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Autoconcepto y discapacidad visual: una revisión bibliográfica

P. Datta


Artículo publicado con el título Self-concept and vision impairment: a review en la revista British Journal of Visual Impairment, 2014, Vol. 32(3) 200–210. ©SAGE y P. Datta, 2014. Traducción de María Dolores Cebrián-deMiguel, publicada con permiso del editor, <www.sagepublications.com>.

RESUMEN: Un autoconcepto positivo es, en todas las personas, un facilitador de resultados deseables. No obstante, un número cada vez mayor de investigaciones apunta a que los adolescentes tienen propensión a desarrollar un autoconcepto negativo, siendo descrita la adolescencia como la fase álgida de la turbulencia. Cuando esta etapa convulsa se combina con una discapacidad, el joven se encuentra en un estado de total imposibilidad y de predisposición a desarrollar un pobre autoconcepto. Dada esta situación, la presente revisión bibliográfica selecciona un tipo de discapacidad, la «discapacidad visual», y hace una crítica extensiva de los estudios que, hasta el día de hoy, han investigado el autoconcepto en participantes con ceguera y deficiencia visual.

PALABRAS

CLAVE: Adolescencia. Adolescentes con discapacidad visual. Niños con discapacidad visual. Discapacidad. Autoconcepto.

ABSTRACT: Self-concept and vision impairment: a review. Positive self-concept has been identified as the means of facilitating desirable outcomes for all individuals. However, a growing body of research substantiates that adolescents are inclined to the development of a negative self-concept, and adolescence is described as a phase of turbulence at its peak. When this convoluted stage is combined with a disability, the child is in a state of complete impediment and likely to develop a very poor self-concept. In the light of this, this review selects a type of disability, «vision impairment» and extensively critiques the self-concept research studies in participants with vision impairment to date.

KEY WORDS: Adolescence. Adolescents with vision impairment. Children with vision impairment. Disability. Self-concept.

¿Por qué estudiar el autoconcepto?

Por lo general, por autoconcepto se entiende «la totalidad de un complejo, organizado y dinámico sistema de creencias, actitudes y opiniones aprendidas que cada persona mantiene como verdaderas sobre su existencia personal» (Purkey, 1988, p. 2). Franken afirmó en 1994 que «son numerosas las investigaciones que prueban que el autoconcepto es, quizás, la base de toda conducta motivada» (p. 443), argumentando que «es el autoconcepto el que origina las posibles actitudes del yo hacia sí mismo, y que posiblemente sean estas las que creen la motivación por la conducta» (p. 443).

El autoconcepto, una importante característica del desarrollo social, psicológico y educativo del niño (Broderick y Blewitt, 2006), tiene significativas implicaciones sobre una forma de vida en positivo, siendo una variable imprescindible para la consecución de metas y la evolución favorable en cada esfera de la sociedad, independientemente de tener o no tener una discapacidad (Datta y Halder, 2012). Cada vez hay más investigaciones que demuestran que el autoconcepto del alumno es un factor clave para su éxito escolar (Hilberg y Tharp, 2002; Kanu, 2002; Swanson, 2003). Palmer (2003) identificó el autoconcepto como meta importante para todos los estudiantes, destacando, posteriormente, la importancia que tienen los programas escolares específicos para abordar el desarrollo del autoconcepto de los alumnos con discapacidad. Prácticamente todas las afirmaciones sobre los objetivos de la educación destacan la importancia del autoconcepto, visto como medio para facilitar a los alumnos los resultados apetecidos (Purdie y McCrindle, 2004). Pese a declaraciones tan explícitas y abiertas respecto a la utilidad del autoconcepto, son limitadas las investigaciones sobre la población estudiantil que existen en esta área, especialmente en el caso de alumnos con discapacidad.

Metodología

Se hicieron búsquedas en bases de datos como ERIC, ProQuest, Google Scholar, Australian Education Index, British Education Index, CBCA (anteriormente Canadian Education Index), EdResearch Online, Education Theses Database y PsycINFO para localizar artículos, libros y otras publicaciones sobre estudios realizados que aunaran autoconcepto y deficiencia visual. Además, se examinaron tesis doctorales e informes buscando referencias adicionales. A los efectos de este artículo, se han incluido aquellos estudios que aparecían en publicaciones periódicas revisadas por pares y que identificaban investigaciones sobre el autoconcepto específico de las personas con discapacidad visual. Esta estrategia permitió que el examen sobre la investigación efectuada sobre la materia fuera más concienzudo. De las numerosas publicaciones que surgieron a través de tales motores de búsqueda, se seleccionaron y analizaron críticamente 46 estudios relevantes para la revisión actual. A los efectos de la presente revisión, todos ellos se leyeron y organizaron por categorías, reseñándose en las siguientes secciones.



