hacen subir hasta la orilla del estanque/ una baja, la otra sube; la primera grita papá, papá/ y la segunda grita mamá, mamá,/ la mano (miembro viril) de El se alarga como el mar/ y la mano de El como la ola,/ larga es la mano de El como el mar/ y la mano de El como la ola./ Toma El a las que hacen subir/ a las que hacen subir hasta el borde del estanque agarra, pone en su casa./ El su vara hace descender. El se despierta. El desciende./ el bastón de su mano levanta/ dispara hacia el cielo la lluvia de otoño/ dispara en el cielo un pájaro la nube/ lo despluma lo pone/ sobre el carbón. Las esposas de El/ ¡cómo son seductoras!/ si las esposas gritan/ oh marido, marido haciendo descender tu vara/ el cetro de tu mano/ debilitando la tensión/ he aquí que el pájaro se chamusca" (UT 52,30-41). Es interesante comparar este ritual con el que condenaría muchos siglos más tarde el profeta Oseas: y no me llamará más: "Baal mío" (2,18).

Para los hombres errantes que vivían de sus rebaños, la realidad cotidiana estaba, en cambio, determinada por la búsqueda de pastos para los animales. Cuando se abandonaba un territorio, por sequía o inseguridad, el ponerse en marcha implicaba una verdadera aventura hacia lugares desconocidos. Una aventura donde se jugaba la existencia entera de la tribu. La señal de partida la daba el jefe tribal por inspiración del dios del clan, el dios de los padres. Esa inspiración la sentía como un mandato y como una promesa: Vete de aquí a la nueva tierra que yo te mostraré. Ese dios patriarcal era concebido como señalando el camino y acompañando a los antepasados. Lo único que reclamaba era obediencia y confianza. Obviamente, no podía pensarse en dioses extraños junto a él. Este dios no estaba ligado a un determinado lugar o territorio, como era el caso de los dioses cananeos, y no habitaba en un templo. El dios de cada clan errante era un dios pastor. A él pertenecían los animales, así que el sacrificio mismo de un animal destinado a la alimentación era un acto de culto; era una experiencia de comunión con ese dios. Estos datos pueden observarse como el fondo común de la experiencia religiosa de los nómades del desierto de Arabia.

La fiesta mayor de estos pastores nómades era el comienzo de la transhumancia, en primavera. Con esta ocasión escogían un cordero joven, sin defecto alguno, cuyo sacrificio aseguraría la fecundidad del ganado y su protección contra las enfermedades. La sangre del animal sacrificado se usaba para marcar los postes de las tiendas, y de esta manera se aseguraba el alejamiento de los poderes maléficos que afectaban al ganado, el exterminador. El animal se comía asado al fuego, acompañado con pan sin levadura (todavía hoy es el pan de los beduinos) y con hierbas amargas (plantas del desierto). Era una fiesta nocturna celebrada durante el plenilunio (porque era la noche que aseguraba más claridad).

En una fecha difícil de precisar, algunos clanes nómades fueron penetrando en el país en sucesivas migraciones. En efecto, en la correspondencia que los reyes vasallos cananeos dirigían al faraón Amenofis IV (1379-1362) son mencionados unas gentes extranjeras llamadas hapiru. Estas cartas descubiertas en 1887 en El Amarna, a orillas del Nilo a 300 km al sur del Cairo, nos informan de las correrías de estos grupos cuya descripción encaja muy bien con la que la Biblia hace de los hebreos. Hay que tener en cuenta que en los relatos bíblicos el término hebreo es usado casi exclusivamente por egipcios o filisteos para referirse a los primitivos israelitas, y no por los israelitas para autodenominarse. Estos hapiru podrían ser entonces los antepasados itinerantes de Israel. En las cartas de El Amarna, el príncipe de Guézer se queja ante el faraón del saqueo realizado por los nómades sobre las ciudades de Canaán aprovechando la debilidad momentánea de Egipto: "Al rey, mi señor, mi dios, mi sol, di: así dice Milkili, tu siervo, el polvo de tus pies. Me he postrado siete veces y siete veces a los pies del rey, mi señor, mi dios, mi sol. Que sepa el rey, que es fuerte la hostilidad contra mí y contra Shuwardata. Que el rey, mi señor, proteja a su país de la mano de los hapiru. Si no, envíe el rey, mi señor, carros para recogernos y no nos abatan nuestros siervos" (carta 271). De la misma situación desesperada le informa a Amenofis el príncipe de Gaza, Shuwwardata: "Que sepa el rey, mi señor, que el hapiru se ha levantado contra el país, don del dios del rey, mi señor, a mí, y le ha atacado. Y que sepa el rey, mi señor, que me han abandonado todos mis hermanos, y que yo y Abdi-Heba (el príncipe de Jerusalem) mantenemos reyerta con el hapiru" (carta 366).

