George Eliot El molino del Floss



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Capítulo V


Tom llega a casa
Tom debía llegar a primera hora de la tarde, y el corazón de Maggie no era el único que latía con fuerza cuando se acercó el momento de oír el sonido de las ruedas del coche; puesto que si la señora Tulliver albergaba algún sentimiento intenso, éste era el amor por su hijo. Por fin se oyó el rodar de la calesa y, a pesar del viento que empujaba las nubes y que pro­bablemente no respetaría ni los rizos ni las cintas de su cofia, salió a la puerta e incluso colocó una mano sobre la transgresora cabeza de Maggie, olvidando todos los disgustos de la mañana.

—¡Ahí está mi niño! ¡Santo cielo, si no lleva cuello! ¡Seguro que se le ha caído por el camino, como si lo viera, y ha echado a perder la camisa! La señora Tulliver aguardaba con los brazos abiertos y Maggie daba sal­titos, cambiando el peso de una pierna a la otra, mientras Tom descendía de la calesa.

—¡Hola! Yap, ¿tú también estás aquí? dijo Tom, conteniendo virilmen­te sus emociones.

Con todo, se mostró dispuesto a aceptar los besos, aunque Maggie se le colgó al cuello como si quisiera estrangularlo, mientras sus ojos de color gris azulado vagaban por la granja, los corderos y el río, al que se prome­tió ir a pescar al día siguiente en cuanto se levantara. Era uno de esos chi­cos que se pueden encontrar en cualquier lugar de Inglaterra y que, a los. doce o trece años, son tan parecidos entre sí como los ansarones: tenía el cabello castaño claro, las mejillas sonrosadas, los labios gruesos y la nariz y las cejas indefinidas; en suma, una fisionomía en la que parecía imposible discernir otra cosa que la muchachez, radicalmente opuesta a la de Maggie, a la cual la Naturaleza parecía haber moldeado y coloreado con la más definida de las intenciones. Sin embargo, esta misma Naturaleza posee una profunda astucia y se esconde cuando simula ser diáfana, de modo que las personas simples creen poder ver a través de ella con facili­dad mientras ésta prepara una refutación de sus confiadas profecías. Bajo estas fisionomías de muchacho, tan frecuentes que parecen fabricadas en serie, oculta algunos de sus propósitos más rígidos e inflexibles, algunos de los caracteres más inamovibles; y, al mismo tiempo, la niña efusiva y rebel­de de ojos oscuros puede resultar una persona pasiva en comparación con este pequeño fragmento de masculinidad de rasgos anodinos.

—Maggie —dijo Tom con aire confidencial, llevándosela a un rincón, en cuanto su madre se marchó para examinar el contenido de la caja del equipaje y el cálido salón lo despojó del frío que había sentido durante el largo viaje—: a que no sabes lo que tengo en el bolsillo —anunció movien­do la cabeza arriba y abajo para producir mayor sensación de misterio.

—No. Parece redondo y pesado. ¿Son canicas o avellanas? —contestó Maggie con cierto disgusto, porque Tom siempre decía que no valía la pena jugar con ella a esos juegos porque lo hacía muy mal.

—No son canicas. Las he cambiado todas con unos niños. Y las avellanas no son divertidas, tonta, sólo sirven cuando están verdes. ¡Mira esto! —dijo, enseñando el extremo de algo que llevaba en el bolsillo derecho.

—¿Qué es? —preguntó Maggie con un susurro—. Sólo veo un trocito de algo amarillo.

—¡Adivínalo, Maggie!

—Ya sabes que no soy capaz de adivinarlo, Tom —contestó Maggie impa­ciente.

—Si tienes malas pulgas, no te lo diré —dijo Tom, metiendo la mano de nuevo en el bolsillo con aire resuelto.

—No, Tom —imploró Maggie, asiendo el rígido brazo de Tom —. Si no me enfado, Tom: es que no me gusta jugar a las adivinanzas. Por favor, sé bueno.

