Gloria Fuertes Cangura para todo Colección Grandes Autores N. o 24



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Gloria Fuertes Cangura para todo
Colección Grandes Autores N.o 24
Editorial Lumen C. Ramón Miquel i Planas, 10 Barcelona 17
Impreso en España por:

Gráficas Diamante C. Zamora 83 Barcelona 5


ISBN: 84-264-3024-4 Depósito Legal:

B. 42274-1975


!Hola, chicos! Soy Gloria Fuertes. Nací en Madrid, hace poco tiempo... !comparado con lo que viven las tortugas! Aprendí a inventar cuentos antes que a escribir, y se los contaba a los chicos del barrio en las escaleras de mi casa.

Fui algo desaplicada en la Escuela -en Aritmética fatal, prefería los cuentos a las cuentas-, pero todos me querían porque los hacía reír.

A los seis años ya sabía montar en bicicleta sin manos. A los siete sabía andar sin pies, o sea, con los zapatos en las manos y las piernas en alto, como en el circo. En mi casa me regañaban, pero yo seguía andando sin pies ni cabeza.

A los diez años, otra amiga y yo editamos un tebeo que se titulaba "El Pito". Como yo era la directora, publiqué allí mis primeros cuentos. (Sólo salió un número...) A los doce años me nombraron maestra en "bordados a mano y a máquina". Después no ejercí.

Fui de las primeras chicas que jugaron al fútbol -como extremo derecha del club de la Butapercha-, después me dio por ser escritora.

He viajado más que una cigüeña. Y en mis viajes me encontré con la Cangura Marsupiana, el Camello Cojito, la Gata Gertrudis, el Mono Quico, la Pulga Pedrita, el Ogro Payaso y el chinito Chin-Cha-Te. A todos los conoceréis en este libro.

He volado sobre el Océano más de seis veces. Sé cómo tienen el pelo los negritos y los ojos los chinitos; son muy guapos. Entre viaje y viaje, escribí muchos libros. El que más me gusta es la "Cangura".
Cangura para todo
Sonó el timbre.

El señor abrió la puerta.

La escalera estaba muy oscura.

Alguien, con un pañuelo atado a la cabeza, le entregó una tarjeta que decía:


"Se ofrece cangura muy domesticada para doméstica"
--Pase, por favor; llevamos un mes como locos sin niñera ni cocinera. Siéntese.

El señor abrió de par en par la ventana y de par en par los ojos.

Ante él tenía un canguro imponente.

--!Pero bueno! ?Pero cómo? ?Pero cómo ha llegado usted aquí? --Pues saltando, saltando, un día di un salto tan grande que me salté el mar.

--!Clo! !Clo! -el señor parecía que iba a poner un huevo, pero era que llamaba a su esposa, que se llamaba Dulce Mariana Clotilde del Carmen, pero él, para abreviar, la llamaba Clo.

Apareció Clo y desapareció al mismo tiempo gritando:

--!Dios mío, hay un canguro en el sofá! !Un canguro! --Cangura, señora, cangura, soy niña -aclaró el animalito, estirando sus orejas y lamiéndose las manos.

--!Ven, Clo! Ten confianza...

Volvió a aparecer Clo muerta de asombro.

--Mírala bien, parece limpia y espabilada, además a los niños les gustará; yo creo que conviene que se quede en casa.

Clo, la señora, miraba a la cangura de reojo, tragando saliva...

--?Cuál es su nombre? -preguntó por preguntarle algo.

--Marsupiana, para servirles.

Y la cangura se quedó en casa para servirles.

!Y qué bien servía! Desde la mañana comenzaba a trabajar.

--!Marsupianaaa! Tráenos el desayuno a la cama.

Y la cangura, con su bandeja en la tripa, iba y venía veloz.

--!Marsupianaaa! !Vete a la compra! Y la cangura iba y venía veloz con su "bolsa" llena de verduras, botellas y pescadillas.

--!Marsupianaaa! !Lleva a los niños al colegio!...

--!Marsupiana! !Lleva a los niños de paseo, lleva el cochecito! --No señora, no lo necesito.

La cangura metía a los dos pequeños en su "bolsa-delantal" y a los otros dos se los montaba en la potente cola y saltando de cinco en cinco los escalones se plantaba en un segundo en el portal.

Cruzaba la calle de un salto por encima de los coches y por encima del guardia de la porra.

Lo tenía bizco.

Marsupiana para todo era rápida, trabajadora y obediente.

Los señores estaban muy contentos con ella, le subieron el sueldo.

Y le hicieron la permanente.

--!Marsupianaaa! Date una carrera a casa de mi suegra, que no funciona el teléfono y tú llegas antes que un telegrama.

--?Y qué le digo? --Lo de siempre, que no venga.

--!Marsupianaaa! --Mándeme, señora.

La señora tenía una regadera en la mano.

--Mira, Marsupiana, esta tarde tenemos una fiesta y tú tienes que ayudarme.

--Sí, señora; cuando vengan las visitas les quito el abrigo, los sombreros, los paraguas, todo. Y les sirvo las rosquillas y la gaseosa... !Estaré de camarero! --!No, vas a estar de florero! Mira, te colocas en este rincón, ahí, !quieta! !No te muevas! Y ahora, abre bien la "bolsa".

La cangura abrió también la boca mientras doña Clo le regaba la tripa.

--!Aaaay! --?Qué te pasa? --!Que está muy fría el agua, señora! Doña Clo bajó al jardín y volvió con un gran ramo de flores; estas flores las fue colocando muy artísticamente dentro de la bolsa de la cangura.

--!Aaaay! --?Qué te pasa ahora? --!Que me hace usted cosquillas con los tallos, doña Clo, en el mismísimo ombligo!

Llegó la hora de la fiesta y Marsupiana fue el comentario de los invitados.

--!Uy, qué precioso rincón! !Qué maravillosa escultura! !Qué original florero! --!Qué realismo! Parece que esté vivo y coleando...

--Pero... ?Qué es esto?

-preguntaban las más estúpidas.

--Ya veis lo que es, una cangura disecada, mi marido es cazador y tiene muchas.

A Marsupiana cada vez que la llamaban "disecada" le daban temblores y le entraban ganas de estornudar...

Lo peor fue cuando una avispa empezó a pasar y repasar a un centímetro de su hocico.

La cangura sudaba y bizqueaba siguiendo el vuelo del insecto, hasta que sintió un terrible picotazo en la punta de la nariz y, dando un gran salto, se encaramó a la lámpara del techo.

--!Socorro, el canguro se ha desdisecado! Cuando la cangura Marsupiana miró hacia el suelo, había una alfombra imponente de señoras desmayadas; menos doña Clo, que le dio por reír.

Llegó el calor, y con el calor bajaron las maletas de los armarios. Como no les cabían todas las ropas, tuvieron que usar a la cangura de maletín.

La facturaron como equipaje porque costaba menos que un billete.

Le pegaron una etiqueta en la tripa con las señas del Puerto.

La etiqueta se le despegó con el calor y el Jefe de Correos la mandó a Australia.

Marsupiana estaba cansada, aburrida y mareada del barco.

Cuando oyó que se paraban las máquinas, !ya no pudo más! Saltó por una ventana redonda y fue a parar al agua, afortunadamente cerca de la playa.

Aquel sitio le era conocido, aquellos montes y aquellos árboles le recordaban algo...

De pronto, una nube de canguros la acorralaron y la besuquearon.

Todos sus primos y demás familiares brincaban de felicidad riendo a carcajadas con la cola.

--!Marsupiana! !Marsupiana! --!Bienvenida, gorda y sana! --!Qué alegría volverte a ver! --!Uy, qué de regalos nos trae! --!Qué regalos ni qué canguro muerto! Éstos no son regalos, son propiedad de doña Clo...

