George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


Maggie y Lucy
Hacia finales de la semana, el doctor Kenn había llegado ya a la conclusión de que sólo de una manera podía asegurar a Maggie una vida adecuada en Saint Ogg's. A pesar de sus veinte años de experiencia como párroco, le horrorizaba la obstinada insistencia en acusarla a pesar de todas las prue­bas. Hasta la fecha, se había sentido más adorado y solicitado de lo que le resultaba agradable; sin embargo, ahora que intentaba abrir los oídos de las mujeres a la razón y sus conciencias a la justicia en favor de Maggie Tulliver, advertía que se encontraba tan indefenso como si hubiera pre­tendido influir en la forma de los sombreros. Nadie podía llevar la con­traria al doctor Kenn y lo escuchaban atentamente en silencio; pero si, en cuanto salía de la habitación, se comparaban las opiniones de sus oyentes con las que sostenían momentos antes, se podía observar que no se había producido el menor cambio. Era innegable que la señorita Tulliver se había comportado de modo reprensible: ni siquiera el doctor Kenn lo ne­gaba, ¿cómo podía, pues, mostrarse tan indulgente e interpretar todo lo que había hecho de modo tan favorable? Aunque se partiera de la suposi­ción mas crédula, a saber, que nada de lo que se decía de la señorita Tu­lliver era cierto, desde el momento en que se había dicho, la joven había quedado envuelta en una mala fama tal que toda mujer que quisiera cui­dar de su reputación y de la sociedad— debía alejarse de ella. Para tomar a Maggie de la mano y decirle: «No creeré nada malo que se diga de usted sin pruebas: mis labios no lo repetirán; mis oídos permanecerán cerrados para no oírlo. Yo también soy mortal y puedo equivocarme, tropezar y fra­casar en mis esfuerzos más ardientes. Ha tenido usted peor suerte que yo, mayores tentaciones. Ayudémonos a mantenernos en pie y caminar sin más tropiezos», habría hecho falta valor, piedad, conocimiento de sí mismo, generosa confianza; un espíritu que no encontrara placer en el chismorreo, que no se exaltara con la condena ajena, que no se engallara con la idea de que la vida tiene un fin moral ni con una religión que exclu­yera la lucha por la verdad, la justicia y el amor hacia los hombres y mujeres que se cruzan en nuestro camino. Las señoras de Saint Ogg's no se dejaban seducir por nociones especulativas; no obstante, tenían una abstracción favorita, llamada sociedad, que servía para tranquilizar su con­ciencia mientras hacían lo que satisfacía su egoísmo: pensar y decir lo peor de Maggie Tulliver y darle la espalda. A buen seguro, para el doctor Kenn resultó decepcionante que, después de recibir incienso superfluo durante dos años de sus parroquianas, ahora éstas tuvieran un punto de vista con­trario y lo mantuvieran incluso frente a una autoridad mayor que la del doctor Kenn y a la que veneraban desde mucho tiempo atrás. Esta autori­dad había dado una respuesta muy explícita a quienes querían saber dónde empezaban sus deberes sociales, y esta respuesta no aludía al bien último de la sociedad, sino a «cierto hombre» que padeció y fue margina­do.

Sin duda, en Saint Ogg's había mujeres con conciencia y corazón tiernos: probablemente, en la misma proporción que en cualquier otra pequeña ciudad comercial de la época. Pero hasta que todo hombre bueno sea tam­bién valiente, debemos esperar que la mayoría de las buenas mujeres sean tímidas: incluso demasiado para creer en la rectitud de sus mejores ten­dencias cuando éstas las sitúan en minoría. Y no todos los hombres de Saint Ogg's eran valientes, ni mucho menos: incluso a algunos les gusta­ban los escándalos y, hasta cierto punto, eso habría dado a su conversación un carácter afeminado si ésta no se hubiera distinguido por las bromas masculinas y un encogerse de hombros ante los odios entre mujeres. Los varones de Saint Ogg's compartían la idea de que no había que interferir en las relaciones femeninas.

Así pues, todos los intentos del doctor Kenn para procurar algún tipo de reconocimiento o empleo para Maggie le decepcionaron. La esposa de James Torry no quiso ni pensar en tomar a Maggie como institutriz, ni siquiera temporalmente: una joven de la que «se habían dicho cosas seme­jantes» y sobre la cual «bromeaban los caballeros»; y la señorita Kirke, que tenía dolores de columna y deseaba alguien que le leyera y le hiciera com­pañía, declaró estar segura de que Maggie poseía un carácter con el que ella, por su parte, no deseaba arriesgarse a tener el menor trato. ¿Y por qué la señorita Tulliver no aceptaba el refugio que le ofrecía su tía Glegg? No correspondía a una chica como ella rechazarlo. O, mejor aún, ¿por qué no se iba de allí y encontraba un trabajo donde nadie la conociera? (Al pare­cer, no era grave que pudiera llevar sus peligrosas tendencias a familias desconocidas en Saint Ogg's.) Debía de ser muy fresca y muy dura para desear quedarse en una parroquia donde tanto se la miraba y se murmu­raba de ella.

