George orwell



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LA MARCA



GEORGE ORWELL

Fuente: Librodot.com
Esta Edición: Proyecto Espartaco

(http://www.proyectoespartaco.dm.cl)

«Este desierto inaccesible bajo la sombra melancólicas ramas.»

SHAKESPEARE: Como gustéis









I


U Po Kyin, magistrado del distrito de Kyauktada, en la Alta Birmania, estaba sentado en su veranda. Sólo eran las ocho y media de la mañana, pero en el mes de abril, por lo que el aire se espesaba amenazando ya las irrespirables lloras del centro del día. De vez en cuando, alguna brisa muy débil, que parecía fresca por contraste, movía las orquídeas que colgaban de los aleros. Más allá de las orquídeas podía verse el tronco polvoriento y re­torcido de una palmera, y luego el deslumbrante cielo azul marino. Muy arriba, en el cenit, tan altos que se mareaba uno de mirar­los, unos cuantos buitres giraban sin que les temblasen siquiera las alas.

Como un gran ídolo de porcelana, sin pestañear, U Po Kyin tenía la mirada perdida en el exterior fuertemente iluminado por el sol. Era un hombre de cincuenta años, tan grueso que durante muchos años no había podido levantarse de su silla sin ayuda, y sin embargo estaba bien formado e incluso resultaba bello en su obesidad; porque los birmanos no se deforman al engordar como les ocurre a los blancos, sino que aumentan de volumen simétricamente como las frutas. Su rostro era grande, amarillo y sin arruga alguna y tenía ojos obscuros. Sus pies–– planos, de empeine alto, y con todos sus dedos de la misma longitud –– los tenía descalzos y no llevaba sombrero en su cabeza pelada al rape. Vestía uno de esos brillantes longyis a cuadros verdes y magenta que suelen usar los birmanos los días corrientes. Masticaba betel que sacaba de una caja de laca que tenía sobre la mesa, y pen­saba en su pasado.

Había sido la suya una vida brillante; una carrera de continuo buen éxito. El recuerdo más antiguo que tenía U Po Kyin, allá por los años ochenta y tantos, era haber presenciado, cuando era un niño desnudo y de vientre redondo, la victoriosa entrada de las tropas británicas en Mandalay. Recordaba el terror que había sentido ante aquellas columnas de hombres alimentados con carne de vaca, colorados de rostro y de uniforme; los largos ri­fles que llevaban al hombro, y el paso rítmico y pesado de sus botas. Después de contemplarlos durante unos minutos, había salido corriendo. A su infantil manera, había comprendido que su pueblo no podría rivalizar con esta raza de gigantes. Y ya desde niño fue su gran ambición luchar junte a los ingleses, conver­tirse en un parásito de ellos.

A los diecisiete años había solicitado un puesto oficial; pero no lo consiguió, por ser pobre y carecer de amigos. Durante tres años trabajó en el maloliente laberinto de los bazares de Man­dalay, como dependiente de los mercaderes ricos y, a veces, ro­bando. A los veinte años, un chantaje que le salió bien le pro­porcionó cuatrocientas rupias y en seguida marchó a Rangún y compró un puesto del Gobierno. Aunque el sueldo era pequeño, la colocación merecía la pena. Por aquella época, una red de empleados sacaba buenas ganancias traficando con los almacenes oficiales, y Po Kyin (por entonces no era más que Po Kyin ; el honorífico U vino años más tarde) se dedicó con toda natura­lidad a aquel negocio. Sin embargo, tenía demasiado talento para malgastarlo en la burocracia inferior y en mezquinos latrocinios. Un día descubrió que el Gobierno, que andaba escaso de funcio­narios de segunda categoría, iba a nombrar algunos entre los oficinistas. A la semana siguiente sería pública tal noticia, pero una de las habilidades de Po Kyin era que su información se adelantaba en una semana a la de los demás. Vió que aquélla era su oportunidad y se dedicó a denunciar a todos sus compañeros antes de que pudieran alarmarse. La mayoría de ellos fueron enviados a la cárcel, y Po Kyin, como recompensa a su honra­dez, fue nombrado ayudante de un alto funcionario. A partir de entonces, fue subiendo sin cesar. Ahora, a los cincuenta y seis años, era magistrado subdivisional y probablemente lo ascende­rían todavía más y lo harían comisario––delegado. Entonces los ingleses serían sus iguales e incluso subordinados suyos.

