Henri Derroitle nuevos caminos para la catequesis



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Henri Derroitle

nuevos caminos para la catequesis



Editorial SAL TERRAE Santander - 2008

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Introducción

Las páginas que os proponemos en este libro son fruto de un análisis, de un discernimiento y de un compromiso.

No hay una toma de posición actual acerca de la transmisión de la fe y la misión cristiana que no comience por un análisis de la situación religiosa acabando con una constatación de crisis. La mayoría de los autores señalan por otra parte, las mismas causas y los mismos efectos. Podríamos, a título de ilustración, exponer los seis motivos de la crisis de la transmisión puestos de relieve en un coloquio reciente por Giancarlo Collet desaparición en Occidente de la religiosidad tradicional; situación multirreligiosa y multicultural; pérdida de plausibilidad de la vida eclesial; imposibilidad de una socialización en un medio cristiano; rechazo de tradiciones con carácter normativo constrictivo; esfuerzo de reflexión constante por parte del sujeto para construirse una identidad personal plena. Este análisis está pidiendo, ciertamente, ser suavizado, contextualizado y, por tanto, matizado. Pero ahí queda esa constatación y el hecho de que la catequesis se encuentra como acorralada teniendo que poner en práctica no sólo otros mo-
dos de realizar el anuncio sino, más profundamente, teniendo que discernir lo que está en juego en la coyuntura histórica para lograr comprender las urgencias que presenta y, consecuentemente, las responsabilidades que impone a quienes quieren ser los actores y no los juguetes de su historia.

Este discernimiento es ante todo un trabajo propiamente teológico. De hecho se trata de releer los Evangelios (cuál es su contenido, su efecto, la pedagogía y el estilo del anuncio realizado por el mismo Jesús?) y la tradición teológica (cómo la incul-turación del evangelio, atravesando lugares y épocas, ha ayudado a descubrir el sentido de la fe cristiana?) en diálogo con las ciencias humanas pues, como dice M. -D. Chenu, la fe es a la vez pneumática e histórica, y explicar cómo por y en los enunciados se halla sometida a las leyes de la razón lo mismo que a las leyes de la historia y de sus comportamientos ordinarios, ya sean psicológicos, cognitivos, afectivos, y gramaticales: Dios que habla a los hombres, habla la lengua de los hombres.

En teología pastoral, análisis y discernimiento constituyen los elementos indispensables de una reflexión que debe abocar a una acción y un compromiso. De qué manera los retos de la transmisión de la fe y las aportaciones de la Revelación van a facilitar un reajuste de las prioridades catequéticas y misioneras? A qué desaprendizajes de contenidos y de modos de hacer, a qué reorientaciones metodológicas y espirituales están llamadas las Iglesias? En este terreno, ciertamente, la precisión debe ser la cualidad esencial del estudio. Catequesis misionera, catequesis permanente, catequesis intergeneracional, catequesis del camino y de la propuesta, catequesis descompartimentada, catequesis catecumenal, catequesis iniciática, catequesis mistagógica..., la lista de los ejes actuales de la investigación catequética ya viene siendo larga y suficientemente conocida. Se trata, pues, en ade-
lante, de ser más precisos en el uso de estos términos, más concreto en el examen de las mutaciones a las que cada acentuación obliga, más global en la formulación de un proyecto pastoral, misionero y catequético de las Iglesias.

En estas nuevas perspectivas del anuncio catequético y misionero lo que está puesto en cuestión es la vitalidad, la pertinencia y, en definitiva, la viabilidad de la propuesta cristiana. No es pues un asunto de menor importancia para quienes creemos en Jesucristo.



Antes, pues, de entregaros lo que estas páginas van a proponeros, es de justicia hacer honor a los diferentes autores que han permitido la elaboración de esta obra. Gracias por sus preciosas aportaciones.

