George Eliot El molino del Floss



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Capítulo XI


En el camino
Maggie llevaba cuatro días en casa de la tía Moss, dando un nuevo brillo al sol de los primeros días de junio a los ojos apagados por las penas de aque­lla mujer afectuosa y marcando una época para sus primos, grandes y chi­cos, que aprendían sus palabras y sus gestos de memoria, como si fuera un efímero avatar de la belleza y la sabiduría perfectas.

En ese tranquilo momento de la vida de una granja antes de que llegue la hora de ordeñar a las vacas por la tarde, Maggie se encontraba con su tía y varios primos dando de comer a las gallinas. Los grandes edificios que rodeaban la hondonada del patio eran tan lúgubres y tan ruinosos como siempre, pero sobre la vieja tapia del jardín, los descuidados rosales empe­zaban a agitar su carga veraniega, y la madera gris y los viejos ladrillos de la casa, en el piso superior, tenían un aspecto antiguo y aletargado bajo la luz de la tarde que tan bien sentaba a aquella hora de inactividad. Maggie, con la capota sobre el brazo, sonreía a un grupo de suaves pollitos.

—¡Santo cielo! —exclamó su tía—. ¿Quién es ese caballero que entra por la puerta de la verja?

Era un jinete montado en un gran caballo castaño con el cuello y los costados ennegrecidos por el galope. Maggie sintió un latido en la cabeza y el corazón, tan horrible como la resurrección de un temible enemigo que había fingido estar muerto.

—¿Quién es, Maggie? —preguntó la señora Moss, advirtiendo en el rostro de ésta que lo conocía.

—Es el señor Guest —contestó Maggie con voz débil—. Es el... es un caba­llero muy amigo de mi prima.

Stephen estaba ya cerca de ellas, había saltado del caballo y saludaba con el sombrero mientras avanzaba.

—Sujeta el caballo, Willy —ordenó la señora Moss al muchacho de doce años.

—No, gracias —dijo Stephen, tirando de la cabeza inquieta del caballo­—Debo marcharme de inmediato. Tengo que darle un recado, señorita Tulliver; se trata de un asunto personal. ¿Puedo tomarme la libertad de rogarle que camine un poco conmigo?

Tenía la expresión entre cansada e irritada propia de un hombre al que alguna inquietud o molestia ha hecho inútiles la comida y la cama. Hablaba de modo brusco, como si el recado fuera demasiado urgente para molestarse por lo que pudiera pensar la señora Moss de aquella visita y su petición. La buena señora Moss, bastante nerviosa por encontrarse en pre­sencia de aquel caballero aparentemente tan altanero, se preguntaba en su interior si haría bien o mal al invitarlo de nuevo a dejar el caballo y entrar en la casa cuando Maggie, consciente de lo violento de la situación e incapaz de decir nada, se puso la capota y empezó a caminar hacia la puerta de la verja.

Stephen también dio media vuelta y caminó a su lado, llevando el caba­llo de las riendas.

No pronunciaron ni una palabra hasta que se encontraron en el cami­no y recorrieron cuatro o cinco yardas. Entonces Maggie, que no había dejado de mirar al frente, dio media vuelta para retroceder

—No necesito ir más lejos —dijo con arrogante resentimiento—. No sé si a usted le parecerá una conducta caballerosa y delicada colocarme en tal posición que me he visto obligada a venir con usted, o si, por el contrario, querrá seguir insultándome, forzándome así a hablar con usted.

—Es evidente que le ha disgustado que viniera —dijo Stephen con amargura—. Es evidente que no le importa lo que pueda sufrir un hombre, lo único que le preocupa es su dignidad femenina.

Maggie se sobresaltó ligeramente, como si hubiera sufrido una levísima descarga eléctrica.

—Como si no bastara con la confusión en que vivo, con estar locamente enamorado de usted, con tener que resistir la pasión más poderosa que puede sentir un hombre porque intento ser fiel a otras exigencias: además, usted me trata como si fuera un bruto tosco que desea ofenderla. Cuando, si de mí dependiera, le pediría que aceptara mi mano, mi fortuna y mi vida entera e hiciera lo que quisiera con ello. Sé que perdí el control y me tomé una libertad injustificable. Me odio por haberlo hecho. Pero me arrepen­tí de inmediato, no he dejado de arrepentirme desde entonces. No debe­ría usted pensar que fue un gesto imperdonable: cuando un hombre ama con toda su alma, como yo la amo, puede verse dominado por sus senti­mientos durante unos momentos; pero usted sabe, debe creerme, que el mayor dolor que yo podría sufrir es el de haberla ofendido, que haría lo que fuera para borrar ese error.



Maggie no se atrevía a hablar, no se atrevía a mover la cabeza. La fuer­za procedente del resentimiento había desaparecido y los labios le tem­blaban visiblemente. No se veía capaz de pronunciar el total perdón que sentía como respuesta a aquella confesión.