Como magistrado, sus métodos eran sencillos. No vendía la decisión de un caso por mucho dinero que le ofrecieran, porque sabía muy bien que un magistrado que dicta sentencias injustas a conciencia, es cogido más pronto o más tarde. Lo que él hacía era mucho más sensato: aceptaba soborno de ambas partes y luego decidía el caso estrictamente con arreglo a la ley. Esto le ganó una útil reputación de imparcialidad. Además de las rentas que le proporcionaban los litigantes, U Po Kyin tenía montado un sistema de impuestos privados que le pagaban todos los pueblos que se hallaban bajo su jurisdicción. Si algún pueblo dejaba de pagarle el tributo, U Po Kyin tomaba medidas de castigo––unas pandillas de maleantes atacaban el lugar, los más destacados ha­bitantes eran detenidos con falsas acusaciones, y otras cosas por el estilo––, con el resultado de que al poco tiempo pagaban lo que les correspondía. También compartía las ganancias de todos los robos de gran importancia que ocurrieran en su distrito, Todo esto, naturalmente, lo sabía todo el mundo menos los jefes de U Po Kyin (ningún oficial británico creerá nunca nada con­tra sus hombres) y siempre habían fallado los intentos contra él. Eran muchos sus defensores, a quienes mantenía callados el reparto del botín. Cuando se presentaba alguna acusación con­tra él, U Po Kyin la deshacía por medio de una gran cantidad de testigos sobornados. Y a cada acusación contestaba él con unos contraataques que le dejaban en mejor posición que antes. Era invulnerable porque conocía demasiado bien a los hombres para escoger un mal instrumento, y también porque las intrigas lo absorbían demasiado para que pudiera fallar por descuido o ignorancia. Podía afirmarse casi con absoluta certeza que nunca lo descubrirían, que iría de triunfo en triunfo y, por último, moriría rodeado de honores y con una fortuna muy respetable.

E incluso más allá de su tumba, continuaría ese triunfo. Se­gún las creencias budistas, los que se han portado mal durante sus vidas pasarán la próxima encarnación en forma de una rata, una rana o algún otro animal de orden inferior. U Po Kyin era un buen budista y estaba decidido a evitar ese peligro. Dedi­caría sus últimos años a las buenas obras, que se amontonarían en la balanza y vencerían al resto de su vida. Probablemente, sus buenas obras consistirían en construir pagodas. Cuatro pa­godas, cinco, seis, siete –– ya dirían los sacerdotes cuántas se necesitaban ––, con piedra labrada, sombrillas doradas y campa­nillas que tintinearían al viento (cada tintineo equivale a una plegaria). Y volvería a la tierra en forma de varón––una mujer está al mismo nivel que una rata o una rana–– o quizás, en el mejor de los casos, como un animal superior: por ejemplo, un elefante.

Todos estos pensamientos fluían con rapidez en la mente de U Po Kyin y, en su mayor parte, de un modo gráfico. Su cere­bro, aunque fino, era completamente primitivo y no se ponía en movimiento sino con alguna finalidad determinada. La medita­ción pura y simple le era totalmente ajena. Ahora había llegado al punto a que tendían sus pensamientos. Apoyando sus peque­ñas y triangulares manos en los brazos de su sillón, consiguió volverse un poco, y llamó con cierto jadeo, como si le costare trabajo respirar:

––––¡ Ba Taik ! ¡Oye, Ba Taik !