Henri Derroitte
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CONOCER, VIVIR, CELEBRAR, ORAR. LAS TAREAS DE LA CATEQUESIS

Gilbert Adler

En virtud de su misma dinámica interna, la fe pide ser conocida, celebrada, vivida y hecha oración. En muy pocas palabras ya está dicho todo acerca de las tareas de la catequesis, y el resto del párrafo, como los párrafos siguientes, comentan abundantemente estas cuatro dimensiones de la fe y, por tanto, de la catequesis. Deberemos remitirnos, pues, a estos párrafos al tratar de explicitar esta dimensión reflexiva, activa, litúrgica y orante de la catequesis. Sería absolutamente inútil añadir aquí una glosa de las glosas ya existentes y perfectamente realizadas. Encontramos, en el Directorio la división cuatripartita del Catecismo del Concilio de Trento, promulgado por Pío V: el Símbolo de los apóstoles, los sacramentos, el Decálogo y la oración dominical. Esta división fue voluntariamente retomada en el Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado el 11 de octubre de 1992 por el papa Juan Pablo II. En la constitución apostólica de promulgación Fidei depositum, puede leerse: Las cuatro partes se articulan entre sí: el misterio cristiano es el objeto de la fe; es celebrado y comunicado en las acciones litúrgicas; está presenta para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar; es el fundamento de nuestra oración, cuya expresión privilegiada es el Padrenuestro, que expresa el ob-
jeto de nuestra petición, nuestra alabanza y nuestra intercesión.

Todas estas cosas son bien conocidas de los catequetas y desarrolladas en la formación. Sin embargo, tras la aparente serenidad de estas afirmaciones, no se esconden tan al vez algunas dificultades? Por ejemplo: es lo mismo, a propósito de los cuatro pilares de la fe hablar del contenido de la fe o de la educación de esas dimensiones de la fe? Se organizará del mismo modo la materia según si lo que se pretende es el conocimiento de las verdades de la fe o la integración de la comunidad cristiana en un proceso iniciático o incluso hacer viva, activa y explícita la fe? El teólogo define las tareas de un modo intelec-tualmente claro, y expone los valores o las finalidades de la acción. El catequeta, por su parte, sabe, por la experiencia diaria, que entre los fines y los objetivos, es decir, entre su puesta en práctica en función de un determinado público en una situación dada, hay una serie de distancias que hay que cubrir y que no pueden llenar las palabras por muy fervientes o apropiadas que sean.

Así pues, voy a recurrir a la historia, confirmada o puesta en marcha por la práctica catequética, para mostrar cómo la educación de las cuatro dimensiones de la fe tiene importantes variables y da lugar a modelos catequéticos diferentes según que la finalidad principal sea dar a conocer las verdades de la fe o hacer viva, activa y explícita la fe o incluso empistar el futuro cristiano en un mundo radicalmente nuevo.

Cuando la doctrina constituye el centro de la catequesis

Por doctrina entendemos aquí la exposición completa y orgánica de la fe cristiana en su versión católica. Más o menos explícita, esta exposición de factura teológica abarca desde la teología que se estudia hasta los versículos del catecismo formulados a modo de preguntas y respuestas que hay que aprender de memoria. En medio de las mutaciones y turbulencias culturales de los siglos XVXVI, marcados por el Renacimiento y el desarrollo del humanismo, movimientos de fondo de la Reforma y la Contra-Reforma, se decide poner el acento del catecismo, resueltamente,


en el conocimiento de las verdades que hay que creer, los sacramentos que hay que recibir y los mandamientos que hay que cumplir. Para rehacer la unanimidad perdida por el desgarrón de la Reforma, lo que importaba era que los fieles conocieran bien su religión para, como lo muestran las cartas episcopales que figuran a la cabeza de los pequeños manuales destinados a los niños, evitar la condenación eterna. Saber para salvarse y, por tanto, para vivir como cristianos, tal era la finalidad que se daba al catecismo. Esta palabra designaba a un tiempo un manual, una institución, un grupo parroquial y una enseñanza.

Proporcionando a todo hijo de vecino los conceptos teológicos fundamentales, este catecismo aseguraba la unidad del mundo católico y, según los mismos criterios, del mundo protestante, lo que facilitaba la controversia. Podríamos nombrar al Cardenal Bellarmino como la figura emblemática de esta catequesis, especialmente en su Breve doctrina cristiana de 1597.

Si esta dimensión del conocimiento quedaba así perfectamente asegurada y priorizada, no tiene que asombrar que las otras tres dimensiones de la educación de la fe, la de la fe que se celebra, que se vive y se ora, pasasen a un segundo plano en la enseñanza propiamente catequética y, normalmente, escolar. Sin embargo, estas tres dimensiones quedaban satisfechas en el marco de la parroquia y la familia, hasta el punto de que, en este período, el catecismo se contentaba con proporcionar el marco teológico y era, por tanto, un tema propio del clero, los únicos formados en teología.

