George Eliot El molino del Floss



Descargar 2,14 Mb.
Página51/59
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño2,14 Mb.
1   ...   47   48   49   50   51   52   53   54   ...   59

Capítulo XII


Una reunión familiar
Al final de la semana, Maggie dejó a la buena tía Gritty y se dirigió a Garum Firs para visitar a la tía Pullet, según lo acordado. Entre tanto, se habían producido algunos acontecimientos totalmente inesperados e iba a tener lugar una fiesta familiar en Garum para analizar y celebrar el cambio de fortuna de los Tulliver que, probablemente, borraría la sombra de sus fal­tas, de la misma manera que desaparece el limbo de un eclipse, y haría que a partir de aquel momento sus virtudes oscurecidas volvieran a brillar con pleno esplendor. Reconforta saber que no sólo los ministros recién llega­dos disfrutan de un período de gracia, caracterizado por la apreciación y el elogio: en muchas familias respetables a lo ancho y largo de este reino, los parientes que se han hecho dignos de reconocimiento se encuentran con una cordialidad similar que, liberada de la coerción de cualquier ante­cedente, sugiere la esperanzadora posibilidad de que algún día nos encon­tremos, sin advertirlo siquiera, en plena edad de oro, en la que los basiliscos ya no ataquen y los lobos sólo muestren los dientes con las más amables intenciones.

Lucy llegó temprano para adelantarse a la tía Glegg, ya que deseaba mantener una conversación tranquila con Maggie sobre aquellas noticias maravillosas. Parecía, ¿a que sí?, dijo Lucy con lindo aire entendido, como si todo, incluso las desgracias de los demás (¡pobrecillos!) conspiraran para conseguir que la pobre y querida tía Tulliver, el primo Tom y la arro­gante Maggie, si no se obstinaba en lo contrario, fueran tan felices como merecían tras tantas penas. ¡Y pensar que el mismo día en que Tom regre­só de Newcastle —el mismísimo día—, el desgraciado de Jetsome, que el señor Wakem había colocado en el molino, montó borracho a caballo y éste lo tiró, y se encontraba ahora en Saint Ogg's gravemente herido, de manera que Wakem había insistido en que los compradores se hicieran cargo de inmediato del molino! Era terrible para aquel desgraciado joven, pero parecía como si aquel accidente hubiera tenido lugar entonces y no en otro momento para que el primo Tom tuviera cuanto antes la justa recompensa a su conducta ejemplar: papá tenía de él una opinión exce­lente. Sin duda, la tía Tulliver debía ir al molino y cuidar la casa para Tom: para Lucy aquello suponía una incomodidad doméstica, pero la idea de que la pobre tiíta estuviera de nuevo en su casa y fuera recuperando poco a poco las comodidades...

En relación con este último punto, Lucy tenía unos astutos proyectos, y después de que ella y Maggie recorrieran la brillante y peligrosa escalera para pasar al bello salón, donde los mismos rayos de sol parecían más lim­pios que en cualquier otro lugar, atacó el punto débil del enemigo, como habría hecho cualquier otro gran estratega.

—Tía Pullet —dijo, sentándose en el sofá y arreglando con mimo la cinta de la cofia de la dama—. Quisiera que pensara en la ropa y en los objetos de casa que va a dar a Tom para que se instale; como es usted siempre tan generosa, regala siempre objetos muy bonitos; y si da ejemplo, la tía Glegg lo seguirá.

—Si no puede, querida —declaró la señora Pullet con inusual energía—, porque su ropa no se parece ni de lejos a la mía, eso te lo puedo asegurar. Nunca tendría mi buen gusto, ni que se gastara tanto como yo. Cuadros grandes y animales, como ciervos y zorros, así son todos sus manteles. Ni rombos ni lunares. Pero es una pena que una divida la ropa antes de morir. No pensaba hacerlo, Bessy —prosiguió la señora Pullet, moviendo la cabe­za y mirando a su hermana Tulliver—, cuando tú y yo escogimos el doble rombo, el primer lino que hilamos, y el Señor sabrá adónde ha ido a parar tu ropa.

