George Eliot El molino del Floss



Descargar 2,14 Mb.
Página53/59
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño2,14 Mb.
1   ...   49   50   51   52   53   54   55   56   ...   59

Capítulo XIV


El despertar
Después de que Maggie se durmiera, Stephen, cansado también de tanto remar y de la intensa vida interior de las últimas doce horas, pero dema­siado inquieto para dormir, caminó y vagó por cubierta, fumando, hasta pasada la media noche, sin ver las aguas oscuras y ajeno a las estrellas, inte­resado tan sólo en el futuro próximo y lejano. Finalmente, el cansancio venció a la inquietud y se envolvió en unas lonas, a los pies de Maggie.

Ésta se había dormido antes de las nueve y al cabo de seis horas, antes de que pudiera percibirse el menor indicio del amanecer estival, se des­pertó de uno de esos sueños tan vívidos que acompañan a los más pro­fundos descansos. Se encontraba en un bote con Stephen, en mitad de las aguas, y en la creciente oscuridad aparecía algo similar a una estrella, que crecía y crecía hasta que advirtieron que era la Virgen, sentada en el bote de San Ogg. La barca fue acercándose hasta que vieron que la Virgen era Lucy y el barquero era Philip... No, no era Philip, sino Tom, que pasó remando junto a ella, sin mirarla; Maggie se levantó para extender los bra­zos y llamarlo y, debido al movimiento, la barca volcó y empezaron a hun­dirse, hasta que con un estremecimiento de temor creyó despertar y se encontró de nuevo en su infancia en el salón de su casa, al atardecer, y Tom no estaba enfadado. Del alivio del falso despertar pasó al verdadero, al chapoteo del agua contra el barco, al sonido de unos pasos sobre la cubierta y al terrible cielo estrellado. Transcurrieron unos momentos de total desconcierto antes de que consiguiera desenmarañarse de la confusa red de sueños: pero pronto se impuso la terrible verdad. Stephen no esta­ba entonces a su lado: se encontraba sola con sus recuerdos y con su temor. Había cometido un error irrevocable que mancharía su vida para siempre; había llevado la tristeza a la vida de los demás, a unas vidas unidas a la suya por el amor y la confianza. Un sentimiento de apenas unas pocas semanas la había empujado hacia los pecados que su naturaleza más rechazaba: la deslealtad y el egoísmo cruel. Había roto los lazos que daban sentido al deber, y se había convertido en un alma proscrita sin más guía que la capri­chosa elección de su pasión. ¿Y adónde la llevaría todo aquello? ¿Adónde la había llevado? Había dicho que preferiría morir que caer en aquella ten­tación. Ahora se daba cuenta, ahora que veía las consecuencias de su caída antes de que se completara. Aquel era, al menos, el fruto de tantos años de luchar por lo más alto y lo mejor: pues su alma, por muy traicionada, cautivada, atrapada que estuviera, nunca podría escoger deliberadamente lo más bajo. ¿Y qué era lo que elegía? Por Dios, no era la felicidad, sino una crueldad y una dureza deliberadas, porque ¿podría alguna vez dejar de ver ante sí a Lucy y a Philip, a cuya confianza y esperanza había puesto fin? Su vida con Stephen no podía ser sagrada: ella misma se hundiría y vagaría para siempre, movida por un impulso incierto; porque había dejado mar­char el hilo de la vida, la hebra a la que, en tiempos lejanos, su joven nece­sidad se había aferrado con tanta fuerza. Entonces, antes de conocerlos, antes de que estuvieran a su alcance, había renunciado a todos los place­res: Philip tenía razón cuando le dijo que no sabía nada sobre la renun­ciación: ella creía entonces que era un éxtasis tranquilo; ahora veía cara a cara esa triste y paciente fuerza vital que contiene el hilo de la vida, y veía que las espinas se le clavarían siempre en la frente. El ayer que jamás podría borrarse... si pudiese cambiarlo por cualquier sufrimiento interno y silencioso, por largo que fuera, se habría inclinado bajo aquella cruz con sensación de alivio.