Estos clanes nómades se habrían relacionado entre sí hasta reconocer una misma identidad cultural y un mismo origen étnico. Entonces el jefe de cada clan llegó a ser considerado como miembro de una única familia con un antepasado común. La estructura genealógica presentada posteriormente por el narrador de los relatos patriarcales expresaría, entonces, las relaciones comerciales, sociales y religiosas que estos grupos diversos establecieron a lo largo del tiempo. Las tradiciones, patrimonio de cada uno de los grupos, se habrían entrelazando y armonizando a medida que éstos se relacionaban entre sí. Así Abraham llegó a ser padre de Isaac, e Isaac padre de Jacob.

Al relacionarse los clanes entre sí, combinando sus tradiciones a través del recurso genealógico, el dios paterno de un clan llegó a ser el dios de los otros clanes agrupados. De este modo se pudo considerar como una misma divinidad el dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Israel. Cuando, finalmente, los jefes de estos clanes llegaron a Canaán y se encontraron con los antiguos santuarios cananeos, el contacto con la cultura del lugar haría a los patriarcas identificar al dios de los padres con la divinidad adorada en esos lugares. Por eso El pudo haber sido considerado el dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Israel. Sería honrado a través de piedras sagradas levantadas en su honor o reuniéndose bajo la encinas y los tamariscos. Todas esas prácticas, que serán más tarde condenadas por los profetas de Israel, se remontarían a los primeros tiempos de la llegada de los antepasados nómades a Canaán.

Las tradiciones sobre el patriarca Abraham aparecen en la Biblia relacionadas al santuario cananeo de Hebrón-Mambré, tal vez porque allí fueron conservadas y transmitidas, las referidas a Isaac en torno a Bersheva, las de Jacob en Betel, y las de Israel en Siquem. La agrupación de los relatos habría llevado al narrador a trazar una ruta que unía los santuarios, y por la cual se habría desplazado la familia de los patriarcas.

Además de las cartas de El Amarna, otros textos orientales describen la situación del país por aquella época. Tiene especial importancia el relato del egipcio Sinuhé, que narra sus andanzas entre los habitantes del país cananeo después de huir de la corte del faraón. Los manuscritos más importantes del relato son el papiro de Berlín y el papiro del Ramesseum (Egipto), que se completan mutuamente y nos dan un texto que contiene 335 líneas. Escrito en primera persona, este relato se presenta en forma de autobiografía funeraria en la que se mezcla la ficción con la realidad. Se compuso esta obra a comienzos de la XII dinastía, sin duda bajo Sesostris I (1962-1928 aC).

Este largo relato nos ofrece una descripción de las costumbres que existían en Retenu (es decir Siria-Palestina) en la época estimada de la vida de los patriarcas. La población de Retenu, calificada globalmente de bárbaros por los egipcios, se compone de nómades (los corredores de arena), de seminómadas (los Setyu) y de sedentarios (los Aamu): "Me puse en pie después de haber oído el mugido del ganado y divisado a los Setyu. Un jefe que se encontraba allí y que había estado en Egipto me reconoció. Entonces me dio agua, me hizo cocer leche, fui con él a su tribu y ellos me trataron bien... Pasé numerosos años; mis hijos se habían convertido en guerreros, cada uno de ellos dirigiendo su propia tribu. El mensajero que descendía o subía hacia la Corte se paraba a mi lado, pues yo hacía parar a todo el mundo. Yo daba agua al sediento, ponía en camino a aquel que se había extraviado, socorría a quien había sido robado. Cuando los Setyu iniciaron las hostilidades contra los jefes de los países extranjeros, yo aconsejaba sus movimientos, pues el príncipe de Retenu hizo que yo pasara muchos años como comandante de su ejército. Yo atacaba victoriosamente cada país contra el que partía, de manera que era despojado de sus pastos y de sus pozos; capturaba su ganado, llevaba conmigo a sus habitantes, tomaba su comida, masacraba a sus gentes que estaban allí, por mi fuerte brazo, mi arco, mis maniobras y mis excelentes consejos".