—No pude evitarlo, hermana —dijo la pobre señora Tulliver, acostum­brada a sentirse acusada—. Yo no quería, y me pasé noches enteras pen­sando en que mi mejor ropa blanca se perdería por todo el país.

—Tome usted un caramelito de menta, señora Tulliver —dijo el tío Pullet con la sensación de ofrecer un consuelo barato y saludable, que él mismo recomendaba con el ejemplo.

—Pero, tía Pullet —dijo Lucy—, si tiene usted muchísima ropa preciosa. ¿Y si hubiera tenido hijas? También la habría dividido cuando se hubieran casado.

—Bueno, no digo que no quiera hacerlo —dijo la señora Pullet—, porque ahora que Tom ha tenido tanta suerte, es justo que sus familiares lo ayu­demos. Tengo las mantelerías que compré cuando se subastaron tus cosas, Bessy. Las compré por pura bondad, porque han estado desde entonces en el arcón. Pero no pienso dar más muselina india a Maggie ni cosas d d'esas si se l'ocurre ponerse a servir otra vez, cuando bien podría quedarse con­migo, hacerme compañía y coser para mí, si es que no hace falta en casa de su hermano.

Para la mentalidad de los Dodson, trabajar como profesora o institutriz equivalía a «ponerse a servir», y que Maggie regresara a esa ínfima situa­ción, ahora que las circunstancias le ofrecían otras posibilidades, proba­blemente sería un punto de conflicto con todos sus familiares, no sólo con Lucy. La antigua Maggie, en estado puro, con el cabello suelto y todavía en fase de promesa incierta, resultaba una sobrina muy poco deseable; pero la Maggie de ahora era capaz de ser al mismo tiempo ornamental y útil. El tema salió de nuevo en presencia del tío y la tía Glegg, mientras tomaban el té y unos bollos.

—¡Eh, eh! —exclamó el señor Glegg, dando unas afables palmaditas en la espalda de Maggie—. ¡Tonterías, tonterías! No nos digas que piensas volver a trabajar, Maggie. Caramba, seguro que pescaste media docena de ena­morados en la venta benéfica, ¿no sirve ninguno? ¡Vamos!

—Glegg —dijo su esposa con la severa cortesía que hacía juego con su flequillo postizo más rizado—, te ruego que me perdones, pero me parece que no te comportas con la seriedad adecuada en un hombre de tu edad. El respeto y los deberes hacia sus tías y el resto de su familia, que tan bien se portan con ella, deberían haber impedido que se marchara de nuevo sin consultarnos. Y no los enamorados, si es que debo emplear esa palabra, que jamás se ha oído en mi familia.

—¡Anda! ¿Y cómo nos llamaban cuando íbamos a verlas, vecino Pullet? Entonces sí que hablaban de amores —dijo el señor Glegg con un guiño alegre mientras el señor Pullet, ante una conversación tan dulce, se servía otro terrón.

—Glegg —insistió la señora Glegg—, si piensas seguir comportándote con esa falta de delicadeza, házmelo saber.

—Ca, Jane, si tu marido sólo está de broma —dijo la señora Pullet—. Que bromee mientras tiene fuerza y salud. Mira al pobre señor Tilt, que se le torció la boca y no podía reír aunque quisiera.

—Entonces, Glegg, si me puedo permitir interrumpir tus bromas, hazme el favor de pasarme los bollos —dijo su esposa—. Aunque no se quién puede encontrar gracioso que una sobrina desprecie a l’hermana mayor de su madre, cabeza de la familia; que se limite a ir y venir con cortas visitas cuan­do está en la ciudad y después decida marcharse sin que yo lo sepa, mien­tras yo l'estaba preparando unas cofias para que me las cosiera. Y hacerme eso a mí, que he dividido mi dinero en partes iguales...

