George orwell



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IX


DURANTE la quincena siguiente ocurrieron cosas importantes La lucha entre U Po Kyin y el doctor Veraswami estaba en pleno auge. Toda la localidad se había dividido en dos bandos: los indígenas, desde los magistrados hasta los últimos tipejos del bazar, se apuntaban a uno u otro de los partidos, d puestos a llegar hasta el perjurio si se presentaba la ocasión. Pero, de los dos bandos, el del médico era mucho más reducido y de poder difamatorio mucho menor contra el enemigo. El rector de El Patriota Birmano había sido procesado por sedición y libelo y se le había negado la libertad bajo fianza. Su detención provocó un pequeño motín en Rangún, reprimido por la policía con sólo dos víctimas entre los rebeldes. En la cárcel, el director del periódico declaró la huelga del hambre, pero comió a las seis horas.

Además, en Kyauktada habían ocurrido muchas cosas. Un dacoit llamado Nga Shwe O, se había escapado de la cárcel circunstancias misteriosas. Y había habido muchos rumores acerca de un proyectado levantamiento indígena en el distrito. Los rumores –– que todavía eran muy vagos –– se concentraban torno a una aldea llamada Thongwa que no estaba lejos del campamento donde Maxwell cortaba la teca. Se decía que un weiksa, o mago, había aparecido procedente no se sabía de dónde y profetizaba la desaparición del poderío inglés en Oriente, distribuyendo unas chaquetas que, según él, eran “a prueba balas”. Macgregor no tomó muy en serio estos rumores, pero como elemental medida de prudencia pidió que le enviaran refuerzo de policía militar. Se decía que pronto llegaría a Kyauktada una compañía de infantería hindú con un oficial británico. Por supuesto, Westfield había acudido a Thongwa en cuanto se habló de la amenaza.

––¡Ojalá rompan ya de una vez y se subleven en serio! –– le dijo a Ellis antes de marcharse––. Pero temo que sea lo de siempre, un estúpido derramamiento de sangre. Siempre sucede igual con estas rebeliones. Terminan antes de haberse disparado. No lo creerás, pero todavía no he disparado mi pistola contra ninguno de estos tipos, ni siquiera contra un dacoit. Llevo once años usando armas, sin contar los de la guerra, y todavía no he matado a nadie. Es desconsolador.

––Bueno, bueno––dijo Ellis––; aunque la cosa no estalle de un modo serio, siempre se puede coger a los cabecillas y darles una buena paliza. Siempre es mejor que andarse con contem­placiones.

––No sé, no sé... Sin embargo, todavía no puedo hacerlo. Hay que atenerse a estas leyes de guante blanco. Ya que somos tan tontos que las hacemos, debemos cumplirlas.

––¡Que se vayan a la porra las leyes! Lo único que le hace impresión al birmano es “bambulearlo”. Darle una buena tunda con los mejores bambúes. ¿Los has visto después del castigo? Yo, sí. Los sacan de la cárcel en carros tirados por bueyes, gi­miendo desesperadamente, mientras sus mujeres les aplican em­plastos de bananas en los costados y en la espalda. Eso sí lo entienden: palos, buenos palos. Si me dejaran a mí, les pegaría en las plantas de los pies como hacen los turcos. Es mucho más eficaz.

––Bueno, esperemos que esta vez tengan los redaños sufi­cientes Para pelear de verdad. Entonces podría actuar a fondo la policía militar con sus buenos rifles. Bastaría acabar con una docena de rebeldes para que se aclarase la atmósfera.

Sin embargo; la oportunidad tan esperada no se presentó. Westfield y los doce policías que se había llevado con él a Thong­wa ––alegres muchachos gurkhas que estaban deseando usar sus kukris contra alguien––se encontraron con que el distrito es­taba tan tranquilo como una balsa de aceite. Por ninguna parte aparecía ni el mínimo indicio de rebelión; solamente el intento anual, que era tan periódico como el monzón, de no pagar los impuestos.

Cada día hacía más calor. Elizabeth había experimentado ya su primer ataque de picazón producida por el sol. En el campo de tenis del Club, no jugaba ya casi nadie. Después de un primer partido, lánguidamente jugado, se sentaban en las sillas y se dedicaban a beber limonada... tibia, porque el hielo llegaba sólo dos veces a la semana de Mandalay y se derretía a las veinticuatro horas de llegar. Las mujeres birmanas, para proteger del sol a sus niños, les untaban la cara de un cosmético amarillo que les daba un aspecto de brujos africanos. Bandadas de palomas verdes, y palomas imperiales tan grandes como patas, se posaban para comerse las cerezas silvestres. Entre tanto, Flory había expulsado de su casa a Ma Hla May.

Un truco asqueroso, sucio. Encontró un buen pretexto: le ha­bía robado su pitillera de oro, empeñándola luego en casa de Li­-Yeik, el tendero chino y usurero del bazar. Pero, en realidad, no era más que un pretexto. Flory sabía perfectamente, lo mismo que Ma Hla May y todos los criados, que se libraba de ella a causa de Elizabeth. A causa de la ingaleikma del pelo teñido, como la llamaba Ma Hla May.

La mujer no hizo al principio ninguna escena violenta. Es­tuvo escuchando sobriamente mientras Flory escribía un cheque por valor de cien rupias –– Li Yeik y el chetty hindú del bazar negociaban cheques –– y le decía que ya no la necesitaba. Flory estaba más avergonzado que ella. No podía mirarla a la cara y su voz sonaba a culpable. Cuando vino el carro de bueyes para llevarse sus cosas, Flory se encerró en su dormitorio para evi­tarse la escena de despedida.

Cuando llegó el carro, oyó una gran gritería. Flory salió. Estaban todos alborotando junto a la cerca. Ma Hla May se aferraba a los barrotes de la verja de entrada y Ko S'la trataba de arrancarla de allí. La birmana volvió su enfurecido rostro hacia Flory, gritándole sin cesar: “ ¡Thakin! ¡thakin ! ¡thakin ! ¡thakin ¡thakin!”. Le dolía en el alma que le llamara thakin después de haberla expulsado de su casa.

––¿Qué ocurre?––dijo.

Por lo visto, se estaban peleando por un mechón de cabello Postizo que reclamaban a la vez Ma Hla May y Ma Yi. Flory le dio la razón a Ma Yi y compensó a Ma Hla May con dos rupias. El carro de bueyes arrancó con Ma Hla May sentada junto a sus dos grandes cestas de mimbre acariciando a un gatito que llevaba sobre las rodillas. Hacía sólo dos meses que Flory le había regalado este animalito.

Ko S'la, que había deseado desde hacía mucho tiempo el des­pido de Ma Hla May, no estaba muy contento ahora que había sucedido. Y mucho menos cuando vió que su amo iba a la igle­sia––o, como él la llamaba, a la “pagoda inglesa”––, pues Flory estaba todavía en Kyauktada el domingo cuando llegó el sacer­dote, y fue a la iglesia con los demás, había doce personas in­cluyendo a Francis y Samuel y seis cristianos indígenas. La señora Lackersteen tocó el pequeño armonio del templo. Era la primera vez en diez años que Flory había asistido a un ser­vicio religioso, aparte de los funerales. Las ideas que tenía Ko S'la de lo que ocurría en la pagoda inglesa eran de lo más vago; pero sabía que ir a la iglesia significaba “respetabilidad”, y como todos los criados de solteros, no había nada que odiase tanto como la respetabilidad.

––Algo va a pasar––les dijo a los demás criados––. He es­tado observándole estos diez días pasados ––se refería a Flory ––. Ha reducido sus cigarrillos a quince al día, ha dejado de beber ginebra antes del desayuno y' se afeita todas las tardes, aunque el tonto cree que yo no me entero. Además, se ha encargado media docena de camisas nuevas de seda. ¡Malos augurios! No creo que pasen más de tres meses sin que haya terminado la paz de esta casa.

––¿Se va a casar? ––dijo Ba Pe.

––Estoy seguro. Cuando un blanco empieza a ir a la pagoda inglesa, es el principio del fin.

––He tenido muchos amos en mi vida––dijo el viejo Sam­my––. El peor fue el coronel Wimpole sahib, que me hacía po­ner boca abajo sobre la mesa y me daba una paliza cada vez que le servía plátanos fritos. Otras veces, cuando estaba borracho, disparaba su pistola contra el techo de nuestra habitación y las balas nos pasaban rozando. Pero preferiría servir diez años al coronel Wimpole sahib antes que obedecer durante una semana a una mujer sahib. Si nuestro amo se casa, me despediré el mis­mo día.

––Yo no me iré, porque llevo quince años sirviéndole. Pero sé lo que nos espera cuando se instale aquí esa mujer. Nos chi­llará en cuanto descubra una motita de polvo en los muebles y nos despertará por la tarde, cuando estemos durmiendo la sies­ta, para que le hagamos té, y a todas horas estará metida en la cocina quejándose de las sartenes sucias y de las cucarachas. Yo creo que estas mujeres se pasan despiertas toda la noche in­ventando nuevas maneras de martirizar a sus criados.

––Llevan un librito rojo––dijo Sammy––en que apuntan todo lo que se gasta en el mercado: dos annas por esto, cuatro annas por lo otro, y así no hay manera de sacar ningún prove­cho de la compra. Arman más escándalo por el precio de una cebolla que cuando un sahib pierde cinco rupias.

––¡Ah, de sobra lo sé! La nueva será mucho peor que Ma Hla May. ¡Mujeres!––terminó Ko S'la con un profundo sus­piro.

Los demás repitieron el suspiro, como un 'eco, incluso Ma Pu y Ma Yi. Ninguna de las dos tomó las palabras de Ko S'la como un insulto para ellas. Ni siquiera para su sexo. Las inglesas eran consideradas allí como de otro mundo y no sólo de otra raza. Probablemente ni siquiera eran seres humanos y por eso no hay que extrañarse si el matrimonio de un inglés provoca inmediatamente la huída de sus criados, incluso de los que llevan con ellos muchos años.

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