El doctor Kenn, que poseía gran firmeza de carácter, ante esta oposi­ción, como cualquier otro hombre firme, tomó una determinación que iba incluso más allá de lo previsto. Necesitaba una institutriz que se ocu­para de sus hijos pequeños durante el día y, aunque al principio dudó en ofrecer el puesto a Maggie, lo decidió la intención de protestar con toda la fuerza de su autoridad personal y sacerdotal contra las calumnias que la marginaban. Maggie aceptó, agradecida, un empleo que suponía unos deberes y un apoyo igualmente importantes: ahora tendría los días ocu­pados y las noches solitarias serían un descanso bien recibido. Ya no necesitaba que su madre se sacrificara quedándose con ella y convenció a la señora Tulliver de que regresara al molino.

Sin embargo, la gente empezó a advertir que el doctor Kenn, que tan ejemplar parecía hasta el momento, tenía sus cosillas y, probablemente, sus debilidades. El sector masculino de Saint Ogg's sonrió con cierta sim­patía y manifestó que no le sorprendía que a Kenn le gustara ver un par de hermosos ojos todos los días o que se mostrara inclinado a juzgar el pasado con tanta indulgencia; el sector femenino, que en aquel periodo parecía menos poderoso, adoptó un punto de vista más triste. ¿Y si aquella señorita Tulliver conseguía cautivar al doctor Kenn y hacer que se casara con ella? Una no podía confiar ni en el mejor de los hombres, incluso un apóstol cayó y después lloró amargamente; y aunque las negativas de San Pedro no constituían un precedente muy exacto, era probable que sí lo fuera el arrepentimiento.

No hacía más de tres semanas que Maggie acudía cada día a la rectoría cuando ya se había especulado tanto confidencialmente sobre la terrible posibilidad de que un día u otro se convirtiera en la esposa del rector que algunas damas empezaban a hablar de cómo deberían comportarse con ella llegado el caso. Porque, al parecer, una mañana el doctor Kenn pasó media hora en la sala mientras la señorita Tulliver daba clase —¡qué va! si estaba presente todas las mañanas—. Y en una ocasión la acompañó a su casa —no, la acompañaba casi cada día—, y, si no, iba a verla al final de la tarde. ¡Qué astuta era! ¡Qué madre para aquellos niños! La señora Kenn se estremecería en su tumba ante la idea de que aquella muchacha se ocu­para de sus hijos a las pocas semanas de su muerte. ¿Habría perdido el doc­tor Kenn toda decencia hasta el punto de casarse antes de que transcu­rriera un año de su muerte? El sector masculino, sarcástico, pensaba que casarse, no se casaría antes del año.



Las señoritas Guest vieron como un alivio a su pena la locura del rector: al menos así su hermano estaría a salvo; la tenacidad de Stephen era conti­nua fuente de temores para ellas, no fuera a regresar para contraer matri­monio con Maggie. Ellas no se encontraban entre quienes no habían pres­tado oídos a la carta de su hermano; pero no confiaban en que Maggie se mantuviera firme en su renuncia. Sospechaban que se había acobardado ante la huida, pero no ante el matrimonio, y que permanecía en Saint Ogg's con la esperanza de que él regresara a buscarla. Siempre les había parecido desagradable: ahora la tenían por astuta y orgullosa; probable­mente, tenían tan buenos motivos para pensarlo como el lector y yo tene­mos para otras opiniones similares. Aunque al principio no les había entu­siasmado el matrimonio con Lucy, ahora el temor de un matrimonio entre Stephen y Maggie añadía fuerza a la sincera pena e indignación que sentían en nombre de la dulce muchacha abandonada y deseaban que regresara con ella. En cuanto Lucy pudiera salir de casa, iría a la costa a buscar alivio del opresivo calor de agosto con las señoritas Guest; y éstas tenían el pro­yecto de convencer a Stephen para que se uniera a ellas. A la primera insi­nuación de un chismorreo en relación con Maggie y el doctor Kenn, las señoritas Guest se apresuraron a comunicárselo por carta a su hermano.

A través de su madre, de la tía Glegg o del doctor Kenn, Maggie tenía noticias frecuentes de la lenta recuperación de Lucy y sus pensamientos tendían continuamente hacia la casa de su tío Deane: ansiaba conversar con Lucy, aunque sólo fuera durante cinco minutos, pronunciar palabras de arrepentimiento, que los ojos y los labios de Lucy le aseguraran que no creía que aquellos que amaba y en quienes confiaba la habían traicionado deliberadamente. Pero sabía que, suponiendo que la indignación de su tío no le cerrara la puerta, no permitirían a Lucy la agitación de semejante encuentro. El mero hecho de verla sin hablar habría supuesto cierto alivio, ya que a Maggie se le aparecía una y otra vez un rostro tan dulce que resul­taba cruel: un rostro que la miraba, con la tierna expresión del amor y la confianza, desde el crepúsculo de los recuerdos más antiguos, convertido ahora en un rostro triste y cansado por el primer disgusto amoroso. Y, a medida que pasaban los días, aquella imagen pálida iba creciendo y haciéndose más nítida debido al remordimiento; los suaves ojos de color avellana de expresión doliente se inclinaban siempre sobre Maggie y la atravesaban, tanto más cuanto que no veía rabia alguna en ellos. Pero Lucy todavía no podía ir a la iglesia ni a ningún lugar donde Maggie pudiera verla, e incluso esa esperanza se desvaneció cuando la tía Glegg le comu­nicó que Lucy se iba dentro de unos días a Scarborough con las señoritas Guest y, al parecer, habían dicho que esperaban que su hermano se reuniera allí con ellas.

Sólo quienes han sufrido un duro combate interno pueden saber lo que sintió Maggie cuando se quedó sentada y sola aquella tarde tras oír la noti­cia trasmitida por la señora Glegg; sólo lo entenderán quienes sepan lo que es temer que se cumplan los deseos egoístas, de la misma manera que la madre en vela temería el somnífero que debe apaciguar su dolor.

Permaneció en la penumbra sin ninguna vela, con la ventana abierta de par en par sobre el río; la sensación de calor opresivo se sumaba de modo indistinguible a la carga de su destino. Sentada en una silla frente a la ven­tana, con el brazo en el alféizar, miraba inexpresivamente el fluir del río, acelerado por el movimiento de la marea, esforzándose en ver todavía el dulce rostro de una tristeza sin reproches, que parecía ahora hundirse y esconderse tras una forma que se interponía, oscureciéndolo todo. Oyó la puerta y pensó que era la señora Jakin con la cena, como de costumbre; y con esa repugnancia ante la conversación banal que acompaña a la lan­guidez y la desdicha, ni siquiera se volvió hacia la puerta para decir que no quería nada: seguro que la pequeña y bondadosa señora Jakin haría algún comentario bienintencionado. Sin embargo, al instante siguiente, sin haber oído el rumor de pisada alguna, sintió una mano ligera sobre el hombro y oyó que una voz cercana le decía:



—¡Maggie!

Allí estaba su rostro, cambiado, pero igualmente dulce: allí estaban los ojos color avellana, de una ternura que atravesaba el corazón.

—¡Maggie! —dijo la voz queda.

—¡Lucy! —contestó una voz teñida de angustia.

Y Lucy abrazó a Maggie y apoyó la pálida mejilla contra una frente ardiente.

—He salido a hurtadillas cuando papá y los demás estaban fuera —susu­rró Lucy mientras se sentaba junto a Maggie y le tomaba la mano—. Alice me ha acompañado, le pedí que me ayudara. Pero sólo puedo quedarme un poco, porque es ya muy tarde.

No era fácil seguir hablando. Permanecieron sentadas, mirándose. Pa­recía que el encuentro terminaría sin más conversación, porque ésta resul­taba muy difícil. Ambas sabían que las abrasarían las palabras que recor­daran el error irreparable. Pero mientras Maggie contemplaba a su prima, una ola de arrepentimiento y palabras cariñosas estalló con un sollozo.

—Dios te bendiga por haber venido, Lucy.

Los sollozos de ambas se hicieron más intensos.

—Tranquilízate, Maggie —dijo Lucy, acercando de nuevo la mejilla a la de Maggie—. No sufras. Y permaneció inmóvil, con la esperanza de calmar a Maggie con aquella caricia.

—No quería engañarte, Lucy —dijo Maggie en cuanto pudo hablar—. Me atormentaba sentir algo que no quería que supieras... Pensaba que podría dominarlo, que nunca verías nada que te hiciera daño.

—Lo sé, querida —dijo Lucy—. Sé que no querías hacerme infeliz... Es como si nos hubiera caído encima una desgracia: para ti es más difícil y, además, lo abandonaste... Debió de ser muy duro.

Permanecieron en silencio de nuevo unos instantes, con las manos uni­das y las mejillas juntas.

—Lucy —dijo Maggie de nuevo—, él también luchó, quería serte leal. Volverá contigo, perdónalo, entonces podrá ser feliz...

Estas palabras salieron de lo más profundo del alma de Maggie con un esfuerzo convulso, como el de un hombre que se ahogara. Lucy tembló y permaneció en silencio.

Sonó un golpe suave en la puerta. Era Alice, la doncella.

—No me atrevo a estar aquí por más tiempo, señorita Deane. Se darán cuenta de que ha salido y se enfadarán mucho cuando regrese tan tarde.

—Muy bien, Alice. Salgo dentro de un minuto —contestó Lucy levantándose—. Maggie: me voy el viernes —añadió en cuanto Alice cerró la puerta otra vez—. Cuando vuelva y me encuentre otra vez fuerte, me dejarán hacer lo que quiera. Entonces podré venir a verte siempre que lo desee.

—Lucy —contestó Maggie con otro gran esfuerzo—, rezo a Dios continua­mente para no volver a causarte ninguna pena.

Apretó la manita que tenía entre las suyas y miró el rostro inclinado sobre el suyo. Lucy nunca olvidó aquella mirada.

—Maggie —dijo Lucy en una voz baja que poseía toda la solemnidad de una confesión—, eres mejor que yo. Yo no puedo...

Se interrumpió y no dijo hada más, pero se unieron otra vez en un últi­mo abrazo.

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