—Hermana —interrumpió la señora Tulliver muy inquieta—. T’aseguro que Maggie nunca pensó en marcharse sin pasar unos días en tu casa, igual que en la de los demás. No deseo yo que se marche, todo lo contrario. T’aseguro que no tengo yo la culpa, yo venga y venga a decírselo: «Niña, no tienes por qué marcharte». Pero todavía le quedan diez o quince días antes de irse: puede pasarlos en tu casa y Lucy y yo ya vendremos a verla.

—Bessy —dijo la señora Glegg—, si t 'ocuparas de pensar un poco, te darías cuenta de que no me vale la pena preparar una cama ni tomarme tantas molestias, justo al final de la temporada, cuando nuestra casa no está a más de un cuarto de hora andando de la del señor Deane. Puede venir a pri­mera hora de la mañana y marcharse por la noche, y dar las gracias de tener una buena tía tan cerca para ir a verla. Sé que, a su edad, yo lo habría hecho.

—Vamos, Jane —dijo la señora Pullet—. No les vendría mal a tus camas que alguien durmiera en ellas. L'habitación de rayas huele mucho a humedad, y el espejo tiene moho. Una vez que me llevaste allí pensé que me moría de un ataque.

—¡Oh, aquí está Tom! —exclamó Lucy, palmoteando—. Ha venido mon­tado en Simbad, como yo le dije. Temía que no cumpliera su promesa.

En cuanto Tom entró, Maggie se levantó de un salto para darle un beso, emocionada. Era la primera vez que se veían desde que a Tom se le había ofrecido la posibilidad de recuperar el molino; retuvo su mano y lo llevó hasta la butaca situada a su lado. Para Maggie seguía siendo una preocu­pación perpetua, firmemente arraigada a pesar de todos los cambios, que ninguna nube se interpusiera entre ambos.

—Hola, Maggie —dijo Tom dedicándole una cariñosa sonrisa—. ¿Cómo está la tía Moss

—Pasa, pasa, caballero —dijo el señor Glegg tendiéndole la mano— Caramba, eres tan importante que, al parecer te lo llevas todo por delante. Te ha llegado el golpe de suerte mucho antes de lo que nos llego a nosotros, los viejos, pero te deseo todo tipo de venturas. Seguro que algún día el molino será totalmente tuyo. Seguro que no te quedarás a medio camino.

—Aunque espero que no olvide que se lo debe a la familia de su madre —señaló la señora Glegg—. Si no nos hubiéramos ocupado de él, se habría quedado pobre. En nuestra familia no hubo ninguna quiebra, ningún plei­to, ningún derroche, ni nadie murió nunca sin testamiento...

—No, no ha habido muertes repentinas—intervino la tía Pullet—. Siempre s’ha llamado al médico. Pero Tom tenía la piel de los Dodson, ya lo dije desde el primer día. Y no sé qué es lo que tú piensas hacer, hermana Glegg, pero yo tengo intención de darle una mantelería de las más gran­des que tengo, además de algún juego de cama. No sé qué más haré, pero eso t’aseguro que sí, y si me muero mañana, señor Pullet, has el favor de recordarlo, aunque te harás un lío con las llaves y no recordarás que en el armario de la izquierda, en el tercer estante, bajo las cofias de dormir con cintas anchas, no las estrechas y rizadas, está la llave del cajón de la habi­tación azul, donde está la llave del gabinete azul. Seguro que t’equivocas y yo nunca lo sabré. Tienes una memoria espléndida para mis pastillas y mis jarabes, siempre lo digo, pero te haces un lío con las llaves. —La triste pers­pectiva de la confusión que se produciría tras su muerte conmovió mucho a la señora Pullet.

—Exageras, Sophy, con tanto cerrar bajo llave —dijo la señora Glegg en un tono de cierto disgusto ante tanta tontería—. Vas más lejos que tu fami­lia. Nadie dirá que no cierro las cosas con llave; pero hago lo razonable y nada más. Y, en cuanto a la ropa, ya miraré lo que puede ser útil para hacer un regalo a mi sobrino. Tengo ropa que nunca s’ha blanqueado, mejor que la fina holanda de otros; y espero que se acueste en ella y piense en su tía.

