George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VII


Aparecen los tíos y las tías
Sin duda, los miembros de la familia Dodson eran agraciados y la señora Glegg no era la menos bella de las hermanas. Ningún observador imparcial que la contemplara sentada en el sillón de la señora Tulliver podría haber negado que a sus cincuenta años, poseía un lindo rostro y una hermosa figura, aunque para Tom y Maggie fuera el prototipo de la fealdad. Es cierto que despreciaba los beneficios de lucir ropas her­mosas, porque, aunque señalaba con frecuencia que ninguna mujer poseía vestidos mejores que los suyos, no tenía por costumbre usar lo nuevo antes que lo viejo. Las demás podían, si así lo deseaban, ponerse sus mejores encajes a cada lavado, pero cuando ella muriera encontra­rían guardados en el cajón derecho del armario del gabinete incluso más encajes de los que había tenido la señora Wooll de Saint Ogg's en toda su vida, aunque la señora Wooll los luciera antes de pagarlos. Otro tanto sucedía con los flequillos postizos: con toda certeza, la señora Glegg guardaba en los cajones los bucles castaños más brillantes y riza­dos, así como postizos con los más diversos grados de ondulación; sin embargo, mirar en un día laborable desde debajo de un flequillo bri­llante y rizado supondría introducir una confusión desagradable e irre­al entre lo sagrado y lo profano. Cuando debía realizar una visita entre semana, la señora Glegg se ponía algunas veces uno de los flequillos que consideraba «de tercera», pero no lo hacía cuando se trataba de una visita a casa de una hermana, especialmente si ésta era la señora Tulliver, que desde su matrimonio había ofendido enormemente a sus hermanas luciendo su propio cabello aunque, tal como había observa­do la señora Glegg a la señora Deane, una madre de familia, como Bessy, con un marido que estaba siempre pleiteando, debería saber lo que era adecuado. ¡Pero Bessy había sido siempre tan débil!

De manera que si el flequillo postizo de la señora Glegg aquel día estaba más rizado que de costumbre se debía a una intención concreta pretendía hacer alusión de modo mordaz e hiriente al peinado de la señora Tulliver, con dos coletas de rizos rubios separadas entre sí por una raya y el cabello debidamente alisado a ambos lados de ésta. La señora Tulliver había vertido lágrimas en varias ocasiones por los comentarios de su hermana Glegg sobre unos rizos tan poco adecuados para una madre de familia, pero los conservaba porque era consciente de que, con ellos, estaba más hermosa. Este día, la señora Glegg optó por conservar el sombrero en la casa —naturalmente, desatado y ligera­mente echado hacia atrás—, cosa frecuente en ella cuando se encontra­ba de visita y no estaba de muy buen humor: una nunca sabía con qué corrientes de aire podía topar en casas desconocidas. Por el mismo motivo, llevaba una pequeña esclavina de marta que apenas le cubría los hombros y distaba de unirse sobre su bien formado busto, y protegía su largo cuello con una especie de caballo de Frisia de volantes diversos. Sería necesario ser un experto en modas pasadas para saber cuántas temporadas de retraso tenía el vestido de seda color pizarra de la seño­ra Glegg, pero debido a ciertas constelaciones de puntitos amarillos y al olor a moho que evocaba algún húmedo arcón, era probable que per­teneciera a un estrato de trajes lo bastante viejo para que le hubiera lle­gado ya el turno de ser usado.

La señora Glegg, sosteniendo en la mano su gran reloj de oro, cuya cadena le daba varias vueltas alrededor de los dedos, notificó a la seño­ra Tulliver, que acababa de regresar de una visita a la cocina, que, al margen de lo que indicaran los relojes de los demás, en el suyo decía que eran más de las doce y media.

—No sé qué le pasa a nuestra hermana Pullet —prosiguió—. Antes, en esta familia todos éramos puntuales... Así era en época de mi pobre padre... y ninguna hermana tenía que esperar sentada media hora a que llegaran las demás. Pero si las costumbres de la familia se alteran, no será por mi culpa: no seré yo quien llegue a una casa cuando los demás estén ya marchándose. M'asombra nuestra hermana Deane: antes se parecía a mí. Pero si quieres seguir mi consejo, Bessy, es mejor que adelantes la comida a que la atrases, y que tome nota la gente que tiene por costumbre llegar tarde.

—¡Ay, Dios mío! Seguro que llegan a tiempo, hermana —dijo la señora Tulliver con blanda irritación—. La comida no se servirá hasta la una y media, pero si la espera es demasiado larga para ti, permite que t'ofrezca un pastelito de queso y un vaso de vino.

—¡Pero Bessy! —exclamó la señora Glegg con una sonrisa amarga y un movimiento de cabeza apenas perceptible—. Habría dicho que conocías mejor a tu hermana: nunca he picado nada entre comidas y no pienso empezar ahora. Aunque me parece lamentable esta tontería de sacar la comida a la una y media cuando deberías hacerlo a la una. No es ésa la educación que has recibido, Bessy.

—Pero Jane, ¿qué puedo hacer? Al señor Tulliver no le gusta comer antes de las dos: ya he adelantado media hora el almuerzo por ti.

—Sí, sí, ya sé cómo son las cosas con los maridos: siempre quieren retrasarlo todo. Retrasarían la comida hasta después del té si su mujer fuera tan débil como para consentírselo. Lo siento por ti, Bessy, porque tienes poco carácter. Esperemos que los chicos no sufran por ello. Y espero que no nos hayas preparado una gran comida ni hayas hecho grandes gastos por tus hermanas, que se conforman con un mendrugo de pan seco antes que contribuir a que t'arruines con despilfarros. Me pregunto por qué no tomas como modelo a nuestra hermana Deane, que es mucho más sensata. Tú tienes dos niños que mantener, y tu mari­do ha gastado tu dinero en pleitos y es probable que gaste también el suyo. Habría sido más adecuado que prepararas un trozo de carne her­vida, para aprovechar después el caldo en la cocina, y un pudín sencillo con sólo una cucharada de azúcar y sin especias —añadió la señora Glegg con enfático tono de protesta.

Con la hermana Glegg de aquel humor, el día se presentaba alegre. La señora Tulliver nunca llegaba a pelearse con ella, de la misma mane­ra que el ave acuática que extiende una pata con gesto de desaproba­ción tampoco se pelea con el niño que le tira piedras. Sin embargo, esta cuestión del almuerzo era delicada y en absoluto nueva, de modo que la señora Tulliver pudo darle la misma respuesta que en otras ocasiones anteriores.

—El señor Tulliver dice que, mientras pueda pagarla, siempre tendrá una buena comida para su familia —repuso—.Y tiene derecho a hacer lo que quiera en su casa, hermana.

—En fin, Bessy. Yo no puedo legar a tus hijos una cantidad suficiente de mis ahorros para librarlos de la ruina. Y no puedes contar con el dinero del señor Glegg: viene de una familia longeva y, aunque muriera antes que yo y me lo dejara todo, sabría hacer que fuera a parar a su familia.