Marsupiana no pudo seguir hablando, no la dejaban, y emocionada por el cariño que le demostraba su pueblo, decidió quedarse en la isla, que al fin y al cabo era lo suyo.

Y se puso a peinar y a lamer a los canguritos pequeños porque le recordaban a los hijitos de doña Clo.


Chin-Cha-Te y el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon
El chinito Chin-Cha-Te parecía una yema de huevo. Como era muy amarillo y le habían hecho un traje también amarillo, daba risa verle.

El chinito quería ser artista y pintaba jarrones, abanicos y biombos. Como era muy travieso y algo presumido, un día encontró en su casa un frasco de colonia y se empapó el pelo; al momento vio horrorizado que su coleta crecía y crecía rápidamente hasta llegarle a la cintura y luego al suelo y luego salía por debajo de la puerta y se extendía por el pasillo.

--?Qué es esto? -se preguntó asustado.

--!Esto es que te has echado mi tónico crecepelo! -gruñó el abuelo Ki-Fu-. En castigo has de quedarte así: jamás te cortarás la coleta ni un centímetro.

?Lo oyes? --Sipi -contestó Chin-Cha-Te, lloriqueando.

Cierto día estaba Chin-Cha-Te en su tienda con su descomunal coleta enrollada a modo de bufanda, cuando pasó por allí para comprar abanicos nada menos que La-Pa-Ka, princesa de Pekinini, y nada más ver al chinito se enamoró.

--?Te quieres casar conmigo? --Soy muy feo, tengo los ojos pequeños y la coleta muy grande.

--No me importa. A mi lado te crecerán los ojos y jugaremos a la comba con tu coleta.

Chin-Cha-Te dijo que bueno.

Pero el rey dijo que malo, que su hija la princesa La-Pa-Ka no podía casarse con un bohemio.

--!Quiero al chinito, papá! --Hija mía, !estás como una cabra! ?Cómo vas a casarte con un pintaabanicos! Y además con ese nombrecito que tiene... ?No sabes que están anunciadas tus bodas con el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon? --Sí, lo sé, rey padre...

pero es que...

--?Es que Chin-Cha-Te es más guapo? --No es que sea más guapo, es que es más bueno...

--?Más bueno que Kata-Pun, que lleva cinco años guerreando para poderte ofrecer seis islas como regalo de boda? --?Y para qué quiero seis islas, padre? Yo lo que quiero es saltar a la comba con la coleta de Chin-Cha-Te.

De un momento a otro tenía que llegar al palacio el príncipe Kata-Pun-Chin-Chon.

Paseaba muy triste la princesa por uno de los puentes del gran foso cuando en un descuido cayó al agua que estaba llena de cocodrilos.

--!Glu! !Glu, glu! !Me estoy ahogando! !Salvadme! !Salvadme! Kata-Pun se rascaba el casco pensando... Tirarse sobre aquellas aguas llenas de bichos, la verdad, era como para pensarlo...

--!Espera! -gritó a la princesa.

--!!No hay tiempo para esperar!! -sonó la voz del valiente Chin-Cha-Te, que oportuno andaba por los alrededores.

Chin-Cha-Te, con gran destreza, desenrolló su coleta y la lanzó al agua.

--!Cógete bien, oh Pa-Ka mía: no temas hacerme daño! El chinito tiró de su coleta hasta subir a la superficie a la princesa en el momento en que uno de los cocodrilos nadaba hacia ella.

La princesa, toda mojada, dijo al príncipe guerrero:

--!Chín-cha-te! Y Chin-Cha-Te, todo contento, exclamó:

--!Bella Pa-Ka! --!Hija mía! -dijo el rey, que tembloroso había estado contemplando el accidente-. !Dame un besito, y dame otro besito Chin-Cha-Te! Los besó emocionado y, dirigiéndose al cobarducho del príncipe, habló:

--Lo siento por ti, Kata-Pun-Chin-Chon, pero la mano de mi hija, la princesa La-Pa-Ka, es para el valiente Chin-Cha-Te.
La avestruz Troglodita
Troglodita era la única avestruz que quedaba en el desierto.

En el desierto cercano al nuevo reino recién civilizado.

Los domingos se iba al cine y se compraba una peseta de imperdibles que devoraba nerviosa mientras los malos tiroteaban a los buenos.

Entre semana, sólo comía lo que encontraba: cremalleras, corchetes, automáticos de pasta y alguna que otra tachuela.

Troglodita se llevaba bien con la gente, pero echaba de menos a sus semejantes, los avestruces.

Por fin puso un huevo de aluminio. Y salió un tractor chiquitito andando. Andando andando llegó el tractor hasta una granja pobre y se ofreció gratis para trabajar.

Troglodita siguió los pasos de su extraño hijito y se quedó cerca de él mirando cómo arrancaba las malas hierbas.

Unos tremendos ruidos la hicieron temblar de pico a pata.

Los ruidos crecían. Trogloditina llevaba una semana sin sacar la cabeza de entre la arena y ya no podía más.

--?Cómo es posible que una tormenta dure tanto tiempo? -se decía-. Miedo me da, pero yo me asomo.

Se asomó y... !Qué tormenta ni mono vivo! !Aquello era algo peor que tormenta y que tormento! Aquello era... !Una cacería!

Pero !qué cacería tan increíble! Los pacíficos negritos de un lado de la selva se habían liado a "cazar" a los pacíficos negritos del otro lado.

Todos iban vestidos por primera vez, llevaban hasta correaje.

!Disparos, explosiones, truenos, rayos y tambores! La avestruz no entendía nada.

Temblando del susto, volvió a meter la cabeza, esta vez bajo el ala.

Los disparos le peinaban todas las plumas tiesas de miedo.

La avestruz meditaba: Es una vergüenza que yo esté así, pensando sólo en mí y temblando como un cobarde conejo...

Troglodita sacó su cabeza de debajo del ala y miró alrededor:

(con la noche se apagaron los ruidos y los fogonazos) todo estaba oscuro. Troglodita no veía nada -tenía un hambre que no veía-. Andaba despacito, levantando mucho sus largas patas para no tropezar con nadie...

A los lados del río descansaban los guerreros.

--!Ésta es la mía! -se dijo la avestruz-. !Vaya festín que me voy a dar. Y así fue.

Mientras dormían los soldados de ambos lados, Troglodita se tragó todos los sables de unos y otros.

Y gracias a la heroica avestruz reinó la paz en el reino.
Picassín el gato abstracto
Picassín no era un gato de tejado, Picassín era un gato de tierra.

Era de color de gato, leopardés, grandes ojos, grandes orejas y rabo de pincel.

Vivía donde nació, en un solar; había cogido cariño a aquellas montañas de cascotes y ladrillos rotos que fueron su primera casa.

Vivía solito, pero tranquilo.

Todas las mañanas unas señoras gordas venían a darle el alimento -Picassín creía que eran hadas-, vaciaban unos cubos de muchas cosas, entre las que el gato encontraba pellejos, espinas y hasta cortezas de queso.

Una mañana no vinieron las señoras gordas.

Vinieron los señores flacos, cuadrillas de obreros iban y venían hacendosos como hormigas.

Picassín dormitaba. Un ruido infernal le hizo desenroscarse de su sueño. Siete máquinas feroces como siete diplodocus deshacían a mordiscos el solar.

Picassín abrió un ojo y salió corriendo; asustado se agazapó en un hoyo.

--!Bis bis bis bis! -le llamaban.

--!Bis bis bis bis! -le cogieron.

Era la primera vez que al gato le cogía una persona, por eso se sacudía como un besugo entre las manos grandes y ásperas del obrero... Después, le gustó aquella experiencia y, cuando el obrero lo soltó para seguir trabajando, Picassín se sentó a su lado y miró tiempo y tiempo aquellas manos que le habían dado la primera caricia.

Total, que Picassín se quedó allí a trabajar de "Gato de la obra".

