George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IX


De camino a Garurm Firs
Mientras los posibles problemas del futuro de Maggie ocupaban la mente de su padre, la niña experimentaba tan solo la amargura del presente. La infancia no piensa en el futuro ni recuerda las penas del pasado.

Lo cierto era que el día había empezado mal para Maggie. El placer de contemplar a Lucy y la perspectiva de la visita por la tarde a Garum Firs, donde oiría la caja de música del tío Pullet, se estropeó hacia las once con la llegada del peluquero de Saint Ogg's, el cual se refirió en los términos más severos al estado de su cabello.

—¡Mira! ¡Ay, ay, ay! —dijo, asiendo un mechón tras otro con una mezcla de conmiseración y disgusto que para la imaginación de Maggie equivalía a la más dura expresión de la opinión pública. El señor Rappit, el pelu­quero, cuyos untuosos rizos de la coronilla se alzaban ondulados como la simulada pirámide de llamas de una urna monumental, en aquel momen­to le parecía el más temible de sus coetáneos y estaba decidida a no volver a pasar por su calle, en Saint Ogg's, durante el resto de su vida.

Además, dado que los preparativos para una visita constituían siempre un asunto muy serio en la familia Dodson, Martha tuvo que recoger el cuarto de la señora Tulliver una hora antes que de costumbre para que el momento de sacar las mejores ropas no se retrasara, como sucedía algunas veces en familias con criterios laxos en las que las cintas no se enrollaban nunca, apenas había nada envuelto en papel de seda y se consideraba nor­mal tratar de cualquier modo la ropa de los domingos. A las doce, la seño­ra Tulliver llevaba ya el traje de las visitas con una bata de holanda de color pardo, como si fuera un mueble tapizado en raso protegido de las moscas, y Maggie fruncía el ceño y se retorcía como si intentara escapar del más áspero cuello de encaje mientras su madre la regañaba.

—Quieta, Maggie, no hagas eso. ¡No hagas muecas!

Las mejillas de Tom brillaban en agradable contraste con su mejor traje azul, que lucía con adecuada calma después de conseguir, tras una peque­ña lucha, su objetivo principal cuando cambiaba de ropa: traspasar todo el contenido de los bolsillos cotidianos a los que llevara puestos.

En cuanto a Lucy, estaba tan bonita y pulcra como el día anterior: sus vestidos nunca sufrían accidentes y nunca se sentía incómoda con ellos, de modo que contemplaba con sorprendida compasión cómo Maggie se debatía y hacía mohínes por encima de aquel cuello insoportable. Maggie se lo habría arrancado sin vacilar si no la hubiera frenado el recuerdo de la reciente humillación sufrida por culpa de su pelo, de modo que se limi­taba a agitarse, retorcerse y comportarse con irritación mientras cons­truían castillos de naipes hasta la hora de comer, entretenimiento ade­cuado para niños y niñas vestidos con sus mejores galas. Tom era capaz de construir una pirámide perfecta, pero las de Maggie nunca resistían la colocación de la cubierta: siempre sucedía lo mismo con las cosas que fabricaba Maggie, y Tom había llegado a la conclusión de que las chicas eran incapaces de hacer nada. No obstante, resultó que Lucy era extra­ordinariamente hábil con los castillos de naipes: colocaba las cartas con tanta suavidad y las movía tan despacio que Tom condescendió en admi­rar sus edificios tanto como los propios, especialmente después de que ella le pidiera que le enseñara. Maggie también habría abandonado sus fracasados castillos para admirar y alabar los de Lucy sin enfado alguno si el cuello no le hubiese fastidiado tanto y si Tom no se hubiese reído de modo desconsiderado y la hubiese llamado tonta cuando se desmoronó su construcción.

—¡No te rías de mí, Tom! —exclamó enfadada—. No soy tonta. Sé muchas cosas que tú no sabes.

—¡Oh, estoy seguro, señorita Malaspulgas! Yo nunca sabría tener tanto mal genio ni hacer tantas muecas. Lucy tampoco las hace. Me gusta más Lucy que tú: ojalá fuera ella mi hermana.