A medida que fue avanzando la secularización científica, política y filosófica y fue retrocediendo la imposición del entorno social y familiar, al tiempo que se daban las revoluciones en Europa en los siglos XVIII y XIX, la Iglesia endureció el aspecto nocional de su enseñanza hasta el punto de que el tema de la ignorancia religiosa adquirió hasta nuestros días un crecimiento proporcional a la pérdida de influencia de la Iglesia en todos los dominios. Podríamos incluso hablar de deriva ideológica desde el momento en que la doctrina católica se convirtió en un arma defensiva opuesta a toda diferencia, y luego a la indiferencia moral o religiosa y esto en detrimento del anuncio evangélico.

Las decisiones del Concilio de Trento en lo que toca al catecismo y al primer plano dado a la memorización de la doctrina católica dejaron de producir sus benéficos efectos desde
finales del siglo XIX. Lo que, gracias al catecismo, fue una acul-turación perfectamente conseguida, perdió su atractivo y comenzó a suscitar una educada indiferencia. Se hizo evidente la necesidad de otro tipo de catequesis.

Sin embargo conviene observar que anteriormente, al privilegiar la expresión doctrinal en su enseñanza, el catecismo había relegado a un segundo plano a los Símbolos de la fe y sobre todo a la Biblia. Ésta, aparentemente presentada como la fuente de los enunciados escolásticos, era de hecho utilizada como prueba de estos enunciados en las obras de teología y en el pequeño manual destinado a los niños. Para muchos católicos la Biblia se había convertido en un campo en barbecho. Además, la liturgia y los misterios sacramentales, como los llamaba el Concilio de Trento, se presentaban como medios de salvación. Constituían buenas acciones acumulativas de cara a los méritos y no como momentos de encuentro con Dios Padre, Hijo y Espíritu que se entrega a los hombres.

Se comprende que los nuevos tiempos supongan una llamada para otra disposición y distribución de las cuatro dimensiones de la catequesis con vistas a otra finalidad diferente. El catecismo tridentino ya no caminaba cien metros de la calle con el niño.

Cuando el catequizado vuelve a situarse en el centro

Algunos pedagogos, y más tarde algunos clérigos, salidos del movimiento de la Escuela Nueva o activa, realizan en el catecismo una revolución co-pernicana: nunca más el niño girando alrededor de una doctrina expresada en un lenguaje hermético para él, sino una propuesta de fe girando en torno al niño para desarrollar en él las cuatro dimensiones del acto de fe. Los cuatro pilares de la catequesis comienzan a disponerse, poco a poco, en una nueva configuración. Progresivamente se va formulando una nueva finalidad o instancia: hacer activa y viva la fe explicitándola por la doctrina.

Al comienzo los pedagogos jugaron un papel muy importante. Hicieron que su cate-
cismo se beneficiase de las adquisiciones provisionales y sucesivas de la psicología genética. No pueden enseñarse las mismas formulaciones de la fe de la misma manera a un niño de 7 años, de 12 o de más.

Todavía faltaba recuperar el valor de otros lenguajes diferentes al puramente conceptual de la teología escolástica. Algunos clérigos tuvieron primero la intuición de ilustrar y luego de dar vida y color al lenguaje y al modo de pensar bíblico, más concreto. Según la formulación de Mon. Landrieux, obispo de Dijon: Todo el catecismo está en el Evangelio, pero no a la viceversa: el Evangelio no está en el catecismo. Ya no quedaba más que volver a las fuentes litúrgicas con Dom Gaspar Lefebvre en Bélgica, F. Derkenne y Lubienska de Lenval en Francia. El desarrollo del año litúrgico, el aprendizaje de la participación activa en la liturgia hicieron redescubrir el viejo adagio: lex orandi, lex credendi. Los sacramentos volvieron poco a poco a ser el misterio de la fe en el que el ser humano se encuentra con el don divino. Es fácil de adivinar, en un sistema eclesiástico escle-rotizado, las luchas, los desánimos a los que dio lugar este gran retorno a las fuentes más tradicionales de la catequesis.

Joseph Colomb, y ello constituye su gran originalidad, reunió estas fuentes bíblicas, litúrgicas y doctrinales en una propuesta catequética que ponía la mirada en la emergencia y el sostén de la fe del niño, del joven y, más tarde, del adulto. Pero la vieja guardia estaba vigilante hasta lograr su condena romana en 1957. Pero, sea de ello lo que fuere, este resurgir hizo que nacieran, en los años 6070 y 80 y en diferentes países, instrumentos catequéticos en un estilo nuevo al servicio de la tradición viva. En ellos se respetaban mucho más, sin ninguna duda, las cuatro dimensiones de la educación de la fe. Sin embargo, como por un efecto pendular, tanto pegarse al catequizando corría el riesgo de insistir menos en los datos objetivos de la fe.

