George orwell



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XIV


Como largas agujas curvas moviéndose en un bordado, las dos canoas donde iban Flory y Elizabeth se abrían baso por la ensenada que conducía tierra adentro desde la orilla orien­tal del Irrawaddy. Era el día de la cacería. En realidad, ésta quedaba reducida a una excursión por la tarde, ya que no podían quedarse de noche juntos en la selva. Cazarían durante un par de horas, las más frescas de la tarde –– relativamente –– y regre­sarían a Kyauktada a la hora de cenar.

Las canoas, hecha cada una de ellas de un tronco de árbol hueco, se deslizaban rápidamente sin arrugar siquiera la obs­cura superficie del agua. Los jacintos acuáticos, con su profuso y esponjoso follaje y sus flores azules, habían invadido de tal modo la corriente que el canal quedaba reducido a una serpen­teante cinta de metro y medio de anchura. La luz se filtraba verdosa por el inmenso dosel de ramas. A veces se oían los chillidos de los loros, pero no aparecían animales por ninguna parte. Sólo vieron una vez una serpiente que se alejaba a toda prisa para desaparecer entre los jacintos acuáticos.

––¿Cuánto tardaremos en llegar al pueblo?––le gritó Eli­zabeth a Flory. Éste iba en una canoa mayor detrás con la pe­rrita y Ko S'la, y una mujer, una vieja arrugada y harapienta, que remaba.

––––¿Cuánto falta para el pueblo, abuela? ––le preguntó Flory a la vieja. Ésta se quitó el cigarro de la boca y quedó en actitud meditativa con el remo apoyado en las rodillas.

––––La distancia del grito de un hombre –– dijo después de pen­sarlo mucho.

––Media milla, poco más o menos––tradujo Flory.

A Elizabeth le dolía la espalda. Estas canoas podían volcar con cualquier movimiento imprudente y era preciso mantenerse muy tieso, sentado en el rústico banquillo con los pies lo más estirados posible. El birmano, que, hacía de remero en la canoa de Elizabeth, tenía más de sesenta años, pero su cuerpo medio desnudo era tan perfecto como el de un muchacho. Su cara, cur­tida por el sol y los años, era agradable y simpática. Tenía una hermosa cabellera negra, insólita para un birmano, y la llevaba atada a un lado, aunque se le escapaban algunos mechones. Eli­zabeth tenía sobre las rodillas el fusil de su tío. Flory se había ofrecido a llevarlo, pero ella no quiso; le encantaba el contacto del arma. Hasta aquel día no había tenido nunca un fusil en las manos. Vestía una áspera falda y una camisa de seda de hombre y calzaba unas botas con polainas bajas. Sabía que este atuendo, completado con un sombrero terai, le sentaba bien. Sentíase feliz a pesar del dolor de la espalda, del sudor que le corría por la cara y de los enormes mosquitos que zumbaban a su alre­dedor.

La corriente se iba estrechando y las capas de jacintos acuá­ticos eran sustituidas por bancos de brillante barro de color chocolate. Aparecieron unas chozas levantadas sobre unos pos­tes hundidos en los bordes del río. Un chico desnudo pescaba y empezó a gritar al ver a los europeos, con lo cual atrajo a otros niños que empezaron a salir no se sabía de dónde. El bir­mano guió la canoa hasta un primitivo muelle formado por un enorme tronco de palmera medio hundido en el fango y cubierto de unas tablas. Desembarcó y ayudó a Elizabeth a hacerlo. Siguieron los de la otra canoa con sus sacos y municiones, y Flo, como solía hacerlo en esas ocasiones, se tiró al fango y parecía increíble que no se hundiera del todo. Apareció un anciano indí­gena con un paso de color magenta y un gran lunar en la mejilla, donde brotaban unos pelos grises de increíble longitud. Este hombre empezó a propinar coscorrones en la cabeza a los niños que alborotaban en torno suyo y luego se adelantó hacia los recién llegados y los saludó con profundas reverencias.

––Es el cacique de la aldea––dijo Flory.

Este viejo los condujo a su casa andando del modo más ex­traño, como una “L” al revés. Era el resultado del reumatismo combinado con las constantes reverencias que debe hacer todo indígena funcionario menor del Gobierno. Una multitud de ni­ños correteaba detrás de los europeos y cada vez se acumulaban más perros que ladraban sin cesar. Flo, asustada, no se sepa­raba de las piernas de su amo. A las puertas de cada choza se agolpaban las indígenas, con sus caras de luna, para contemplar estupefactas a la ingaleikma. La aldea estaba obscura bajo el denso follaje que la cubría. En la época de las lluvias, la cre­cida del río convertía la parte baja del poblado en una primi­tiva Venecia de madera en la que se iba de una casa a otra en canoa.

