George orwell



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III


Flory torció a la izquierda al traspasar la verja del Club y siguió el camino del bazar, bajo la sombra de unos árbo­les. Cien yardas más allá se oía una música. Era un pelotón de policías militares, desgarbados hindúes en uniforme caqui ver­doso, que volvían al cuartel. Los precedía un chico gurkha que iba tocando la gaita. Flory se dirigía a casa del doctor Veras­wami. La casa del doctor era un largo bungalow de madera re­cubierta de barro cocido, asentada sobre pilares. La rodeaba un jardín grande y descuidado que enlazaba con el del Club. La parte trasera de la casa daba a la carretera, frente al hospital situado entre ésta y el río.

Al entrar Flory en la finca se produjo un miedoso cacareo de mujeres que corrieron hacia la casa y se escondieron en ella. Por lo visto, Flory había estado a punto de ver a la esposa del doctor. Dio la vuelta hasta la fachada de la casa y llamó miran­do a la veranda:

––¡Doctor! ¿Está usted ocupado? ¿Puedo subir?

El médico, una pequeña figura en blanco y negro, se asomó a la puerta como disparado por un resorte. Corrió a la baran­dilla de la veranda y exclamó efusivamente

––¿Que si puede usted subir? ¡Naturalmente, amigo mío; venga en seguida! ¡Ah, señor Flory, qué delicia verle de nuevo! Suba, suba. ¿Qué desea usted beber? Tengo whisky, cerveza, vermuts y otros licores europeos. ¡Ah, mi querido amigo, cuán­tas ganas tenía de charlar con una persona culta!

El doctor Veraswami era un hombrecillo regordete con gran­des ojos crédulos y cabello encrespado. Llevaba gafas con montura de acero y vestía un traje de dril blanco que le caía muy mal, con pantalones que le hacían bolsas sobre sus bastas botas negras. Hablaba con inquietud y silbando las eses. Mientras Flory subía la escalinata, el doctor se dirigió hacia el extremo de la veranda y sacó de un cubo con hielo botellas de todas cla­ses. La veranda era amplia y obscura, con aleros muy bajos de los que pendían enredaderas. Parecía una cueva tras una cata­rata de rayos solares. Estaba amueblada con sillones ole mimbre fabricados en la cárcel y al fondo había unas estanterías con libros no demasiado divertidos. Principalmente libros de ensa­yos literarios. El doctor era ni) gran lector y le gustaban los libros que tenían lo que él llamaba “un significado moral”.

––Bueno, doctor ––dijo Flory (el doctor lo había instalado, mientras, en una chaise-longue, sacando la parte de los pies para que su amigo pudiera tenderse, y le acercó cigarrillos y cerve­za)–– Bueno, doctor: ¿cómo van las cosas? ¿Qué tal ese Impe­rio Británico? ¿Sigue con fiebre?

––Sí, señor Flory, está muy malito, muy malito. Surgen gra­ves complicaciones. Septicemia, peritonitis y ganglios. Temo que tengamos que llamar a los especialistas.

Entre ellos dos era una broma convenida suponer que el Im­perio Británico era un viejo paciente del doctor. Éste se diver­tía con el chiste desde hacía dos años y nunca se cansaba cíe él.

––¡Ah, doctor! –– dijo Flory, tendido en la chaise-longue ––. Qué alegría estar aquí después de haber pasado un rato en ese repugnante Club! Cuando vengo a su casa me siento como un sacerdote no––conformista que se marcha a la ciudad y va con una fulana. Es maravilloso poderme tomar vacaciones de ellos ––­y señaló con un talón hacia el Club––. Sí, de mis amados cama­radas en la edificación del Imperio. Ya sabe usted, el prestigio británico, la misión del hombre blanco, el pukka sahib sans peur et sans reproche... Es un gran alivio para mí dejar de respirar durante algún tiempo esa pestilencia.

