George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


Saint Ogg’s juzga
Pronto se supo en todo Saint Ogg's que la señorita Tulliver había vuelto: así pues, no se había fugado para casarse con el señor Guest —en cualquier caso, el señor Guest no se había casado con ella—, lo que era lo mismo, en lo que a la culpabilidad de la señorita Tulliver concernía. Juzgamos a los demás por los resultados, ¿cómo podría hacerse de otro modo, si no cono­cemos el proceso a través del cual se ha llegado a esos resultados? Si la señorita Tulliver, tras unos pocos meses de selecto viaje, hubiera regresado como la señora de Stephen Guest, con un ajuar posnupcial y todas las ven­tajas que posee incluso la menos deseada esposa de un hijo único, la opi­nión pública, que en Saint Ogg's, como en todas partes, siempre sabe lo que tiene que pensar, habría juzgado ateniéndose estrictamente a esos resultados. La opinión pública, en esos casos, es siempre del género feme­nino, y la mitad femenina de la humanidad habría contemplado cómo dos jóvenes guapos —él además, miembro de la que se podría considerar la familia más destacada de Saint Ogg's—, tras haber dado un paso en falso, habían avanzado por un camino que, para decirlo con palabras suaves, era altamente imprudente y habían causado gran tristeza y decepción, espe­cialmente a aquella dulce joven, la señorita Deane. Sin duda, el señor Guest no se había comportado correctamente; pero ya se sabe que los jóve­nes varones son dados a este tipo de caprichos... Y aunque pareciera muy poco adecuado que la señora Guest hubiera aceptado las menores insi­nuaciones del novio de su prima (se decía que, en realidad, estaba enton­ces comprometida con el joven Wakem: el viejo Wakem en persona lo había mencionado), ella era muy joven... «¡Y con un muchacho deforme, hay que ver! El joven Guest es tan fascinante y, según dicen, la adoraba de tal manera (¡seguro que no dura!) que huyeron en el bote contra la volun­tad de ella. ¿Y qué iba ella a hacer? No podía volver, nadie le habría diri­gido la palabra. Y qué bien le sienta a su tez ese raso de color amarillo pálido: parece como si los pliegues delanteros estuvieran de moda; varios de sus vestidos los llevan. Dicen que a él nada le parece demasiado hermoso para ella. ¡Pobre señorita Deane! Es digna de lástima, pero, al fin y al cabo, no había compromiso en firme y el aire de la costa le sentará bien. Después de todo, si eso era todo lo que el joven Guest sentía por ella, ha sido mejor para ella no casarse con él. ¡Qué buena boda para una mucha­cha como la señorita Tulliver! ¡Qué romántica! Vaya, el joven Guest se pre­sentará por la ciudad a las próximas elecciones parlamentarias. ¡Hoy en día no hay nada como el comercio! Ese joven Wakem casi se volvió loco —siempre ha sido bastante raro—, pero se ha marchado otra vez al extran­jero para quitarse de en medio: es casi lo mejor para un joven deforme. La señorita Unit afirma que nunca visitará al señor y la señora Guest, ¡qué tontería ésa la de pretender ser mejor que los demás! No podría haber vida en sociedad si nos entrometiéramos así en la vida privada; además, el cristianismo nos dice que no pensemos mal: y yo creo que lo que pasa es que la señorita Unit no ha recibido ninguna tarjeta suya.»

Sin embargo, sabemos que el resultado no fue tal que permitiera seme­jante atenuación del pasado. Maggie había regresado sin ajuar y sin mari­do, en la lamentable y vagabunda situación a la que, como bien se sabe, conduce el error; y el sector femenino de la humanidad, con este sutil instinto que se le ha concedido para la conservación de la sociedad, advir­tió de inmediato que la conducta de la señorita Tulliver contaba con todo tipo de circunstancias agravantes. ¿Había algo peor que aquello? Una chica que tanto debía a sus parientes... Que tanto ella como su madre habían recibido tantas atenciones de los Deane... Maquinar para robar el afecto de un joven a su propia prima, que se había comportado como una hermana para ella... No era ésa la expresión adecuada para una mucha­cha como la señorita Tulliver: habría sido más correcto decir que se había comportado con un descaro impropio de una mujer, movida por una pasión desenfrenada. La verdad era que siempre había habido algo dudo­so en ella: esa relación con el joven Wakem que, según decían, hacía años que duraba, resultaba muy reprensible, ¡incluso repugnante! ¡En una joven de semejante temperamento! Para la mitad femenina del mundo, un instinto refinado podía advertir que algo había en el mismo físico de la señorita Tulliver que no auguraba nada bueno. En cuanto al pobre señor Guest, era más digno de conmiseración que otra cosa: en estos casos, no se puede juzgar con severidad a un joven de veinticinco años que se encuentra a merced de las artimañas de una fresca. Y estaba claro que había cedido contra su voluntad: se libró de ella en cuanto pudo; en reali­dad, no decía nada bueno de ella que se hubieran separado tan pronto. Naturalmente, él había escrito una carta echándose toda la culpa y con­tando la historia desde un punto de vista romántico para intentar que ella pareciera inocente, ¡faltaría más! Pero no se podía engañar al refinado ins­tinto del mundo femenino, ¡afortunadamente! Si no, ¿qué sería de la sociedad? Vaya, si su propio hermano ni siquiera le había permitido entrar en su casa: no cabía duda de que, antes de hacer semejante cosa, ya habría visto suficiente. Un joven respetable de pies a cabeza, ese señor Tulliver, ¡era muy probable que subiera muy alto! Sin duda, la deshonra de su fami­lia era para él un golpe muy duro. Era de esperar que ella se fuera por ahí, a América o a cualquier otro sitio, para purificar el aire de Saint Ogg's de la deshonra de su presencia, ¡resultaba muy peligrosa para las hijas de todos los habitantes de Saint Ogg's! Nada bueno podría sucederle: sólo podía esperarse que se arrepintiera y que Dios se apiadara de ella. Pero Él no tenía a su cargo la sociedad, como temía la mitad femenina del mundo.



El fino instinto necesitó casi quince días para comprobar la veracidad de estas intuiciones; lo cierto fue que la carta de Stephen tardó una semana entera en llegar y en ella contaba a su padre los hechos y añadía que había navegado hasta Holanda, que había pedido dinero al agente de Mudport, y que era incapaz de tomar ninguna decisión en aquel momento.

Entre tanto, Maggie estaba demasiado llena de una agónica inquietud para dedicar un instante al modo en que se interpretaba su conducta en Saint Ogg's: la inquietud por Stephen, por Lucy, por Philip luchaba en su pobre corazón en una tormenta incesante y torrencial en la que se mez­claban el amor, la pena y los remordimientos. Si hubiera pensado en el re­chazo y en la injusticia, le habría parecido que le habían hecho todo el daño posible, pero que ningún golpe le resultaba ya insoportable tras las palabras que había oído de los labios de su hermano. Entre la inquietud por los amados y ofendidos, aquellas palabras se le repetían una y otra vez, como una horrible punzada que habría llevado tristeza y temor incluso a un delicioso paraíso. Ni le pasó por la cabeza la posibilidad de recuperar la felicidad; le parecía como si todas sus fibras sensibles estuvieran absor­tas en el dolor y no pudieran volver a vibrar bajo otra influencia. Ante ella, se extendía la vida como un acto de penitencia, y lo único que ansiaba cuando pensaba en lo que le deparaba el futuro era algo que le impidiera volver a caer: su debilidad la acosaba como una visión de horribles posibi­lidades que no le permitía concebir otra paz que la que reside en un refu­gio seguro.

Sin embargo, no carecía de planes prácticos: el amor a la independen­cia constituía una herencia y una costumbre demasiado fuertes para que no recordara que debía ganarse el pan y, cuando los demás proyectos resultaron demasiado vagos, pensó en volver a coser y ganar así lo sufi­ciente para alojarse en casa de Bob. Tenía intención de convencer a su madre de que no tardara en regresar al molino para vivir de nuevo con Tom; y, de un modo u otro, se mantendría en Saint Ogg's. Quizá el doctor Kenn pudiera ayudarla y aconsejarla: recordaba las palabras de despedida en la feria benéfica, la breve sensación de confianza que le produjo su con­versación, y aguardaba con ansia el momento de confiárselo todo. Su madre pasaba cada día por casa de los Deane para saber cómo se encon­traba Lucy: las noticias eran siempre tristes y nada la sacaba del estado de débil pasividad en que había caído desde que se enteró de la noticia. En cuanto a Philip, la señora Tulliver no sabía nada: evidentemente, las per­sonas que veía no le hablaban de nada relacionado con su hija. A pesar de todo, la señora Tulliver por fin reunió valor suficiente para ir a visitar a su hermana Glegg, que, sin duda, lo sabría todo e incluso había ido a ver a Tom al molino en su ausencia, aunque éste no le había contado nada de lo sucedido en esa ocasión.

En cuanto se marchó su madre, Maggie se puso la capota. Había deci­dido ir andando hasta la rectoría y preguntar si podía ver al doctor Kenn: éste estaba profundamente apenado, pero las penas de los demás, en estas circunstancias, no desentonan con las nuestras. Era la primera vez que salía desde su regreso; con todo, estaba tan decidida que no se le ocurrió pensar en lo molesto de encontrarse a alguien por el camino y ser objeto de sus miradas. Pero apenas había salido de las calles estrechas que debía cruzar desde la casa de Bob cuando advirtió que le lanzaban miradas extra­ñas; nerviosa, apresuró el paso sin atreverse a mirar a izquierda o derecha. No tardó en encontrarse frente a frente con la señora y la señorita Turnbull, viejas amistades de su familia; ambas la miraron con una expresión extraña y se apartaron un poco sin dirigirle la palabra. A Maggie le dolían todas estas duras miradas, pero era tanto lo que se reprochaba que apenas podía ofenderse: no le sorprendía que no quisieran hablar con ella, pensaba: apreciaban mucho a Lucy. Al poco, tuvo que pasar ante un grupo de caballeros apostados delante de la puerta del salón de billar y no pudo dejar de ver que el joven Torry se apartaba un poco, con el monó­culo puesto, y la saludaba con la actitud informal que habría dedicado a una moza de taberna que se mostrara simpática con él. El orgullo de Maggie era demasiado intenso para no advertir semejante aguijón, inclu­so a través de la pena; y por primera vez se le ocurrió pensar que pesaba sobre ella otro oprobio que el que le correspondía por haber traicionado a Lucy. Pero se encontraba ya en la rectoría; tal vez allí hallara algo más que un castigo. Cualquier voz puede castigar: el pilluelo más duro, cruel y embrutecido de la calle puede, infligir castigo. Sin duda, la ayuda y la com­pasión son cosas infrecuentes y por ello es más necesario que las otorguen los justos.

Tras anunciar su llegada, la hicieron pasar de inmediato al estudio del doctor Kenn, que se encontraba sentado entre pilas de libros que poco le interesaban, con la mejilla apoyada sobre la cabeza de su hija menor, una niña de tres años. Hizo salir a la niña con la criada y, cuando se cerró la puerta, el doctor Kenn acercó una silla para que se sentara Maggie.

—Tenía intención de ir a verla, señorita Tulliver. Se ha adelantado usted, y me alegro de que así sea.

Maggie lo miró con la misma franqueza infantil que en la venta de beneficencia.

—Quiero contárselo todo —anunció Maggie, pero se le llenaron los ojos de lágrimas y toda la emoción contenida durante el humillante camino se abrió paso antes de que pudiera decir nada más.

—Cuéntemelo todo —rogó el doctor Kenn con serena amabilidad en su voz firme y grave—. Piense en mí como en una persona que posee gran experiencia, lo cual le permite ayudarla.

Con frases inconexas y con cierto esfuerzo al principio, pero después con la facilidad que procede de la sensación de alivio que supone confiar­se a alguien, Maggie le contó la breve historia de una lucha destinada a ser el principio de una larga pena. El doctor Kenn se había enterado del con­tenido de la carta de Stephen la misma víspera, y se lo había creído sin necesidad de que Maggie se lo confirmara. Recordaba el involuntario lamento de Maggie —«tengo que irme»— como señal de que soportaba algún conflicto interno.

Maggie se extendió sobre los sentimientos que la habían hecho volver con su madre y su hermano, que hacían que se aferrara a los recuerdos del pasado. Cuando terminó, el doctor Kenn permaneció en silencio unos minutos, pensando en un asunto difícil Se puso de pie y paseó de un lado a otro, frente a la chimenea, con las manos a la espalda.

—El impulso de acudir a los parientes más cercanos —dijo finalmente tras sentarse, mirando a Maggie—, de permanecer donde se han formado los lazos de su vida, es un impulso verdadero, ante el cual la Iglesia responde, de acuerdo con sus principios, abriendo los brazos al penitente y acogien­do hasta el último de sus hijos, y no los abandona a menos que sean répro­bos sin remedio. Y la Iglesia debería representar los sentimientos de la comunidad, de manera que toda la parroquia fuera una familia unida por una hermandad cristiana bajo un padre espiritual. Pero las nociones de disciplina y de fraternidad cristiana están totalmente relajadas, apenas se puede decir que existan en el espíritu de la gente: apenas sobreviven, excepto en la forma parcial y contradictoria que han tomado en las reducidas comunidades cismáticas; y si no poseyera una fe firme en que la Iglesia debe, a la larga, recuperar un valor tan adecuado a las necesidades humanas, muchas veces me desanimaría al contemplar la falta de frater­nidad y sentido de responsabilidad mutua en mi propio rebaño. Actual­mente, todo parece tender hacia la relajación de los lazos, hacia la sustitución de las obligaciones ancladas en el pasado por las elecciones caprichosas. Su conciencia y su corazón le han indicado el buen camino en este punto, señorita Tulliver; y le digo todo esto para que sepa cuáles serían mis dese­os, mis consejos, si se derivaran de mis sentimientos y de mi opinión, sin tener en cuenta otras circunstancias adversas.

El doctor Kenn hizo una pequeña pausa. No había la menor benevo­lencia efusiva en sus modales; la gravedad de su aspecto y de su voz resul­taba casi fría. Si Maggie no hubiera sabido que su benevolencia era pro­porcional a su reserva se habría sentido helada y asustada. En aquel momento, escuchó con atención, segura de que sus palabras la ayudarían.

—Su inexperiencia en relación con el mundo, señorita Tulliver —prosi­guió el doctor Kenn—, le impide prever las ideas tremendamente injustas que probablemente se habrán formado en relación con su conducta, ideas que tendrán un efecto funesto, aunque vayan contra las pruebas.

—Sí, ya he empezado a darme cuenta —dijo Maggie, incapaz de ocultar el dolor que acababa de sentir—. Sé que me insultarán, que creerán que soy peor de lo que soy.

—Tal vez no sepa todavía —dijo el doctor Kenn, mostrando un poco de piedad personal—, que ha llegado una carta que debería dar por satisfecho a todo aquel que ha tenido noticias de usted, en la cual se dice que usted escogió el camino difícil y abrupto en el momento en que más difícil era el regreso.

—¡Oh! ¿Dónde está Stephen? —exclamó la pobre Maggie, ruborizándose con un temblor que ninguna presencia habría podido impedir.

—Se ha ido al extranjero; le ha contado a su padre todo lo que sucedió. La ha defendido por completo, y espero que el contenido de esa carta tenga un efecto beneficioso sobre su prima.

Antes de proseguir, el doctor Kenn aguardó a que Maggie se calmara.

—Esa carta, tal como le he dicho, debería ser suficiente para impedir que la gente se formara una impresión falsa sobre usted. Pero debo decirle, señorita Tulliver, que no sólo la experiencia de toda mi vida, sino también lo que he observado durante los últimos tres días me hacen temer que pocas pruebas podrán salvarla de las falsas acusaciones. Las personas más incapaces de mantener una lucha tenaz como la suya son precisamente las que, con toda probabilidad, se alejarán de usted basándose en un juicio injusto, porque no creerán que haya mantenido lucha alguna. Me temo que si sigue viviendo aquí no sólo sufrirá mucho, sino que topará con muchos obstáculos. Por ese motivo, y sólo por ése, le digo que considere la posibilidad de buscar un empleo lejos de aquí, tal como era antes su intención. Me ocuparé de inmediato de buscarle uno.

—¡Oh, desearía quedarme aquí! —dijo Maggie—. No tengo ánimos para empezar a vivir en otro lugar. Me sentiría sin soporte alguno, como una vagabunda, separada de mi pasado. He escrito a la señora que me ofrecía un empleo para rechazarlo con una excusa. Si me quedo, quizá pueda expiar el daño que le he hecho a Lucy, a los demás. Podría convencerlos de que lo siento. Y —añadió con algo de su antiguo orgullo— no quiero irme porque la gente diga mentiras sobre mí. Deberán aprender a retrac­tarse. Y si tengo que irme porque... porque otros lo deseen, no será ahora mismo.

—Bueno —dijo el doctor Kenn tras reflexionar un poco—, si está decidida, señorita Tulliver, puede contar con que ejerceré toda la influencia que me confiere mi posición. Como párroco, debo ayudarla y respaldar su deci­sión. Añadiré que también siento un profundo interés personal en su paz de espíritu y su bienestar.

—Lo único que quiero es un trabajo que me permita ganarme el pan y ser independiente —dijo Maggie—. No necesitaré mucho, puedo seguir alo­jada donde estoy.

—Pensaré más despacio sobre esto —dijo el doctor Kenn— y dentro de unos días seré más capaz de valorar la opinión general. Iré a verla y la ten­dré presente en mi pensamiento.

Cuando Maggie se marchó, el doctor Kenn permaneció de pie, pensa­tivo, con las manos a la espalda y los ojos clavados en la alfombra, con una dolorosa sensación de duda y dificultad. El tono de la carta de Stephen, que había leído, y el relato de las personas concernidas lo habían conven­cido de que la boda tardía entre Stephen y Maggie podría ser un mal menor; y la imposibilidad de que convivieran en Saint Ogg's en cualquier otra circunstancia, a menos que fuera tras años de separación, dificultaba enormemente la permanencia de Maggie. Por otra parte, entendía —con toda la comprensión de un hombre que ha conocido el conflicto espiritual y ha vivido largos años de devoto servicio a sus semejantes— el estado del corazón y la conciencia de Maggie, los cuales le hacían considerar su consentimiento a ese matrimonio como una profanación. No debían forzar la conciencia de Maggie: en realidad, se había guiado por principios más altos que el deseo de arreglar las consecuencias. La experiencia le decía que la intervención era una responsabilidad demasiado incierta para abordarla a la ligera: la decisión entre intentar restablecer las relaciones con Lucy y Philip o aconsejarle que se dejara llevar por el nuevo senti­miento se escondía en una oscuridad tanto más impenetrable cuanto que cada paso quedaba cegado por el mal.

El gran problema de la fluctuante relación entre la pasión y el deber no tiene solución: no tenemos una respuesta general que diga cuándo un hombre ha ido más allá de la posibilidad de renunciar y debe aceptar el dominio de una pasión contra la que ha luchado como si fuera un peca­do. Los casuistas se han convertido en sinónimo de reproche, pero su per­vertido espíritu de discriminación los aproxima a una verdad ante la que los ojos y los corazones muchas veces se hallan fatalmente ciegos. Lo cier­to es que los juicios morales son falsos y huecos a menos que los ilumine una referencia constante a las circunstancias especiales que señalan la suerte individual.



Las gentes de inteligencia abierta y sólida sienten una repugnancia instintiva por los hombres partidarios de las máximas, porque bien pronto advierten que las frases grandilocuentes no pueden contener la misteriosa complejidad de nuestra vida, y que encerrarnos en fórmulas de esta clase supone reprimir todas las inspiraciones y e impulsos divinos que surgen de la comprensión y la intuición. Y el hombre de máximas es el representan­te popular de los talantes que guían sus juicios morales únicamente por reglas generales con la idea de que éstas los conducirán a la justicia con un método de esquemas previos, sin la molestia de aplicar la paciencia, el dis­cernimiento y la imparcialidad, sin asegurarse de si poseen la intuición que procede de un análisis penoso de la tentación o de una vida rica e intensa que ha generado un amplio espíritu de camaradería hacia todo lo humano.

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