George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IX


La caridad se viste de gala
La carrera de Maggie como miembro admirado de la buena sociedad de Saint Ogg's culminó sin duda el día de la venta benéfica, cuando su belleza noble y sencilla, vestida en una flotante muselina blanca que, sospecha­mos, procedía del guardarropa de la tía Pullet, se distinguió de las mujeres más adornadas y convencionales que la rodeaban. Tal vez no advertimos hasta qué punto nuestra conducta social está hecha de gestos artificiales hasta que vemos a una persona a la vez sencilla y hermosa: porque sin belleza tendemos a considerar tosquedad la sencillez. Las señoritas Guest estaban demasiado educadas para emplear las muecas y el tono afectado que caracteriza a la vulgaridad con pretensiones; pero, dado que su pues­to se encontraba junto al de Maggie, aquel día pareció obvio, por primera vez, que la señorita Guest mantenía la barbilla demasiado alta y que la señorita Laura hablaba y gesticulaba con deseos de impresionar.

Todas las personas bien vestidas de Saint Ogg's y de los alrededores se encontraban allí, y habría merecido la pena acudir incluso desde lejos para contemplar el hermoso y viejo Hall, con sus vigas vistas y las grandes puer­tas de dos batientes, también de roble, y la luz que, procedente de lo alto, caía sobre las multicolores prendas expuestas. Era un lugar pintoresco, con las paredes pintadas con anchas franjas desvaídas y algún animal heráldi­co, hirsuto y hocicudo, apreciados emblemas de la familia noble que en otros tiempos fuera propietaria de aquel caserón, convertido ahora en edi­ficio municipal. Un gran arco, tallado en la parte superior de uno de los muros, remataba un escenario de roble, tras el cual había una sala, donde se habían colocado plantas de invernadero y mesas con viandas: un lugar muy agradable para los caballeros dispuestos a pasar el rato y cambiar los apretujones de la sala por un punto de vista más amplio. En realidad, aquel edificio antiguo se adaptaba tan bien a aquel propósito moderno que hacía elegante la caridad y llevaba, a través de la vanidad, a compensar las carencias, que nadie podía entrar en la sala sin comentarlo en más de una ocasión. Cerca del gran arco situado sobre la orquesta se encontraba un mirador de piedra con vidrieras pintadas, una de las venerables incohe­rencias del antiguo Hall; allí cerca tenía Lucy su puesto, debido a las nece­sidades de algunos artículos sencillos de cuya venta se encargaba en repre­sentación de la señora Kenn. Maggie le había rogado que le permitiera sentarse en el extremo abierto del puesto para vender estos artículos en lugar de las alfombrillas de cuentas y otros productos elaborados de los que sabía pocas cosas. Pero los batines para caballero, que se encontraban entre sus mercancías, no tardaron en convertirse en objeto de atención e interés general, y provocaron una curiosidad tremenda en cuanto a su cali­dad y sus méritos, así como una firme decisión de verificarlos mediante la prueba, de modo que su puesto no tardó en destacarse sobre los demás. Las damas que poseían bienes propios para vender y no deseaban batines, advirtieron de inmediato la frivolidad y el mal gusto de la preferencia masculina por artículos que podría proporcionarles cualquier sastre; y es posible que la enfática y diversa atención que se centró sobre la señorita Tulliver, en esta ocasión pública, proyectara más tarde en muchos de los presentes una luz poderosa e inequívoca sobre su conducta. Sin duda, no mora en el pecho de las damas caritativas la rabia por la belleza desdeña­da, sino que los errores de las personas que en algún momento han sido objeto de admiración se hacen más intensos por mero contraste y, además, el destacado lugar que ocupaba Maggie aquel día por primera vez ponía en evidencia ciertas características que más tarde se consideraron de cier­ta relevancia significativa. La mirada directa de la señorita Tulliver resulta­ba algo atrevida, y su belleza poseía ciertas características toscas que la situaban, en opinión de todos los jueces femeninos, muy por detrás de su prima, la señorita Deane; porque las damas de Saint Ogg's habían renun­ciado ya por completo, a favor de Lucy, a sus pretensiones de provocar la admiración del señor Guest.

