George Eliot El molino del Floss



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Capítulo V


El último conflicto
Una noche de la segunda semana de septiembre, Maggie se encontraba de nuevo sentada en su solitaria habitación, combatiendo contra los viejos enemigos fantasmales que resucitaban una y otra vez. Era más de media­noche y la lluvia golpeaba con furia contra la ventana, empujada por el viento irregular que gemía con estruendo. Al día siguiente de la visita de Lucy se produjo un repentino cambio en el tiempo: el calor y la sequía habían dado paso a vientos fríos y variables, así como a intensos chaparro­nes, de modo que le prohibieron que emprendiera el viaje previsto hasta que el tiempo mejorara. En los condados situados curso arriba del Floss, las lluvias habían sido continuas y se había interrumpido la recolección de la cosecha. En aquel momento hacía ya dos días que no cesaba de llover en aquel tramo bajo del río, de modo que los más ancianos movían la cabe­za y hablaban de lo sucedido sesenta años atrás, cuando unas lluvias simi­lares, hacia el equinoccio, trajeron las grandes inundaciones que se llevaron el puente y arrasaron la población. Con todo, la generación más joven, que había visto ya varias inundaciones pequeñas, no tomaba muy en serio esos recuerdos y augurios sombríos, y Bob Jakin, naturalmente propenso a confiar en su buena suerte, se reía de su madre cuando ésta se lamenta­ba de que hubieran tomado una casa junto a la orilla de río, diciéndole que, si no fuera por eso, no tendrían botes, que en caso de inundación serían la posesión más preciada para poder ir a buscar comida.

Sin embargo, en aquel momento dormían en sus camas tanto los despreocupados como los temerosos. Se esperaba que la lluvia amainara al día siguiente; los jóvenes recordaban que las peores amenazas como resultado de algún deshielo repentino tras una nevada habían pasado sin conse­cuencia alguna; y, en el peor de los casos, se desbordarían las orillas curso abajo cuando subiera la marea, y de igual manera se irían las aguas sin cau­sar mas que molestias temporales y pérdidas que sólo sufrirían los más pobres, a los que la caridad se encargaría de aliviar.

En aquel momento, todos estaban en la cama, porque era ya más de medianoche: todos, excepto algunos insomnes solitarios como Maggie. Estaba sentada en el pequeño salón, frente al río, con una vela que deja­ba en penumbra toda la habitación menos la carta que tenía ante sí en la mesa. La carta, que había recibido durante el día, era una de las cau­sas de estuviera todavía en pie, ajena al paso de las horas y sin preocu­parse de buscar descanso, pues no concebía ya otro que el reposo lejano del que no volvería a despertar a esta vida terrenal llena de luchas. Dos días antes de recibir la carta, Maggie había ido a la rectoría por última vez. Desde entonces, la fuerte lluvia le habría impedido ir, pero no era ése el único motivo de su ausencia. El doctor Kenn, que al principio se enteró por algunas insinuaciones del sesgo que estaban tomando los chismorreos y las calumnias sobre Maggie, se había informado de todo a través de los vivos reproches de uno de sus parroquianos, el cual insistió en lo poco adecuado que era oponerse a través de la resistencia a los sen­timientos dominantes en la parroquia. El doctor Kenn, que tenía la con­ciencia muy tranquila, se sentía inclinado a perseverar y era reacio a ceder ante un sentimiento público odioso y despreciable; pero terminó cediendo tras considerar que la responsabilidad de su cargo le exigía evi­tar la apariencia del mal y que esta «apariencia» depende siempre de la calidad media de las mentes del entorno. Allí donde éstas son toscas y groseras, la extensión de esta «apariencia» se amplía de modo propor­cional. Quizá corría el peligro de actuar movido por la obstinación; tal vez fuera su deber rendirse: las personas escrupulosas son capaces de advertir en qué momento el deber exige tomar el camino más difícil, y para el doctor Kenn siempre había sido doloroso echarse atrás. Decidió que debía aconsejar a Maggie que se marchara de Saint Ogg's una tem­porada; y llevó a cabo esta difícil tarea con tanta delicadeza como pudo, limitándose a decirle vagamente que su permanencia era una fuente de discordia entre él y sus parroquianos que podría dificultar su utilidad como pastor. Le rogó que le permitiera escribir a un amigo suyo, tam­bién clérigo, que podría tomarla como institutriz; y, si él no podía, tal vez conociera algún puesto para una joven por cuyo bienestar el doctor Kenn se interesaba vivamente.