El cacique vivía en una casa un poco mayor que las demás, con techo de hierro acanalado que era el orgullo de aquel hom­bre a pesar del ruido insoportable que hacía con la lluvia. Para ello había tenido que renunciar a la construcción de una pagoda, con lo que disminuyeron notablemente sus posibilidades de go­zar del Nirvana. Subió los escalones y dio unos golpecitos en las costillas a un joven que dormía tumbado en el suelo de la veranda. Luego se volvió e hizo nuevas reverencias a los euro­peos, rogándoles que entraran.

––¿Quiere usted que entremos?––dijo Flory a Elizabeth ––. Creo que tendremos que esperar una media hora.

––¿Puede usted pedirle que saque unas sillas a la veranda? ––preguntó Elizabeth. Después de su experiencia en casa de Li Yeik había decidido no volver a entrar jamás en casa de un nativo si podía evitarlo.

Se produjo un revuelo en toda la casa, y el cacique, el joven y varias mujeres sacaron dos sillas decoradas del modo más raro con flores rojas y unas begonias en unas macetas improvisadas en latas de kerosén. Era evidente que habían preparado allí dentro una especie de doble trono para los europeos. Cuando Elizabeth se hubo sentado, reapareció el cacique con una tetera, un manojo de plátanos verdes muy largos y brillantes y seis cigarros negros como el carbón. Pero cuando le sirvió una taza de té a Elizabeth, ésta se negó a tomarlo. La infusión parecía ––si esto era posible ––aún peor que la de Li Yeik.

El cacique se turbó con la negativa y se frotó la nariz. Vol­viéndose a Flory, le preguntó si la joven thakin––ma querría to­mar un poco de leche con el té. Había oído decir que los euro­peos tomaban el té con leche. Si a ella le gustaba, irían a bus­car una vaca y la ordeñarían. Pero Elizabeth se negó también a aceptar el té con leche sin hervir. Sin embargo, tenía mucha sed y le pidió a Flory que mandase a buscar una de las botellas de soda que Ko S'la había traído. Ante esto, el cacique se retiró sintiéndose culpable. Por lo visto, sus preparativos habían sido insuficientes. Así, dejó solos a los europeos en la veranda.

Elizabeth seguía acunando el fusil en las rodillas, mientras que Flory, acodado en la barandilla de la veranda, hacía como que fumaba el espantoso cigarro ofrecido por el cacique. Eliza­beth estaba impaciente porque empezara la cacería y asaeteaba a Flory con innumerables preguntas.

––¿Cuándo empezaremos? ¿Cree usted que tenemos bastantes cartuchos? ¿Cuántos hombres llevaremos? ¡Ojalá tengamos suerte! ¿Cree usted que cazaremos algo que merezca la pena?

––No creo que encontremos nada extraordinario. Quizás co­bremos algunas aves. Dicen que hay un leopardo por aquí cerca que mató un buey del pueblo la semana pasada.

––¡Un leopardo! ¡Qué estupendo sería cazarlo l

––No se haga ilusiones. Es casi imposible. En Birmania hay que hacerse siempre a la idea de que no va uno a cazar nada. Si no, sale uno decepcionado. Desde luego, en la selva hay una imponente cantidad de caza, pero lo más seguro es que no tenga uno ni ocasión de disparar.

––¿Por qué?

––No olvide usted que la selva es muy densa. Un animal puede estar a unos pasos y permanecer invisible. Casi siempre consigue burlar a los oteadores e incluso cuando logramos ver­los es sólo un instante. Hay tanta agua por todas partes, que ningún animal se ve obligado a acudir siempre al mismo sitio para beber. Por ejemplo, un tigre puede recorrer centenares de millas si le conviene. Y como tienen comida abundante, no necesitan quedarse en determinado lugar si notan algo sospe­choso. Al principio, siendo yo todavía un muchacho, me pasaba muchas noches junto a apestosas vacas muertas esperando la llegada de los tigres, pero nunca venían.