Se describe en el mismo texto un combate contra el fuerte de Retenu: se trataría de uno de esos combates singulares como el que la Biblia nos refiere entre David y Goliat (1 Sam 17), costumbre guerrera que permitía evitar una matanza general: "Vino un hombre fuerte de Retenu que me provocó en mi tienda. Era un héroe sin par y había vencido al país de Retenu todo entero. Decía que lucharía conmigo; pensaba que me despojaría y se proponía robar mis rebaños según el consejo de su tribu". En el texto egipcio, el vencido acaba su vida bajo su propia arma y Sinuhé pisa el cuerpo de su enemigo lo mismo que David el del filisteo: "Después que hube escapado a sus armas, dejé pasar sus flechas ante mí sin efecto, a pesar de que una seguía a la otra. Luego se lanzó contra mí. Yo disparé contra él y mi flecha se clavó en su cuello. Gritó y cayó sobre su nariz. Le abatí con su propia hacha y proferí mi grito de guerra sobre su espalda. Todos los Aamu vociferaron. Realicé una acción de gracias a Montu, mientras que sus gentes se lamentaban sobre él. Este príncipe Amunenshi me abrazó. Entonces me apoderé de sus bienes, tomé sus animales; lo que él había planeado hacer conmigo, se lo hice a él. Tomé lo que había en su tienda y saqueé su campamento".



1250 aC

La salida de Egipto.

Algunos de estos clanes, empujados por el hambre o la falta de seguridad, habrían emigrado a Egipto, a la región cercana al Delta del Nilo. Una carta de un oficial de fronteras hacia el 1200 a.C. da cuenta a su superior de las órdenes recibidas respecto a las tribus Shosu, que recorren el país en busca de agua y pastos para su ganado: "Otra satisfacción para mi señor: nosotros hemos terminado de hacer pasar a las tribus de los Shosu de Edom por la fortaleza de Marenptah-hotep-her-Maat, Vida, Salud, Fuerza, que está en Cheku, hasta los estanques de Pitom de Merenptah-hotep-her-Maat, que están en Cheku, con el fin de mantenerlos con vida y mantener vivos sus rebaños, según el placer del faraón, Vida, Salud, Fuerza, el sol perfecto de todo el país, en el año 8" (Papiro Anastasi VI). Según este texto, lejos de mostrarse hostiles, los egipcios intentan proteger a las poblaciones seminómades que llegan a sus fronteras. Las tribus Shosu parecen tener como territorio habitual el país de Edom, al sur del país cananeo. Este contexto concuerda con la situación descripta en Gn 47,1-13, respecto a la inmigración de los hebreos en Egipto debido al hambre que padecían en Canán.

También la mención en este texto de la ciudad de Pitom (nombre de un santuario de la ciudad de Cheku, en el Delta oriental, en la actual Tell el Maskhutah) permite establecer alguna relación respecto a la estadía posterior de los clanes hebreos en el país. En efecto, Pitom es nombrada también en el relato de Ex 1,11 en relación a trabajos forzados de construcción de ciudades. Las relaciones entre los egipcios y los clanes nómades no eran, por tanto, siempre pacíficas. En los tiempos de Ramsés II (1290-1224), la mano de obra para las grandes trabajos públicos la proporcionaba el ejército, los prisioneros de guerra y los esclavos. Es posible que los rebeldes hapiru de Canaán mencionados en las cartas de El Amarna, al ser hechos prisioneros por el ejército egipcio, pasaran a ser en Egipto obreros al servicio del faraón. El papiro Leyde 348 nos ofrece un testimonio de unas instrucciones recibidas por el encargado de una obra: "Distribuye raciones a los hombres de la cuadrilla y a los hapiru que transportan la piedra para el gran pilono de Ramsés Mery-Amón".