!Qué bien lo pasaba! La comida era diferente, ahora consistía en lamer tarteras y tarteras, aprendió a comer lentejas y garbanzos y se puso como un balón.

Picassín durante el día se dormía en una espuerta y por la noche cuidaba de las herramientas.

La casa llegó a ser alta, preciosa, de ladrillos y mármol.

Las oficinas del sótano ya estaban terminadas.

Una noche, Picassín se cayó dentro de una cuba de pintura añil. Salió de la cuba con gran trabajo y se sacudió ochenta veces; la recién blanqueada pared quedó salpicada de estrellas azules. Molesto por la sensación y el olor de la pintura, Picassín se restregaba contra las paredes, fuerte o suavemente, y descubrió que "aquello" quedaba muy bonito.

Empezó a mover el rabo de contento y lo metió sin querer en un bote de pintura.

--!Uy! !Remiau! !Qué cosas aparecen cuando me acerco a los ladrillos! En vista de lo visto, Picassín, ya cuidadosamente, metió la punta de su rabo de pincel en diferentes botes de pintura y, vuelto de espaldas, sin mirar, como un torero, empezó a llenar las paredes de formas y signos de colores.

Final del cuento y soponcio del Arquitecto.

Aquella misma mañana apareció por allí el señor Arquitecto; bueno, apareció y desapareció, porque nada más ver las paredes le dio un patatús y cayó en brazos del Consejero comprador.

El señor Arquitecto volvió en sí ante un grupo de obreros que le daban aire con sus gorras, y les dijo con voz de trueno:

--?Quién ha pintado eso? Un silencio casi sepulcral...

--!Que venga el guarda de la obra! --Señor Arquitecto, el guarda de la obra no puede venir, se ha ido a su casa a recibir a la cigüeña...

El señor Arquitecto se puso en pie y, apuntando uno a uno con el dedo a los obreros, volvió a preguntar:

--¿Quién ha hecho eso? Cincuenta pares de pies de obreros temblaban dentro de sus zapatillas. El señor Arquitecto cambió el tono de su voz...

--¡Por favor!... Piensen ustedes que, el autor, ¡el autor de }eso}... puede ser }millonario} en ocho días! Los obreros se miraron los unos a los otros y dejaron de temblar.

!Qué ocasión tenían todos de dejar de ser pobres solamente por una mentirola! Y no, ninguno mintió. Todos esperaban que algún compañero diera un paso adelante, para abrazarle como a un futbolista goleador. Pero no... No apareció el artista-autor.

Los maravillosos y originales dibujos adornaban el fondo de la escena.

Picassín, que no entendía nada de lo que pasaba, escondía su rabo entre los barrotes del radiador.
La Pepona
Uno de los puestos de la plaza era el del tío Vicente.

El puesto parecía una pequeña cocina en cuyos vasares relucían en vez de pucheros, juguetes, cajas de construcción, muñecos, trenes, cubos y pelotas.

En un rincón estaba la Pepona, la muñeca barata, con sus colores, su pelo de mentira pintado en la cabeza y sus botas, de mentira también, pintadas en las delgadas piernas de cartón.

Encima de su cuerpo sólo llevaba un vestidito, descolorido ya, abrochado con un clavo en la espalda; era de esa tela con la que hacían las bolsas de los "confettis" en carnaval. Tres años hacía que la llevaban al puesto de navidad y tres años llevaba allí sin que nadie la comprara.

La Pepona sería fea y estaría mal vestida, pero era un encanto de muñeca; todos los años escribía a los Reyes y todos los años les pedía lo mismo: Que le echaran una niña.

Aquella noche hacía más frío que nunca y, sin embargo, había más gente que nunca alrededor del puesto.

Una mujer con un abrigo azul muy limpio, pero muy viejo, llevaba un rato mirando a la Pepona. Por fin se fue sin decir nada.

La muñeca Pepona tenía frío, pero no se quejaba; estaba entretenida y muy contenta viendo la ropa de una muñeca que había delante de ella. Tenía cinco abriguitos y hasta impermeable y botas de agua. Tan distraída estaba, que no sintió que la cogían por las piernas.

Era la misma mujer de antes.

Habló unas palabras con el dueño del puesto, regateó, y, por fin, la compró.

A la Pepona le latía el corazón. !Era feliz! !Por fin, los Reyes la habían escuchado! Este año la muñeca tendría una niña con quien jugar. ?Qué sorpresa le esperaba? ?A qué casa la llevarían? La Pepona se encontraba a gusto en los brazos de aquella mujer tan humilde.

Pepona estaba extrañada, la llevaron a una casa muy elegante, y la colocaron en el balcón sobre un montón de preciosos juguetes.

La mujer que la compró era la cocinera de unos señores y se la regalaba a la niña de la casa.

Temblando de emoción y de frío, pasó Pepona la noche de Reyes, esperando que se hiciera de día.

Apareció ante ella una niña delgada, que miraba todos los juguetes sin demasiada ilusión.

--Me gusta ésta -y cogió en sus brazos la muñeca rubia con abriguito de piel; en la Pepona ni siquiera se fijó, y la pobrecita empezó a llorar y se puso hecha una birria, toda descolorida.

Más tarde se acercó la mamá de la niña al balcón, y cogiendo a la Pepona se la enseñó a la niña.

--Mira, hija, qué muñeca más graciosa te han echado los Reyes de Petra.

--No la quiero -contestó la niña.

--No me quiere... -lloró la muñeca.

Y en vista de esto la Pepona fue a parar al cuarto de los trastos, donde, entre papeles y paquetes, la metieron en un cesto que olía a naftalina; y allí quietecita se pasó todo un año, bastante triste, porque lo más horrible de todo lo que le sucedía era que ya no tenía esperanza, ni ilusiones, ni ganas de jugar, ni nada.

Pero un día, un Currito, un muñeco descarrilado que también compartía sus penas con ella en el fondo del cesto, le dijo:

--Oye, Pepona, ?me dejas un pizarrín para escribir a los Reyes? Les voy a pedir un Teatro para poder hacer reír a los niños. ?Tú no vas a escribir a los Magos? --No. Ya no creo en ellos -dijo muy enfadada y muy triste-, llevo toda mi vida pidiéndoles que me echen una niña y nunca me hicieron caso.

--Oye, sabrás que los Reyes Magos existen, que los Reyes Magos existen, se han podido perder tus cartas, escríbeles este año otra vez -aconsejó el Currito Chepita.

Y Pepona volvió a escribir a los Reyes y volvió a pedirles una niña.

Al poco tiempo entró la señora con la chacha en el cuarto de los trastos y comenzó a revolver por allí.

--Todo esto para la trapera -oyó decir la Pepona, y entre aquellas cosas estaba ella.

Por la noche se despidió del Currito Chepita y éste le dijo:

--!Buena suerte! La sacaron a la calle metida en un capacho, la subieron al tranvía y durante el viaje se durmió. Pepona había perdido la cuenta del tiempo y no sabía que estaba enero en el calendario, hasta que se encontró en una casa muy rara que no parecía casa, donde olía a humo y no había casi luz.

Se vio rodeada de animales ineducados que la olían y metida en un zapato muy viejo.

Allí pasó la noche; pasó frío y pasó un gato por encima de ella.

Estaba triste. "Los Reyes existen, los Reyes existen", creía oír la voz del Currito que la animaba. Después le dio miedo y se puso a llorar, quitándose la poca pintura que le quedaba y quedándose más fea de lo que en realidad era, y así llorando se quedó dormida.

La despertaron unos sonoros besos (los primeros que había tenido en su vida) y unos jubilosos gritos que daba una niña:

--!Madre, mire! !Este año han venido los Reyes! !Me han echado una Pepona! !Si es muy guapa! !Qué poca ropa tiene! Le haré vestiditos con mis trapos. !Mua, mua! -y la besaba y la achuchaba feliz-, es la primera muñeca que he tenido en mi vida -decía la niña.