Habrá que esperar al Sínodo de los Obispos de 1977 para que, de un modo más explícito, se exprese la necesidad de articular las cuatro dimensiones de la fe, no ya como contenidos que haya que aprender o como obligaciones que hay que cumplir, sino como realidades que hay que vivir en la catequesis, como dimensiones humanas y cristianas que es necesario hacer crecer. Sin embargo,
con las mutaciones culturales y la aceleración de la historia, hoy hay que volver a empezar. Diversos episcopados europeos comienza a interrogarse. Se trata del inicio de un nuevo dispositivo catequético?

Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado

El mundo da vueltas y va cambiando demasiado deprisa para el gusto de mucha gente. En un Libro de Consulta destinado a los autores de documentos catequéticos, los obispos de Francia hablan de mutación cultural, queriendo indicar con esa expresión un movimiento profundo para el cual no es suficiente un lavado de cara. Como suponemos que éstas son realidades ya sabidas por el lector, nos limitamos a nombrar, para el tema que nos toca, el individualismo de la fe, el pluralismo religioso, la ruptura del hilo de la tradición, la omnipotencia económica y financiera, etc. Evocar estas realidades es evocar la salida de Jerusalén de los dos discípulos desesperados y sin embargo caminantes. La historia nos muestra cómo las cuatro dimensiones de la fe se tratan muy diferentemente según la finalidad que se persiga de acuerdo con el contexto socio-cultural y, por tanto, pastoral. Hoy les toca a los ca-tequetas, por consiguiente, en un contexto de profunda mutación, discernir la finalidad de un anuncio de la Buena Noticia en nuestro tiempo. Esta finalidad se sigue buscando en la práctica diaria de la catequesis y sin duda no ha llegado todavía la hora de definirla de un modo demasiado fixista de cara a los decenios futuros. La evocación inicial de Emaús está queriendo indicar que, ahora más que nunca, el lugar propio de la catequesis es el camino en el que los hombres viven, aman, se intercambian gestos de ternura y también de lágrimas. Como lo subrayaba A. Fossion en su obra sobre La catequesis en el campo de la comunicación, es necesario que la Iglesia proponga lugares para la catequesis, pero lo que conviene sobre todo es ir y venir por los caminos donde los hombres y las mujeres se encuentran, buscando, en un mundo lleno de contrastes, un sentido para su vida, es decir, una dirección y un significado. La sola exposición de la doctrina católica, por muy ortodoxa que sea, no puede bastar para
mostrar de un modo concreto la altura, la profundidad, la anchura y la longitud de la ternura del Padre de Jesús presente por su Espíritu en todas partes donde los hombres y las mujeres organizan su vida personal, social, pública y cultural.

Algunas convicciones pueden desprenderse de la práctica que se está llevando a cabo. En efecto, los catequetas comparten la convicción ya tradicional de que el Espíritu sigue trabajando en el corazón de nuestros contemporáneos, hombres y mujeres, y que el papel de la catequesis es mostrarles a ellos esta bondad que les precede. Esta constatación hace que dejemos de lado la idea de que la Iglesia es la única que posee la verdad. Lleva a los catequistas y los demás testigos de la fe a realizar un descentra-miento de sí, un abandono de fórmulas ya establecidas, un alejamiento de un eclesiocentrismo mortífero. El movimiento de la misión es un ir y venir de Emaús a Jerusalén; Emaús, situado en el camino en el que la gente busca, hacia Jerusalén, adonde se vuelve para contar a los hermanos lo que ha pasado en el camino y celebrarlo. La Iglesia respira y se construye en este va y viene. Ya se adivina que, en este trabajo de anunciar hoy el Evangelio, la persona de Jesucristo, este hombre concreto cuyo modo de vivir y de amar nos ha revelado el rostro del Padre, está en el centro. El hombre es el camino hacia Dios, decía Juan Pablo II.

Desde este punto de vista, qué pasa con las cuatro dimensiones de la educación de la fe y, en primer lugar, el conocimiento de esa fe? Según el público que sea, la fe puede ser objeto de una exposición clásica. Sin embargo, previamente y según las edades, habrá tenido que pasar por el camino de una interpretación de la existencia humana a la luz del Evangelio. Aprender a leer la experiencia, a darle cristianamente un significado humano, tal podría ser el objetivo de una tradición viva de las verdades de fe. En el pluralismo religioso actual no es posible evitar un aprendizaje de la fe crítico con sus formas externas y con las diversas representaciones de Dios.