La pobre Maggie escuchó con labios temblorosos: no pudo decir más que un débil «gracias, se lo agradeceré y se marchó a su alojamiento bajo la lluvia torrencial con una nueva sensación de desolación. No le quedaba más remedio que ser una nómada solitaria, tendría que ir a vivir entre caras nuevas que la mirarían con curiosidad mientras se preguntaban por qué los días no parecían aportarle felicidad alguna; debía empezar una nueva vida, en la que tendría que animarse para recibir nuevas impresio­nes ¡y se sentía indeciblemente cansada! Los que cometían errores no tenían hogar e incluso quienes se compadecían de ellos debían mostrarse duros. ¿Acaso debía quejarse? ¿Debía apartarse de una vida de penitencia, que era la única posibilidad de aligerar la carga de otros que también sufrían, y transformar así aquel error apasionado en una fuerza nueva de amor humano generoso? Pasó todo el día siguiente sentada en la solitaria habitación, ante una ventana oscurecida por las nubes y la fuerte lluvia, pensando en aquel futuro y esforzándose en tener paciencia ¿Qué reposo podía conseguir Maggie si no era luchando?

Y al tercer día, el día que acababa de terminar, había llegado la carta que tenía ante sí sobre la mesa.

La carta era de Stephen. Había regresado de Holanda: estaba en Mudport, sin que sus familiares lo supieran, y desde allí le escribía y entre­gaba la carta a una persona de su confianza. Desde el principio hasta el final, era un apasionado grito de reproche, una protesta por el inútil sacri­ficio: de él, de ella; contra aquella pervertida noción del bien que la había llevado a aplastar todas sus esperanzas por una simple idea, pero no por un bien concreto: las esperanzas de él, al que ella amaba y que la amaba con una pasión irresistible, con una adoración que un hombre sólo siente una vez en su vida por una mujer.
Me han escrito que vas a casarte con Kenn. ¡Como si fuera a creérmelo! Quizá te habrán contado cuentos parecidos sobre mí. Quizá te hayan dicho que he estado «viajando». Es cierto que mi cuerpo ha ido de un sitio a otro, pero yo no me he movi­do del horrible lugar donde me dejaste, donde desperté del estupor de una rabia impo­tente y vi que te habías ido.

¡Maggie! ¿Quién puede haber sufrido tanto como yo? ¿Quién tiene una herida como la mía? ¿Quién ha conocido, como yo, esa larga mirada de amor que ha ardi­do en mi alma de modo tal que ninguna otra imagen puede entrar en ella? ¡Maggie, dime que vaya contigo! ¡Llévame de nuevo a la vida y a la bondad! Ahora vivo des­terrado de las dos. No tengo motivos: todo me da igual. Estos dos meses sólo han hecho más profunda la certeza de que la vida sin ti no me interesa. Escríbeme una sola palabra, dime «Ven» y en dos días estaré a tu lado. Maggie, ¿has olvidado lo que era estar juntos, mirarnos, oír la voz del otro?
Cuando Maggie leyó esta carta por primera vez tuvo la sensación de que la verdadera tentación acababa de empezar. A la entrada de la fría y oscu­ra caverna, nos alejamos de la cálida luz con el coraje intacto; pero cómo encontrarlo después, cuando hemos avanzado en la húmeda oscuridad y hemos empezado a sentirnos débiles y cansados, y se abre repentinamen­te sobre nosotros una abertura que nos invita a regresar a la próvida luz del día. El impulso del deseo natural bajo la presión del dolor es tan inten­so que es probable que olvidemos todos los motivos menos inmediatos hasta que escapemos del dolor.