—Eres malo y cruel por desear esas cosas —gritó Maggie, levantándose del suelo rápidamente y tirando la maravillosa pagoda de Tom. En realidad no quería hacerlo, pero todo parecía indicar lo contrario; Tom se puso blan­co de ira, aunque no dijo nada: deseaba pegarle, pero sabía que era de cobardes pegar a una chica y Tom Tulliver había tomado la decisión de no actuar jamás con cobardía.

Maggie contempló desolada y aterrorizada como Tom, completamente pálido, se levantaba y se alejaba de las ruinas dispersas de su pagoda mientras Lucy los miraba enmudecida, como un gatito que levanta la vista del plato.

—¡Oh, Tom! —exclamó Maggie, por fin, acercándose a él—. No quería tirarla, de verdad, de verdad, de verdad.

En lugar de hacerle caso, Tom sacó dos o tres guisantes secos del bolsi­llo y los disparó contra la ventana con la uña del pulgar; al principio sin blanco concreto, pero no tardó en adoptar el propósito de dar a un acha­coso moscardón que exhibía su imbecilidad a los rayos del sol primaveral, sin duda contra los designios de la naturaleza, que había creado a Tom y los guisantes para la pronta destrucción de aquel débil ejemplar.

Así quedó malograda la mañana para Maggie, y la persistente frialdad de Tom para con ella durante el paseo le impidió disfrutar del sol y del aire fresco. Tom llamó a Lucy para enseñarle un nido a medio hacer, sin preo­cuparse por mostrárselo a Maggie, y descortezó una vara de fresno para Lucy y otra para él sin ofrecer ninguna a su hermana. Cuando Lucy le pre­guntó: «¿No te gustaría tener una, Maggie?», Tom se hizo el sordo.

Sin embargo, el espectáculo del pavo real que desplegaba oportuna­mente su cola en lo alto de un muro del corral, en el momento en que lle­garon a Garum Firs, bastó para distraerlos momentáneamente de sus agra­vios personales. Y aquello era sólo el comienzo de las bellezas de Garum Firs. Los animales del corral eran todos preciosos: había gallinas enanas de Bantam con pintas y moño; despeinadas gallinas frisias; gallinas de guinea que revoloteaban, chillaban y dejaban caer bonitas plumas moteadas; palo­mas buchonas y una urraca domesticada. Y más aún: una cabra y un perro con bellas manchas, mitad mastín, mitad bull-dog, grande como un león. Y por doquier se alzaban cercados con puertas blancas y veletas de formas variadas, y todos los senderos estaban empedrados con guijarros dispues­tos en lindos dibujos: nada era vulgar en Garum Firs y Tom incluso creía que el tamaño excepcional que allí tenían los sapos se debía simplemente a lo extraordinario de la finca del tío Pullet, propietario de sus tierras. Como era natural, los sapos arrendatarios eran más delgados. En cuanto a la casa, no era menos notable: estaba estucada en un blanco deslumbran­te y constaba de un edificio central retranqueado y dos alas con torrecillas almenadas.

El tío Pullet había visto desde la ventana al grupo que se acercaba Y se apresuró a quitar la barra y la cadena de la puerta principal, mantenidas siempre en este estado de defensa por miedo a los vagabundos, los cuales tal vez supieran de la existencia de la vitrina de cristal de la entrada, llena de pájaros disecados, y podría ocurrírseles asaltar la casa para llevárselos agarrándolos por la cabeza. La tía Pullet apareció también en el umbral y tan pronto como su hermana pudo oírla, gritó:

—¡Por Dios, Bessy, detén a los niños! ¡No los dejes subir las escaleras! Sally bajará ahora el felpudo viejo y el trapo del polvo para limpiarles los zapatos.

Los felpudos de las puertas de la señora Pullet nunca estaban destina­dos a limpiar los zapatos: incluso el limpiabarros contaba con un ayudan­te para el trabajo sucio. Tom siempre se rebelaba contra esta limpieza de zapatos, que consideraba un atentado a la dignidad de un varón. Veía en ella el comienzo de los desagradables incidentes de las visitas a casa de la tía Pullet, donde en una ocasión se le obligó a permanecer sentado con las botas envueltas en trapos; hecho que tal vez corrija la conclusión excesiva­mente apresurada de que las visitas a Garum Firs constituían un gran pla­cer para un joven caballero aficionado a los animales... Es decir, aficiona­do a tirarles piedras.