--Son los primeros besos que he tenido en mi vida -decía la Pepona, temblando de emoción en los brazos de la hija de la trapera.
El mono Quico
Pues, señor... Éste era un mono muy mono. Nació en un árbol de la selva y creció en la copa de un pino.

Sus padres le enseñaron, lo primero, a comer coco; al principio le daba miedo el coco, pero en seguida se acostumbró y ya el coco le gustaba más que las natillas. También le enseñaron a columpiarse con el rabo, enganchándolo en las ramas. Y cabeza abajo se columpiaba feliz, viendo correr a los escarabajos, a las hormigas y a los arroyos.

Un día, su papá le regañó y le tiró de las orejas porque había cazado una mariposa y, clavándole una espina en el cuerpo, la cosió al tronco de un árbol.

--!Toma, melón sin corazón! -le dijo el padre mono, dándole un coscorrón-. !Eres peor que un niño!... !No tienes que hacer daño a nadie, ni a nada! !Apréndete esto bien! Y...

obedece. !Vamos con el mono éste! Quico, el mono, lloró todo el día como si se hubiese pillado el rabo con la puerta, y luego, por la tarde, su mamá -una mona también muy mona- le estuvo enseñando a andar sin pisarse un pie con el otro, porque Quico era un poco patoso.

Los señores monos de su calle querían mucho al mono Quico, y cuando hacía alguna gracia le solían dar cinco o diez céntimos para que él comprase cositas.

Su padre le dijo que debía aprender a ahorrar, a guardar el dinero, para llegar a tener un montoncito.

--El ahorro es una cosa muy buena, hijo mío. Guarda todo lo que te den en este bote.

--!Ay, qué lata! -murmuró el mono en voz baja, y desobedeció.

Se lavó en el arroyo, se peinó la cabeza y las patas con un erizo, se puso su traje de marinerito y se fue a dar una vuelta por el bosque.

El mono Quico iba diciendo lo que se dice en el cuento de la hormiguita: "?Qué me compraré, qué me compraré? !Galletas! No, que sólo me dan una por diez céntimos. !Nueces! No, que a lo mejor están malas y por fuera no sé adivinarlo. !Gusanos de seda! No, que se me escaparán... ?Qué me compraré, qué me compraré? !Colonia! No, que los monos del barrio son muy brutos y se reirían al oler lo bien que huelo... Me compraré, me compraré... !Estampitas! No, que tengo muchas. !Ah, ya sé! Una caja de betún... No, no, porque yo los zapatos sólo me los pongo los domingos y casi todos llueve, sería tirar el dinero... !Me compraré un helado! No, que me dolerá la tripa... !Un caramelo! No, que me dolerán las muelas. !Cohetes! !Me voy a comprar cohetes! No, que me quemaré los dedos. !Ah! Ya sé lo que me voy a comprar.

!Castañas! Castañas asadas, que dan muchas..." Cuando ya estaba decidido, después de tanta indecisión, echó a correr por el bosque, y saltando de rama en rama se dirigió a la calle de los castaños cuerdos, donde la cangura castañera tenía su puesto.

En el camino se encontró debajo de una palmera con un niño descalzo. Era, poco más o menos, como él de alto, pero más rubio. El niño escondía su cuerpo delgado y blanco en un traje muy viejo y con sus pies desnudos chapoteaba sobre un charco.

--?Cómo vas descalzo? -le preguntó el mono.

--Tú tampoco llevas zapatos.

--Sí, pero yo soy mono y tú no. Mis pies están hechos para poder ir descalzo y los tuyos no. Tú eres un niño y no sabes correr por las piedras, ni por los espinos, ni por el tronco de los árboles, y si lo intentas te harás pupa y te llenarás de heridas. Debías llevar zapatos.

--Mira, mono; ya te he dicho que soy pobre. Mi padre sólo es leñador; hemos venido desde muy lejos a cortar árboles; cuando me canso, mi padre me lleva a hombros, pero tengo mucho miedo de los elefantes...

--!Uh, de los elefantes! Si no hacen nada; son muy buenos y pacíficos, nunca tienen gana de nada. Si me dijeras de los cocodrilos, esos ya son otra cosa... Pero yo no quiero que vayas descalzo; te voy a dar este dinero que tengo para que te compres unas zapatillas.

--Gracias, mono. Me acordaré siempre de ti.

Y el niño cogió de la peluda mano del mono la moneda de diez céntimos, le dio un beso al mono y salió corriendo entre los árboles muy contento; pero se le iban saltando las lágrimas.

El mono Quico llegó a su casa, situada en la copa de un árbol muy alto. No funcionaba el ascensor y tuvo que subir andando.

--No me compré nada, lo eché en la "hucha".

La mona madre, que había visto la escena anterior, le felicitó:

--Sí, mono mío, sí; dar al que no tiene es echar el dinero que damos en una "hucha". Lo que se da no se pierde.

Entonces se dieron cuenta sus padres de que el mono Quico era un mono sabio.

Nuestro Quico llegó a ser presidente de la selva y todos los animales le querían. Hasta los tigres y los cocodrilos le adoraban.


La gata encantada
Pues señor, que esto era Timotea.

Timotea era una gata madrileña blanca y negra, de ojos verdes y oblicuos en forma de pez -como esos que se llevan ahora.

Timotea vivía -de milagro- en los tejados del barrio de Lavapiés. Era inocente, tierna, traviesa, graciosa, tenía mucha imaginación, maullaba los cuplés de moda mejor que nadie y le encantaba contar cuentos a los chicos del barrio.

No le gustaba jugar con las gatas de su edad, prefería jugar con los gatos pequeños de sus amigas.

Vivía en una casa de tres plantas y entre las tres chimeneas tenía su pisito.

Una mañana, muy de mañana, se le apareció una cigüeña que parecía un pavo real con un papel azul debajo del ala.

Timotea se sintió la gata más feliz del mundo.

En esto, que Timotea empieza a toser. Empezó a toser de forma aparatosa y a hacer gallos, luego le empezó un hipo que le hacía dar saltos sin querer.

--Pues sí. !Lo que faltaba! !Que me dé ahora la tosferina...! !Ay, qué fatalidad ponerme mala, hoy que están al llegar mis gatitos...! !Hip! !Hip! !Hip! !Kak! !Kakarakak! !Pero bueno! -exclamó asombrada nuestra castiza gata.

El hipo de Timotea se iba transformando en una especie de cacareo hasta llegar a ser un cacareo auténtico. Sí, la gata estaba cacareando perfectamente.

Su asombro crecía, y más creció cuando vio que puso un huevo.

Le volvió la tos, y puso dos.

!Y puso tres!, !y cuatro!, !y cinco! Avergonzada, la dulce gatita Timotea se echó sobre ellos sin saber qué hacer, miraba hacia todas las tejas con miedo de ser vista.

--!Ay, San Roque! ?Qué va a ser de mí? Pero en el fondo Timotea tenía fe, mucha fe en todo, creía en cosas fantásticas y mágicas y en seguida le pareció estupendo lo que le acababa de suceder.

--He oído que las gallinas les dan calor.

Y ni corta ni perezosa Timotea se hizo un ovillo y formó con su cuerpo sedoso una especie de nido alrededor de los cinco huevecillos.

Las botazas y los pantalones de Paco, el fumista, plantado ante sus narices, le hicieron dar un espeluco, por culpa del cual uno de los huevos rodó tejado abajo mientras rodaban lágrimas por los ojos verdes en forma de pez de Timotea.

El huevo, como llovido del cielo, cayó sobre el pequeño patio y se estrelló en la cabeza de Tere, la hija de la portera, que iba para poetisa.

--!Mi madre, qué cosas más raras pasan en esta casa! -exclamó la Tere quitándose la clara y yema de los tirabuzones.

