George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VI


Se aguarda la visita de las tías y los tíos
Se encontraban en la semana de Pascua y los pasteles de queso de la señora Tulliver eran más exquisitamente ligeros que de costumbre.

—Un golpe de viento se los llevaría como plumas —decía Kezia, la criada, orgullosa de servir a una señora capaz de elaborar semejantes pastelillos. De modo que ninguna otra estación o circunstancia podrían haber sido más propicias para celebrar una fiesta familiar, aún cuando no se conside­rara procedente consultar a la hermana Glegg y a la hermana Pullet sobre la estancia de Tom en la escuela.

—Preferiría no invitar a mi hermana Deane esta vez —confesó la señora Tulliver—: es celosa y posesiva como el que más y siempre está intentando dejar en mal lugar a mis pobres niños delante de los tíos y tías.

—No, invita a los Deane —opinó el señor Tulliver—. Casi nunca hablo con él: hace por lo menos seis meses que no viene. ¿Qué importa lo que diga ella? Mis niños no necesitan que los contemplen.

—Eso es lo que tú siempre dices, Tulliver; pero estoy segura de que no hay nadie en tu familia, ni tía ni tío, que les vaya a dejar un billete de cinco libras en el testamiento. Mi hermana Glegg, y mi hermana Pullet lo mismo, ahorran ni se sabe cuánto dinero, ya que guardan todos sus intereses y parte del dinero de la casa, porque sus maridos les compran de todo —la señora Tulliver era una mujer dulce, pero incluso una oveja aprende a plantar cara cuando tiene corderos.

—¡Bah! —exclamó el señor Tulliver—. Cuando hay tantos a la mesa, mucho pan resulta escaso. ¿Qué importa el dinero de tus hermanas si tie­nen que dividirlo entre media docena de sobrinos y sobrinas? Y a tu her­mana Deane no se le ocurrirá pretender que se lo dejen todo a uno solo y todo el mundo la critique después de muertos.

—No sé qué pretenderá —dijo la señora Tulliver—, ya que mis hijos se muestran muy poco amables con sus tías y tíos. Cuando vienen, Maggie es diez veces más traviesa que otros días, y a Tom no le caen bien, criatura, aunque es más natural en un chico que en una niña. Y Lucy, la hija de los Deane, es tan buena... puedes sentarla en un taburete y ahí se queda una hora, sin pedir para bajar. No puedo evitar quererla como si fuera mía, y estoy segura de que parece más hija mía que de mi hermana, porque si hay alguien en mi familia que tenga mal color, esa es Deane.

—Bueno, bueno: si tanto quieres a la niña, invita a su padre y a su madre a que la traigan. ¿Y por qué no se lo dices también a la tía y el tío Moss? ¿Y a algunos de sus hijos?

—Pero Tulliver: ya somos ocho personas mayores más los niños, y tendría que poner dos alas en la mesa y sacar más vajilla. Y sabes tan bien como yo que mis hermanas y tu hermana no congenian.

—Bueno, bueno, haz lo que quieras, Bessy —dijo el señor Tulliver, cogien­do el sombrero y saliendo hacia el molino.