El siguiente incidente desagradable únicamente afectó a su compañía femenina: consistió en subir la encerada escalera de roble. Ésta tenía unas magníficas alfombras, enrolladas y guardadas en un trastero, de forma que la ascensión por los resbaladizos peldaños podría haber servido, en tiem­pos bárbaros, como prueba para una ordalía que nadie, excepto las per­sonas de virtud intachable, podría superar sin romperse un hueso. La debi­lidad de la tía Sofía por estas pulidas escaleras constituía siempre tema de amargos reproches por parte de la señora Glegg; pero la señora Tulliver no osó hacer comentario alguno y se limitó a alegrarse cuando ella y los niños llegaron al rellano sanos y salvos.

—La señora Gray m’ha mandado a casa la capota nueva, Bessy —anunció la señora Pullet en tono lastimero mientras su hermana se ajustaba la cofia.

—¿Ah sí, hermana? —contestó la señora Tulliver con aire de gran inte­rés—¿Y qué te parece?

—Temo que se estropee con el roce de las ropas del armario con tanto trajín de sacarla y volverla a guardar —dijo la señora Pullet, sacando un manojo de llaves del bolsillo y examinándolo con inquietud—, pero sería una lástima que te fueras sin verla. Nunca se sabe lo que puede ocurrir.

La señora Pullet meneó la cabeza lentamente al hacer esta solemne observación que la decidió a escoger una llave concreta.

—Temo que te dé mucha molestia enseñármela, hermana —dijo la seño­ra Tulliver—, pero m'encantaría ver la corona que t’ha hecho.

La señora Pullet se levantó con aire melancólico y abrió una de las puer­tas de un brillante armario en donde tal vez el lector haya supuesto preci­pitadamente que se encontraba la capota nueva. Nada de eso. Semejante conclusión sólo podría ser producto de un conocimiento muy superficial de los hábitos de la familia Dodson. La señora Pullet buscaba en ese arma­rio algo pequeño que quedaba oculto entre la ropa blanca: la llave de una puerta.

—Debes venir conmigo al dormitorio bueno —dijo a su hermana.

—¿Pueden venir también las niñas?— preguntó la señora Tulliver al ver que Maggie y Lucy parecían desearlo ansiosamente.

—En fin —contestó la tía Pullet después de reflexionar—; tal vez sea más seguro que vengan; si las dejamos solas pueden toquetearlo todo.

De modo que avanzaron en procesión por el brillante y resbaladizo pasi­llo, apenas iluminado por la luneta de la ventana situada sobre los cerra­dos postigos: resultaba todo muy solemne. La señora Pullet se detuvo y abrió una puerta que daba a un lugar más solemne aún que el corredor: una habitación oscura, en la que la débil luz procedente del exterior deja­ba ver lo que parecían los cadáveres de los muebles envueltos en blancos sudarios. Todo lo que no estaba amortajado se encontraba con las patas hacia arriba. Lucy agarró del vestido a Maggie y el corazón de ésta se puso a latir a toda velocidad.

La tía Pullet entreabrió el postigo y procedió a abrir el armario con la llave, con gestos lentos y pesarosos sumamente adecuados a la gravedad de la escena. El delicioso aroma a pétalos de rosa que emergió del armario transformó el proceso de retirada de hoja tras hoja de papel de seda en un hermoso espectáculo, aunque la aparición final de la capota resultó decep­cionante para Maggie, que habría preferido algo más sobrenatural. Sin embargo, pocas cosas podrían impresionar más a la señora Tulliver.

—Sophy, nunca más volveré a criticar los sombreros de copa completa —declaró con énfasis tras contemplarlo en silencio durante unos instantes.

Era una gran concesión y la señora Pullet así lo reconoció: tuvo la sen­sación de que tenía que agradecerlo de algún modo.

—¿Te gustaría ver cómo queda puesto, Bessy? —preguntó con aire abatido—. Abriré un poco más la contraventana.

—Claro, si no t 'importa quitarte la cofia —contestó la señora Tulliver.

La señora Pullet se la quitó y dejó a la vista el sedoso cabello castaño en el que sobresalía el promontorio de rizos habitual en las mujeres jui­ciosas y maduras del momento y, tras colocarse la capota en la cabeza, se dio media vuelta lentamente, como si fuera el maniquí de un pañe­ro.