Autoconcepto y adolescencia

Broderick y Blewitt (2006) sostenían que, durante el periodo de la adolescencia, el adolescente experimenta muchos cambios en su vida social e interpersonal; además, en su opinión, durante este periodo el adolescente adquiere más autoconsciencia. Teóricamente, la adolescencia se ha descrito como «una etapa de intensificación, tanto de tempestades como de tensiones, en la cual se produce de manera discontinua un cambio en el autoconcepto» (Arnett, 1999; Blos, 1962; Erikson, 1968; Freud, 1983; Sullivan, 1953; citados por Ybrandt y Armelius, 2003, p. 2) y como «una fase caracterizada por un desarrollo gradual del autoconcepto, más que por la disrupción» (Stern, 1985; citado por Ybrandt y Armelius, 2003, p. 2).

Hadley, Hair y Moore (2008) afirmaban que el autoconcepto del adolescente es dinámico y complejo. Por una parte, porque los problemas y dificultades pueden reducir el autoconcepto de los adolescentes, y, por otra, porque un bajo autoconcepto puede producir también problemas académicos, emocionales y sociales. Argumentaron, además, que el autoconcepto positivo está relacionado con el desarrollo positivo, incluyendo en este las buenas relaciones con los chicos o chicas de su edad y la felicidad global. Un autoconcepto negativo en los adolescentes se ha asociado también a la depresión, trastornos alimenticios y otros tipos de conflictos o alteraciones persistentes (Fitts y Warren, 2003). Según Hadley et al. (2008), se ha comprobado que los adolescentes tienen que combatir contra el autoconcepto negativo.

Durante los años de la adolescencia, el autoconcepto de los adolescentes cambia en muchos aspectos (Broderick y Blewitt, 2006). Los cambios que se producen en el autoconcepto durante esos años se deben, en gran medida, a los cambios cognitivos que también se producen (Inhelder y Piaget, 1958). Inhelder y Piaget (1958) describen que el crecimiento que se da en el pensamiento abstracto e hipotético afecta a la forma en que los adolescentes se describen a sí mismos.

Los avances en los procesos sociocognitivos, incluyendo la comparación social, la adopción de una determinada perspectiva y la autoconsciencia, también contribuyen al cambio del autoconcepto (Thies y Travers, 2006). Las capacidades cognitivas para compararse a uno mismo con los demás surgen en la escuela primaria (entre los 6-8 años), aumentan en la adolescencia y perduran hasta el inicio de la atapa adulta (18–25 años) en la que el sujeto encuentra grupos de personas más complejos y variados con los que establecer esa comparación consigo mismo (Thies y Travers, 2006). Según Selman (1980), el pensamiento abstracto contribuye a desarrollar la toma de perspectiva (o la capacidad para comprender una situación desde el punto de vista de otra persona), que es la que mejora la comprensión del yo, ya que el adolescente y el joven adulto pueden salirse de una situación inmediata y verse a sí mismos como lo harían los demás (Selman, 1980).

Algunos psicólogos opinan que el autoconcepto de los adolescentes está frecuentemente alterado. Por ejemplo, Rosenberg (1986) argumenta que el adolescente es más proclive que el joven adulto o las personas mayores a desarrollar un autoconcepto insano. Harter (1990) cree que son las propias habilidades de razonamiento superior de los adolescentes y jóvenes adultos las que influyen en el autoconcepto, tanto en sentido positivo como negativo. Por otra parte, Offer, Ostrov y Howard (1981) demuestran que la mayoría de los adolescentes son felices y tienen autoconceptos positivos. Se ha dicho que las superiores habilidades para el razonamiento social pueden contribuir a que los adolescentes se comporten de forma socialmente más aceptable, mejorando así la evaluación que los demás hacen de ellos (Thies y Travers, 2006). Al menos en algunos adolescentes y jóvenes adultos los cambios en la forma de pensar sobre sí mismos contribuyen a que padezcan ciertos problemas emocionales ocasionales, como la depresión y la ansiedad (Thies y Travers, 2006).

