George Eliot El molino del Floss



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Capítulo XIII


Arrastrados por la marea
Antes de que transcurriera una semana, Maggie se encontraba de nuevo en Saint Ogg's y, exteriormente, parecía como si nada hubiera cambiado desde el principio de su estancia. Le resultaba fácil llenar las mañanas lejos de Lucy, ya que debía.. cumplir con las visitas prometidas a la tía Glegg, y era natural que dedicara a su madre más tiempo durante las últi­mas semanas, especialmente cuando había que pensar en los preparativos para llevar la casa de Tom. Sin embargo, Lucy no admitía que ningún pre­texto la mantuviera alejada durante las tardes: debía siempre llegar de casa de la tía Glegg antes de la comida. «Si no, ¿cuándo te veo?», decía Lucy con un mohín lloroso que resultaba irresistible. Y, de modo inexpli­cable, Stephen Guest había tomado por costumbre comer en casa del señor Deane con la mayor frecuencia posible en lugar de evitarlo, como sucedía antes. Al principio, empezaba el día con la decisión de no comer allí y no ir siquiera por la tarde hasta que Maggie se hubiera marchado. Incluso había planeado iniciar un viaje aprovechando el agradable tiem­po de junio: los dolores de cabeza que había estado alegando como moti­vo para su apatía y su silencio eran excusa suficiente. Pero el viaje no tuvo lugar y a la cuarta mañana ya no tomó ninguna decisión sobre la tarde: sólo las esperaba como últimas oportunidades de estar con Maggie, en las que podría robar otro roce, otra mirada. ¿Por qué no? No tenían nada que esconder: sabían —se habían confesado su amor y habían renunciado el uno al otro— que iban a separarse. El honor y la conciencia iban a ale­jarlos. Maggie, con aquel ruego desde lo más profundo de su alma, así lo había decidido; con todo, bien podrían mirarse largamente por última vez a ambos lados del abismo antes de alejarse para no volver a verse hasta que aquella extraña luz se hubiera apagado para siempre de sus ojos.

Entre tanto, en contraste con sus habituales arranques de animación y entusiasmo, Maggie se desenvolvía con tal lentitud y torpor que Lucy habría tenido que buscar otra causa para semejante cambio si no hubie­ra estado convencida de que la situación en que Maggie se encontraba, entre Philip y su hermano, y la perspectiva de aquel tedioso destierro que se había impuesto bastaban para explicar cierta depresión. Sin embargo, bajo aquel aturdimiento tenía lugar una batalla entre emociones de una ferocidad tal que Maggie, en toda una vida de lucha, jamás había conoci­do ni presagiado: tenía la sensación de que el peor rasgo de su carácter había vivido agazapado hasta aquel instante y se había despertado repentinamente, armado hasta los dientes, con un poder espantoso y abruma­dor. En algunos momentos, un egoísmo cruel parecía apoderarse de ella. ¿Por qué no iba a tener que sufrir Lucy? ¿Y por qué no Philip? Ella había tenido que sufrir durante muchos años de su vida, ¿y quién había renun­ciado a algo por ella? Y cuando algo similar a aquella plenitud de la exis­tencia —amor, riqueza, comodidades, refinamientos—, todo aquello que ansiaba su naturaleza, se encontraba al alcance de la mano, ¿por qué iba ella a renunciar para que se lo quedara otra, otra que tal vez lo necesitaba menos? Pero en mitad de este nuevo tumulto apasionado se hacían oír las viejas voces cada vez con mayor intensidad hasta que, de vez en cuando, parecían aplastar el conflicto. ¿Acaso esta existencia que le tentaba era la vida plena que había soñado? ¿Dónde quedaban entonces los recuerdos de su lucha anterior, toda la piedad por el dolor ajeno que había alimentado durante años de afectos y privaciones? ¿Dónde quedaba el presentimiento divino de que le aguardaba algo más elevado que el mero placer personal y que daba a su vida un carácter sagrado? De la misma manera que no podría gustarle caminar lastimándose los pies, tampoco debía aspi­rar a una vida iniciada hiriendo la fe y la comprensión, que eran las prin­cipales virtudes de su alma. Y, además, si el dolor le resultaba tan difícil de soportar, ¿no sucedía lo mismo a los demás? ¡Oh, Dios mío, que no cause dolor a los otros y dame fuerzas para soportar el que me corresponda! ¿Cómo era posible que se viera sumida en una lucha como aquélla, contra una tentación de la que creía sentirse tan a salvo como de cualquier cri­men deliberado? ¿Cuándo había tenido lugar aquel primer y odioso momento en el que había sido consciente de un sentimiento que se estre­llaba contra su verdad, su afecto y gratitud, y cómo era posible que no hubiera hecho nada para sacudírselo con horror, como si hubiera sido algo detestable? Y, sin embargo, puesto que aquella influencia extraña, dulce, dominante, no la conquistaba, no podía conquistarla, y puesto que quedaría reducida a los limites de su sufrimiento personal... coincidía con Stephen en la idea de que todavía podían arrebatar instantes de muda confesión antes de que llegara el momento de la separación. ¿Pues no sufría él también? Lo percibía a diario, lo veía en la enfermiza expresión de hastío que adoptaba cuando se mostraba indiferente a todo, excepto a la posibilidad de verla. ¿Cómo podía negarse a responder a aquella mira­da implorante que la seguía, como un quedo murmullo de amor y dolor? Cada vez la rechazaba con menor intensidad hasta que, al final, en algunas ocasiones, las tardes llegaban a estar hechas de miradas: pensaban en ellas hasta que se producían y después no podían pensar en otra cosa. Stephen parecía también más interesado en cantar: era una manera de hablar a Maggie; quizá no advertía con claridad que lo empujaba a ello el deseo secreto, totalmente contrario a sus decisiones conscientes, de aumentar la influencia que tenía sobre ella. Lector, si prestas atención a tus propias pa­labras, verás que en ocasiones parecen dictadas por los propósitos menos conscientes y comprenderás así la contradicción de Stephen.

Philip Wakem era un visitante menos asiduo, pero aparecía algunas tar­des y así resultó que se encontraba allí un día, al atardecer, mientras esta­ban sentados en el césped.

—Ahora que la serie de visitas a la tía Glegg se ha terminado —dijo Lucy—, me parece que podríamos salir en bote cada día hasta que Maggie se marche. No ha podido hacerlo debido a esas latosas visitas y es lo que más le gusta, ¿verdad, Maggie?

—Supongo que le gusta más que cualquier otro medio de transporte —aclaró Philip dirigiendo una sonrisa a Maggie, que estaba apoltronada en una tumbona de jardín—; si tanto le gustara, vendería el alma al barquero fantasma que ronda por el Floss para que la llevara en bote para siempre.

—¿Le gustaría ser su barquero? —preguntó Lucy—. Si quisiera, podría venir con nosotros y tomar un remo. Si el Floss fuera un lago tranquilo en lugar de un río, no necesitaríamos a ningún caballero, porque Maggie sabe remar muy bien. Pero lo cierto es que nos vemos obligadas a solici­tar la ayuda de caballeros y escuderos, que no parecen ofrecerse con gran presteza.

Lanzó, en broma, una mirada de reproche a Stephen, el cual paseaba de un lado a otro, canturreando en un falsete pianísimo:



La sed que surge del alma exige un sorbo divino

Stephen no pareció oírla y se mantuvo distante: sucedía con frecuencia durante las últimas visitas de Philip.

—No parece usted inclinado a ir en bote —dijo Lucy cuando Stephen se acercó a sentarse a su lado en el banco—. ¿No le apetece remar?

—Oh, no me gusta ir con muchas personas en un bote —dijo, casi irrita­do—. Iré cuando esté usted sola.