Ba Taik, ––el criado de U Po Kyin, apareció por la cortina de cuentas a través de cuyas hileras colgantes se transparen­taba la veranda. Era muy bajo y tenía la cara marcada de viruelas. Su expresión era tímida y como hambrienta. U Po Kyin no le pagaba sueldo, porque se trataba de un ladrón con­victo. y una palabra del amo habría bastado para mandarlo a la cárcel. Al avanzar, hacía Ba Taik reverencias tan profundas que daba la impresión de andar hacia atrás.

––¿Santísimo dios? ––––dijo.

––¿Hay alguien esperando para verme, Ba Taik?

El criado enumeró los visitantes con los dedos.

––Está el jefe de la aldea de Thitpingliyi, muy honorable se­ñor mío, y ha traído presentes, y dos aldeanos acusados de un asalto a mano armada, y también traen regalos. Ko Ba Sein, el empleado principal di, las oficinas del comisario delegado, desea verte; y, además, están ahí Alí Shali, el guardia, y un bandido cuyo nombre no recuerdo. Creo que se han peleado los dos a propósito de unos brazaletes de oro que han robado. ¡Ah!... También está una muchacha de un pueblo, con un niño de pecho.

–– ¿Qué desea la joven? –– preguntó U Po Kyin.

––Dice que ese niño es tuyo, santísimo señor.

––Ya... Y ¿cuánto ha traído el jefe de la aldea?

Ba Taik creía que sólo eran diez rupias y una cesta de mangos.

––Dile que han de ser veinte rupias. Les ocurrirán cosas desagradables tanto a él como a su aldea si el dinero no está aquí mañana. Ahora veré a los otros. Dile a Ko Ba Sein que entre aquí a hablar conmigo.

Ba Sein se presentó en seguida. Era un hombre erguido, de Hombros estrechos, muy alto para ser birmano y con un rostro de una curiosa suavidad. U Po Kyin lo consideraba un instru­mento útil. Sin imaginación y muy trabajador, era un ofici­nista excelente, y Macgregor, el comisario––delegado, le confiaba la mayoría de sus secretos oficiales. U Po Kyin, a quien sus pensamientos habían puesto de buen humor, acogió a Ba Sein con una risita y le indicó que se sentara en el taburete.

––Bien, Ko Ba Sein: ¿qué tal va nuestro asunto? Espero que, como diría nuestro querido señor Macgregor––y esto lo expresó U Po Kyin en inglés––, “va progresando de manera perceptible “.

Ba Sein no sonrió ante esta pequeña ingeniosidad. Sentado muy tieso en el taburete, respondió

––Excelentemente, mi señor. Nuestro ejemplar del perió­dico nos ha llegado esta mañana. Ten la bondad de examinarlo. Le tendió un ejemplar de un periódico bilingüe llamado El Patriota Birmano. Era un periodicucho de ocho páginas malí­simamente impreso en un papel que parecía secante, formado en parte por noticias copiadas de la Gaceta de Rangún y comple­tado por vulgares arengas nacionalistas. En la última página se había producido un accidente en la impresión y quedaba toda ella en negro como en señal de luto por la escasa circulación del periódico. El artículo en que fijó en seguida su atención U Po Kyin, sobresalía de los demás por el tipo de letra. Decía

“En estos tiempos felices en que nosotros, las pobres gentes de color, somos elevados de condición por la poderosa civiliza­ción occidental con sus múltiples bendiciones, como el cinema­tógrafo, las ametralladoras, la sífilis, etc., ¿qué tema puede re­sultar más interesante que el de las vidas privadas de nuestros benefactores? Por tanto, creemos que les gustará a nuestros lectores saber algo de lo que está ocurriendo en el distrito de Kyauktada, y, especialmente, saber algunas cosas sobre el señor Macgregor, honorable comisario-delegado en aquella región.

“El señor Macgregor es el tipo de antiguo gentleman, del cual tenemos tantos ejemplos por aquí en estos días felices. Es un “hombre de familia”, como suelen decir nuestros queridos primos los ingleses. Sí, amigos: el señor Macgregor es muy afi­cionado a la familia. Tanto, que ya tiene en el distrito de Kyauk­tada tres hijos aunque sólo lleva allí un año, y en el distrito donde estuvo antes, el de Shwernyo, dejó seis criaturas. Quizás haya sido sólo una distracción por parte del señor Macgregor haber abandonado a estos niños cuyas madres están a punto de morirse de hambre... “, etc., etc.

