George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


En donde se demuestra que las viejas amistades pueden sorprendernos
Cuando Maggie se encontró de nuevo en casa, su madre le comunicó la inesperada actitud de la tía Glegg. Mientras no hubo noticias de Maggie, la señora Glegg entornó los postigos y echó las persianas, convencida de que Maggie se había ahogado: eso le parecía más probable que el que su sobrina y heredera hubiera hecho nada que pudiera herir a su familia en lo más vivo. Cuando, finalmente, supo por Tom que Maggie había regre­sado a casa y dedujo de sus palabras de qué modo explicaba Maggie su ausencia, reprochó severamente a Tom que tendiera a pensar lo peor de su hermana sin nada que lo forzara a ello. Si uno no apoya a los suyos y defiende su honor, por escaso que éste sea, entonces, ¿qué defiende? Los Dodson nunca se habían apresurado a reconocer que un miembro de la familia hubiera actuado de modo tal que exigiera un cambio de testa­mento; y aunque la señora Glegg siempre había augurado que Maggie aca­baría mal, en una época en que otros tal vez fueran menos perspicaces, el respeto a la justicia era fundamental y no sería ella quien ayudara a des­pojar a la muchacha de su fama ni la echara del refugio familiar a la calle hasta que llegara a ser de modo inequívoco la vergüenza de la familia. La señora Glegg no podía recordar precedente alguno, nada como aquello había sucedido antes entre los Dodson; sin embargo, en ese caso su recti­tud hereditaria y su fortaleza de carácter formaban causa común con su espíritu clásico, y de igual manera influían en la equidad mostrada en los asuntos monetarios. Discutió con el señor Glegg, cuya amabilidad, con­vertida en compasión por Lucy, hacía que sus juicios sobre Maggie fueran tan duros como los del mismo señor Deane y, echando chispas contra su hermana por no haber acudido a ella de inmediato en busca de consejo y ayuda, de la mañana a la noche se encerró en su habitación con el Descanso eterno de los santos de Baxter y se negó a recibir ninguna visita, hasta que el señor Glegg le trajo la noticia, conocida a través del señor Deane, de la carta de Stephen. Entonces la señora Glegg sintió que ya tenía un terreno adecuado sobre el que pelear, relegó a Baxter y se dispuso a recibir todas las visitas que llegaran. Mientras la señora Pullet era incapaz de hacer otra cosa que mover la cabeza y llorar, y desear que hubiera muerto el primo Abbot o que se hubieran producido una serie de funerales antes que aquel acontecimiento, tan insólito que nadie sabía cómo actuar, y que, además, le impedía volver a ir a Saint Ogg's porque sus «amistades» lo sabían todo, la señora Glegg sólo esperaba que la señora Wool o cualquier otra apare­ciera para visitarla con sus historias falsas sobre su sobrina, porque sabría muy bien qué decirle a esa persona tan mal informada.

De nuevo volvió a reprochárselo a Tom y se mostró tanto más severa cuanto que su posición actual era más poderosa. Pero Tom, como otros objetos inamovibles, cuanto mas intentaban conmoverlo más rígido pare­cía. ¡Pobre Tom! juzgaba a partir de lo que había podido ver y ese juicio le resultaba muy doloroso. Creía que tenía ante sí la demostración de unos hechos, aparentemente indiscutibles, que había observado a lo largo de los años con sus propios ojos: Maggie era, por naturaleza, totalmente indigna de confianza y sus malas tendencias eran demasiado fuertes para que nadie pudiera tratarla con indulgencia. Estaba decidido a actuar en consecuencia, costara lo que costara, aunque la mera idea hacía sus días más amargos. Tom, como cualquiera de nosotros, vivía preso entre los lími­tes de su carácter, y la educación le había resbalado por encima, dejando un simple barniz. Lector, si te sientes inclinado a juzgar con dureza la seve­ridad de Tom, debes recordar que la responsabilidad de la tolerancia sólo corresponde a quienes poseen mayor amplitud de miras. Tom había empezado a sentir por Maggie cierta repulsión cuya misma intensidad se derivaba del temprano amor infantil, cuando entrelazaban los diminutos dedos, y de la posterior sensación de unión en una pena y un deber comu­nes: tal como le había dicho, no podía soportar siquiera su presencia. La tía Glegg encontró en esta rama de la familia Dodson un carácter más fuer­te que el suyo; en éste, el sentimiento familiar había perdido el carácter de clan para adquirir un profundo matiz de orgullo personal. La señora Glegg concedía que había que castigar a Maggie —no era mujer para negar­lo, ya que sabía cómo debía comportarse uno—, pero la pena debería estar en proporción con las fechorías demostradas y no con las acusaciones que lanzaban algunas personas ajenas a la familia, tal vez empujadas por el deseo de demostrar que su familia era mejor.