––¡Amigo mío, amigo mío, por favor, no diga usted esas co­sas! ¿Cómo puede usted hablar así de los honorables caballeros ingleses?

––Usted, doctor, no tiene que oír como yo las estupideces que dicen los honorables caballeros ingleses. Esta mañana resistí cuan­to pude. Ellis con sus diatribas contra el “asqueroso negro”, Westfield con sus chistes, Macgregor con su humorismo trasnochado, y luego, la gracia de “por favor, denle al portador quince latigazo: 3”. Pero cuando empezaron a contar por millonésima vez lo que dijo el nativo a quien le preguntaron..., no lo pude aguan­tar más.

Veraswami se puso nervioso, como le ocurría siempre que Flory criticaba a los miembros del Club. Estaba de pie, apoyado con el trasero en la barandilla y gesticulando de vez en cuando. Si tenía que buscar una palabra, unía el pulgar y el índice como para capturarla en el aire.

––Verdaderamente, señor Flory, no debía usted hablar así. ¿Por qué está usted siempre insultando a los caballeros blancos, a los pukka salaibs, como usted los llama? Yo creo que son la sal de la tierra. Piense usted en las cosas tan importantes que han realizado, piense en los grandes administradores que han hecho de la India británica lo que ahora es. No olvide a Clive, Warren, Hasting, Dalhousie, Curzon... A esos hombres no los podremos olvidar, ni encontraremos ya otros que se les parezcan.

––¿Y usted querría encontrar otros que se les parecieran? Yo, de ningún modo.

––Píense usted en la nobleza del caballero inglés, ¡ el gent­leman! ¡Qué lealtad tan extraordinaria la que se guardan los unos a los otros! ¡El espíritu de sus colegios y universidades! Incluso aquellos cuyos modales no son muy recomendables –– pues reconozco que algunos ingleses son arrogantes––, siempre poseen extraordinarias cualidades que les faltan a los orientales. Bajo su rudo exterior, tienen corazones de oro.

––Digamos de latón, si le parece. Mire usted, entre los ingle­ses existe un falso compañerismo. Hay la tradición de juerguearse juntos y pretender que somos muy amigos, aunque nos odiemos venenosamente. Es una necesidad política este fingimiento. Y lo que hace funcionar toda la maquinaria es la bebida. En una se­mana nos volveríamos todos locos y nos mataríamos unos a otros si no fuera por la bebida. Ahí le ofrezco un buen tema para esos ensayistas a los que es usted tan aficionado, doctor. El alcohol es el motor del Imperio.

Veraswami meneó la cabeza.

––En verdad, señor Flory, no sé qué puede haberle hecho a usted tan cínico. ¡No me parece correcto, querido amigo! Usted –– un caballero inglés de tan elevadas dotes y de una personalidad tan caracterizada––expresa opiniones sediciosas como las de El Patriota Birmano.

––¿Sediciosas? –– protestó Flory ––. Yo no soy sedicioso. No quiero que los birmanos nos expulsen de este país. ¡Dios no lo permita! Estoy aquí para ganar dinero como todos los demás. Lo que me parece mal es esa mentira de la pesada carga del blanco, la actitud falsa de los puhka sahibs. Es insoportable tanto cuento. Incluso esos idiotas del Club resultarían soportables si no estuvieran siempre esforzándose por justificar su gran mentira.

––Pero, querido amigo, ¿de qué mentira habla usted?

––Hombre, la mentira de que estamos aquí para elevar la con­dición de nuestros pobres hermanos de color en vez de para ro­barles. Ya comprendo que es una mentira bastante lógica; pero los corrompe, sí, los corrompe hasta un punto que usted no puede imaginar. Tenemos la continua sensación de ser unos embusteros y unos tramposos, y esta secreta convicción nos atormenta y nos impulsa a justificarnos noche y día. En el fondo de casi todas nuestras bestialidades contra los indígenas, podríamos encontrar esa comezón moral. Nosotros, los anglo-hindúes, seríamos casi aceptables si admitiésemos honradamente que somos ladrones y nos dedicásemos a robar sin tapujos.

