George Eliot El molino del Floss



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LIBRO SEPTIMO

El rescate final



Capítulo I


El regreso al molino
Entre las cuatro y las cinco de la tarde del quinto día tras aquel en que Stephen y Maggie partieron de Saint Ogg's, Tom Tulliver se encontraba de pie en el camino de grava que conducía hacia la vieja casa del molino de Dorlcote. Ahora era el dueño: había cumplido el deseo que había expresado su padre en el lecho de muerte y, gracias a años de trabajo enér­gico y firme gobierno de sí mismo, estaba cerca de alcanzar una respeta­bilidad superior incluso a aquella que había sido orgulloso patrimonio de los Dodson y los Tulliver.

Pero mientras permanecía de pie bajo el sol todavía cálido de aquella tarde de verano, su rostro no reflejaba alegría ni triunfo. El gesto de la boca era de la mayor amargura, el severo ceño estaba profundamente fruncido mientras se echaba el sombrero sobre los ojos para protegerlos del sol y metía las manos en los bolsillos para empezar a caminar arriba y abajo por la gravilla. No había llegado noticia alguna de su hermana desde que Bob Jakin regresó en el vapor de Mudport y puso fin a todas las impro­bables suposiciones de un accidente en el agua al afirmar que la había visto desembarcar con el señor Guest. ¿Sería la siguiente noticia la de su matrimonio...? ¿O qué otra cosa? Probablemente, que no se había casado. Tom tendía a esperar lo peor: no la muerte, sino la deshonra.

Mientras caminaba dando la espalda a la verja y de cara a la impetuosa corriente del caz, una figura alta de ojos negros que bien conocemos se acercó a la puerta y se detuvo para mirarlo mientras el corazón le latía a toda velocidad. Su hermano era el ser humano que más temía desde la infancia, sentía por él ese temor que experimentamos cuando amamos a una persona inexorable, inflexible, inalterable, con un carácter al que no podemos amoldarnos y de la que, sin embargo, no podemos alejarnos. Este miedo profundamente arraigado era el que agitaba a Maggie: a pesar de ello, estaba firmemente decidida a regresar con su hermano, como el refugio natural que le correspondía. Cuando recordaba su debilidad sen­tía tal humillación, tal angustia ante el daño infligido, que casi deseaba soportar la severidad de los reproches de Tom, someterse en silencio al jui­cio duro y reprobatorio contra el que se había rebelado tantas veces: ahora le parecía justo, ¿quién podría ser más débil que ella? Ansiaba la ayuda que pudiera derivarse de una confesión completa y dócil, de hallarse en pre­sencia de aquellas personas cuya mirada y cuyas palabras fueran reflejo de su conciencia.

Maggie había tenido que permanecer postrada en la cama en York durante un día con un terrible dolor de cabeza, consecuencia lógica de la tensión del día anterior. Todavía se reflejaba el dolor físico en su frente y en sus ojos, y su aspecto entero, tras llevar el mismo vestido varios días, resultaba ajado y agotado. Alzó el pasador de la puerta de la verja y entró lentamente. Tom no la oyó, ya que en aquel momento estaba cerca del estruendoso dique; pero no tardó en darse la vuelta y, al levantar la vista, reparó en la figura agotada y solitaria, que le pareció una confirmación de sus peores conjeturas. Se detuvo, tembloroso y pálido de repugnancia e indignación.

Maggie también se detuvo a tres yardas de distancia. Advirtió la expre­sión del rostro de Tom, vibró con su odio, pero se sintió en la obligación de hablar.

—Tom —empezó débilmente—. He vuelto contigo... He vuelto a casa..., a buscar refugio, a contártelo todo.

—No tengo intención de ofrecerte un hogar —contestó Tom con tem­blorosa rabia—. Nos has avergonzado a todos, has deshonrado el nombre de mi padre. Has sido una maldición para tus parientes más próximos. Te has comportado con bajeza, has engañado, nada te detiene. Me desen­tiendo de ti para siempre, no eres nada mío.

Su madre había salido a la puerta y aguardaba, paralizada ante la doble impresión de ver a Maggie y oír a Tom.