La adolescencia es la etapa crítica de cambios y desarrollo del autoconcepto del sujeto. Durante esta etapa, el autoconcepto se hace más abstracto y diferenciado (Inhelder y Piaget, 1958), y Harter (1990) sugiere que los adolescentes se sienten a menudo perturbados por imágenes conflictivas de sí mismos. En la bibliografía sobre la materia, los investigadores sugieren que la persona joven, con su creciente capacidad para el pensamiento crítico, trata de descubrir las distintas facetas de su autoconcepto (Ittyerah y Kumar, 2007). Por el contrario, otro grueso de investigadores ha indicado que el autoconcepto es relativamente estable a lo largo de la adolescencia (Coleman, 1974; Piers y Harris, 1964). Sin embargo, este hecho puede que sea diferente en el caso de sujetos que durante la adolescencia sufren un enfermedad crónica o una discapacidad (Halder y Datta, 2012). Harter (1990) sugiere que es en los años de la adolescencia media (edad entre 14-15 años) cuando los adolescentes se sienten más perturbados por las visiones conflictivas de sí mismos. Sin embargo, esta misma autora afirma que a finales de la adolescencia los sujetos integran las distintas visiones de sí mismos en una conceptualización más abstracta. Broderick y Blewitt (2006) indicaron que en el periodo comprendido entre el inicio de la Primaria (6-8 años) y el inicio de la adolescencia (11-14 años), el sujeto adquiere la capacidad de integrar características opuestas y empieza a formar conceptos abstractos, tipo rasgos, para describirse a sí mismos. Broderick y Blewitt (2006) defienden que el autoconcepto tiende a decaer ligeramente en torno a la Primaria, la adolescencia y el inicio de la edad adulta, porque los niños y los adolescentes reconocen, normalmente por primera vez, sus carencias en comparación con las otras personas. Cabe, pues, concluir que la pugna por integrar representaciones abstractas del propio yo es lo que caracteriza el periodo de la adolescencia y del inicio de la edad adulta, ya que el joven trabaja en la definición de su propia y exclusiva identidad.

Sirgy (1982) indicó que, durante la adolescencia, se puede crear un autoconcepto ideal o imaginado; según él, el yo ideal es el que uno desearía ser. La dificultad para los adolescentes puede surgir si hay una gran diferencia entre el yo real y el yo ideal. El autoconcepto de los adolescentes puede cambiar con gran frecuencia, ya que las visiones ideales y reales de sí mismos cambian. Es opinión generalizada que la diferencia entre el yo ideal y el yo real es muy grande hacia la mitad de la etapa adolescente, probablemente porque el concepto ideal de sí mismo está con frecuencia inflado en algunos adolescentes (Ittyerah y Kumar, 2007).

Por consiguiente, la argumentación anterior indica que el autoconcepto puede verse alterado o ser de naturaleza pobre, compleja e irregular durante y después de la adolescencia. También indica que los adolescentes y jóvenes adultos, con sus crecientes capacidades para pensar en términos más críticos, son capaces de mantener distintas y multifacéticas opiniones del autoconcepto. Además, Datta y Halder (2012) argumentaron que el autoconcepto es imprescindible para desarrollar un modo de vida positivo, siendo un factor esencial para tener éxito en cualquier sociedad. Palmer (2003) insistió también en que el autoconcepto debería ser un importante objetivo en cualquier estudiante, tenga o no tenga algún tipo de discapacidad. Por reconocer su amplio significado en el desarrollo de la personalidad, la importancia de sus implicaciones en el bienestar general de los adolescentes y su controvertido patrón de formación antes y durante la adolescencia, es por lo que se ha elegido el autoconcepto para efectuar la presente revisión.

Autoconcepto y discapacidad

Los cimientos del autoconcepto se forman durante los primeros años (desde el nacimiento hasta los 8 años), etapa en la que el niño empieza a interactuar con el entorno mediante la comprensión, exploración y experiencia (Broderick y Blewitt, 2006). Cuando la niña o el niño empiezan a salir de casa, comienzan a percibir y aprender sobre lo que les rodea y, más tarde, escuchan historias narradas por los medios de comunicación sobre lo que hacen otros niños como ellos. En el caso de los niños con discapacidad, tales experiencias son menos parecidas y contrastables cuando se las compara con las de niños sin discapacidad, siendo así que el desarrollo de su autoconcepto es normalmente más lento que el del niño sin ningún tipo de discapacidad (Sharma, Vaid y Jamwal, 2004). El concepto que de sí mismos tienen, en cuanto seres independientes, lo alcanzan desde un principio con una dificultad mucho mayor (Sharma, Vaid y Jamwal, 2004). Recibir un nombre y ser nombrado por él cuando alguien se dirige a esa niña o niño es una parte esencial del desarrollo del concepto de sí mismo (Hardman, Drew e Egan, 1987; Kirk y Gallagher, 1983; Meyen, 1982; Peterson, 1987). En la mayoría de los casos, los alumnos con discapacidad son vulnerables al desarrollo de un autoconcepto positivo si se les compara con los alumnos no discapacitados (Blomquist, Brown, Peersen y Presler, 1998; Elbaum y Sharon, 2001; Sharma, Vaid y Jamwal, 2004). Por lo tanto, a efectos de esta revisión, se ha optado por identificar la gravedad de la situación que se aborda, es decir, la de un tipo de discapacidad denominada «discapacidad visual».