En cuanto a la pequeña y dulce Lucy, su reciente y bienintencionado triunfo en relación con el molino y todos los cariñosos proyectos que ima­ginaba para Maggie y Philip contribuían a que estuviera muy animada, y no le proporcionaba más que placer la evidencia del atractivo de Maggie. Sin duda, ella también estaba encantadora, y en aquel acto público Stephen le prestaba toda la atención, comprando celosamente todos los artículos que había visto elaborar por sus manos y ayudando alegremente a engatusar a todos los clientes masculinos para que adquirieran las mas afeminadas futilidades. Decidió dejar el sombrero y ponerse un fez escar­lata bordado por ella, aunque los observadores superficiales no lo consideraron tanto un cumplido hacia Lucy como una señal de fatuidad. «Guest es un fatuo —señaló el joven Torry—, pero en Saint Ogg's es una per­sona privilegiada y todo el mundo le sigue la corriente: si otro hiciera lo mismo que él, todo el mundo diría que estaba haciendo el ridículo». (El joven Torry era pelirrojo.)

Y Stephen no compró nada del puesto de Maggie hasta que Lucy le dijo en tono bajo y ofendido:

—Mire, todo lo que ha tejido Maggie está a punto de venderse y usted no habrá comprado nada. Tiene esas cosas tan deliciosamente suaves para calentar las muñecas, cómpreselas.

—¡Oh, no! —dijo Stephen—. Deben de estar pensadas para personas imaginativas que en un día cálido como éste se hielan si piensan en el helado Cáucaso. Ya sabe usted que yo soy más severo. Convenza usted a Philip de que los compre. Por cierto, ¿por qué no ha venido?

—No le gusta ir a lugares donde hay demasiada gente, aunque le enca­recí que viniera. Me dijo que se quedaría con todo lo que los demás no qui­sieran. Pero ahora vaya a comprarle algo a Maggie.

—No, no. Mire, ahora tiene un cliente: el viejo Wakem acaba de llegar. Lucy volvió los ojos con interés e inquietud hacia Maggie para ver cómo se desenvolvía en aquel primer encuentro, desde un tiempo tristemente memorable, con un hombre hacia el que, probablemente, experimentaba una extraña mezcla de sentimientos, pero se alegró al comprobar que Wakem tenía tacto suficiente para ponerse a hablar de los géneros que se vendían en la feria y parecer interesado en comprar algo mientras le diri­gía alguna sonrisa amable, sin darle oportunidad de hablar demasiado, puesto que advertía que estaba pálida y temblorosa.

—Vaya, Wakem está resultando amable con su prima —dijo Stephen por lo bajo a Lucy—. ¿Acaso se debe a pura magnanimidad? Usted me contó algo de una pelea familiar.

—Oh, espero que no tarde en arreglarse —dijo Lucy, tan satisfecha que resultaba poco discreta, con aire de saber más del asunto. Sin embargo, Stephen no pareció reparar en su comentario y, puesto que se aproxima­ban algunas compradoras, fue acercándose hacia el rincón de Maggie. Toqueteó algunos objetos y se mantuvo a cierta distancia hasta que Wakem, que había sacado ya la cartera, terminó la transacción.

—Mi hijo ha venido conmigo —oyó que decía Wakem—, pero se ha esfumado en algún rincón del edificio y ha dejado para mí estas atenciones caritativas. Espero que le reproche su mala conducta.

Sin decir nada, ella le devolvió la sonrisa y la inclinación, y Wakem se dio la vuelta. Entonces vio a Stephen y lo saludó con un movimiento de cabe­za. Maggie, consciente de que Stephen seguía allí, se entretuvo contando el dinero y evitó levantar la vista. Se había alegrado de que hubiera pres­tado atención sólo a Lucy y no se hubiera acercado a ella. Habían empe­zado el día con un saludo indiferente y ambos se habían sentido satisfe­chos de mantenerse alejados, como un paciente capaz de pasarse sin la dosis de opio a pesar de los fracasos previos. Y durante los últimos días incluso habían estado preparándose para los fracasos, meditando sobre los acontecimientos que pronto los separarían, motivo para prescindir de la conquista de sus propios sentimientos.

Stephen fue acercándose paso a paso, como si tiraran de él contra su vo­luntad, hasta que rodeó el extremo lateral del puesto y quedó medio es­condido por una pantalla de colgaduras. Maggie siguió contando el dine­ro, hasta que de repente oyó una voz profunda y agradable.

—¿Está usted muy cansada? ¿Quiere que le traiga algo? ¿Un poco de fruta o jalea?

Aquel tono inesperado hizo que se estremeciera, como con la súbita vibración de un arpa a su lado.

—¡Oh, no, gracias! —dijo débilmente, alzando la vista unos instantes.

—Está usted muy pálida —insistió Stephen con tono solícito—. Estoy segu­ro de que está agotada. Voy a desobedecerla y le traeré algo.

—No, de veras que no podría tomarlo.

—¿Está usted enfadada? ¿Qué le he hecho? Haga el favor de mirarme.

—Le ruego que se vaya —dijo Maggie, mirándolo con expresión de impotencia. Enseguida desvió los ojos hacia el rincón opuesto del escenario, medio oculto por los pliegues del viejo telón verde. En cuanto pronunció ese ruego, Maggie se estremeció ante lo que implicaba, pero Stephen se dio la vuelta al instante y, siguiendo la mirada de Maggie, divisó a Philip Wakem sentado en el rincón escondido, de manera que apenas podía ver de la sala otra cosa que el lugar donde estaba Maggie. Un pensamiento totalmente nuevo asaltó a Stephen y, vinculándolo a lo que acababa de observar en los modales de Wakem y la respuesta de Lucy a su observa­ción, se convenció de que había existido alguna relación previa entre Philip y Maggie, además de la amistad infantil mencionada. Abandonó la sala, empujado por más de un impulso, y subió las escaleras en dirección a la sala de descanso. Allí se dirigió hacia Philip, se sentó tras él y le puso la mano en el hombro.

—¿Estás estudiando para hacer un retrato, Phil? ¿O para dibujar el ven­tanal? Diantre, desde este rincón oscuro, enmarcado por el telón, resulta un fragmento interesante.

—He estado estudiando la expresión del rostro humano —contestó Philip, cortante.

—¿Cómo? ¿El de la señorita Tulliver? Hoy está de mal humor, me pare­ce. Se siente como una princesa obligada a atender tras un mostrador. Su prima me mandó para que le ofreciera un refrigerio, pero, como siempre, me ha desdeñado. Supongo que entre ambos existe una antipatía natural, pocas veces tengo el honor de complacerla.

—¡Qué hipócrita eres! —exclamó Philip, enrojeciendo furioso.

—¿Cómo es eso? ¿La experiencia debería haberme enseñado que gusto a todo el mundo? Reconozco la universalidad de la ley, pero en este caso no se cumple.

—Me marcho —dijo Philip, levantándose bruscamente.

—Yo también, para tomar un poco de aire fresco. Este lugar es sofocan­te. Creo que ya he cumplido con creces.

Los dos amigos bajaron juntos sin hablar. Philip se encaminó hacia la puerta que daba sobre el cementerio, pero Stephen siguió pasillo adelan­te.

—Oh, por cierto, debo quedarme por aquí —dijo, y se encaminó hacia una de las salas situadas en el otro extremo del edificio, asignadas a la biblioteca de la ciudad. No había nadie en la sala y eso es todo lo que nece­sita un hombre cuando lo único que desea es lanzar el sombrero sobre la mesa, sentarse a horcajadas en una silla y contemplar la alta pared de ladri­llos con un ceño tan fruncido que habría sido digno de la ocasión si hubie­ra tenido que dar muerte a la gigantesca Pitón. La conducta que se deriva de un conflicto moral con frecuencia es tan semejante al vicio que el jui­cio externo, si se basa en una mera comparación de los actos, no percibe la diferencia. Espero que el lector advierta con claridad que Stephen no era hipócrita —capaz de actuar con deliberada doblez para conseguir un fin egoísta— y, sin embargo, la fluctuación entre el empeño sistemático en negar un sentimiento y el modo en que le daba rienda suelta podría haber servido de sólido argumento para la acusación de Philip.



Entre tanto, Maggie permanecía sentada en el puesto, fría y tembloro­sa, con la dolorosa sensación en los ojos que procede de unas lágrimas reprimidas con firmeza. ¿Acaso su vida sería siempre así? ¿Tendría que vivir siempre sometida a conflictos internos? Oía confusamente las voces ajetreadas e indiferentes a su alrededor y habría deseado que aquella corriente fácil y rumorosa arrastrara su pensamiento. En aquel momento, el doctor Kenn, que acababa de entrar en el salón y caminaba hacia el cen­tro con las manos a la espalda mientras echaba un vistazo general, detuvo los ojos en Maggie por primera vez y se sorprendió ante la expresión de dolor de aquel bello rostro. Maggie estaba sentada e inmóvil, porque el flujo de clientes había disminuido a aquella hora tardía: los caballeros habían preferido pasar por ahí a mitad del día y el puesto de Maggie ape­nas tenía ya objetos que vender. Eso, junto con su expresión ausente y dolorosa, completaba el contraste entre ella y sus compañeras, animadas y atareadas. El doctor Kenn se sintió profundamente atraído. Como es natu­ral, el rostro de Maggie le había llamado la atención en la iglesia por ser nuevo y hermoso, y se la habían presentado durante una breve visita de tra­bajo a casa del señor Deane, pero no habían cruzado más de tres palabras. Caminó hacia ella y Maggie, advirtiendo que alguien se acercaba, se forzó a levantar la vista y prepararse para hablar. Sintió un alivio infantil e ins­tintivo de la sensación de incomodidad provocada por el esfuerzo cuando vio que era el doctor Kenn quien la miraba: aquel rostro de mediana edad poco agraciado, de una amabilidad grave y penetrante, que parecía corres­ponder a un ser humano que, tras alcanzar una playa segura, observara con deseo de ayudar a quienes todavía combatían con las olas, tuvo sobre ella un efecto que recordaría más tarde como si hubiera sido una prome­sa. Las personas de mediana edad que han vivido ya las emociones más fuertes de su vida pero se encuentran en un momento en que la memoria todavía conserva algo de pasión y no es meramente contemplativa, pertenecen a una especie de sacerdocio natural formado y consagrado por la vida para ser refugio y socorro de los jóvenes que avanzan dando traspiés y para los que desesperan de sí mismos: casi todos nosotros, en algún momento de nuestra juventud, habríamos recibido con los brazos abiertos a un sacerdote de esta orden natural, canónica o no, y, en cambio, tuvimos que caminar a tientas, sin esa ayuda, como Maggie, a través de todas las dificultades de los diecinueve años.

—Me temo que este trabajo le resulta fatigante, señorita Tulliver —dijo el doctor Kenn.

—Lo cierto es que sí ——contestó Maggie con sencillez, pues no estaba acos­tumbrada a negar con una sonrisa tonta los hechos evidentes.

—Sin embargo, podré decir a mi esposa que ha vendido sus objetos rápidamente —añadió—. Le estará muy agradecida.

—Oh, no he hecho nada: los caballeros se apresuraron a venir a comprar los batines y los chalecos bordados, pero creo que cualquiera de las otras damas presentes habría vendido más; yo no sabía qué decir sobre ellos.

—Espero que se quede y forme parte de mis parroquianos de manera definitiva, señorita Tulliver —dijo el doctor Kenn con una sonrisa—. Ya que hasta ahora, se ha mantenido lejos de nosotros.

—He sido maestra en un colegio y pronto iré a desempeñar otro trabajo similar.

—¿Ah, sí? Esperaba que se quedara entre sus familiares, que, según creo, viven todos por aquí.

—Oh, tengo que irme —contestó Maggie muy seria, mirando al doctor Kenn con expresión de confianza, como si le hubiera contado toda su his­toria con esas tres palabras.

Algunas veces, incluso en encuentros fugaces —durante un viaje o tal vez junto al camino— tiene lugar una revelación tácita. En algunas ocasiones, la mirada o las palabras de un desconocido nos hacen creer en la existen­cia de la fraternidad humana.

La vista y los oídos del doctor Kenn percibieron que esa breve confi­dencia de Maggie estaba cargada de significado.

—Entiendo —dijo—, le parece conveniente marcharse, pero espero que eso no impida que volvamos a vernos, que llegue a conocerla mejor, si puedo serle de alguna ayuda.

Le tendió la mano y estrechó la suya amablemente antes de alejarse. «Tiene alguna pena en el corazón —pensó—. Pobre criatura. Parece como si fuera una de esas "almas cuya naturaleza tanto eleva y cuyo sufri­miento tanto abate". Esos bellos ojos tienen una expresión extraordina­riamente sincera.»

Podría resultar sorprendente que Maggie, entre cuyas múltiples imperfecciones no se encontraba ausente el deseo excesivo de admiración y reconocimiento de sus méritos, en la misma medida que cuando quiso ins­truir a los gitanos con intención de ocupar un lugar regio entre ellos, no se sintiera más animada en un día en que había recibido el tributo de tan­tas miradas y sonrisas, junto con la satisfactoria conciencia que necesaria­mente debió sentir cuando la llevaron ante el espejo de cuerpo entero de Lucy para que se contemplara, alta y bella, coronada por la negra noche de su abundante cabello. En ese momento, Maggie se dirigió una sonrisa y durante un instante lo olvidó todo ante la conciencia de su belleza. Si ese estado de ánimo hubiera durado, habría optado por tener a Stephen Guest a sus pies ofreciéndole una vida llena de lujos, con el cotidiano incienso de la adoración próxima y lejana, con todas las posibilidades de la cultura al alcance de la mano. Pero su carácter tenía otros rasgos más poderosos que la vanidad: la pasión, el afecto, los recuerdos antiguos de la disciplina y el esfuerzo, de lejanos sentimientos de amor y piedad: y una corriente más poderosa que nunca, empujada por los acontecimientos y los impulsos internos de la última semana, arrastró el arroyo de la vanidad y se mezcló con él hasta hacerlo desaparecer.

Philip no había contado a Maggie que su padre ya no suponía un obs­táculo para la relación entre ambos —no se había atrevido—, pero se lo había explicado todo a Lucy con la esperanza de que Maggie, tras ente­rarse por ella, le diera alguna señal alentadora que sugiriera que le hacía feliz aquella reducción de la distancia que los separaba. Los sentimientos en conflicto fueron excesivos para que Maggie pudiera decir gran cosa cuando Lucy, con el rostro resplandeciente de alegría, como uno de los querubines de Correggio, le comunicó la noticia triunfal, y Lucy no se sorprendió de que no pudiera hacer otra cosa que llorar de alegría ante la idea de que el deseo de su padre se cumpliera y que Tom pudiera recu­perar el molino como recompensa de sus esfuerzos. Durante los días siguientes, los detalles de la preparación de la venta benéfica acapararon la atención de Lucy y nada se dijeron las primas sobre unas cuestiones que afectaban a sentimientos tan profundos. Philip había ido a la casa en más de una ocasión, pero Maggie no sostuvo con él ninguna conversación en privado, de modo que había librado aquella batalla interna sin interfe­rencias.

—Debes abandonar el plan de ir pasado mañana a pasar unos días con tu tía Moss, Maggie —dijo Lucy cuando las primas estuvieron solas de nuevo, descansando juntas en casa tras la venta benéfica—: escríbele una nota diciéndole que lo has aplazado a petición mía y enviaré a un criado con ella. No se disgustará, ya tendrás tiempo más tarde de ir a verla. Y no quiero que desaparezcas en este preciso momento.

—Tengo que irme, querida Lucy. No puedo retrasarlo ni quiero relegar a la tía Gritty. Y tengo muy poco tiempo, porque me iré al nuevo trabajo el veinticinco de junio.

—¡Maggie! —exclamó Lucy, casi blanca de asombro.

—No te lo había dicho porque has estado muy ocupada —dijo Maggie, haciendo un gran esfuerzo para dominarse—. Pero hace un tiempo escribí a nuestra antigua institutriz, la señorita Firniss, para preguntarle si sabía de algún empleo que pudiera ocupar, y el otro día recibí una carta suya diciéndome que podía llevarme a la costa durante las vacaciones a tres de sus alumnas, huérfanas, y después pasar un periodo de prueba con ella como profesora. Ayer escribí aceptando la oferta.

Lucy se sintió tan herida que durante unos segundos fue incapaz de hablar.

—Maggie —dijo finalmente—. ¿Cómo has podido hacerme esto? Mira que no decírmelo... y tomar semejante decisión... ¡precisamente ahora! Va­ciló un poco y añadió—: ¿Y Philip? Yo creía que todo iba a ser tan feliz... ¡Oh, Maggie! ¿Por qué haces esto? Renuncia, deja que yo escriba la carta. Ahora ya no hay nada que pueda separaros a Philip y a ti.

—Sí —dijo Maggie débilmente—: están los sentimientos de Tom. Dijo que me olvidara de él si me casaba con Philip. Y sé que no cambiará, por lo menos, durante mucho tiempo, a no ser que suceda algo que lo apla­que.

—Pero hablaré con él, va a volver esta semana. Y la buena noticia sobre el molino lo calmará. Y también le hablaré de Philip. Tom siempre se muestra conmigo muy complaciente, a mí no me parece tan obstinado como dices.

—De todos modos, tengo que irme —repitió Maggie, abatida—. Tengo que dejar que pase cierto tiempo. No insistas en que me quede, querida Lucy.

Lucy permaneció en silencio durante unos minutos, reflexionando con la mirada perdida.

—Maggie, ¿es que no quieres a Philip lo suficiente para casarte con él? Dímelo, confía en mí —preguntó Lucy tras arrodillarse junto a su prima, mirándola a la cara con seria inquietud.

Maggie sostuvo las manos de Lucy en silencio durante un rato. Las suyas estaban muy frías. Pero cuando habló, su voz fue clara y nítida.

—Sí, Lucy. Me casaría con él. Creo que para mí no habría mejor destino que hacerlo feliz. Él me quiso antes que nadie. Nadie podría ser para mí lo que es él. Pero no puedo separarme para siempre de mi hermano. Tengo que marcharme y esperar. Y te ruego que no vuelvas a hablarme de eso nunca más.

Lucy obedeció, dolida y sorprendida.

—Bueno, querida Maggie —añadió—, por lo menos irás al baile de maña­na en Park House y disfrutarás de un poco de música antes de irte a esa triste visita. ¡Ah, aquí está mi querida tía con el té!



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