George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VIII


Wakem bajo una nueva luz
Antes de que hubieran transcurrido tres días tras la conversación entre Lucy y su padre que el lector acaba de presenciar, ésta había conseguido hablar en privado con Philip después de acordar que Maggie fuera a ver a la tía Glegg. Durante un día y una noche, Philip dio vueltas y vueltas a lo que de había contado Lucy hasta que decidió cuál era el camino más ade­cuado. Le pareció que veía ante él una posibilidad de cambiar su posición en relación con Maggie y eliminar, al menos, un obstáculo entre ambos. Trazó un plan y calculó todos los movimientos, con la apasionada minu­ciosidad de un entusiasta jugador de ajedrez, y se sorprendió de su súbito talento como estratega. Su plan era tan osado como cuidadoso, de modo que en cuanto vio que su padre no tenía nada más urgente entre manos que el periódico, se inclinó hacia él y de puso una mano en el hombro.

—Padre, ¿querría usted subir a mi sanctasanctórum y mirar dos últimos dibujos que he hecho? Ya los tengo listos.

—Phil, ya sabes que me duelen demasiado las articulaciones para subir todas esas escaleras —contestó Wakem, mirando con afecto a su hijo mien­tras dejaba el periódico—. Pero bueno, vamos.

—Es un lugar agradable, ¿verdad, Phil? Entra una luz magnífica desde el tejado —dijo, como siempre, en cuanto entró en el estudio. Le gustaba re­cordar a su hijo y a sí mismo que su indulgencia paternal le había prepa­rado aquel lugar. Había sido un buen padre. Emily no podría reprocharle nada en ese aspecto, si saliera de la tumba—. Vamos, vamos —dijo ponién­dose las lentes sobre da nariz y sentándose para tener una visión general mientras descansaba—. Tienes aquí una estupenda exposición. Palabra que no sé por qué tus obras no son tan buenas como las de ese artista de Londres, ese comosellame, por el que Leyburn pagó tanto dinero.

Philip negó con la cabeza y sonrió. Se había sentado en el taburete que utilizaba para pintar y había tomado un lápiz, con el que trazaba fuertes señales para intentar contrarrestar la sensación de temblor. Observó que su padre se levantaba y caminaba despacio, entreteniéndose afablemente en cada cuadro más de lo que su afición a los paisajes le habría inducido, hasta que se detuvo ante un caballete en el que había dos cuadros, uno mayor que el otro, y el pequeño guardado en un estuche de cuero.

—¡Vaya! ¿Y qué tienes aquí? —preguntó Wakem, sobresaltado por la repentina transición del paisaje al retrato—. Pensaba que ya no pintabas retratos. ¿Quiénes son?

—Es la misma persona con distinta edad —se apresuró a contestar Philip con calma.

—¿Y de qué persona se trata? —preguntó Wakem bruscamente, clavando los ojos con recelo en el retrato, más grande.

—Es la señorita Tulliver. En el retrato pequeño aparece más o menos como era cuando yo estudiaba en King's Lorton con su hermano: en el grande no guarda tanto parecido y corresponde al momento en que volví del extranjero.

Wakem se volvió enfurecido y con el rostro congestionado, dejó caer las lentes y miró a su hijo durante unos instantes con expresión furiosa, como si fuera a pegar al ser débil y osado que estaba sentado en el taburete. Sin embargo, se dejó caer de nuevo en el sillón y metió las manos en los bol­sillos de los pantalones, sin dejar por ello de mirar airado a su hijo. Philip no le devolvió la mirada, sino que se quedó sentado contemplando la punta del lápiz.

—¿Y pretendes decir, entonces, que te has visto con ella desde que lle­gaste del extranjero? —preguntó finalmente Wakem con ese vano intento, al que nos empuja la ira, de castigar con las palabras y el tono, puesto que no nos está permitido golpear.

—Sí, la vi con frecuencia durante un año, antes de que muriera su padre. Nos veíamos a menudo en el bosquecillo ese que está cerca del molino de Dorlcote, las Fosas Rojas. La quiero muchísimo: nunca querré a otra mujer. He pensado en ella desde que era una niña.

—¡Adelante, caballero! ¿Y has tenido correspondencia con ella desde entonces?

—No. No le dije que la quería hasta antes de que nos separáramos y ella prometió a su hermano no volver a verme ni escribirme. No estoy seguro de que me quiera ni de que quiera casarse conmigo, pero si quisiera, si me amara lo suficiente, me casaría con ella.

—¿Y así me devuelves todas las atenciones que te he dedicado? —pregun­tó Wakem, palideciendo y temblando de rabia e impotencia ante la calma desafiante de Philip y su serenidad.

—No, padre —contestó Philip, mirándolo por primera vez—. No creo que devuelva nada. Ha sido conmigo un padre indulgente, pero siempre he pensado que se debía al afectuoso deseo de darme la felicidad que el des­tino me escatimaba; nunca creí que se tratara de una deuda que debiera pagar sacrificando todas las posibilidades que tengo de ser feliz para satis­facer unos sentimientos suyos que yo nunca podré compartir.

—Creo que, en un caso como éste, la mayoría de los hijos compartirían los sentimientos de su padre —dijo Wakem con amargura—. El padre de esa muchacha era un bruto loco e ignorante que estuvo a punto de matarme, toda la ciudad lo sabe. Y el hermano es igualmente insolente, aunque con un carácter más frío. Dices que prohibió a su hermana que te viera: pues es capaz de romperte todos los huesos si no le haces caso. Pero pareces haber tomado una decisión: supongo que habrás tenido en cuenta las con­secuencias. Naturalmente, eres independiente, puedes casarte mañana mismo con esa chica si quieres: tienes veintiséis años, puedes tomar tu camino que yo seguiré el mío. No necesitamos volver a tratarnos.

Wakem se levantó y caminó hacia la puerta, pero algo lo retuvo y, en lugar de salir de la habitación, la recorrió de un lado a otro. Philip tardó en contestar y, cuando lo hizo, habló con un tono más incisivo y claro que nunca.

—No, no puedo casarme con la señorita Tulliver, suponiendo que ella me quisiera, si sólo cuento con mis recursos. No se me ha educado para ejercer ninguna profesión. No puedo ofrecerle, además de mi deformi­dad, mi pobreza.

—Ah, entonces, ahí sí que tienes un motivo incuestionable para seguir conmigo —dijo Wakem, todavía con amargura, aunque las últimas palabras de Philip le habían dolido y habían agitado un sentimiento con el que con­vivía desde hacía un cuarto de siglo. Se dejó caer de nuevo en el sillón.

—Esperaba esto —dijo Philip—. Sé que estas escenas suceden con frecuencia entre padre e hijo. Si yo fuera como otros hombres de mi edad, podría contestar a sus palabras de enfado con otras más airadas, podría­mos pelearnos, me casaría con la mujer que amo y tendría la oportunidad de ser tan feliz como cualquier otro. Pero si le produjera alguna satisfacción aniquilar el objetivo de todo lo que ha hecho por mí, tiene una ven­taja sobre muchos otros padres: puede privarme por completo de lo único que daría sentido a mi vida.

Philip hizo una pausa, pero su padre siguió en silencio.

—Sabe usted mejor que nadie qué otra satisfacción podría obtener y que nada tiene que ver con ese rencor ridículo digno de salvajes nómadas.

—¡Rencor ridículo! —exclamó Wakem—. ¿A qué te refieres? ¡Maldita sea! ¿Acaso un hombre debe recibir latigazos de un ser zafio y estarle agrade­cido? Además, ahí está ese diablo orgulloso y frío del hijo. Cuando se pro­dujo la venta dijo una palabra que no olvidaré. Sería el mejor blanco que conozco para una bala, si el tipo mereciera el gasto.

—No me refiero al resentimiento contra ellos —dijo Philip, que tenía sus motivos para compartir el rencor hacia Tom—, aunque no merece la pena albergar deseos de venganza. Me refiero a que esa enemistad se extienda a una muchacha indefensa, demasiado sensata y bondadosa para compar­tir sus estrechos prejuicios. Ella nunca se ha mezclado con las peleas fami­liares.