Autoconcepto y discapacidad visual

Según Martínez y Sewell (1996), aunque son cada vez más numerosos los estudios que investigan el autoconcepto en niños y adolescentes con discapacidad visual, aún se considera escasa la bibliografía sobre el autoconcepto en este grupo de edad. También argumentan que la bibliografía sobre el autoconcepto en adultos con discapacidad visual sigue, en gran medida, pendiente de estudio. La asociación entre discapacidad visual y dificultades en el desarrollo del autoconcepto ha sido tema de muchos debates y desacuerdos durante muchos años (Halder y Datta, 2012; Lucy, 1997; Mishra y Singh, 2012). La mayoría de los estudios realizados sugieren la necesidad de que se siga investigando en esta área, debido a que se han observado resultados discrepantes. Los estudios sobre investigaciones realizadas hallaron dos extremos en la evaluación del autoconcepto en niños y adolescentes con discapacidad visual. Un grupo de investigadores descubrió que estos alumnos tenían un autoconcepto muy bajo (Halder y Datta, 2012; Lucy, 1997; Mishra y Singh, 2012), y otro grupo de investigadores afirmó que sobrevaloraban sus atributos personales, en comparación con los alumnos con visión (Obiakor y Stile, 1990).

Hare y Hare (1977) indicaron que el autoconcepto de los participantes con discapacidad visual podía verse negativamente afectado porque no pueden experimentar plenamente una situación, dada su deficiencia visual. Tuttle (1984) expresó que aunque todos los sujetos son vulnerables al desarrollo de un autoconcepto positivo, los sujetos con deficiencia visual corren un riesgo aún mayor, y especificó que tanto el sentido de autocompetencia como la percepción que los otros pueden tener del sujeto son de gran importancia en el autoconcepto de este, porque los alumnos con discapacidad visual son percibidos como diferentes por las otras personas y, por ello, más susceptibles de desarrollar un autoconcepto negativo.

Los términos autoconcepto y autoestima que se utilizan en esta revisión de la bibliografía son intercambiables, ya que se trata de constructos relacionados. Según Harter (1999), por autoestima se entiende la evaluación global que el propio alumno efectúa sobre sí mismo, incluyendo los sentimientos de felicidad y de satisfacción general que surgen de su percepción sobre la competencia académica y no académica que posee. Por el contrario, para Manning (2007), el autoconcepto hace referencia a las percepciones de competencia y adecuación que un alumno tiene en el campo académico y no académico.

En las siguientes secciones de este artículo se destacan los estudios de investigación realizados sobre el autoconcepto en niños y adolescentes con discapacidad visual.

Niños con discapacidad visual

El estudio que Obiakor y Stile (1990) realizaron sobre alumnos estadounidenses comparaba el autoconcepto de 61 niños con discapacidad visual de Educación Primaria (de 6, 7, y 8 años de edad) con el de 229 alumnos con visión. Para medir su autoconcepto se utilizó la escala de autoevaluación de alumnos Student Self-Assessment Inventory (1984, 1986), que correlaciona el autoconocimiento, el yo ideal y la autoestima con la madurez física, las relaciones con sus iguales, el éxito académico y la capacidad para la adaptación a la escuela. Los resultados mostraron que los alumnos con discapacidad visual puntuaban por encima de los niños con visión en 5 de las 12 subescalas del inventario, rebatiendo la idea de que los niños con discapacidad visual tienen un autoconcepto más pobre que los niños con visión.

Pierce y Wardle (1996) investigaron en el Reino Unido la posible relación existente entre tamaño corporal, valoración de los padres y autoestima de los niños con ceguera. Su muestra estaba compuesta por 46 parejas de padre o madre/hijo o hija; en ellas participaban 23 niños y 23 niñas, con una edad media de 10 años. La muestra estaba formada por personas que, en su mayoría, eran de raza blanca (N = 39), pues solo había una de raza negra, una asiática y dos niños orientales. Los resultados indicaron que los preadolescentes con ceguera estaban convencidos de que existía una asociación entre la valoración que sus padres hacían sobre el tamaño de sus cuerpos y su propia autoestima. Estos resultados constataban que los niños cuyos padres opinaban que sus hijos estaban demasiado delgados tenían una autoestima más baja que los niños de padres que consideraban que sus hijos estaban bien de tamaño o que los consideraban demasiado gordos, independientemente del género o del tamaño real de su cuerpo. Sin embargo, Pierce y Wardle (1996) subrayaron la necesidad de seguir realizando estudios comparativos para investigar el significado de «tamaño corporal» y las perspectivas y causas de la obesidad en adolescentes con ceguera y con visión. Estos autores sugirieron también la conveniencia de indagar si la alta autoestima y los sentimientos de bienestar que decían poseer los niños con ceguera constituían una defensa, influenciada por lo socialmente deseable, o si era simplemente un reflejo de la aceptación de la discapacidad visual con la que siempre habían vivido.

En 2012, Mishra y Singh efectuaron, en diferentes escuelas del estado indio de Delhi, un estudio comparativo sobre el autoconcepto y la autoconfianza de los niños con visión y con deficiencia visual. La muestra estuvo compuesta por un total de 200 alumnos (100 con visión y 100 con deficiencia visual) que estudiaban en distintas centros escolares de Delhi. Entre los instrumentos de medición se incluyeron el test de autoconcepto de Mohsin (1979) y la escala de medición de la autoconfianza de Pandey (1983). Los resultados indicaron que el autoconcepto de los alumnos con visión era más alto que el de los alumnos con deficiencia visual. Sin embargo, no se registraron diferencias significativas ni en el autoconcepto ni en la autoconfianza por cuestiones de género. Los autores sugerían que debían darse amplias oportunidades a los niños con discapacidad visual, haciendo un esfuerzo para que se puedan desarrollar educativa, social y emocionalmente, y para que puedan construir un autoconcepto sano y una fuerte confianza en sí mismos en relación con su discapacidad. También, para dar a los niños con discapacidad visual la posibilidad de rendir y funcionar al máximo de su potencial, abogaban en su estudio por la mejora de las técnicas de modificación de conducta.

Lucy (1997) examinó el autoconcepto de alumnos con discapacidad visual en un centro ordinario de secundaria de Hong Kong (edades entre 12–18 años). Se administró la escala The Chinese Adolescent Self-Esteem Scale (CASES) (1993, 1996) para obtener una panorámica global sobre la percepción del yo en alumnos con discapacidad visual. Las puntuaciones medias del test se utilizaron para completar la información obtenida en los análisis de contenido de las entrevistas semiestructuradas que se habían realizado, en las cuales las preguntas formuladas se habían diseñado con la intención de ver de qué modo se percibían a sí mismos los alumnos con discapacidad visual, así como los motivos de tales autopercepciones en relación con los cinco factores de contenido principales: en concreto, el yo académico, el yo físico, el yo social, el yo familiar y el yo moral. Lucy encontró en su estudio que los participantes con discapacidad visual puntuaban más bajo en todos los factores. La dimensión «yo social» resultó ser la más negativa, seguida por el «yo académico». Los hallazgos del cuestionario fueron consistentes con los obtenidos en las entrevistas. Por lo general, los alumnos carecían de las habilidades sociales que se precisan para comunicarse con sus compañeros con visión. Adujeron miedo a ser rechazados si intentaban hacerse amigos de otros alumnos, lo que claramente evidenciaba una baja autoestima en el área del yo social. En relación con las capacidades intelectuales de los estudiantes, estos respondieron que confiaban en poder mejorar, siempre y cuando pudieran contar con un apoyo adicional en forma de apoyo emocional.

Were, Indoshi y Yalo (2010) realizaron en Kenia un estudio que destacaba las diferencias de género en materia de autoconcepto y de resultados académicos en alumnos de Primaria (clase de 8 años) con discapacidad visual. El estudio se efectuó sobre un grupo de 291 niños con discapacidad visual, utilizándose como instrumento de evaluación el Academic Achievement Test, diseñado por los propios investigadores, y el Shavelson Evaluation Model Instrument (Shavelson, 1990). El estudió constataba la evidente diferencia de género que existe en Kenia en materia de autoconcepto en alumnos con discapacidad visual, siendo los chicos los que tenían un autoconcepto más bajo que las chicas.