El brazo de Tom se relajó lentamente.

—Pues son dos sedales nuevos para pescar: uno para ti, Maggie, para ti sola. No he querido pagar a medias los toffees ni las galletas de jengibre para ahorrar dinero; y Gibson y Spouncer se pelearon conmigo. Aquí tengo los anzuelos, ¡mira! Oye, ¿vamos mañana a pescar al estanque redondo? Podrás pescar tú solita, Maggie, poner los gusanos y todo lo demás. Qué divertido, ¿no?

A modo de respuesta, Maggie rodeó el cuello de Tom con los brazos, lo estrechó y apretó su mejilla contra la de él sin decir nada. Él, mientras tanto, desenrollaba lentamente un poco de hilo

—¿A que soy un buen hermano por comprarte un sedal? —preguntó tras una pausa—. Ya sabes que no tenía por qué comprarlo si no quería.

—Eres buenísimo... Y yo te quiero mucho, Tom.

Tom se había guardado el sedal en el bolsillo y examinó los anzuelos, uno por uno, antes de hablar.

—Y los chicos se pelearon conmigo porque no cedí con lo de los toffees.

—Vaya, me gustaría qué nadie se peleara contigo, Tom. ¿Te hicieron daño?

—¿Daño? No —contestó Tom. Envolvió de nuevo los anzuelos, sacó una gran navaja, abrió lentamente la hoja más grande y la examinó con aire meditabundo mientras deslizaba un dedo a lo largo.

—A Spouncer le dejé el ojo morado, ¿sabes? Eso es lo que le pasó por intentar pegarme: no pensaba ir a medias, por mucho que me pegara.

—Oh, qué valiente eres Tom. Me parece que eres como Sansón. Si se me acercara un león rugiendo, seguro que luchabas contra él, ¿verdad, Tom?

—Pero tonta, ¿cómo te va a atacar un león rugiendo? Sólo hay leones en los circos.

—No, pero imagina que estamos en algún país con leones, en África, donde hace mucho calor: allí los leones se comen a la gente. Puedo ense­ñarte el libro donde lo he leído.

—Bueno, pues cojo una escopeta y lo mato.

—Pero ¿y si no tienes ninguna escopeta...? Imagina que salimos sin pen­sar, como cuando nos vamos a pescar, y entonces un león muy grande corre hacia nosotros rugiendo y no podemos escapar. ¿Qué haces, Tom?

Tom, calló un momento y, finalmente, se dio media vuelta y se alejó con desdén.

—Si no hay ningún león, ¿para qué sirve hablar de eso?

—Es que me gusta imaginármelo —insistió Maggie, yendo tras él—. Ima­gina lo que harías, Tom.

—No me des la lata, Maggie. Qué pesada eres. Me voy a ver los conejos. El corazón de Maggie latió asustado. No se atrevió a decirle la verdad, pero caminó detrás de Tom en un silencio tembloroso, pensando en cómo podría darle la noticia de modo que le aplacara la pena y el enfado. Maggie temía la rabia de Tom más que ninguna otra cosa: era muy distin­ta de la suya.

—Tom —dijo tímidamente cuando se encontraban ya en el exterior de la casa—. ¿Cuánto te costaron los conejos?

—Dos medias coronas y seis peniques —contestó Tom al instante.

—Me parece que tengo mucho más que eso en mi portamonedas. Le diré a mamá que te lo dé.

—¿Para qué? —preguntó Tom—. No quiero tu dinero, tonta. Tengo mucho más dinero que tú porque soy un chico. En Navidades siempre me dan monedas de medio soberano o de un soberano, porque yo seré un hombre. Y a ti sólo te dan monedas de cinco chelines, porque sólo eres una niña.

—Bueno, es que... Tom, ¿Y si madre me dejara darte dos medias coronas y seis peniques para que te las gastaras... en más conejos?

—¿Más conejos? No quiero tener más.

—¡Es que se han muerto todos, Tom!

Tom se detuvo de inmediato y se volvió hacia Maggie.