Durante varias horas, Maggie se sintió como si su lucha hubiera sido en vano. Durante varias horas, la imagen de Stephen esperando la palabra que lo llevara hacia ella barrió cualquier otra idea. Maggie no había leído la carta: había oído la voz de Stephen pronunciando cada palabra, y su voz había tenido la misma extraña capacidad de conmoverla. A lo largo del día anterior se había alzado ante sí la visión de un futuro solitario que debería recorrer con la carga del arrepentimiento y con la única ayuda de la fe. ¡Y ahora, al alcance de la mano, imponiéndose casi como un derecho, se le presentaba otro futuro en el que en lugar de penalidades y esfuerzos se le ofrecía la posibilidad de descansar en la fuerza amorosa de otra persona! Y, sin embargo, esa promesa de alegría en lugar de tristeza no era la mayor tentación para Maggie. Lo que le hacía vacilar era el tono de tristeza de Stephen, la duda sobre la justicia de su decisión, y fue eso lo que hizo que en una ocasión se levantara de su asiento para tomar papel y pluma y escri­bir: «¡Ven!».

Pero cuando estaba a punto de realizar ese acto decisivo, se echó atrás; y con un pinchazo, como si fuera una degradación consciente, sintió que aquello estaba en contradicción con su forma de ser en los momentos de fuerza y clarividencia. No —debía esperar, debía rezar—, la luz que había visto volvería: sentiría otra vez lo mismo que cuando huyó, empujada por una inspiración lo bastante fuerte para vencer la agonía, para vencer el amor: debía sentir otra vez lo mismo que cuando Lucy estaba a su lado, cuando la carta de Philip había hecho vibrar todas las fibras que la unían a un sosegado pasado.

Permaneció sentada y quieta, dejando pasar las horas de la noche: sin impulso para cambiar de actitud, sin fuerzas siquiera para rezar mental­mente: sólo esperaba la luz que, sin duda, volvería.

Y la luz llegó con los recuerdos que ninguna pasión podía apagar duran­te mucho tiempo: el pasado regresó y, con él, la fuente de la piedad, la renuncia y el afecto, la lealtad y la decisión. Las palabras que señalaba la mano quieta en el librito que había aprendido de memoria tiempo atrás brotaron en sus labios y encontraron salida en un bajo murmullo que se perdió en el estruendo de la lluvia contra la ventana y el fuerte gemido del viento: «He recibido la Cruz, la he recibido de tu mano; cargaré con ella y la soportaré hasta la muerte, puesto que tú me la has dado».

Pero no tardaron en surgir otras palabras, que sólo podían expresarse en sollozos: «¡Perdóname, Stephen! Todo pasará. Volverás con ella». Tomó la carta, la acercó a la vela y dejó que ardiera lentamente en la chi­menea.

«Cargaré con ella, la soportaré hasta la muerte... ¡Pero cuánto tiempo queda hasta que llegue la muerte! Soy tan joven, tan sana. ¿Cómo voy a tener fuerza y paciencia? ¡Oh, Dios mío! ¿Tendré que luchar, caer y volver a arrepentirme? ¿La vida me reserva pruebas tan duras como éstas?» Con este grito de desesperación de sí misma, Maggie cayó de rodillas contra la mesa y ocultó el rostro lleno de dolor. Su alma se elevó hacia la Piedad invi­sible que estaría con ella hasta el fin. ¿Acaso la experiencia le enseñaría algo y estaría aprendiendo el secreto de la ternura y el sufrimiento huma­nos, que quizá otros que no erraban desconocían? «Oh, Dios mío, si mi vida ha de ser larga, deja que viva con tu bendición y consuelo... »

En aquel momento, Maggie se sobresaltó con una sensación de frío repentino en las rodillas y en los pies: el agua corría por el suelo. Se puso en pie de un brinco: el agua entraba por debajo de la puerta que condu­cía al pasillo. No se sintió desconcertada ni un instante: sabía que el río se había desbordado.

El tumulto de emociones que había estado soportando durante las últi­mas doce horas parecía haberle dejado una gran calma: sin gritar, con la vela en la mano, se encaminó a toda prisa al dormitorio de Bob Jakin. La puerta estaba entornada, entró y lo sacudió por el hombro.

—¡Bob! ¡Se ha desbordado el río! ¡Entra agua en la casa! Vamos a ver si podemos poner a salvo los botes.

Maggie encendió la vela de Bob mientras su pobre esposa agarraba a la nena y empezaba a gritar; después bajó corriendo las escaleras para ver si las aguas subían deprisa. A los pies de la escalera había una puerta que daba a una habitación, situada un peldaño más abajo: el agua llegaba ya a ese escalón. Mientras miraba, algo chocó contra la ventana con un tre­mendo estruendo y lanzó hacia el interior de la casa los cristales emplo­mados y el viejo marco de madera hechos añicos, tras lo cual el agua irrumpió torrencialmente.