Bastantes días pasó Timotea sin apenas moverse, dando calor a los cuatro huevecillos, hambrienta, impaciente, pero con mucha ilusión.

Por fin, una noche, bajo la luna y el asombro de Timotea, se abrieron casi al mismo tiempo los blancos estuches redonditos.

!Qué vergüenza sentía Timotea! Le dio por pensar que todas las gatas se iban a reír de ella cuando se enteraran que había tenido pollitos. Pero...

!Ooooh! !Qué maravilla! !Qué maravilla más maravillosa! !Qué guapos! !Qué graciosos! !Qué juguetones! Eran gatos. !Gatos! Claro, ?qué iban a ser? Eran negros, negritos, con las orejas blancas y el rabito azul.

Al día siguiente, aprovechando que los cuatro gatitos dormían, los dejó hechos un montoncito de seda, y sigilosa salió a buscar espinas o recortes en las latas de la vecindad.

Y cuando regresó...

--!Timotea, Timotea, tus gatitos han salido volando...! !Se han ido volando! !Se han ido volando! -repetía el lorito de la señora Paula.

--!Ya estoy sola otra vez!...

?Qué se le va a hacer? -suspiró la gata.

Y en esto le dio el hipo otra vez; y se puso a poner huevos como loca.
Los muebles encantados
Por la isla iba Cepelín el Largo, a vivir solito.

En su pueblo no le querían, porque al parecer no hacía nada más que jugar con los niños y mirar las flores.

La verdad es que no valía ni para cazador. Cuando veía que mataban a un animal, lloraba como una madre.

Las personas mayores se reían de él y solamente los niños le respetaban.

A pesar de esto, decidió huir a la parte desierta de la isla.

Por la isla iba Cepelín el Largo, a vivir solito.

Cepelín empezó a tener hambre, y encontró hermosos higos chumbos.

Cepelín empezó a tener sed, y encontró un río claro y fresco.

Cepelín empezó a cansarse de andar, y encontró, bajo unas palmeras, una casita amueblada.

La mesa era redonda, el aparador también, y a su alrededor media docena de sillas haciendo juego.

Cepelín puso su mochila sobre la mesa y preparó la comida.

Sentóse en una silla, y cuando iba a comenzar a comer... se le va la mesa.

Cuando empezó a nacer su asombro, se le fue la silla -llevándole a él encima, claro.

Se paró la mesa en medio del campo, y se paró la silla junto a ella.

Cepelín pudo comer tranquilo unos minutos, en seguida la mesa volvió a ponerse en movimiento y se fue hacia el río; la silla hizo lo mismo, y Cepelín cabalgaba tan contento a lomos de aquel mueble misterioso.

Después vio cómo la mesa, el aparador y las cinco sillas se metían en el río y desaparecían bajo sus aguas.

Cuando su sillita redonda llegó también a la orilla, Cepelín dijo:

--!A mí, no! Que se me corta la digestión.

Dio un salto atrás, cayó de espaldas y se quedó sin el poco sentido que dicen tenía.

Cuando despertó corrió al pueblo, se subió a la fuente de la plaza y empezó a contar el milagro. Nadie le creía.

Cepelín se fue a la puerta del Colegio y esperó a que dieran las dos.

--... se me fue la mesa, se me fue la silla...

... todos los muebles caminaron hacia el río y...

Cuando estaba rodeado de los chicos boquiabiertos, sonó la voz chillona de la maestra:

--!Niños, adentro! !Basta de tonterías! Y tú, menos cuento.

Los muebles no andan, Cepelín.

!Eran tortugas! Cepelín echó a andar lentamente, silenciosamente...

Por la isla iba Cepelín el Largo, a vivir solito.

Cuando a los siete kilómetros volvió la cabeza para despedirse de su pueblo... !menuda sorpresa! Todos los chicos de la Escuela volando sobre sus pupitres, avanzaban hacia Cepelín con la señora maestra al frente.
El elefante que no tenía trompa
Severino, el elefante, no tenía trompa, pero tenía turbante.

Severino, el elefante, no tenía trompa, pero tenía trompeta: tocaba bajo la luna y en la sombra se veía con trompa, y esto le hacía mucha ilusión.

A pesar de su desgracia, Severino no era antipático ni tenía complejo; decía que si Dios no le dio trompa por algo sería. Y por algo fue, que, gracias a su defecto, vivía libre y feliz.

--!Hermoso elefante, pero sin trompa! -todos los cazadores repetían la misma frasecita cuando lo cazaban, y después volvían a dejarlo en libertad, Severino tenía las orejas grandes como dos puertas que constantemente se abrían y cerraban para espantar a los murciélagos.

Sus ojos eran dulces y pequeños como dos caramelos, y su rabo, ridículo y delgadito, parecía de ratón. Todo él era fuerte y hermoso, era el mayor animal de la selva -el mayor en tamaño, porque él era muy poco animal y su corazoncito era tierno como el de una mariposa, aunque pesaba una tonelada y abultaba lo que un autobús de dos pisos.

Cuando había bodas o bautizos de cualquier especie -tigres, monos, avecillas- llamaban a Severino para que tocase la trompeta.

Para cruzar el río, tenía que pasar bajo el puente, pues si pasaba sobre el puente lo hundía.

Un día, el volcán Paratutía se puso de mal humor, y empezó a echar fuego por la boca como un dragón.

Severino se subió al árbol más gordo y más alto de la selva. Se alzó sobre sus patas y tocó la trompeta tan fuerte que todos los animales salieron corriendo, corriendo, mientras el fuego del volcán corría tras ellos sin alcanzarles.

Es por esto por lo que Severino, el elefante sin trompa, tiene una estatua en la selva con su trompeta y todo.


La pulga Pedrita
La pulga Pedrita nació en el Rastro, en un diván de terciopelo rojo. (El Rastro es este sitio donde sólo venden cosas viejas.) Un día, fue una señora muy elegante al Rastro, bajó de su coche de caballos, vio el mueble y le gustó.

Compró el sofá y con él compró a Pedrita.

Pedrita era una pulga pobre, pero muy sensible.

La señora era muy rara, muy fina y muy quisquillosa. La señora era condesa y todo.

La casa era de lujo y olía muy bien. Pedrita se pasó los primeros días buscando perros y gatos donde poder comer, pues no estaba acostumbrada a picar a señoras tan elegantes.

La señora vivía sola; nunca había querido tener perros ni gatos, ni siquiera canarios.

A Pedrita se le ocurrió buscar un ratón para quedarse en él a vivir, pero no había.

Pedrita no se atreve a picar a su dueña y pasa hambre.

La señora da una gran fiesta e invita a mucha gente.

La pulga Pedrita, un poco asustada, sale a dar un paseo por el sofá, cuando de pronto se siente aprisionada. Una de las invitadas se había sentado encima de ella.

La pulga -?qué iba a hacer?se puso a picarla. La señora en seguida se levantó del sofá muy indignada.

Al momento se sentó otra señora más gorda, y otra, y otra, y todas hacían lo mismo.

--!En esta casa no hay quien pare! -pensaban las invitadas.

--!En esta casa no hay quien coma! -dijo Pedrita.

Por la tarde, ya muy tarde, se fueron las amigas de la señora, y la pulga Pedrita, aburrida y hambrienta, se echó a dormir en un pliegue del sofá.

!Todo menos picar a su ama! Un fuerte timbrazo hizo a la pulga Pedrita dar el primer salto por la mañana.

Entraron unos hombres, no muy desconocidos para ella, con unos aparatos muy raros sobre la espalda.

Pedrita se escondió entre el peluche del diván y en seguida empezó a estornudar, por lo que tuvo que salir de su escondite.

--!Achiss! !Achiss y más achiss! -cada vez que estornudaba, la pulguita Pedrita daba un salto sin poderlo remediar.