Elizabeth contrajo los omoplatos. Era un movimiento que solía hacer cuando algo la complacía profundamente. Le gustaba Flory, desde luego, le encantaba este hombre cuando hablaba así. Todo lo referente a la caza la emocionaba. ¡Qué lástima que Flory no hablase siempre de caza, en vez de libros, de arte y de la repugnante poesía! En un súbito impulso de admiración, decidió que Flory era a su manera un hombre guapo. Tenía un aspecto tan viril con su camisa de pagri abierta y sus shorts y sus botas de caza... Además su cara, tostada por el sol y mar­cada por la vida en la selva como la de un duro luchador... allí estaba, de pie junto a ella ocultándole la mejilla marcada. Le instó a que siguiera hablando.

––Por favor, cuénteme más cosas de la cacería de tigres. Me interesa tantísimo!

Flory le describió la cacería de un tigre hacía algunos años. La fiera le había matado a uno de sus coolies. Contó la espera en el machan plagado de mosquitos; habló de los ojos del tigre que brillaban en la obscura selva corno linternas verdes, el horri­ble jadeo mientras el tigre se comía al coolie. Flory hablaba de todo esto con naturalidad. Pero Elizabeth retorcía los hom­bros de pura emoción. Flory no comprendía que ese tipo de conversación era lo mejor para tranquilizarla y compensarla por las veces que la había aburrido y desconcertado. Por el sendero abajo se acercaban seis muchachos indígenas que llevaban sus formidables machetes al hombro. Los capitaneaba un viejo seco y activo de pelo gris. Se detuvieron ante la casa del cacique y uno de ellos lanzó un ronco alarido, en respuesta al cual se presentó el dueño de la casa para explicarles a los blancos que aquéllos eran los batidores. Estaban dispuestos para la marcha si la joven thakin––ma no tenía demasiado calor.

Se pusieron en camino. El lado del poblado opuesto al río estaba protegido por un seto de cactos de unos dos metros de altura y cuatro de espesor. Lo cruzaron para tomar por un sen­dero bordeado por altísimos bambúes. Los batidores marchaban rápidamente en fila india. Cada uno de ellos llevaba su gran dala colgado del antebrazo. El viejo cazador iba delante de Eliza­beth. Llevaba el longyi arrollado en torno a las caderas y los muslos tatuados con unos dibujos azul oscuro tan intrincados que parecía llevar unos pantalones de encaje azul. Un barnbú del grosor de un brazo se había caído a medias sobre el sendero y obstaculizaba el paso. El batidor que iba delante lo partió de un machetazo. El agua aprisionada en la caña brotó con un brillo diamantino. Después de un kilómetro de marcha llegaron a campo abierto. Todos sudaban porque habían andado muy aprisa y el sol quemaba.

––Allí es donde vamos a cazar––dijo Flory.

Y señaló a una extensión polvorienta rodeada de fango. Era un lugar sin vida y al fondo se elevaba de pronto la selva como un acantilado verde oscuro. Los batidores se dirigieron hacia un arbolito situado a pocos pasos. Uno de ellos, de rodillas, ha­cía profundas reverencias mientras el viejo cazador derramaba el líquido de una botella en el suelo. Los demás miraban con expresión seria y aburrida, como si estuvieran en un templo.



––¿Qué están haciendo esos hombres?––dijo Elizabeth. ––Están sacrificando a los dioses locales. A éstos les llaman Nats. Les rezan para que nos den buena suerte.

El cazador volvió y con voz cascada explicó que tenían que batir una arboleda situada a la derecha antes de dirigirse hacia la selva propiamente dicha. Por lo visto los Nats lo habían aconsejado. El cazador les indicó a Flory y a Elizabeth dónde debían esperar. Les señaló el sitio apuntando con el dah. Los seis batidores desaparecieron entre los matorrales. Flory y Eli­zabeth se guarecieron bajo unos arbustos mientras Ko S'la se sentaba debajo de otro a cierta distancia, sujetando a Flo por el collar y tranquilizándola para que no ladrase. Flory dejaba siempre a Ko S'la a cierta distancia en las cacerías porque le irritaba su manera de chasquear la lengua cada vez que fallaba un tiro. Empezaron a oírse unos ruidos lejanos. Los hombres se abrían camino con sus machetes y lanzaban extraños gritos. Había empezado la batida. Elizabeth empezó a temblar tan in­controlablemente que no podía mantener quieto el fusil. Un ave maravillosa, con alas grises y el cuerpo de un rojo deslumbrante, salió de entre los árboles y voló hacia ellos. Los ruidos de ra­mas cortadas y los gritos se acercaban. Uno de los matorrales del borde de la selva se agitó violentamente. Algún animal volu­minoso se estaba acercando. Elizabeth intentó apuntar con el fusil, pero sólo era uno de los hombres, que apareció agitando el dah. Al ver que había salido al espacio libre, les gritó a sus compañeros para que se unieran a él.