Otro estudio reciente (Pandith, Malik y Ganai, 2012), centrado en el autoconcepto y el nivel de aspiraciones, es el que se realizó con tres grupos de alumnos de Secundaria: alumnos con discapacidad física, alumnos con deficiencias auditivas y alumnos con discapacidad visual. Para medir su autoconcepto se les pasó el Self-Concept Inventory de Sagar y Sharma (yo ideal y real de dos dimensiones), mientras que, para definir el nivel de aspiraciones de los participantes, se utilizó la herramienta Level of Aspiration de Mahesh Bhargava y M. A. Shah. La muestra para el estudio ascendía a 150 alumnos de Secundaria con necesidades especiales, detectados mediante una técnica de muestreo intencional en 90 centros de Enseñanza Secundaria de los distritos de Baramullah, Jammu y Kashmir. Para medir y comparar el autoconcepto (dos dimensiones) y el nivel de aspiración de estos grupos de estudiantes de Secundaria, se aplicó una desviación estándar, una desviación media y una prueba t. Los resultados concluyeron que las diferentes categorías de alumnos de Enseñanza Secundaria con discapacidad auditiva, visual, y física no diferían entre sí en cuanto al autoconcepto o el nivel de las aspiraciones. Los resultados indicaban que las tres categorías tenían la misma actitud, conocimiento de sí mismos y desarrollo evolutivo de consecución de logros. La bibliografía que a continuación se menciona arroja luz sobre los estudios realizados sobre el autoconcepto de los adolescentes con discapacidad visual.

Adolescentes con discapacidad visual

Huurre y Aro (1998) observaron el desarrollo psicosocial de los adolescentes con discapacidad visual en un grupo de 54 adolescentes (40 chicos y 14 chicas) que asistían a clase en un centro escolar ordinario finlandés. El grupo de control estaba constituido por adolescentes con visión de la misma edad (N = 385, 172 chicos, 213 chicas). La recogida de datos se realizó mediante cuestionarios de autorrespuesta. Los resultados indicaron que el grupo de adolescentes con discapacidad visual no difería del grupo de control ni en frecuencia de depresiones, ni en síntomas de malestar, ni en sus relaciones con los padres o los hermanos. Sin embargo, los adolescentes con discapacidad visual solían tener menos amigos y menos citas con otros jóvenes que los adolescentes sin dificultades visuales. También registraron que los sentimientos de soledad y de dificultad para hacer amigos se daban en aquellos con mayor frecuencia, lo que podía tener un impacto negativo en la dimensión de su autoconcepto social. Autoestima, resultados escolares y habilidades sociales eran inferiores en chicas con discapacidad visual que en las chicas del grupo de control.

Rosenblum (2000) examinó las percepciones del impacto de la discapacidad visual en las vidas de los adolescentes, encontrando que cada adolescente tenía una perspectiva especial sobre el impacto de la discapacidad visual en la familia, el centro de estudios y en la relación con chicos de sus mismas características, aunque todos valoraban su amistad. Igualmente, Rosenblum (2000) sugirió que familias y profesionales debían trabajar con los niños pequeños con discapacidad visual para ayudarles a recorrer distintos pasatiempos y desarrollar habilidades para practicar uno o dos de ellos. Según esta autora, cuando se materializa la posibilidad de participar con un joven de similares características en uno de estos pasatiempos, el niño con discapacidad visual es capaz de participar y de establecer una amistad, ya que ambos descubren que es más lo que tienen en común que lo que les diferencia.

López-Justicia y Pichardo1 (2001) investigaron si existían diferencias de género en el autoconcepto de los adolescentes con ceguera congénita. Componían la muestra 23 adolescentes entre 12–17 años (8 chicos y 15 chicas) que estudiaban 2.º de Secundaria o selectividad. Como instrumento de evaluación utilizaron la prueba The Tennessee Self-Concept Scale (1965). Los resultados globales de su estudio demostraron que existían algunas diferencias, por motivos de género, en el autoconcepto y el autocomportamiento de los adolescentes. Las participantes obtuvieron puntuaciones inferiores a los participantes varones en autoconcepto social, autocomportamiento familiar y dimensiones morales del autocomportamiento, pero superiores en autoconcepto físico. La muestra elegida por López-Justicia y Pichardo incluía únicamente adolescentes con deficiencia visual congénita/hereditaria; quedaron excluidos los adolescentes que tenían deficiencia visual a resultas de un accidente o enfermedad y los adolescentes con ceguera. Por consiguiente, la muestra no incluyó a todos aquellos adolescentes que representaban los distintos niveles y tipos de discapacidad visual.