El doctor, que lo estaba pasando muy bien, juntó sus dedos índice y pulgar y dijo, complaciéndose en su propia ironía:

––La debilidad de su argumentación, mi buen amigo, el punto flaco de su opinión, es que no son ustedes ladrones.

––Pero, mi querido doctor...

Flory se incorporó en la chaise-longue porque el caldeado asiento le pinchaba en la espalda como con mil agujas y también porque iba a comenzar su discusión favorita con el médico hindú. Esta discusión, de carácter vagamente político, surgía en cuanto se encontraban los dos amigos. Era un asunto delicado, porqué el inglés se sentía acerbamente antibritánico y el hindú fanática­mente leal. El doctor Veraswami sentía una apasionada venera­ción por los ingleses, a pesar de los innumerables desprecios que había recibido de éstos. Sostenía con vigor que él, como hindú, pertenecía a una raza inferior y degenerada. Su fe en la justicia británica era tan grande que incluso cuando, en la cárcel, tenía que asistir como médico a una flagelación o a una ejecución en la horca, y volvía a casa con su oscuro rostro demudado, obligado a levantarse el ánimo a fuerza de whisky, no decaía su celo pro­-británico. Las opiniones rebeldes de Flory le molestaban, pero a la vez le proporcionaban un extraño placer.

––Querido doctor––dijo Flory––––, ¿cómo podré hacerle com­prender que se equivoca completamente al creer que estamos en este país para algo que no sea robar? Es muy sencillo. El funcio­nario sujeta al birmano mientras que el hombre de negocios le registra los bolsillos. ¿Cree usted, por ejemplo, que mi casa co­mercial podría lograr sus contratos para compras de maderas si el país no estuviera en manos de los ingleses? ¿Y no ocurre igual con las demás compañías madereras o petrolíferas, con los mine­ros, cultivadores y mercaderes? ¿Cómo podría la Rice Ring se­guir esquilmando a los desgraciados campesinos birmanos si no tuviera detrás al Gobierno? El Imperio Británico es sencilla­mente un aparato que sirve para darles monopolios comerciales a los ingleses o, mejor dicho, a las pandillas de judíos y escoceses.

––Amigo mío, me resulta patético oírle hablar así. Esa es la palabra: patético. Dice usted que se hallan ustedes aquí para ejercer el comercio. Naturalmente. ¿Cómo iban los birmanos a negociar ellos solos? ¿Es que ellos pueden fabricar máquinas, construir barcos y ferrocarriles, abrir carreteras? Sin ustedes, están inutilizados para todo. ¿Qué sucedería si las selvas bir­manas no tuvieran a los ingleses para explotarlas? Inmediata­mente serían vendidas a los japoneses, los cuales las destrozarían sin provecho. En cambio, en manos inglesas, están siendo mejo­radas y rinden más. Y mientras que los hombres de negocios bri­tánicos fomentan los recursos de nuestro país, los funcionarios nos civilizan, nos elevan hasta su propio nivel, y esto lo hacen Por puro espíritu humanitario. Verdaderamente, son un modele, de sacrificio.

––Tonterías, querido doctor. A los jóvenes de aquí les ense­ñamos a beber whisky y a jugar al fútbol, lo reconozco, pera Poco más es lo que pueden aprender de nosotros. Fíjese en nues­tras escuelas coloniales; no son sino fábricas de empleados bara­tos. Jamás hemos enseñado a los hindús ni un solo oficio manual que pudieran desarrollar con facilidad. No nos atrevemos porque tememos que se conviertan en competidores nuestros. Incluso he­mos aplastado varias industrias nativas que funcionaban bien. ¿Qué ha sido de las muselinas hindúes? Hacia 1840 se construían en la India buenos barcos y los sabían manejar bien. Ahora nadie sabe construir allí ni un bote de pesca. En el siglo XVIII los hindúes sabían fundir cañones que estaban a la altura de los euro­peos. Ahora, después de un dominio inglés de ciento cincuenta años, no son capaces de hacer ni un simple cartucho. Las únicas razas orientales que se han desarrollado rápidamente son las inde­pendientes. Y no es preciso poner como ejemplo al Japón ; basta con que pensemos en el Siam...