Llegó el amanecer y con él la luz rojiza del Este mientras su vida pasa­da se apoderaba así de ella, con el férreo abrazo propio de los momentos extremos, cuando todavía es posible el rescate. Vio a Stephen, tendido en la cubierta, profundamente dormido, y al mirarlo le invadió una oleada de angustia que estalló en forma de sollozo largo tiempo contenido. Lo más amargo de la separación, el pensamiento que provocaba el más agudo grito interior en demanda de auxilio era el dolor que debía infli­girle. Mas, por encima de todo, se encontraba el horror ante el fracaso, el temor a que su conciencia volviera a embotarse y careciera de energía hasta que fuera demasiado tarde. ¡Demasiado tarde! Era ya demasiado tarde para impedir el dolor, tal vez para todo lo que no fuera huir del últi­mo acto de bajeza: probar una alegría arrancada a unos corazones des­trozados.

El sol se elevaba y Maggie se incorporó con la sensación de que empezaba para ella un día de resistencia. Todavía tenía lágrimas en las pestañas cuando, con la cabeza cubierta por el chal, se sentó para mirar el sol que se redondeaba lentamente. Algo despertó también a Stephen y, levantán­dose de su duro lecho, fue a sentarse a su lado. Le bastó una mirada para que el agudo instinto de su amor inquieto percibiera en ella algo alarmante. Lo asaltó el temor a encontrar en el carácter de Maggie una resis­tencia que fuera incapaz de vencer. Tuvo la incómoda conciencia de que el día anterior había despojado a Maggie de su libertad: Stephen poseía de modo innato demasiado honor para no advertir que si la voluntad de Maggie vacilaba, su conducta resultaría odiosa y ella tendría todo el dere­cho a reprochárselo.

Pero Maggie no pensaba en ese derecho: era demasiado consciente de su propia debilidad, estaba demasiado llena de la ternura que provoca la perspectiva de la necesidad de infligir una herida. Dejó que Stephen le tomara la mano cuando se acercó a sentarse a su lado y le sonrió con una mirada triste: no se sentía capaz de decir nada que lo apenara hasta que se acercara el momento de la posible separación. De manera que tomaron juntos una taza de café, caminaron por cubierta y oyeron la afirmación del capitán de que se encontrarían en Mudport a las cinco, mientras cada uno soportaba su carga: Stephen sentía un vago temor y confiaba en que las horas siguientes lo disiparan, y Maggie, tras tomar una decisión, intentaba en silencio hacerla más firme. Durante toda la mañana Stephen no dejó de manifestar su inquietud por el cansancio y las incomodidades que sufría Maggie, y aludió al desembarco, al cambio de medio de transporte y al reposo del que disfrutaría en un carruaje con el deseo de tranquili­zarse completamente, dando por hecho que todo sucedería tal como él había dispuesto. Durante un rato, Maggie se conformó con decirle que había descansado bien durante la noche y que no le importaba ir en barco —no era como estar en alta mar sino sólo un poco menos agradable que navegar en bote por el Floss—. Sin embargo, la mirada traiciona las deci­siones ocultas y, a medida que avanzaba el día, Stephen se sentía más incó­modo ante la sensación de que Maggie había abandonado por completo su pasividad. Ansiaba hablar de su matrimonio, aunque no se atrevía: de dónde irían después y de los pasos que daría para informar a su padre y a los demás de lo sucedido. Deseaba tranquilizarse con un asentimiento táci­to, pero cada vez que la miraba, se asustaba aún más ante la expresión de tranquila tristeza que aparecía ahora en sus ojos. De modo que ambos se mostraban cada vez más silenciosos.

—Ya se ve Mudport —anunció Stephen finalmente—. Vida mía —añadió, volviéndose hacia ella con una mirada no exenta de súplica—: ya ha pasa­do lo más cansado. Una vez en tierra, podremos ir más deprisa. Dentro de hora y media podremos estar juntos en un coche y, después de esto, te parecerá un descanso.

Maggie comprendió que había llegado el momento de hablar, no sería justo asentir con su silencio.

—No iremos juntos —declaró en un tono tan bajo como el de Stephen pero firmemente decidida—. Viajaremos por separado.

La sangre afluyó al rostro de Stephen.

—No nos separemos: preferiría morir.