—Te has olvidado de darles de comer. Y a Harry también se le ha olvida­do —afirmó. Durante unos instantes, su rostro se puso colorado—. Se las va a cargar: haré que lo echen. Y no te quiero, Maggie. Mañana no vendrás a pescar conmigo. Te dije que fueras a verlos cada día —añadió, y se puso de nuevo en marcha.

—Sí, pero se me olvidó. No pude remediarlo, de verdad, Tom, Lo siento muchísimo —dijo Maggie, mientras le saltaban las lágrimas de los ojos.

—Eres una niña mala —regañó Tom con severidad—. Y siento haberte comprado el sedal. Ya no te quiero.

—Oh, Tom, no seas tan cruel —sollozó Maggie—. Si se te olvidara algo, yo te perdonaría. Fuera lo que fuera, te perdonaría y te querría.

—Sí, tú eres tonta. Pero a mí nunca se me olvida nada.

—Por favor, perdóname, Tom. Me da muchísima pena —suplicó Maggie, agitándose con los sollozos mientras agarraba el brazo de Tom y le apoya­ba la mejilla mojada en el hombro.

Tom se la sacudió y se detuvo.

—Escucha, Maggie: ¿soy un buen hermano? —preguntó en tono impe­rioso.

—Ss—sí —hipó Maggie con la barbilla tembloroso.

—¿No es verdad que he pensado en tu sedal durante todo este trimestre, he querido comprártelo, he ahorrado dinero, no he querido pagar a medias los toffees y Spouncer me ha pegado?

—Ss—sí... y yo... te quiero mucho, Tom.

—Pero tú eres una niña mala. Durante las últimas vacaciones, chupaste la pintura de mi caja de caramelos, y en las anteriores dejaste que la barca arrastrara mi sedal, aunque t’había pedido que lo vigilaras, y me rompiste la cometa con la cabeza sin motivo.

—Pero si no lo hice queriendo —contestó Maggie—: es que no lo pude evitar.

—Sí, sí podías —replicó Tom—: bastaba con que te fijaras en lo que hacías. Y como eres una niña mala, no vendrás mañana a pescar conmigo.

Con esta terrible conclusión, Tom se alejó corriendo de Maggie hacia el molino con intención de saludar a Luke y quejarse de Harry.

Maggie permaneció inmóvil unos minutos, agitada tan solo por sus sollozos; después dio media vuelta, corrió hacia la casa y subió al desván, donde se sentó en el suelo y apoyó la cabeza contra un carcomido estante, sintiéndose terriblemente desgraciada. Después de pensar tanto tiempo en lo feliz que sería cuando llegara Tom, ahora estaba él en casa y se por­taba con ella con tanta crueldad. ¿Qué le importaba todo lo demás si Tom no la quería? ¡Era muy cruel! ¿No le había ofrecido el dinero y le había dicho que lo sentía mucho? Sabía que muchas veces se portaba mal con su madre, pero nunca con Tom y nunca le había pasado por la cabeza hacer­le alguna travesura.

—¡Qué malo es conmigo! —sollozó Maggie en voz alta, sintiendo un desolado placer en la resonancia del gran desván vacío. Ni se le ocurrió pegar o atormentar al fetiche: se sentía demasiado desgraciada para estar enfa­dada.

¡Triste pena la de la infancia, cuando la pena es nueva y extraña, cuan­do la esperanza todavía no tiene alas para volar más allá de los días y las semanas, y el espacio entre un verano y otro parece inconmensurable!