Lucy se ruborizó, temerosa de que Philip se molestara: Stephen no acostumbraba a hablar así, pero era evidente que últimamente no se encontraba bien. Philip también se sonrojó, pero no tanto debido a que se sintiera ofendido como a la vaga sospecha de que el mal humor de Stephen tenía algo que ver con Maggie, la cual, mientras él hablaba, se había levantado y había caminado hacia el seto de laureles para contem­plar la luz del crepúsculo sobre el río.

—Puesto que la señorita Deane no sabía que al invitarme excluía a otros, renuncio al instante —dijo Philip.

—No, de verdad, no lo haga —dijo Lucy dolida—. Deseo especialmente que venga usted mañana. A las diez y media la marea será la adecuada y hará un tiempo delicioso para remar durante un par de horas hasta Luckreth y regresar caminando antes de que haga demasiado calor. ¿Y cómo puede parecerle que cuatro personas en un bote son demasiadas? —añadió, mirando a Stephen.

—No tengo nada en contra de las personas, sino contra el número —dijo Stephen, algo avergonzado ahora de su grosería—. En caso de ser cuatro, sin duda el cuarto serías tú, Phil. Pero no dividamos el placer de escoltar a las damas y hagámoslo alternativamente. Yo me ocuparé al día siguiente.

Este incidente tuvo por efecto que, de nuevo, Philip prestara atención a Stephen y Maggie; pero cuando volvieron a entrar en la casa, alguien propuso dedicar un rato a la música y, puesto que la señora Tulliver y el señor Deane estaban ocupados jugando al cribbage, Maggie se sentó algo alejada, cerca de la mesa donde estaban los libros y las labores; no obs­tante, no hizo más que abstraerse escuchando la música. En aquel momento, Stephen insistió en que Philip y Lucy cantaran un dúo: no era la primera vez, pero aquella tarde Philip creía advertir cierta doble inten­ción en cada palabra y en cada mirada de Stephen, y lo contempló aten­tamente, irritado consigo mismo por sus recelos. ¿Acaso Maggie no había negado prácticamente que hubiera motivo alguno de duda, en lo que a ella respectaba? Y Maggie era la verdad personificada; cuando hablaron juntos en el jardín por última vez, era imposible dudar de sus palabras y de su mirada. Quizá Stephen estuviera fascinado por ella (¿había algo más natural?) y, en ese caso, Philip se sentía hasta cierto punto innoble por entrometerse en lo que debía de ser el doloroso secreto de su amigo. Sin embargo, siguió observando. Stephen, alejándose del piano, caminó lentamente hacia la mesa junto a la cual estaba sentada Maggie y hojeó los periódicos, aparentemente para matar el tiempo. Después, con un periódico bajo el brazo y pasándose la mano por el cabello, se sentó dando la espalda al piano, como si se hubiera sen­tido atraído por alguna noticia local del Laceham Courier. En realidad, estaba mirando a Maggie, que no había advertido su aproximación. Cuando Philip estaba presente, Maggie se sentía más fuerte, de la misma manera que no nos cuesta contener las palabras cuando sentimos que nos encontramos en un lugar sagrado. Pero al poco rato oyó que Stephen, con un suavísimo susurro de dolorosa súplica, le decía «mi vida», como un paciente que pidiera algo que se le debería haber dado sin necesidad de reclamarlo. No oía esas palabras desde que estuvo en el camino de Basset, cuando Stephen las dijo una y otra vez, de modo casi tan involuntario como si fuera un grito inarticulado. Philip no pudo oír nada, pero se había desplazado hacia el otro lado del piano y advirtió que Maggie se sobresaltaba y enrojecía, alzaba los ojos un instante hacia el rostro de Stephen y de inmediato los desviaba hacia él con expresión aprensiva. No advirtió que Philip había estado observándola, pero la sen­sación de estar ocultando algo le produjo una punzada de vergüenza e hizo que se levantara y se acercara a su madre para contemplar el juego del cribbage.