—En algún momento he pensado que en el lado izquierdo tiene dema­siados adornos de cinta. ¿Qué te parece, Bessy? —preguntó la señora Pullet. La señora Tulliver miró con seriedad el punto indicado y ladeó la ca­beza.

—Bueno, yo creo que está bien así: si lo tocas a lo mejor t 'arrepientes.

—Es verdad —dijo la tía Pullet, quitándose el sombrero y mirándolo con . aire reflexivo.

—¿Y cuánto te cobrará por esta capota, Sophy? —preguntó la señora Tulliver, pensando ya en la posibilidad de imitar aquel chef d'oeuvre con una pieza de seda que tenía en casa.

La señora Pullet apretó los labios y meneó la cabeza.

—La paga el señor Pullet —susurró—: dijo que quería que tuviera la mejor capota de la iglesia de Garum y que el segundo en calidad la llevara cual­quier otra parroquiana.

Empezó a recoger los adornos para devolverlos a su lugar en el armario; sus pensamientos parecían haber tomado un sesgo melancólico porque movía la cabeza en un gesto de negación.

—¡Ay! —exclamó finalmente—. Quizá no me la ponga ni dos veces, Bessy. ¿Quién sabe?

—No digas eso, Sophy —contestó la señora Tulliver—. Espero que este verano recuperes la salud.

—Sí, claro. Pero podría fallecer algún miembro de la familia, como suce­dió poco después de que me comprara el sombrero de raso verde. Podría morirse el primo Abbott y es imposible pensar en llevar luto por él duran­te menos de medio año.

—Eso sí que sería mala suerte —comentó la señora Tulliver, repentina­mente absorta en la posibilidad de un fallecimiento inoportuno. No es lo mismo llevar un sombrero el primer año que el segundo: no se disfruta de la misma manera, especialmente ahora que la copa cambia tanto con la moda y no se lleva dos veranos igual.



—En fin, así es el mundo —dijo la señora Pullet, devolviendo la capota al armario y cerrándolo con llave. Permaneció en silencio y negó con la cabe­za hasta que salieron de la solemne habitación y se encontraron de nuevo en su dormitorio.

Ay, Bessy —dijo, echándose a llorar—, si no vuelves a ver esta capota hasta que me muera, recuerda que te la enseñé tal día como hoy.

La señora Tulliver consideró que debía entristecerse pero era una mujer de pocas lágrimas, recia y saludable, incapaz de llorar tanto como su hermana Pullet, cosa que lamentaba con frecuencia en los funerales. Cuando ponía todo su empeño en que le brotaran lágrimas de los ojos, sólo conseguía una mueca extraña. Maggie, que las observaba atentamen­te, tuvo la sensación de que la capota de su tía encerraba algún doloroso misterio y, debido a su juventud, ambas creían que era incapaz de enten­derlo; y se enfadó porque sabía que, si se lo explicaban, lo entendería tan bien como cualquier otra cosa.

Cuando bajaron, el señor Pullet comentó, con cierta perspicacia, que adivinaba que su señora había estado enseñando la capota: por eso se habían entretenido tanto. A Tom el tiempo le había parecido todavía más largo, porque se había quedado sentado muy incómodo en el borde de un sofá, justo enfrente de su tío Pullet, que lo contemplaba con ojos grises y brillantes y de vez en cuando se dirigía a él llamándolo «caballerete».