Elizabeth bajó el arma.

––¿Qué ha ocurrido?

––Nada. Ha terminado la batida.

––¿De modo que no han encontrado nada?––exclamó con gran decepción.

––No se preocupe; en la primera batida nunca se encuentra nada. En la próxima tendremos más suerte.

Cruzaron el calvero saltando los linderos de barro que sepa­raban los campos y se situaron frente a la alta pared verde de la selva. Elizabeth había aprendido ya a cargar el fusil de dos cañones. Apenas había comenzado la segunda batida cuando Ko S'la lanzó un agudo silbido.

––¡Mire! –– gritó Flory ––. ¡Ya vienen ahí!

Una bandada de palomas verdes volaba hacia ellos a increí­ble velocidad a una altura de cuarenta metros. Era como si una catapulta hubiera arrojado al cielo un montón de piedras. Eli­zabeth estaba tan excitada que no sabía qué hacer. Estuvo inmó­vil un momento y luego apuntó al aire vagamente y apretó el gatillo. El arma no se disparó porque la joven apretaba la pro­tección del gatillo. Ya habían pasado las aves cuando encontró los gatillos y apretó los dos a la vez. Sonó un espantoso ruido y Elizabeth cayó a tierra. Había estado a punto de romperse la clavícula. Había disparado a unos treinta metros detrás del úl­timo pájaro. En el mismo instante vió que Flory disparaba y dos palomas caían al suelo como flechas. Ko S'la chilló y corrió con Flo en busca de ellas.

––¡Mire ! –– dijo Flory ––. Ahí va un palomo imperial.

Un ave de gran tamaño que volaba mucho más lentamente que las otras, pasaba sobre ellos. Elizabeth, después del fracaso anterior, no intentó disparar. Vió cómo lo hacía Flory. El pa­lomo planeó con un ala rota. Flo y Ko S'la acudieron excitados. La perra trajo en la boca el gran palomo imperial y Ko S'la sacó de su bolsa las dos palomas verdes.

Flory le enseñó una a Elizabeth.

––¿Verdad que son preciosas? Es el ave más bella de Asia. Elizabeth acarició las suaves plumas y sintió una gran envi­dia porque no había logrado ninguna. Y sin embargo––era cu­rioso––sentía casi adoración por Flory al ver con qué facilidad había hecho blanco.

––Mire las plumas del pecho; parecen joyas. Es un crimen matarlas. Los birmanos dicen que les repugna matarlas. Y, en efecto, no sé de ninguno que haya matado a un pájaro de estos.

––¿Son buenas para comerlas?

––Buenísimas. Sin embargo, siempre me avergüenza ma­tarlas.

––¡Cuánto me gustaría poder cazar como usted! ––dijo Eli­zabeth con envidia.

––No hay más que cogerle el truco y usted lo aprenderá pronto. Ya sabe usted coger el fusil, y eso es mucho para em­pezar.

Sin embargo, en las dos batidas siguientes Elizabeth no pudo matar nada. Había aprendido a no disparar a la vez los dos cañones, pero se excitaba demasiado para poder apuntar bien. Flory batió varias palomas y un pequeño palomo de alas mo­teadas. Las aves mayores de la selva eran demasiado listas para dejarse ver, aunque se las oía por todas partes. La partida de caza se había internado ya en la selva. La luz era gris con cega­doras manchas de sol de vez en cuando. A donde quiera que se mirara se encontraba la barrera de las múltiples hileras de ár­boles, los altos matorrales y las abundantes lianas. Todo ello era tan denso, extendiéndose por espacio de muchos kilómetros, que la vista se sentía oprimida. Algunas de las lianas eran como serpientes. Flory y Elizabeth subían con dificultad los estrechos senderos de caza y bajaban las resbaladizas pendientes. Las es­pinas les rasgaban los vestidos. Ambos llevaban la camisa em­papada de sudor. Hacía un calor asfixiante y un olor mareante de hojarasca aplastada. A veces, las invisibles cicadas producían un sonido metálico como la pulsación de una cuerda de guitarra y, al interrumpirse, creaban un silencio inquietante.