Philip no tardó en marcharse a su casa, sumido en un estado de terri­ble duda y desdichada certeza. Le resultaba imposible resistirse a la con­vicción de que había cierta complicidad entre Stephen y Maggie; y duran­te media noche, sus nervios irritables y susceptibles se vieron agitados hasta el frenesí por un hecho desgraciado: no daba con ninguna explica­ción en la que encajaran las palabras y los hechos de Maggie. Cuando, finalmente, la necesidad de creer en ella se impuso, como siempre, no estaba muy lejos de imaginar la verdad: Maggie estaba luchando, se deste­rraba de allí; ésa era la clave de todo lo que había visto desde su regreso. Pero junto a esta convicción, se alzaban otras posibilidades que no podía descartar. Su imaginación elaboró toda la historia: Stephen estaba loca­mente enamorado de ella; debía de habérselo dicho; ella lo había recha­zado y por eso huía. ¿Pero estaría Stephen dispuesto a renunciar a Maggie sabiendo que —Philip no podía dejar de advertirlo con desesperación des­corazonadora— sus sentimientos hacia él la dejaban casi indefensa?

Cuando llegó la mañana, Philip estaba demasiado enfermo para pen­sar en mantener el compromiso de ir en bote. En el estado de agitación en que se encontraba no podía decidir nada y oscilaba entre intenciones contradictorias. Al principio pensó que debía verse a solas con Maggie y rogarle que confiara en él; después pensó que no tenía derecho a inmis­cuirse. Lo cierto era que había impuesto su presencia a Maggie desde el principio. Empujada por su juvenil ignorancia, Maggie había dicho algu­nas cosas, y el hecho de que él se las presentara siempre como un víncu­lo que los unía bastaría para que ella lo odiara. ¿Acaso tenía él algún dere­cho a pedirle que le revelara unos sentimientos que, sin duda, había intentado ocultarle? No se sentía capaz de verla hasta estar seguro de que se comportaría empujado por la inquietud hacia ella y no por una irrita­ción egoísta. Escribió una breve nota a Stephen y la envió temprano con un criado, diciendo que no se encontraba lo bastante bien para cumplir el compromiso con la señorita Deane y preguntándole si tendría la ama­bilidad de presentar sus excusas y ocupar su sitio.

Lucy había arreglado un plan encantador gracias al cual se alegraba de que Stephen se hubiera negado a ir en bote. Se había enterado de que su padre tenía intención de ir en coche hasta Lindum aquella mañana a las diez: y ella quería ir precisamente a Lindum para hacer unas compras, recados importantes que no podía retrasar para otra ocasión; y la tía Tulliver también debía ir, porque algunas de las compras tenían que ver con ella.

—De todos modos, no hay motivo para modificar el paseo en bote —dijo a Maggie cuando, después de desayunar, subían las escaleras—. Philip esta­rá aquí a las diez y media y hace una mañana deliciosa. No digas ni una palabra en contra, doña tristezas. ¿De qué sirve que yo actúe de hada madrina si te opones a todas las maravillas que te ofrezco? No pienses en el horrible primo Tom: puedes desobedecerlo un poco.

Maggie no puso más objeciones. Casi le alegraba el plan; quizá le diera cierta fuerza y calma volver a estar de nuevo con Philip a solas: era como regresar al escenario de una vida más tranquila en la que todo combate parecía reposo comparado con el tumulto diario del presente. Se prepa­ró para ir en bote y a las diez y media se sentó a esperar en el salón.

La llamada a la puerta fue puntual y pensaba con un placer entre tris­te y afectuoso en la sorpresa que se llevaría Philip al descubrir que iría solo con ella cuando distinguió unos pasos firmes y rápidos por el pasillo, que sin duda no pertenecían a Philip: se abrió la puerta y entró Stephen Guest.

Durante los primeros instantes, ambos se sintieron demasiado agitados para hablar, ya que Stephen sabía por la criada que los demás se habían ido. Maggie se levantó y se sentó mientras el corazón le latía con violen­cia, y Stephen, tras lanzar el sombrero y los guantes, se sentó a su lado en silencio. Maggie, creyendo que Philip no tardaría en llegar, con gran esfuerzo —puesto que temblaba visiblemente— se puso en pie para dirigir­se a otra silla más alejada.

—No va a venir —dijo Stephen en voz baja—. Soy yo quien va en el bote.

—Oh, no podemos ir —exclamó Maggie, dejándose caer de nuevo en la silla—. No era eso lo que esperaba Lucy, se molestará. ¿Por qué no viene Philip?

—No se encuentra bien, me dijo que fuera yo en su lugar.

—Lucy ha ido a Lindum —dijo Maggie, quitándose el sombrero con dedos apresurados y temblorosos—. No debemos ir.

—Bien —dijo Stephen, mirándola con aire soñador, mientras descansaba el brazo en el respaldo de la silla—. Entonces, nos quedaremos.

Stephen contemplaba sus ojos tan profundos, lejanos y misteriosos como la oscuridad estrellada y, sin embargo, muy cercanos y tímidamen­te afectuosos. Maggie siguió totalmente inmóvil —tal vez durante unos ins­tantes, quizá minutos— hasta que cesó el impotente temblor y se le encen­dieron las mejillas.

—El criado` está esperando, ha llevado ya los cojines —dijo Maggie ¿Quieres ir a comunicárseIo?

—¿Qué le digo? —preguntó Stephen, casi en un susurro, mirándole los labios.

Maggie no contestó.

—Vamos —murmuró Stephen, suplicante, levantándose y cogiéndole la mano para levantar a Maggie—. No nos queda mucho tiempo para estar juntos.

Y se fueron. Maggie sintió que una presencia más poderosa que ella misma la llevaba por el jardín entre las rosas, la ayudaba con firme ter­nura a subir al bote, le ponía un cojín y una capa sobre los pies y le abría la sombrilla (que ella había olvidado) sin que interviniera su voluntad, como estimulada por la repentina influencia exaltante de un fuerte tóni­co, y no sintió nada más. La memoria quedó excluida.

Se deslizaron rápidamente, empujados por los remos de Stephen y ayu­dados por la marea descendiente, pasaron junto a los árboles y las casas de Tofton, entre campos y pastos silenciosos y soleados que parecían llenos de una alegría natural que nada les reprochaba. El aliento del día joven e incansable, el golpeteo rítmico y delicioso de los remos, los retazos de los cantos de los pájaros que pasaban, como el exceso de una alegría desbor­dante, la dulce soledad de la conciencia de ambos, mezclada en una sola a través de una mirada grave e incansable que no era necesario evitar... ¿Qué otra cosa pudo ocuparlos durante la primera hora? De vez en cuando, Stephen murmuraba alguna exclamación de amor en voz baja, contenida y lánguida mientras remaba sin esfuerzo, de modo mecánico. No decían nada más, porque las palabras habrían sido una vía hacia el pensamiento. Y el pensamiento sobraba en aquella neblina encantada que los envolvía, pertenecía al pasado y al futuro que quedaban fuera. Maggie apenas era consciente de la orilla junto a la que pasaban y no reconocía los pueblos. Sabía que debían dejar varios atrás antes de llegar a Luckreth, donde siem­pre se detenían y dejaban el bote. Era tan propensa a abstraerse que no resultó raro que dejara pasar los puntos de referencia sin fijarse en ellos.

Finalmente, Stephen, que había estado remando cada vez más perezosamente, dejó los remos, cruzó los brazos y se quedó mirando el agua, como si contemplara la velocidad del bote sin su ayuda. Este cambio repentino despertó a Maggie. Miró hacia los campos que se extendían hasta la lejanía, las orillas cercanas y se dio cuenta de que le eran total­mente desconocidos. Una terrible alarma se apoderó de ella.

—¡Oh! ¿Hemos pasado Luckreth, donde teníamos que parar? —exclamó mirando hacia atrás, para ver si distinguía el pueblo. No se veía. Se volvió de nuevo hacia Stephen con una mirada angustiada e interrogante.

Éste siguió contemplando el agua.

—Sí, hace ya mucho —dijo con voz extraña, soñadora y ausente.

—¡Oh! ¿Qué voy a hacer? —exclamó Maggie angustiada—. Tardaremos horas en regresar a casa... Y Lucy... ¡Dios mío, ayúdame!

Unió las manos y rompió a llorar como un niño asustado: no podía pensar en otra cosa que en el encuentro con Lucy y en su mirada de duda y dolorosa sorpresa, tal vez de justo reproche.

Stephen se sentó a su lado y suavemente le tomó las manos.

—Maggie —dijo lentamente, con voz grave y firme—. No volvamos a casa... hasta que nadie pueda separarnos... hasta que estemos casados. Aquel tono insólito y aquellas palabras sorprendentes pusieron fin a los sollozos de Maggie y ésta se quedó inmóvil, preguntándose si Stephen habría pensado en algo que lo cambiara todo y borrara la desgraciada rea­lidad.

—Maggie, mira cómo todo ha sucedido sin que lo buscáramos, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Nunca habíamos pensado que pudiéramos volver a estar solos y juntos, ha sido obra de los demás. Mira cómo nos arrastra la corriente, lejos de esos vínculos antinaturales que hemos inten­tado anudar en vano en torno a nosotros. Nos llevará hasta Torby, allí podemos desembarcar, tomar un coche y huir hacia York y de ahí a Escocia, y no detenernos hasta que estemos unidos con un lazo que sólo la muerte puede romper. Es lo único que podemos hacer, vida mía, es la única manera de escapar de esta triste maraña. Todo nos ha llevado por este camino, no hemos tramado nada, nosotros no hemos pensado en ello.

Stephen hablaba con tono de súplica ardiente y profunda. Maggie lo escuchaba y pasaba del asombro al deseo de creer que todo era obra de la marea y que podía dejarse llevar por la rápida y silenciosa corriente, sin luchar más. Pero junto con esta furtiva influencia llegó la terrible sombra de los pensamientos pasados; y el súbito horror de que llegara ahora el momento de la fatal embriaguez provocó un sentimiento de furiosa resis­tencia contra Stephen.

—¡Déjame marchar! —exclamó agitada, lanzándole una mirada indigna­da e intentando liberarse las manos—. Has querido impedirme toda elec­ción. Sabías que estábamos yendo demasiado lejos, te has atrevido a apro­vecharte de mi descuido. No es digno de un caballero ponerme en seme­jante situación.

Herido por el reproche, Stephen le soltó las manos, regresó al lugar donde estaba antes y cruzó los brazos, desesperado ante la objeción de Maggie. Si ella se negaba a seguir adelante, debía maldecirse por haberla situado en semejante compromiso. El reproche era lo más insoportable; peor que separarse de ella era que creyera que se había comportado de modo impropio.

—No me di cuenta de que habíamos pasado Luckreth hasta que llega­mos al siguiente pueblo —explicó con cólera contenida—, y entonces se me ocurrió que podríamos seguir adelante. No puedo justificarlo, debería habértelo dicho. Bastaría eso para que me odiaras, puesto que no me quieres lo bastante como para que todo lo demás no te importe, como me sucede a mí. ¿Quieres que pare el bote e intente desembarcar allí? Le diré a Lucy que me volví loco y que me odias, y te librarás de mí para siempre. Nadie puede echarte la culpa de nada, porque me he comportado de manera imperdonable.

Maggie estaba paralizada: resultaba más fácil resistirse a los ruegos de Stephen que a aquella imagen de sufrimiento que acababa de trazar desagraviándola; era más fácil incluso alejarse de su expresión de ternu­ra que de aquella actitud de sufrimiento y enfado que parecía situarla en una posición egoísta, distante. Tal como había descrito las cosas Stephen, las razones que habían actuado sobre la conciencia de Maggie parecían convertirse en egoísmo. El fuego indignado de sus ojos se apagó y empezó a mirarlo con tímida aflicción. Se había atrevido a repro­charle que se lanzara hacia un pecado irremediable... Ella, que había sido tan débil.

—Como si yo no sintiera lo que te ha sucedido —dijo ella con otro tipo de reproche: el reproche del amor que pide mas confianza. Maggie se ablandaba ante el sufrimiento de Stephen y este sentimiento de compa­sión fue más fatal que otros, porque resultaba más difícil de distinguirlo de la conciencia de los derechos de los demás, base moral de su resis­tencia.

Stephen advirtió que su tono y su mirada se suavizaban: el cielo se abría de nuevo. Se sentó a su lado, le tomó la mano, apoyó el codo en el costado del bote y no dijo nada. No se atrevía a hablar, no se atrevía a moverse, no fuera a provocar sus reproches o su rechazo. La vida dependía de su consentimiento: todo lo demás era de una tristeza impo­sible, confusa, terrible. Siguieron deslizándose así, cobijados en aquel silencio como si fuera un puerto, temerosos de que sus sentimientos vol­vieran a enfrentarse, hasta que advirtieron que el cielo se había cubier­to de nubes, la brisa refrescaba por momentos y el día cambiaba por completo.



—Maggie, seguro que tienes frío con este fino vestido. Permite que te tape los hombros con la capa. Levántate un poco, vida mía.

Maggie obedeció: resultaba indescriptiblemente agradable que le dijeran lo que tenía que hacer y que tomaran todas las decisiones por ella. Se sentó, cubierta por la capa, y Stephen asió de nuevo los remos para avanzar con energía; debían intentar llegar a Torby tan deprisa como pudieran. Maggie apenas era consciente de haber hecho o dicho nada decisivo. Toda concesión va acompañada de una conciencia menor de la resistencia: es el sueño parcial del pensamiento, la inmersión de nuestra personalidad en otra. Todas las influencias tendían a arrullarla para convencerla: el paseo en aquel bote que se deslizaba como en sueños, que ya duraba cuatro horas y le producía ya cierto can­sancio y agotamiento; la dificultad que suponía desembarcar a una dis­tancia desconocida de su casa y caminar durante millas, todo contribuía someterla al poderoso y misterioso encanto que convertía la despedida de Stephen en la muerte de la alegría, que le hacía pensar que herirlo sería como el primer toque de un hierro torturador ante el cual cede toda resolución. Y, además, la felicidad de estar con él bastaba para absorber su lánguida energía.

En aquel momento, Stephen observó que tras ellos venía un barco. Con la primera marea habían pasado junto a ellos varias embarcaciones, entre ellas el vapor de Mudport, pero durante la última hora no habían visto ninguna. Stephen lo contempló con ansiedad, como si le trajera una idea, y después miró a Maggie vacilando.

—Maggie, querida mía —dijo por fin—. Si este barco fuera a Mudport o a cualquier otro lugar adecuado de la costa situada al norte, nos convendría pedirles que nos tomaran a bordo. Estás cansada y tal vez empiece a llo­ver. Podría ser muy complicado llegar a Torby en este bote. Sólo es un mercante, pero imagino que podemos instalarnos cómodamente. Nos lle­varemos los cojines del bote. Es lo mejor que podemos hacer. Estarán encantados de recogernos, llevo encima mucho dinero y puedo pagarles bien.

El corazón de Maggie latió con renovada alarma ante esta nueva pro­posición; pero permaneció en silencio: era igualmente difícil decidirse por un rumbo u otro.

Stephen hizo señas al barco. Era un buque holandés que se dirigía hacia Mudport, según les informó el oficial de cubierta, y si el viento se mantenía, tardarían menos de dos días.

—Nos hemos alejado demasiado con el bote —dijo Stephen—. Intentaba llegar a Torby, pero me da miedo el tiempo, y esta dama, mi esposa, está agotada por el cansancio y el hambre. Le ruego que nos suban a bordo e icen el bote, les pagaré bien.

