Génesis del alfabeto occidental Autora: Mg. Alejandra V. Ojeda Universidad Nacional de Lanús Mayo de 2006 constitución y transformaciones del alfabeto occidental



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Génesis del alfabeto occidental

Autora: Mg. Alejandra V. Ojeda

Universidad Nacional de Lanús

Mayo de 2006


CONSTITUCIÓN Y TRANSFORMACIONES DEL ALFABETO OCCIDENTAL

Rara vez nos detenemos a reflexionar sobre ese conjunto de signos que utilizamos en forma cotidiana para comunicarnos por escrito, llamado “alfabeto” en los lenguajes occidentales. Instrumento presente en toda la vida social y aprendido a muy temprana edad, forma parte de lo cotidiano y parece existir desde siempre. Este producto de la historia, sin embargo, ha recorrido un vasto camino hasta constituirse en un repertorio finito y relativamente estable.


El lenguaje (tanto el oral como el escrito) se sostiene en las sociedades históricas fundamentalmente sobre el método de la autoridad. Aprendemos de nuestros padres las palabras que describirán/constituirán nuestro mundo, y de las instituciones educativas las reglas y práctica de la escritura. No ofrecemos ninguna resistencia, ni tenemos forma de hacerlo. Cuando en la adolescencia empezamos a cuestionar todas las reglas, también cuestionamos el lenguaje y su escritura. La resistencia al orden imperante ha sido manifestada en la escritura en numerosas ocasiones, no sólo por los adolescentes, sino como forma de resistencia cultural, siendo un ejemplo actual el uso de la K en nuestros jóvenes, aún sin saber que es una práctica heredada de los anarquistas.
Nuestro alfabeto comparte su raíz con otros repertorios de signos, algunos similares, como el griego, y otros completamente diferentes (al menos en apariencia) como el hebreo. El desarrollo de la escritura, organizado cronológicamente, se puede clasificar en tres períodos: a) pre-escritural, b) escritural pre-alfabético y c) alfabético. Dentro del tercer período, a su vez, se pueden diferenciar las siguientes etapas: c.1) de la conformación del primer alfabeto al alfabeto romano, c.2) desde la institucionalización del alfabeto romano a la invención de la imprenta y c.3) desde la invención de la imprenta hasta nuestros días. Si centramos el interés en el cambio morfológico, el punto de central interés será c.3, pues es allí donde se desarrollan los cambios tipográficos más significativos (cualitativa y cuantitativamente). Pero si nuestro interés se centra en tratar de analizar las operaciones semióticas que recorrieron ese proceso, es decir, rastrear su “semiótica narrativa oculta”, necesariamente deberemos centrarnos en los primeros registros escriturarios.


  1. Período pre-escritural

Las primeras expresiones gráficas se remontan al paleolítico, entre 40.000 y 25.000 años antes de Cristo. El primer hallazgo correspondiente a esta época fue realizado por Marcelino de Santuola en el año 1880 y consistía en pinturas halladas en la cueva de Altamira (Cantabria, España). Quince años después se descubrirían representaciones de mamuts y renos en cuevas del sur de Francia, confirmando la existencia del arte rupestre1. Si bien las primeras hipótesis atribuían a estas piezas un valor comunicacional, recientemente se ha coincidido en asignarles más bien una función de tipo mágica (ver A. C. Moorhouse, 1993). Las hipótesis acerca de su carácter comunicativo han sido dejadas de lado, entre otras cosas, por algunas evidencias de tipo empírico que contradicen esta intención, como por ejemplo que no estuvieran a la vista de todos, siendo muy difícil acceder a ellas por estar ocultas en cuevas a las que se llegaba por largos túneles de escasa altura.