Cuando empezó la quinta batida llegaron junto a un gran árbol pipul en cuya copa se oía el arrullo de los palomos impe­riales. Una de las aves estaba posada en la rama más alta que se veía desde abajo. A aquella gran altura parecía como una manchita gris.

––Pruebe usted––le dijo Flory a Elizabeth––. Apunte y dis­pare sin esperar. No cierre el ojo izquierdo.

Elizabeth levantó el arma, que había empezado a temblarle como de costumbre. Los batidores formaron un grupo para con­templarla y algunos de ellos, sin poder reprimirse, chasquearon la lengua; les parecía raro y chocante que una mujer manejara un fusil de caza. Con un violento esfuerzo de voluntad, apuntó unos segundos y disparó. No oyó el disparo; nunca lo oye uno cuando acierta. El palomo pareció saltar de las ramas hacia arriba y luego bajó dando tumbos contra los árboles hasta que­dar sujeto por una horquilla que formaban dos ramas a unos diez metros de los cazadores. Uno de los batidores calculó la distancia F, subiendo por una liana gruesa y retorcida con la misma facilidad que si hubiera sido una escalera, anduvo por encima de la rama hasta el sitio donde estaba enganchado el palomo. Lo cogió y poco después lo entregaba aún caliente.

La joven sentía tanto entusiasmo por haberlo cazado que se resistía a soltarlo. Lo habría besado, pero se limitó a acari­ciarlo mientras Flory, Ko S'la y los demás hombres se sonreían. Por fin, se decidió a entregárselo a Ko S'la, que lo guardó en el saco. Elizabeth sentía un extraordinario deseo de abrazar a Flory y de besarlo; en cierto modo, era una consecuencia de haber matado el palomo.

Después de la quinta batida, el viejo cazador le explicó a Flory que debían cruzar un claro, que ahora se empleaba para cultivar piñas, y luego batirían otro sector de selva situado más allá. Salieron pues al sol, que resultaba cegador después de la oscuridad de la selva. El claro era un espacio oblongo con sus pinos en filas rodeados de espinosas plantas que parecían cactos y mucha cizaña. Un seto bajo de espinos dividía el campo por la mitad. Ya casi habían cruzado el claro cuando oyeron un agudo sonido parecido al canto de un gallo del lado de allá del seto.

––Escuche ––dijo Elizabeth deteniéndose–– ¿Será eso un gallo de la selva?

––Sí. Suelen salir a alimentarse a estas horas. ––¿No podríamos matarlo?

––Si quiere usted podemos probar, pero le advierto que son muy astutos. Iremos a lo largo del seto hasta cerca de donde está. Pero no debemos hacer ningún ruido.

Mandó por delante a Ko S'la y los batidores mientras ellos dos avanzaban agachados a lo largo del seto. Tenían que ir doblados. Elizabeth iba delante. El sudor caliente le goteaba por la cara haciéndole cosquillas en el labio superior. Sintió que Flory le tocaba el talón por detrás. El corazón le latía violen­tamente. Ambos se pusieron derechos y miraron por el seto a la vez.

A unos diez metros, un gallito picoteaba enérgicamente el suelo. Era precioso con sus largas plumas sedosas, su brillante cresta y la cola arqueada de un verde laurel. Le acompañaban seis gallinas, unas aves más pequeñas que él, de color marrón, con plumas cortas y anchas como escamas de serpiente. Todo esto lo notaron Elizabeth y Flory en un instante y al siguiente las aves volaban como balas en dirección a la selva. Pero Eli­zabeth disparó instantáneamente. fue uno de esos tiros de los que no se apunta ni se tiene siquiera conciencia de que se lleva un arma en la mano. Tenía la convicción de que el gallo caería incluso antes de disparar. Efectivamente, el ave cayó a unos treinta metros esparciendo plumas en torno suyo.

––¡Buen disparo, buen disparo!–– exclamó Flory. En su ale­gría ambos tiraron las armas, rompieron el seto de espinos y corrieron hacia donde quedaba el ave.

––¡Buen tiro!––repitió Flory tan excitado como ella­ nunca he visto a nadie matar a un pájaro en pleno vuelo el pri­mer día. Disparó usted como un relámpago. ¡Ha sido maravi­lloso.!