—Bien, caballerete, ¿qué aprendes en el colegio? —era la pregunta habi­tual del tío Pullet, ante la cual Tom siempre parecía avergonzado, se pasa­ba la mano por la cara y contestaba «no lo sé». Además, le resultaba tan violento estar sentado téte-á-téte con el tío Pullet que ni siquiera podía mirar los grabados de las paredes, las trampas para moscas o las preciosas mace­tas: no veía nada más que las polainas de su tío. Este respeto no se debía a la reverencia que pudiera sentir Tom ante la superioridad mental de su tío: en realidad, había decidido que no quería llegar a ser propietario rural porque no quería parecer un individuo tonto de piernas flacas como su tío Pullet: era, en definitiva, un blandengue. La timidez de un chico de nin­gún modo es indicio de gran reverencia: y mientras uno intenta animarlo, pensando que está abrumado por la conciencia de nuestra edad y sabidu­ría, lo probable es que esté pensando que uno es un bicho muy raro. El único consuelo que se me ocurre es que probablemente los chicos griegos pensaban lo mismo de Aristóteles. Sólo cuando uno ha dominado a un caballo inquieto o ha azotado a un carretero o sostiene un arma en la mano, estos jóvenes tímidos consideran que es un individuo admirable y digno de envidia. Al menos, estoy seguro de los sentimientos de Tom Tulliver en este punto. En su más tierna infancia, cuando todavía llevaba una gorrita con encaje para salir al exterior, se lo veía con frecuencia espiando a través de las barras de alguna verja y haciendo gestos amena­zadores con el pequeño índice mientras regañaba a las ovejas con un gru­ñido confuso, destinado a provocar terror en los sorprendidos animales: así indicaba, tan temprano, ese deseo de dominio sobre los animales infe­riores, tanto domésticos como salvajes —incluidos los escarabajos de mayo, los perros de los vecinos y las hermanas pequeñas—, que siempre ha sido un atributo muy prometedor para la fortuna de nuestra raza. En cambio, el señor Pullet jamás montaba un animal más alto que un pequeño poni, era el menos rapaz de los hombres y consideraba que las armas de fuego eran cacharros peligrosos capaces de dispararse solos, sin obedecer a los deseos de nadie. De modo que a Tom no le faltaban serios motivos cuan­do, en una conversación confidencial con un muchacho, describió a su tío Pullet como un papanatas, aunque se acordó de señalar que era un «indi­viduo muy rico».

Las únicas circunstancias atenuantes del téte-á-téte con el tío Pullet era que siempre tenía cerca diversos caramelitos de menta y, cuando la conversación desfallecía, llenaba el vacío proponiendo semejante solaz.

—¿Te gustan los caramelos de menta, caballerete? —preguntaba y si, además, ofrecía el artículo en cuestión, bastaba con una respuesta tácita.

La aparición de las niñas sugirió al tío Pullet la posibilidad de recrearse con las galletitas dulces que también guardaba bajo llave para su consumo particular en días lluviosos; pero en cuanto los niños tuvieron en los dedos la tentadora exquisitez, la tía Pullet manifestó su deseo de que se abstuvie­ran de comerla hasta que llegara la bandeja con los platos, puesto que las crujientes galletitas llenarían «todo el suelo« de migas. A Lucy no le impor­tó mucho, porque la galleta era tan bonita que le daba pena comérsela; Tom aprovechó la oportunidad, mientras los mayores hablaban, para tra­gársela en dos bocados y masticarla furtivamente. En cuanto a Maggie, que en aquel momento estaba fascinada, como de costumbre, con un grabado de Ulises y Nausícaa que el tío Pullet había comprado como «una bonita estampa de las escrituras», dejó caer el pastelito y, con un movimiento desafortunado, lo aplastó con el pie. Aquello fue una fuente de tanta agi­tación para la tía Pullet y de vergüenza para Maggie que ésta empezó a per­der la esperanza de oír la caja de rapé con música aquel día, hasta que, tras reflexionar un poco, se le ocurrió que Lucy estaba lo bastante bien consi­derada como para lanzarse a pedir que les hiciera sonar una melodía. De modo que se lo susurró a Lucy, y ésta, que siempre hacía lo que se le pedía, se acercó en silencio hasta las rodillas de su tío y sonrojada hasta el cuello, le rogó mientras jugueteaba con el collar que llevaba puesto:

—¿Nos deja oír una canción, tío?

Lucy creía que debido a algún talento excepcional de su tío Pullet, la caja de música para rapé tocaba aquellas melodías tan bonitas, y lo cierto era que la mayoría de los vecinos de Garum pensaban lo mismo. En pri­mer lugar, el señor Pullet había comprado la caja, sabía cómo darle cuer­da y conocía de antemano la canción que iba a sonar; en conjunto, la pose­sión de aquella «pieza musical» era prueba de que el señor Pullet no era tan inútil como podría pensarse.

Sin embargo, cuando le rogaban que mostrara su destreza, el tío Pullet nunca la rebajaba con un consentimiento excesivamente rápido y por lo general, contestaba: «Ya veremos», sin dar ninguna muestra de conformi­dad hasta pasados los minutos adecuados. El tío Pullet tenía un programa específico para todas las grandes ocasiones sociales y de esta manera se defendía de la excesiva confusión y del desconcertante libre albedrío.