Veraswami movió la mano con excitación. Siempre interrum­pía la argumentación de Flory al llegar a este punto (porque, por regla general, decían siempre lo mismo casi palabra por palabra). El caso del Siam le irritaba.

––Amigo mío, amigo mío, olvida usted el carácter oriental. ¿Cómo podíamos desarrollarnos, con la apatía y la superstición que llevamos dentro? Por lo menos, ustedes nos han traído la ley y el orden. Sí, la admirable justicia británica y la Pax Britannica.

––Pox Britannica, doctor. Así hay que llamarla: Viruela Bri­tánica. Y, en todo caso, ¿para quién es esa paz? Para el presta­mista y el abogado. Claro que mantenemos la paz en la India, pero es en nuestro propio interés, y, ¿a qué conducen esa ley y ese orden? A que se multipliquen los Bancos y las prisiones.

––¡Qué monstruosamente retuerce usted la realidad! –– ex­clamó el doctor––. ¿Acaso las cárceles no son necesarias? Y, ¿es que no nos han traído ustedes sino cárceles? Piense usted en cómo era Birmania en los días de Thibaw, cuando no había más que polvo, tortura e ignorancia, y vea cómo estamos ahora. Mire esta veranda, mire aquel hospital y, a la derecha, la escuela y la Comi­saría de Policía. ¡Fíjese cómo avanza el progreso en nuestro país!

––Desde luego, no niego que modernizamos a este país en ciertos aspectos. No podemos evitarlo. Es cierto que acabaremos destrozando toda la cultura nacional birmana. Pero eso no quiere decir que estemos civilizando a este pueblo. Solamente lo frota­mos con nuestra porquería. ¿ A dónde cree usted que conducirá este progreso, como usted lo llama? Ni más ni menos que a nuestra algarabía de gramófonos. A veces pienso que dentro de dos siglos todo eso... ––y movió el pie hacia el horizonte––, todo eso se habrá esfumado: bosques, pueblos, monasterios, pagodas... En su lugar habrá pequeños hotelitos separados cincuenta yardas unos de otros. Se extenderán por esas colinas, todo lo que la vista puede abarcar, con todos los gramófonos tocando la misma can­ción. Y todos los árboles habrán desaparecido, convertidos en pasta de papel para el periódico News of the World, o en cajas de gramófonos. Pero los árboles se vengan, como dice un perso­naje de El pato salvaje. Habrá usted leído a Ibsen, ¿no?

––¡Ah, no; desgraciadamente, no! Esa poderosa mente maes­tra, como le llamó el inspirado Bernard Shaw. Leer a Ibsen es un placer que me reservo para el futuro. Pero, amigo mío, lo que usted no ve es que la civilización británica, por mal que fuera, supondría para nosotros un gran adelanto. Los gramófonos, las News of the World..., todo ello es muy preferible a la horrorosa suciedad y al atraso del oriental. Yo veo a los ingleses, incluso a los menos inspirados de ellos, como... como...––el doctor bus­caba una frase y encontró una que probablemente había leído en un libro de R. L. Stevenson ––como portadores de antorchas por la senda del progreso.

––––Yo, en cambio, los veo como una especie de piojos higiéni­cos, modernizados y satisfechos de sí mismos. Se arrastran por el mundo construyendo prisiones. Cuando edifican tina prisión, la llaman progreso.