Pocas esposas eran tan sumisas como la señora Tulliver en todos los aspectos que no estuvieran relacionados con sus parientes; pero de soltera había sido una señorita Dodson, y los Dodson eran una familia muy res­petable, considerada como la que más en su propia parroquia o la vecina. Las señoritas Dodson habían aprendido a llevar la cabeza bien alta, y a nadie le sorprendió que las dos mayores hicieran tan buenas bodas, aun­que no muy jóvenes, porque no era esa la costumbre de la familia Dodson. En aquella familia todo se hacía de una manera especial: blanquear la ropa, preparar vino de prímula, curar el jamón o guardar las grosellas en conserva, de manera que ninguna de las hijas de la casa pudiera ser indi­ferente al privilegio de haber nacido Dodson en lugar de Gibson o Watson. En la familia Dodson, los funerales se celebraban siempre con especial decoro: las cintas de los sombreros nunca eran azuladas, los guantes jamás tenían el pulgar descosido, todos se comportaban debidamente y siempre había bandas negras para los portadores del féretro. Cuando un miembro de la familia tenía algún problema o enfermedad, los demás acudían a visi­tar al infortunado, por lo general, al mismo tiempo, y no rehuían decirle las verdades más desagradables que les dictaba su correcto sentido de la familia: si la enfermedad o el conflicto era culpa del afectado, no era cos­tumbre de los Dodson quedarse callados. En definitiva, en esa familia se daba una tradición especial que dictaba lo que era correcto en la organización de la casa y en la vida social, y la única vertiente amarga de esta superioridad era la dolorosa incapacidad para aprobar los condimentos O la conducta de las familias en las que no regía la tradición de los Dodson. Cuando una Dodson se encontraba en una «casa ajena», siempre tomaba el té con pan solo y rechazaba todo tipo de conservas, ya que no confiaba en la calidad de la mantequilla y sospechaba que las mermeladas podían haber empezado a fermentar por falta de azúcar y de hervor. Aunque reconocían que algunos Dodson se parecían más a la familia y otros menos, en la medida en que eran «del mismo linaje», sin duda eran mejo­res que los que no formaban parte de ella. Y cabe destacar que, si bien nin­gún Dodson estaba satisfecho de ningún otro Dodson individualmente, sí lo estaba consigo mismo y con el conjunto de los Dodson. El miembro más débil de una familia —el que tiene menos carácter— es con frecuencia el mero epítome de las costumbres y tradiciones de la familia, y la señora Tulliver era una perfecta Dodson, aunque débil, de la misma manera que una cerveza, por floja que sea, no deja de ser cerveza. Y aunque en su juventud protestó un poco al verse sometida al yugo de sus hermanas mayores y todavía vertía lágrimas de vez en cuando ante los reproches de sus hermanas, no era intención de la señora Tulliver introducir innova­ciones en las ideas familiares: estaba agradecida por ser una Dodson y por tener un hijo que había salido a su propia familia, por lo menos en los ras­gos y en la tez, y en el gusto por la sal y las judías, algo impropio de los Tulliver.

En otros aspectos, el verdadero carácter Dodson se hallaba latente en Tom y éste, igual que Maggie, distaba de valorar el «linaje» materno; por lo general, en cuanto sabía con tiempo suficiente que las tías y tíos los visi­tarían, se fugaba durante todo el día con gran cantidad de comida fácil de transportar: síntoma moral que permitía a la tía Glegg presagiarle el más negro porvenir. Maggie tenía que soportar que Tom se fugara sin avisarla, pero ya se sabe que el sexo débil constituye una pesada impedimenta en casos de huida.

El miércoles, víspera de la visita de los tíos y las tías, los diversos aromas de pasteles en el horno y jaleas calientes mezclados con el olor a salsa de carne resultaban tan tentadores que era imposible sentirse triste: la espe­ranza flotaba en el aire. Tom y Maggie hicieron varias incursiones a la coci­na y, al igual que a otros merodeadores, sólo consintieron mantenerse a cierta distancia cuando se les permitió obtener un botín suficiente.

—Tom —preguntó Maggie cuando se sentaron en las ramas del viejo árbol, comiendo pastelitos rellenos de mermelada—, ¿piensas escaparte mañana?

—No —contestó Tom lentamente tras terminar un bollo y mirando de reojo el tercero, que debían compartir—. No, no me iré.

—¿Por qué, Tom? ¿Porque viene Lucy?

—No —contestó Tom, abriendo la navaja y sosteniéndola sobre el bollo, con la cabeza ladeada en un gesto de duda. (Era un problema difícil divi­dir aquel polígono tan irregular en dos partes iguales.) — ¿Y a mí qué me importa Lucy? Si es una niña: no sabe jugar al bandy4.

—Entonces, ¿es por el bizcocho borracho? —preguntó Maggie, intentan­do adivinarlo mientras se inclinaba hacia Tom con los ojos clavados en la navaja suspendida en el aire.

—No, tonta: también está bueno al día siguiente. Es por el pudín. Ya sé de qué será: de albaricoque. ¡Vaya!

Con esta exclamación, la navaja descendió sobre el pastel y lo partió, pero el resultado no fue del agrado de Tom, que siguió contemplando las dos mitades con aire indeciso.

—Cierra los ojos, Maggie —dijo finalmente.

—¿Para qué?

—No te importa. Ciérralos cuando yo te diga.

Maggie obedeció.

Ahora dime cuál quieres, el izquierdo o el derecho.

—Quiero el que se le ha caído la mermelada —dijo Maggie, mantenien­do los ojos cerrados para complacer a Tom.

—¡Anda! Seguro que no quieres ese, boba. Te lo comes si te toca, pero no te lo daré porque sí. Escoge: el de la izquierda o el de la derecha. ¡Eh! —exclamó Tom enfadado, al ver que Maggie abría un poco los ojos—. Si no cierras los ojos no tendrás ningún trozo.

El espíritu de sacrificio de Maggie no llegaba a tanto; en realidad, temo que no le importaba tanto que Tom obtuviera el mayor pedazo como que estuviera contento con ella por darle el mejor. De modo que cerró los ojos con fuerza hasta que Tom le ordenó:

—¡Escoge!

—El de la izquierda —contestó ella.

—Te lo llevas —contestó Tom con fastidio.

—¿Cual? ¿el que tiene la mermelada fuera?

—No, el otro: tómalo —dijo Tom con firmeza, tendiéndole a Maggie el mejor.

—Por favor, Tom: quédatelo. A mí me da igual. Prefiero el otro, quédate este.

—No, no quiero —contestó Tom, casi enfadado, empezando a comer el suyo.

Maggie, pensando que no merecía la pena seguir discutiendo, empezó también a comer con tanto deleite como urgencia. Pero Tom, dispuesto a comer más, terminó primero y tuvo que contemplar cómo Maggie devo­raba los últimos bocados. Maggie no se daba cuenta de que Tom la mira­ba: se balanceaba en la rama vieja, absorta en una vaga sensación de mer­melada e indolencia.

—¡Glotona! —exclamó Tom después de que se tragara el último bocado. Él era consciente de haberse comportado con justicia y le parecía que ella debería haberlo tenido en cuenta y premiarlo. Antes de comerse su parte habría rechazado un bocado, pero uno cambia de opinión cuando su parte ha desaparecido.

Maggie palideció.

—Tom, ¿por qué no me has pedido, si querías?

—Ni se me habría ocurrido pedírtelo, glotona. Deberías haber pensado en mí, sobre todo cuando sabías que t'había dado el mejor.

—Pero si yo quería dártelo, ya lo sabes —contestó Maggie ofendida.

—Sí, pero yo no quería hacer lo que no era justo, como Spouncer. Siempre se queda con el mejor trozo si no se lo quitas a puñetazos, y si escoges el mejor con los ojos cerrados, lo cambia de mano. Cuando parto, una cosa, lo hago con justicia, pero yo no soy un tragón.

Con esta hiriente insinuación, Tom saltó de la rama y lanzó una piedra con un grito para mimar un poco a Yap, que, mientras desaparecían los dulces, también había estado mirando con una agitación de orejas y emo­ciones difíciles de soportar sin amargura. Sin embargo, el excelente perro aceptó la atención de Tom con tanta presteza como si lo hubieran tratado con generosidad.

Pero Maggie, dotada con la capacidad para sufrir que distingue al ser humano y lo coloca a orgullosa distancia del más melancólico chimpancé, siguió sentada en la rama, entregada a la viva sensación de haber recibido reproches injustos. Habría dado el mundo entero por no haberse comido todo el bollo y haberle guardado un poco a Tom. El pastelito estaba muy bueno y el paladar de Maggie lo apreciaba debidamente, pero habría pre­ferido quedarse sin él varias veces antes de que Tom la llamara glotona y se enfadara con ella. Él había dicho que no lo quería y ella se lo comió sin pensar, ¿cómo no iba a hacerlo? Durante los diez minutos siguientes, los ojos se le llenaron de tantas lágrimas que no vio nada; pasado ese tiempo, el disgusto cedió ante el deseo de reconciliación y la niña saltó de la rama para ir en busca de Tom. Ya no estaba en el prado, detrás del almiar. ¿Adónde habría ido, acompañado de Yap? Maggie corrió hacia la alta ori­lla situada junto al gran acebo, donde podía distinguir el Floss a lo lejos. Allí estaba Tom, pero el corazón le dio un vuelco al ver lo mucho que se había alejado por el camino hacia el gran río, y que no sólo lo acompaña­ba Yap, sino también el travieso Bob Jakin, que en aquel momento no se dedicaba a su función oficial —o tal vez natural—, que consistía en ahuyen­tar a los pájaros. Maggie estaba segura de que Bob era malo, aunque no sabía bien por qué: tal vez se debía a que la madre de Bob era una mujer gorda y horriblemente corpulenta que vivía en una rara casa redonda, río abajo, y a que una vez que Maggie y Tom llegaron paseando hasta allí, salió de la casa un perro manchado que no paraba de ladrar; cuando la madre de Bob surgió tras él y gritó por encima de los ladridos para decirles que no se asustaran, Maggie pensó que los estaba regañando severamente y el corazón le latió aterrorizado. Maggie creía probable que la casa redonda tuviera serpientes en el suelo y murciélagos en el dormitorio: en una oca­sión vio cómo Bob se quitaba la gorra para enseñar a Tom la pequeña ser­piente que llevaba dentro y en otra les mostró un puñado de murciélagos pequeños. En conjunto, era un chico raro, tal vez un poco diabólico, a juz­gar por la familiaridad que tenía con serpientes y murciélagos. Y, por si todo esto fuera poco, cuando Tom tenía a Bob de compañero se desen­tendía de Maggie y no le permitía ir con ellos.

Debemos reconocer que Tom disfrutaba con la compañía de Bob, ¿cómo iba a ser de otro modo? En cuanto veía el huevo de un pájaro, Bob sabía si era de golondrina, de herrerillo o de escribano cerillo; encontra­ba todos los avisperos y era capaz de preparar todo tipo de trampas; tre­paba por los árboles como si fuera una ardilla y tenía una capacidad mágica para localizar erizos y armiños. Además, poseía el valor necesario para hacer travesuras tales como abrir brechas en los setos, tirar piedras a las ovejas o matar algún gato que merodeaba «de incógnito». Tantas cualida­des en un inferior —al que podía tratar con autoridad a pesar de sus mayo­res conocimientos— ejercían una fascinación fatal sobre Tom; y Maggie estaba segura de que, en cada período vacacional, tendría algunos días de pena porque Tom se había marchado con Bob.

¡En fin! No había remedio: se había ido y a Maggie no se le ocurría mejor consuelo que sentarse junto al acebo o pasear junto al seto, imagi­nando que todo era distinto, dando forma a su pequeño mundo tal como le gustaría que fuera.

La vida de Maggie era turbulenta y éste era su opio.

Entretanto, Tom, olvidando todo lo relacionado con Maggie y el agui­jón de reproche que acababa de clavarle en el corazón, caminaba apre­suradamente con Bob, al que había encontrado por casualidad, en direc­ción a la gran cacería de ratas que iba a tener lugar en un granero cerca­no. Bob lo sabía todo sobre el tema y hablaba de la diversión con un entusiasmo que nadie, a menos que carezca de sentimientos viriles o igno­re lamentablemente el mecanismo de la caza de ratas, puede dejar de imaginar. A pesar de la maldad sobrenatural que se le atribuía, Bob no tenía un aspecto excesivamente infame; su rostro de nariz respingona y la franja de cabello rojo muy rizado resultaban incluso agradables. Llevaba siempre los pantalones recogidos hasta la rodilla para poder meterse en el agua al instante y su virtud, suponiendo que ésta existiera, era sin duda una «virtud vestida con harapos». Según la autoridad de los filósofos, incluso los más biliosos, que piensan que todo mérito bien presentado recibe excesiva recompensa, es muy probable que este tipo de virtud no obtenga reconocimiento alguno (tal vez porque pocas veces se repara en ella).

—Conozco al hombre que tiene los hurones —declaró Bob con ronca voz atiplada mientras caminaba arrastrando los pies con los azules ojos fijos en el río, como un animal anfibio que aguardara el momento oportuno para lanzarse al agua. Vive más arriba del Kennel Yard, en Saint Ogg's, allí vive. Es el mejor cazarratas que existe, vaya que sí. Es lo que más me gustaría ser, vaya que sí. Los topos no son nada en comparación. Pero ties que tener hurones, los perros no sirven. Vaya, este perro —prosiguió Bob, señalando a Yap con aire de desagrado—: no vale pa las ratas ni pa na. Ya lo vi en la caza de ratas del cobertizo de su padre.

Yap, percibiendo el desdén, se acercó a Tom con el rabo entre piernas; éste se sintió un poco dolido por él, pero no tuvo el valor sobrehumano necesario para quedarse atrás en el desprecio de un perro tan lamentable.

—No, no —dijo—. Yap no sirve para cazar. Cuando termine el colegio ten­dré perros buenos para las ratas y todo lo demás.

—Mejor los hurones, señorito Tom —dijo Bob con entusiasmo—. Hurones blancos con ojos de color de rosa. ¡Vaya! Podrá cazar sus propias ratas, y podrá poner una rata en una jaula con un hurón y mirar cómo luchan, vaya que sí. Yo pienso hacerlo. Y es casi tan divertido como ver cómo se pelean dos chicos, como los que vendían pasteles y naranjas en la feria: las cosas salían volando de las cestas y algunos de los pasteles se chafaron... pero estaban igual de buenos —añadió Bob, a modo de nota o apostilla, tras una breve pausa.

—Pero Bob —objetó Tom con aire pensativo—, los hurones son bichos desagradables que muerden a cualquiera, aunque no se les moleste.

—Caray, ahí está lo bueno. Si alguien se queda con tu hurón, no tardará en darle un buen bocado, vaya que sí.

En aquel momento, un llamativo incidente hizo que los chicos se detu­vieran en seco: un cuerpo pequeño había caído al agua entre las cercanas totoras. Bob insinuó que, si no era una rata de agua, estaba dispuesto a soportar las mas desagradables consecuencias.

—¡Allí, Yap, allí! —gritó Tom batiendo palmas mientras el pequeño hoci­co negro describía un arco hacia la orilla opuesta—. ¡Cógela, cógela!

Yap agitó las orejas y arrugó la frente, pero se negó a lanzarse al agua e intentó que unos ladridos cumplieran el mismo propósito.

—¡Eh, cobarde! —dijo Tom, dándole una patada, sintiéndose humillado en su espíritu de cazador por poseer un animal tan pusilánime. Bob se abs­tuvo de todo comentario y avanzó aunque, para variar, prefirió caminar por la orilla inundada y poco profunda.

—Ahora no está tan lleno, el Floss —dijo Bob mientras propinaba una patada al agua con la agradable sensación de mostrarse insolente con el río—. Vaya, el año pasado todos los prados eran cono una sábana de agua, vaya que sí.

—Sí, pero una vez —objetó Tom, dispuesto a ver una oposición entre dos afirmaciones que, en realidad, coincidían— hubo una inundación y se formó la Laguna Redonda. Lo sé porque me lo ha contado mi padre. Y se ahogaron las ovejas y las vacas, y las barcas se quedaron sobre los campos.

—Me da igual si hay una inundación —contestó Bob—, me da igual estar en el agua o en la tierra. Nadaría, vaya que sí.

—¿Y si no tienes nada que comer durante mucho tiempo? —preguntó Tom, cuya imaginación se había disparado bajo el estímulo de la amenaza—. Cuando sea mayor, construiré un barco con una casa de madera enci­ma, como el arca de Noé, y la tendré llena de comida, conejos y otras cosas. Y si llega una inundación, me dará lo mismo... Y si te veo por ahí nadan­do, te dejaré subir —añadió en tono de patrón benévolo.

—No m'asusta —dijo Bob, a quien el hambre no alarmaba tanto—, pero subiré y sacrificaré a los conejos con un porrazo en la cabeza cuando usted quiera comérselos.

—Y si tenemos medio penique, jugaremos a adivinar si cae cara o cruz —dijo Tom, sin pensar en la posibilidad de que este juego resultara menos atractivo en su madurez—. Empezaría repartiendo las monedas y veríamos quién ganaba.

—Aquí tengo medio penique —anunció Bob, orgulloso, saliendo del agua y lanzando al aire la moneda—. ¿Cara o cruz?

—Cruz —dijo Tom, enardecido al instante por el deseo de ganar.

—Pues es cara —contestó Bob rápidamente, agarrando la moneda al caer.

—No lo era—gritó Tom imperiosamente—. Dame el medio penique, lo he ganado justamente.

—No pienso dárselo —dijo Bob, metiendo la mano en el bolsillo.

—Entonces haré que me lo des a la fuerza —dijo Tom.

—No puede hacer que le dé nada, no puede —contestó Bob.

—Sí, sí puedo.

—No, no puede.

—Yo soy el amo.

—A mí qué me importa.

—Ya verás cómo t’importa, tramposo —dijo Tom, agarrando a Bob por el cuello y sacudiéndolo.

—Suélteme —dijo Bob, propinándole una patada.

A Tom se le subió la sangre a la cabeza: arremetió contra Bob y lo derri­bó, pero éste lo agarró como un gato y lo arrastró consigo. Lucharon unos momentos en el suelo hasta que Tom, sujetando a Bob contra la tierra por los hombros, creyó que dominaba la situación.

—Di que vas a darme el medio penique ahora mismo —dijo Tom con dificultad mientras se esforzaba por sujetar los brazos de Bob.