Algunas veces el sometimiento era necesario para evitar rebeliones o alianzas con pueblos invasores. Porque la inmigración de clanes asiáticos se había dado también en forma de invasiones que llegaron a someter el país. Manetón de Sebennitos (siglo III a.C.) escribió una obra titulada Aegyptiaca, que no se ha conservado, pero la cita Flavio Josefo en su Contra Apión a propósito del dominio de unos grupos semíticos en Egipto, llamados globalmente hiksos: "Desde oriente, un pueblo de raza desconocida tuvo la audacia de invadir nuestro país y, sin dificultades ni combates, se apoderó de él a la fuerza. Se apoderaron de los jefes, incendiaron salvajemente las ciudades, arrasaron los templos de los dioses y trataron a los indígenas con la mayor crueldad, degollando a unos, llevándose com esclavos a los niños y a las mujeres de los demás. Al final, llegaron a hacer rey a uno de los suyos llamado Salitis. Este príncipe se estableció en Menfis, imponiendo tributos al país y dejando una guarnición en las plazas más convenientes. Sobre todo fortificó las regiones del este, ya que preveía que los asirios, más poderosos algún día, atacarían el reino por allí. Como hubiera encontrado en el nomo Setroítes una ciudad de una posición muy favorable situada en el brazo Bubástico y llamada Avaris según una antigua tradición teológica, la reconstruyó y la fortificó con murallas sólidas... Al conjunto de esta nación lo llamaban hiksos, es decir reyes pastores".

La dominación de los hiksos se prolóngó desde 1730 a 1550. Un texto narra el propósito de reconquista egipcia. El texto se encontró primero en una tablilla descubierta en Tebas en 1910. La tablilla resultó ser la copia de un documento histórico, del que en 1932 y 1935 H. Chevrier descubrió dos fragmentos en una estela erigida en el templo de Karnak y que llevaba una inscripción del faraón Kamose: "Su Majestad habló en el palacio al Consejo de los Grandes que están en su séquito: "Yo estoy informado de lo que es mi poder. Un príncipe está en Avaris, otro en Kush y yo me siento en asociación con un Aamu y un Nubio. Cada uno de ellos posee su parte de este Egipto, repartiendo el país conmigo. Yo no puedo llegar hasta Menfis, las aguas de Egipto. Mira, él (el jefe hikso) tiene Shemun y nadie puede establecerse, al ser despojado por los impuestos de los Setyu. Yo combatiré con él de manera que pueda abrirle el vientre. Mi deseo es salvar a Egipto y derrotar a los asiáticos".

En 1954 se descubrió una segunda estela del rey Kamose en la entrada de la gran sala de Karnak. La inscripción resultó ser la continuación de la primera estela. El texto comienza de forma abrupta con una réplica de Kamose a un mensaje de Apofis, rey hikso. El soberano de Tebas anunciaba, como ya realizada, la toma de Avaris, la capital de Apofis. Éste debía estar preocupado por la iniciativa de Kamose y por eso habría enviado un mensajero al rey de Kush. El mensajero habría sido interceptado, por lo cual el soberano egipcio pudo conocer el contenido del mensaje: "Yo capturé su mensaje más allá del Oasis, viajando al sur de Kush, en una carta escrita. Encontré en ella esto que sigue por escrito de la mano del soberano de Avaris: "Auserre, hijo de Re, Apofis, saludo a mi hijo el príncipe de Kush. ¿Por qué te has alzado como soberano sin hacérmelo saber? ¿Has visto lo que Egipto ha hecho contra mí? El soberano que está en el interior, Kamose, el victorioso, dotado de vida, me ataca en mi territorio, pero yo no le he atacado de la misma manera que él ha actuado contra ti. El ha elegido los dos países para acosarlos, mi país y el tuyo, y él los ha destruido. Ven, navega río abajo, no temas. Mira, él está aquí junto a mí; nadie te pondrá obstáculos en este Egipto, pues no le dejaré el camino libre hasta que tú llegues. Luego repartiremos las ciudades de Egipto y el país de Nubia se alegrará".