––Amigo mío, la ha tomado usted con las prisiones. Piense que sus compatriotas han realizado muchas otras cosas. Constru­yen carreteras, riegan desiertos, acaban con hambres mortales, edifican escuelas y hospitales, luchan incansablemente contra la peste, el cólera, la lepra, las viruelas, las enfermedades vené­reas...

––Después de haberlas traído ellos ––cortó Flory.

––¡ No, señor!–– replicó el doctor, deseoso de reclamar esta distinción para sus compatriotas–– No, señor; fueron los hin­dúes quienes trajeron las enfermedades venéreas a este país. Los hindúes propagan enfermedades y los ingleses las curan. En eso tiene usted la respuesta a toda su rebeldía y a su pesimismo.

––En fin, doctor, nunca estaremos de acuerdo. Usted es parti­dario de ese progreso, mientras que yo prefiero que las cosas estén un poco más... antihigiénicas. Creo que me hubiera encon­trado más a gusto en la Birmania de la época de Thibaw. Y, como dije antes, si somos una influencia civilizadora, es solamente para robar en mayor escala. Si la cosa no nos diera resultado, en se­guida daríamos marcha atrás.

––Usted no lo cree así en el fondo. Sé muy bien que si censurase usted de verdad todo lo que hace el Imperio Británico, no estaría hablando de ello aquí privadamente. Lo gritaría desde los tejados de las casas. Le conozco a usted, señor Flory, mejor de lo que usted mismo se conoce.

––Lo siento, doctor pero crea que si no proclamo mis ideas desde los tejados de las casas es porque me faltan los redaños suficientes. En este país hay que ser un pukka sahib o morirse ; no hay término medió. En quince arios no he hablado nunca con el corazón en la mano más que a usted. Mis charlas con usted son una válvula de escape.

En aquel momento se oyó una especie cíe aullido. Era el viejo Mattu, el durwan hindú que cuidaba de la iglesia europea y que se hallaba al sol al pie de la veranda; era un anciano siempre febril, más parecido a un saltamontes que a un ser humano y ves­tido con andrajos. Vivía cerca de la iglesia en una choza hecha de latas de kerosén aplastadas. De allí salía cuando pasaba un europeo, para saludarlo con una reverencia servil y gemir algo acerca de su talab, que era sólo de dieciocho rupias al mes. Mi­rando lamentablemente a la veranda, se amasaba la terrosa piel de su vientre con una mano y con la otra hacía el gesto de llevarse alimento a la boca. El doctor buscó en sus bolsillos y acabó arro­jándole una moneda de cuatro annas por encima de la barandilla. Veraswami era muy caritativo y todos los mendigos de Kyauk­tada lo asaltaban con sus peticiones.

––Ahí tiene usted la degeneración de Oriente –– dijo el doctor señalando a Mattu, que se doblaba como una oruga, sin dejar de gemir––. Fíjese qué esquelético es el desgraciado. Sus pantorri­llas son más delgadas que la muñeca de un inglés. Observe él servilismo y la abyección de todos sus gestos. Y su tremenda igno­rancia, una ignorancia que en Europa no se concibe fuera de los deficientes mentales. Una vez le pregunté a Mattu su edad. Me dijo: “Sahib, creo que tengo diez años”. ¿Cómo puede usted sos­tener, señor Flory, que no es usted superior por naturaleza a estos infelices?

––¡Pobre Mattu ! –– dijo Flory ––. Veo que la bendición del progreso moderno no le ha llegado todavía–– Y le arrojó otra moneda, gritándole––: Anda, Mattu, ve a gastarte eso en unos vasos. Sé lo más degenerado que puedas.

––¡Ay!, a veces creo que todo lo que dice usted es para... ––¿cuál es la expresión?...––, para tomarme el pelo. Sí, el fa­moso sentido inglés del humor. Nosotros, los orientales, no tene­mos humor, como es bien sabido.