Habían llegado otra vez ante la puerta de la verja y Maggie se detuvo, temblorosa.

—No debe decir usted estas cosas, no debo oírlas —dijo, bajando los ojos con desdicha cuando Stephen se puso ante ella para impedirle avanzar hacia la puerta—. Siento mucho sus sufrimientos, pero no sirve de nada hablar de ellos.

—Sí, sí sirve —dijo Stephen impetuosamente—. Serviría si usted me trata­ra con cierta piedad y consideración en lugar de tratarme injustamente. Lo soportaría todo más tranquilamente si supiera que no me odia porque me considera un petimetre insolente. Míreme, soy un individuo atormen­tado: día tras día, he cabalgado treinta millas para dejar de pensar en usted.

Maggie no miró, no se atrevió a hacerlo. Ya había visto aquel rostro acosado.

—No lo tengo a usted en mal concepto —dijo amablemente.

—Entonces, vida mía, mírame —suplicó Stephen con un tono profundo y tierno—. No te alejes de mí todavía. Dame un momento de felicidad, que sienta que me has perdonado.

—Sí, de verdad lo he perdonado —dijo Maggie, conmovida por aquel tono y asustada de sí misma—. Pero le ruego que me deje pasar. Le ruego que se vaya.

Una gruesa lágrima cayó desde debajo de sus párpados cerrados.

—No puedo marcharme, no puedo dejarte —dijo Stephen con un ruego todavía más apasionado—. Volveré otra vez si me despides con tanta frial­dad. No respondo de mí mismo. Pero si caminas conmigo sólo un poco más, será suficiente para mí. Verás que tu enfado sólo ha conseguido que me muestre diez veces más irracional.

Maggie dio media vuelta, pero Tancred el caballo castaño, empezó a protestar tan enérgicamente contra aquellos frecuentes cambios de direc­ción que Stephen llamó a Willy Moss, al que había visto espiando a través de la verja.

—¡Muchacho! Ven y sujétame el caballo durante cinco minutos.

—¡Oh, no! —se apresuró a decir Maggie—. Mi tía lo encontrará muy extraño.

—Da lo mismo —contestó Stephen con impaciencia—. No conocen a la gente de Saint Ogg's. Paséalo por aquí durante cinco minutos —añadió mirando a Willy, que ahora estaba cerca de ellos. Regresó junto a Maggie y caminaron. Estaba claro que Maggie debía marcharse.

—Tómame del brazo —le rogó Stephen. Y Maggie lo cogió con la sensa­ción de que se deslizaba por una pesadilla.

—Este sufrimiento no va a tener fin —empezó a decir, esforzándose por rechazar aquella influencia mediante la palabra—. Esto es malo... bajo... permitir una palabra o una mirada que Lucy... que los demás no deban ver. Piense en Lucy.

—Claro que pienso en ella... bendita muchacha... Si no lo hiciera... —Stephen había colocado una mano sobre la que Maggie apoyaba en su brazo y a ambos les costaba hablar.

—Y, aunque Lucy no existiera, yo tengo otros compromisos —prosiguió Maggie, finalmente, con un esfuerzo desesperado—.

—¿Estás comprometida con Philip Wakem? ¿Es eso? —preguntó Stephen rápidamente.

—Me considero comprometida con él. No tengo intención de casarme con ningún otro.

Stephen permaneció en silencio hasta que salieron de la zona soleada y entraron en un camino lateral, herboso y cubierto de vegetación. Enton­ces estalló.

—Es antinatural, es horrible. Maggie, si me quisieras como yo te quiero, nos olvidaríamos de todo por nuestro amor. Romperíamos estos lazos equivocados que se hicieron en un momento de ceguera y nos casaríamos.

—Preferiría morir a caer en esa tentación —contestó Maggie con voz clara, lenta y profunda. La fuerza espiritual conseguida durante años de dolor la ayudó aquella difícil situación. Maggie retiró el brazo.

—Entonces, dime que no me quieres —dijo Stephen casi con violencia—. Dime que quieres más a otro.

A Maggie le pasó por la cabeza que había una manera de librarse de aquella lucha: decirle a Stephen que su corazón pertenecía a Philip. Pero sus labios no quisieron decirlo y guardó silencio.

—Si de verdad me quieres, mi vida —dijo Stephen cariñosamente, tomán­dole de nuevo la mano y colocándosela sobre el brazo—, es mejor, es justo que nos casemos. No podemos evitar el daño que eso cause. Es algo que ha sucedido sin que lo buscáramos. Es natural, se ha apoderado de mí a pesar de todos los esfuerzos que he hecho para resistirme. Dios sabe que he intentado ser fiel a un compromiso tácito y no he hecho más que em­peorar las cosas. Habría sido mejor ceder de entrada.

Maggie seguía callada. ¡Ojalá aquello no estuviera mal, ojalá pudiera convencerse y no tener que seguir luchando contra esa corriente, tan suave y poderosa como un río en verano!