—Tom —insistió Maggie con más valor—. Tal vez no sea tan culpable como tú crees. Nunca quise expresar mis sentimientos, luché contra ellos. Me vi arrastrada en el bote demasiado lejos para regresar el martes, y he vuelto tan pronto como he podido.

—Nunca más podré creer en lo que digas —dijo Tom, pasando gradual­mente de la temblorosa agitación del principio a la fría inflexibilidad— ­Has mantenido una relación clandestina con Stephen Guest, igual que hiciste antes con otro hombre. Fue a verte a casa de la tía Moss; paseaste sola con él por los caminos. Debes de haberte comportado como no lo habría hecho una muchacha decente con el novio de su prima; de no ser así, nada de esto habría sucedido. La gente de Luckreth te vio pasar, pasas­te por delante de los otros pueblos; sabías lo que hacías. Has estado utili­zando a Philip Wakem como tapadera para engañar a Lucy, la mejor amiga que has tenido nunca. Ve a ver el modo en que se lo has devuelto: está enferma, es incapaz de hablar; ni siquiera nuestra madre puede acercarse a ella, porque se acuerda de ti.

Maggie estaba aturdida y demasiado angustiada para advertir ninguna diferencia entre su culpa real y las acusaciones de su hermano, y más inca­paz todavía de defenderse.

—Tom dijo, retorciéndose las manos bajo la capa mientras se esforzaba en hablar—, me arrepiento amargamente de todo lo que pueda haber hecho... Quiero reparar el daño causado... Soportaré lo que sea... No quiero volver a equivocarme.

—¿Y qué va a. impedírtelo? —preguntó Tom con cruel amargura—. No te lo impedirán la religión, ni el sentido del honor o de la gratitud. Y él... merecería un tiro, si no fuera... Pero tú eres diez veces peor que él. Odio tu carácter y tu conducta. Dices que has luchado contra tus sentimientos. ¡Sí! Yo también he luchado contra los míos, pero he vencido. Mi vida ha sido mucho más dura que la tuya, pero yo me he consolado cumpliendo con mi deber. No pienso tolerar un carácter como el tuyo: el mundo sabrá que yo sí distingo entre el bien y el mal. Si pasas necesidades, me ocuparé de ti. Puedes comunicárselo a nuestra madre. Pero no te alojarás bajo mi techo. Ya basta con que tenga que soportar el pensamiento de tu deshon­ra, tu vista me resulta odiosa.

Maggie iba dándose la vuelta lentamente, llena de desesperación. Pero el pobre y asustado amor materno, más fuerte que cualquier temor, se pre­cipitó a intervenir.

—¡Hija mía! Me voy contigo, siempre seré tu madre.

¡Oh, el dulce reposo de ese abrazo para la desgraciada Maggie! Es de mas ayuda un sorbo de simple piedad humana que toda la sabiduría del mundo.

Tom dio media vuelta y entró en la casa.

—Entra, hija mía —susurró la señora Tulliver—. Dejará que te quedes y duermas en mi cama. Si se lo pido no me lo podrá negar.

—No, madre —contestó Maggie con una voz grave que parecía un gemido—. No quiero entrar nunca más.

—Entonces, espérame fuera. Me preparo y voy contigo.

Cuando apareció su madre con la capota puesta, Tom le salió al encuen­tro en el pasillo y le puso dinero en la mano.

—Mi casa siempre será la suya, madre —dijo—. Venga para contarme todo lo que quiera, vuelva conmigo.

La pobre señora Tulliver tomó el dinero, demasiado asustada para decir nada. Lo único que estaba claro para su instinto materno era que se iba con su desgraciada hija.

Maggie esperaba en el exterior de la verja; cogió la mano de su madre y caminaron un poco en silencio.

—Madre —dijo Maggie finalmente—, iremos a la casita de Luke; él me dejará entrar. Era muy bueno conmigo cuando era pequeña.

—Hija, no tiene sitio para nosotros; su mujer ha tenido muchos hijos. No sé adónde ir, como no sea a casa de una de tus tías... y casi no me atrevo —dijo la pobre señora Tulliver, desprovista de recursos mentales en aquel momento extremo.