La señora Tulliver se alegró de que el sonido de unas ruedas inte­rrumpiera a la señora Glegg y se apresuró a salir a recibir a la hermana Pullet: tenía que ser ella porque sonaba como un carruaje de cuatro ruedas.

La señora Glegg meneó la cabeza e hizo una amarga mueca con los labios al pensar en las «cuatro ruedas». Tenía una idea muy clara sobre el tema.

Cuando el coche se detuvo delante de la puerta de la señora Tulliver, la hermana Pullet estaba llorando y, al parecer, resultaba imprescindible que vertiera unas cuantas lágrimas más antes de bajar del vehículo, por­que aunque su marido y la señora Tulliver estaban preparados para suje­tarla, permaneció sentada, moviendo tristemente la cabeza mientras miraba a lo lejos entre lágrimas.

—¡Vaya! ¿Qué te pasa, hermana? —preguntó la señora Tulliver. No tenía mucha imaginación, pero se le ocurrió que tal vez el gran espejo del tocador del mejor dormitorio de la hermana Pullet se había roto otra vez.

No recibió otra respuesta que un gesto de negación con la cabeza mientras la señora Pullet se levantaba lentamente y bajaba de la calesa, no sin lanzar una mirada a su marido para ver si protegía de todo mal su hermoso vestido de seda. El señor Pullet era un hombre menudo de gran nariz, ojos pequeños y brillantes y labios finos; iba vestido con un traje negro de aspecto ligero con una corbata blanca que parecía fuer­temente atada, de acuerdo con un principio más elevado que la mera comodidad personal. Al lado de su esposa alta y hermosa, ataviada con mangas de jamón, una larga capa y un gran sombrero emplumado y encintado, parecía guardar la misma relación que una pequeña barca de pesca ante un bergantín con las velas desplegadas.

Una mujer afligida vestida a la última moda ofrece una imagen lamentable y un ejemplo llamativo de la complejidad que ha introducido en las emociones un alto grado de civilización. De la pena de un hotentote a la de una mujer con largas mangas de bucarán, con varias pulseras en cada brazo, un sombrero arquitectónico y delicadas cintas... ¡qué larga serie de gradaciones! En la ilustrada hija de la civilización, el abandono característico de la tristeza se ve frenado y variado de la más sutil manera hasta presentar un problema interesante a la mente analí­tica. Si con el corazón destrozado y los ojos casi cegados por la niebla de las lágrimas, tiene que cruzar una puerta con un escalón difícil y corre el riesgo de aplastarse las mangas de bucarán, la profunda conciencia de esta posibilidad produce una composición de fuerzas gracias a la cual toma un camino que le permite franquearla sin problemas. Si advierte que las lágrimas fluyen demasiado deprisa, desata las cintas y las lanza hacia atrás con gesto lánguido, movimiento conmovedor que indica, incluso en la más profunda pena, la esperanza de que lleguen momen­tos futuros menos húmedos en los que las cintas del sombrero recupe­ren su encanto. Si las lágrimas se demoran un poco, con la cabeza echa­da hacia atrás en un ángulo que no perjudique al sombrero, soporta el terrible momento en que la pena, causa de tanto cansancio, se ha con­vertido a su vez en un fastidio, contempla pensativamente los brazaletes y ajusta los cierres con un estudiado gesto de descuido que tan grato resultaría en momentos de calma.

La señora Pullet rozó delicadamente las jambas con los hombros (en aquella época, una mujer parecía ridícula a los ojos civilizados si no medía una yarda y media de hombro a hombro) y, tras hacerlo, ordenó a los músculos de su rostro que suministraran nuevas lágrimas mientras caminaba hacia el salón donde se encontraba sentada la señora Glegg.

—Hermana, llegas tarde: ¿qué ha pasado? —preguntó la señora Glegg con cierta brusquedad mientras se estrechaban la mano.

La señora Pullet se sentó, no sin levantar antes la capa cuidadosa­mente.

—Se ha ido —contestó, utilizando sin saberlo una figura retórica.

Así pues, en esta ocasión no se trataba del espejo, pensó la señora Tulliver.

—Murió anteayer —prosiguió la señora Pullet—. Y tenía las piernas tan gruesas como mi cuerpo —añadió con profunda tristeza, tras una pausa—. Le sacaron líquido muchas veces, y dicen que se podría nadar en el agua que salía.

—En ese caso, Sophy, es una suerte que se haya ido, sea quien sea —repuso la señora Glegg con la rapidez y el énfasis propios de una mente despejada y decidida—. Aunque debo decir que no tengo ni remota idea de quién estás hablando.

—Pero yo sí lo sé —dijo la señora Pullet, suspirando y moviendo la cabe­za—. Y no se ha visto un caso similar de hidropisía en toda la parroquia. Lo sé porque se trata de la vieja señora Sutton, la de Twentylands.

—Bueno, pero es nada tuyo, ni gran conocida, que yo sepa —objetó la señora Glegg, que siempre lloraba lo adecuado cuando algo acontecía a un miembro de su familia, pero nunca en otras ocasiones.

—Claro que la conocía, si le he visto las piernas cuando parecían veji­gas... Y era una señora capaz de multiplicar una y otra vez su capital y de gestionarlo ella misma hasta el último momento. Y guardaba siempre las llaves bajo l’almohada. Imagino que no hay muchos viejos parro­quianos como ella.

—Según dicen, se podría llenar un carro con las medicinas que tomó —comentó el señor Pullet.

—¡Ah! —suspiró la señora Pullet—. Años antes de padecer esta hidropi­sía se quejó a los médicos, pero no supieron averiguar qué tenía. Y me dijo, cuando fui a verla en las últimas Navidades: «Señora Pullet, si algu­na vez tiene hidropisía, piense en mí». Eso fue lo que dijo —añadió la señora Pullet, echándose a llorar amargamente otra vez—: Ésas fueron sus palabras exactas. Y la entierran el sábado, y Pullet está invitado al funeral.

—Sophy —dijo la señora Glegg, incapaz de contener su tendencia a la reconvención racional—. Sophy, me sorprende que t’inquietes y perjudi­ques tu salud por personas que no son de la familia. Tu pobre padre nunca lo hizo, ni tampoco la tía Frances, ni nadie de la familia, que yo sepa. No te preocuparías más si se nos comunicara que nuestro primo Abbott había muerto de repente sin testamiento.

La señora Pullet, tras dar por finalizadas sus lágrimas, permaneció en silencio, más halagada que molesta por la regañina por llorar demasia­do. No todo el mundo podía permitirse llorar tanto por una vecina que no le había dejado nada; pero la señora Pullet se había casado con un caballero rural y tenía tiempo y dinero suficientes para llevar el llanto y lo que fuera necesario hasta el punto culminante de la respetabilidad.