Estaban arrodillados el uno enfrente del otro con el gallo muerto en medio. Con un sobresalto descubrieron ambos que tenían las manos –– la derecha de él y la izquierda de ella –– fuer­temente entrelazadas. Habían venido corriendo con las manos cogidas sin darse cuenta.

Los dos tenían la sensación de que debía ocurrir algo impor­tante. Flory le cogió la otra mano, que Elisabeth le cedió gus­tosa. Permanecieron durante unos segundos arrodillados y con las manos cogidas. El sol les daba de lleno y sus cuerpos ema­naban calor por todas partes; parecían estar flotando entre nubes de calor y alegría.

Flory la cogió por los hombros iniciando un abrazo, pero de pronto volvió la cabeza y se levantó tirando a la vez de ella. La soltó. Había recordado la mancha de su mejilla y no se ha­bía atrevido a abrazarla allí en plena luz. Para ocultar su tur­bación, se inclinó y recogió el gallo cobrado.

––fue espléndido–– dijo–– No necesita usted que la ense­ñen. Puede usted cazar cuanto quiera. Tenemos que empezar la batida siguiente.

Acababan de cruzar de nuevo el seto y de recoger las armas cuando oyeron unos gritos del borde de la selva. Dos de los batidores corrían hacia ellos dando enormes saltos y agitando locamente sus brazos.

––¿Qué sucede?––dijo Elizabeth.

––No sé. Deben de haber visto algún animal. Por la cara que traen será algo bueno.

––¡Estupendo! ¡Vamos, vamos!

Corrieron al encuentro de los hombres. Ko S'la y cinco de los batidores se habían parado en un grupo y hablaban todos a la vez, mientras los otros dos seguían haciéndoles señas a Flory y a Elizabeth. Al llegar vieron que en medio del grupo había una vieja que se sostenía su andrajoso longyi con una mano, mientras gesticulaba con la otra, que sostenía un gran cigarro. Elizabeth oyó que repetían mucho la palabra char.

––¿Qué están diciendo? ––preguntó.

Los batidores rodeaban ahora a Flory hablando precipitada­mente y señalando la selva. Después de hacerles algunas pre­guntas, los mandó callar y se volvió hacia Elizabeth

––Escuche; parece que tenemos suerte. Esta vieja pasaba por la selva y dice que al sonar el disparo que hizo usted hace poco vió que un leopardo cruzaba la senda de un salto. Estos hombres saben dónde debe de estar escondido. Si acudimos rápidamente, podremos rodearlo antes de que se escape y sacarlo del escon­dite. ¿Quiere usted que lo intentemos?

––¡Claro, claro! ¡Qué alegría tan grande! ¡Sería estupendo poder cazar un leopardo!

––Pero, ¿se da usted cuenta de que puede resultar peligroso? Manteniéndonos juntos, lo más probable es que salga bien, pero nunca es completamente seguro a pie. ¿No le importa?

––No, no; no tengo miedo. Vamos; empecemos en seguida. ––Que uno de vosotros venga con nosotros para enseñarnos el camino––dijo Flory a los batidores––. Ko S'la, sujeta a Fío con la correa y vete con los otros. Conmigo no se estará tran­quila. Tenemos que darnos prisa––añadió dirigiéndose a Eli­zabeth.

Ko S'la y los batidores corrieron a lo largo del borde de la selva. Empezarían la batida más arriba. El otro batidor, el mismo joven que había subido al árbol para recoger el palomo, se internó en la selva. Flory y Elizabeth lo siguieron. Con pa­sos rápidos y cortos, casi corriendo, los condujo por un labe­rinto de sendas de caza. Los arbustos eran tan bajos que a veces había que ir casi arrastrándose y las lianas cruzaban de árbol a árbol como si fueran trampas. Pisaban un sendero pol­voriento que no hacía ruido. De pronto, el indígena se detuvo y señaló al suelo para indicar que allí estarían bien, a la vez que se llevaba el dedo a los labios en señal de silencio. Flory sacó cuatro cartuchos del bolsillo y le cogió a Elizabeth su fusil para cargárselo.

Oyeron un leve crujido cerca de donde estaban y se sobre­saltaron. Un chico casi desnudo apareció sabe Dios de dónde. Se asomaba por entre las ramas. Miró al batidor, movió la ca­beza y señaló sendero arriba. Hubo un diálogo de signos entre los dos muchachos y el batidor pareció estar conforme. Sin ha­blar, los cuatro anduvieron unos cuarenta metros por el sen­dero, torcieron en un recodo y se detuvieron allí. A la vez una espantosa algarabía de chillidos, a los que se mezclaban los ladridos de Flo, estalló a cierta distancia.

Elizabeth sintió la mano del indígena que se apoyaba en su hombro para obligarla a agacharse. Los cuatro se escondieron bajo un espinoso arbusto; los europeos delante y los birmanos detrás. A lo lejos había tal gritería y tanto ruido de ramas tronchadas por los dahs que costaba trabajo creer que sólo había seis hombres. Todo aquello lo hacían los batidores para evitar que el leopardo volviera contra ellos. Elizabeth contemplaba unas hormigas muy grandes, de un amarillo pálido, que mar­chaban como soldados por las espinas del arbusto. Una le cayó en la mano y le subió por el antebrazo. No se atrevía a moverse para quitársela de encima. Estaba rezando en silencio:

––¡Dios mío, que venga el leopardo! ¡Por favor, Dios mío, haz que venga el leopardo!

Hubo un súbito movimiento en la hojarasca. Elizabeth le­vantó su fusil, pero Flory movió la cabeza con energía y le hizo bajar otra vez los cañones. Era sólo un ave de la selva que cru­zaba por el sendero con largas zancadas.

Los gritos de los indígenas no parecían acercarse y por aquel lado de la selva el silencio era absoluto. La hormiga mordió dolorosamente el brazo de Elizabeth y cayó al suelo. La joven empezaba a desesperarse. El leopardo no llegaba. Lo habían Perdido. Sentía una decepción tan terrible que hubiera prefe­rido que nadie hubiera hablado de la fiera. Entonces sintió que el indígena le tocaba en el codo. Estaba mirando fijamente, con su amarillenta mejilla muy cerca de la suya. Elizabeth olía el aceite de coco de su cabello. Tenía los labios como para silbar; había oído algo. Entonces Flory y Elizabeth lo oyeron también. Era el más leve de los ruidos, como si una aérea criatura se estu­viera deslizando suavemente por la selva rozando apenas el suelo con los pies. En aquel momento, la cabeza y los hombros del leopardo surgieron por entre la hierba a unos quince metros sen­dero abajo.

La fiera se detuvo con las patas delanteras sobre el sendero y el resto del cuerpo oculto entre la alta hierba. Pudieron ver su cabeza achatada y su gruesa y terrible pata. A la sombra, no parecía amarillo, sino gris. Estaba escuchando con toda aten­ción. Elizabeth vió que Flory se ponía–– de pie de un salto, se echaba el arma a la cara y disparaba instantáneamente. El tiro repercutió en las bóvedas de la selva y casi simultáneamente cavó la fiera al suelo.

––¡Cuidado!–– gritó Flory ––. Todavía no está muerte.. –– Disparó de nuevo, y el leopardo, al ser alcanzado otra vez, se removió. Flory abrió el arma y se buscó otro cartucho en el bolsillo. Luego tiró al suelo todos los que tenía y se arrodilló buscando rápidamente entre ellos ––. ¡Maldita sea!–– excla­mó––. ¡No tengo ni una sola SG entre ellas! ¿Dónde diablos la habré puesto?

¡El leopardo había desaparecido! Se arrastraba por entre la hierba como una gran serpiente herida y lanzaba unos lamentos que daban a la vez miedo y lástima. El ruido se acercaba. Todos los cartuchos que volvía Flory tenían un 6 o un 8 marcados en el remate. En efecto, el resto de los cartuchos de caza mayor los tenía Ko S'la. El ruido de ramas aplastadas y los gemidos salvajes se oían ya a cinco metros, pero no podían ver nada por el espesor de la selva.

Los dos birmanos gritaban: “¡Dispara, dispara, dispara!”, y este grito cada vez sonaba más lejos porque los dos mucha­chos corrían en busca del primer árbol donde poder subirse. El arbusto junto al cual estaba Elizabeth se movió.

––¡ Dios mío, está casi encima de nosotros! –– exclamó Flo­ry ––. Hay que espantarlo con el ruido.

Elizabeth levantó su fusil. Le entrechocaban las rodillas como castañuelas, pero tenía el pulso increíblemente firme. Disparó rápidamente dos veces seguidas. El ruido repercutió con es­truendo. El leopardo se retiraba, todavía invisible, herido, pero aun con mucha agilidad.

––Muy bien hecho. Lo asustó usted––dijo Flory.

––¡Se marcha, se marcha, se nos va a escapar!–– exclamó

Elizabeth saltando agitadísima. Quiso seguir a la fiera, pero Flory la obligó a retroceder.

––No tema que se escape. Usted quédese aquí.

Introdujo dos cartuchos en su fusil y salió detrás del leo­pardo guiándose por el ruido que éste producía. Durante unos instantes Elizabeth perdió de vista al hombre y a la fiera, pero luego aparecieron los dos en un pequeño claro a treinta metros. El leopardo se retorcía sobre el vientre. Flory le apuntó y dis­paró a cuatro metros de distancia. El leopardo saltó como un cojín al que se le ha dado un golpe, rodó, se encogió y por fin quedó inmóvil. Flory le golpeó el cuerpo con el cañón. La fiera no se movió.

––Bueno, ya se acabó––gritó–– Venga a verlo.

Los dos birmanos bajaron del árbol y se acercaron, con Eli­zabeth, a donde estaba Flory. El leopardo––era un macho––ya­cía encogido, con la cabeza entre las patas. Parecía mucho más pequeño que vivo. Tenía un aspecto inofensivo digno de com­pasión, como si fuera un gato muerto. A Elizabeth le temblaban todavía las rodillas. Flory y ella miraban juntos al leopardo, pero esta vez no tenían las manos cogidas.

Momentos después llegaron Ko S'la y los demás gritando todos ellos de alegría. La perrita olió el cadáver de la fiera y luego salió corriendo aullando. No hubo manera de hacer que se acercara otra vez. Todos observaban al leopardo y le tocaban su hermoso vientre blanco, suave como el de una yegua. Le sacaban las pezuñas y le levantaban los negros labios para exa­minar los colmillos. Dos de los batidores cortaron un alto bambú Y ataron a él la fiera por las pezuñas, llevándola así con su larga cola arrastrando hasta el pueblo, donde entraron triun­falmente. Ya no se habló de más caza a pesar de que había luz suficiente. Todos ellos, incluso los europeos, estaban impacientes por volver a casa y jactarse de lo que habían hecho.

Flory y Elizabeth caminaban juntos. Los demás les prece­dían a treinta metros llevando las armas y el leopardo, y Flo seguía a su amo a gran distancia. El sol se estaba poniendo al otro lado del Irrawaddy. La luz doraba los tallos de las plantas Y daba suavemente en la cara. Un hombro de Elizabeth casi tocaba al de Flory. El sudor se les había secado. No hablaron mucho. Se sentían felices, con esa extraordinaria felicidad que da la mezcla de agotamiento y triunfo con la cual nada del mundo––ninguna alegría del cuerpo ni de la mente––puede com­pararse.

––La piel del leopardo es para usted––dijo Flory cuando ya estaban cerca del pueblo.

––Pero si fue usted quien lo mató.

––No importa; la piel le pertenece por derecho propio. ¡Nin­guna mujer de este país habría tenido la serenidad que tuvo usted! Cualquiera de ellas habría chillado y se habría desma­yado. Haré que curtan la piel en la cárcel de Kyauktada. Allí hay un preso que las deja suaves como el terciopelo. Está cum­pliendo una pena de siete años, de modo que ha tenido tiempo de sobra para aprender el oficio.

––Bueno, se lo agradezco muchísimo.

No dijeron más por entonces. Luego, cuando se lavaran el sudor y el polvo y descansaran un poco, volverían a verse en el Club. No se citaron, pero quedaba sobreentendido entre ellos que se verían allí. También quedaba sobreentendido que Flory le pediría a Elizabeth que se casara con él, aunque tampoco dije­ran nada sobre esto.

En el poblado, Flory pagó a los batidores ocho annas a cada uno, dirigió la operación de quitarle la piel al leopardo y le regaló al cacique una botella de cerveza y dos de los palomos imperiales. La piel y la cabeza del leopardo fueron empaque­tadas y colocadas en una de las canoas. A pesar de los esfuer­zos de Ko S'la por conservar las patillas, no quedó ninguna. Los chicos de la aldea las robaron. Algunos muchachos indígenas se llevaron los restos para comerse el corazón y otras vísceras, con lo cual creían convertirse en seres tan fuertes y veloces como el leopardo.


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