No tardó en tener la sensación de que llevaba mucho rato en el desván y debía de ser ya la hora del té: todos estarían merendando sin pensar en ella. Pues bien, se quedaría allí y se moriría de hambre, se escondería detrás de la tina y se quedaría allí durante toda la noche. Entonces todos se asustarían y Tom lo sentiría mucho. Maggie, con el corazón lleno de orgullo, se entretuvo con estos pensamientos mientras se deslizaba sigilo­samente detrás de la tina; pero allí volvió a echarse a llorar al pensar en que a nadie le importaba su paradero. Y si bajaba a ver a Tom, ¿la perdonaría? Quizá estuviera su padre y se pusiera de su parte. Pero ella quería que Tom la perdonara porque la quería y no porque se lo dijera su padre. No, no volvería a bajar hasta que Tom subiera a buscarla. Esta decisión se mantuvo firme durante los cinco oscuros minutos pasados tras la tina; pero la necesidad de que la quisieran, la más intensa en la pobre Maggie, se enfrentó a su orgullo y no tardó en vencerlo. Salió de detrás de la tina a la penumbra del largo desván y, en ese momento, oyó unos pasos rápidos en las escaleras.

Tom había estado demasiado interesado charlando con Luke y ron­dando por las instalaciones del molino, entrando y saliendo a su gusto y tallando palos —por el mero motivo de que en el colegio no le estaba per­mitido— para pensar en Maggie y en el efecto que su rabia había causado en ella. Había querido castigarla y, después de hacerlo, se ocupó en otras cosas, como haría cualquier persona práctica. Sin embargo, después de que lo llamaran para tomar el té, su padre preguntó:

—¡Caramba! ¿Dónde está la mocita?

—¿Dónde está tu hermanita? —exclamó, casi en el mismo instante, la señora Tulliver.

Ambos suponían que Maggie y Tom habían pasado la tarde juntos.

—No lo sé —contestó Tom. No quería delatar a Maggie, aunque estaba enfadado con ella, porque Tom Tulliver era un hombre de honor.

—¡Cómo! ¿No ha estado jugando contigo durante todo este rato? —pre­guntó el padre—. Si ella no pensaba en nada más que en que volvieras a casa.

—No la he visto en estas dos horas —dijo Tom, empezando a comer plumcake.

—¡Cielo santo! ¡Se ha ahogado! —gritó la señora Tulliver, poniéndose en pie y corriendo hacia la ventana—. ¿Cómo has podido permitirlo? —añadió, convirtiéndose en una mujer asustada que acusaba a no sabía quién de no sabía qué.

—¡Ca! No se ha ahogado —dijo el señor Tulliver—. T'has portado mal con ella, ¿verdad, Tom?

—Le aseguro que no, padre —contestó Tom indignado—. Me parece que está en casa.

—A lo mejor está en el desván —sugirió la señora Tulliver—, canturreando y hablando sola, sin acordarse de las horas de las comidas.

—Ve a buscarla, Tom —ordenó el señor Tulliver con severidad.

Su perspicacia o tal vez la debilidad que sentía por Maggie le hacían sos­pechar que el muchacho habría ofendido «a la nena», porque, de no ser así, ella nunca se habría alejado de él.

—Y pórtate bien con ella, ¿me oyes? Si no, te vas a enterar.

Tom nunca desobedecía a su padre, porque el señor Tulliver era un hombre autoritario y, tal como él decía, no estaba dispuesto a permitir que nadie le quitara el bastón de mando; pero se alejó con semblante hosco, llevando consigo el trozo de pastel y sin la menor intención de evitar a Maggie su bien merecido castigo. Tom sólo tenía trece años y no poseía criterio alguno sobre cuestiones de gramática o de aritmética, pero sabía perfectamente que estaba dispuesto a castigar a quien lo mereciera de la misma manera que aceptaba que lo castigaran si le estaba bien empleado; aunque, en realidad, él nunca fuera acreedor a un castigo.

Así pues, eran de Tom los pasos que Maggie había oído en las escaleras cuando su necesidad de amor se imponía sobre su orgullo, y en aquel momento se preparaba para bajar y pedir perdón con los ojos hinchados y el cabello alborotado. Al menos su padre le acariciaría la cabeza y diría: «No importa, mocita». Esta necesidad de amor, este anhelo del corazón actúa como un déspota excelente, con una autoridad similar a esa otra hambre mediante la cual la Naturaleza nos obliga a someternos al yugo y cambiar el rostro del mundo.

Maggie reconoció los pasos de Tom y el corazón empezó a latirle con violencia, con la repentina emoción de la esperanza. Tom se limitó a dete­nerse en lo alto de la escalera.

—Maggie, tienes que bajar —anunció.

Pero Maggie corrió hacia él y se le colgó del cuello, llorando.

—Tom, por favor, perdóname. No puedo aguantarlo... Me portaré siem­pre bien... Me acordaré de todo... Quiéreme, por favor, querido Tom.

A medida que crecemos, aprendemos a controlar los sentimientos. Después de una pelea, nos mantenemos a cierta distancia, nos expresamos con frases educadas y, así, conservamos una separación digna mientras mostramos firmeza, por un lado, y nos tragamos la pena por otro. Nuestra conducta ya no se asemeja a la de los animales inferiores, sino que nos comportamos en todos los sentidos como miembros de una sociedad alta­mente civilizada. Maggie y Tom todavía eran como animales jóvenes, y por ello Maggie podía frotar la mejilla contra la de Tom y besarlo en la oreja, entre sollozos; y el muchacho poseía fibras tiernas acostumbradas a res­ponder a los mimos de Maggie, de modo que reaccionó con una debilidad incoherente con su decisión de castigarla tanto como merecía.

—No llores, Maggie. Ten, un poco de pastel —dijo, devolviéndole los besos.

El llanto de Maggie empezó a apaciguarse, abrió la boca y mordió un poco de pastel; después Tom mordió otro trocito, para acompañarla, y comieron juntos, se frotaron las mejillas, las cejas, la nariz mientras comí­an, con un humillante parecido a los ponis en una expresión de cariño.

—Vamos, Maggie: ven a tomar el té —dijo finalmente Tom, cuando ya no quedaba más pastel que el del salón.

Así terminaron las penas aquel día, y a la mañana siguiente Maggie trotaba con su caña de pescar en una mano y un asa del cesto en la otra, poniendo siempre los pies, gracias a un don especial, en los lugares con más barro, oscura y radiante bajo el gorrito de castor, porque Tom era bueno con ella. No obstante, había pedido a Tom que de pusiera él el cebo, aunque aceptó su palabra cuando de aseguró que los gusanos no sentían nada (aunque Tom pensaba que, si algo sentían, a él de daba do mismo). Tom lo sabía todo sobre los gusanos, los peces y cosas de esas; qué pájaros eran nocivos, cómo se abrían los candados o en qué sentido había que levantar los cierres de las puertas de las verjas. Maggie creía que estos conocimientos eran maravillosos y que era mucho más difícil recordarlos que lo leído en los libros; reverenciaba la superioridad de Tom porque era la única persona que llamaba «cuentos» a sus conocimientos y no parecía sorprenderse de lo lista que era. En realidad, Tom opinaba que Maggie era tonta, como todas las niñas: eran incapaces de dar en un blanco de una pedrada, de sacar partido a una navaja y se asustaban con las ranas. Con todo, sentía mucho cariño por su hermana, pensaba cuidar siempre de ella, convertirla en su ama de llaves y castigarla cuando se portara mal.

Caminaron hacia la Laguna Redonda, un maravilloso estanque forma­do mucho tiempo atrás por las inundaciones. Nadie sabía qué profundi­dad tenía y resultaba misteriosa su forma casi circular, enmarcada por sau­ces y altas cañas, de modo que el agua sólo se veía desde muy cerca de la orilla. La vista de aquel lugar favorito siempre ponía a Tom de muy buen humor y, mientras abría la preciada cesta y preparaba el aparejo, habló a Maggie con susurros cómplices. Le lanzó el sedal y de puso la caña en la mano. Maggie pensaba que lo más probable era que los peces pequeños acudieran a su anzuelo y los grandes al de Tom pero, cuando se había olvi­dado ya delos peces y contemplaba soñadora las aguas cristalinas, Tom le susurró lo más fuerte que pudo:

—¡Mira, mira! ¡Maggie! y se acercó corriendo para impedir que tirara bruscamente del sedal.

Maggie se asustó al pensar que había hecho algo mal, como de costum­bre, pero Tom tiró del hilo y sacó una gran tenca que se puso a saltar sobre la hierba.

Tom estaba entusiasmado.

—¡Maggie, bonita! ¡Vacía la cesta!

Maggie no creía que aquello tuviera un mérito especial, pero de bastaba con que Tom la llamara Maggie y estuviera contento con ella. Nada en los susurros y los silencios evocadores podía estropear el placer de escuchar el suave goteo del pez al salir del agua y el leve rumor; como si los sauces, las cañas y el agua también se comunicaran con murmullos. Maggie pensó que el cielo podría ser así: estar sentada junto al estanque y que nadie la regañara nunca. A pesar de que le gustaba mucho ir de pesca, nunca se daba cuenta de que había picado un pez hasta que Tom se lo advertía.

Aquella fue una de sus mañanas felices. Trotaron por ahí y se sentaron juntos sin pensar en que la vida pudiera cambiar mucho para ellos: se limi­tarían a crecer, a dejar el colegio y todo sería siempre como en vacaciones; vivirían siempre juntos y se querrían mucho. Todo sería siempre igual: el molino con su estruendo; el gran castaño, bajo el cual jugaban a casitas; el Ripple, su pequeño río particular, cuyas orillas eran como su casa, en las que Tom buscaba siempre ratas de agua mientras Maggie recogía los plu­meros purpúreos de las cañas, que después olvidaba y dejaba tirados; y, por encima de todo, el gran Floss a lo largo del cual vagaban con sensación de aventura, para ver cómo la marea de primavera —el terrible macareo— se alzaba cual un monstruo hambriento, o para visitar el Gran Fresno, que una vez gimió y gruñó como un hombre. Tom pensaba que todos los que vivían en otro lugar del mundo tenían peor suerte, y Maggie, cuando leía que Cristiana3 cruzaba «el río sobre el que no hay puente» siempre veía el Floss entre prados verdes, junto ad Gran Fresno.

La vida cambió mucho para Tom y Maggie y, sin embargo, no se equivocaban entonces al creer que los pensamientos y amores de aquellos pri­meros años formarían siempre parte de su vida. No podríamos amar tanto la tierra si no hubiéramos vivido en ella nuestra infancia, si no fuera la misma tierra donde cada primavera crecían las mismas flores que recogía­mos con nuestros dedos diminutos, sentados en la hierba, balbuceando... Los mismos escaramujos y espinos en los setos en otoño... Los mismos peti­rrojos que llamábamos «pájaros de Dios» porque no dañaban las preciosas cosechas. ¿Qué novedad puede compararse a esta dulce monotonía en la que todo se conoce y se ama, precisamente porque se conoce?

En este templado día de mayo camino por un bosque, los brotes ocres de los robles se extienden sobre mí, bajo el cielo azul, y a mis pies crecen las blancas margaritas, las azules verónicas y la hiedra. ¿Qué bosque de pal­meras tropicales, qué extraños helechos o espléndidas flores de grandes pétalos podrían hacer vibrar fibras tan profundas y delicadas como esta escena familiar? Estas flores conocidas, estos trinos que tan bien recuerdo, este cielo de brillo cambiante, estos campos arados, cubiertos de hierba, cada uno de ellos con la distinta personalidad que le confieren los capri­chosos setos... Todas estas cosas son la lengua materna de nuestra imagi­nación, el idioma cargado con todas las asociaciones sutiles e inextricables que las horas fugaces de nuestra infancia dejaron atrás. El placer que sen­timos hoy al contemplar el brillo del sol sobre las largas briznas de hierba podría ser tan solo la débil percepción de un alma cansada, si no fuera por los rayos de sol y la hierba de los años lejanos, que perviven en nosotros y transforman nuestra percepción en amor.



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