––Suerte que han tenido ustedes. El humor ha sido nuestra ruina––. Flory se desperezó con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Mattu, después de unas ruidosas gracias, se había aleja­do renqueante. Flory prosiguió––: Bueno, doctor, me parece que debo marcharme antes de que el maldito sol suba más. El calor va a ser insoportable este año. Lo siento en los huesos. Querido doctor, hemos discutido tanto que no le he preguntado todavía cómo le van las cosas. Hasta ayer no regresé de la selva. Debe­ría volver allá pasado mariana, pero no sé si podré. ¿ Ha ocurrido durante mi ausencia algo nuevo en Kyauktada? ¿ Algún escán­dalo?

El doctor se puso de pronto muy serio. Se había quitado las gafas, y su rostro, con los ojos intensamente obscuros y acuosos, recordaba el de un cocker negro. Apartó la vista y habló en un tono vacilante

––El hecho, amigo mío, es que está ocurriendo algo muy des­agradable. Quizás se ría usted de ello, porque a primera vista la cosa no tiene importancia; pero me encuentro en una gran difi­cultad. O, mejor dicho, estoy en peligro de hallarme en una seria dificultad. Es un asunto subterráneo. Ustedes, los europeos, no se enterarán nunca de esto directamente. En este lugar ––y señaló con un gesto hacia el bazar––hay continuamente conspiraciones de las que ustedes no se enteran. Para nosotros, en cambio, sig­nifican mucho.

––¿Qué ha ocurrido?

––Verá usted. Se está tramando algo contra mí. Quieren des­acreditarme y destrozar mi carrera oficial. Como inglés, no com­prenderá usted estas cosas. He incurrido en la enemistad de un hombre a quien probablemente no conoce usted: U Po Kyin, el magistrado subdivisional. Es un hombre muy peligroso. El daño que puede hacerme es incalculable.

––¿U Po Kyin? ¿Quién es?

––Ese hombre tan gordo que siempre está luciendo los dien­tes. Su casa cae por allá, a unas cien• yardas de aquí.

––;Ah! ¿Ese pillo tan gordo? Lo conozco bien.

––No, no, amigo mío, no lo conoce usted––se apresuró a re­plicar el doctor–– No podría usted conocerlo nunca. Sólo un oriental sería capaz de conocerlo. Usted, un caballero inglés, no Puede penetrar con su mente en las horribles profundidades de un individuo como U Po Kyin. Es mucho más que un pillo; es.... ¿cómo lo diré?... Me faltan palabras. Viene a ser como un coco­drilo en forma humana. Tiene la astucia del cocodrilo, su cruel­dad, su bestialidad. ¡Si conociera usted la historia de ese hombre, las barbaridades que ha cometido, el dinero que le ha sacado a la pobre gente con amenazas, las muchachas a quienes ha perdido, violándolas ante los mismos ojos de sus madres! ¡Ah, un caba­llero inglés no puede imaginarse siquiera a un tipo así! Y éste es el hombre que se ha jurado arruinarme, destrozar ni¡ vida.

––He oído contar muchas cosas de U Po Kyin por varios con­ductos––dijo Flory––. Me parece un buen ejemplo del magis­trado birmano. Por cierto, me dijo alguien que, durante la gue­rra, U Po Kyin se dedicó activamente a reclutar soldados y que consiguió juntar un batallón sólo con sus hijos ilegítimos. ¿Es cierto?

––No puede serlo––dijo el doctor––porque no tendrían sufi­ciente edad. Pero de su villanía no hay la menor duda. Y ahora se ha propuesto acabar conmigo, es decir, con todo lo que yo soy. En primer lugar, me odia porque sé demasiadas cosas de él; ade­más, es el enemigo natural de todos los hombres honrados. El procedimiento que empleará –– como suelen hacer estos hombres –– será la calumnia. Difundirá falsedades sobre mí. Ya ha empezado.

––Pero ¿cómo va a creer nadie lo que invente un tipo seme­jante contra usted? No es más que un magistrado nativo de rango muy inferior. Usted, en cambio, es un alto funcionario.

––¡Ah, señor Flory, usted no entiende la astucia oriental U Po Kyin ha deshecho las reputaciones de funcionarios mucho más importantes que yo. Él sabe muy bien cómo ha de arreglár­selas para hacerse creer. Y, por tanto... ¡ Ah, es un asunto muy desagradable!

El doctor dio unos pasos por la veranda limpiando con un pañuelo los cristales de sus gafas. Evidentemente, había algo más que su delicadeza le impedía decir. Durante unos momentos es­tuvo tan inquieto que Flory se sintió impulsado a preguntarle qué podía hacer por él, pero no lo dijo porque sabía lo inútil que era intervenir en las disputas entre orientales. Ningún europeo con­sigue nunca llegar al fondo de esas sordas luchas; siempre hay algo que se escapa a la mentalidad occidental, una conspiración detrás de la conspiración, una intriga que oculta a otra intriga... Además, mantenerse alejado de los pleitos entre nativos es uno de los diez mandamientos del pukka sahib. Dijo, vacilante:

––¿En qué sentido puede ser muy desagradable?

––Lo será, a no ser que... Ah, amigo mío, se va usted a reír de mí. Pero no cabe duda: todo se arreglaría si yo fuera miembro del Club Europeo. ¡Qué diferente sería mi posición!

––¿El Club? ¿Por qué? ¿En qué podría ayudarle eso? ––Créame usted, en estos asuntos el prestigio lo es todo. U Po Kyin no me atacará abiertamente; nunca se atrevería. Me per­seguirá con calumnias y me morderá por la espalda. El que lo crean o no, dependerá por completo de mi posición con los euro­peos. Así ocurren las cosas en la India. Si nuestro prestigio es sólido, nos elevamos; si es deficiente, nos hundimos. Un simple saludo puede más que un millar de informes oficiales. Y no puede usted calcular el prestigio que le da a un nativo formar parte de un Club Europeo. Una vez en el club, es ya prácticamente un europeo más. La calumnia no le alcanzará. El socio del Club es sacrosanto.

Flory se había levantado como para marcharse, y, apoyado en la barandilla, miraba a lo lejos. Siempre se avergonzaba y se sentía incómodo cuando entre ellos flotaba la convicción de que el doctor, a causa de la oscuridad de su piel, no podía ser admi­tido en el Club. Es desagradable que un amigo íntimo no sea nues­tro igual, socialmente hablando; pero eso es inherente al aire mismo que se respira en la India.

––A lo mejor lo eligen a usted en la próxima asamblea gene­ral –– acabó diciendo ––. No se lo aseguro, pero no es imposible ––Confío, señor Flory, en que no pensará usted que le estoy pidiendo me proponga para socio. Nada más lejos de mi pensa­miento. Sé que usted no podría hacerlo. Sólo estaba diciendo que si fuera miembro del Club, sería ya invulnerable.

Flory se colocó su sombrero terai de cualquier modo y des­pertó a Flo con su bastoncillo. La perra se había quedado dor­mida debajo del sillón. Flory se sentía muy a disgusto. Sabía que, con toda probabilidad, si tenía el valor de enfrentarse decidida­mente con Ellis, podría asegurarle al doctor Veraswami la elec­ción como miembro del Club. Y, después de todo, el doctor era su amigo, casi el único amigo que tenía en Birmania. Habían hablado y discutido centenares de veces, el doctor había cenado en su casa e incluso le había propuesto presentarle a su esposa, aunque ella, devota hindú, se había negado a ello horrorizada. Varias veces habían ido a cazar juntos y el doctor solía equiparse con bandoleras y grandes cuchillos de caza, disparando su escopeta a la primera alarma. El deber de Flory era, indudable­mente, apoyar al doctor. Pero sabía _que éste no le pediría nunca su ayuda y que habría enconados debates antes de que un oriental fuese admitido en el Club. ¡No, no podía meterse en aquello! No merecía la pena. Por fin, dijo:

––Para serle a usted sincero, debo decirle que ya se ha ha­blado de usted. Esta misma mariana discutían sobre ello, y el animal de Ellis dedicó sus habituales sermones contra los “asque­rosos negros”. Macgregor ha indicado la conveniencia de elegir un miembro nativo. Me figuro que obedece órdenes.