Tal como había temido, se avecinaba la lucha. Pero ninguno de los dos se atrevió a añadir una palabra hasta que arriaron el bote y los llevaron al embarcadero. Allí había un grupo de curiosos y pasajeros que aguardaba la partida del vapor hacia Saint Ogg's. Cuando desembarcó y Stephen avanzaba a toda prisa, tomándola por el brazo, Maggie tuvo la sensación de que alguien se le había acercado, como si quisiera hablar con ella. Pero Stephen tiraba de ella y Maggie era indiferente a todo, excepto a la dura prueba que la aguardaba.

Un mozo los guió hasta la posada y casa de postas más cercana, y Stephen pidió un coche mientras cruzaban el patio, sin que Maggie se diera cuenta.

—Pide que nos acompañen a una habitación donde podamos sentarnos —se limitó a decir.

Cuando entraron, Maggie no se sentó y Stephen, cuyo rostro manifes­taba una desesperada decisión, estaba a punto de tocar la campanilla cuan­do Maggie anunció con voz firme.

—No voy contigo. Debemos separarnos aquí.

—Maggie —dijo Stephen, volviéndose hacia ella y hablando con el tono propio de un hombre que siente que se inicia un proceso de tortura—. ¿Quieres matarme? ¿De qué sirve que digas esto ahora? Ya está hecho.

—No, no todo está hecho —dijo Maggie—. Hemos hecho demasiado, demasiado para que podamos borrarlo. Pero no quiero seguir adelante. No intentes imponerte sobre mí. Ayer no pude escoger.



¿Qué podía hacer Stephen? No se atrevía a acercarse: podría provocar su enfado y alzar así otra barrera. Comenzó a pasear, preso de una per­plejidad enloquecedora.

—Maggie —dijo al final, deteniéndose ante ella y hablando en un tono de triste súplica—: Ten piedad de mí, escúchame... Perdóname lo que hice ayer... Te obedeceré... No haré nada sin tu total consentimiento... Pero no arruines nuestra vida para siempre por una precipitada obstinación que nada bueno traerá para nadie, que sólo puede crear mas mal. Sién­tate, vida mía, y espera. Piensa en lo que vas a hacer. No me trates como si no pudieras confiar en mí.

Stephen había recurrido a la más eficaz de las súplicas; pero Maggie estaba decidida a soportar el dolor.

—No debemos esperar —dijo con voz baja, pero firme—. Debemos separarnos al instante.

—No podemos separarnos, Maggie —dijo Stephen, más impetuoso—. No puedo soportarlo. ¿Qué sentido tiene que me hagas tanto daño? El golpe, sea el que sea, ya se ha dado. ¿Le servirá a alguien que me vuelvas loco?

—No quiero empezar ningún futuro, ni siquiera por ti, accediendo a lo que no debería haber sucedido nunca —dijo Maggie temblorosa—. Sigo sin­tiendo lo mismo que te dije en Basset: preferiría haber muerto a haber caído en esta tentación. Habría sido mejor que entonces nos separáramos para siempre. Sin embargo, debemos separarnos ahora.

—No, no nos separaremos —exclamó Stephen, colocándose ante la puer­ta instintivamente, olvidando todo lo que había dicho unos momentos antes—. No lo soportaría. No respondo de lo que haga.

Maggie se echó a temblar. Se dio cuenta de que no podían separarse repentinamente. Debía ir mas despacio y apelar a los buenos sentimientos de Stephen, tenía que prepararse para una tarea más difícil que salir corriendo tras tomar la decisión. Se sentó. Stephen, mirándola con una expresión de desesperación que lo envolvía como un halo, se acercó len­tamente desde la puerta, se sentó a su lado y le tomó la mano. El corazón de Maggie latió como el de un pájaro asustado; pero aquella franca oposi­ción le fue de ayuda y sintió que su determinación se hacía más firme.

—Recuerda lo que sentías hace unas semanas —dijo ella con un ruego ferviente—, recuerda lo que sentíamos los dos: que nos debíamos a otros y que debíamos vencer toda inclinación que pudiera hacernos traicionar esa deuda. No hemos sido capaces de cumplir nuestra decisión, pero el mal es el mismo.

—No, no es lo mismo —dijo Stephen—. Hemos demostrado que nos es imposible mantenernos firmes en nuestras decisiones. Hemos demostrado que el sentimiento que nos atrae es demasiado fuerte y no podemos supe­rarlo, que la ley natural domina a todas las demás, no podemos evitar los conflictos.

—No es eso, Stephen. Estoy segura de que está mal. He intentado pensar en ello una y otra vez, pero me doy cuenta de que si lo juzgamos desde ese punto de vista, sería argumento válido para cualquier traición y crueldad, podríamos justificar la ruptura de los lazos más sagrados que pueden for­marse en la tierra. Si el pasado no nos atara, ¿en qué se basaría el deber? No habría más ley que el impulso del momento.

—Pero algunas veces no basta la voluntad para mantener los lazos —dijo Stephen, levantándose y poniéndose otra vez a pasear—. ¿Y de qué sirve la mera fidelidad externa? ¿Nos habrían agradecido algo tan vacío como la lealtad sin amor?

Maggie no contestó de inmediato. En ella, el debate no sólo era interior, sino también exterior. Por fin dijo, manifestando apasionadamente sus convicciones, tanto contra ella misma como contra él.

—De entrada, lo que dices parece correcto; pero si lo pienso más atentamente, me convenzo de que es falso. La fidelidad y la lealtad significan algo más que hacer lo que resulta más fácil y agradable para uno. Significan la renuncia a todo lo opuesto a la confianza que los demás han depositado en nosotros, a todo lo que podría causar tristeza a quienes el curso de la vida ha hecho depender de nosotros. Si nosotros... si yo hubie­se sido mejor y más noble, habría tenido presentes esos derechos, los habría sentido presionar en mi corazón tan continuamente, como ahora, cuando mi conciencia está despierta, que nunca habría crecido en mí un sentimiento opuesto, tal como ha sido... Lo habría sofocado de inmedia­to... Habría rezado pidiendo ayuda con tanto fervor... Habría huido, como huimos de un terrible peligro. No encuentro ninguna excusa para mi comportamiento, ninguna. No habría fallado a Lucy y a Philip de esta manera si no hubiera sido débil, egoísta y dura, capaz de pensar en su dolor sin sentir otro dolor tan grande que habría destruido la tentación. ¡Oh! ¿Qué estará sintiendo Lucy? Ella creía en mí... me quería... era tan buena conmigo... Piensa en ella —la voz de Maggie fue ahogándose con estas palabras.



—No puedo pensar en ella —rechazó Stephen—. No puedo pensar en nada más que en ti. Maggie, pides a un hombre lo imposible. Todo lo que dices ya lo he sentido y ahora ya no puedo volver a sentirlo. ¿Y para qué sirve que te dediques a pensar en ello, excepto para torturarme? Ya no puedes evitarles ningún dolor, sólo puedes separarte de mí y hacer que ya no desee seguir viviendo. Aunque pudiéramos retroceder y cumplir con nuestros compromisos, suponiendo que eso todavía fuera posible, sería odioso, horrible pensar en que. pudieras convertirte en la esposa de Philip, que fueras para siempre esposa de un hombre al que no amas. Ambos nos hemos salvado de un error.

Maggie se sonrojó profundamente y no pudo decir nada. Stephen lo advirtió. Se sentó de nuevo, le tomó una mano y la miró con apasionada súplica.

—¡Maggie! ¡Mi vida! Si me quieres, eres mía. ¿Quién puede tener más derecho que yo? Mi vida está atada a tu amor. Nada del pasado puede anu­lar el derecho del uno al otro: por primera vez en nuestra vida, amamos en cuerpo y alma.

Maggie siguió en silencio durante un rato, con los ojos bajos. Stephen empezaba a albergar nuevas esperanzas de triunfar. Pero Maggie levantó los ojos y lo miró con la angustia del arrepentimiento, pero no la de la ren­dición.