Maggie permaneció en silencio un rato.

—Vamos a casa de Bob Jakin, madre —dijo—; si no tiene ahora otro hués­ped, su esposa tendrá sitio para nosotras.

De modo que se encaminaron a Saint Ogg's, a la vieja casa situada junto al río.

Bob se encontraba en su casa, sumido en una tristeza que se resistía incluso a la felicidad y el orgullo de ser padre de una criatura de dos meses, la más alegre de esa edad que príncipe o buhonero hayan tenido nunca. Tal vez no habría llegado a entender por completo lo irregular de la aparición de Maggie con el señor Guest en el muelle de Mudport si no hubiera presenciado el efecto que la noticia causó en Tom cuando fue a comunicársela; y, desde entonces, las circunstancias que daban un carác­ter catastrófico a la fuga habían trascendido los círculos más educados de Saint Ogg's y se habían convertido en tema de conversación para mozos de cuadra y chicos de los recados. Por este motivo, cuando abrió la puerta y vio a Maggie delante de él, triste y fatigada, no tuvo que preguntar nada; sólo tenía una pregunta, pero ésa no se atrevió a formularla en voz alta. ¿Dónde estaba el señor Guest? Él, por su parte, esperaba que se encontrara en la zona más caliente de un lugar situado en el otro mundo y desti­nado a los caballeros que se comportaban de tal modo. Las habitaciones estaban vacías y las dos señoras Jakin, tanto la grande como la pequeña, recibieron la orden de arreglarlas para la «Señora y la señorita»... ¡Ay! Que todavía era «señorita». El ingenioso Bob se sentía dolorosamente intrigado por cómo podía haberse llegado a ese resultado, cómo el señor Guest podía haberla dejado o podía haber permitido que se alejara de él teniendo la posibilidad de retenerla. Pero permaneció en silencio y no quiso permitir que su esposa hiciera pregunta alguna; no quiso presentar­se en la habitación, no fuera a parecer que se entrometía y deseaba satis­facer su curiosidad; y se comportó con la muchacha de ojos negros con la misma caballerosidad que en la época en que le hizo el memorable rega­lo de aquellos libros.

Sin embargo, al cabo de un día o dos, la señora Tulliver se fue al moli­no durante unas horas para ocuparse de los asuntos domésticos de Tom. Maggie había insistido en que lo hiciera: tras el primer estallido violento de sentimientos, que se produjo en cuanto ya no tuvo que ocuparse de nada, ya no le fue tan necesaria la presencia de su madre; incluso deseaba estar sola con su pena. Sin embargo, llevaba poco rato sola en el viejo salón cuando llamaron a la puerta. Volvió el triste rostro para decir «adelante» y vio entrar a Bob con la pequeña en brazos y con Mumps pisándole los talo­nes.

—Si le molestamos, nos vamos, señorita —dijo Bob.

—No —dijo Maggie en voz baja, deseando poder sonreír.

Bob, tras cerrar la puerta a sus espaldas, se le acercó y se detuvo ante ella.

—¿Ve, señorita?, tenemos una nena. Quería que la mirara y la cogiera en brazos, si tiene la bondad. Porque nos hemos tomado la libertad de darle su nombre, y se lo digo pa que lo sepa.

Maggie no podía hablar, pero tendió los brazos para coger a la criatura mientras Mumps olfateaba inquieto con intención de asegurarse de que el cambio era correcto. El corazón de Maggie se había henchido con el gesto Y las palabras de Bob: sabía bien que era el modo que había elegido para demostrarle su comprensión y su respeto.

—Siéntate, Bob —dijo después, y Bob se sentó en silencio. Cosa nueva, su lengua no se dejaba manejar y se negaba a decir lo que él quería.

—Bob —dijo Maggie al cabo de un momento, mirando a la nena y sosteniéndola inquieta, como si temiera que pudiera deslizarse de su pensa­miento y de sus dedos—, quisiera pedirte un favor.

—No hable así, señorita —dijo Bob, agarrando a Mumps por la piel del cuello—. Si puedo hacer algo por usté, me gustará tanto como el jornal de un día.

