"Hablar bien", un mecanismo para performar mujeres: el caso de las lenguas minorizadas



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"Hablar bien", un mecanismo para performar mujeres: el caso de las lenguas minorizadas

Teresa Moure

Universidad de Santiago de Compostela
1. Introducción

Por regla general, los estudios de género, aplicados en lingüística, aluden al sexismo lingüístico. El objetivo de estos trabajos pasaría por depurar las emisiones de los usos que degradan o trivializan a las mujeres. Aunque este tipo de planificación lingüística sea urgente, no se está consolidando un verdadero paradigma de investigación. Puede resultar alienante que el masculino se presente metafóricamente como bueno y el femenino como malo (cf. cojonudo vs. chuminada), o que la preponderancia de los varones en la vida social consolidase, por ejemplo, el uso exclusivo del masculino para referir la totalidad de los individuos humanos. Pero esta sensibilidad es minoritaria y no está protegida ni por la gramática ni por la escuela, que continúan difundiendo que el masculino es el término no marcado y que no hay nada de sexista en dirigirse a un auditorio como si estuviese constituido exclusivamente por hombres, incluso si es completamente femenino. Muchas personas declaran sin pudor alguno que tal asunto remite a susceptibilidades extremas o que el sexismo está en la sociedad y no en la lengua que la construye. Por ese estancamiento, que muestra algunas de las insuficiencias de los estudios de género a la hora de abrirse paso en la sociedad, considero que hay que explorar otras vías de acción.

Además de la capacidad normativa que podamos tener −desaconsejando unos usos determinados−, el género tendrá vitalidad en la investigación lingüística en la medida en que consigamos demostrar que adoptando esta perspectiva podemos abordar problemas lingüísticos de forma distinta y más eficiente. La vinculación entre lengua y género que trataré se pregunta acerca de la lengua que en Galicia y también, en un sentido general, en las tribus del mundo utilizan las mujeres. El hecho de que las mujeres deserten de la lengua transmitida por las generaciones anteriores o el hecho de que no se incorporen activamente a la lengua de menor prestigio en la sociedad guarda relación con su dificultosa situación social: en el momento actual, la mayoría de las mujeres quieren acceder a puestos de prestigio y rehúsan identificarse con opciones que pongan en peligro sus conquistas recientes.

Mi argumentación asumirá que las mujeres en Galicia hablan menos gallego que los hombres. Aduciré algunos ejemplos en favor de esta premisa inicial. En los grupos informales de la vida social (asambleas de vecindad, reuniones de profesorado, tiendas) se reconoce con facilidad que los hombres hablan gallego en mayor medida que mujeres de su misma condición social, o al menos que contestan en gallego, de dirigirnos a ellos en esa lengua, más frecuentemente que las mujeres. Segundo ejemplo: existen, con una frecuencia sorprendente, parejas bilingües donde él habla gallego, mientras ella está instalada en español. Las conversaciones en dos lenguas de estas parejas propagan la idea de que, en algunos sectores sociales, las mujeres sienten que no deben contaminarse hablando gallego. Hasta donde yo conozco no se da de manera significativa el caso contrario (parejas en que la mujer hable en gallego y el hombre en español). En tercer lugar, esta tendencia sexo-preferencial no es desconocida para la sociolingüística gallega y cuenta con claros precedentes históricos: los intelectuales de las Irmandades da Fala a comienzos del siglo XX animaron a sus mujeres a dar el paso de instalarse en gallego, al tiempo que redactaban animosos discursos en la prensa sobre este particular que a veces firmaban con un falso nombre femenino. Con todo, ni los datos del Atlas lingüístico galego (ILGA 1995) ni los del Mapa sociolingüístico galego (Seminario de Sociolingüística/Real Academia gallega 2007, 2008) registran este particular, aunque difícilmente podrían encontrarse resultados que no se buscan: en la mayoría de los artículos, manuales, diccionarios, tratados gramaticales o sociolingüísticos el género no existe. Los gramáticos del gallego han recogido, sobre todo, variedades geográficas −“Aquí se dice A, ahí se dice B”−, o variedades sociales relativas al concepto de clase –“popularmente se dice A, sólo literariamente se dice B”− pero no se han ocupado de una “forma femenina de habla”.

En un sentido parcialmente distinto al de las actitudes femeninas hacia la lengua, cuando las mujeres hablan gallego es posible que utilicen una variante estilística propia, un conjunto de rasgos que podrían caracterizar el sociolecto de las mujeres. Pues bien, describir esa variante femenina de gallego es un trabajo que todavía está por hacer con pleno rigor. En cambio, la tradición anglosajona en estudios de género aisló hace ya treinta años una serie de características propias del habla de las mujeres. Volveremos sobre ellas más adelante porque creo que pueden admitirse como válidas para describir también el habla femenina en gallego, lo cual es bastante elocuente en términos de tendencias universales del lenguaje.

En otro sentido, en los últimos años rige acuerdo general sobre el hecho de que las mujeres procuran en su interacción social un modelo específico de cortesía (Ide 1982, Brown & Levinson 1987, Matsumoto 1989, Holmes 1995, Cameron 1995, Coates 1996, Tannen 1990, 1994): las mujeres priman en la conversación la calidad de la interacción sobre la busca de información. Mi hipótesis pretende cruzar esta evidencia llegada de los estudios de género con los datos de la sociolingüística cuantitativa para avanzar que, en los contextos de lenguas en contacto, las mujeres se decantan por un modelo de cortesía que las presiona a abandonar la lengua menos promocionada. Probarla sería fundamental porque, si convenciésemos a las mujeres de que pueden ser corteses en gallego, no abandonarían su lengua.

Los datos en que puedo basarme proceden de mi propia introspección, del análisis de las personas que me rodean, de la literatura, de lo que oigo en la interacción por la calles con hablantes desconocidas. También en algunos puntos, que haré notar, acudo a entrevistas orales de los archivos del ILGA o a los datos del ALGa. Probablemente para la antropología o la sociología este trabajo parezca poco empírico, pero no considero prioritario acumular datos ni desplegar complicadas técnicas de recogida y tratamiento. Esos pasos podrán cubrirse en una segunda fase. Hay algo más importante ahora: dibujar una posible comprensión del problema para abordarlo.
2. El habla femenina en gallego

A principios del siglo XX, los antropólogos americanos comienzan a prestar atención a datos de lenguas amerindias y el ambiente cientificista de la época interpreta la variación idiomática como un modo de ampliar la disciplina lingüística, por entonces prácticamente restringida a lenguas indoeuropeas. A partir de ese momento se difundieron novedades pintorescas, como la existencia de comunidades donde hombres y mujeres utilizan variantes diferentes, que obligan a los interlocutores a hacer patente su género en el discurso. Pero, aunque las obras de Jespersen, Malinowsky, Sapir o Levi-Strauss incluyan abundantes referencias al bilingüismo sexual, estos autores no se percataron de que estaban restringiendo injustificadamente el fenómeno a las geografías exóticas que visitaban en sus expediciones.

La hipótesis del bilingüismo sexual apuntaría que en algunas lenguas las mujeres cuentan con un dialecto exclusivo, mientras que una segunda variedad, sexualmente neutra, servirá tanto para hablar entre hombres como para la interacción hombre-mujer. En otras tribus el habla exclusiva se reserva para los hombres y la variedad neutra es usada por las mujeres cuando están solas, o bien en la interacción entre ambos sexos. El asunto reclama especial atención al observar las relaciones de poder vigentes en tal reparto, ya que el habla de prestigio coincide siempre, y no casualmente, con la que usan los hombres (Violi 1991, Gal 2001): cuando las mujeres disponen de un dialecto propio −como acontece entre las hablantes de Caribe-des-Îles en las Pequeñas Antillas−, éste se considerará secundario; sin embargo, cuando los hombres disponen de una variedad marcada −como en yana, hablada al norte de California−, la lengua común ha evolucionado frente al arcaísmo del dialecto masculino, y precisamente por eso sirve como marca de estatus social. En términos generales diríamos que las mujeres están arrastrando a la variedad que hablan su propio desprestigio.

En las últimas décadas, desde la óptica de los estudios de género se ha prestado particular atención a estas variaciones. Quizás no se trataba de una peculiaridad de determinados pueblos, sino de una constante universal, o al menos reiterada, en las lenguas humanas. El bilingüismo sexual no debe de ser una curiosidad etnográfica, puesto que humoristas y dramaturgos dominan a la perfección el arte de caracterizar lingüísticamente un individuo como mujer o como hombre amanerado, lo que indica, que existen rasgos de discurso femenino y, al tiempo, que esta caracterización desata carcajadas en el público, prueba de que no está bien considerada.

Con contadas excepciones, en la sociolingüística gallega el tema de la variación por género aparece escasamente tratado1. En consecuencia, los tratados gramaticales están aceptando que las gallegas hablan igual que los gallegos, una conclusión poco verosímil porque la experiencia demuestra que en distintos entornos sociales (en la escuela, en la calle, en la peluquería, etc.) hombres y mujeres no hablan exactamente igual: existen rasgos, bastante sistemáticos, que delatan el género del emisor. Por otro lado, si una característica tan alienadora como el género, tan determinante de roles sociales, no tuviese repercusión alguna en la lengua, estaríamos ante un absurdo: ¿con qué criterio justificaríamos que las diferencias de poder o status, por ejemplo, sí se reflejasen? Como hipótesis secundaria, podríamos considerar que percibimos esa apariencia de homogeneidad porque un artefacto de poder y control nos ha enseñado a anular las diferencias de género en su uso, a hacerlas invisibles, contemplándolas como algo libre e individualmente escogido por cada individuo. Labov se convirtió en una figura de referencia en la sociolingüística al demostrar que algunas variantes en inglés, que parecían preferencias estilísticas de elección facultativa (lo que el estructuralismo llamaba variantes en distribución complementaria), estaban en realidad reguladas socialmente. Quizás también en este caso estemos considerando algunas variantes de elección libre cuando la preferencia o el rechazo que experimentamos hacia ellas viene dictado por una cuestión de género.