Celebrar la fe? Sin duda, en el marco de una individualización de la fe, tocamos aquí un punto delicado. El yo y el nosotros, en el cristianismo, son indisociables. Lo mismo que antes, aprender a celebrar el don de Dios constituye un objetivo catequético. Y no lo es menos el hecho de que la propuesta sacramental, puesta hoy en el filo del todo o nada, trae consigo una serie de leyes


marco que permiten unas propuestas sacramentales más flexibles y diversificadas según los itinerarios creyentes.

Vivir la fe? No se trata de añadir una ética fundamentalmente diferente a la que viven hoy los hombres y las mujeres, sino que lo oportuno será valorar lo que de bello, justo, bueno y verdadero hacen estos hombres y mujeres. Aprender con ellos a discernir los valores más que imponer un código ya establecido constituye una difícil tarea para la educación de la fe, unida evidentemente a las diferentes instancias educativas.

Orar la fe? Orar es, sin duda, el acto humano -simplemente humano o religioso- más extendido. Habrá que reconocer, entonces, que la oración así, de entrada, es ecuménica. El aprendizaje y el ejercicio de la oración cristiana constituye una larga pedagogía que consiste, bajo la acción del Espíritu, en hacer nacer en nosotros el pensamiento y las costumbres del evangelio.

En definitiva, como ya puede adivinarse, la fidelidad viva a las cuatro dimensiones de la educación de la fe se perfila como un futuro plural. En el tiempo que está por llegar la palabra catequé-tica está llamada a ser plural, provisoria y frágil. El éxito de una catequesis no está forzosamente en haber recorrido todos los reales caminos de la doctrina católica sino en el hecho de que, como compañeros de camino, catequistas y catequizandos puedan decir con toda honradez y verdad: esta palabra me afecta a mí personalmente, me hace pensar y vivir, y hasta celebrar juntos. Nos alejamos, pues, de un dispositivo que atiende a la uniformidad tri-dentina. Es, pues, el tiempo de volver a Emaús. Al partir el pan, Jesús desaparece. No está redescubriendo nuestra generación la quinta dimensión del acto de fe, la que, atravesándolas, riega a las otras cuatro: la libertad de creer?


PARA PROSEGUIR LA REFLEXIÓN: QUÉ ES LA CATEQUESIS?

Medio siglo de definiciones recogidas por G. Adler

El catecismo es una enseñanza. Es la comunicación de una ciencia que tengo y que os doy.

El catecismo es un librito que contiene, mediante preguntas y respuestas, un resumen de la religión cristiana.



La palabra catecismo significa la enseñanza religiosa elemental, generalmente mediante preguntas y respuestas. Significa también el manual que contiene está enseñanza

Catequesis y predicación son las dos formas principales en que se ejerce el magisterio eclesiástico. Mientras la predicación se ajusta a ocasiones dadas, recoge y valora puntos doctrinales aislados y, fundándose en ellos, trata de mantener y fomentar la vida cristiana, la catequesis aporta la iniciación básica a la totalidad de la doctrina cristiana. Por otra parte, en los países cristianos de


nuestro tiempo, los llamados a recibir esta iniciación suelen ser, de modo preponderante, jóvenes que ya en los primeros días de su vida fueron recibidos, mediante el bautismo, en el reino de la gracia Una vez despiertas en ellos sus potencias espirituales y antes de que irrumpan en la vida, necesitan estos jóvenes familiarizarse mas con el mundo de la fe y conocer los caminos de salvación

La catequesis es la forma propia que adquiere la enseñanza religiosa en el cristianismo, que se identifica como religión de la Palabra de Dios

La catequesis es la tradición viva del depósito de la fe para los nuevos miembros que la Iglesia se agrega Constituye, asi, un aspecto particular del ejercicio del magisterio Por una parte, se distingue del kerygma, que es el anuncio de la buena noticia de la Resurrección a los paganos, y, por otra parte, de la homilía, que es la enseñanza que se da a los miembros de la comunidad cristiana Esto implica un doble carácter Por oposición al kerygma, presenta un carácter completo tiene que instruir al candidato al bautismo de todo lo que un cristiano debe creer Pero, por oposición a la homilía, tiene un carácter elemental Va, pues, a lo esencial, dejando de lado las profundizaciones espirituales y especulativas