Esto continuaba, en el mismo tono, a lo largo de toda una columna, y, por muy mezquino que fuera, resultaba un texto muy superior al del resto del periódico. U Po Kyin leyó dete­nidamente el artículo entero, sosteniendo el periódico con los brazos extendidos––era présbita––, y mantenía, mientras, los labios contraídos, en gesto meditativo, luciendo así sus dientes pequeños y perfectos, enrojecidos por el jugo del betel. Al ter­minar, dijo:

––El director se pasará, seis meses en la cárcel por haber publicado esto.

––No le importa. Dice que sus acreedores solamente lo dejan en paz cuando está en la cárcel.

––Y ¿ha sido el muchacho que tienes de meritorio en tu ofi­cina, Hla Pe, quien escribió el artículo? Es un chico muy listo. ¡Promete mucho! No te permitiré que vuelvas a decirme que esas Escuelas Superiores del Gobierno son ineficaces. Hla Pe conseguirá un puesto oficial de empleado. Ya lo verás.

––¿Crees entonces, señor, que bastará con este artículo?

U Po Kyin no respondió en seguida. Había empezado a emi­tir un ruidito característico con la nariz, unos resoplidos que acompañaban a todos sus esfuerzos, por insignificantes que fue­sen. Ba Taik estaba acostumbrado a estas señales acústicas. Por eso apareció al instante por entre las hileras de cuentas de la cortina y, ayudado por Ba Sein, levantó a su amo. Cada uno de ellos lo cogió por una axila. Luego lo soltaron y U Po Kyin, balanceándose como si estuviera asegurando un fardo sobre su cabeza, empezó a mover la inmensa mole de su cuerpo. Le indicó a Ba Taik que se marchara.

––No basta con eso––dijo, contestando la pregunta de Ba Sein––, no es bastante en modo alguno. Queda mucha tarea. Pero había que empezar así. Está bien. Escúchame.

Se acercó a la balaustrada para escupir un buche de betel y luego empezó a recorrer la veranda con pasitos menudos y las manos cruzadas a la espalda. El roce de sus grandes muslos uno con otro le hacia oscilar un poco. Hablaba mientras andaba, empleando una jerga corriente en las oficinas del Gobierno, una mezcla de verbos birmanos y frases abstractas inglesas:

––Ahora tenemos que analizar este asunto desde el principio. Emprenderemos un ataque conjunto contra el doctor Veraswami, que es el cirujano oficial y director de la cárcel. Vamos a ca­lumniarlo, a destruir su reputación y, por último, a arruinarlo para siempre. Será un trabajo bastante delicado.

––Perfectamente, señor.

––No habrá riesgo alguno, pero debemos ir despacio. No ten­dremos que habérnoslas con un despreciable empleadillo o con un simple guardia. Nuestra víctima será todo un funcionario de alta categoría. Y cuando se trata de un alto funcionario, aunque sea indio, no es lo mismo que con un empleado de oficinas. ¿Cuál es el procedimiento para deshacer a un funcionario? Muy sen­cillo: una acusación, dos docenas de testigos, lo despiden y lo meten en la cárcel. Pero este sistema no nos conviene en nues­tro caso. Despacio, muy despacio, con mucha suavidad, ese es mi lema. Que no haya escándalo y, sobre todo, evitar las investiga­ciones oficiales. No debe haber acusaciones que puedan ser refu­tadas; y, sin embargo, dentro de tres meses, habré dejado im­preso en la mente de todos los europeos de Kyauktada que el doctor es un mal bicho. ¿De qué voy a acusarlo? El soborno, en el caso de un médico, no sirve. ¿Qué utilizaré, pues?

––Quizás pudiéramos organizar un levantamiento en la cár­cel. El doctor, como director, sería el responsable.