—¡Es el bote! ——gritó Maggie—. ¡Bob, ven a coger los botes!

Y sin miedo alguno se metió en el agua, que le llegaba ya a las rodillas, y, a la temblorosa luz de la vela que había dejado en las escaleras, subió al alféizar y trepó al interior del bote, que metía la proa por la ventana. Bob no tardó en bajar a toda prisa sin medias ni zapatos, pero con la linterna en la mano.

—¡Vaya! Si están aquí los dos, los dos botes —dijo Bob mientras se metía en el que estaba Maggie—. Qué suerte que no se hayan roto el amarre ni el embarcadero.

Con la agitación de subir al otro bote, desatarlo y coger un remo, a Bob no le inquietó el riesgo que corría Maggie. Cuando compartimos el peli­gro, no tememos por quienes no tienen miedo, y Bob estaba concentrado en pensar en diversas alternativas para garantizar la seguridad de los seres indefensos que se encontraban dentro de la casa. El hecho de que Maggie hubiera estado en pie, lo hubiera despertado y hubiera tomado la iniciati­va le daba a Bob la vaga impresión de que era alguien que le ayudaría a proteger a los demás y no necesitaba protección. Maggie también se había apoderado de un remo para empujar y sacar el bote de la ventana.

—El agua sube tan aprisa que creo que no tardará en llegar a las habitaciones, la casa es muy baja —dijo Bob—. Casi que prefiero meter a Prissy, la nena y mi madre en el bote y fiarme del agua, porque la casa es vieja y poco segura. Y si dejo el bote... ¡pero usted! —exclamó, levantando repentina­mente la linterna hacia Maggie, que estaba de pie bajo la lluvia, con el remo en la mano y el cabello negro al viento.

Maggie no tuvo tiempo de contestar, porque una nueva ola avanzó entre las casas y arrastró los dos botes hacia la corriente principal con tal fuerza que los llevó más allá del punto de confluencia con la corriente del río.

Durante los primeros momentos, Maggie no sintió nada y creyó que acababa de abandonar esta vida que tanto había temido: aquello era el tran­ce de la muerte sin agonía y estaba sola en la oscuridad con Dios.



Había sido todo tan rápido —tan irreal— que se habían roto los vínculos de la usual asociación de ideas: se dejó caer sobre el banco, agarró el remo de modo reflejo y, durante un rato, no fue consciente de dónde se encon­traba. Lo primero que la hizo reaccionar fue el fin de la lluvia y la sensa­ción de que una débil luz dividía la oscuridad en dos y permitía distinguir entre la penumbra situada en lo alto y la inmensidad de las aguas. La arras­traba la inundación: esa terrible visita de Dios de la que tanto hablaba su padre, pesadilla de sus sueños infantiles. Y ese pensamiento trajo consigo la visión de su casa, de Tom, de su madre, con quienes escuchaba esas his­torias.

—¡Dios mío! ¿Dónde estoy? ¿Por dónde se va a casa? —gritó en la oscura soledad.

¿Qué sucedía a quienes estaban en el molino? En una ocasión, una inundación estuvo a punto de destruirlo. Quizá se encontraran en peligro, en un apuro. ¡Su madre y su hermano, solos, sin que nadie pudiera pres­tarles ayuda! Se estremecía con esa idea y veía los rostros amados buscan­do ayuda en la oscuridad sin encontrar ninguna.

Ahora flotaba en aguas lisas, tal vez perdida en los campos inundados. Ninguna sensación de peligro inminente le impedía pensar en su viejo hogar, y se esforzó por ver a través de la cortina de oscuridad para poder averiguar dónde se encontraba, para intentar distinguir algún indicio del lugar hacia el cual tendía su inquietud.