La catequesis pertenece al corazón del ministerio de la Palabra es la función pastoral encargada de transmitir la Palabra de Dios para despertar y alimentar la fe El fin de la catequesis es hacer crecer la vida de fe mediante el conocimiento de la Palabra

Se distingue el kerygma y la catequesis El kerygma es el anuncio del misterio de la salvación a quien no cree todavía, con vistas inmediatamente a la conversión primera, la catequesis es
una explicación, un despliegue del kerygma, presentado al que ya tiene fe y quiere conocerla mejor para conversión más total

Podría decirse que la catequesis se define de la siguiente manera la acción mediante la cual un grupo humano interpreta su situación, la vive y la expresa a la luz del Evangelio

La catequesis constituye un modo de actualización de la tradición viva haciéndola expresarse aquí mismo No podría contentarse con repetir las Escrituras, pues las Escrituras mismas no escapan a esta misma Tradición viva, que continúa leyéndolas e interpretándolas

Sigue la forma catequetica, que tiende a que la fe, ilustrada por la doctrina, se haga viva, explícita y activa en los hombres

La catequesis es la comunicación de los documentos de la fe La catequesis es el aprendizaje de la elaboración de sentido Catequizar es llevar a cabo el aprendizaje de una palabra fiel en la comunidad

La catequesis está al servicio de la fe Pero, que es la fe? Creemos que los catequetas pueden reconocerse en la siguiente formulación la fe cristiana es el reconocimiento de la existencia de Dios en Jesucristo como decisiva para el hombre


Este reconocimiento constituye una experiencia espiritual que lleva consigo siempre una dimensión personal y una dimensión colectiva; este reconocimiento inspira prácticas originales de vida humana.

La finalidad de la catequesis es que los adultos, los jóvenes, los niños, las personas y los grupos puedan confesar y profesar su fe cristiana y puedan hacerlo de manera articulada, ya que la fe no es un grito. Es un lenguaje, un lenguaje coherente, un lenguaje hablado, gestualizado y activo. La fe no existe sin comunicación y toda comunicación supone un lenguaje. Para testimoniar la realidad de Dios inefable es necesario que la Iglesia articule su fe en un lenguaje comunicable. Y si el Espíritu se expresa en nosotros con gemidos inefables, se expresa también mediante los artículos de las confesiones de fe, las indicaciones precisas de una ética y los ritos claramente determinados de los sacramentos.



Puede, pues, comprenderse en qué sentido decimos que la finalidad de la catequesis es la articulación de la fe en Iglesia.

Lo que la Iglesia busca con los medios puestos en práctica en la catequesis es:

  • que los niños, los jóvenes, los adultos, los grupos puedan conocer, amar y adorar a Jesucristo, centro y sentido de la historia de la humanidad y del mundo;

  • que acojan como verdadera la fe cristiana aceptando su coherencia y sus exigencias;

  • que ocupen su lugar en la comunidad de los bautizados, participando en su vida y en su misión, que sean testigos y responsables, según la gracia propia de cada uno.

A esta actividad de la Iglesia que consiste en una educación de la fe por etapas y en una profundización continua de esta fe, la llamamos catequesis.
El cometido de la catequesis es, pues, hacer comprender y experimentar toda la importancia de Cristo en la vida de cada día. La catequesis, por tanto, debe decir cómo Dios Padre nos reconcilia con Él mediante su Hijo Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo. Comunicando este misterio, la catequesis es palabra viva y es fiel a Dios y al ser humano. Es palabra, memoria, testimonio.

Globalmente, se puede considerar aquí la catequesis en cuanto educación de la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana.



Los cristianos no pueden tener una fe explícitamente viva y activa sin disponer -según los métodos propios de su ambiente, su cultura, su condición de vida- de una catequesis que aporte una luz a su existencia.

La función catequética o catequesis es esta actividad de la Iglesia que consiste en una educación de la fe por etapas y una profundización continua de esta fe.

El Catecismo de la Iglesia Católica es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico.
La catequesis, distinta del primer anuncio del Evangelio, promueve y hace madurar esta conversión inicial, educando en la fe al convertido e incorporándolo a la comunidad cristiana.

La catequesis es una dimensión constitutiva de la vida de la Iglesia desde Pentecostés; es el acto de comunicar la Buena Noticia de Jesucristo y, como acto de comunicación, obedece a reglas específicas.

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