—Aunque la señora Sutton no murió sin testamiento —intervino el señor Pullet, con la confusa sensación de respaldar así las lágrimas de su esposa—. La nuestra es una parroquia rica, pero dicen que nadie deja tanto como la señora Sutton. Y sólo tiene un heredero, se lo ha dejado todo a un sobrino de su marido.



—De qué le habrá servido ser tan rica, entonces —dijo la señora Glegg si no tenía más que un familiar de su marido para dejárselo todo. Es tris­te no tener a nadie más para legar el fruto de las economías: aunque yo no soy d'esos que desearían morir sin dejar más dinero invertido que el que los demás han calculado; pero es una pena que tenga que salir de la familia propia.

—Hermana —dijo la señora Pullet, que se había recuperado lo sufi­ciente para quitarse el velo y doblarlo cuidadosamente—, estoy segura de que la señora Sutton ha legado su dinero a un hombre correcto, porque tiene problemas de asma y se acuesta todas las noches a las ocho. Él mismo me lo contó con toda confianza un domingo cuando vino a nues­tra iglesia. Lleva una piel de liebre sobre el pecho y le tiembla la voz al hablar... Es todo un caballero. Le conté que no hay muchos meses al año que no tenga que pasar por las manos del médico, y me dijo: «¡Cuánto lo siento, señora Pullet! ». Ésas fueron sus palabras exactas, ni más ni menos. ¡Ah! —suspiró la señora Pullet, meneando la cabeza ante la idea de que pocas personas podían comprender sus experiencias con los preparados de color rosa y blanco, los productos fuertes de frascos los pequeños, los más suaves de los frascos grandes, los bolos húmedos a un chelín y las pócimas a dieciocho peniques. Y añadió, volviéndose a su marido—: Hermana, desearía ir a quitarme la capota, ¿has visto dónde está la sombrerera?

El señor Pullet, en un incomprensible descuido, la había olvidado. Salió a buscarla, compungido, para remediar la omisión.

—Que la suban al piso de arriba, hermana —dijo la señora Tulliver, deseando salir de inmediato, no fuera la señora Glegg a empezar a explicar lo que le parecía que Sophy fuera la primera Dodson en arrui­narse la salud con potingues.



La señora Tulliver se alegró de subir al piso con su hermana Pullet y de poder contemplar atentamente la capota antes de probársela y char­lar un rato sobre sombreros. Ésta era una de las vertientes de la debili­dad de Bessy que suscitaba la compasión fraternal de la señora Glegg: Bessy, teniendo en cuenta su situación, se arreglaba en exceso; además, era demasiado orgullosa para vestir a su hija con las buenas ropas que su hermana Glegg le daba, extraídas de los estratos más profundos de su arcón: era un pecado y una pena comprar nada para vestir a aquella niña, como no fuera un par de zapatos. Sin embargo, en este aspecto la Señora Glegg no era del todo justa con su hermana Bessy, porque la señora Tulliver, en su momento, hizo grandes esfuerzos para convencer a Maggie de que se pusiera el sombrerito de paja y el vestido de seda teñida hecho a partir de uno de la tía Glegg, pero con un resultado tal que la señora Tulliver se vio obligada a abrazarlos estrechamente contra su pecho; Maggie, tras declarar que el vestido olía a un tinte asqueroso, aprovechó para echarse por encima la salsa del asado en el primer domingo que tuvo que ponérselo y, al dar con esta solución, la empleó también tironeando de las cintas verdes de la capota hasta dejarla como un queso con guarnición de lechuga mustia. Debe decirse en descargo de Maggie que Tom se había reído al verla con aquel sombrerito y le había dicho que parecía un mamarracho. También la tía Pullet le rega­laba ropa, pero ésta era siempre nueva y lo bastante bonita para gustar tanto a Maggie como a su madre. De entre todas sus hermanas, la seño­ra Tulliver prefería, sin duda, a su hermana Pullet, y esta preferencia era recíproca, aunque la señora Pullet se lamentaba de que los hijos de Bessy fueran tan traviesos y toscos: estaba dispuesta a hacer por ellos todo lo posible, pero era una pena que no fueran tan buenos ni tan gua­pos como la hija de Deane. Por su parte, Maggie y Tom consideraban que la tía Pullet, en comparación con la tía Glegg, era tolerable. Tom siempre se negaba a ir a verlas más de una vez durante las vacaciones; naturalmente, en esa única ocasión los tíos le daban un pequeño pre­mio, pero cerca de la bodega de la casa de la tía Pullet había muchos sapos a los que tirar piedras, de modo que prefería visitarla a ella. Maggie se estremecía al verlos y le provocaban horribles pesadillas, pero le gustaba la caja de rapé con música del tío Pullet. No obstante, cuan­do la señora Tulliver no se encontraba presente, sus hermanas coinci­dían en afirmar que la sangre de los Tulliver no combinaba bien con la de los Dodson; que, en realidad, los pobres hijos de Bessy eran Tulliver y que Tom, a pesar de que poseía la tez de los Dodson, con toda proba­bilidad sería tan «contrarioso» como su padre. En cuanto a Maggie, era el vivo retrato de la tía Moss, la hermana del señor Tulliver, una mujer de grandes huesos que se había casado con el hombre más pobre del mundo, no tenía vajilla de porcelana y su marido pasaba grandes apu­ros para pagar el arrendamiento. Sin embargo, cuando la señora Pullet se encontró a solas con la señora Tulliver en el piso superior, los comen­tarios derivaron de modo natural contra la señora Glegg y coincidieron confidencialmente en que no había manera de saber qué espantajo traería la próxima vez. La aparición de la señora Deane con la pequeña Lucy abrevió su téte-á-téte y la señora Tulliver tuvo que contemplar con una punzada de dolor el peinado de los rizos rubios de la niña. Era incomprensible que la señora Deane, la más delgada y cetrina de todas las señoritas Dodson, hubiera tenido una niña que cualquiera habría tomado por hija de la señora Tulliver. Y Maggie siempre parecía el doble de morena cuando estaba junto a Lucy.

Así sucedió aquel día cuando Maggie regresó del jardín junto con Tom, su padre y el tío Glegg. Maggie, que se había quitado la capota con poco cuidado, entró con el cabello tan liso como despeinado y corrió hacia Lucy, que se encontraba junto a su madre. Sin duda, el contraste entre ambas primas era notorio y, para una mirada superficial, Maggie salía perdiendo de la comparación, aunque un observador atento habría advertido aspectos en ella que encerraban mayores promesas en la madurez que la pulcra perfección de Lucy: ofrecían un contraste similar al existente entre un perrito oscuro, tosco y grande y un gatito blanco. Lucy ofrecía su boca como una rosa para que le dieran un beso. Todo en ella era bonito: el cuellecito redondo con una sarta de cuentas de coral, la naricita recta, en absoluto respingona, las cejitas claras, más oscuras que los rizos, que hacían juego con los ojos color de avellana que contemplaban con tímido placer a Maggie, la cual le llevaba una cabeza aunque apenas tenía un año más. Maggie siempre miraba a Lucy con placer. Le gustaba idear un mundo donde los niños no crecieran nunca e imaginaba que la reina sería como Lucy, llevaría una corona en la cabeza y un pequeño cetro en la mano... aunque en realidad sería Maggie con la apariencia de Lucy.