Estaba mareada, caminaba hacia los lados y le lloraban los ojos.

--!Qué mala me pongo! -dijo-.

?Será debilidad? Hace tanto tiempo que no como...

--!Salta, Pedrita, rápido! Y sin saber quién la llamaba por su nombre, cerró los ojos y se lanzó a lo desconocido.

--!Pedrita! ?Tú aquí? !Qué sorpresa! --?Quién eres? -preguntó la pulga.

--Pero, ?no me reconoces? !Soy tu tía! --!Ay mi tía!... Perdóneme usted, pero no me acuerdo...

--No me extraña, Pedrita, tú eras muy pequeña cuando me vine al Extranjero, y tú te quedaste con mis hermanos en el diván que fue el primer hogar de toda nuestra familia; al entrar en esta casa lo he reconocido y al recorrerlo con la mirada es cuando te he encontrado sentada en ese botón. Pero... ?qué te pasa? !Estás muy delgadita! No tienes más que patas.

--Sí, es que... me come lo que no como. No tengo casi fuerzas.

--Bueno, pues mira, las vas a tener porque tengo que advertirte que aquí estás en peligro.

Tenemos que salir pitando.

?Ves esos hombres? --Sí.

--Los ha mandado venir la señora Condesa; son los de la "Desinfección" y nos van a fumigar.

--?Y eso qué es? --Te lo explicaré por el camino. Aquí ya no podemos estar más. !Anda! Da un buen salto.

A ver si eres capaz de ir a parar al cuello de la camisa del aprendiz, que con la suciedad que lleva encima vamos a darnos un buen festín... !que a ti buena falta te hace!

Por el dobladillo de la camisa del aprendiz paseaba Pedrita con su tía, hasta que se sentaron a descansar en un ojal.

--Tía, tiíta, te debo la vida.

--Sí, Pedrita, sí, y tú me debes obedecer en lo que te voy a decir.

--Bueno.

--Escucha: no conviene salir de nuestro barrio; no conviene, por mucha sed de aventuras que se tenga, desplazarnos de los muebles viejos, ya ves, hemos fracasado en sociedad. Nuestro puesto está donde hemos nacido, donde nos hemos hecho pulgas decentes. Nuestro lugar son los dobladillos de los pantalones o las costuras de las camisas de las gentes que no se pueden lavar muy a menudo; o buscarnos un gato de tejado, gracias al cual podamos disfrutar de las vistas que se gozan desde las chimeneas de la ciudad; o buscarnos un buen perro callejero que nos resuelva el transporte y la comida, en fin, no salir de nuestro ambiente. Sólo en él encontraremos felicidad.

--Sí, padre, digo... sí, tía.

--Anda, guapa, ven conmigo.

!Esto hay que celebrarlo! Voy a invitarte a comer en la "Fonda de la Camiseta" del tío Mariano, el del puesto de lamparitas, que es campeón en eso de no lavarse, y, a lo mejor nos quedamos con él a vivir.

--Sí, tía.

Y la pulga Pedrita y su tía Pedrota saltando, saltando, llegaron hasta la camiseta del tío Mariano, y allí, pica que te pica, mano a mano, vivieron felices, -aunque no comieron perdices.
El rey de la Cordilla
Todos los tejados de la ciudad estaban engalanados con blanca alfombra de nieve, porque hacía su entrada en el barrio Marramiau I, el príncipe de los gatos, el futuro rey de la Cordilla.

El príncipe era hijo de una regia gata negra y de un majestuoso gato blanco; y él había nacido, como tenía que nacer para ser rey, con la cabeza blanca y el hocico negro.

Cuatro gatos de palacio llevaban a hombros la cunita del gato. La cunita del gato que era una vieja caja de cartón adornada con flores de papel...

Dentro, dormitaba el príncipe, que sólo tenía siete días de edad.

Dejaron la cunita junto a la chimenea y empezaron a venir gatos de todos los tejados de la ciudad a aclamar y aplaudir a su pequeño rey.

--!Viva Marramiau I! !Viva el rey de la Cordilla! !Viva, viva! En esto asomó la cabecita blanca del gato y echó un discurso:

--!Gatas y gatos míos! Yo soy un gato muy raro y bastante agradecido; por haberme nombrado rey de la Cordilla, nunca os faltará ésta. Se acabaron los gatos hambrientos y delgaduchos, nunca os faltará qué comer...

Todos los gatos aplaudían con sus cuatro patas.

--!Bravo, bravo! --Bien -siguió hablando el rey desde su cunita-, os doy, pero os pido, soy generoso y también exigente, atended lo que os digo...

Los gatos pusieron tiesas sus orejas y se empinaban sobre las patas traseras para ver mejor.

--?Me vais a obedecer? --Siiiiiiií -contestaron todos.

--!Ordeno que se acabe nuestra antigua guerra con los ratones! --!Buuuuff!... -Un leve coro de maullidos y bufidos sonó bajo la noche.

--Durante mi reinado, y de hoy en adelante, !aquel gato que mate a un inocente ratón, será tirado al río envuelto en un saco! Me parece que ya está bien de que seamos animales salvajes...

De un gran salto apareció ante la cuna regia un gato con cara de pocos amigos.

--He de deciros, majestad, que nuestros padres mataron ratones, nuestros abuelos mataron ratones y nosotros no podemos vivir sin matar ratones.

--Decidme, atrevido gato, decidme, ?a cuántos gatos han matado los ratones? El gato feroz calló.

--?Veis? Si nada nos han hecho, nada debemos hacerles...

sólo seremos felices los gatos cuando dejemos de matar ratones.

--Yo quiero que mi pueblo sea feliz. ?Me obedeceréis?

--Siiiiiiií -contestaron casi todos.

Y en esto, el rey de la Cordilla salta de su cunita, la vuelca, y empiezan a salir de ella cientos de ratoncitos.

Los gatos corrieron tras ellos, el pequeño rey gritaba:

--!Quietos! !Quietos! Habéis prometido obedecerme.

!Dejad en paz a los ratones, son hermanitos nuestros, son hijos de Dios, no muerden!...

¡Pueblo! !Pueblo mío!... Si ellos son inofensivos, si no nos hacen nunca nada. !Queridos gatos, lamed el gris cuerpecillo de los ratones, acariciadlos, jugad con ellos! Se había quedado solo el príncipe Marramiau I, rey de la Cordilla; todos los gatos le abandonaron corriendo tras los ratones, a los que mordían y devoraban.

El pequeño rey blanco de hocico negro, lloraba solito en el tejado. Y así se quedó dormido.

Al cielo le dio tanta pena verle llorar, que lloró con él y empezó a nevar.

La nieve le estaba cubriendo; ya sólo se le veían las orejas... Y hubiera muerto de frío, a no ser por las manos de una niña que salió de su buhardilla y, gateando entre las tejas, logró coger al pequeño gato ya casi muerto.

Le volvió a la vida con el calor de sus brazos y con unas sopitas de leche.

La niña sonreía y hablaba...

con otra amiga suya:

--Fíjate, Petrilla, qué regalo por mi santo, no me han podido comprar la muñeca, pero no me importa, prefiero este gato que está vivo; mira cómo me mira. Le haré camisitas y un gorro. Fíjate qué guapo es.

!Si parece un príncipe!
El camello cojito
Sus Majestades los Reyes Magos le dejaron por imposible.

Aunque a veces, el camello cojito saltaba alegre sobre sus tres patas para avanzar un poco, nunca alcanzaba el paso de los otros camellos.

No podía detenerse por él la regia comitiva que tenía que llegar a la ciudad no más tarde del cinco de enero.

Para que el camello cojito no se sintiera menospreciado, los tres Reyes Magos y Sabios decidieron darle un "trabajo especial".

Le entregaron un montón de pesetas (no muchas) y le encargaron comprar en los saldos y tiendas baratas los juguetes para el barrio Sinagua.