Al-Zyoudi (2007) realizó un estudio similar sobre adolescentes con deficiencia visual, en el que se midieron las diferencias de género en materia de autoconcepto. Los integrantes de la muestra fueron 23 adolescentes (10 chicos y 13 chicas) con edades comprendidas entre los 12-17 años, que realizaban estudios de 1.º de Secundaria en centros escolares de la gobernación de Al-Karak, al sur de Jordania. Todos los participantes estaban diagnosticados como personas con discapacidad visual. El investigador utilizó como instrumento de evaluación del autoconcepto la prueba Tennessee Self-Concept Scale (1996). Los resultados de este estudio mostraron las diferencias que existían, por motivos de género, en el autoconcepto y el autocomportamiento de los adolescentes. Las alumnas obtuvieron puntuaciones inferiores a las de los alumnos en las dimensiones autoconcepto social, autocomportamiento familiar y autocomportamiento moral, pero superiores en autoconcepto físico. Cabe destacar aquí que la limitación de la investigación de Al-Zyoudi (2007) era similar a la que se encontró en la investigación de López-Justicia y Pichardo, en el sentido de que su investigación no incluía a adolescentes con ceguera. Por consiguiente, la muestra de Al-Zyoudi no representaba realmente a la totalidad del colectivo con discapacidad visual.

Otro estudio comparativo sobre el autoconcepto de los adolescentes con visión y con ceguera en la India, fue el de Halder y Datta (2012). La muestra contaba con 160 participantes (seleccionados en centros escolares indios de Bengala Occidental) con edades comprendidas entre los 15-18 años de edad, de los cuales 100 tenían visión y 60 ceguera. Con ellos se utilizó la prueba The Escala de autoconcepto de Piers-Harris (1969). Los resultados de las pruebas t ilustraron la inexistencia de diferencias significativas en las puntuaciones sobre el autoconcepto entre chicos y chicas adolescentes con ceguera. Sin embargo, los adolescentes con visión puntuaron por encima de los adolescentes con ceguera en tres de las seis dimensiones totales del autoconcepto («apariencia y atributos físicos», «popularidad» y «felicidad y satisfacción») por lo que también obtuvieron puntuaciones más altas en la puntuación global sobre el autoconcepto. Hay que señalar en este punto que en la muestra de Halder y Data solo participaban adolescentes con ceguera, y que los que tenían algún resto visual útil habían sido previamente excluidos.

Otros estudios recientes en materia de autoconcepto y/o autoestima fueron los realizados por Lifshitz, Hen y Weisse (2007), Garaigordobil y Bernarás (2009) y Bolat, Doğangun, Yavuz, Demir y Kayaalp (2011). El estudio de Lifshitz et al. (2007) analizaba el autoconcepto y la calidad de la amistad de 40 adolescentes israelíes con discapacidad visual (20 de ellos matriculados en centros públicos y 20 en centros residenciales de Israel), comparándolos con 41 adolescentes con visión. Sus resultados desvelaban similares perfiles de autoconcepto en adolescentes con visión y adolescentes con discapacidad visual. Sin embargo, los investigadores expresaron cierta aprensión sobre los resultados, ya que los cuestionarios habían sido leídos por el examinador a los alumnos con discapacidad visual de forma individual, lo que, en opinión de los investigadores, podía potencialmente inducir a los estudiantes a presentar un autoconcepto ideal.

Garaigordobil y Bernarás (2009) investigaron el autoconcepto, la autoestima, otros rasgos de personalidad y síntomas psicopatológicos en participantes con y sin discapacidad visual. La muestra estaba configurada por 90 participantes de las tres provincias de la comunidad autónoma del País Vasco, con edades comprendidas entre los 12-17 años de edad; de estos, 61 no tenía ningún tipo de discapacidad, mientras que 29 tenían discapacidad visual. Los instrumentos que se pasaron a los participantes fueron el Listado de Adjetivos para la Evaluación del Autoconcepto en adolescentes y adultos (LAEA, 2008) y The Rosenberg Self-Esteem Scale (1965). El análisis de variancia (ANOVA) no reveló diferencias significativas entre el autoconcepto y la autoestima de los integrantes de las muestras, pero los adolescentes con deficiencia visual puntuaron más alto en varios síntomas de psicopatologías, así como en su capacidad para la amabilidad. Sin embargo, las chicas con discapacidad visual obtuvieron puntuaciones significativamente inferiores en autoestima y superiores en varios síntomas psicopatológicos. Los coeficientes de Pearson mostraron relaciones negativas del autoconcepto y la autoestima con todos los síntomas psicopatológicos y con neuroticismo, así como una relación positiva con extraversión. Bajo psicoticismo, alta extraversión y baja hostilidad fueron identificados como predictores de alto autoconcepto.