—¡Lucy! —exclamó, después de besarla—. ¿Quieres quedarte a dormir con Tom y conmigo? Tom, dale un beso.

Tom se había acercado también a Lucy, pero no tenía la menor inten­ción de besarla. Se había aproximado con Maggie porque le parecía más fácil que ir a decir «¿Cómo está usted?» a todas esas tías y tíos. Permanecía de pie sin mirar a ningún punto concreto en particular, son­rojado y torpe, con la media sonrisa habitual en los chicos tímidos cuan­do están acompañados, como si se encontraran allí por error y en cier­to grado de bochornosa desnudez.

—¡Cómo! —exclamó la tía Glegg con énfasis—. ¿Desde cuándo los niños y las niñas entran en una sala donde están sus tíos y tías y no saludan? No era así cuando yo era pequeña.

Ir a saludar a vuestros tíos y tías, queridos niños —ordenó la señora Tulliver con aire inquieto y triste, deseando susurrarle a Maggie que fuera a peinarse.

—Bien, ¿cómo estáis? ¿Os portáis bien? —preguntó la tía Glegg con el mismo tono enfático mientras los cogía por las manos, haciéndoles daño con los grandes anillos, y los besaba en las mejillas contra su volun­tad—. Alza los ojos, Tom, alza los ojos. Los chicos que están internos en un colegio deben llevar la cabeza alta. Mírame. Al parecer, Tom decli­nó ese placer e intentó liberar la mano—. Ponte el pelo detrás de las ore­jas, Maggie, y colócate bien el vestido en los hombros.

La tía Glegg siempre les hablaba con voz alta y enfática, como si los tomara por sordos o idiotas: creía que era una manera de hacerles sen­tir que eran criaturas subordinadas y de poner freno a las tendencias traviesas. Los niños de Bessy estaban tan mimados que necesitaban que alguien les recordara su deber.

—Queridos niños: crecéis muy deprisa. Temo que os quedéis un poco débiles —dijo la tía Pullet con tono compasivo, mirando a su madre por encima de sus cabezas con expresión melancólica—. Me parece que esta niña tiene demasiado pelo: en tu lugar, yo se lo vaciaría un poco y se lo cortaría, hermana. No es bueno para su salud. No me sorprendería que por este motivo tuviera la piel tan oscura, ¿no crees, hermana Deane?

—No sabría qué decirte, hermana —contestó la señora Deane, apre­tando los labios y mirando a Maggie con aire crítico.

—No, no .—contestó el señor Tulliver—. Esta niña está perfectamente sana y no tiene ninguna enfermedad. Bien existen el trigo candeal y el trigo moreno, y a algunos les gusta más el oscuro. Aunque me parecería bien que Bessy se lo cortara y se lo dejara liso.

Una terrible decisión empezó a tomar forma en el pecho de Maggie, pero la detuvo el deseo de saber si la tía Deane iba a dejar que Lucy se quedara: pocas veces permitía que estuviera con ellos. Tras dar varios motivos para rechazar la invitación, la señora Deane preguntó a la inte­resada.



—¿Verdad que no quieres quedarte aquí sin tu madre, Lucy?

—Sí, madre, por favor —contestó Lucy tímidamente, sonrojándose hasta el cuello.

—Buena respuesta, Lucy. Deja que se quede, señora Deane, deja que se quede —dijo el señor Deane, un hombre grande pero de aire des­pierto, con un aspecto físico que se puede encontrar en todas las clases sociales inglesas: calva en la coronilla, patillas rojas, frente despejada Y aspecto sólido, aunque no pesado. Se pueden ver nobles como el señor Deane y tenderos o jornaleros, pero la agudeza de sus ojos castaños era menos común que su figura. Sostenía con fuerza una caja de rapé de plata y de vez en cuando ofrecía una pulgarada al señor Tulliver, cuya tabaquera sólo tenía de plata dos adornos, de modo que acostumbraban a bromear sobre el hecho de que el señor Tulliver también quisiera intercambiar das cajas. La caja del señor Deane se la habían regalado dos socios principales de la empresa a la que pertenecía, junto con una participación en el negocio como reconocimiento por su valiosa colabora­ción como administrador. No había hombre más respetado en Saint Ogg's que el señor Deane, y algunas personas llegaban a opinar que la señorita Susan Dodson, de la que se decía que había hecho la peor boda de todas las hermanas, algún día viajaría en mejor coche y viviría en mejor casa incluso que su hermana Pullet. Nadie sabía hasta dónde podía llegar un hombre que había empezado a subir en una gran empresa harinera y naviera como la de Guest & Co., vinculada a la banca. Y la señora Deane, tal como comentaban sus íntimas amigas, estaba orgullosa y satisfecha: ella, en particular, no permitiría que su esposo se quedara quieto por falta de acicates.

—Maggie —dijo la señora Tulliver, en cuanto se resolvió la cuestión de la invitación a Lucy, haciendo una seña a Maggie para que se de acerca­ra—: ¿no te da vergüenza? Ve a peinarte. Te dije que no entraras sin haber ido a ver a Martha primero, ya lo sabes.

—Tom, ven conmigo —susurró Maggie, tirándole de da manga al pasar junto a él, y Tom da siguió encantado.

—Sube conmigo, Tom —cuchicheó cuando estuvieron fuera—. Quiero hacer una cosa antes de comer.

—No hay tiempo para jugar a nada antes de comer —objetó Tom, que no deseaba distraerse con ninguna otra idea.

—Sí, para esto sí hay tiempo: haz el favor de venir, Tom.

Tom siguió a Maggie escaleras arriba hasta el dormitorio de su madre y la vio dirigirse al cajón del que sacó unas grandes tijeras.

—¿Para qué, Maggie? —preguntó Tom, cuya curiosidad se había des­pertado.

Maggie contestó agarrándose dos mechones de la frente y cortándo­los en línea recta a media altura.

—¡Atiza, Maggie! ¡Te la vas a cargar! —exclamó Tom—. Será mejor que no cortes más.

Mientras Tom hablaba, las grandes tijeras volvieron a cerrarse con un chasquido y el chico no pudo dejar de pensar que aquello era bastante divertido: Maggie estaría muy rara.

—Toma, ahora me cortas tú por detrás, Tom —dijo Maggie, entusias­mada ante su atrevimiento y deseosa de terminar la hazaña.

—Te la vas a cargar, ¿sabes? —dijo Tom, moviendo la cabeza con gesto admonitorio y vacilando un poco antes de coger las tijeras.

—Me da igual ¡Date prisa! —ordenó Maggie, dando una pequeña pata­da en el suelo. Tenía las mejillas encendidas.

Los mechones negros eran tan gruesos... nada podía resultar más ten­tador para un muchacho que había probado ya el placer prohibido de cortar las crines de un poni. Quienes conocen la satisfacción de hacer que las dos hojas de las tijeras se encuentren tras vencer da resistencia de una mata de pelo ya saben a qué me refiero. Un delicioso tijeretazo, otro y otro más, y dos mechones de la nuca cayeron pesadamente sobre el suelo; Maggie tenía la cabeza llena de escaleras y trasquilones, pero se sentía libre y ligera, como si hubiera salido de un bosque a un claro.

—¡Oh, Maggie! —exclamó Tom, saltando a su alrededor y dándose pal­madas en las rodillas mientras reía—. ¡Atiza, qué pinta tan rara! Mírate al espejo: te pareces al idiota al que tiramos cáscaras de nueces en el colegio.

Maggie sintió una punzada inesperada. Tenía intención, sobre todo, de librarse de aquel cabello molesto y de los modestos comentarios, y también había pensado que aquella acción tan decidida supondría un triunfo sobre su madre y sus tías; no pretendía que le quedara el pelo bonito —eso estaba totalmente fuera de su pensamiento—: sólo deseaba que la consideraran una niña lista y no le buscaran defectos. Pero cuan­do Tom se rió de ella y dijo que se parecía a un tonto de pueblo con­templó la situación desde otro ángulo. Maggie se miró en el espejo mientras Tom seguía riéndose y dando palmadas, y sus mejillas sonroja­das empezaron a palidecer y los labios le temblaron un poco.

—¡Maggie! Tendrás que bajar a comer así —dijo Tom—. ¡Caramba!.

—No te rías de mí, Tom —dijo Maggie con tono apasionado, echándose a llorar de furia. Dio una patada al suelo y le propinó un empujón.

—¡Y ahora t'enfadas! —exclamó Tom—. Entonces, ¿por qué te lo has cortado? Voy a bajar: huelo la comida.



Corrió escaleras abajo y dejó a la pobre Maggie entregada a la amar­ga sensación de irrevocabilidad que experimentaba casi a diario. Ahora que lo había hecho, se daba cuenta de que era una tontería: iba a oír comentarios sobre su cabello y éste estaría más presente que nunca; Maggie se precipitaba a actuar con impulsos apasionados y después su imaginación le pintaba con todo detalle, no sólo las consecuencias de sus actos, sino lo que habría sucedido si no hubiera hecho nada. Tom nunca cometía tonterías como esa, ya que poseía una capacidad instintiva y maravillosa para discernir lo que se volvería en su favor o en su contra, y así sucedía que aunque era mucho más terco e inflexible que Maggie, su madre pocas veces lo reprendía por travieso. Si en alguna ocasión Tom cometía un error similar, se mantenía firme en él a toda costa: le «daba igual»,. Si rompía el látigo de la calesa de su padre por azotar la puerta de la cancela, no había podido evitarlo: el látigo no debería haberse quedado atrapado en el gozne. Si Tom Tulliver azotaba la puerta estaba convencido no sólo de que era justificable que chicos azotaran las puertas, sino de que era justificable que Tom Tulliver azotara aquella en concreto, por lo que no tenía intención de arrepentirse. En cambio, mientras lloraba delante del espejo, a Maggie le parecía imposible bajar a comer y soportar las miradas y las palabras severas de las tías mientras Tom, Lucy y Kezia, que la esperaban en la mesa, y quizá su padre y sus tíos, se reían de ella: si Tom se había reíd­o sin duda todos los demás también lo harían: y si no se hubiera tocado el pelo, podría haberse sentado con Tom y Lucy, y habría comido el pudín de albaricoque con crema. ¿Qué otra cosa podía hacer que llorar? Permaneció sentada tan indefensa y desesperada entre los negros mechones como Áyax entre las ovejas muertas. Tal vez su angustia parez­ca muy trivial a los curtidos mortales que tienen que pensar en facturas navideñas, amores muertos y amistades rotas, pero no era menos amarga para Maggie —tal vez incluso más— de lo que lo son lo que nos gusta denominar antitéticamente «las verdaderas penas» de la madurez. «Ay, hijo, ya tendrás problemas de verdad para preocuparte dentro de poco», nos han dicho a casi todos en la infancia para consolarnos, y lo hemos repetido a otros en cuanto hemos crecido. Todos hemos sollo­zado lastimeramente, sostenidos por diminutas piernas desnudas que asomaban por encima de pequeños calcetines, al perder de vista a nues­tra madre o a la niñera en algún lugar desconocido, pero ya no pode­mos evocar el dolor del momento y llorarlo de nuevo, tal como pode­mos hacer con los sufrimientos de cinco o diez años atrás. Todos estos instantes tan intensos han dejado su huella y perduran en nosotros, pero estas huellas se han mezclado irremisiblemente con la textura más sólida de la juventud y la madurez; por ello podemos contemplar los dis­gustos de nuestros niños con una sonrisa de incredulidad ante su dolor. ¿Hay alguien que pueda recuperar la experiencia de su infancia, no sólo con el recuerdo de lo que hizo y lo que le sucedió, de lo que le gustaba y lo que le disgustaba cuando llevaba bata y pantalones, sino plena­mente, con la conciencia revivida de lo que sentía entonces, cuando el tiempo entre dos veranos transcurría tan lentamente? ¿Lo que sentía cuando los compañeros de colegio lo echaban de su juego porque lan­zaba mal el balón por mera terquedad? ¿O en un día de vacaciones llu­vioso, cuando no sabía cómo divertirse y pasaba de la ociosidad a la tra­vesura, de ésta al desafío y de éste al malhumor? ¿O cuando su madre se negaba tajantemente a permitir que tuviera una levita aquel trimes­tre, aunque todos los niños de su edad llevaban ya la chaqueta con fal­dones? Si pudiéramos recordar estas amarguras tan tempranas y nues­tras oscuras previsiones, aquella concepción de la vida sin perspectivas que tan intensa hacía la amargura, no nos reiríamos de las penas dee nuestros hijos.

—Señorita Maggie, tiene que bajar ahora mismo —anunció Kezia, entrando en la habitación a toda prisa—. ¡Cielo santo! ¿Qué ha hecho? Nunca había visto adefesio semejante.

—No quiero bajar, Kezia —exclamó Maggie enfadada—. ¡Vete!

—Señorita, tiene que bajar ahora mismo: su madre lo ha dicho —dijo Kezia, acercándose a Maggie y tomándola de la mano para levantarla del suelo.

—Vete, Kezia. No quiero comer —insistió Maggie, resistiéndose a Kezia—. No iré.

—En fin, no puedo quedarme: tengo que servir la comida —dijo Kezia, saliendo otra vez.

—Maggie, tonta —dijo Tom asomando la cabeza a la habitación diez minutos más tarde—. ¿Por qué no bajas a comer? Hay muchas cosas bue­nas y dice nuestra madre que bajes. ¿Por qué lloras, boba?

¡Era terrible! Tom se comportaba con dureza e indiferencia: si hubie­ra sido él el que lloraba en el suelo, Maggie habría llorado con él. Y, ade­más, estaba aquella comida tan buena: y tenía tanta hambre. Aquello era muy triste.

Sin embargo, Tom no era totalmente indiferente. No era propenso a las lágrimas y no le apetecía que la pena de Maggie le estropeara la pers­pectiva de disfrutar de los dulces, de modo que se acercó a Maggie, puso su cabeza junto a la suya y le dijo en un tono bajo y consolador:

—¿No quieres venir, Maggie? ¿Te traigo un poco de pudín cuando ya me haya comido el mío? ¿Un poco de crema y otras cosas?

—Sssí —contestó Maggie, empezando a sentirse un poco mejor.

—Muy bien —dijo Tom, alejándose. Pero regresó de nuevo a la puerta y añadió—: será mejor que vengas, ¿sabes? Tenemos postre con nueces y vino de prímula.

Las lágrimas de Maggie habían cesado y cuando Tom se marchó pare­cía reflexionar. El buen carácter de Tom había quitado filo al sufri­miento y las nueces con vino de prímula empezaban a ejercer legítima influencia.

Se levantó lentamente sobre los mechones dispersos y bajó las esca­leras despacio. Se detuvo detrás de la puerta entreabierta del comedor con el hombro apoyado en la jamba, y atisbó por ella. Vio a Tom y a Lucy, separados por una silla vacía, y la crema en una mesilla lateral: aquello era demasiado. Entró furtivamente y se dirigió hacia la silla vacía. Pero apenas se había sentado cuando se arrepintió y deseó encon­trarse de nuevo en el piso de arriba.

La señora Tulliver soltó un gritito al verla y se llevó tal susto que dejó caer la gran cuchara de salsa de carne en la fuente, con graves resulta­dos para el mantel. Kezia no había revelado el motivo de la negativa de Maggie a bajar, ya que no deseaba sobresaltar a la señora en el momen­to de trinchar la carne, y la señora Tulliver pensó que no sería nada mas que un ataque de terquedad que llevaba en sí mismo su castigo al pri­var a Maggie de la mitad de la comida.

El grito de la señora Tulliver hizo que todos los ojos se volvieran hacia donde ella miraba; las mejillas y las orejas de Maggie empezaron a arder mientras el tío Glegg, un anciano caballero de aire afable y cabello blan­co exclamaba:

—¡Vaya! ¿Quién es esta muchacha, si no la conozco? ¿Es una niña que has recogido en la calle, Kezia?

—Caramba, si s’ha cortado el pelo —comentó el señor Tulliver en voz baja al señor Deane, riendo divertido—. ¿Habías visto alguna vez una niña como ésta?

—¡Vaya con la señorita! Qué graciosa t’has puesto —dijo el tío Pullet, y tal vez fuera el comentario mas lacerante que hizo en su vida.

—¡No te da vergüenza! —exclamó la tía Glegg con el tono de voz más severo y sonoro que pudo emplear—. Deberían azotar a las niñas que se cortan el pelo y alimentarlas con pan y agua, en lugar de permitir que se sienten con sus tíos y tías.



¡Vaya, vaya! —añadió el tío Glegg, intentando suavizar con una broma esta denuncia—. Creo que hay que enviarla al calabozo y cortarle el resto del pelo, al menos para igualárselo.

—Ahora parece mas que nunca una gitana —señaló la tía Pullet, en tono de conmiseración—. Qué mala suerte, hermana, que esta niña sea tan morena: y eso que el niño es rubito. No creo que ser tan morena le facilite las cosas en la vida.

—Es una niña mala, capaz de destrozar el corazón de su madre —gimió la señora Tulliver con lágrimas en los ojos.

Maggie tenía la sensación de estar escuchando un coro de burlas y reproches. Se sonrojó de rabia y, por unos momentos, se sintió capaz de adoptar una actitud rebelde; Tom pensó que estaba lista para defenderse reconfortada por la llegada del pudín con crema. Convencido de ello, le susurró:

—¡Atiza! Maggie, ya t’he dicho que te las cargarías —murmuró con intención amable, pero Maggie dio por hecho que Tom se recreaba con su ignominia. La capacidad de desafío la abandonó y, con el corazón henchido de pena, se puso en pie, corrió hacia su padre, escondió el rostro en su hombro y estalló en sollozos.

Vamos, vamos, mocita —la consoló su padre con cariño, rodeándola con el brazo—. No importa: tenías derecho a cortártelo si te molestaba. Deja de llorar: tu padre está de tu parte.

¡Qué dulces y tiernas palabras! Maggie nunca olvidó los momentos en que su padre estuvo a su lado: los guardó en el corazón y pensaba en ellos años más tarde, cuando todos decían que su padre los había trata­do muy mal.

—¡Cómo malcría tu marido a esta niña, Bessy! —exclamó la señora Glegg en un sonoro «aparte» con la señora Tulliver—. Como te descui­des, la va a estropear. Nuestro padre nunca educó así a sus hijas: en ese caso, habríamos sido una familia muy distinta de la que somos.

En aquel momento, las penas domésticas de la señora Tulliver pare­cían haber alcanzado el punto en que se llega a la insensibilidad. No advirtió la observación de su hermana y se limitó a echar hacia atrás las cintas de la cofia y servir el pudín con muda resignación.

Con el postre llegó la liberación completa de Maggie, porque dijeron a los niños que podían tomar las nueces y el vino de prímula en el cena­dor, puesto que el día era templado, y corretearon por los arbustos del jardín, cubiertos de brotes, con la presteza de animalillos escapados de una lente ustoria.

La señora Tulliver tenía motivos especiales para darles permiso: ahora que se había terminado la comida y estaba todo el mundo más relajado, era el momento adecuado para comunicar la intención del señor Tulliver en relación con Tom, y le parecía preferible que éste se encontrara ausente. Los niños estaban acostumbrados a oír hablar de ellos con tanta libertad como si fueran pájaros y no pudiera entende nada, por mucho que estiraran el cuello y escucharan; sin embargo en esta ocasión, la señora Tulliver mostraba una discreción inusual porque se había dado cuenta de que a Tom no le gustaba la idea de entrar de pupilo de un clérigo, cosa que le parecía equiparable a ir a estudiar con un agente de la policía. La señora Tulliver tenía la triste sensación de que su marido haría lo que se le antojara, sin importarle lo que dijeran sus hermanas Glegg o Pullet, pero por lo menos, si todo salía mal, no podrían decir que Bessy se había visto arrastrada por el capricho de su marido sin decir una palabra a sus parientes.

—Tulliver —dijo, interrumpiendo la conversación de su marido con el señor Deane—: ha llegado el momento de contar a las tías y tíos de los niños lo que piensas hacer con Tom, ¿no te parece?