¿Cuál era, entonces, la función de estas piezas tan cuidadamente trabajadas? ¿Respondían a la inspiración arrebatada de un artista? ¿Formaban parte de rituales religiosos?
Es poco probable que éstas hayan sido la expresión de la subjetividad de un artista, pues no hay indicios de otras manifestaciones de estas características que señalen la existencia de expresiones subjetivas individuales o colectivas durante el período 2. Por otra parte, es esperable que hayan cumplido alguna función social, pues una práctica de tipo simbólico o estético que requiriera tanto tiempo y esfuerzo en un momento en el que la economía era de subsistencia, no podría haberse sostenido de otra manera que mediante la ayuda de toda la comunidad.
Se conoce que las comunidades pre-escriturarias, todavía con costumbres nómades, poseían actividades rituales tendientes a cohesionar el grupo, estimularlo, darle seguridad, y ofrecer certezas ante un bajo nivel de conocimiento y dominio instrumental de la naturaleza. Es posible explicar las pinturas rupestres como parte de estas actividades.
Se podría sostener que el representar a los animales y escenas de cacería era una forma de poseer lo representado; este tipo de conducta puede verse hoy en algunas comunidades aisladas respecto de la civilización, las que representan la cacería a través de cantos o danzas como una forma no consciente de planificar el éxito de la acción. Se observa este tipo de práctica habitual en comunidades de la Amazonia, así como en la isla de Nueva Guinea y otras del archipiélago indonesio. Recurriendo a algunas analogías con las observaciones piagetianas3 sobre el pensamiento concreto, podríamos decir que la pintura rupestre era una forma de hacer presente el objeto para poder pensarlo; el signo no sustituía al objeto para hacerlo presente en algún aspecto, sino que ERA el objeto. La relación entre el signo y la cosa resultaba muy distinta a la que actualmente conocemos, desdibujándose la diferencia entre ambos (el signo y el objeto). Para que una expresión pictórica pueda constituirse en signo, es necesario que se lleve a cabo la operación de sustitución, diferenciándose de una manera clara del objeto representado. Para que estos pictogramas lleguen, además, a ser unidades de un alfabeto, será necesario que establezcan una relación estable con un sonido y que se independicen del significado denotado, llegando a una forma estable y abstracta.



  1. Etapa escritural pre-alfabética

Entre los años 6000 y 8000 a.C. se lleva a cabo la llamada “revolución de la agricultura”, durante la etapa neolítica. Este gran cambio afectó absolutamente todos los órdenes de la vida humana. El aprendizaje de la producción sistemática de alimentos por medio del manejo de la agricultura y la generación de excedente alimentario, permitió por primera vez que grandes grupos humanos se establecieran en un sitio durante un largo período de tiempo. Esto a su vez derivó en el desarrollo de prácticas sociales regulares de distinto nivel de complejidad. Por primera vez resultaba necesario registrar información, ligada a prácticas estables que requerían planificación, como por ejemplo cuándo y qué debía cultivarse, cuándo y cómo cosechar, quiénes debían hacerlo y fundamentalmente, lo relacionado con el excedente y su forma de almacenamiento y distribución. Esta situación condujo rápidamente a nuevas formas comunicacionales, muy diversas, que posibilitaron el almacenamiento de información y por ende el desarrollo de la cultura. Entre estas formas debemos mencionar las formas nemotécnicas de narración que los antropólogos registran en la América precolombina (juegos de conchas, caracolas, piedras, hojas y plumas en el norte, el quipos en el mundo incaico, etc.) y las formas escriturarias propiamente dichas. Estas últimas significaron la convencionalización de reglas de dibujo y más adelante representación de ideas, generalmente sobre los objetos cerámicos de uso doméstico (vasijas) o ritual, trozos de madera o hueso, relieves en roca, y finalmente, en la mesopotamia asiática, tablas de arcilla transportable. Según la PROEL (Asociación Promotora Lingüística Española) “El 85 por ciento de las tablillas contienen información económica sobre las entradas y salidas de los templos de las ciudades de alimento, ganado y ropa.”4. En otros pueblos, de economía más precaria pero ya sedentarios o semi-sedentarios, como por ejemplo los pueblos aborígenes americanos, las representaciones estaban ligada a las acciones de generación de alimentos (recolección, pesca y caza) y guerra.


Es interesante pensar el momento de la aparición de la escritura, como aquel en el cual la autoridad comenzaba a independizarse del sujeto que ejercía la fuerza y comenzaba lentamente a convertirse en regla internalizada, que permitiría, en el mediano plazo, niveles de orden social más complejos.
b.1. Pictogramas
Los primeros ensayos de escritura consistían en dibujos que representaban a determinados objetos, de manera denotativa, sin que mediaran simbolizaciones –al menos intencionales- entre el objeto y el signo. Los dibujos imitaban fielmente la cosa, al menos hasta donde era posible según el desarrollo de la expresión gráfica. Así, si encontrábamos el dibujo de un perro, debíamos leer “perro”, si encontrábamos una flecha y un arco, leeríamos “flecha y arco”, etc. La sustitución entonces era simple, denotativa y no tenía aún una carga simbólica que excediera la descripción del objeto: en términos peircianos, nos encontramos en el nivel icónico. Desde Saussure diremos, entonces, que estos signos eran altamente motivados y que su grado de convencionalización era muy bajo o inexistente.
Este tipo de escritura comenzó a desarrollarse en la región mesopotámica –delimitada por los ríos Tigris y Eufrates- derivando al cabo de un período de alrededor de dos mil años en formas más complejas de escritura: la escritura pictográfica y el ideograma.
b.2. La escritura pictográfica y la aparición de los Ideogramas
Hacia el 4000 A.C., entre los pueblos semitas se empiezan a registrar algunos avances interesantes en cuanto a la evolución de nuestra escritura5: por un lado se empiezan a dar relaciones entre los distintos signos (aunque siempre en presencia del objeto) y por el otro, algunos signos comienzan a condensar y desplazar sus significados, dándose en ellos un creciente grado de simbolización. Al primer fenómeno, es decir la relación sintagmática entre los signos presentes, se la denominaría escritura pictográfica, y aquellos signos cuya representación porta una carga simbólica se los ha llamado ideogramas. En la ilustración que acompaña a este párrafo podemos ver una primera fila de pictogramas primitivos y una segunda donde las formas han sintetizado hacia figuras abstractas.
b.2.1. Escrituras pictográficas
En cuanto a las escrituras pictográficas, podemos decir, siguiendo las palabras de Parramón (1987), que funcionaban como cuentos sin palabras, donde la narración se iba articulando en función de la combinación de los diferentes pictogramas e ideogramas. Una característica central es que “el acontecimiento que se representa se ve como un todo” (Moorhouse, 1993, p.21). La articulación de los signos podía ser lineal, en diferentes niveles o distribuidas espacialmente con o sin jerarquía entre los elementos, pudiendo su distribución facilitar o dificultar el agrupamiento de los diversos elementos. Estas escrituras presentaban ciertas dificultades, como por ejemplo, problemas para identificar cuáles eran las unidades significantes, ya que la unidad podía estar formada por una o varias figuras. Paralelamente, no siempre era posible identificar qué objeto era el que estaba dibujado o existían ambigüedades en la interpretación general del texto. La mayoría de estas dificultades no representaban un grave problema pues los que leían e interpretaban estos textos solían ser muy pocas personas, las cuales conocían su significado de antemano por tratarse de prácticas compartidas o eventos conocidos, o eran relatos que estaban asentados en tradiciones orales muy fuertes. La debilidad de estas escrituras, entonces, era su dependencia contextual, pero no representaba un impedimento para su decodificación pues esta práctica no era ejercida fuera de ese contexto comunal. Por otra parte, antropólogos e historiadores coinciden en que la función de estas escrituras era mnemotécnica, una ayuda para relatar oralmente un texto. Al igual que otros lenguajes mnemotécnicos, la relación de estos signos con su objeto podría pensarse como indicial.
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