En principio, aceptaremos que en gallego actual existe una variedad femenina identificable en los términos en que suele ser formulada para otras lenguas, como el inglés, en la tradición que arranca de Robin Lakoff por rasgos como:

1. Registro de mayores diferencias de altura, abundancia de flexión interrogativa y de entonación vacilante o dubitativa.

2. Uso de atenuantes, del estilo de preguntas coda (verdade?, non é?, non si?), que se usan retóricamente para observar en qué medida lo expresado coincide con lo que piensa todo el grupo.

3. Abundancia de intensificadores (que tan bonito é!, nunca tal vin!) y de diminutivos (pouquichiño, gordecho).

4. Léxico caracterizado, que resulta inusual o episódico en el habla masculina: feito (como sinónimo de bonito), churrusqueiro o riquiño. Existen además bloques temáticos donde el vocabulario de las mujeres es más amplio que el de los hombres y su destreza en utilizarlo mayor. Como caso típico, las mujeres conocen más nombres de color, califican manejando más matices cromáticos e identifican con mayor facilidad y rapidez ejemplares de distinto matiz dentro de una gama. También en el léxico entraría la escasa frecuencia de términos que denoten abierta hostilidad y, en paralelo, depuración del lenguaje que se considere poco delicado.

En la tradición de los estudios de género es frecuente, sin embargo, la polémica sobre estos rasgos. Mientras que Lakoff concedía gran importancia a la abundancia de las codas del tipo de las tag questions, autoras y autores posteriores han mitigado el valor de este dato y a veces, incluso han contra-argumentado con trabajos empíricos que estos recursos eran más habituales en el habla masculina. Esta polémica es importante: si no proporcionamos un marco teórico bien fundamentado, los datos de lengua que puedan aducirse carecerán de valor probatorio porque dependen de los/las hablantes que tengamos en cuenta. La lengua que hablamos no resulta de nuestros cuerpos ni de nuestras hormonas y, por tanto, una lengua femenina no implica referirnos a rasgos que aparezcan automáticamente en las variedades habladas por todas las mujeres y que estén ausentes en las de los hombres. Al contrario, el habla sirve para construir los géneros. En este sentido, si cada hablante sigue el patrón lingüístico acorde con el género que desee adoptar, −o revestir, en el sentido de una performance cuando, por ejemplo, un hombre habla como una mujer para hacer gracia−, es extraño que la lingüística haya tenido tan poco interés históricamente por la cuestión de género. Aquí se están cruzando varias cuestiones que ya no atañen a la gramática, sino a la sociolingüística.

En la tradición de estudios de género, se ha considerado que el habla femenina usaba circunloquios. En los patios de juego de las escuelas infantiles, las niñas dirían ¿y por qué no jugamos a...?, mientras los niños preferirían fórmulas imperativas como ahora jugamos a.... Los circunloquios son la punta del iceberg de una técnica de conversación que va indagando en las preferencias de la otra persona sin formular directamente las propias. Obsérvese que, por un lado, al primar este tipo de interacciones, las mujeres tienden a sentirse ofendidas más veces por lo dicho o lo sobreentendido. Son esos “enfados femeninos”, convertidos en tópico literario, que tradicionalmente los hombres dijeron no entender. Por otro lado, esta conversación vacilante, orientada a no significarse es un rasgo característico, no sólo del habla de las mujeres en todas las tribus del mundo; también distingue unas culturas de otras. Los gallegos son vistos desde Madrid como gente de la que no se sabe si sube o baja. Quizás la falta de autoestima y de seguridad de determinados colectivos provoque unas formas de habla distintas; un habla "indirecta".

Además, la propuesta histórica debe ser matizada. Lakoff (1975: 5) señalaba que si una chica hablase con los tacos habituales en un muchacho sería objeto de escarnio o abiertamente condenada al ostracismo social. Esto fue una verdad manifiesta, mutatis mutandis, en todas las sociedades occidentales y, aunque la lingüista se refería a la sociedad americana urbana de clase media y blanca, los datos coinciden con lo que en los años ’70 pasaba en Galicia. Pero no es en absoluto la situación actual. Las mujeres gallegas, como en todo el ámbito hispánico, ya no tienen tabús verbales: hablan de todos los temas sin limitaciones expresivas. Probablemente un diferente modo educativo y hasta la desinhibición de los reality shows en televisión las han convencido de que no existían temas ni expresiones prohibidas. Hablan con profusión de palabrotas, expresiones obscenas e incluso vejatorias para el conjunto de las mujeres. Eso sí, en una alta frecuencia, como sabemos, lo hacen en español.

Una vez relacionados los rasgos más incontrovertidos del habla llamada femenina, querría notar dos salvedades. Primera: muchas de las personas no sensibilizadas por los estudios de género pueden rechazar esta caracterización bajo el supuesto −evidente− de que no todas las mujeres hablen así. No pretendemos aquí sentar una serie de atributos definitorios del conjunto mujer: no se trata de propiedades necesarias y suficientes que todos los ejemplares deban ostentar para incluirse dentro de la categoría mujer; al contrario, ni siquiera creo en la existencia de esa categoría, en la línea queer defendida por H. Motschenbacher (2010). Es posible, además, que muchas mujeres no se reconozcan en esa habla profusa en términos cariñosos y recortados que escuchan en otras mujeres (en esa dependienta que saluda a la clienta con un Dime, cari, ¿qué talla usas?). Pero sí pueden reconocerse esos rasgos como un boceto de definición del prototipo. El habla femenina sería una envoltura para performar mujeres, para destacar la femineidad, igual que lo hacen el maquillaje o los zapatos de tacón, e independientemente de que una mujer determinada use esos artificios o no. Muchas mujeres no ostentarán la totalidad de los rasgos caracterizadores, incluso en el proceso de construcción del propio sujeto-mujer pueden haber rechazado específicamente ese registro. Pero la acumulación de rasgos caracteriza a un individuo indiscutiblemente como mujer o “amujerado”, según nos muestran las caricaturas de los humoristas antes aludidas.

Por otro lado, con las adaptaciones propias de la traducción, el panorama descrito para el gallego prácticamente coincide con el que se puede encontrar en inglés, en español o en otras lenguas estudiadas. Creo que, en el momento actual, deberíamos analizar con rigor ciertos trazos idiosincráticos de cada lengua. Tomemos, por ejemplo, el caso del diminutivo. En todas las lenguas las investigaciones con perspectiva de género señalan la proliferación de diminutivos como característica del discurso femenino. Los sufijos originalmente destinados a expresar pequeño tamaño experimentan a menudo procesos de gramaticalización que los habilitan para vehicular una gran variedad de valores abstractos, fundamentalmente, intensificadores, aproximativos y peyorativos. Habitualmente, como las gramáticas no están hechas con perspectiva de género, los autores los explican como ruralismos o indicios de habla coloquial. Pero, si también marcan “en femenino” a quien los usa, es esperable que fuesen interpretados como propios de habla popular sólo porque la de las mujeres no es un habla prestigiada. Y la hipótesis está bien avalada: en la literatura gallega ha sido una constante destacar la "aspereza varonil" del estilo de Pondal, frente a la supuesta dulzura sentimental de su contemporánea Rosalía de Castro. Igualmente, otros fenómenos gramaticales, como las interpolaciones o colocaciones idiosincráticas de los pronombres personales, que en portugués y en gallego estándar actual han ido restringiendo su uso han sido explicadas (Moure 2011) como un efecto de género. Estas estructuras están todavía vivas en el habla de informantes femeninas, especialmente de edad avanzada, y se perciben más frecuentemente cuando las personas abordan los territorios del pasado o la infancia. La dificultad de acceder a datos empíricos resulta en este punto preocupante. Las grabaciones (ALGa) no permiten acceder a los datos de género, pues los investigadores que recopilaron estos archivos orales no las consideraron relevantes. Supongamos que estos rasgos fueron característicos del habla femenina. Una lengua con grandes problemas de transmisión, cargada de españolismos, que los efectos de una urbanización acelerada han aumentado, tiene ya serios problemas de corpus. En ese contexto, los rasgos de habla femenina afrontarían especiales dificultades para pasar a la generación siguiente, especialmente cuando ésta tendía a instalarse en español. Además, en muchos casos fue la literatura la encargada de restituir el prestigio de la lengua. Y los escritores, mayoritariamente hombres, no utilizarían los trazos coloreados de género. En todo caso, si tal hipótesis parece demasiado aventurada, los ejemplos del diminutivo y las interpolaciones pronominales no son más que un hilo lateral del camino que estamos a punto de emprender.
3. La cortesía: escapando de las lenguas desprestigiadas

Universalmente, las mujeres parecen conminadas a usar en menor medida expresiones vulgares: los tacos, el habla gruesa o las imprecaciones obscenas tienden a ser sorteadas o sustituidas por eufemismos. Esta depuración ha sustentado una de las aportaciones más interesantes de los estudios de género a la lingüística, al aproximarse a los usos reales que las mujeres hacen de las lenguas. La norteamericana Robin Lakoff (1975), estableció que, aunque la cortesía se articule en normas que varían interculturalmente, se basa en tres reglas básicas: (a) formalidad, destinada a mantener las distancias; (b) respeto o libertad de elección y (c) camaradería, o demostración de simpatía.