––No, no. Eso sería demasiado peligroso. No quiero que los guardianes de la cárcel empiecen a disparar sus rifles en todas direcciones. Además, nos resultaría caro. Lo de mejor resultado será la deslealtad: nacionalismo, propaganda sediciosa. Hemos de convencer a los europeos de que el doctor Veraswami profesa opiniones desleales, antibritánicas. Eso es mucho peor que el soborno; los ingleses dan por cierto que todo funcionario indí­gena admite el soborno. Pero si sospechan que alguno está con­tra ellos, el desgraciado no tiene ya nada que hacer.

––En nuestro caso, será difícil de probar––objetó Ba Sein––. El doctor es muy leal a los europeos. Se enfurece cuando alguien habla mal de ellos en su presencia. ¿No crees, señor, que lo co­nocen bien en ese aspecto?

––¡Bah, tonterías! –– dijo U Po Kyin plácidamente–– A nin­gún europeo le importan nada las pruebas. Cuando un individuo es indígena, la sospecha es una prueba. Unas cuantas cartas anónimas liarán milagros. Es sólo cuestión de persistir: acusa, acusa, sigue acusando... Así hay que hacerlo con los europeos. Una carta anónima tras otra, a cada europeo, por turno. Y luego, cuando hayamos despertado lo suficiente sus sospechas... –– U Po Kyin sacó uno de sus cortos brazos de detrás de la espalda y pro­dujo un chasquido con el pulgar y el dedo corazón. Añadió –– Empezamos con este artículo en El Patriota Birmano. Los euro­peos sé pondrán furiosos cuando lo lean. Pues bien, nuestro se­gundo paso consistirá en convencerlos de que fue el doctor quien lo escribió.

––Será difícil conseguirlo mientras tenga europeos amigos suyos. Todos ellos acuden a Veraswami cuando están enfermos. Curó a Macgregor este invierno pasado. Tengo entendido que lo consideran muy buen médico.

––¡Qué mal comprendes la mente europea, Ko Ba Sein ! Si acuden a Veraswami es porque no hay otro médico en Kyauk­tada. Ningún europeo tiene fe en un médico indígena. Te ase­guro que, con los anónimos, lo único que necesitamos es enviar­los en número suficiente. Ya me ocuparé de que no le quede ni un solo amigo.

––El señor Flory, ese comerciante en maderas––dijo Ba Sein––, es amigo íntimo del doctor. Le veo ir a su casa todas las mañanas cuando está en Kyauktada. Incluso ha invitado a Veraswami dos veces a cenar en su casa.

––En eso tienes razón. Si Flory fuese amigo del doctor, nos podría perjudicar. No se puede dañar a un hindú que sea amigo de un europeo. Esa amistad le da..., ¿cuál es la palabra a que son tan aficionados?... ¡Ah, sí, prestigio! Pero no tienes en cuenta que Flory abandonará a su amigo en cuanto empiecen los indicios desagradables. Esa gente carece del sentido de la leal­tad para con el nativo. Además, sé muy bien que Flory es un cobarde. Ya me encargaré de él. Tu cometido, Ko Bo Sein, es vigilar los movimientos de Macgregor. ¿Le ha escrito al comi­sario últimamente? Quiero decir, ¿le ha escrito confidencial­mente?

––Hace dos días le escribió, pero cuando abrimos la carta al vapor no encontramos en ella nada importante.

––Muy bien; ya le daremos motivos suficientes para que es­criba. Y en cuanto sospeche del médico, tendremos que ocupar­nos de aquel otro asunto de que te hablé. De ese modo podre­mos..., ¿cómo dice Macgregor?..., “matar dos pájaros de un tiro”... ¡Una bandada de pájaros!

Y U Po Kyin, encantado con sus propias palabras, se rió con una repulsiva risa que parecía salirle del vientre; era un extraño ruido, como si se preparase a toser. Sin embargo, resul­taba alegre e incluso infantil No dijo nada más sobre “el otro asunto”, que era demasiado privado para tratar de él ni siquiera en la veranda. Ba Sein, comprendiendo que la entrevista había terminado, se inclinó con una reverencia angular, como se dobla un metro plegable.

––¿Hay algo más que desees mandar, honorable señor? ––Procura que Macgregor no deje de leer este número de El Patriota Birmano. Asegúrate de que recibe un ejemplar. Es mejor que le aconsejes a Hla Pe que tenga un ataque de disen­tería y desaparezca algún tiempo de la oficina. Lo voy a necesi­tar para que me escriba las cartas anónimas. Por ahora, no hay nada más.

––Entonces, ¿puedo marcharme, señor?

––Que Dios te acompañe––dijo U Po Kyiu mientras pen­saba en otra cosa. Nunca desperdiciaba ni un solo momento del (tía. Los demás visitantes no le hicieron perder mucho tiempo. A la joven madre la despidió sin darle dinero. La observó un momento y dijo que no la conocía en absoluto. Era ya su hora de almorzar. Comenzaron a torturarle el estómago violentos espasmos de hambre que siempre le acometían a esa hora de la mañana, con sorprendente puntualidad. Gritó, impaciente

––¡Ba Taik ! ¡Oye, Ba Taik ! ¡Kin Kin ! ¡El almuerzo!... ¡Rápido. que me muero de hambre

En el cuarto vecino a la veranda tenían ya servida una mesa con un gran tazón lleno de arroz y una docena de platos que contenían los más diversos manjares. U Po Kyiu se acercó tam­baleándose a la mesa y sentóse dificultosamente, a la vez que lanzaba un potente gruñido. Casi antes de haberse acomodado del todo estaba ya devorando el alimento. Ma Kin, su mujer, estaba detrás de él y le iba sirviendo. Era delgada, de unos cuarenta y cinco años, con un rostro moreno marrón claro y de fac­ciones simiescas. U Po Kyin no le hizo el menor caso mientras comía. Con el tazón muy cerca de la cara, cogía el arroz con sus dedos gordos y grasientos y jadeaba mientras lo engullía. Todas sus comidas eran veloces, ansiosas y enormes; no eran comidas corrientes, sino verdaderas orgías individuales, a base de arroz y de mucho curry. Al terminar, se echó hacia atrás, eructó va­rias veces y le dijo a Ma Kin que fuese a buscarle un cigarro verde birmano. Nunca fumaba tabaco inglés, porque no le encon­traba ningún sabor.

Con la ayuda de Ba Taik se vistió U Po Kyin su traje “de oficina” y estuvo un rato admirándose en el largo espejo de su habitación. Era una estancia con paredes de madera y dos co­lumnas de apoyo en las que todavía podían reconocerse los tron­cos de teca. Esas columnas sostenían el techo. Era un cuarto muy oscuro y de aspecto desagradable, como todos los de Birmania, aunque U Po Kyin lo había amueblado a estilo inglés. Adorna­ban las paredes algunas fotos de la familia real inglesa y un extintor de incendios. El suelo estaba cubierto por esteras de bambú muy estropeadas por manchas de barro y de betel.

Ma Kin, sentada en una estera––en un rincón––cosía un ingyi. U Po Kyin daba vueltas lentamente delante del espejo esforzándose inútilmente en verse un poco por detrás. Vestía un gaungbauug de seda rosa pálido, un ingyi ––falda indígena ­de muselina almidonada, y un paso de seda de Mandalay color salmón, bordado en amarillo. Por fin, con un desesperado es­fuerzo, logró ver en el espejo cómo le ceñía el paso sus enormes nalgas y las hacía brillar. Estaba orgulloso de su obesidad por­que consideraba la carne acumulada símbolo de su grandeza. Él, que había sido un desconocido y había pasado hambre, era ahora gordo, rico y temido. Se figuraba haber conseguido aquella insólita gordura a costa de los cuerpos de sus enemigos; y esta idea le resultaba casi poética.

––Mi nuevo paso me ha salido muy barato; a veintidós ru­pias, ¿verdad, Kin Kin?––le preguntó a su mujer.

Ma Kin inclinó aún más la cabeza sobre su costura. Era una mujer sencilla y anticuada, que había aprendido aún menos de las costumbres europeas que U Po Kyin. No podía sentarse en una silla sin sentirse incómoda. Todas las mañanas se iba al bazar con una cesta sobre la cabeza, como una aldeana, y por las tardes era corriente verla en su jardín arrodillada y rezando y sin apartar la vista de la blanca cúpula de la pagoda, que domi­naba la ciudad. Había sido la confidente de todas las intrigas de Po Kyin durante más de veinte años.

––Ko Po Kyin––le dijo por fin, sin responder a su pregun­ta ––, has hecho mucho daño en tu vida.

U Po Kyin agitó una mano.

––¿Qué importa eso? Mis pagodas me valdrán el perdón. Aun hay mucho tiempo.

Ma Kin volvió a mirar fijamente su labor, pero sin mover los dedos. Esa obstinada atención a su costura era característica en ella cada vez que desaprobaba la conducta de U Po Kyin.

––Dime, Ko Po Kyin: ¿qué necesidad hay de todas esas ma­quinaciones? Te oí hablar con Ko Ba Sein en la veranda. Estás planeando algún mal contra el doctor Veraswami. ¿Por qué de­seas perjudicar al médico hindú? Es un buen hombre.

––¿Qué sabes tú cíe estas cosas oficiales, mujer? El médico se atraviesa en mi camino. En primer lugar, se niega a aceptar regalos y esto nos dificulta a los demás poderlos recibir. Ade­más..., en fin, hay algo más que tú no entenderías jamás por mucho que te lo explicase...

––Ko Po Kying, eres ya rico y poderoso; pero, ¿de qué te ha servido? Nos sentíamos más felices cuando éramos pobres. Recuerdo muy bien cuando sólo eras un oficial de la municipa­lidad, cuando tuvimos por primera vez casa propia. ¡Qué orgu­llosos estábamos de nuestros muebles de mimbre y de tu pluma estilográfica con el sujetador de oro! Y cuando aquel oficial de la policía inglesa vino a nuestra casa y se bebió una botella de cerveza, ¡qué honrados nos sentíamos por aquella visita! La felicidad no la da el dinero. ¿De qué te va a servir tener más dinero que ahora?

––¡Qué tontería, mujer, qué tontería! Ocúpate de guisar y coser y deja los asuntos oficiales para los que entienden de esas cosas.

––Soy tu esposa y te he obedecido siempre; pero creo que nunca es tarde para adquirir méritos. ¡Esfuérzate por distin­guirte, Ko Po Kyin! Por ejemplo, ¿por qué no compras pescado recién sacado del agua y vuelves a echarlo al río? Con eso se hacen méritos. Además, cuando los sacerdotes vinieron esta ma­ñana en busca del arroz que les damos, me dijeron que en el monasterio hay dos monjes nuevos y que tienen hambre. ¿Por qué no les das algo? Yo no quise hacerlo, para que fueras tú quien hiciera méritos.

U Po Kyin se apartó del espejo. Las palabras de su mujer le preocupaban un poco. Él nunca desperdiciaba la ocasión de po­nerse a bien con el Más Allá..., siempre que esto no le perjudi­case materialmente. Consideraba sus buenas acciones como una cuenta en el Banco, una cuenta corriente siempre en aumento Cada pescado vuelto al río, cada regalo a un sacerdote, era un paso hacia el Nirvana. Esto le tranquilizaba. Ordenó, pues, que la cesta de mangos traída por el cacique de la aldea fuera en­viada al monasterio.

Salió de su casa y se dirigió carretera abajo con Ba Taik tras él, portador de una cartera de documentos. U Po Kyin an­daba muy despacio y se mantenía muy tieso para equilibrar el peso de su enorme vientre. Sostenía sobre su cabeza una som­brilla de seda amarilla. Su paso colorado brillaba al sol como si fuera de satén. Iba al tribunal para ocuparse de los asuntos pendientes.





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