Tal vez, efectivamente, esta espera en ascuas aumentara el placer de Maggie cuando empezó a sonar aquella música mágica, y por primera vez estuvo a punto de olvidar la carga que sobrellevaba: la conciencia de que Tom estaba enfadado con ella. Mientras sonaba la música del Hush, ye pretty warbling choir5, su rostro conservó una expresión de felicidad y per­maneció inmóvil con las manos unidas, ofreciendo una imagen que algu­nas veces consolaba a su madre con la idea de que Maggie podía parecer bonita de vez en cuando, a pesar de su piel morena. Pero cuando cesó la música mágica, se puso en pie de un brinco y, corriendo hacia Tom, le rodeó el cuello con el brazo.



¡Oh, Tom! ¡Qué bonito! —exclamó.

Este gesto de cariño no solicitado y, para Tom, inexplicable, provocó de nuevo la irritación del muchacho contra su hermana; pero, lector, si te sientes tentado de creer que fue una condenable muestra de insensibili­dad, debo decirte que el chico sostenía un vaso de vino de prímula en la mano y que Maggie le propinó tal sacudida que se derramó la mitad de su contenido.

—¡Mira lo que haces! —contestó con enfado; y habría debido ser tremendamente blandengue para no hacerlo, especialmente cuando su rabia estaba respaldada, como era el caso, por un sentimiento de desaprobación general hacia la conducta de Maggie.

—¿Por qué no te quedas sentada y quietecita, Maggie? —exclamó su madre, enfadada.

—Las niñas que se comportan de esta manera no deben venir a verme —dijo la tía Pullet.

—¡Vaya! Señorita, eres demasiado brusca —apostilló el tío Pullet.

La pobre Maggie se sentó de nuevo. La huella de la música había desaparecido de su espíritu y otra vez se habían adueñado de él los siete dia­blillos.

La señora Tulliver, previendo que mientras los niños permanecieran en el interior de la casa no tendrían más que travesuras, aprovechó para pro­poner que, ahora que habían descansado ya tras el paseo, salieran a jugar; la tía Pullet les dio permiso, aunque les encareció que no abandonaran los senderos empedrados del jardín y que, si querían ver cómo daban de comer a las aves, miraran desde lejos, subidos al montador, restricción impuesta desde el día en que Tom corrió tras el pavo real con la ilusoria idea de que el miedo haría que se le cayera alguna pluma.

Los sombreros y las inquietudes maternas habían distraído temporal­mente a la señora Tulliver de la pelea con la señora Glegg, pero ahora que veía la gran cuestión de la capota con cierta perspectiva y los niños estaban Ya fuera, regresaron las inquietudes del día anterior.

—Siento un peso tremendo, como nunca he sentido —dijo, iniciando la conversación—, por el modo en que nuestra hermana Glegg se marchó de casa. Nunca he tenido la menor intención d 'ofender a una hermana.



¡Ah! —exclamó la tía Pullet—. Nunca se puede saber lo que hará Jane. No lo comentaría con nadie que no fuera de la familia, con la única excepción del doctor Turnbull, pero creo que Jane vive de manera inadecuada. Se lo he dicho al señor Pullet una y otra vez, y él lo sabe.

—Caramba, como que el lunes hizo una semana que me lo dijiste: fue en cuanto llegamos de tomar el té con ellos —contestó el señor Pullet, suje­tándose la rodilla y protegiéndola con el pañuelo del bolsillo, como solía hacer cuando la conversación tomaba un sesgo interesante.

—Seguro que sí —dijo la señora Pullet—, porque tú recuerdas siempre lo que digo mejor que yo misma. Pullet tiene una memoria maravillosa —pro­siguió, mirando a su hermana con aire lastimero—. Si él sufriera un ataque, me sentiría perdida, porque él siempre recuerda cuándo debo tomar los medicamentos: ahora tomo tres cosas distintas.

—Están las pastillas de siempre, que toma una noche sí y otra no, y las pastillas nuevas a las once y a las cuatro, y el preparado efervescente cuan­do le parece oportuno —recitó el señor Pullet de modo entrecortado debi­do al caramelito que tenía en la lengua.



Ah, tal vez le iría mejor a Jane si fuera alguna vez al médico, en lugar de mascar ruibarbo cuando le pasa alguna cosa —dijo la señora Tulliver, analizando la cuestión médica en relación con la señora Glegg.