—Di que sí, vida mía —rogó Stephen, inclinándose para mirarla a la cara con aire suplicante—. ¿Qué puede importarnos en este mundo si nos per­tenecemos?

Percibía en la cara el aliento de Stephen, los labios muy cerca de los suyos, pero el amor que sentía por ella le inspiraba temor.

Los labios y los párpados de Maggie temblaron. Abrió mucho los ojos para mirarlo un instante, como un precioso animal salvaje que se mostra­ra tímido y rechazara las caricias, para luego dar media vuelta y huir a su refugio.

Al fin y al cabo —prosiguió Stephen con tono impaciente, intentando vencer sus escrúpulos al mismo tiempo que los de ella—, no rompo ningún compromiso formal: si Lucy diera su afecto a otro, yo no tendría ningún derecho a reclamar nada. Si tú no estás formalmente prometida a Philip, ninguno de los dos está comprometido.

—No cree usted en lo que dice, no es eso lo que siente —dijo Maggie, muy seria—. Piensa, igual que yo, que los verdaderos lazos residen en los senti­mientos y esperanzas que hemos hecho nacer en los demás. Si no fuera así, cualquier vínculo podría romperse cuando no hubiera castigo. No existi­ría la fidelidad.

Stephen se calló: no podía continuar aquella discusión; durante los pri­meros tiempos de dudas había defendido la convicción opuesta, pero no había tardado en verlo de otro modo.

—No se puede cumplir esa promesa —insistió Stephen con energía—. Es antinatural: si nos entregáramos a otra persona, sería una farsa. Eso tam­bién estaría mal, y supondría la desgracia de ellos y no sólo la nuestra. Maggie, tienes que verlo, seguro que te das cuenta.

La miró ansiosamente en busca del menor signo de conformidad; le sujetaba la mano con un gesto amplio, firme y tierno. Maggie siguió callada durante unos instantes, con los ojos clavados en el suelo; después respiró hondo y dijo, levantando los ojos hacia él, con una tristeza solemne.

—Es difícil. La vida es muy difícil. Algunas veces me parece que debería­mos seguir nuestros sentimientos; pero estos sentimientos chocan conti­nuamente con los lazos que la vida anterior ha anudado en torno a noso­tros, los lazos que han hecho que otros dependan de nosotros, y los destrozarían. Si la vida fuera tan fácil y sencilla como debió de ser en el paraíso y pudiéramos ver siempre.. . Quiero decir que si la vida no nos car­gara con deberes antes de que llegara el amor, entonces el amor sería la señal de que dos seres deben pertenecerse el uno al otro. Pero veo... sien­to que ahora las cosas no son así: debemos renunciar a algunas cosas en la vida, algunos debemos renunciar al amor. Hay muchas cosas que no en­tiendo y me resultan oscuras... Pero hay una que veo con claridad: no debo, no puedo buscar mi felicidad a costa de la de los demás. El amor es algo natural, pero también lo son la piedad, la fidelidad y la memoria. Y estos sentimientos me castigarían si no los obedeciera. Me acosaría el sufrimiento causado. Nuestro amor estaría envenenado. No me presiones: ayúdame, ayúdame... precisamente porque te quiero.

A medida que hablaba, las palabras de Maggie iban haciéndose más apasionadas; tenía el rostro sonrojado y los ojos llenos de un amor suplicante. La nobleza de Stephen vibró ante aquella súplica; sin embargo, al mismo tiempo —¿cómo iba a ser de otro modo?— aquella belleza implorante le resultaba más difícil de resistir.

—Vida mía —dijo en apenas un susurro mientras la rodeaba con el brazo—. Lo haré. Soportaré todo lo que tú desees. Pero dame un beso..., uno solo... el último... antes de que nos separemos.

Un beso y una larga mirada, hasta que Maggie dijo:

—Deja que me vaya. Démonos prisa.

Maggie salió corriendo y no dijeron ni una palabra más. Cuando llega­ron a ver a Willy y al caballo, Stephen se detuvo e hizo un gesto, y Maggie cruzó sola la verja. La señora Moss aguardaba sola en la puerta del viejo porche: había hecho entrar a todos los primos en una muestra de consi­deración; podía ser motivo de alegría que Maggie tuviera un novio rico y guapo, pero seguramente se sentiría violenta al regresar y eso no sería motivo de alegría alguna. En cualquier caso, la señora Moss esperaba inquieta para recibir a Maggie sola. El rostro de la pequeña decía con toda claridad que si aquello era alegría, era de una clase muy agitada y dudosa.

—Oh, tía Gritty. Estoy destrozada. Ojalá me hubiera muerto a los quince años. Entonces parecía tan fácil dejarlo todo. Ahora es tan duro...

La pobre muchacha echó los brazos al cuello de su tía y se echó a llorar con largos y profundos sollozos.

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