Como consecuencia de la captura del mensaje no pudo llevarse a cabo el plan de Apofis tal como estaba previsto. Pero a pesar de sus deseos, Kamose no consiguió echar a los hiksos de Egipto. Fue el faraón Ahmés quien se apoderó de Avaris y persiguió a los Aamu hasta Asia. Con la toma de Sharuen (hacia 1550 a.C.) el dominio hikso en Egipto llegó a su fin.

Es posible que entre el conjunto de pastores asiáticos expulsados de Egipto durante la reconquista se encontraran algunos clanes hebreos antepasados de Israel. Así se puede explicar que el libro del Éxodo conserve, junto con el relato de la huída de los esclavos hebreos, un relato de expulsión del territorio egipcio. En ambos casos el ejército egipcio persigue a los hebreos: ya sea para recuperar su mano de obra barata, o para asegurarse el alejamiento definitivo de los invasores.

Los textos bíblicos referidos a la gesta del Éxodo presentan la salida de Egipto a veces como una expulsión (Ex 12,31-33), otras como una huída (Ex 10,27-29; 14,5ss). Ambos relatos pueden justificarse históricamente. Tal vez los hijos de Jacob, semitas igual que los hiksos, habrían aprovechado la presencia de ellos para instalarse en Egipto, y habrían sido igualmente expulsados con ellos. El texto que narra la expulsión muestra que tomaron la ruta del norte, bajando luego hacia el oasis de Cadés. Su entrada a Canaán, por tanto, debió haber sido por el sur del país.

En cambio, otro grupo de semitas se habría aprovechado para huir un permiso para celebrar la fiesta de primavera en el desierto. El recorrido mencionado por el texto que relata una huída es el de la ruta norte hasta el Mar de las Cañas; allí los alcanza un destacamento egipcio, pero sus carros se hunden en las arenas movedizas. Una vez a salvo, los semitas dejan esa ruta peligrosa y se van hacia el sur, rumbo al Sinaí, territorio desértico donde no existen puestos militares egipcios.

Probablemente distintos clanes salieron en oleadas sucesivas de Egipto, algunos expulsados y otros huyendo de la esclavitud. El recuerdo de los distintos éxodos terminaron finalmente integrados en la memoria del pueblo después que los clanes se unieron en el país de Canaán.

Primitivamente la repetición de esta frase: "Nos sacó YHWH de Egipto" (Dt 26,8), celebraría una acción silenciosa de Dios en la que algunos fugitivos hebreos fueron los beneficiarios de la intervención divina. Cuando la ruina era inminente se dio un cambio de situación, en la cual los antepasados de Israel quedaron a salvo y el ejército egipcio pereció desastrosamente. En esta salvación milagrosa los fugitivos guiados por Moisés reconocieron la mano poderosa de su Dios, que se mostró más fuerte que los dioses de Egipto. No fue un logro de ellos salir con vida, sino una gracia de YHWH. No escaparon ellos de la esclavitud, sino que YHWH los sacó de Mitzrayim. Más tarde, la federación de clanes meditará esta experiencia de salvación y la hará suya. Finalmente convertirá la confesión de fe en una narración, donde se desarrollarán teológicamente largas series de palabras pronunciadas por YHWH y por Moisés. También se desarrollarán los elementos prodigiosos.


La Alianza del Sinaí.

El héroe que sobresale en los relatos sobre la salida de Egipto es Moisés. Su nombre no es mencionada más que en la Biblia, por lo que los datos de su vida, magnificados por la gesta del Exodo, quedan limitados a esta única fuente de información. Este relato es el resultado de una integración de las distintas tradiciones que cada clan conservaba respecto a su propia salida de Egipto. Por eso, muy probablemente la persona de Moisés no debió estar presente desde el comienzo en cada uno de los episodios relacionados con el Exodo, pero de hecho llegó a ser más tarde el protagonista principal que permite coordinar dentro del conjunto los relatos menores. Si no tropezáramos a cada paso con el caudillo liberador, la conexión narrativa de las tradiciones se desintegraría ante nuestros ojos en una serie de episodios bastante incoherentes.

Etimológicamente su nombre es egipcio. El término msí (dar a luz) aparece con cierta frecuencia en nombres compuestos. Por ejemplo, en el casos de los faraones Tutmosis y Ramsés, estaría indicando que estos reyes obtienen su nacimiento de los dioses Tut y Ra. La noticia proporcionada por el texto bíblico acerca de su educación en la corte faraónica explicaría por qué este niño nacido de padres hebreos llevaba un nombre egipcio.

Según Ex 3,1ss Moisés permaneció en el país de Madián. Los habitantes de estas tierras eran nómades propietarios de camellos que, como las actuales tribus de beduinos, tenían territorios propios. Su vida itinerante hace casi imposible delimitar con precisión la extensión del país, pero se sabe que originariamente ocupaba el este del Golfo de Akaba, junto al Mar Rojo. En el contexto de su estadía en Madián el relato bíblico sitúa la manifestación de Dios a Moisés como YHWH, el Dios de los padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (3,15) en la Montaña Santa. Es posible que algunas tribus pre-israelitas, instaladas en las estepas del norte de la península sinaítica, entraran en contacto con algún culto que ya antes se rendía a YHWH en esa Montaña Santa. De hecho, otra tradición bíblica atribuye al hijo de Adam el comienzo del culto a YHWH (Gn 4,26), reconociendo así un origen pre-mosaico al nombre de YHWH. Las experiencias que esas tribus vivieron en ese lugar tuvieron una importancia incalculable para el futuro Israel. El vínculo religioso que los unía a YHWH, el que los sacó de Egipto, lo compartirán más tarde con los otros clanes hebreos cuando se instalen en Canaán.

Era imposible para el hombre antiguo pensar el inicio de una relación particular sin la aceptación de determinadas normas. Sólo en la medida en que YHWH hubiese declarado sus derechos soberanos sobre sus rescatados y éstos hubiesen aceptado la voluntad divina se habría realizado plenamente la adquisición de aquellos hebreos como pueblo de Dios. Por eso, además de la revelación del nombre de Dios, las tradiciones de las tribus refirieron a la Santa Montaña la promulgación de la Ley. Este episodio sería en lo sucesivo el comienzo de la Alianza entre Dios e Israel.

El documento de la Alianza que regulaba las relaciones entre Dios y su pueblo sería probablemente leído en ocasiones solemnes y de a poco se iría ampliando con el agregado de explicaciones. Su forma primitiva debió consistir en una serie de fórmulas breves rítmicas fáciles de retener en la memoria. Transmitido oralmente en los grupos que vivieron la experiencia de la Santa Montaña fue presentado finalmente en el contexto de una teofanía. Según Ex 34,27 Moisés había recibido de Dios el mandato: "Escríbete estas palabras, pues en base a estas palabras concluiré una alianza contigo y con Israel". Más aún, según 34,28 Dios mismo "escribió sobre las tablas las palabras del pacto, las diez palabras". Estas diez palabras (dekalogos) llegaron a ser la ordenanza vital básica de Israel.

La formulación concreta de las diez palabras proviene de una remota antigüedad y tiene su origen en la ética de clan de las tribus de Israel; lo que pretenden es salvaguardar la comunidad. El decálogo enumera aquellos crímenes que son tan graves que pueden llegar a comprometer y poner en peligro la existencia misma de la comunidad. Por el hecho de que el decálogo haya ido creciendo paulatinamente a partir de la ética de clan que se iba configurando en las tribus de Israel hasta su formulación definitiva, se puede afirmar que sus proposiciones son una formulación de la moral natural que posteriormente fueron reconocidas como reveladas y puestas en relación con el Monte Santo.

La literatura del antiguo Medio Oriente nos muestra colecciones legislativas con la misma finalidad reguladora de la vida social. Por citar sólo un ejemplo, el epílogo del más célebre código babilónico del siglo XVIII a.C. (conservado en el museo de Louvre) presenta sus leyes como "los juicios de justicia que Hammurabi, rey competente, ha establecido y ha hecho adoptar en el país como camino recto y buen comportamiento". Sus artículos son sentencias del rey juez y salidas de casos concretos, como prosigue más adelante el texto: "Para que el fuerte no oprima al débil, para hacer justicia al huérfano y a la viuda, en Babilonia, la ciudad cuya cima han elevado Anu y Enlil, en el Esagil, el templo cuyos fundamentos son tan estables como los cielos y la tierra, para pronunciar los juicios relativos al país, para tomar las decisiones relativas al país, para hacer justicia al oprimido, he escrito mis palabras preciosas en mi estela y la he levantado ante mi estatua de rey de justicia". Pero por deseo del rey, la sentencia tiene que superar en adelante el caso concreto que la ha hecho nacer: "En el futuro, que el rey que en un momento determinado aparezca en el país observe las palabras de justicia que he escrito en mi estela en mi estela; que no cambie los juicios que he dado sobre el país, las decisiones que he tomado para el país; que no quite lo que he grabado. Si ese hombre tiene discernimiento y es capaz de hacer justicia a su país, que atienda a las palabras que he escrito en mi estela y que esta estela le haga ver la conducta y el comportamiento..." Las leyes del rey no proceden de la divinidad a través de un dictado directo, como presenta el relato de la teofanía del Monte Santo respecto a Moisés. Sin embargo no carecen, según el antiguo documento, de una garantía de inspiración divina: "Yo soy Hammurabi, rey de justicia, a quien Samas ha otorgado la verdad. Mis palabras son escogidas, mis obras son sin igual; no son vacías más que para el necio; para el sabio no merecen más que alabanzas".

El documento de la Alianza hebreo, tal como se desarrolló posteriormente durante el gobierno de los reyes de Judá, guarda ciertas semejanzas con las leyes de Hammurabi. El precepto de honrar a los padres (Ex 20, 12) fue considerado tan importante que será implementado mediante una grave amenaza: "El que golpee a su padre o a su madre morirá" (Ex 21,15). El paralelo babilónico, aunque no es tan radical, es de todos modos severo: "Si un hijo golpea a su padre, se le cortará la mano" (Ham 195).

El legislador babilónico, que no desea tomar partido entre dos adversarios tal vez igualmente culpables, sólo impone el pago de los gastos de atención de las heridas resultantes de una pelea: "Si uno golpea a otro en una riña y le causa una herida, ese hombre jurará: no lo golpeé expresamente, y le pagará al médico" (Ham 206). Una disposición semejante conserva la legislación hebrea: "Si dos hombres riñen y uno hiere a otro con una piedra o con el puño, pero no muere, sino que, después de guardar cama, puede levantarse y andar por la calle, apoyado en su bastón, el que le hirió quedará exculpado, pero pagará el tiempo perdido y los gastos de curación completa" (Ex 21,18-19).

La famosa ley del talión de la Biblia fue anticipada varios siglos antes por Hammurabi: "Si uno le saca el ojo a un notable, se le sacará el ojo. Si se le rompe un hueso a un notable, se le romperá un hueso. Si se le hace caer un diente a un hombre de su rango, se le hará caer un diente" (Ham 196.197.200). Sólo en el caso de homicidio voluntario se paga con la vida: "Si la esposa de alguien ha hecho matar a su marido por causa de otro hombre, se empalará a esa mujer" (Ham 153). Estas leyes tenían como fin disuadir a la víctima de tomarse una revancha desproporcionada, aplicando un sistema de venganza equitativa. Del mismo modo que en Ex 21,24: "vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie".

Todas las listas de preceptos que aparecerán en la Biblia serán el resultado de un largo proceso de reflexión teológica de los sacerdotes de Israel, después de una cuidadosa selección a partir de un tesoro de tradiciones mucho más amplio acumulado en su historia. Todas estas listas nacieron de una preocupación por sintetizar al máximo la totalidad de la voluntad de YHWH. Dada la proximidad con las otras legislaciones conocidas, con toda razón se puede considerar al decálogo bíblico como una expresión de la conciencia moral no sólo de Israel, sino de toda la humanidad. Expresión del modo como la ley moral natural se ha ido explicitando progresivamente en unas proposiciones fijas, de cuya observancia dependerá la relación pacífica entre los hombres.

Pero conviene notar que, mientras en el código de Hammurabi la administración del derecho y de la justicia penal se encuentran centralizadas en el poder real, entre los hebreos faltará esa instancia que impedía al individuo vengar un crimen por su propia cuenta. Israel será incapaz de reconocer al estado como tutor de las instituciones jurídicas, porque no estaría dispuesto a excluir el derecho de la inmediata competencia de YHWH.




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