—No, no en cuerpo y alma, Stephen —dijo con temerosa decisión­— Nunca di mi consentimiento de modo racional. Los recuerdos, afectos, deseos de alcanzar una bondad perfecta tienen tanto poder sobre mí que no podría olvidarlos durante mucho tiempo, regresarían y resultaría dolo­roso, llegaría el arrepentimiento. No podría vivir en paz si interpusiera la sombra de un pecado deliberado entre Dios y yo. Ya he causado pena, lo sé, me doy cuenta, pero no ha sido de modo deliberado. Nunca he dicho: «Que sufran para que yo sea feliz. Nunca ha sido mi voluntad casarme contigo: si consiguieras mi consentimiento en el momento del triunfo de mis sentimientos hacia ti, no tendrías toda mi alma. Si pudiera despertar­me anteayer, preferiría ser fiel a mis plácidos afectos y vivir sin la alegría del amor

Stephen le soltó la mano y, levantándose con impaciencia, caminó arri­ba y abajo por la habitación con rabia contenida.

—¡Por Dios! —estalló por fin—. ¡Qué poco vale el amor de una mujer! Yo sería capaz de cometer crímenes por ti y, mientras tanto, tú sopesas las cosas de ese modo. No me quieres: si me quisieras la décima parte de lo que yo te quiero a ti, te sería imposible pensar ni un solo momento en sacrificarme. Pero a ti no te importa nada despojar mi vida de toda felici­dad.

Maggie apretó los dedos de modo casi convulsivo mientras mantenía las manos unidas sobre el regazo. Estaba aterrorizada, como si sólo pudiera divisar dónde se encontraba gracias a la luz de los relámpagos y, tras ellos, tuviera que tantear la oscuridad.

—No, no te sacrifico, no podría —dijo en cuanto pudo hablar de nuevo—, pero no creo que sea bueno para ti lo que considero..., lo que los dos con­sideramos un daño para los demás. No podemos escoger entre nuestra felicidad o la de los demás, no podemos saber en qué consiste. Sólo pode­mos escoger entre ceder a nuestros deseos del presente o renunciar a ellos para obedecer a la voz divina que oímos en nuestro interior, para ser fieles a todos los motivos que santifican nuestras vidas. Ya sé que es duro creer en esto, me cuesta hacerlo; pero sé que si dejo de creer, ninguna luz me guiará por la oscuridad de esta vida.

—Pero Maggie —insistió Stephen, sentándose de nuevo a su lado—. ¿Es posible que no te des cuenta de que lo que sucedió ayer lo cambió todo? ¿Qué capricho, qué obstinado prejuicio te ciega? Es demasiado tarde para decir lo que podríamos o lo que deberíamos haber hecho. Aunque obser­vemos lo hecho con los peores ojos, debemos partir de que nuestra posi­ción ha cambiado y. lo más adecuado ya no es lo mismo que antes. Debemos asumir nuestros actos y partir de ellos. ¿Y si nos hubiéramos casa­do ayer? Sería casi lo mismo. El efecto en los demás no habría sido distin­to, sólo habría cambiado para nosotros, ya que entonces habrías recono­cido que el vínculo que te unía a mí era más fuerte que el que te unía a los demás.

Maggie volvió a sonrojarse y guardó silencio. Stephen pensó de nuevo que empezaba a imponer su punto de vista: en realidad, nunca había pen­sado que pudiera dejar de imponerlo: algunas posibilidades no nos asus­tan porque no nos atrevemos siquiera a considerarlas.

—Mi vida —murmuró con el tono más tierno y profundo que fue capaz, inclinándose hacia ella y rodeándola con el brazo—. Ahora eres mía... el mundo lo cree así... nuestro deber debe partir de este hecho... Dentro de unas horas serás legalmente mi esposa. Y quienes tengan algún derecho sobre nosotros deberán rendirse, verán que se oponía una fuerza a sus dere­chos... Dame un beso, mi vida... Ha pasado tanto tiempo desde el último...

Los ojos de Maggie se abrieron con una mirada aterrorizada ante el ros­tro que tenía tan cerca y se levantó de un brinco, de nuevo pálida.