—Tu tía Glegg m’ha regañado como nunca, hija, por no haber ido a verla antes —dijo la pobre señora Tulliver cuando regresó junto a Maggie—; m’ha dicho que no era cosa suya venir a verme primero. De todos modos, ha hablado como una hermana: siempre lo ha sido ¡Y bien difícil de conten­tar! Pero ha sido la persona que mejor t'ha tratado hasta el momento, hija. Dice que aunque le molesta mucho hacer algo estraordinario en su casa, sacar cubiertos y cosas y cambiar de costumbres, tendrás un refugio en su casa si vas a ella sin olvidar cuáles son tus deberes, y que te defenderá con­tra esas personas que hablan mal de ti sin motivo. Y le he dicho que creía que no podías ver a nadie más que a mí, de lo triste que estabas, pero m'ha dicho: «No le haré reproches: bastante dispuestos están a hacerlo quie­nes no son de la familia. Pero le daré buenos consejos, y debe mostrarse humilde». Qué bien, porque te aseguro que antes me reprochaba todo lo que hacía mal, fuera que el vino se había agriado o que las empanadas estaban demasiado calientes, cualquier cosa.

—¡Oh, madre! —exclamó la pobre Maggie, estremeciéndose ante la mera idea de tener que relacionarse con alguien—. Dígale que se lo agradezco mucho, que iré a verla en cuanto pueda, pero por ahora no puedo ver a nadie más que al doctor Kenn. He ido a verlo; me aconsejará y me ayuda­rá a conseguir algún empleo. No puedo vivir con nadie ni depender de nadie, dígaselo a la tía Glegg. Debo ganarme el pan. Pero, ¿ha oído algu­na noticia sobre Philip... Philip Wakem? ¿Alguien le ha hablado de él?

—No, hija mía; pero he ido a casa de Lucy y he visto a tu tío, y dice que l'han leído la carta, que escuchó a la señorita Guest y le hizo preguntas, y el médico cree que va mejor. ¡Qué mundo éste! ¡Qué líos! Todo empezó con el pleito y ahora, de repente, todo va de mal en peor, justo cuando la suerte parecía ir a cambiar.

Era la primera vez que la señora Tulliver se quejaba delante de Maggie, pero la visita a su hermana Glegg había hecho revivir la vieja costumbre.

—¡Pobre madre mía! —exclamó Maggie abrazándola, profundamente apenada y arrepentida —. Siempre he sido mala y le he dado mucha gue­rra. Y ahora, si no fuera por mi culpa, podría haber sido feliz.

—¡Mi niña! —contestó la señora Tulliver, inclinándose hacia la mejilla cálida y joven—. Es mi obligación ocuparme de mis hijos, no tendré más. Y si me traen mala suerte, pues me conformo. No tengo mucho más, ya que mis muebles desaparecieron hace tiempo. Y tú eras muy buena, ¡no sé por qué todo ha ido tan mal!

Pasaron dos o tres días mas y Maggie siguió sin noticias de Philip: la inquietud por él empezaba a ser el sentimiento predominante y finalmente hizo acopio de valor con intención de preguntárselo al doctor Kenn la siguiente vez que fuera a verla. Éste no sabía siquiera si Philip estaba en su casa: las inquietudes hacían que el viejo Wakem se mostrara taciturno: a la decepción con el joven Jetsom, por el que al parecer sentía aprecio, había seguido la catástrofe de las esperanzas de su hijo después de haber acce­dido a sus sentimientos y de mencionar imprudentemente esa concesión en Saint Ogg's. Ahora, cuando alguien le preguntaba sobre su hijo, con­testaba con una brusquedad casi violenta. Pero no era probable que estu­viera enfermo, ya que se habría sabido, puesto que habrían llamado al medico: seguramente habría partido de la población por una temporada. Maggie enfermaba de inquietud y su imaginación empezó a vivir cada vez con más intensidad lo que Philip estaba soportando. ¿Qué pensaría de ella?

Por fin Bob le trajo una carta sin matasellos y en las letras de su nombre reconoció la mano de su autor: la misma que, mucho tiempo atrás, lo había escrito en una edición de bolsillo de Shakespeare que ella poseía. Su madre se encontraba en la habitación y Maggie, tremendamente agitada, corrió escaleras arriba para poder leerla a solas. Mientras sentía en la fren­te los latidos del corazón, leyó lo siguiente:


Maggie: Creo en ti. Sé que nunca tuviste intención de engañarme. Sé que has inten­tado ser fiel, a mí y a todos. Lo creía antes de tener ninguna otra prueba que tu pro­pio carácter. La noche del último día en que te vi fue una tortura: había visto algo que me había convencido de que no eras libre, que había otra persona cuya presen­cia tenía un poder sobre ti que la mía nunca ha poseído; pero a través de todas las explicaciones de rabia y celos, casi asesinas, la razón se impuso para creer en tu sin­ceridad. Me convencí de que querías serme fiel, tal como habías dicho; que habías rechazado a esa persona, que luchabas por renunciar a él, por Lucy y por mí. Pero no pude dar con ninguna salida que no resultara fatal para ti, y ese temor excluyó toda resignación. Preví que él no renunciaría a ti y creí entonces, como creo ahora, que la fuerte atracción que os unió procedía sólo de un lado de vuestro carácter Y per­tenecía a esa acción parcial y dividida de nuestra naturaleza que origina la mitad de la tragedia del destino humano. He sentido que en tu naturaleza vibraban unas cuerdas de las que él carecía. Pero quizá me equivoque, quizá te vea como el artista mira la escena sobre la que ha meditado amorosamente: temblaría ante la idea de que fuera confiada a otras manos, no podría creer que para otra persona tuviera el mismo significado y la misma belleza que para él.

Aquella mañana no me atreví a verte, estaba lleno de una pasión egoísta, des­trozado por una noche de delirio consciente. Te dije hace tiempo que no me resigna­ba siquiera a la mediocridad de mis capacidades: ¿cómo iba a resignarme a la pér­dida de lo único que he tenido en este mundo con la promesa de una alegría pro­funda que daría un sentido nuevo y bendito al dolor sufrido; la promesa de otro yo que elevara mi doloroso afecto al éxtasis divino de una necesidad siempre renovada y siempre satisfecha ?

Sin embargo, los sufrimientos de aquella noche me prepararon para lo que suce­dió antes de la siguiente. No me sorprendió. Estaba seguro de que él se había impues­to para convencerte de que lo dejaras todo por él, y esperé con igual certeza la noticia de vuestro matrimonio. Medía tu amor y el suyo a partir del mío. Pero me equivo­qué, Maggie. Hay en ti algo más fuerte que el amor que sientes por él.

No te diré lo que pasé durante el intervalo. Pero incluso en la agonía más extre­ma, incluso durante las terribles dolores que debe sufrir el amor antes de desprender­se de todo deseo egoísta, mi amor por ti bastó por sí solo para alejarme del suicidio. A pesar de todo mi egoísmo, no quería aparecer como un fantasma de la muerte en mitad de tu felicidad no podía soportar la idea de abandonar el mundo en el que todavía vivías y podrías necesitarme: esperar y soportar formaba parte de la lealtad que te había prometido. Eso es prueba, Maggie, del motivo de mi carta: ninguna pena que haya tenido que sufrir por ti ha sido un precio excesivo a cambio de la nueva vida que he conocido al amarte. No quiero que sufras por el dolor que puedas haberme causado. Me acostumbré desde niño a la privación: nunca esperé ser feliz y al conocerte, al amarte, he conseguido algo, todavía hoy, que me reconcilia con la vida. Has sido para mis sentimientos lo que la luz, lo que los colores son para los ojos, lo que es la música para el oído: has convertido una débil inquietud en una vívida conciencia. La nueva vida que he encontrado al preocuparme por tus penas y alegrías más que por las mías ha transformado un débil murmullo rebelde en la resistencia deliberada que da luz a una profunda afinidad. Creo que sólo un amor tan completo e intenso podría haberme iniciado en esta vida más amplia, que sigue creciendo cuando hacemos propia la vida de los demás; antes vivía encerrado en una omnipresente y dolorosa timidez. Incluso algunas veces pienso que este don que he adquirido al amarte puede ser para mí una nueva capacidad.

Así pues, querida mía, a pesar de todo, has sido la bendición de mi vida. No te reproches nada por mí. Debería ser yo quien se reprochara el haberte impuesto mis sentimientos y haberte forzado a decir unas palabras que luego has sentido como gri­lletes. Querías ser fiel a esas palabras y lo has sido: puedo medir tu sacrificio por lo que aprendí a tu lado en solo media hora cuando soñaba que podrías quererme. Sin embargo, Maggie, no tengo derecho a pedirte otra cosa que un afectuoso recuerdo.

Durante unos días no me he atrevido a escribirte, porque no quería imponerte tampoco mi presencia y repetir así mi error original. Pero tú no me malinterpretarás. Sé que debemos mantenernos separados durante mucho tiempo; las lenguas crueles, entre otras cosas, nos separarían. Pero no me iré. Aunque viaje, mis pensamientos seguirán contigo. Y recuerda que sigo siendo tuyo, tuyo con una devoción que exclu­ye los deseos egoístas.

Que Dios te ayude, mi querida y bondadosa Maggie. Por mucho que los demás tengan de ti una idea equivocada, recuerda que nunca ha dudado de ti quien cono­ció tu corazón hace diez años.

Si te dicen que estoy enfermo porque no me ven salir, no te lo creas. Sólo he tenido dolores de cabeza de origen nervioso, no peores que los que he sufrido en otras oca­siones. Con todo, este tremendo calor me obliga a pasar el día inmóvil. Me encuen­tro lo bastante bien como para obedecerte en cuanto me digas que me necesitas para hacer o decir lo que sea.

Tuyo hasta el fin,

Philip WAKEM
Cuando Maggie se arrodilló junto a la cama, sollozando, abrazada a la carta, sus sentimientos se expresaron una y otra vez en un susurro.

—¡Oh, Dios mío! ¿Acaso existe alguna felicidad en el amor que pueda hacerme olvidar el dolor de los demás?

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