Tom dio las gracias a la señora Glegg, pero rehuyó la promesa de medi­tar por las noches en las virtudes de ésta; y la señora Glegg cambió de tema al preguntar sobre las intenciones del señor Deane en relación con el vapor.

Lucy había rogado a Tom que acudiera con Simbad porque tenía sus pla­nes. Cuando llego el momento de regresar a casa, lo más adecuado pareció ser que un criado condujera el caballo y el primo Tom llevara a su casa a su madre y a Lucy.



—Siéntese sola, tiíta —dijo la astuta damita—, porque tengo que sentarme junto a Tom; tengo muchas cosas que contarle.

Empujada por la cariñosa inquietud que le inspiraba Maggie, Lucy no quería retrasar más el momento de tener una conversación sobre ella con Tom, el cual, según creía, ante la alegría de poder satisfacer sus deseos sobre el molino, se mostraría maleable y flexible. Su propio carácter no le daba ninguna pista sobre el de Tom y se sintió tan desconcertada como triste al advertir el desagradable cambio de actitud cuando le contó la his­toria del modo en que Philip había influido en su padre. Lucy había pen­sado que esa revelación sería un gran golpe táctico que haría que Tom aceptara a Philip de inmediato y, además, le demostraría que el señor Wakem estaba dispuesto a recibir a Maggie con todos los honores que merecía una nuera. Así pues, no faltaría nada para que el querido Tom, que siempre lucía una agradable sonrisa cuando miraba a su prima Lucy, cambiara por completo de opinión, dijera lo contrario de lo que decía antes y declarara que, por su parte, estaba encantado de que las viejas dis­putas se saldaran y que Maggie y Philip se comprometieran rápidamente: en opinión de Lucy, nada podía ser más fácil.

Sin embargo, para las mentes fuertemente marcadas por las cualidades positivas y negativas que son origen de la severidad —fuerza de voluntad, rectitud de propósitos consciente, estrechez de miras e intelecto, gran capacidad de dominarse a sí mismo y tendencia a controlar a los demás—, los prejuicios son el alimento natural de unas tendencias que no pueden sostenerse con ese conocimiento complejo, fragmentado y generador de dudas que llamamos «verdad». Venga de donde venga el prejuicio: por herencia, arrastrado por el aire, como rumor a través de la vista, lo cierto es que estos caracteres tenderán a acogerlo: podrán afirmarlo con valor y contundencia, utilizarlo para llenar la ausencia de ideas propias, impo­nérselo a los demás con la autoridad de un derecho consciente: es al mismo tiempo un cetro y un bastón. Cualquier prejuicio que satisfaga estos fines resulta obvio. El recto Tom era de esta clase de personas: las críticas que hacía en su interior a los errores de su padre no le impedían adoptar sus prejuicios; un prejuicio contra un hombre de vida y principios laxos, en el que convergían todos los sentimientos de decepción de su orgullo personal y familiar. Otros sentimientos contribuían también a generar la amarga repugnancia que Tom sentía hacia Philip y hacia la unión de éste con Maggie; y, a pesar del ascendiente de Lucy sobre su terco primo, no consiguió más que una negativa tajante a aprobar semejante matrimonio: Naturalmente, Maggie podía hacer lo que quisiera, puesto que había declarado su decisión de ser independiente. En cuanto a él, sería fiel al recuerdo de su padre y no tendría jamás relación alguna con los Wakem.

Así pues, con su entusiasta mediación, Lucy no consiguió más que con­vencer a Tom de que la perversa determinación de Maggie de volver a tra­bajar iba a metamorfosearse, tal como sucedía con sus decisiones, en algo igualmente perverso pero totalmente distinto: contraer matrimonio con Philip Wakem.



1   ...   47   48   49   50   51   52   53   54   ...   59


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal