George Eliot El molino del Floss



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Capítulo X


Parece romperse el hechizo
Las salas que se sucedían, una tras otra, en Park House, se mostraban debidamente brillantes, adornadas con luces y flores y el esplendor personal de dieciséis parejas acompañadas de sus padres y tutores. El lugar más resplandeciente era el largo salón, donde tenía lugar el baile, bajo la inspira­ción de un piano de cola; la biblioteca, abierta en un extremo, preparada para los juegos de cartas, disfrutaba de la iluminación más sobria de la madurez; y, al otro extremo, el lindo gabinete con un invernadero adosa­do quedaba como un posible retiro más fresco. Lucy, que había abando­nado el luto por primera vez y lucía su linda figura envuelta en un abun­dante vestido de crespón blanco, era la reina oficial de la ocasión, porque aquélla era una de las fiestas condescendientes de las señoritas Guest, ya que no incluía a ningún miembro de una aristocracia superior a la de Saint Ogg's y ampliaba en lo posible el criterio de nobleza aplicado a comerciantes y profesionales.

Al principio, Maggie se negó a bailar con el pretexto de que había olvi­dado todos los pasos, tanto tiempo había transcurrido desde que bailaba en el colegio; y se alegró de tener esa excusa, porque es malo bailar con el corazón triste. Pero, al cabo de un rato, la música se le metió en las jóve­nes piernas y le apeteció, aunque fue el horrible joven Torry quien apare­ció por segunda vez con intención de convencerla. Ella le advirtió que sólo sabía bailes tradicionales, pero él, naturalmente, estaba dispuesto a espe­rar tan alta felicidad y le aseguró en varias ocasiones, con la única inten­ción de ser amable, que «era un fastidio», que no supiera bailar el vals, ya que le habría gustado mucho bailarlo con ella. Pero finalmente llegó el momento de los bailes anticuados, los menos vanidosos y más divertidos, y Maggie casi olvidó su agitada vida disfrutando como una niña de aquel ritmo algo rústico que parece desterrar toda etiqueta pretenciosa. Se sen­tía generosa con el joven Torry, que le sostuvo la mano durante el baile; sus ojos y sus mejillas poseían el fuego de la joven alegría, capaz de arder al menor soplo; y el sencillo traje negro con un poco de encaje parecía el oscuro engarce de una piedra preciosa.

Stephen todavía no le había pedido que bailara con él, todavía no le había prestado más atención que la cortés. Desde el día anterior, la ima­gen de Maggie que tenía siempre presente estaba parcialmente oculta por la de Philip Wakem, que la cubría como una mancha: había alguna rela­ción entre ella y Philip; por lo menos, por parte de él, y ella se sentía obli­gada. Stephen se decía que, en ese caso, otra razón de honor lo obligaba a resistir una atracción que continuamente amenazaba con dominarlo. Eso era lo que se decía: y, sin embargo, en un par de ocasiones había sen­tido una violenta resistencia y, en otras, una estremecedora repugnancia ante esta intromisión de la imagen de Philip, que casi contribuía a empu­jarlo hacia Maggie y reclamarla como suya. Con todo, aquella noche hacía lo que se había propuesto: hasta el momento se había mantenido lejos, casi no la había mirado y había atendido alegremente a Lucy. No obstan­te, en aquel instante devoraba a Maggie con los ojos y tenía tentaciones de echar al joven Torry del baile de una patada y ocupar su lugar. Deseó que terminara el baile para que ella pudiera librarse de su pareja. El deseo de bailar con Maggie y tener su mano entre las suyas durante tanto rato empe­zaba a apoderarse de él como una sed. Pero, aunque estaban lejos el uno del otro, sus manos se unían en el baile.

Stephen apenas advirtió lo que sucedía o de qué modo mecánico cum­plía con los deberes de la cortesía hasta que quedó libre y volvió a ver a Maggie otra vez sentada y sola, en el extremo opuesto del salón. Se dirigió hacia ella, a través de las parejas que estaban formándose para el vals, y cuando Maggie se dio cuenta de que la estaba buscando, a pesar de todos sus pensamientos previos, sintió que se le alegraba el corazón. Todavía tenía los ojos y las mejillas iluminadas con un entusiasmo infantil por el baile: todo su cuerpo estaba predispuesto a la alegría y a la ternura: ni siquiera los pesares futuros parecían amargos, estaba dispuesta a aceptar­los como parte de la vida, porque en aquel momento ésta le parecía una conciencia viva y vibrante posada sobre el placer o el dolor. En aquella últi­ma noche podía disfrutar sin trabas en la calidez del presente sin pensa­mientos gélidos sobre el pasado y el futuro.

—Van a tocar otro vals —dijo Stephen, inclinándose para hablar con ella, con esa mirada y ese tono de ternura contenida que los jóvenes sueños imaginan en los bosques en verano, cuando leves arrullos llenan el aire. Esas miradas y esos tonos llevan consigo un aliento poético a una sala sofo­cante debido a la iluminación del gas y a arduos flirteos.

—Van a tocar otro vals. Marea un poco mirar y hace mucho calor, ¿quie­re que demos un paseo?

Le tomó la mano y se la colocó en el brazo, y se dirigieron hacia el gabi­nete, donde había unas mesas dispuestas con grabados para acomodar a unos visitantes poco interesados en mirarlos. Pero en aquel momento no había nadie. Pasaron al invernadero.

—Qué raros e irreales son los árboles y las flores entre luces —dijo Maggie con voz baja—. Se diría que pertenecen a una tierra encantada y que nunca se irán: no me costaría imaginar que están hechos con piedras preciosas.

Contemplaba una hilera de geranios mientras hablaba y Stephen no contestó; la estaba mirando. ¿Y acaso un poeta supremo no mezcla la luz y el sonido para llamar muda a la oscuridad y elocuente a la luz? Algo extra­ñamente poderoso había en la luz de la larga mirada de Stephen, porque hizo que el rostro de Maggie se volviera hacia él y se alzara: lentamente, como una flor sigue al astro que asciende. Y siguieron avanzando con paso vacilante, sin tener la sensación de estar andando, sin sentir otra cosa que la mirada larga y grave que poseía la solemnidad propia de toda pasión humana profunda. La conciencia de que debían y querían renunciar el uno al otro hacía aquel momento de confesión mutua todavía más inten­so.

Pero llegaron al extremo del invernadero y tuvieron que detenerse y dar la vuelta. Maggie volvió en sí con el cambio: se sonrojó profundamente, movió la cabeza, soltó el brazo de Stephen y se acercó a unas flores para olerlas. Stephen permaneció inmóvil, todavía pálido.

—¡Oh! ¿Puedo coger esta rosa? —preguntó Maggie, haciendo un gran esfuerzo para decir algo y disipar la ardiente sensación de una confesión irremediable—. Me parece que soy un poco mala con las rosas: me gusta cogerlas y olerlas hasta que ya no tienen aroma.

Stephen estaba mudo: era incapaz de formar una frase y Maggie exten­dió el brazo hacia la gran rosa medio abierta que le había llamado la aten­ción. ¿Quién no ha observado la belleza de un brazo femenino, las inde­cibles sugerencias de ternura de un codo con sus hoyuelos y de las curvas suaves que se atenúan hacia la delicada muñeca? Hace dos mil años, el brazo de una mujer conmovió a un gran escultor y construyó para el Partenón una imagen de éste que todavía nos emociona mientras abraza amorosamente el gastado mármol de un tronco decapitado. El brazo de Maggie era como aquél, pero poseía los cálidos tonos de la vida.

Un loco impulso se apoderó de Stephen; se precipitó hacia el brazo, lo asió por la muñeca y lo cubrió con una lluvia de besos.

Al instante Maggie se lo arrebató y miró a Stephen como una diosa de la guerra herida, temblando de rabia y humillación.

—¿Cómo se atreve? —exclamó con voz casi ahogada, profundamente alte­rada—. ¿Qué derecho le he dado para que me insulte?

Huyó de él hacia el gabinete contiguo y se echó en el sofá, jadeando y temblando.

Había sufrido un terrible castigo por el pecado de permitirse un mo­mento de felicidad que traicionaba a Lucy, a Philip, a lo mejor de sí misma. Aquella felicidad momentánea había sufrido una plaga, una lepra: Stephen la tenía por una mujer más fácil que Lucy.

Stephen se apoyó contra la estructura del invernadero, aturdido por las pasiones en conflicto: amor, rabia y confusa desesperación ante su falta de dominio y por haber ofendido a Maggie.

Este último sentimiento superó a todos los demás: estar a su lado de nuevo y rogar que lo perdonara era lo único que tenía para él la fuerza de un motivo, y apenas llevaba Maggie sentada unos pocos minutos cuan­do él se acercó y se detuvo ante ella con actitud humilde. Pero Maggie seguía furiosa.

—Haga el favor de dejarme sola —dijo con aire altivo e impetuoso—. Y, en el futuro, le ruego que no me busque.

Stephen dio media vuelta y caminó de un lado a otro en un extremo del gabinete. Empezaba a darse cuenta de que tenía que regresar al salón de baile cuanto antes y, cuando volvió, advirtió que habían estado fuera tan poco tiempo que el vals no había terminado.

Maggie tampoco tardó en regresar. Aguijoneado, su orgullo bullía fre­nético; finalmente, la odiosa debilidad que la había expuesto a aquella ofensa a su dignidad había generado su propia cura. Debía relegar todos los pensamientos y las tentaciones del último mes a un rincón perdido de la memoria: ahora ya no sentía ninguna atracción; le sería fácil cumplir con su deber y sus viejos y serenos propósitos se impondrían pacíficamente otra vez. Volvió a entrar en el salón todavía con el rostro brillante de excitación, pero con una sensación de orgulloso dominio que desafiaba toda agitación. No quiso bailar más, pero se mostró dispuesta a hablar tranquilamente con quienes le dirigieron la palabra. Y cuando se fueron a casa aquella noche, besó a Lucy con el corazón libre, casi feliz por el momento abrasador que la había liberado de la posibilidad de que otra palabra u otra mirada estuvieran marcadas con el sello de la traición hacia aquella hermana tierna y confiada.

A la mañana siguiente, Maggie no se encaminó hacia Basset tan tem­prano como tenía previsto. Su madre iba a acompañarla en el carruaje y la señora Tulliver no podía despachar el trabajo de la casa deprisa. De manera que Maggie, tras prepararse a toda prisa, tuvo que aguardar sen­tada en el jardín, dispuesta para el viaje. Lucy estaba ocupada en la casa, envolviendo algunos regalos comprados en la feria de caridad para los niños de Basset, y cuando se oyó una fuerte llamada en la puerta Maggie se asustó, no fuera Lucy a acompañar a Stephen hasta ella: seguro que era Stephen.

Sin embargo, el visitante salió solo al jardín y se sentó a su lado, en una butaca. No era Stephen.



—Desde este asiento se ven las puntas de los pinos albares, Maggie —se atrevió a decir Philip. Aunque se habían dado la mano en silencio, Maggie lo había mirado con una sonrisa cariñosa, idéntica a la de otros tiempos.

—Sí —contestó Maggie—. Los miro con frecuencia y me gustaría ver otra vez el sol poniente sobre los troncos. Pero sólo he vuelto una vez, camino del cementerio, con mi madre.

—Yo sí he estado allí... Voy por allí con frecuencia —dijo Philip—. Sólo el pasado me anima a vivir.

El recuerdo y la piedad empujaron a Maggie a poner la mano sobre la de Philip. ¡Habían caminado tantas veces de la mano!

—Recuerdo todos los rincones y todo lo que me contaste en cada uno de ellos, bellas historias de las que nunca había oído hablar.

—Querrás ir pronto, ¿verdad, Maggie? —preguntó Philip, sintiéndose tímido y tembloroso—. El molino pronto volverá a ser la casa de tu herma­no.

—Sí, pero yo no estaré allí —dijo Maggie—. Esa felicidad sólo la conoceré de oídas. Me voy otra vez. ¿No te lo ha dicho Lucy?

—Entonces, ¿el futuro nunca se unirá con el pasado, Maggie? ¿Ese libro está cerrado?

Los ojos grises que tantas veces se habían alzado hasta ella con supli­cante adoración la miraron, con un último rayo de esperanza. Maggie los miró con sus ojos grandes y sinceros.

—Ese libro no se cerrará nunca, Philip —dijo con grave tristeza—. No deseo un futuro que rompa los lazos del pasado. Pero el lazo que me une a mi hermano es uno de los más fuertes. No puedo hacer nada volunta­riamente que me separe de él para siempre.

—¿Es ése el único motivo que nos mantendrá separados? —preguntó Philip, con la desesperada determinación de obtener una respuesta defi­nitiva.

—El único —contestó Maggie con tranquila decisión, plenamente con­vencida. En aquel momento se sentía como si la copa encantada hubiera caído al suelo. Todavía perduraba la reacción de entusiasmo, que le daba un orgulloso dominio de sí misma, y miraba al futuro con la sensación de que lo escogía con calma.

Durante unos minutos permanecieron con las manos unidas y callados: en Maggie estaban más presentes las primeras escenas de amor y separa­ción que aquel mismo momento, y tenía ante sí a Philip en las Fosas Rojas.

Philip sintió que debería haberse sentido totalmente feliz con aquella respuesta: era tan nítida y transparente como el agua que la marea deja en las rocas. ¿Por qué no era completamente feliz? Sin duda, sólo la omnis­ciencia que permitiera ver los repliegues más sutiles del corazón podría calmar los celos.



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