Maggie, que ahora temblaba de miedo, subió a bordo y se convirtió en interesante objeto de contemplación de los admirativos holandeses. El oficial de cubierta expresó su temor a que la dama no se encontrara cómoda en el barco, porque no estaban preparados para pasajeros tan inesperados y no tenían camarote particular del tamaño adecuado. Pero, por lo menos, contaban con la habitual limpieza holandesa que hace soportables todas las demás incomodidades, y esparcieron con presteza los cojines del bote para formar un lecho en la popa. Pero el primer cam­bio que necesitaba Maggie era pasear por la cubierta de un lado a otro apoyada en el brazo de Stephen, sentirse sostenida por su fuerza: después llegó la comida y, por último, se reclinó en silencio sobre los cojines con la sensación de que aquel día ya no se podía tomar ninguna otra decisión. Todo tenía que esperar hasta el día siguiente. Stephen se sentó a su lado y le tomó la mano; sólo podían hablarse en susurros y mirarse de vez en cuando, porque la curiosidad de los cinco hombres a bordo era persis­tente y el interés que sentían por aquellos desconocidos y apuestos jóve­nes tardó en decrecer hasta alcanzar el habitual despreció que sienten los marineros por todos los objetos más cercanos que el horizonte. Pero Stephen sentía una alegría, triunfante. Cualquier otro pensamiento o inquietud desaparecía ante la certeza de que Maggie debía ser suya. Habían dado ya el salto: los escrúpulos lo habían torturado, había luchado contra una poderosa inclinación, había dudado, pero ahora era ya imposible arrepentirse. Expresó en murmullos fragmentados la felicidad, la adoración, la ternura, la certeza de que la vida sería para los dos un paraíso, de que la presencia de Maggie a su lado daría pasión a la vida cotidiana, que no tendría mayor bendición que satisfacer sus menores deseos, que sería capaz de hacer por ella cualquier cosa, excepto alejarse: y, además, ahora nunca querrían separarse: él sería suyo para siempre, todo lo suyo sería de ella, y no tendría otro valor que el hecho de que fuera suyo. Cuando una voz grave y entrecortada que ha despertado la fibra de una pasión joven murmura tales cosas, causa un débil efecto sobre las personas experimentadas y distantes. Para la pobre Maggie, resultaban muy próximas: era como si sostuvieran un néctar junto a unos labios sedientos: así pues, existía, tenía que existir en la tierra una vida para los mortales que no resultara dura y gélida, en la que el afecto no fuera sacrificio. Las apasionadas palabras de Stephen hacían la visión de semejante vida más presente que nunca; y ese futuro excluía todas las rea­lidades, excepto los rayos de sol que brillaban de nuevo sobre las aguas a medida que se acercaba el crepúsculo y se mezclaban con la imaginada luz solar de la felicidad prometida, todo excepto la mano que asía la suya, la voz que le hablaba y los ojos que la miraban con un amor grave e inde­cible.



Al final no llovió; las nubes rodaron de nuevo hacia el horizonte y for­maron la gran muralla purpúrea y las largas islas rojizas de ese maravillo­so reino que se nos revela cuando se pone el sol: la tierra sobre la que vela el lucero de la tarde. Maggie dormiría toda la noche en la popa, estaría mejor que en la bodega, y la cubrieron con las mantas más cálidas que había en el barco. Era todavía temprano cuando el cansancio del día le produjo un soñoliento deseo de descansar, y recostó la cabeza mientras contemplaba cómo se extinguía el débil arrebol en el oeste, allí donde la única lámpara dorada se hacía cada vez más brillante. Después levantó la vista hacia Stephen, que seguía sentado a su lado, inclinado sobre ella mientras apoyaba el brazo en el costado de la embarcación. Detrás de todas las visiones deliciosas de las últimas horas, que habían fluido sobre ella como una suave corriente y la habían dejado completamente pasiva, existía la tenue conciencia de lo efímero de la situación y de que el día siguiente traería consigo la antigua vida de lucha, que algunos pensa­mientos se vengarían de aquel olvido. Sin embargo, en aquel momento todo era confuso: la suave corriente seguía fluyendo sobre ella y las deliciosas visiones se fundían y desvanecían como el maravilloso y etéreo reino de poniente.

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