—¿Y qué significa eso? Nadie se pregunta lo que hace una mujer, sino de dónde procede. Es degradante que pienses siquiera en casarte con la hija del viejo Tulliver.

Por primera vez durante todo el diálogo, Philip perdió cierto control de sí mismo y enrojeció de rabia.

—La señorita Tulliver posee una categoría que sólo los necios pueden adjudicar a la clase media —dijo con tono amargo y mordaz—: es una per­sona refinada de pies a cabeza y sus parientes, sean lo que sean, merecen todo el respeto por su honor y su integridad irreprochables. Todo Saint Ogg's diría que ella es superior a mí.



Wakem lanzó una feroz mirada de interrogación a su hijo, pero Philip no lo miraba y, al cabo de unos instantes, prosiguió para explicar sus últi­mas palabras.

—Encuentre una sola persona en Saint Ogg's que no le diga que sería una pena que una bella criatura como ella se casara con un ser lamenta­ble como yo.

—¡Ella no! —exclamó Wakem, poniéndose en pie y olvidando toda consideración en un estallido de orgullo resentido, entre paternal y perso­nal—. Para ella sería un matrimonio muy ventajoso. Cuando una mucha­cha quiere a un hombre, eso de las deformidades accidentales son tonte­rías.

—Pero en estas circunstancias, las muchachas no suelen enamorarse —dijo Philip.

—Entonces —contestó Wakem con cierta brutalidad, intentado recuperar su postura anterior—, si ella no te quiere, te podrías haber ahorrado la molestia de hablarme de ella y me podrías haber ahorrado la molestia de negarme a lo que no va a suceder.

Wakem se encaminó a la puerta con grandes pasos y, sin mirar atrás, cerró de un portazo.

Philip confiaba todavía en que lo sucedido no le impidiera conseguir de su padre lo que se había propuesto, pero la escena le había crispado los nervios, tan sensibles como los de una mujer. Decidió no bajar a cenar por­que no se sentía capaz de volver a enfrentarse a su padre ese día.

Cuando no tenía invitados, Wakem acostumbraba a salir por la noche, incluso a horas tan tempranas como las siete y media; y puesto que era ya media tarde, Philip cerró con llave su habitación y salió a dar un largo paseo con la idea de no regresar hasta que su padre hubiera salido de casa. Se metió en un bote y bajó el río hasta llegar a uno de sus pueblos favori­tos, donde cenó y se entretuvo hasta que se hizo la hora de regresar. Nunca se había peleado con su padre y sentía el desagradable temor de que la dis­puta se prolongara durante semanas. Y durante ese tiempo, ¿qué era lo que no podría suceder? No se permitía pensar en el significado de aque­lla pregunta involuntaria. Pero si podía llegar a convertirse alguna vez en el novio oficial y reconocido de Maggie, los vagos temores tendrían menos fundamento. Subió de nuevo al estudio de pintura y se echó sobre el sillón con sensación de fatiga; miró las marinas con olas y rocas dispuestas a su alrededor hasta que cayó en un sueño en el que veía a Maggie deslizán­dose por una cascada verde, resbaladiza y brillante mientras él la miraba indefenso, hasta que lo despertó lo que le pareció un estruendo repenti­no y horrible.

Era la puerta que se abría y apenas habría dormido unos minutos por­que no se advertía ningún cambio perceptible en la luz de la tarde. Entró su padre con un cigarro en la boca. Philip hizo un gesto para cederle el sillón.

—Quédate quieto, prefiero andar.

Recorrió la habitación con grandes pasos un par de veces hasta dete­nerse delante de Philip con una mano metida en el bolsillo lateral.

—Pero esta chica parece sentir algo por ti, Phil —dijo, como si su conversación no se hubiera interrumpido—; si no fuera así, no se habría visto contigo.

El corazón de Philip latía rápidamente y un repentino sonrojo recorrió su rostro como un reflejo. No le resultaba fácil hablar.

—En King's Lorton, cuando era niña, me tomó cierto cariño porque hice compañía a su hermano cuando se hirió en el pie. Conservó el recuerdo y pensaba en mí como un viejo amigo. Cuando nos vimos, no me consi­deraba su enamorado.

—Pero tú acabaste cortejándola, ¿qué dijo entonces? —preguntó Wakem, cogiendo el cigarro y caminando de un lado a otro.

—Entonces dijo que me quería.

—Caray, ¿qué más quieres? ¿Es una mujer frívola?

—Entonces era muy joven —explicó Philip, vacilando—. Me temo que ape­nas sabía lo que sentía. Quizá la larga separación y la idea de que algunos acontecimientos nos separan para siempre pueden haberla hecho cam­biar.

—Pero ahora está en la ciudad, la he visto en la iglesia. ¿No has hablado con ella desde que regresaste?

—Sí, en casa del señor Deane, pero no he podido volver a declararme por varios motivos. Pero desaparecería un obstáculo si usted diera su con­sentimiento, si estuviera dispuesto a aceptarla como nuera.

Wakem permaneció en silencio un rato frente al retrato de Maggie.

—No es la clase de mujer que era tu madre, Phil —dijo finalmente—. La he visto en la iglesia, es más guapa que en el retrato. Vi que tiene unos ojos muy hermosos y buena figura, pero parece una mujer peligrosa y difícil de manejar.

—Es muy tierna y afectuosa, y muy sencilla. No se da aires ni utiliza las pequeñas tretas de otras mujeres.

—¿Sí? —preguntó Wakem. Después miró hacia su hijo—. Pero tu madre parecía más dulce, tenía el cabello castaño y ondulado, y unos ojos grises como los tuyos. No puedes recordarla bien. Siento muchísimo no tener un buen retrato suyo.

—Entonces, ¿no le alegraría que yo conociera esa clase de felicidad padre, que me endulzara la vida? Usted no tendrá en la vida otro lazo tan fuerte como el que empezó hace veintiocho años, cuando se casó con mi madre, y desde entonces no ha hecho más que estrecharlo.

—Ah, Phil. Eres la única persona que conoce lo mejor de mí mismo —exclamó Wakem, tirando la colilla del cigarro y tendiéndole la mano a su hijo—. Debemos mantenernos juntos, si es que somos capaces. Y ahora, ¿qué debo hacer? Baja conmigo y dímelo. ¿Debo ir a visitar a esa damisela de ojos oscuros?

Derribado así el muro que los separaba, Philip pudo hablar libremente con su padre de su relación con los Tulliver, del deseo de que recuperaran el molino y las tierras, y de que, como paso inmediato, quedaran en manos de Guest & Co. Pudo atreverse a ser persuasivo y apremiante, y su padre cedió más rápidamente de lo previsto.

—A mí no me interesa el molino —accedió finalmente con cierta irrita­ción—. Últimamente me ha dado mucha guerra. Sólo quiero que me paguen las mejoras que he introducido. Pero con una condición: no quie­ro tener tratos directos con el joven Tulliver. Si tú quieres tragártelo por su hermana, allá tú; pero no hay salsa que pueda hacer que yo lo trague.



Dejo al lector que imagine los agradables sentimientos con que Philip se encaminó al día siguiente a casa del señor Deane para comunicarles que el señor Wakem estaba dispuesto a iniciar las negociaciones, así como la expresión de triunfo de Lucy cuando preguntó a su padre si no había demostrado poseer una gran habilidad negociadora. El señor Deane quedó desconcertado y se preguntó cuál sería el secreto de los tejemane­jes de los jóvenes. Pero para los hombres del talante del señor Deane, lo que sucede entre los jóvenes es tan ajeno a los asuntos de la vida como las actividades de los pájaros y de las mariposas, hasta que se demuestre que tienen un efecto maligno sobre los asuntos monetarios. Y, en aquel caso, el efecto parecía haber sido totalmente beneficioso.

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