D'acuerdo —contestó el señor Tulliver secamente—: no me importa contarles a todos lo que pienso hacer con él. He decidido —añadió, mirando hacia el señor Glegg y el señor Deane— que lo enviaré con el señor Stelling, un clérigo que vive en King's Lorton, un individuo muy brillante, para que lo prepare en diversas materias.

Se oyó un murmullo de sorpresa entre los presentes, similar al que se observa en una congregación rural cuando desde el púlpito se alude a sus asuntos cotidianos: en la misma medida resultaba asombroso que apareciera un clérigo en los asuntos familiares del señor Tulliver. En cuanto al tío Pullet, no se habría desconcertado más si el señor Tulliver hubiera dicho que iba a enviar a Tom con el presidente de la Cámara de los Lores, ya que el tío Pullet pertenecía a esa clase extinta de pro­pietarios rurales británicos que vestían con buen paño, pagaban impuestos y contribuciones municipales elevadas, acudían a la iglesia y comían bien los domingos, sin pararse a pensar en el origen de la cons­titución de la Iglesia y el Estado británicos, de la misma manera que no meditaba sobre el sistema solar o las estrellas. Es triste, pero cierto, el hecho de que el señor Pullet tuviera la confusa idea de que un obispo era una especie de baronet que podía o no ser clérigo; y puesto que el rector de su parroquia era un hombre de familia y fortuna notables, la idea de que un clérigo pudiera ser maestro resultaba demasiado alejada de su experiencia para resultar concebible. Ya sé que resulta difícil en estos tiempos instruidos concebir la ignorancia del tío Pullet, pero basta con pensar en los notables resultados que obtienen las facultades natu­rales en condiciones favorables. Y el tío Pullet poseía una gran capaci­dad natural para la ignorancia. Fue él el primero en expresar su asombro.

—¡Vaya! ¿Y por qué va a enviarlo con un clérigo? —exclamó con expresión de asombro en los ojos, mirando al señor Glegg y al señor Deane para ver si éstos daban muestras de comprensión.

—¡Caramba! Porque, por lo que sé, los clérigos son los mejores maes­tros —contestó el pobre Tulliver que, en el laberinto de este mundo tan enredoso, se asía con rapidez y tenacidad a lo que parecía seguro— Jacobs, el de la 'cademia, no es clérigo y lo ha hecho muy mal. Así que pensé que si lo ponía a estudiar otra vez, debería ser con otra persona. Y, por lo que he podido averiguar, el señor Stelling es del tipo de hom­bre que quiero. Y tengo intención de que mi chico vaya con él desde el principio del trimestre de verano —concluyó con tono decidido, dando un golpecito a la tabaquera y tomando un pellizco de rapé.

—Entonces tendrá usted que pagar una hermosa factura cada medio año, ¿verdad, Tulliver? En general, los clérigos saben bastante —dijo el señor Deane, aspirando una pulgarada vigorosamente, como siempre hacía cuando deseaba mantener una postura neutral.

—¡Cómo! ¿Y cree que el clérigo éste le enseñará a distinguir un buen puñado de trigo cuando lo vea, vecino Tulliver? —preguntó el señor Glegg, divertido con su broma. Dado que se había retirado de los nego­cios, consideraba que no sólo le estaba permitido tomarse todo a la lige­ra, sino que era incluso adecuado que lo hiciera.

—Bueno, saben, tengo planes para Tom —afirmó el señor Tulliver; des­pués hizo una pausa y alzó la copa.

—Bien, si se me permite hablar, cosa que sucede raras veces —inter­vino la señora Glegg con tono amargo—, diré que me gustaría saber qué cosa buena le traerá al chico el ser educado por encima de su for­tuna.

—¡A ver! —exclamó el señor Tulliver sin mirar a la señora Glegg y dirigiéndose a la sección masculina de su público—: Miren, he decidido que Tom no se dedique a lo mío. Lo he pensado bien y he tomado la deci­sión a partir de lo que vi que hizo Garnett con su hijo. Quiero que se dedique a algún negocio en el que pueda entrar sin capital, y quiero darle una educación que le permita tratar en pie de igualdad a los abo­gados y tipos así y echarme una mano de vez en cuando.

La señora Glegg emitió un prolongado sonido gutural con los labios apretados en una sonrisa mezcla de lástima y burla.

—Algunas personas harían mejor en dejar tranquilos a los abogados —espetó.

—Entonces, ¿este clérigo dirige un colegio de enseñanza secundaria, como el de Market Bewley? —preguntó el señor Deane.

—No, nada de eso —contestó el señor Tulliver—. Sólo piensa aceptar dos o tres alumnos, así podrá dedicarles más tiempo.

—Ah, así terminará antes su educación: no pueden aprender mucho cuando son tantos en clase —comentó el tío Pullet, pensando que ya estaba empezando a entender este asunto tan complicado.

—Entonces, querrá que le pague más, supongo —dijo el señor Glegg. —Claro, claro: ni más ni menos que cien al año, sólo eso —dijo el señor Tulliver, orgulloso de su decisión—. Pero eso es como una inversión: la educación será para Tom como un capital.

—Sí, eso es cierto —dijo el señor Glegg—. Bien, bien, vecino Tulliver: quizá tenga usted razón, quizá tenga razón:


Cuando no quedan tierras ni dinero,

la educación es lo primero.
—Recuerdo que leí este versito en un escaparate de Buxton. Y nosotros, que no tenemos estudios, será mejor que guardemos el dinero, ¿verdad, vecino Pullet? —El señor Glegg se frotó las rodillas con aire complacido.

—Glegg, me sorprendes —dijo su esposa—. Esto es impropio de un hombre de tu edad y situación.

—¿Qué es impropio, señora Glegg? —preguntó el señor Glegg con un guiño a los presentes—. ¿La chaqueta nueva que llevo de color azul?

—Cuánto lamento tu debilidad, Glegg. Como digo, es impropio que bromees cuando ves que un miembro de tu familia se dirige de cabeza a la ruina.

—Si se refiere usted a mí —dijo el señor Tulliver, francamente irrita­do—, no es necesario que se inquiete. Puedo dirigir mis asuntos sin molestar a nadie.

—!Ah! —dijo el señor Deane, introduciendo prudentemente una nueva idea—. Ahora recuerdo que alguien dijo que Wakem iba a enviar a su hijo, el chico deforme, con un clérigo, ¿verdad, Susan? —añadió, dirigiéndose a su esposa.



—No sé nada de eso —contestó la señora Deane, cerrando de nuevo los labios con fuerza. La señora Deane no era partidaria de intervenir en una conversación en la que se lanzaran tantos proyectiles.

—Bien —prosiguió el señor Tulliver, hablando animadamente para que la señora Glegg advirtiera que no le importaba su opinión—: si Wakem piensa en enviar a su hijo con un clérigo, pueden estar seguros de que yo no me equivoco al mandar a Tom con otro. Wakem es el mayor bri­bón que haya creado Pero Botero, pero sabe calar a un hombre ense­guida. Sí, sí, díganme quién es el carnicero de Wakem y les diré dónde deben comprar la carne.