––Sí, he oído hablar de ello. Siempre nos enteramos de estas cosas. fue precisamente eso lo que me dio la idea.

––Se va a discutir en la asamblea general de junio. No sé qué ocurrirá. Creo que dependerá de Macgregor. Le daré a usted mi voto, pero es lo más que puedo hacer. Lo siento, pero me es imposible hacer más. No puede usted imaginarse cuánto se dis­cutirá sobre esto. Probablemente acabarán eligiéndolo a usted, pero lo harán como un deber desagradable, protestando. Tienen la manía de mantener la perfecta blancura de este Club.

––Naturalmente, amigo mío. Lo comprendo perfectamente. Que no permita el cielo que usted se moleste y riña con sus amigos europeos por causa mía. Por favor, por favor, no se busque usted dificultades. El simple hecho de que usted sea amigo mío me bene­ficia más de lo que usted puede figurarse. El prestigio, señor Flory, es como un barómetro. Cada vez que le ven entrar a usted en mi casa, sube el mercurio un grado.

––Muy bien; entonces procuraremos mantenerlo en “buen tiem­po”. Temo que esto sea cuanto puedo hacer por usted.

––Y ya es mucho, querido amigo. Otra cosa hay que debo ad­vertirle, aunque es posible que lo tome usted a risa: que tam­bién debe estar prevenido contra U Po Kyin. ¡Cuidado con el cocodrilo) La tornará con usted en cuanto sepa que usted me defiende.

––Muy bien, doctor; tendré cuidado con el cocodrilo. Aun­que no creo que pueda hacerme mucho daño.

––Por lo menos, lo intentará. Lo conozco muy bien. Su tác­tica será apartar de mí a mis amigos. Quizás se atreva a difun­dir calumnias sobre usted.

––¿Sobre mí? ¡Qué ocurrencia! Nadie creería lo que dijera contra mí. Civis romanus sum. Soy inglés; estoy por encima de toda sospecha.

––Sin embargo, esté prevenido contra sus calumnias. No des­precie demasiado su poder dañino. Le repito que es un cocodrilo y sabrá perfectamente cómo herirle a usted. Y como el cocodrilo ––el doctor juntó sus dedos pulgar e índice con energía; a ve­ces se le olvidaban las imágenes––, como el cocodrilo, hiere siempre en el punto más débil.

––¿Está usted seguro, doctor, de que los cocodrilos buscan siempre el punto más débil?

Ambos se rieron. Tenían la suficiente intimidad para bur­larse de las excentricidades idiomáticas del doctor. Quizás, en el fondo de su corazón, le hubiera decepcionado un poco a Ve­raswami que Flory no le prometiese proponerlo como socio del Club, pero antes se hubiera dejado matar que confesarlo. Y Flo­ry se alegró de cambiar de tema, ya que hubiera preferido no hablar nunca de aquello con su amigo.

––En fin, doctor, he de irme sin falta. Adiós, por si no le vuelvo a ver antes de marcharme. Espero que todo saldrá bien en la junta general. Macgregor no es mal hombre. Seguramente insistirá en que lo elijan a usted.

––Esperémoslo, amigo mío. Si lo consigo, podré desafiar a ¡ni centenar de U Po Kyin. ; A un millar de ellos! Adiós, que­rido amigo, adiós.

Entonces Flory, ajustándose más el sombrero, se dirigió ha­cia su casa cruzando el deslumbrante maidan. No tenía apetito, porque se lo había quitado la pesada mañana en que tanto había bebido, charlado y fumado.




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