¡Con qué alegría recibió la progresiva extensión de las lúgubres aguas, la gradual elevación del nuboso firmamento, la lenta definición de los ne­gros objetos sobre la brillante oscuridad! Sí, tenía que estar sobre los cam­pos, aquéllas eran las copas de unos árboles formado seto. ¿Por dónde estaría el río? Miró hacia atrás y vio hileras de árboles negros: hacia delan­te no vio ninguno, luego tenía el río ante sí. Tomó el remo y empezó a remar hacia delante con la energía de una nueva esperanza: ahora que actuaba, el alba parecía avanzar más rápidamente, y no tardó en ver unas pobres bestias agrupándose lastimeramente sobre la colina en que se habían refugiado. Siguió remando con golpes ora superficiales, ora pro­fundos a la creciente luz del amanecer: las ropas mojadas se le pegaban al cuerpo y el viento le agitaba el cabello suelto, pero apenas era consciente de ninguna sensación física, excepto la fuerza que le inspiraba la intensa emoción. Junto con la sensación de peligro y el deseo de rescatar a los recordados seres que vivían en su viejo hogar, experimentaba una indefi­nida sensación de reconciliación con su hermano. ¿Qué pelea, qué roce, qué falta de fe en el otro puede sobrevivir ante una gran catástrofe, cuan­do todos los artificios de nuestra vida han desaparecido, somos solo uno y sentimos las mismas necesidades primitivas? Maggie lo sentía de modo impreciso, mezclado con el intenso amor hacia su hermano que renacía y borraba todas las impresiones de dureza, crueldad e incomprensión, y dejaba los recuerdos profundos, subyacentes e inamovibles de los prime­ros años de unión.

Distinguió ahora una gran masa oscura a lo lejos y, más cerca, la corrien­te del río. Aquella masa negra tenía que ser... sí, era Saint Ogg's. Ah, ahora sabía hacia dónde mirar para localizar los árboles bien conocidos: los sauces grises, los castaños amarillentos y, por encima de ellos, el viejo teja­do; pero todavía no se percibían formas ni colores: todo era tenue y borro­so. Se sentía cada vez más fuerte, como si estuviera gastando en aquel mo­mento unas reservas que no necesitaría ya en el futuro.

Mientras imaginaba cada vez con mayor nitidez la situación en que se encontraría su viejo hogar, se le ocurrió pensar que debía meter el bote en la corriente del Floss para cruzar hasta el Ripple y acercarse a la casa; pero entonces sería fácil que la arrastrara la corriente y no pudiera volver a salir de ella. Por primera vez tuvo clara noción de peligro; pero no había elec­ción, no había duda posible, y derivó hacia la corriente. Ahora corría sin esfuerzo; a medida que disminuía la distancia y aumentaba la luz, empe­zaba a distinguir objetos que identificaba como árboles y tejados bien conocidos: más aún, ya no estaba lejos de una fuerte corriente fangosa que debía de ser el Ripple, extrañamente cambiado.

¡Santo cielo! Las aguas arrastraban unos bultos flotantes que podían golpear el bote al pasar junto a ella y hacer que se ahogara demasiado pronto. ¿Qué serían aquellos bultos?

Por primera vez, el corazón de Maggie empezó a latir con un terrible temor. Permaneció sentada e indefensa, apenas consciente de que la arras­traban las aguas, pensando en el choque inminente. Pero el horror duró poco y desapareció antes de alcanzar los muelles de Saint Ogg's: así pues, había pasado ya la desembocadura del Ripple: ahora tenía que utilizar toda su habilidad y su fuerza para conducir el bote y sacarlo de la corrien­te. Vio entonces que el puente estaba roto: distinguió el mástil de un barco encallado a lo lejos, en los campos anegados. Pero no se veía ningún bote en el río: seguramente, estarían utilizando en las calles inundadas los que hubieran podido encontrar.

Con renovada decisión, Maggie se puso en pie para remar: pero el reflu­jo aceleraba la velocidad del río y la arrastró más allá del puente. Oyó gri­tos procedentes de las ventanas que daban sobre el río, como si la gente la llamara. Cuando se encontraba casi a la altura de Tofton, pudo salir de la corriente. Entonces, tras lanzar una mirada de anhelo hacia la casa del tío Deane, situada más abajo, tomó ambos remos y bogó con todas sus fuerzas por los campos inundados, retrocediendo hacia el molino. Los colores empezaban a despertar y, a medida que se acercaba a los campos de Dorlcote, fue distinguiendo los tonos de los árboles: vio los viejos pinos albares a lo lejos, hacia la derecha, y los castaños de su casa. ¡Oh! El agua los cubría hasta muy arriba, más arriba que otros árboles situados en aquel lado de la colina. ¿Y el tejado del molino? ¿Dónde estaba? Y los pesados fragmentos que bajaban por el Ripple, ¿qué significaban? Pero no eran de la casa, la casa se mantenía firme: sumergida hasta el primer piso, pero firme ¿o tal vez estaba rota hacia el lado del molino?

Jadeando, feliz de haber llegado y más dichosa que inquieta, Maggie se acercó a la fachada de la casa.

Al principio no oyó nada: no vio que nada se moviera. El bote quedaba a la altura de las ventanas delanteras.

—Tom, ¿dónde estás? —llamó con voz alta y potente—. ¿Dónde está, madre? Soy yo, Maggie.

Enseguida, desde la ventana situada bajo el tejado, oyó la voz de Tom.

—¿Quién es? ¿Tiene un bote?

—Soy yo, Tom. ¿Dónde está madre?

—No está aquí: se fue a Garum anteayer. Voy a la ventana de abajo. —Y, cuando abrió la ventana central, situada al mismo nivel que el bote, pre­guntó, atónito——: ¿Estás sola, Maggie?

—Sí, Tom: Dios me ha tenido de su mano y me ha traído hasta aquí. Sube rápido. ¿Hay alguien más?

—No —contestó Tom, subiendo al bote—. Me temo que el encargado se ha ahogado, que se lo llevó el Ripple cuando se cayó parte del molino, derribado por las piedras y los árboles: llevo gritando todo el rato y nadie me ha contestado. Dame los remos, Maggie.

Sólo después de que se alejaran de allí, cuando se encontró sobre las aguas —cara a cara con Maggie— Tom alcanzó a comprender la magnitud de lo sucedido. Fue una revelación tan abrumadora, tan inesperada sobre las profundidades de la vida, sobre todo lo que había sido incapaz de ver —él que creía tener una vista tan aguda y clara— que se sintió incapaz de hacer ninguna pregunta. Permanecieron sentados, mirándose: Maggie, con unos ojos intensamente vitales, lo miraba desde un rostro cansado, derrotado; Tom, pálido, con cierta expresión de respeto y humillación. El pensamiento estaba ocupado, pero los labios permanecían en silencio: y aunque no pudo formular ninguna pregunta, Tom adivinó el relato de un esfuerzo protegido de modo casi milagroso. Al fin, una neblina cubrió los ojos de color gris azulado y los labios hallaron una palabra que podían pro­nunciar: el infantil « ¡Maggie! ».

Maggie no pudo dar otra respuesta que un sollozo largo y profundo que expresaba aquella felicidad misteriosa y maravillosa íntimamente ligada al dolor.

—Vamos a buscar a Lucy —dijo Maggie en cuanto pudo hablar—. Tom, vamos a ver si está a salvo, y después ayudaremos a los demás.

Tom remó con vigor infatigable, a velocidad muy distinta que la pobre Maggie. No tardó el bote en encontrarse de nuevo en la corriente del río, de modo que no tardarían en llegar a Tofton.

—Park House se encuentra por encima del nivel de las aguas —dijo Maggie—, quizá hayan enviado allí a Lucy.

No dijeron nada más; el río les traía un nuevo peligro. Parte de la maquinaria de madera de los muelles acababa de ceder y el agua arrastra­ba enormes fragmentos. Amanecía ya y la desolación de las aguas se exten­día con terrible nitidez en torno a ellos, y con la misma terrible nitidez avanzaban a toda velocidad las masas amenazadoras. La numerosa tripu­lación de un bote que se abría paso bajo las casas de Tofton observó el peli­gro que corrían.

—¡Salgan de la corriente! —gritaron.

Pero no era fácil y Tom, mirando ante sí, vio cómo la muerte se preci­pitaba hacia ellos. Los enormes fragmentos, en fatal fraternidad, forma­ban una enorme masa que avanzaba con la corriente.

—¡Ya está aquí, Maggie! —dijo Tom con voz profunda y ronca, soltando los remos y abrazándola.

Al instante siguiente, el bote ya no estaba sobre las aguas y la enorme masa seguía su horrible marcha triunfal.

Pero no tardó en reaparecer la quilla del bote, como un punto negro en el agua dorada.

Reapareció el bote, pero los hermanos se habían hundido, unidos en un abrazo del que jamás se habrían de separar, reviviendo, en un momen­to supremo, los días en que, tomados de la mano en un gesto de cariño, vagaban por los campos de margaritas.




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