Finalmente, Bolat et al. (2011) investigaron los niveles de depresión y ansiedad y las características del autoconcepto de los adolescentes con deficiencia visual congénita. En total, como medida de comparación, 40 fueron los adolescentes con visión incluidos también en el estudio. Como instrumentos de evaluación se emplearon: el CDI o Inventario de Depresión Infantil (1980), la Escala de Autoconcepto de Piers-Harris (1964), la escala para niños STAI o Escala de Ansiedad Estado/Rasgo de Spielberger (1980) y un formulario sociodemográfico. La diferencia entre los dos grupos no fue estadísticamente significativa ni en términos de puntuación de la depresión ni en términos de las puntuaciones totales del autoconcepto: puntuaciones de las subescalas de felicidad, apariencia física, popularidad, comportamiento y ajuste de la Escala de Autoconcepto de Piers-Harris (1964). Las puntuaciones de la subescala intelectual y la situación escolar de los adolescentes con discapacidad visual fueron notablemente más altas que las de los controles. Los adolescentes con discapacidad visual no obtuvieron puntuaciones significativamente más bajas que las del grupo de control en ninguna de las subescalas de autoconcepto, ya que la pérdida visual existía en su caso desde el nacimiento. Es probable que estos adolescentes con deficiencia visual hubieran aprendido vías y formas de ajustarse a su pérdida visual.

Las publicaciones que existen en materia de bienestar, depresión, salud mental y los estudios de impacto psicosocial de la discapacidad visual en adolescentes, sugieren que el aislamiento y las percepciones de la discapacidad por parte de los iguales pueden ejercer un impacto negativo sobre el autoconcepto/autoestima de los adolescentes con discapacidad visual (Hatlen, 2004; Kef, 2002). Por otra parte, su bienestar puede verse positivamente afectado por el bienestar físico, las amistades auténticas y las redes familiares, así como por la invitación de los adultos para que progresen en independencia (Kef y Deković, 2004; Koenes y Karshmer, 2000; Rosenblum, 2000). Las percepciones positivas de la discapacidad y la inclusión pueden también ejercer de ayuda favorable (Kef, 2002).



Conclusión

En resumen, las investigaciones realizadas sobre niños y adolescentes con discapacidad visual han sacado a la luz las discrepancias y limitaciones de sus resultados. Algunos de sus investigadores (Obiakor y Stile, 1990) encontraron que los alumnos con discapacidad visual obtenían puntuaciones en autoconcepto superiores a los alumnos con visión, mientras que otros estudios (Halder y Datta, 2012; Mishra y Singh, 2012) apuntaban en sentido contrario. Cuando unos cuantos autores (Al-Zyoudi, 2007; Halder y Datta, 2012; López-Justicia y Pichardo, 2001; Lucy, 1997) intentaban investigar las múltiples dimensiones del autoconcepto, había otros (Mishra y Singh, 2012; Were et al., 2010) que seguían midiendo exclusivamente un único elemento del autoconcepto, pese al argumento de que ello enmascara o vela importantes distinciones que los sujetos pueden establecer entre sus competencias y capacidades en distintas dimensiones de sus vidas (Harter, 1990). Algunos investigadores (Al-Zyoudi, 2007; López-Justicia y Pichardo, 2001; Were et al., 2010) compararon únicamente las diferencias de género en autoconcepto en participantes con discapacidad visual, mientras que otros (Lucy, 1997) compararon la prevalencia de las puntuaciones del autoconcepto en este grupo con la no norma o estándar establecido. Además, había estudios de investigación sobre el autoconcepto que incluían tan solo a adolescentes con deficiencia visual (Al-Zyoudi, 2007; López-Justicia y Pichardo, 2001), así como otros únicamente centrados en adolescentes con ceguera (Halder y Datta, 2012). Estos investigadores no incluyeron en sus muestras a alumnos de cualquier nivel o categoría de las integradas en la discapacidad visual. La revisión actual pone claramente el énfasis en las carencias y discrepancias de enfoques adoptados por diferentes investigadores a la hora de indagar sobre el autoconcepto de los participantes con discapacidad visual; es, por ello, de suma importancia que se siga investigando sobre la materia, si se quieren completar los vacíos de información aún existentes.



Referencias bibliográficas

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Poulomee Datta, Faculty of Education and Arts, School of Education, Australian Catholic University, P.O. Box 456, Virginia, QLD 4014 (Australia).

Correo electrónico: Poulomee.Datta@acu.edu.au



La autora manifiesta no haber recibido ayuda financiera alguna para la realización de la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

1 Se corrige aquí y en menciones sucesivas (incluidas las referencias bibliográficas) el error que la autora del artículo comete al transcribir el apellido de las autoras españolas. Mientras que Dolores López-Justicia aparece correctamente citada por su apellido, María del Carmen Pichardo aparece citada como del Carmen Pichardo, por interpretar que del Carmen es un primer apellido [N. de la trad.].

Integración. Revista sobre discapacidad visual – Edición digital – N.º 65, febrero 2015 – ISSN 1887-3383

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