--Éstas son las señas: a la izquierda antes de entrar en la capital, y tú a tu paso, cuando llegues, llegaste.

Al camello cojito le gustaban todos los niños, pero prefería, no sé por qué, a los niños pobres, y por eso este trabajo le pareció estupendo.

Feliz, poquito a poco, llegó a las afueras de la gran ciudad.

Estaba al caer la primavera.

Los árboles empezaban a ponerse sus mangas verdes y el sol mordisqueaba la felpa del camello.

Unas amapolas le saludaron.

--!Qué suerte, ya no tengo que andar más! Precisamente éste es el barrio Sinagua. Voy a comprar los juguetes en esos baratillos.

Y el camello cojito, después de comprar todos los juguetes que quedaban en los saldos, esperó que viniera la noche y en un apartado vertedero, junto al delgado río, se puso a hacer los paquetes, repitiendo como rezando:

Balón, camiseta, camión.

Patín, calcetín, balón...

(para nenes) Zapatillas, muñeca, vestidito.

Cocinita, costurero, muñeca...

(para nenas) Y lo menos era el veintiuno de marzo cuando llegó una alegría al barrio Sinagua, cuando llegó la "Noche de Reyes".

Menudos pies descalzos, yendo y viniendo, hacían música al chapotear los charcos.

--!Pepitaaa! !Di a Julito que a los de la calle Ce nos han dejado juguetes esta noche!

--!Anda! !Y a nosotros, y a mis primos, y a los hijos del afilador! --A mí me han traído un tren larguísimo, pero no sé cómo funciona...

--!Ay qué estupendo, enséñamelo!

--!Mira qué camión, Casimiro! --!Atiza, vaya balón de reglamento! !Chuta, Ramoncete! --A Jesusina, la coja, le han traído una muñeca que anda, aunque le falta un ojo... !Está más contenta!...

--Mirad qué zapatos más bonitos, me están grandes, pero para cuando llueva !imponentes! Un grupito de niñas deciden jugar a las tiendas o a señoritas y criadas.

Otro grupo de niñas gritaba juntanto sus lápices de colores.

--Venga, chicos, a ver quién pinta mejor un coche de carreras.

--!No vale, ganará el Tete, que le han dado un premio de dibujo en la Parroquia! --!Venga, a jugar! --!Déjame el patín y toma mi muñeco! --!Mirad qué bonito! --!Ahí va, qué estupendo! --!Dejádmelo! !Te lo cambio!...

Juegos de bolos, bolas de colores, muñecos, ositos, cuentos, cubos, palas... Todos los niños tenían un juguete en las manos, pero, ni un soldado de plomo, ni un fusil de mentira, ni una pistola de agua de verdad, ni un solo tanque... El camello cojito era un pacifista.

Entre gritos y risas de los chicos del barrio, entre risas y gritos de los chicos descalzos, el camello cojito, como está cansado, se durmió en un lecho de flores silvestres y de latas vacías.
El Ogro payaso
Era un Ogro feo, como todos, muy grande, muy bizco y bastante peludo. El Ogro echaba fuego por la boca como un dragón y también echaba humo por las orejas y por las narices, aunque nunca fumaba por eso del cáncer.

No comía niños crudos porque no le gustaban los niños, mejor dicho, sí le gustaban, pero no de comida.

Sus padres, doña Ogra y don Ogro, estaban desesperados porque el niño-ogro era muy bueno.

Cuando el Ogro cumplió doce años, se plantó muy serio ante sus padres y les dijo la frase que ellos ya esperaban y temían:

--Yo quiero hacer reír a los niños.

--Nada de eso, ogro nuestro, tu obligación es hacer llorar, igual que el tatarabuelo de tu tatarabuelo, que el bisabuelo de tu bisabuelo, que el abuelo de tu abuelo, que el hijo de tu abuelo, que soy yo, que el nieto de tu abuelo, que eres tú.

Tienes que ser un ogro de pelo en pecho y asustar a los niños.

--Yo no quiero asustar a los niños, yo quiero darles confianza.

--!Tienes que ser el enemigo de los niños! --!Yo quiero ser el amigo de los niños! -el Ogrito pataleaba nervioso y boxeaba con las paredes.

La cueva se movía como si hubiera un terremoto.

--!Cuántos disgustos nos va a dar este hijo, marido mío! -decía doña Ogra a don Ogro.

--Sí, Ogra mía, sí, !es una desgracia tener un niño tan bueno! --Es la vergüenza de nuestro escudo y la muerte de nuestra raza.

Cuanto más bueno era el Ogrito, más palizas y palos le daban.

El Ogrito se encerraba en su cuarto y ensayaba sonrisas delante del espejo, después hablaba, cariñosamente, con las arañas, mientras ellas hacían peligrosos equilibrios sobre la red de seda.

Doña Ogra y don Ogro roncaban y parecía que había tormenta.

A la hora del milagro, cuando la noche negra se convierte en día azul, Ogrito, andando de puntillas, se escapó de la casa y se fue al Circo.

--!Buenos días, señor! -le dijo al director.

--Usted me dirá, jovencito.

--Yo quiero trabajar en el Circo.

--Bien. ?Y qué sabe usted hacer? --Sé hacer reír a los niños.

--Usted es muy feo...

--Eso mismo me ayudará.

--!Bueno! Me gusta la gente segura de sí misma... Esta tarde le haremos una prueba en directo, un examen: usted sale a la pista vestido de artista, si los niños se ríen, !sobresaliente!, usted se quedará a trabajar con nosotros... Si los niños no se ríen, no le puedo admitir...

Empezaron a sonar trompetazos y tamborazos y corriendo corriendo salió resoplando nuestro Ogro.

Iba vestido de payaso con un traje de todos los colores y un gorro picudo con plumas.

Al llegar a la pista se empezó a reír como un trueno y todos los niños, asustados, empezaron a llorar, a gritar y a esconderse en los brazos de sus padres.

El Ogro dio tres o cuatro saltos mortales y... nada.

Empezó a poner caras raras y... menos.

Los niños seguían muertos de miedo.

Entonces el Ogrito se hizo un nudo, metió su cabeza entre las piernas y empezó a rodar por la pista como un gran balón.

Al terminar se desenrolló y saludó; los niños no aplaudieron.

El Ogrito se puso a llorar.

!Qué manera de llorar! !Ni el diluvio! Sus ojos eran dos grifos abiertos.

Tanto lloraba y tanto lloró, que el llanto le llegaba a la cintura, la pista del Circo era ya una piscina.

Los niños estaban un poco más tranquilos, bastante impresionados, boquiabiertos, pero no aplaudían.

Ogrito, muy ágil y muy rápido, trepó por las cuerdas que colgaban de la lona, se subió al más alto trapecio y, en un peligroso ejercicio, se puso a imitar a las arañas.

Como los niños no se reían, Ogrito se tiró de cabeza...

Y se hubiera matado si no hubiera sido por su llanto.

Aquella piscina de lágrimas suyas le salvó de un buen porrazo. Por poco se muere...

Intentó levantarse, chorreando lágrimas por todo su cuerpo...

Se tambaleaba al son de la música, como el oso de los gitanos...

La cabeza le daba vueltas.

Se creía que soñaba. !Grandes aplausos le dejaban sordo! Y por poco se muere, de gusto, porque todos los niños querían besarle.

Y el último ogro del mundo trabajó toda su vida de payaso, hasta que se murió de viejo dando una voltereta.


La gata Gertrudis
La gata Gertrudis fue a una casa contratada para matar ratones.

En la suya eran nueve hermanos y la comida no llegaba para todos.

Gertrudis tenía cuatro meses de edad y ya era hora que aprendiera un oficio. Su madre pensó darle una carrera porque de todos sus hermanos era la más lista, pero la vida es así; la gata tuvo que dejar la Escuela para ponerse a trabajar.