La primera de estas reglas es la más conocida y previene contra los excesos de la intimidad, pero es en las otras dos donde se registra la variación de género. La regla del respeto, destinada a evitar ofensas, resulta fundamental en el estilo cultural femenino. El análisis de conversaciones reales demuestra que las mujeres afirman algo e, inmediatamente, piden opinión, quieren confirmación de que todo va bien, de que el flujo de simpatía con su interlocutor(a) no se ha roto. De ahí los atenuantes −¿verdad?, ¿de acuerdo?, ¿no te parece?− que salpican sus intervenciones, incluso en circunstancias donde el reparto de poder les permitiría legitimar su propio punto de vista −impartiendo clases, dando conferencias o respondiendo a entrevistas−. La tercera regla, la de camaradería, aunque pueda aparecer esporádicamente en otros contextos, tiene como dominio privilegiado de uso la interacción entre varios hombres compañeros. El caso típico donde se percibe la diferencia de habla entre sexos es aquel en que un hombre descarga palmaditas amables en el hombro del otro, sonrisa en boca, diciendo en voz alta: ¡Cabrón, que eres un cabrón! En un uso como ése las palabras gruesas que, aisladas en el diccionario son insultos, sirven para enmarcar la tupida red de alianzas entre los interlocutores.

Con todo, el asunto no es simple. A lo largo de los últimos veinte o treinta años las mujeres occidentales han penetrado decididamente en los distintos ambientes sociales: los entornos académicos, la vida pública, el arte, la ciencia han sido literalmente invadidos por mujeres de distintas clases. A pesar de todo, la heterogeneidad que las mujeres de distintas envolturas y ambientes deberían aportar a la sociedad al integrarse efectivamente en ella no se ha traducido al lenguaje. Esperaríamos que la entrada masiva de mujeres en la Universidad produjese una feminización del discurso académico y no hay tal; al contrario, las mujeres parecen aspirar a un lenguaje andrógino. Tal vez como síntoma de lo que buscaban en otros horizontes, las mujeres han adoptado el estilo de los hombres. Por un lado, la formalidad se ha reducido considerablemente o ha desaparecido porque la importancia concedida en la sociedad a las “corrientes de aire fresco” y a la expresión espontánea de los sentimientos no deja lugar para la distancia. Aunque sigamos reconociendo los estereotipos de lo femenino, las mujeres procuran adaptarse a la camaradería.

Tal vez por eso, el habla de las mujeres más jóvenes en este momento se recrea en los tabús, en la imprecación obscena que antes estaba prohibida. Se podría pensar, bien es verdad, que es consecuencia de la democratización de la enseñanza, esto es, una adopción de los usos lingüísticos dictados por la clase social de procedencia y no por el género. Sin embargo, la lengua como artefacto de poder ejerce un considerable atractivo y normalmente se adopta la forma de hablar de los poderosos para intentar ser, o para aparentar ser, uno de ellos. En el caso de las mujeres hay que recurrir, pues, a la variable género tanto o más que a la variable clase social para entender esta androginia del lenguaje. Las mujeres aspiran a hablar como hombres y, en muchos casos, las universitarias niegan con indignación en las clases de sociolingüística que las mujeres puedan tener un habla propia, una variedad caracterizadora. “Eso sería antes...”, protestan. Las mujeres desean ser iguales a cualquier precio. De ahí que aspiren a una lengua neutra, que elimine todas las huellas de sus diferencias con respecto a los varones porque, cuanto más masculinas aparenten hablando, serán tomadas más en serio. En este sentido Deborah Cameron (1995) comenta el caso de Margaret Thatcher que al llegar a la presidencia fue aconsejada por sus asesores de imagen para ir cambiando rasgos de su que pudiesen estigmatizar su discurso interpretándolo como “agudo, estridente, emocional y falto de autoridad”. Una mujer que se enfada es un “loro” o una “histérica” y pierde credibilidad.

En este contexto social, cuando algunas personas nos interesamos por el habla de las mujeres −si existe, en qué consiste o preguntas semejantes− chocamos con una barrera fortísima: ni la lingüística ha querido ver esa diferencia, ya fuese estilística o gramatical, ni las hablantes se identifican con los rasgos que se les atribuyen, ni buena parte del feminismo considera operativo reconocer ese discurso como diferente.