—Pero el hijo del abogado Wakem es jorobado —objetó la señora Pullet, pensando que la conversación adquiría un sesgo fúnebre—. Es más natural que a él lo envíen con un clérigo.

—Sí —coincidió el señor Glegg, interpretando la observación de la señora Pullet de modo erróneo—. Debe tener esto en cuenta, vecino Tulliver: es probable que el hijo de Wakem no trabaje nunca y Wakem pretenda hacer de él un caballero, pobre muchacho.

—Glegg —exclamó su esposa en un tono que implicaba que su indig­nación seguía burbujeando, si bien estaba decidida a contenerla—. Harías mejor dejando quieta la lengua. El señor Tulliver no quiere conocer tu opinión ni tampoco la mía. En este mundo hay personas que lo saben todo mejor que nadie.

—Caramba, pues se diría que usted es una de esas, si nos atenemos a sus palabras —exclamó el señor Tulliver, cuya indignación hervía de nuevo.

—Si no digo nada —contestó la señora Glegg con sorna—. No se me ha pedido consejo y no pienso darlo.

—Entonces, será la primera vez —dijo el señor Tulliver—. Ésa es la única cosa que siempre está dispuesta a dar.

—Tal vez me haya precipitado a la hora de prestar, por no decir que me he apresurado a dar —repuso la señora Glegg—. He prestado dinero a algunos, aunque quizás tenga que arrepentirme de prestar dinero a la familia.

—Vamos, vamos, vamos —intervino el señor Glegg con tono concilia­dor. Pero el señor Tulliver no estaba dispuesto a que nadie le impidiera responder.

—A cambio de un pagaré y del cinco por ciento, por muy familiar que fuera.

—Hermana —rogó la señora Tulliver—, tómate el vino y permíteme que t'ofrezca unas almendras y unas pasas.

—Bessy, lo siento mucho por ti —dijo la señora Glegg, como el perro callejero que aprovecha para dedicar sus ladridos al hombre que no lleva bastón—. No viene a cuento hablar de almendras y pasas.

—Por Dios, hermana Glegg, no seas tan picajosa —imploró la señora Pullet, soltando unas lagrimitas—. Te puede dar un ataque si te pones tan colorada después de comer... Piensa que acabamos de salir del luto y de quitarnos los vestidos negros... Es muy triste que esto suceda entre hermanas­

—Sin duda, está mal —dijo la señora Glegg—. Hay que ver hasta dónde hemos llegado cuando una hermana invita a otra a su casa para pelear­se con ella e insultarla.

—Tranquila, tranquila, Jane. Sé razonable —dijo el señor Glegg.

Pero mientras hablaba, el señor Tulliver, que de ningún modo había dicho lo suficiente para desahogarse, estalló de nuevo.

—¿Quién quiere discutir con usted? —preguntó—. Es usted quien no puede dejar a la gente en paz y tiene que dar siempre la lata. Ni se me pasa por la cabeza discutir con una mujer, siempre que ésta sepa estar en su sitio.

—¡Mi sitio! —exclamó la señora Glegg con voz cada vez más estriden­te—. Sus mayores, señor Tulliver, muertos y enterrados, me trataban con otro respeto... Aunque yo tengo un marido que se queda sentado tan tranquilo mientras me humillan, cosa que nunca habría pasado si algún miembro de mi familia no hubiera hecho peor boda de lo que le corres­pondía.

—Ya que habla de eso —dijo el señor Tulliver—, mi familia es tan buena como la suya, e incluso mejor, porque en ella no hay ninguna maldita mujer con mal carácter.

—¡Muy bien! —dijo la señora Glegg, poniéndose en pie—. No sé si te parece bien quedarte ahí sentado oyendo cómo me insultan, Glegg, pero no voy a aguantar en esta casa ni un minuto más. Puedes quedar­te si quieres e ir a casa con la calesa, porque yo me voy andando.

—Por Dios, por Dios —dijo el señor Glegg con tono abatido mientras salía de la habitación detrás de su esposa.

—Tulliver, ¿cómo has podido decir estas cosas? —exclamó la señora Tulliver con lágrimas en los ojos.

—Que se vaya —exclamó el señor Tulliver, demasiado enfadado para que lo ablandaran las lágrimas—, que se vaya, y cuanto antes, mejor: así no intentará mandarme.

—Hermana Pullet —rogó la señora Tulliver, con gesto impotente—, ¿Crees que serviría de algo que fueras tras ella e intentaras calmarla?

—No, será mejor que no —dijo el señor Deane—. Ya lo arreglaran otro día.

—Entonces, hermanas, ¿vamos a ver a los niños? —preguntó la señora Tulliver, secándose las lágrimas.

Ninguna otra propuesta podía haber sido más oportuna. En cuanto las mujeres salieron de la sala, el señor Tulliver se sintió como si hubie­ran limpiado el aire de moscas molestas. Pocas cosas le gustaban mas que charlar con el señor Deane, cuya estrecha dedicación a los negocios raras veces les permitía ese placer. Consideraba que el señor Deane era el «más capacísimo» de sus conocidos y, además, tenía una lengua rápi­da y cáustica que suponía un agradable contrapunto a la tendencia en este sentido del señor Tulliver, que permanecía en estado embrionario o muda. En cuanto las mujeres se marcharon, pudieron hablar de cosas serias sin interrupciones frívolas, intercambiar puntos de vista en rela­ción al duque de Wellington, cuya actitud en lo referente a la Cuestión Católica había proyectado una luz completamente nueva sobre su carác­ter, y comentar un poco su comportamiento en la batalla de Waterloo, que nunca habría ganado sin el respaldo de muchísimos ingleses, para no mencionar a Bucher y los prusianos que, como había oído decir el señor Tulliver a una persona muy versada sobre el tema, habían apare­cido en el momento oportuno; si bien en este punto se produjo una ligera discrepancia cuando el señor Deane señaló que no estaba dis­puesto a confiar mucho en los prusianos, ya que la construcción de sus barcos, junto con el carácter insatisfactorio de las transacciones de cer­veza de Danzig, lo inclinaban no tener en gran estima el valor prusiano en general. Sintiéndose derrotado en este terreno, el señor Tulliver pasó a expresar sus temores de que el país nunca volviera a ser lo que había sido; pero el señor Deane, vinculado a una empresa con benefi­cios cada vez mayores, tendía a una visión más alegre del presente y tenía algunos detalles que dar en relación con el estado de las importa­ciones, especialmente de curtidos y pieles, lo que alivió la imaginación del señor Tulliver proyectando a una perspectiva más lejana la época en que el país fuera presa completa de los papistas y los radicales, y los hombres honrados ya no tuvieran cabida en él.

El tío Pullet escuchaba sentado todos estos elevados asuntos con los ojos brillantes. No entendía nada de política y pensaba que tal conoci­miento se debía a algún don natural pero, por lo que podía deducir, ese duque de Wellington no valía gran cosa.



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