—Quisiera que fueras a ver al doctor Kenn, hablaras con él y le dijeras que estoy aquí y que le agradecería mucho que viniera a verme mientras mi madre está fuera. No volverá hasta la noche.

—Ajá, señorita. Dicho y hecho. Está aquí al lao; pero la señora Kenn está de cuerpo presente, mañana la entierran... Se murió el día en que llegué de Mudport. Es una pena que s'haya muerto ahora, si quiere hablar con él. No me gustaría molestarlo todavía...

—¡Oh, no, Bob! —exclamó Maggie—. Debemos dejarlo tranquilo, por lo menos durante unos días, hasta que oigas decir que vuelve a encargarse de las cosas. Aunque quizá se vaya de la ciudad, un poco lejos —añadió, sin­tiéndose de nuevo abatida.

—Él no es asin, señorita —dijo Bob—. No irá a ningún sitio. No es d’esos que se van a llorar a un balneario cuando se les muere la mujer: tiene otras cosas que hacer. Se ocupa de la parroquia. Bautizó a la nena y me s'acercó pa preguntarme qué hacía los domingos, ya que no iba a la iglesia. Le dije que estaba fuera tres de cada cuatro, y que estoy tan acostumbrao a estar de pie que no puedo aguantar sentado tanto rato seguido. «Pardiez, señor —voy y le digo— a un buhonero le basta con un poco de iglesia, el sabor es fuerte —le digo yo— y no es bueno pasarse». Eh, señorita, ¡qué bien se porta la nena con uste! Es como si la conociera. En parte, la conoce, estoy segu­ro, como los pájaros conocen la mañana.

No cabía duda de que la lengua de Bob se había liberado de su invo­luntaria inmovilidad, e incluso corría el riesgo de hacer más trabajo del necesario. Sin embargo, era tan difícil acercarse a los temas sobre los que ansiaba estar informado que su lengua antes tendía a seguir el camino fácil que a llevarlo por un sendero intransitado. Al advertirlo, permaneció un rato más en silencio, rumiando sobre los distintos modos de plantear la pregunta.

—¿Me permite que l'haga una pregunta? —dijo finalmente, con voz más tímida que de costumbre.

Maggie se sorprendió un poco.

—Sí, Bob —contestó—. Si es sobre mí, pero no sobre los demás.

—Bien, señorita, ¿guarda rencor a alguien?

—No, a nadie —contestó Maggie, alzando los ojos hacia él con curiosi­dad—. ¿Por qué?

—Pardiez, señorita —dijo Bob, pellizcando el pescuezo de Mumps con más fuerza que nunca—. Que si tiene rencor a alguien y me lo dice, le doy de palos hasta quedarme ciego, y que aluego la justicia haga conmigo lo que quiera.

—¡Oh, Bob! —dijo Maggie sonriendo débilmente—. Eres muy buen amigo. Pero no quiero castigar a nadie, aunque me hayan hecho daño. Yo he hecho daño a los demás demasiadas veces.

Este punto de vista desconcertó a Bob y lanzó más oscuridad que nunca sobre lo que podía haber sucedido entre Stephen y Maggie. Pero habría sido indiscreto seguir haciendo más preguntas, suponiendo que hubiera sido capaz de darles la forma adecuada, y debía llevar a la nena con la madre, que la aguardaba.

—A lo mejor le gustaría tener a Mumps pa que le haga compañía, seño­rita —dijo después de cogerle a la niña—. Hace buena compañía, este Mumps... Lo sabe y no molesta . Si se lo digo, se quedará delante de usté y la vigilará, bien quieto, igual que me vigila el fardo. Permita que se lo deje un rato, así le tomará cariño. Es buena cosa que le tenga cariño a uno un animal mudo; hace compañía y está bien callao.



—Sí, déjamelo, por favor —contestó Maggie—. Me parece que me gustaría que fuera amigo mío.

Mumps, quieto aquí —dijo Bob, señalando un lugar delante de Maggie—. Y no te muevas hasta que te lo digan.

Mumps se echó al instante y no mostró inquietud alguna cuando su amo salió de la habitación.


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