En 1996 Jennifer Coates publicaba un libro sobre la conversación entre mujeres. Más de diez años atrás había comenzado a grabar a sus amigas en las reuniones semanales que celebraban, durante las primeras horas de la noche, en sus domicilios particulares. Lo que comenzó como una broma acabó convertido en proyecto de investigación. Después de que un traslado la obligase a cambiar de lugar de residencia siguió registrando las conversaciones que mantenía con otros grupos de amigas. Su interés pasaba por estudiar el modo en que se realizaba la interacción lingüística femenina. Concluyó, en la línea que se venía apuntando desde el feminismo, que las mujeres se socializan a través del lenguaje, al que conceden singular importancia, de modo que acostumbran a valorar el hecho de compartir con las demás personas las motivaciones internas para las acciones que emprenden. Apenas un año antes Janet Holmes publicaba un tratado sobre la cortesía donde establecía (1995: 2) que la mayoría de las mujeres contemplan la conversación como un medio importante para mantener el contacto con las personas de su intimidad. La lengua, entre ellas, serviría para desarrollar sus relaciones personales. Los hombres, en cambio, tenderían a usar el discurso como una herramienta para obtener y producir información; como un medio y no como un fin.

Estos trabajos son resultado de una tradición, iniciada en la antropología de los años ’80 y que tuvo su cénit en los best-sellers de Deborah Tannen, que proponían la tesis de que los seres humanos, en función de su género, habitan tribus distintas y con frecuencia experimentan serias dificultades para entenderse hablando. En esta óptica, las mujeres consideran las preguntas un medio para mantener el flujo de la conversación y usan expresiones con que hacen eco a su interlocutor(a), evitando que los argumentos se contemplen como enfrentados y reforzando la idea de que ellas se mantienen a la escucha. En cambio, los hombres escapan de las situaciones que los obligan a compartir asuntos íntimos y tienden a resolver esas conversaciones como si se les estuviesen pidiendo soluciones para los problemas que se les comentan. El desacuerdo está servido: los hombres sienten el habla de las mujeres como cháchara repetitiva e interrumpen abruptamente dando soluciones a los asuntos sobre los que ellas divagan. Las mujeres, entonces, se sienten poco comprendidas o mal escuchadas y rechazan las soluciones que ellos les brindan porque tampoco deseaban que nadie les solucionase el problema; buscaban un oyente solidario, un confidente.

Esta línea de investigación destapó un asunto interesante, que podía aplicarse no sólo a la interacción entre sexos, sino también entre etnias, culturas o clases sociales distintas. Pero su formulación quizás resultó excesivamente agresiva. Al tipificar los conceptos de hombre y mujer y remitir al masculino necesariamente el interés por el intercambio de información y al femenino el objetivo de interactuar, inevitablemente estas investigadoras caían en el mismo mal que querían criticar. Sus análisis pecaban de prejuicios: si finalmente los datos demostraban al cien por cien lo que ellas intuían, el proceso resultaba sospechoso de manejar preconceptos. No estoy de acuerdo hasta el final con la idea de que las mujeres nos comportemos siempre como magníficas colaboradoras en el debate, de que sintamos la alegría de compartir mundos imaginarios y recreados a través del lenguaje, mientras los hombres se limitan a atender a la información como autómatas. La socialización femenina tiende a primar la colaboración pero ese fenómeno también se da entre otros grupos cohesionados (dentro de asociaciones, equipos deportivos o grupos de activismo político). Seguro que en la sociedad existe un modelo de interacción, movido por intereses inmediatos, por el aquí y ahora, que apenas se detiene en la satisfacción mutua que supone la conversación o que incluso contempla los turnos de debate bajo la metáfora conceptual de una guerra que se debe ganar y no perder, desplegando agresividad, oponiendo con fuerza los propios argumentos y desoyendo lo que se dice. Pero tampoco es raro que personas muy seguras ejerciendo su autoridad rematen sus enunciados con una pregunta que, según esta teoría, mitigaría la carga asertiva, y que, en mi opinión, no lo hace; es el clásico ¿Estamos? o ¿Entendido? con que concluyen algunos oradores autoritarios. Quizás bastaría con distinguir hablantes cooperantes, que escuchan y retoman parte de los discursos haciendo eco a quien habla y brindándole apoyo, frente a hablantes lacónicos que sólo ven la lengua como herramienta.

Sin caer en tópicos, parecería que la socialización femenina –como la de otros grupos– ha primado un modelo específico de cortesía, en principio, acorde con lo descrito por Lakoff: puede movernos más o menos la distancia o la camaradería pero valoramos el respecto extremando la libertad de decidir. En ese abanico hay fluctuaciones individuales y de grupo pero sí puede reconocerse una domesticación de nuestro discurso para que resulte refinado, un proceso que aboca al cambio de lengua en favor de la más arropada socialmente. Vayamos por ahí.

Entre las escasas características del habla femenina atendidas por los especialistas en sociolingüística está la del conservadurismo lingüístico. Las mujeres tenderían a usar formas estandarizadas porque, de ese modo, compensarían su subordinación con señales lingüísticas de status. Este rasgo se vería particularmente acusado en las mujeres que no trabajan fuera del hogar. La sociolingüística siempre ha tenido presente que, al carecer de un perfil laboral propio, las amas de casa se hacían dependientes de índices de prestigio distintos de la capacidad económica y, por tanto, particularmente sensibles al valor simbólico de la lengua. Cuando las mujeres de la clase obrera se presentan en público hablando “como una dama” y evitando las formas que delatarían su procedencia social consiguen desmarcarse y trazar su propio horizonte individual. Por eso las mujeres cultivaron la cosmética y el habla refinada, atributos que les permitían una promoción social impensable con otros mecanismos. En coherencia, en las sociedades diglósicas, cuanto más insegura esté una mujer de su situación social y canto mayor sea su afán de medrar, más adhesión mostrará a la lengua de prestigio, igual que estará muy pendiente de modas, vestimentas, apariencia y ritos formales. Cameron (1995: 170) asegura que en Irlanda do Norte el currículo escolar impone a las chicas especialmente que moderen sus acentos locales estigmatizados, algo bastante acorde con lo que se vive en Galicia.

Bourdieu (1998) argumentaba que las mujeres, al verse condenadas por la división sexual del trabajo a esperar el ascenso social de sus capacidades de producción y de consumo simbólicos, están especialmente atentas a la adquisición de competencias legítimas. Cuando hablamos, no sólo trasvasamos información, sino que asistimos a un intercambio económico oculto. Ese intercambio se lleva a cabo mediante una relación simbólica de fuerzas que media entre una figura productora, provista de cierto capital lingüístico, y una consumidora o un mercado aptos para proporcionar cierto beneficio material. Los discursos no son únicamente signos destinados a ser comprendidos; por encima de todo son signos de riqueza destinados a ser valorados y también actos de autoridad destinados a ser aceptados como veraces y, en su caso, a ser acatados. El lenguaje cobra así un notable valor social y una eficacia simbólica añadida. La tendencia general impulsa a las mujeres gallegas, en tanto que mujeres, a igualarse con los hombres, emulando el modelo de cortesía basado en la camaradería pero, en tanto que hablantes de una lengua desprestigiada, las mueve a desclasarse socialmente usando el español. Tenemos una doble fuga.

Las más jóvenes, las estudiantes, pelean en las aulas haciendo ostentación de todos los rasgos del modelo masculino (escarállanse coa risa, acollóanse cos exames, consideran que tal actividad es unha conachada o dedican afectuosamente a sus amigas los peores insultos). En tales contextos hablar gallego implica proximidad, afecto, sinceridad e identificación con lo local, con la consiguiente profusión de formas vulgares. El esquema sería simple si quedase aquí, con mujeres que cambian su modelo de cortesía para androginizarse. Sin embargo, los intercambios sociales siempre son cosa complexa.

La sociolingüística con orientación de género ha destacado el caso de lenguas de Extremo Oriente, como japonés o thai, donde cada hablante tiene que elegir entre un complejo sistema de marcas para dar cuenta de su género. Pero también es un lugar común que las universitarias japonesas en las aulas tienden a igualar su discurso al de los varones, mientras que cuando les interesa notar su femineidad (por ejemplo en bares o discotecas) vuelven a las formas rituales que marcan el femenino. Estamos ante un fenómeno semejante: cuando las mujeres gallegas no quieren asociarse a la coloquialidad que se le supone a esta lengua abandonarán el gallego para mostrarse corteses, o sea distantes. Y la distancia máxima se consigue con el español, que viene a cumplir la misma función que en el discurso académico tiene el latín: revestir de rigor lo que se dice. Por un lado, el habla repulida, en que derivaría la cortesía femenina, resulta poco adecuada o démodée, pero la proximidad y espontaneidad de los grupos masculinos no son del todo la lengua propia y el habla de las mujeres transita entre estos dos polos. Cuando se puede ejercer la proximidad, se habla en gallego popular, que resalta la camaradería y otorga al discurso un tono tan veraz, tan válido como el de los varones. Cuando no se desea ese efecto (en contextos formales donde se quiere parecer persona desenvuelta, moderna o elegante) prima la fuga de clase: el español, en su condición de lengua ajena al día a día, resulta absolutamente formal.



4. Hacia una propuesta de intervención
A medida que las mujeres se opusieron a la lengua censurada que la educación tradicional les ofrecía, va a notarse un curioso efecto lingüístico. Hombres y mujeres rechazarán lo femenino como cursi, y valorarán positivamente el habla viril: lo viril pasa a ser sinónimo de naturalidad; lo femenino, de afectación o de falsedad. En todos los tramos sociales, en todos los grupos de edad conviene estar al acecho para no hablar en femenino; el habla ronca se impone. Desde luego, hace veinte o treinta años, hablar “liso”, “hablar claro” podía ser audaz, porque contenía la rebeldía de cuestionar lo establecido, pero hoy acaba asentando un discurso único, como si sólo hubiese un tipo de habla veraz.

En las literaturas postcoloniales −o en los enfoques que miran los textos literarios de ciertas naciones y lenguas como síntoma de opresión− se sabe que de las mujeres, como de los pueblos no occidentales, se supone que no son bastante directos, francos, o asertivas, que buscan la duplicidad. Por supuesto se trata de una muestra de discriminación racista y sexista. La perspectiva de género en el siglo XXI nos aboca a romper con todos los moldes prefijados y a construirnos en libertad. Debemos poder reclamar el derecho a discursos poliédricos y hasta contrapuestos: es posible que una oradora brillante en pequeños grupos se intimide en una determinada situación y disfrace con un tono autoritario lo que no es más que inseguridad. Nada está fijado. Pero las personas que nos dedicamos a la educación sabemos del riesgo de que el medio académico estimule a los varones a participar e inhiba a las mujeres. Sólo así explicaremos que los hombres tomen la palabra antes y la mantengan durante más tiempo, porque las normas que rigen la conversación, por muy invisibles que nos parezcan, están vigentes y regulan los intercambios hasta el punto de que unas pocas mujeres en un grupo de hombres no consigan hacerse con un solo turno de participación.

La investigación sobre el lenguaje en materia de género es reciente pero en otros países cuenta con treinta años de historia. Considero que es urgente iniciar las investigaciones sociolingüísticas, gramaticales y estilísticas sobre la variable género en gallego. Contribuiríamos así a la busca de un conocimiento que mejoraría la calidad de nuestras relaciones sociales y estimularía la participación de l@s más débiles en el ámbito público. Es posible que ese objetivo humanitario y de justicia social quede muy lejos de los intereses de investigación. Pero la pérdida actual de hablantes femeninas en las lenguas minoritarias conjuga varios factores.

El primero es, sin duda, la pérdida de modelos femeninos. Puesto que las mujeres rompieron unas expectativas sociales determinadas se quedaron sin referencias: estaban cambiando los modos de vida, los intereses inmediatos y hasta los temas de conversación. Igual que otros campos de estudio conceden ya relevancia a los récits de vie, esto es, a los relatos de personas anónimas, la lingüística -especialmente interesada en el discurso como fuente empírica- al contemplar estas producciones individuales puede percibir el factor género. Desatendido por la gramática, y por buena parte de la sociolingüística, este factor puede ser también crucial en la recuperación de fenómenos idiosincráticos de lengua. Los rasgos de habla femenina no están pasando automáticamente a la generación siguiente, dado el fuerte éxodo que en estas décadas han vivido las mujeres hacia el español. Pero, como el modo de vida tradicional implicaba que las mujeres hablasen con menos personas, que saliesen menos de casa y del lugar donde habitaban, es posible que esos rasgos de estilo conserven peculiaridades genuinas de lengua, con menos contaminaciones ajenas.

Sin entrar a analizar cuáles son los problemas que afectan a la transmisión del gallego, podemos sin duda remitirnos al cambio de modos de vida. La urbanización masiva y el abandono de los núcleos de población y de las formas de subsistencia tradicionales están detrás de algunas actitudes de rechazo. Erróneamente l@s hablantes identifican la lengua propia con nociones que ven negativas −pasado, atraso, rural, poco estimulante− y la implantación en español con promesas −futuro, moderno, urbano, variado y sugerente−. El proceso se agudiza en el caso de las mujeres. Los valores de mercado, la competitividad y el éxito social presionan a los individuos para hablar la lengua de poder, más “de moda”. Si las reglas internas de las mujeres manejaban una cortesía alternativa, los cambios de los últimos tiempos las abocan a valorar la camaradería. Al quedar desasistidas, o bien adoptan modelos hipercultos −las menos, las que se sienten protegidas por su conocimiento específico de la lengua−, o bien desertan al español, las más. La intervención es sencilla: si pudiésemos darles a las mujeres un modelo de calidad (Freixeiro Mato 2009), una lengua tan expresiva, tan culta, tan diferencial, tan elegante y tan cortés como cualquier otra lengua, las mujeres podrán identificarse con ella y regresar. La intervención es precisa porque ninguna lengua está viva cuando las mujeres no la hablan.

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1 .-Entre las excepciones figuran García Negro (2003, 2009), los trabajos incluidos en la revista Festa da palabra silenciada (2008), o el compendio a cargo de Mosquera Carregal (2010).


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