Pero en ese momento, Yap, que había estado corriendo delante de los niños, regresó ladrando al escenario de la acción y vio una oportunidad favorable para morder la pierna desnuda de Bob, no sólo con impunidad, sino también con honor. El dolor producido por los dientes de Yap, en lugar de sorprender a Bob y hacerle soltar a su contrario, le dio mayor tenacidad y, con un nuevo esfuerzo, tiró a Tom de un empujón y se colo­có encima. Sin embargo, Yap, que no había conseguido presa suficiente, clavó los dientes en otro lugar, de modo que Bob, acosado, soltó a Tom, agarró a Yap hasta casi estrangularlo y lo tiró al río. En ese momento, Tom estaba ya de pie y, antes de que Bob hubiera recuperado el equilibrio tras lanzar a Yap, se le echó encima, lo tiró al suelo y le clavó la rodilla sobre el pecho.

—Ahora me das el medio penique —dijo Tom.

—Cójalo —dijo Bob, enfurruñado.

—No, no quiero cogerlo. Dámelo.

Bob se sacó la moneda del bolsillo y la tiró a lo lejos. Tom soltó a Bob y dejó que se levantara.

—Ahí se queda —declaró Tom—. Yo no lo quiero: no pensaba quedárme­lo. Pero tú querías hacer trampa y eso no me gusta. Ya no quiero ir más contigo —añadió, dando media vuelta para dirigirse a su casa, no sin recor­dar con tristeza la caza de ratas y otros placeres a los que junto con la com­pañía de Bob renunciaba.

—Pues déjelo si quiere —gritó Bob a su espalda—. Hago trampas si me da la gana: además, ese juego no es divertido. Y sé dónde hay un nido de jil­gueros, pero ya me encargaré de que no lo sepa... Y es un imbécil, es un...

Tom avanzó sin mirar atrás y Yap siguió su ejemplo, después de que el baño de agua fría moderara sus pasiones.

—Anda, váyase con ese perro ahogado: no querría un perro así ni rega­lao—gritó Bob más fuerte, en un último esfuerzo por mantener el desafío— Pero Tom no cedió a la provocación y no se dio la vuelta, y la voz de Bob vaciló un poco al añadir:

—Y no pienso enseñarle nada ni darle nada más, y no quiero saber nada de usté... Y aquí tié la navaja con mango de asta que me dio... —Bob lanzó la navaja en dirección a Tom tan lejos como pudo, pero sin otra consecuen­cia que el terrible vacío que sintió al perderla.

Permaneció inmóvil hasta después de que Tom pasara por el portón y desapareciera tras el seto. En el suelo, la navaja no sería de utilidad para nadie: Tom no se sentiría ofendido y tanto el orgullo como el rencor eran débiles pasiones para Bob en comparación con lo mucho que le gustaba aquel cuchillo. Los dedos se le estremecían y le rogaban que fuera a reco­ger aquella navaja con cachas de asta que con tanta frecuencia asían por puro placer mientras la llevaba ociosa en el bolsillo. Además, tenía dos hojas y acababa de afilarlas. ¿Qué es la vida sin una navaja de bolsillo para aquel que ha conocido lo que supone poseer una? No: tirar el mango tras el hacha es un acto de desesperación comprensible, pero tirar una navaja de bolsillo tras un amigo implacable es una hipérbole en todos los senti­dos, un exceso. De modo que Bob se dirigió arrastrando los pies hasta el lugar donde había caído al suelo su querida navaja y después de aquella separación temporal sintió un placer nuevo al asirla, abrir una hoja tras otra y palpar el filo con el calloso pulgar. ¡Pobre Bob! No era muy estricto en las cuestiones de honor, no era un personaje caballeresco. Este delica­do aroma moral tampoco habría sido tenido en alta estima en Kennel Yard, el centro del mundo de Bob, suponiendo que allí se percibiera. Sin embargo, a pesar de todo, Bob no era un granuja ni un ladrón, tal como había decidido rápidamente nuestro amigo Tom.

Tom, como habrá advertido el lector, era un personaje radamantino y su sentido de la justicia era mayor que el de otros chicos: una justicia que desea infligir daño a los culpables en la medida en que lo merecen y que no se altera por las dudas en relación con la exacta medida del castigo. Cuando Tom llegó a casa, Maggie reparó en su aspecto sombrío, lo que frenó su alegría por verlo llegar antes de lo esperado y apenas se atrevió a dirigirle la palabra mientras él permanecía en silencio, lanzando guijarros a la presa del molino. No es nada agradable renunciar a una cacería de ratas cuando uno se ha hecho ilusiones. Pero si le hubieran preguntado a Tom en ese momento, habría dicho: «Volvería a hacer lo mismo». Así era como acostumbraba a contemplar sus actos, en tanto que Maggie siempre desea haber hecho otra cosa.

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