—Es terrible pensar en cómo juega la gente con sus tripas —dijo la tía Pullet, alzando las manos y dejándolas caer—. Eso es ir en contra de la misma Providencia: ¿Para qué existen los médicos sino para llamarlos? Y cuando uno tiene dinero para pagar un médico, no es ni siquiera respeta­ble no hacerlo, ya se lo he dicho a Jane muchas veces. M 'avergüenza que lo sepan nuestros conocidos.

—Bueno, no es necesario que t 'avergüences —dijo el señor Pullet—, por­que, ahora que la señora Sutton se ha ido, el doctor Turnbull no tiene en la parroquia a otro paciente como tú.

—El señor Pullet guarda todos los frascos de mis medicinas, ¿sabes, Bessy? —explicó a la señora Tulliver—. No venderá ninguno. Dice que la gente debería verlos cuando yo haya muerto. Ya llenan dos estantes largos de la despensa. Pero —añadió, echándose a llorar— es probable que no llene el tercero. Podría morirme antes de tomar la docena de frascos del último. Las cajas de pastillas están en el armario de mi dormitorio, ya sabes cuál es, pero de las tabletas no queda nada que enseñar, como no sean las facturas.

—No hables de tu muerte, Sophy —dijo la señora Tulliver—. Si te fueras me quedaría sin nadie para mediar con nuestra hermana Glegg. Y sólo tú puedes conseguir que haga las paces con el señor Tulliver, porque nuestra hermana Deane nunca está de mi parte y, cuando lo está, es inesperado, porque ella comparte muchos puntos de vista con ellos, puesto que tiene una fortuna independiente.

—Bien, tu marido es bastante torpe, Bessy, ya lo sabes —dijo la señora Pullet, afablemente dispuesta a compartir su depresión con su hermana—. Nunca s'ha comportado con nuestra familia como debiera. Y los niños han salido a él: el niño es muy travieso y no quiere saber nada de sus tíos y tías, y la niña es basta y morena. Has tenido mala suerte y lo siento por ti, Bessy. Tú siempre has sido mi hermana favorita y siempre hemos coincidido en nuestras ideas.

—Ya sé que el señor Tulliver es irritable y dice cosas raras —dijo la señora Tulliver, enjugándose una lagrimilla—, pero desde que se casó nunca ha puesto reparo a que mis amistades o mi familia acudiera a casa.

—No quiero pintártelo muy negro, Bessy —dijo la señora Pullet compasi­va—, porque estoy segura de que ya tienes bastantes problemas... Como tu marido carga con esa pobre hermana y con sus hijos sobre sus espaldas... y, según dicen, es tan dado a pleitear... Imagino que te dejará en muy mala situación cuando muera, aunque no pienso comentarlo fuera del círculo familiar.

Como es natural, este retrato de su situación no alegró a la señora Tulliver. No era fácil estimular su imaginación, pero no pudo evitar el pen­samiento de que su situación era difícil, puesto que los demás así la consi­deraban.

—Estoy segura, Sophy, de que no puedo hacer más —dijo, sintiéndose obligada a revisar su conducta, no fueran a creer que las desgracias que le auguraban pudieran ser consideradas culpa suya—. Ninguna mujer lucha más que yo por sus hijos. T 'aseguro que en la limpieza de esta primavera, descolgué todos los doseles y tapices de las camas y trabajé tanto como las dos doncellas juntas. Y acabo de preparar una espléndida reserva de vino de saúco. Y siempre lo ofrezco junto con el jerez, aunque nuestra herma­na Glegg diría que despilfarro. Y me gusta ir bien arreglada por casa, y nadie en la parroquia puede decir nada contra mí porque yo no murmu­ro, no hago daño a nadie, ni deseo mal a nadie, y mis empanadas de cerdo son de las mejores del vecindario, y tengo la ropa blanca tan ordenada que, si me muriera mañana, no tendría motivos para avergonzarme. Ninguna mujer puede hacer más de lo que es capaz.



—Pero Bessy, todo esto no sirve para nada si tu marido liquida todo el dinero —dijo la señora Pullet, ladeando la cabeza y mirando a su hermana con expresión compasiva—. Si tuvieras que vender todos tus muebles a otras personas, de escaso consuelo te resultaría pensar que los has cuida­do bien. Y la ropa marcada con tus iniciales de soltera podría dispersarse por todo el país. Sería un disgusto para la familia —dijo la señora Pullet, negando lentamente con la cabeza.

—Pero, ¿qué puedo hacer, Sophy? —dijo la señora Tulliver—. El señor Tulliver no es hombre que se deje manejar: ni aunque fuera a hablar con el párroco y aprendiera de memoria lo que debo decir a mi marido. Y, además, no pretendo saberlo todo sobre lo que hay que hacer con el dinero. Nunca entenderé los negocios de los hombres, como nuestra hermana Glegg.

—Bueno, en esto eres como yo, Bessy —dijo la señora Pullet . Y me pare­ce que sería mucho más apropiado que Jane se ocupara de que le limpia­ran el espejo grande con más frecuencia, que la semana pasada estaba lleno de manchas, en lugar de decir a la gente que tiene más ingresos de los que ella ha tenido nunca lo que debe hacer con su dinero. Pero Jane y yo nunca hemos estado de acuerdo en nada: a ella le gustaban las rayas ya mí los lunares. A ti también te gustan los lunares, Bessy: en esto, siempre hemos estado de acuerdo.

La señora Pullet, conmovida por este último recuerdo, miró a su her­mana con aire lastimero.

—Sí, Sophy —dijo la señora Tulliver—. Recuerdo que las dos teníamos una tela de fondo con un lunar blanco, todavía conservo un trocito en una colcha. Y si quisieras ir a ver a nuestra hermana Glegg y la convencieras para que se reconciliara con Tulliver, te lo agradecería mucho. Siempre t'has portado conmigo como una buena hermana.

—Pero lo adecuado sería que Tulliver fuera a hacer las paces y se discul­para por hablar de modo tan imprudente. No debería olvidar que le ha prestado dinero —dijo la señora Pullet, cuya parcialidad no le impedía recordar las cuestiones de principio: no olvidaba el respeto debido a las gentes de fortuna independiente.

—De nada sirve hablar de todo esto —se lamentó la señora Tulliver, casi enfadada—. Aunque se lo pidiera de rodillas, Tulliver jamás se humillaría­

—Bien, no esperes que yo convenza a Jane de que pida perdón —dijo la señora Pullet . Es imposible hacer frente a su mal genio: parece como si el mal genio pudiera volverla loca, aunque nunca nadie de nuestra familia ha terminado en un manicomio.

—No pretendo que ella pida perdón —dijo la señora Tulliver—, sólo que haga como si no hubiera pasado nada y no reclame el dinero: no es mucho pedir a una hermana. El tiempo arreglará las cosas, a Tulliver se le olvida­rá todo y volverán a ser amigos.

Como puedes ver, lector, la señora Tulliver ignoraba que su esposo hubiera tomado la decisión irrevocable de devolver las quinientas libras: ni le pasaba por la cabeza semejante idea.

—Bien, Bessy —dijo la señora Pullet tristemente. No quiero contribuir a tu ruina. No dudaré en ayudarte, si eso es lo que hay que hacer. Y no quie­ro que nuestras amistades digan que hay disputas en la familia. Se lo diré a Jane: y no m’importa ir mañana a su casa, si al señor Pullet le parece bien. ¿Qué dices, Pullet?

—No tengo nada que objetar —dijo el señor Pullet, al que tanto le daba el curso que tomara la pelea siempre que el señor Tulliver no recurriera a él para pedirle dinero. Al señor Pullet le inquietaban sus inversiones y no entendía cómo un hombre podía sentir que su dinero estaba seguro a menos que lo transformara en tierras.

Tras una breve conversación sobre si era adecuado que la señora Tulliver los acompañara en la visita a la señora Glegg, la señora Pullet, tras indicar que era hora de tomar el té, se volvió para buscar una delicada ser­villeta adamascada y se la prendió a modo de delantalito. Efectivamente, la puerta no tardó en abrirse pero, en lugar de la bandeja del té, Sally introdujo algo tan asombroso que tanto la señora Pullet como la señora Tulliver dejaron escapar un grito, provocando que el señor Pullet se tra­gara el caramelito: era la quinta vez que le sucedía en toda su vida, señala­ría él más tarde.



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