Una mañana se presentó su nueva dueña, doña Paca, y se la llevó.

Gertrudis maullaba de pena al despedirse de su familia y se pasó el día sin comer.

Doña Paca le puso leche en una cazuelita y los pellejos de la pescadilla. Le colocó una almohada verde junto al brasero y le dijo:

--Mira, Gertrudis, esta casa es vieja, hay muchos ratones, yo soy pobre y me comen las galletas. Por eso te he traído.

Pasaremos las tardes juntitas al lado del brasero y tú me matarás los ratones.

Los ratones que antes se paseaban por la casa a todas horas, se enteraron de la presencia de una gata, y asustados se mudaron al piso de D. Severino, que aunque no comía en casa, era descuidado y siempre tenía miguitas de pan en los dobladillos de sus pantalones. La familia de ratones pasaba hambre en su nuevo hogar, pero no se atrevía a volver a la casa de Doña Paca. Tan solo Ramón se atrevió. Ramón era un ratón muy valiente, de unos tres meses de edad (como cuatro años en un niño), y aquello de la gata le tenía muerto de curiosidad.

?Cómo sería que tanto miedo le tenían? El ratón fue una tarde a investigar y encontró a Gertrudis acurrucadita en la almohada.

Desde el agujero de la ratonera la llamó:

--!Chisss! !Bis biss! !Gata! --Me llamo Gertrudis.

--Yo Ramón.

--?Tú eres un ratón? --Pues sí, eso dicen.

--Pues... me han contratado para matarte.

Como un cohete desapareció Ramón y sólo se le veían los bigotes, que temblaron ante tal declaración.

Pero pudo más su curiosidad y volvió a asomarse.

--?Por qué me quieres matar?

-Porque te comes las galletas de doña Paca... y es tan pobre...

--!Anda! También tengo yo que vivir, por estar aquí ya he adelgazado diez gramos. Tengo hambre, Gertrudis.

--?Te gusta la leche o la pescadilla? --Pues mira, no lo sé.

--Ven y prueba. !Anda! No te haré nada.

--?De verdad? --Te lo juro.

Salió Ramón de la ratonera y probó la comida de Gertrudis.

No, aquello no le gustaba.

Solamente le atraía el olor de las galletas.

--Gertrudis, quiero galletas.

--No, hijo, no, eso no puede ser.

--Una sola, Gertrudis, que no he comido en ocho días.

--Bueno -pensó la gata-, una no la echará de menos; anda, te permito que trepes a la caja de galletas, yo me haré la loca.

Y en ese mismo momento entró doña Paca y vio el rabito del ratón.

--!Ay! !Corre, Gertrudis, corre! La gata salió disparada detrás del ratón, pero, disimuladamente, le dejó alcanzar su guarida.

A la noche siguiente llegó toda la familia de ratones con cara de hambre ante la presencia de la gata para darle pena. Tan triste aspecto tenían los ratoncitos, que consiguieron ablandar el corazón de la gata Gertrudis que, por otra parte, sufría también por su ama.

Doña Paca, al comprobar que su gata no cogía a los ratones y que su caja de galletas disminuía, se echó a llorar:

--Esta noche no tengo cena.

Tampoco cenó la gata Gertrudis, no le entraban los pellejos de pescadilla; y... decidió hablar con la madre del ratón Ramón.

--Mire, señora Rata -decía la Gata-, aquí, en mi casa, no pueden volver a entrar a comer galletas.

--!Ay! -suspiró doña Rata-, si viera usted, D. Severino es tan poca cosa para una familia tan numerosa como la mía, se enfermarán mis ratoncitos. !Ay, Gertrudis!, tú que eres tan inteligente, dime, ?qué puedo hacer? Gertrudis, pensativa, dio una vuelta alrededor de su rabo y exclamó:

--Yo les buscaré otro piso.

Llorando de alegría, doña Rata desapareció.

Aquella noche la gata Gertrudis abandonó su almohada, y por la ventana de la cocina saltó al balcón de la vecina y de allí al tejado. Le asustaba un poco la aventura porque era muy casera. De repente oyó una voz...

--Gertrudis -pensó morirse por novena vez-. !Tú por los tejados! Volvió la cabeza, y era su hermano Manuel.

--!Ay, qué susto me has dado! ?Y mamá? ?Y Pepita? ?Y...? --Todos bien, pero, ?y tú? --Verás, es que..., no se lo digas a mamá, pero he fracasado con doña Paca. No me gusta matar ratones... y... tampoco puedo dejarles morir de hambre.

He salido esta noche a ver si les encuentro casa. Un amigo mío es el gato guardián de una fábrica de galletas, pero creo que acaba de alquilar, voy a ver si le convenzo de "realquilar" y vuelvo a decírtelo en seguida.

El gato de la Fábrica de Galletas dijo a Gertrudis que podían ir sus ratones protegidos, que donde comen doscientos comen trescientos.

Pero, naturalmente, los primeros "inquilinos" no querían más familias de ratones en la fábrica y empezaron a revolucionarse, pero el gato, amigo de Gertrudis, les dijo que o aceptaban a sus hermanos o se iban a la calle, y se tuvieron que aguantar.

Aquella misma noche se mudó la familia de Ramón a su nueva casa; era el cuarto de embalar, nada menos, y con derecho a cocina. !Los ratones eran felices!

Y la gata Gertrudis se paseaba como una reina por su casa, sin ratones; mientras doña Paca la llamaba "encanto", "pochola" y "pitusilla".


El camello que quería ser jirafa
El camello era el más guapo de todos y el de mejor figura, porque sólo tenía una chepa en vez de dos como sus hermanos.

--Miradle. !Qué aire de suficiencia, qué gesto de inteligencia, qué andares de pato mareado! Cuando le preguntaron:

--?Qué quieres ser cuando seas mayor? El camello contestó:

--Quiero ser Comenubes.

--?Comenubes? ?Y eso qué es? --Que quiero ser jirafa.

--!Vete al Congo, niño! Y se fue al Congo, a estudiar en la Universidad de Jirafología.

El camello se cepilló toda su piel, se peinó los pelos de su lomo y salió de viaje.

En la chepa llevaba todo su equipaje: ropa, comida y dos libros de cuentos.

Se apuntó a las clases del Curso Inicial, que le obligaron a comer plátanos para estirarle el cuello.

En otra clase, los flamencos Patilargos le estiraban las piernas a base de estirones y picotazos.

Por la tarde tenía que ir a Tintolandia, donde le enseñaban los misterios de la química y aprendió a teñirse el pelo con manchas leopardinas, imitando las que lucen las jirafas.

Un día, jugando un partido de Coco entre su colegio y el del bosque, un corpulento elefante le dio un trompazo con la trompa, y con tan buena fortuna, que aquella carota de camello inocente que tenía, le empezó a disminuir hasta que se le puso cara de pato -que es lo más indicado para jirafa- y dos chichones en forma de cuernos le aparecieron sobre la frente.

Comenubes, la jirafa camelloleoparda con sus pequeños cuernos toca el arpa.

Y al atardecer, tenía que soportar sobre su espalda curva media tonelada de moscas muertas -que pesan más que las vivas para planchar y replanchar su única chepa; a pesar de ésto, en el examen final, el catedrático Hipopótamo -que tenía fama de "hueso"- por poco no le suspende por chepita; pero, nuestro ayer dromedario, estiró cuanto pudo su gaznate y lamió la calva del profesor.

Y como cualquier acto de ternura tiene su premio, le diplomaron bien diplomado.

Una noche -ya diplomado en Jirafología y con su Sobresaliente bajo el brazo-, nuestro ex-camello esbelto y elegante se marchó del Congo feliz, lamiendo las nubes, mordisqueando los picos de las estrellas (que, realmente, era para lo que quiso ser jirafa).


Fin de la obra


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