—¡Oh! No puedo —dijo con voz casi agónica— Stephen... no me lo pidas... no insistas... No puedo discutir más... No sé qué es lo más razo­nable, pero mi corazón no me permitirá hacerlo. Me doy cuenta... siento su inquietud: como si la tuviera grabada en la cabeza con un hierro can­dente. Yo sufrí y no tuve a nadie que se apiadara de mí... y ahora he hecho que los demás sufrieran. Nunca me abandonaría... me amargaría nuestro amor... Quiero a Philip de otro modo, recuerdo todo lo que nos diji­mos ...Sé que pensaba en mí como la promesa de su vida. Tuve la oportu­nidad de aliviar su destino ...y lo he abandonado. Y he engañado a Lucy... a ella, que confiaba en mí más que nadie. No puedo casarme contigo. No puedo quedarme con un bien obtenido de su desgracia... Esa no es la fuerza que debería guiarnos... La que sentimos el uno por el otro... Me alejaría de todo lo que mi vida pasada ha hecho que apreciara. No puedo iniciar una nueva vida y olvidarlo.. . Debo regresar a ello y aferrarme, si no, me sentiría como si no pisara tierra firme.

—¡Por Dios, Maggie! —exclamó Stephen, levantándose también y agarrándola por el brazo—. Deliras: ¿cómo puedes volver sin casarte conmigo? No sabes lo que dirán, mi vida. No ves las cosas cómo son.

—Sí, sí las veo. Pero me creerán... Lo confesaré todo... Lucy me creerá... te perdonará. Y.. y... si vamos por buen camino, las cosas irán bien. Querido Stephen... ¡Déjame marchar! No me arrastres a más remordi­mientos. Mi alma nunca ha dado su consentimiento y tampoco lo da ahora.

Stephen le soltó el brazo y se dejó caer en la silla, aturdido por la ira desesperada. Permaneció en silencio durante unos momentos, sin mirar­la, mientras ella lo contemplaba inquieta y alarmada ante aquel repentino cambio.

—Adelante, entonces —dijo finalmente, sin mirarla—. Déjame. No me tor­tures más. No puedo soportarlo.

Involuntariamente, se inclinó hacia él y extendió la mano para tocarlo. Pero él se apartó como si fuera un hierro candente.

—Déjame.

Maggie no era consciente de tomar una decisión cuando se alejó de aquel rostro sombrío que miraba hacia otro lugar y salió de la habitación: era como un movimiento mecánico en respuesta a una intención ya olvidada. ¿Qué sucedió después? La sensación de bajar las escaleras como en un sueño... unas losas... el coche y los caballos que esperaban... después una calle, el giro hacia otra calle, donde aguardaba una diligencia recogiendo pasajeros... y la idea repentina de que aquel carruaje se la llevaría, tal vez hacia casa. Pero no podía preguntar nada todavía: se limitó a subir al coche.

Su casa... donde estaban su madre y su hermano... Philip... Lucy... el escenario de sus cuitas y preocupaciones.. . era el refugio hacia el cual ten­día su pensamiento... el santuario donde se guardaban las reliquias sagra­das... donde impedirían que volviera a caer. Pensar en Stephen era como un terrible pulso doloroso que, sin embargo, como sucede con estos dolo­res, parecía estimular el pensamiento. Pero apenas tenía presente lo que otros pudieran decir o pensar de su conducta. El amor, la profunda pena y el angustiado remordimiento no dejaban lugar para ello.

El carruaje la llevaba hacia York, todavía más lejos de su casa, pero no se enteró hasta que se apeó en la vieja ciudad a medianoche. No importa­ba: podía dormir allí y ponerse en marcha hacia su casa al día siguiente. Llevaba el monedero en el bolso con todo su dinero: un billete y un sobe­rano. Lo había olvidado allí tras ir de compras dos días antes.

¿Se acostó aquella noche en el lúgubre dormitorio de la vieja posada firmemente decidida a seguir el camino del sacrificio penitente? Los grandes combates de la vida no son tan sencillos; los grandes problemas no resul­tan tan claros. En la oscuridad de aquella noche, veía el apenado rostro de Stephen vuelto hacia ella, lleno de pasión y reproche. Revivía la trémula delicia de su compañía que convertía la existencia en un flujo de alegría en lugar de un esfuerzo firme y callado: el amor al que había renunciado regresaba a ella con un cruel encanto, sentía que abría los brazos para reci­birlo otra vez y entonces parecía escabullirse, desvanecerse y esfumarse, dejando tras de sí el sonido de una voz profunda vibrante que decía: «Se ha ido... se ha ido para siempre.»

1   ...   49   50   51   52   53   54   55   56   ...   59


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal