George Eliot El molino del Floss



Descargar 2,14 Mb.
Página8/59
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño2,14 Mb.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   59

Capítulo VIlI


El señor Tulliver muestra su lado mas débil
—Imagina que la hermana Glegg te pide que le devuelvas el dinero: te pondría en un aprieto tener que reunir quinientas libras en este momento —dijo la señora Tulliver a su marido aquella noche, mientras efectuaba un repaso quejumbroso del día.

La señora Tulliver llevaba trece años viviendo con su marido y, sin embargo, conservaba intacta la capacidad de decir cosas que lo empuja­ban en dirección opuesta a la que ella deseaba. Algunas personas consi­guen ser siempre como el primer día, de la misma manera que un ancia­no pececillo de colores parece conservar hasta el final la juvenil ilusión de que es posible nadar en línea recta en el interior de una pecera redonda. La señora Tulliver era un pececillo afable y, tras golpearse la cabeza contra la misma superficie resistente durante trece años, aquel día insistía con prontitud inmarcesible.

Su comentario empujó al señor Tulliver al convencimiento de que no le costaría nada reunir quinientas libras y cuando la señora Tulliver insistió en preguntar cómo las conseguiría sin hipotecar el molino y la casa —cosa que, según él había asegurado siempre, nunca haría—, puesto que en los tiempos que corrían la gente no estaba muy dispuesta a prestar dinero sin garantías, el señor Tulliver, irritándose, declaró que la señora Glegg podía reclamar su dinero si le apetecía: lo pidiera o no, él estaba decidido a devolvérselo inmediatamente. No estaba dispuesto a depender de las her­manas de su esposa. Cuando un hombre se casaba con una familia con toda una camada de hembras, mucho tendría que aguantar si se lo tolera­ba. Y él no se lo iba a tolerar.

La señora Tulliver lloró con abundantes lágrimas y escaso ruido mien­tras se ponía el gorro de dormir, pero no tardó en caer en un plácido sueño, acunada por el pensamiento de que al día siguiente hablaría de todo ello con su hermana Pullet, cuando llevara los niños a Garum Firs para tomar el té. No esperaba que la conversación cambiara las cosas, aun­que parecía imposible que los acontecimientos del pasado fueran tan obs­tinados como para permanecer inamovibles a pesar de los lamentos.

Su marido estuvo despierto mucho más rato, ya que él también pensa­ba en la visita que realizaría al día siguiente y sus ideas no eran tan vagas ni balsámicas como las de su amable compañera.

Cuando el señor Tulliver se encontraba bajo la influencia de un senti­miento poderoso, tendía a actuar con una prontitud que podría parecer contraria a la dolorosa idea que tanto le gustaba repetir acerca de lo enre­doso de los asuntos humanos; pero no es improbable que hubiera una relación directa entre ambos fenómenos, aparentemente contradictorios, puesto que tengo observado que no hay como tirar bruscamente de una sola hebra para obtener la nítida sensación de que una madeja está enma­rañada. Debido a esta diligencia, al día siguiente, poco después de comer —el señor Tulliver no era dispéptico—, se encontró montado a caballo, de camino a Basset para visitar a su hermana Moss y a su esposo. Tras decidir de modo irrevocable que devolvería el préstamo de quinientas libras a la señora Glegg, se le ocurrió pensar que, puesto que tenía un pagaré por las trescientas libras prestadas a su cuñado Moss, si éste podía devolverle el dinero en un plazo acordado, se amortiguaría en gran medida la conside­ración errónea que merecía el atrevido paso del señor Tulliver a los ojos de esas personas débiles que necesitan saber cómo debe hacerse una cosa antes de estar seguras de que será fácil llevarla a cabo.



La situación del señor Tulliver no era nueva ni sorprendente pero, como en otras cuestiones cotidianas, sin duda tendría un efecto acumula­tivo que se percibiría a largo plazo: se le tenía por hombre mucho más acaudalado de lo que era en realidad. Y como tendemos a creer lo que el mundo cree de nosotros, solía pensar en el fracaso y la ruina con la misma piedad remota que siente un hombre enjuto y cuellilargo al oír que su ple­tórico vecino cuellicorto ha sufrido una apoplejía. Estaba acostumbrado a oír agradables bromas sobre las ventajas de su situación por ser dueño de un molino y poseer un buen trozo de tierra, y estas bromas lo mantenían en la idea de que era un hombre de considerable fortuna. Daban un agra­dable sabor al vaso de cerveza que tomaba los días de mercado y, si no hubiera sido por la regularidad de los pagos semestrales, el señor Tulliver habría olvidado que pesaba una hipoteca de dos mil libras sobre el moli­no y la casa. La culpa no era totalmente suya, puesto que mil libras correspondían a la cantidad que había tenido que dar a su hermana cuando se casó, y un hombre que tiene vecinos capaces de recurrir a los tribunales difícilmente podrá cancelar una hipoteca, especialmente si goza de la buena consideración de sus amistades, dispuestas a pedirle cien libras con una garantía demasiado elevada para que aparezca escrita en un pergami­no. Nuestro amigo Tulliver era buena persona y no le gustaba negar nada, ni siquiera a una hermana que no sólo había llegado al mundo de modo superfluo —cosa habitual en las hermanas y que tenía como consecuencia la necesidad de hipotecarse—, sino que se había lanzado al matrimonio y había coronado sus errores con un octavo hijo. El señor Tulliver era cons­ciente de ser un poco débil en este punto, pero se disculpaba pensando que la pobre Gritty era una chica guapa antes de casarse con Moss, e inclu­so algunas veces, cuando lo decía, le temblaba un poco la voz. No obstan­te, aquella mañana tenía un talante más próximo al de un hombre de negocios y durante el camino por los senderos de Basset —estriados por profundos surcos, tan alejados de cualquier mercado que la tarea de con­seguir una cosecha y estiércol consumía la mayor parte de los beneficios de los habitantes de las pobres tierras de aquella parroquia—, fue desarro­llando una justa irritación contra Moss, aquel hombre sin capital que, en caso de que se extendieran plagas de morriña y añublo seguro que no se libraba, y que, cuanto más intentabas ayudarlo a salir del fango, más se hundía. En realidad, no le iría nada mal verse obligado a devolver las tres­cientas libras: haría que anduviera con más cuidado y no actuara de modo tan alocado con la lana como el año anterior: sin duda, el señor Tulliver había sido demasiado blando con su cuñado y como le había perdonado los intereses durante dos años, Moss era capaz de pensar que no debía molestarse por el principal. Pero el señor Tulliver estaba decidido a no fomentar más actitudes tan poco responsables y el viaje por los caminos de Basset no tendía a debilitar la decisión de un hombre calmando su enfa­do. Las profundas huellas secas de los cascos de las caballerías, grabadas durante los fangosos días del invierno, lo sacudían de vez en cuando y le hacían proferir alguna imprudente pero estimulante imprecación contra el padre de los abogados que, mediante su pezuña o de otro modo, algo tendría que ver con el estado de los caminos. La abundancia de malas tie­rras y vallas descuidadas que veían sus ojos, aunque no pertenecieran a la granja de su hermano Moss, contribuían en gran medida a su desconten­to con aquel desgraciado agrónomo. Si aquellos no eran los barbechos de Moss bien podrían haberlo sido: todos los campos de Basset eran iguales; en opinión del señor Tulliver, aquella era una parroquia indigente y, sin duda, su opinión no carecía de fundamento. Basset tenía malas tierras, caminos miserables, un vicario y un terrateniente absentistas y pobres, e incluso lo era el medio párroco que le correspondía. Si alguna persona profundamente impresionada por el poder de la mente humana para triunfar sobre las circunstancias adversas afirmara que los parroquianos de Basset tal vez pertenecieran a una clase de gente superior, nada tendría que objetar a esa afirmación abstracta. Lo único que sé es que, de hecho, el espíritu de Basset estaba a la altura de las circunstancias. Los embarra­dos caminos, verdes o arcillosos, que para la mirada forastera parecían no conducir a ningún lugar, sino, simplemente, de uno a otro, en realidad lle­vaban, con paciencia, a una lejana carretera; sin embargo, los pies de Basset se encaminaban con mayor frecuencia hacia un antro de disipación conocido oficialmente con el nombre de Markis o'Grandby, si bien los habi­tuales lo llamaban «la casa de Dickinson». Tal vez no pareciera muy tenta­dora aquella gran sala con el suelo cubierto de arena, frío olor a tabaco mezclado con posos de cerveza, el señor Dickinson apoyado contra la jamba de la puerta mientras su granujiento rostro de expresión triste pare­cía tan irrelevante a la luz del día como la oscilante vela de la víspera; y, sin embargo, la mayoría de los hombres de Basset encontraba el lugar fatal­mente atractivo cuando pasaban por delante hacia las cuatro de la tarde de un día de invierno; y si cualquier esposa de Basset deseaba indicar que su marido no era un hombre que buscara placeres, difícilmente podría decirlo con más énfasis que afirmando que no gastaba ni un chelín en Dickinson en todo el año. La señora Moss lo había dicho de su marido en más de una ocasión cuando su hermano se mostraba propenso a encon­trarle defectos, como sin duda sucedía aquel día. Y nada podía calmar menos al señor Tulliver que el portón de la granja, pues en cuanto inten­tó abrirlo con la fusta se comportó como hacen las puertas que han per­dido la bisagra superior con el consiguiente peligro para las espinillas, tanto equinas como humanas. Estaba a punto de desmontar y conducir el caballo por la tierra mojada del corral —situado en una hondonada a la tris­te sombra de los grandes cobertizos de madera— hasta el caserón en ruinas emplazado en lo más alto de terreno cuando la oportuna aparición de un vaquero le permitió seguir el plan previsto de no descabalgar en toda la visita. Cuando un hombre pretende comportarse con dureza debe que­darse sobre la silla y hablar desde arriba, por encima de los ojos suplican­tes, dominando el lejano horizonte. La señora Moss había oído el sonido de los cascos del caballo y cuando apareció su hermano estaba ya ante la puerta de la cocina con una débil sonrisa cansada en el rostro y un niño de ojos negros en los brazos. La señora Moss guardaba un pálido parecido con su hermano: la manita que el bebé le ponía en la mejilla mostraba con mayor crudeza su tinte apagado.

M’alegro de verte, hermano —dijo ella con tono afectuoso—. No t’esperaba, ¿cómo estás?

—Oh, bastante bien, señora Moss... Bastante bien —contestó el hermano deliberadamente frío, como si la posición de la mujer no le permitiera for­mular preguntas como aquella. Ella advirtió de inmediato que su herma­no no estaba de buen humor: sólo la llamaba señora Moss cuando estaba enfadado y cuando se encontraban en público. Sin embargo, ella creía que formaba parte del mundo natural el que los pobres recibieran desaires. La señora Moss no pretendía defender la igualdad entre los seres humanos: era una mujer paciente, fecunda y de aspecto descuidado.

—¿Está tu marido en casa? —añadió el señor Tulliver tras una pausa durante la cual cuatro niños salieron corriendo, como los polluelos cuya madre se ha eclipsado súbitamente detrás del gallinero.

—No —contestó la señora Moss—, pero está en el campo de patatas, allá lejos. Georgy, corre al campo y dile a tu padre que ha venido tu tío. ¿Quieres desmontar, hermano, y tomar algo?

—No, no. No puedo descabalgar: tengo que irme a casa directamente —dijo el señor Tulliver, mirando a lo lejos.

—¿Y cómo están la señora Tulliver y los niños? —preguntó la señora Moss humildemente, sin atreverse a insistir en su invitación.

—Oh, bastante bien. Tom irá a un colegio nuevo para el trimestre de verano: es un gran gasto para mí. Me viene muy mal que no se me paguen las deudas.

T'agradecería que tuvieras la bondad de dejar que tus niños vinieran a visitar a sus primos algún día. Los pequeños tienen muchísimas ganas de ver a la prima Maggie. Y yo también, que soy su madrina y tanto l’aprecio: ya sabes que celebramos que venga tanto como podemos. Y sé que le gusta venir, porque es una niña encantadora... ¡y qué rápida y qué lista es!

Si la señora Moss hubiera sido una de las mujeres más astutas del mundo en lugar de ser una de las más simples no se le habría ocurrido mejor idea para predisponer a su favor a su hermano que alabar a Maggie. Pocas veces el señor Tulliver oía alabanzas espontáneas a la «mocita»: por lo general, los demás le dejaban a él la tarea de insistir en sus méritos. No obstante, en casa de su tía Moss, Maggie siempre era vista bajo la mejor luz: aquel era su refugio, el lugar donde se encontraba más allá de la ley. Si vol­caba algo, se ensuciaba los zapatos o se rompía la bata, todas estas cosas eran normales en casa de su tía Moss. A pesar de sí mismo, los ojos del señor Tulliver se suavizaron y no apartó la vista de su hermana al hablar.

—Sí, y a ti te quiere más que a sus otras tías, según creo. Se parece a nuestra familia: no tiene nada de la familia de su madre.

—Dice Moss que es como yo era —dijo la señora Moss—, aunque yo nunca fui tan rápida ni amiga de los libros. Creo que mi Lizzy es como ella: es un rato lista. Ven, Lizzy, hija, y deja que te vea tu tío: has crecido tan aprisa que casi no te conoce.

Lizzy, una niña de siete años de ojos negros, avanzó empujada por su madre con actitud muy tímida, porque los pequeños Moss sentían gran reverencia por su tío del molino de Dorlcote. Su expresión era notable­mente menos fogosa e intensa que la de Maggie, de modo que la compa­ración no resultaba totalmente halagadora para el amor paterno del señor Tulliver

—Sí, se parecen un poco —admitió, mirando amablemente a la pequeña figura del delantal manchado—. Las dos han salido a nuestra madre. Ya has tenido suficientes niñas, Gritty —añadió en un tono a medias entre la pie­dad y el reproche.



Cuatro, benditas sean —contestó la señora Moss con un suspiro, acariciando el cabello de Lizzy a ambos lados de la frente—. Tantas como chicos. Un chico por cada chica.

—Ah, pero deben despabilar y luchar por sí mismas —dijo el señor Tulliver, advirtiendo que su severidad se iba relajando e intentando apun­talarla con una buena indirecta—. No deben depender de sus hermanos.

—No, pero espero que sus hermanos quieran a las pobrecitas y recuerrden que son del mismo padre y de la misma madre: los chicos no serán por ello más pobres —dijo la señora Moss con un súbito destello, como si fuera un fuego casi extinguido.

El señor Tulliver dio un golpecito al caballo en el flanco, tiró de las riendas y exclamó, ante el asombro del inocente animal:

—¡Estate quieto!

—Y cuantos más sean, más tendrán que quererse —prosiguió la señora Moss, mirando a sus hijos con intención didáctica. Pero se volvió de nuevo hacia su hermano para añadir—: Espero que tu chico sea siempre bueno con su hermana, aunque solo sean dos, como tú y yo, hermano.

Esta flecha se clavó directamente en el corazón del señor Tulliver. No tenía una imaginación rápida pero como Maggie permanecía siempre en su pensamiento, no le costó imaginar el paralelismo entre la relación que mantenía con su hermana y el trato entre Tom y Maggie. Se preguntó si la mocita sería pobre y su hermano Tom se comportaría con ella con dureza.

—Sí, sí, Gritty —contestó el molinero, adoptando, por primera vez, un tono cálido—. Pero yo siempre he hecho por ti cuanto estaba en mi mano —añadió, como defendiéndose de un reproche.

—No lo niego, hermano, y no soy desagradecida —dijo la pobre señora Moss, demasiado reventada por el trabajo y los niños para ser orgullosa—. Aquí está el padre de los niños: has tardado mucho, Moss.

—¿Te parece mucho? —exclamó el señor Moss, sin aliento y ofendido—. He venido corriendo. ¿No quiere descabalgar, señor Tulliver?

—Bueno, bajaré y charlaré un poco contigo en el huerto —dijo el señor Tulliver, pensando que se mostraría más resuelto si su hermana no se encontraba presente.

Desmontó y entró con el señor Moss en el huerto, en dirección a una vieja pérgola de tejo, mientras su hermana se quedaba dando palmaditas al bebé en la espalda y mirándolos con inquietud.

Su entrada en la pérgola de tejo sorprendió a varias gallinas que se recreaban cavando profundos agujeros en el suelo polvoriento, e inmediata­mente se marcharon con gran revuelo y cacareo. El señor Tulliver se sentó en el banco y, tras golpear el suelo aquí y allá con la fusta, como si buscara un hueco, inició la conversación comentando con cierto tono gruñón:

—Vaya, así que has vuelto a plantar trigo en el cercado de la esquina. Y sin echar ni un poco de abono. No vas a sacar nada este año.

El señor Moss, que cuando se casó con la señorita Tulliver era conside­rado el muchacho más apuesto y atildado de Basset, llevaba ahora una barba de casi una semana y tenía el aire deprimido y sin esperanza de un caballo de labor.

—Los granjeros pobres como yo hacen lo que pueden —rezongó con aire paciente—: En cambio, los que tienen dinero de sobra ponen en el terre­no la mitad de lo que piensan sacar de él.

—No sé quién tiene dinero de sobra, a menos que te refieras a los que pueden pedirlo prestado sin pagar intereses —dijo el señor Tulliver, deseo­so de discutir un poco: era el modo más natural y sencillo de pedirle que le devolviera el dinero.

—Ya sé que no estoy al día con los intereses dijo el señor Moss—, pero el año pasado tuve muy mala suerte con la lana, y la parienta ha pasado tanto tiempo en cama que las cosas han ido peor que de costumbre.

—Sí —exclamó el señor Tulliver en tono burlón—: a algunos, las cosas nunca les salen bien. Los sacos vacíos no se sostienen en pie.

—Bien, no sé qué reproche puede hacerme, Tulliver —dijo Moss con aire de desaprobación—. Ningún jornalero trabaja tanto como yo.

—¿Y de qué sirve, cuando un hombre se casa y no tiene otro capital para trabajar en su granja que el dinero de su esposa? —preguntó el señor Tulliver secamente—. Siempre he estado en contra, pero ninguno de los dos quiso escucharme. Y ya no puedo prescindir de mi dinero durante más tiempo, porque tengo que pagar quinientas libras a la señora Glegg y m’espera el gasto de Tom, de modo que voy a necesitar­lo. Tienes que mirar tus cosas y ver cómo me devuelves las trescientas libras.

—Así haré, si eso es lo que quiere —contestó Moss, mirando al frente con aire inexpresivo—, lo venderemos todo y terminaremos con esto. Tendré que desprenderme de todo el ganado que tengo para pagarle a usted y al dueño del terreno.

No cabe duda de que los parientes pobres son irritantes: su existencia es innecesaria y, además, casi siempre son personas incorrectas. El señor Tulliver había conseguido irritarse con el señor Moss tanto como deseaba, de modo que pudo decir enfadado mientras se ponía en pie:

—Bien, haz lo que puedas. Yo no puedo encontrar dinero para los demás y para mí también, debo velar por mis asuntos y por mi familia. No puedo prescindir de mi dinero durante más tiempo, de modo que debes devol­vérmelo tan pronto como puedas.

El señor Tulliver salió de la pérgola bruscamente mientras decía esta última frase y, sin volverse para mirar al señor Moss, se dirigió hacia la puerta de la cocina, donde el hijo mayor le sujetaba el caballo y donde su hermana lo aguardaba alarmada e inquieta, aunque los gorjeos y manota­zos del niño pequeño sobre su rostro mortecino amenizaban la espera. La señora Moss tenía ocho hijos, pero nunca podría superar la tristeza por los gemelos que no sobrevivieron: en cambio, para el señor Moss su partida supuso cierto consuelo.

—¿No quieres entrar, hermano? —preguntó, mirando inquieta a su mari­do, que se acercaba caminando lentamente, mientras que el señor Tulliver tenía ya el pie en el estribo.

—No, no. Adiós —dijo él, girando la cabeza del caballo y partiendo.

No había hombre más decidido que el señor Tulliver hasta que salió por la puerta del patio y avanzó por el estropeado camino; pero antes de que llegara a la siguiente curva, que le haría perder de vista la deteriorada granja, un pensamiento repentino pareció golpearlo, porque detuvo el caballo y permaneció inmóvil en el mismo lugar durante dos o tres minu­tos, durante los cuales volvió la cabeza de lado a lado con tristeza, como si examinara un asunto doloroso desde varios puntos de vista. No cabía duda de que, tras el arrebato, el señor Tulliver volvía a sentirse dominado por la sensación de que este mundo es un lugar muy enredoso. Hizo volver gru­pas al caballo, retrocedió lentamente y se abandonó al sentimiento que había determinado el giro al decir en voz alta, mientras golpeaba al ca­ballo:

—¡Pobre mocita! Cuando yo me muera lo probable es que no tenga a nadie más que Tom.

Varios jóvenes Moss describieron el regreso del señor Tulliver al patio e inmediatamente corrieron a su madre con la noticia, de modo que cuan­do su hermano entró, la señora Moss estaba de nuevo en la puerta. Había estado llorando, pero ahora mecía al bebé en los brazos para que se durmiera y, cuando su hermano la miró, no dio muestras de pena y se limitó a decir:

—El padre de los chicos ha vuelto al campo, ¿quieres hablar con él, hermano?

—No, Gritty, no —dijo el señor Tulliver con tono amable—. No t'inquietes, eso es todo. Ya me las arreglaré sin el dinero, pero debéis ir con cuidado y ahorrar todo lo que podáis.

Las lágrimas de la señora Moss brotaron de nuevo ante esta inesperada muestra de amabilidad y no pudo decir nada.

—¡Vamos, vamos! Ya te traeré a la mocita para que os vea. La traeré con Tom, antes de que él se vaya al colegio. No t’inquietes. Siempre me porta­ré contigo como un buen hermano.

—Gracias por tu palabra, hermano —dijo la señora Moss, secándose las lágrimas; después se volvió hacia Lizzy y le dijo—: corre a buscar el huevo de colores para la prima Maggie.

Lizzy entró en la casa corriendo y reapareció rápidamente con un paquetito de papel.

—Es un huevo duro coloreado con hebras de hilo: ha quedado muy bonito, lo hicieron especialmente para Maggie. ¿Se lo llevarás en el bol­sillo?

—Sí, sí —contestó el señor Tulliver, guardándolo cuidadosamente en el bolsillo de la chaqueta—. Adiós.

Y así regresó el respetable molinero por los caminos de Basset más desconcertado que antes al pensar en medios y modos, pero con la sensación de haber escapado al peligro. Se le había ocurrido pensar que si se com­portaba con dureza con su hermana, tal vez eso hiciera que Tom fuera también duro con Maggie en un futuro lejano, cuando su padre ya no estuviera allí para ponerse de su parte; porque la gente simple, como nues­tro amigo Tulliver, es capaz de vestir sentimientos intachables con ideas erróneas y ésta era su confusa manera de explicarse que su amor y su inquietud por «la mocita» le habían hecho adoptar una actitud más sensi­ble con su hermana.

1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   59


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal