George Eliot El molino del Floss



Descargar 2,14 Mb.
Página46/59
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño2,14 Mb.
1   ...   42   43   44   45   46   47   48   49   ...   59

Capítulo VII


Philip aparece de nuevo en escena
El día siguiente amaneció lluvioso, y la mañana era una de esas en las que los varones del vecindario que no tienen una ocupación imperiosa en su casa tienden a visitar largo rato a sus amistades femeninas. La llu­via, que no les ha impedido caminar o cabalgar en un sentido, sin duda se volverá tan intensa y, al mismo tiempo, faltará tan poco para que escampe que nada más que una franca disputa podrá abreviar la visita: no bastara con el desagrado latente. Y si se trata de enamorados, ¿qué puede ser más agradable —en Inglaterra— que una mañana lluviosa? El sol inglés no es de fiar: los sombreros no resultan del todo seguros; y, si uno se sienta en la hierba, puede terminar acatarrado. En cambio, la lluvia sí es de confianza. Se galopa bajo ésta cubierto con un imperme­able y al poco se encuentra uno en su asiento favorito, un poco por enci­ma o un poco por debajo del que ocupa su diosa (sucede lo mismo en el terreno metafísico, y por ese motivo se adora y se desprecia a un tiem­po a las mujeres), con la satisfactoria confianza de que no habrá seño­ras de visita.

—Estoy segura de que esta mañana Stephen vendrá antes —anunció Lucy—. Siempre es así cuando llueve.

Maggie no contestó. Estaba enfadada con Stephen; empezaba a pensar que debería sentir desagrado por él; y, de no haber sido por la lluvia, aque­lla mañana habría ido a casa de la tía Glegg para evitar su presencia. Dadas las circunstancias, tenía que encontrar algún motivo para permanecer fuera de la habitación con su madre.

Pero Stephen no apareció más temprano y llegó otro visitante —un veci­no más próximo— antes que él. Cuando Philip entró en la sala, tenía intención de inclinar levemente la cabeza ante Maggie con la sensación de que no debía traicionar el secreto de su amistad; pero cuando ella avanzó hacia él y le tendió la mano, adivinó de inmediato que se lo había confiado todo a Lucy. Ambos se sintieron confusos durante un momento, aunque Philip había dedicado varias horas a prepararse; pero como todas las personas que han pasado por la vida sin esperar gran comprensión de los demás, pocas veces perdía el control de sí mismo y evitaba, con un orgullo extremadamente sensible, cualquier gesto que delatara su emo­ción. Un poco más pálido, las ventanas de la nariz un poco mas tensas al hablar y un timbre de voz más agudo eran las únicas señales —que a los desconocidos parecerían meras muestras de fría indiferencia— que, por lo general, indicaban que Philip vivía un intenso drama interno. Pero Maggie, cuya capacidad para ocultar las impresiones que sufría apenas era mayor que si hubiera estado hecha con las cuerdas de un instrumen­to musical, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas mientras se daban la mano en silencio. No eran lágrimas de dolor: tenían el mismo origen que las que vierten las mujeres y los niños cuando, tras encontrar protec­ción, vuelven la vista hacia el peligro que los amenazaba. Pues si bien poco tiempo atrás Maggie pensaba que los reproches de Tom no eran del todo injustos, en este breve plazo de tiempo Philip se había convertido para ella en algo similar a una conciencia externa a la que podía correr en busca de ayuda y fortaleza. El afecto tierno y sereno que sentía por Philip —firmemente arraigado en la infancia y en los recuerdos de las lar­gas charlas tranquilas que habían confirmado aquella primera tendencia instintiva—, así como el hecho de que Philip despertara en ella más piedad y cariño que vanidad u otras facetas egoístas de su carácter, parecían convertirlo ahora en una especie de recinto sagrado, un santuario en el que podía encontrar refugio frente a una influencia seductora a la que la mejor parte de sí misma debía resistir y que podía llevar consigo un terri­ble tumulto interno y una desdicha externa. Esta nueva percepción de su relación con Philip anulaba los inquietos escrúpulos que podría haber sentido ante el temor de sobrepasar en su relación un límite que Tom censurara, y le tendió la mano y sintió que se le llenaban los ojos de lágri­mas sin ninguna inhibición. La escena fue exactamente como Lucy había esperado y su tierno corazón se alegró de unir de nuevo a Philip y a Maggie; sin embargo, a pesar de lo mucho que apreciaba a Philip, no pudo evitar la sensación de que comprendía un poco que Tom sintiera rechazo ante el contraste entre ambos: especialmente tratándose de una persona tan prosaica como el primo Tom, poco aficionado a la poesía y a los cuentos de hadas. Lucy empezó a hablar en cuanto pudo para relajar la situación.

—Ha sido muy amable y bondadoso por su parte acudir tan pronto tras su llegada, de manera que lo perdono por huir de modo tan inoportuno sin comunicárselo a sus amigos —dijo Lucy con su linda voz de soprano, similar a los gorjeos con que conversan los pajarillos—. Venga a sentarse aquí —prosiguió, colocando la butaca que más le convenía— y verá que lo tratamos con clemencia.

—No gobernará nunca bien, señorita Deane —dijo Philip mientras se sentaba—, porque nadie se tomará nunca en serio su severidad. La gente cometerá todo tipo de delitos convencida de que usted será indulgente.

Lucy le replicó alegremente, pero Philip no oyó su respuesta porque se había vuelto hacia Maggie, que lo examinaba franca y afectuosamen­te, tal como hacemos con los amigos de los que llevamos largo tiempo alejados. ¡Qué momento el de su separación! Y Philip sentía como si hubiera sido la víspera. Era una sensación tan viva —acompañada de unos recuerdos tan intensos y detallados, de una evocación tan apasionada todo lo que se dijo y se vio en su última conversación— que con esa des­confianza y ese recelo que en los caracteres inseguros acompaña, de modo casi inevitable, a cualquier sentimiento intenso, creyó leer un cam­bio en la mirada y los modales de Maggie. Bastaba con que lo temiera y lo esperara para que, en ausencia de pruebas de lo contrario, lo asaltara ese pensamiento.

—Estoy disfrutando de unas espléndidas vacaciones, ¿no es cierto? —dijo Maggie—. Lucy es como mi hada madrina: me ha convertido de sir­vienta en princesa en un santiamén. No hago más que mi gusto durante todo el día, y ella siempre averigua lo que deseo antes que yo misma lo sepa.

—Entonces, estoy seguro de que se siente muy feliz por tenerla consigo —dijo Philip—: seguro que para ella es mejor tenerla a usted que a una mul­titud de animalitos de compañía. Y usted ofrece buen aspecto, le sienta bien este cambio.

Esta conversación banal siguió durante un rato hasta que Lucy, decidi­da a ponerle fin, exclamó con bien fingida expresión de fastidio que había olvidado alguna cosa y salió rápidamente de la habitación.

Al instante, Maggie y Philip se inclinaron y las manos se unieron otra vez mientras se miraban con triste alegría, como dos amigos que se encuen­tran con motivo de alguna pena reciente.

—Le he dicho a mi hermano que quería verte, Philip, y le he pedido que me liberara de mi promesa, y ha accedido.

La impulsiva Maggie deseaba que Philip conociera de inmediato la posi­ción que debían mantener ambos, pero se contuvo. Todo lo sucedido desde que habían hablado del amor que él sentía por ella era tan doloro­so que no deseaba ser la primera en referirse a ello. Le parecía casi una ofensa para Philip mencionar siquiera a su hermano: su hermano, que lo había insultado. Pero Philip pensaba demasiado en Maggie para prestar atención a ningún otro detalle.

—Entonces, ¿podemos ser amigos, Maggie? ¿Nada lo impide ya?

—¿Tu padre no se opondrá? —preguntó Maggie, retirando la mano.

—No pienso abandonarte a menos que tú lo desees, Maggie —contestó Philip sonrojándose—. Ya te expliqué que en algunas cuestiones nunca esta­ré de acuerdo con él, y ésta es una de ellas.

—Así pues, nada impide que seamos amigos, Philip; que nos veamos y charlemos mientras estoy aquí, porque me marcharé pronto. Tengo inten­ción de ocupar pronto otro empleo.

—¿Es inevitable, Maggie?

—Sí. No puedo quedarme aquí mucho tiempo. No me conviene, dada la vida que debo retomar. No puedo vivir dependiendo de otros. No puedo vivir con mi hermano, aunque sea muy bueno conmigo. Desearía ocupar­se de mí, pero eso me resultaría insoportable.

Philip permaneció en silencio durante unos instantes y después dijo con la voz aguda y débil que indicaba en él una emoción firmemente reprimida.

—¿Y no hay alternativa, Maggie? ¿Es esa vida lejos de los que te quieren lo único que te permites desear?

—Sí, Philip —contestó con mirada suplicante, como si le rogara que cre­yera que se veía obligada a seguir aquel camino—. Por lo menos, tal como están ahora las cosas. No sé qué podrá suceder en los años venideros, pero empiezo a pensar que el amor no me dará mucha felicidad: siempre lo he vivido junto con las penas. Me gustaría construirme un mundo al margen del amor, como hacen los hombres.

—Maggie, estás volviendo a las viejas ideas con una forma nueva, a esos pensamientos que yo rechazaba —señaló Philip con cierta amargura—. Quieres encontrar un modo de renuncia que te permita huir del dolor. Te digo de nuevo que no es posible escapar, como no sea pervirtiendo o mutilando la propia naturaleza. ¿Qué sería de mí si intentara escapar del dolor? El desdén y el cinismo serían mi único opio, a menos que pudiera caer en algún tipo de locura engreída y creerme favorito del cielo, ya que no lo soy de los hombres.

A medida que hablaba, la amargura de Philip iba haciéndose más impe­tuosa: sin duda, las palabras eran una vía de escape para algún sentimien­to escondido, al tiempo que una respuesta para Maggie. En aquel momen­to, algún pesar lo atenazaba. Se abstuvo con orgullosa delicadeza de aludir a las palabras de amor —promesas de amor— que habían pronunciado en otros tiempos. Le habría parecido que era como recordarle a Maggie un juramento y que habría tenido, en cierto modo, la vileza de una coacción. No podía insistir en el hecho de que él no había cambiado, porque aque­llo también habría parecido una súplica. El amor que sentía por Maggie estaba marcado, incluso más que el resto de su experiencia, por la exage­rada sensación de que él era una excepción; de que ella, todos, lo veían como una excepción.

Pero Maggie estaba conmovida.

—Sí, Philip —contestó con la contrición infantil que adoptaba cuando él la reprendía—. Sé que tienes razón. Siempre pienso demasiado en mis sentimientos y demasiado poco en los de los demás; pienso poco en los tuyos. Necesitaba tenerte para que me encontraras defectos y me enseñaras... muchas de las cosas que me decías han resultado ser cier­tas.

Mientras hablaba, Maggie tenía el codo apoyado sobre la mesa, descan­saba la cabeza en la mano y miraba a Philip con actitud afectuosa y sumi­sa, al tiempo que algo contrita; él le devolvió la mirada con una expresión que a Maggie fue pareciéndole gradualmente menos vaga y le trajo a la mente un recuerdo concreto. ¿Acaso recordaba Philip lo mismo que ella? ¿Algo relacionado con un enamorado de Lucy? Maggie se estremeció al pensarlo: ilustraba con mayor claridad su situación actual y la tendencia de lo sucedido la tarde anterior. Maggie retiró el brazo de la mesa, empujada a cambiar de posición por la opresión física que algunas veces acompaña a una punzada repentina en la conciencia.



¿Qué pasa, Maggie? ¿Ha sucedido algo? —preguntó Philip con una ansiedad indescriptible. Su imaginación estaba presta a tejer cualquier historia fatal para ambos

—No, nada —contestó Maggie con un esfuerzo de voluntad. Philip no debía albergar en su mente un pensamiento tan odioso: ella misma lo bo­rraría de la suya—. Nada —repitió—; sólo pasa en mi cabeza. Antes me decías que acabaría sintiendo los efectos de aquella vida hambrienta de todo, como tú la llamabas, y así es. Ahora que los tengo a mi alcance, ansío en exceso el lujo y la música.

Tomó de nuevo la labor y se dedicó a ella con decisión mientras Philip la contemplaba, sin saber si había dicho todo lo que pensaba. Era propio del carácter de Maggie agitarse por vagos reproches que se hacía a sí misma. No tardó en oírse en la puerta una llamada fuerte y familiar que resonó por toda la casa.

—¡Oh, qué susto! —exclamó Maggie, bastante dueña de sí misma, aunque estremeciéndose en su interior—. Me pregunto dónde estará Lucy.

Lucy no había sido sorda a la señal y, tras un intervalo lo bastante largo para responder a unas cuantas preguntas solícitas pero poco apresuradas, hizo entrar a Stephen.

—¡Hola, muchacho! —dijo, dirigiéndose directamente a Philip y estrechándole la mano efusivamente, tras lo cual se inclinó levemente ante Maggie al pasar—. Me alegro muchísimo de que estés otra vez de regreso, aunque desearía que no te comportaras como un gorrión con residencia en el alero y no entraras y salieras constantemente de tu casa sin comuni­cárselo a los criados. He tenido que trepar para nada por esas incontables escaleras una veintena de veces en dirección a ese estudio tuyo de pintura, porque el servicio creía que estabas en casa. Incidentes como ésos amar­gan la amistad.

—Tengo tan pocas visitas que no parece necesario comunicar mis entra­das y salidas —contestó Philip, sintiéndose súbitamente oprimido por la fuerte voz y la imponente presencia de Stephen.

—¿Está usted bien esta mañana, señorita Tulliver? —preguntó Stephen volviéndose hacia Maggie con rígida cortesía y tendiéndole la mano con expresión de estar cumpliendo con un deber social.



Maggie le tendió la punta de los dedos.

—Muy bien, gracias —contestó Maggie en tono de orgullosa indiferencia. Los ojos de Philip los observaban atentamente; pero Lucy estaba acos­tumbrada a ver variaciones en su relación y se limitó a pensar con tristeza que existía entre ambos una antipatía natural que de vez en cuando se impo­nía sobre la buena voluntad recíproca. «Maggie no es del tipo de mujer que Stephen admira, y a ella le irrita un rasgo suyo que interpreta como engrei­miento», era la silenciosa observación que todo lo explicaba para la cándida Lucy. En cuanto Stephen y Maggie hubieron intercambiado ese poco espon­táneo saludo, ambos se sintieron heridos por la frialdad del otro. Y Stephen, mientras seguía preguntando a Philip sobre su reciente viaje para dibujar, no dejaba de pensar en Maggie, porque no era capaz de arrastrarla a la conver­sación, como había hecho siempre antes. «Maggie y Philip no parecen feli­ces —pensó Lucy—. Quizá esta primera entrevista los ha entristecido.»

—Creo que a los que no hemos galopado, esta lluvia nos ha dejado un poco fríos —dijo Lucy a Stephen—. Vamos a animarnos con algo de música. Deberíamos aprovechar que Philip y usted están juntos. Canten el dúo de Masaniello: Maggie no lo ha oído y sé que será de su gusto.

—Adelante, entonces —dijo Stephen, dirigiéndose hacia el piano y ofre­ciendo un agradable anticipo tarareando la melodía con voz grave.

—Por favor, Philip, ¿quiere tocar el acompañamiento? —dijo Lucy—. Así puedo seguir trabajando. Le apetece tocar, ¿verdad? —añadió con una linda mirada interrogadora e inquieta, como siempre preocupada de que su ruego no fuera del agrado de los demás pero deseosa de regresar al bor­dado inacabado.

Philip se animó con la propuesta, porque no hay sentimiento, tal vez con la única excepción del temor y la pena extremos, que no encuentre alivio en la música y que no haga que un hombre cante o toque mejor; y Philip, en aquellos momentos, reprimía sentimientos tan complejos como cualquier trío o cuarteto jamás escrito para expresar a un tiempo el amor, los celos, la resignación y las sospechas.

—Oh, sí —dijo, sentándose al piano—. Es una buena manera de extender la vida imperfecta de cada uno y ser tres personas a la vez: cantar, hacer que cante el piano y, mientras tanto, oírlos. O bien cantar y pintar.

Ah, es usted digno de envidia. Yo no soy capaz de hacer nada con las manos —dijo Stephen—. Me parece que es característica que se da en hom­bres de gran capacidad administradora. ¡Así que poseo una tendencia al predominio de la capacidad de reflexión! ¿Lo había advertido, señorita Tulliver?

Stephen, por error, cayó en la costumbre de bromear con Maggie, y ésta no pudo reprimir una respuesta rápida a modo de epigrama.

—Efectivamente, había observado esa tendencia suya al predominio —dijo sonriendo, y en ese momento Philip deseó fervientemente que dicha tendencia le resultara desagradable.

—Vamos, vamos —intervino Lucy—. ¡Música, música! Ya hablaremos de nuestras cualidades en otra ocasión.

Maggie intentaba siempre en vano seguir con su trabajo cuando empe­zaba la música. Ese día se aplicó con mayor esfuerzo, porque la conciencia de que Stephen sabía lo mucho que le gustaba oírlo cantar ya no provo­caba en ella una resistencia meramente traviesa, y también sabía que tenía por costumbre colocarse de modo que pudiera mirarla. Pero no lo consi­guió: no tardó en soltar la labor y todo su empeño se perdió en la difusa emoción que le producía el estimulante dúo, emoción que, a un tiempo, parecía debilitarla y fortalecerla: se sentía más fuerte para la dicha y más débil para la resistencia. Cuando la melodía pasó a un tono menor, la emoción del cambio casi hizo que se sobresaltara. ¡Pobre Maggie! Parecía muy hermosa cuando el inexorable poder del sonido le hacía vibrar el alma de aquel modo. Un observador habría advertido en ella el menor estremeci­miento, inclinada hacia delante, con las manos unidas como en un inten­to de tranquilizarse, con los ojos dilatados y brillantes, con la expresión infantil de asombrado deleite que siempre regresaba cuando se sentía más feliz. Lucy, que en ocasiones anteriores tocaba el piano mientras Maggie los miraba así, no pudo resistir el impulso de acercarse a ella sigilosamente y darle un beso. A través del libro abierto sobre el atril, Philip la entreveía de vez en cuando y advirtió que nunca la había visto tan emocionada.

—¡Otra, otra! —exclamó Lucy después de que les hicieran repetir el dúo—. Otra pieza animada, Maggie siempre dice que le gustan los torrentes de sonido.

—Entonces, cantemos Vayamos por el camino —dijo Stephen—, que resulta muy adecuado para una mañana lluviosa. Pero ¿está usted dispuesta para abandonar los más sagrados deberes de la vida y venir a cantar con noso­tros?

—Claro que sí —contestó Lucy riendo—, si busca usted la Ópera del mendi­go en el musiquero: tiene la cubierta deslucida.

—Valiosa pista, si tenemos en cuenta que aquí hay una veintena de cubiertas que rivalizan en aspecto roñoso —dijo Stephen, tirando del musi­quero.

—Oh, Philip, toque algo mientras tanto —rogó Lucy, advirtiendo que los dedos de éste jugueteaban con las teclas—. ¿Qué es eso que toca? Es algo delicioso que no conozco.

—¿No lo conoce? —preguntó Philip, tocando la melodía con mayor claridad—. Es de La sonámbula: «Ah, perché non posso odiarti». No conozco la ópera pero, al parecer, el tenor le dice a la protagonista que siempre la amará aunque ella lo abandone. Me ha oído cantar en inglés «Todavía te quiero».

No era casual que Philip canturreara esa canción, que podía ser una expresión indirecta de lo que no se atrevía a decirle directamente a Maggie. Ésta lo escuchaba y, cuando empezó a cantar, comprendió la lastimera pasión de la música. Aquel suplicante tenor no poseía una voz extraordi­naria, pero ésta no era nueva para ella: le había cantado fragmentos con voz queda entre las hondonadas y los caminos cubiertos de hierba, bajo el sauce inclinado de las Fosas Rojas. Las palabras parecían contener cierto reproche, ¿era ésa la intención de Philip? Maggie deseó haberle asegura­do con mayor claridad en su conversación que no deseaba renovar la espe­ranza de amor entre ambos únicamente porque era incompatible con sus circunstancias inevitables. Más que emocionada, se sintió conmovida: le evocaba recuerdos y pensamientos y, en lugar de animación, le producía pesar.

—Eso es lo que pasa con los tenores —dijo Stephen, que esperaba con el libro de música en la mano a que Philip terminara la canción—: desmorali­záis al bello sexo trinando vuestra fidelidad y vuestro amor sentimental mien­tras soportáis todo tipo de trato injusto. La única manera de impedir que expreséis vuestra total resignación sería presentando vuestra cabeza en un plato como aquel tenor o trovador medieval. Debo administrarles un antí­doto mientras la señorita Deane se prepara para separarse de sus carretes.

—«¿Acaso debo morir / por la belleza de una mujer?» —cantó Stephen con descarada energía y pareció contagiar de alegría a toda la habitación. Lucy, siempre orgullosa de lo que hacía Stephen, se dirigió hacia el piano mientras reía y lo miraba con admiración; y Maggie, a pesar de que se resis­tía ante el espíritu del cantante y de la canción, se sintió atrapada y afecta­da por la influencia invisible, arrastrada por una oleada demasiado fuerte para ella.

Sin embargo, irritada y decidida a no traicionarse, tomó la labor y siguió dando malas puntadas y pinchándose los dedos con gran perseverancia, sin levantar la vista ni prestar atención a lo que sucedía, hasta que las tres voces se unieron para cantar Vayamos por el camino.



Me temo que Maggie habría sentido una gratificación sutil y furtiva si hubiera sabido hasta qué punto el descarado y desafiante Stephen le pres­taba atención, cómo pasaba rápidamente de la decisión de tratarla con ostentosa indiferencia a un irritante deseo de advertir alguna señal de atención por parte de ella, de cruzar con ella alguna mirada o alguna pala­bra. No tardó mucho Stephen en encontrar una oportunidad cuando pasaron a la música de La tempestad. Maggie, tras advertir que necesitaba una banqueta para los pies, cruzó la habitación para buscarla. Stephen, que en aquel momento no estaba cantando y prestaba atención a todos sus movimientos, adivinó su deseo y se precipitó a complacerlo, lo que hizo inevitable que le lanzara una mirada de gratitud. Que un personaje tan seguro de sí mismo, y no uno cualquiera, sino uno en concreto, con una mirada repentinamente humilde y atenta, coloque con cuidado una ban­queta; que se demore inclinado para preguntar si está cómoda la intere­sada, entre la ventana y la chimenea, y si no le molesta la corriente de aire, y si quiere que le traiga la mesita de labor, provoca cierta ternura, dema­siado presta y traidora, en los ojos de una mujer que se ve obligada, en plena juventud, a aprender las lecciones de la vida en un lenguaje trivial. Y para Maggie estos gestos no pertenecían a su vida cotidiana, sino que eran un elemento nuevo en su vida y encontraban intacto el deseo de homenaje. Ese tono de amable solicitud la obligó a mirar el rostro incli­nado hacia ella.

—No, gracias —contestó, y nada pudo impedir que aquella mirada resul­tara deliciosa para ambos, como la tarde anterior.

Para Stephen, aquello fue un gesto de cortesía que le tomó poco más de dos minutos; y Lucy, que estaba cantando, apenas lo advirtió. Sin embargo, para Philip, preso ya de una vaga inquietud que tendía a asen­tarse en cualquier hecho trivial, aquella repentina solicitud de Stephen y el cambio de expresión del rostro de Maggie, que sin duda respondía a la sonrisa de Stephen, le pareció un contraste tan vivo con los exage­rados signos previos de indiferencia que resultaba lleno de significado. La voz de Stephen al cantar de nuevo le crispó los nervios, como el golpe de una plancha de hierro, y sintió deseos de hacer que el piano chirria­ra con disonancias. En realidad, no había visto nada que le hiciera sospechar que existiera entre Maggie y Stephen un sentimiento insólito; eso le decía la razón y deseaba marcharse a su casa de inmediato para poder reflexionar fríamente sobre aquellas imágenes falsas hasta convencerse de su falta de sentido. Pero, por otro lado, deseaba permanecer allí tanto tiempo como Stephen y estar siempre presente cuando él estuviera con Maggie. ¡Tan natural, tan inevitable le parecía a Philip que cualquier hombre que se encontrara cerca de Maggie se enamorara de ella! Y, si caía cautivada por Stephen Guest, Maggie no tendría ninguna perspec­tiva de felicidad. Esa idea envalentonó a Philip y le hizo pensar que, en cambio, su amor por ella resultaba menos desigual. El tumulto ensorde­cedor que se desarrollaba en su interior le hacía tocar una nota falsa tras otra; y Lucy lo miraba asombrada cuando la entrada de la señora Tulliver para llamarlos a comer les ofreció una buena excusa para interrumpir la música.

—¡Ah, Philip! —saludó el señor Deane cuando entraron en el comedor—. Hacía tiempo que no lo veía. Me parece que su padre no está en casa, ¿no es cierto? El otro día fui a buscarlo a su despacho y me dijeron que estaba fuera de la ciudad.



—Ha ido a pasar varios días a Mudport por asuntos de negocios, pero ya ha regresado —contestó Philip.

—¿Y sigue con esa afición suya a la agricultura?

—Eso creo —contestó Philip, bastante asombrado por el repentino inte­rés por los pasatiempos de su padre.

—¡Ah! —exclamó el señor Deane—, y creo que posee tierras a ambos lados del río, ¿verdad?

—Sí, así es.

—¡Ah! La agricultura debe de parecerle un asunto pesado y un caro pasatiempo —prosiguió el señor Deane mientras servía la empanada de pichón—. Yo nunca he tenido un pasatiempo, nunca he cedido a esa ten­tación. Y las peores aficiones son aquellas de las que la gente cree que puede sacar dinero: entonces lo tiran como quien lanza grano de un saco.

Lucy se puso bastante nerviosa ante aquellas críticas, aparentemente gratuitas, a los gastos del señor Wakem. Pero cesaron allí y el señor Deane pasó el resto del almuerzo inusualmente silencioso y meditabundo. Lucy, acostumbrada a observar atentamente a su padre y con motivos, reciente­mente acrecentados, para sentir un interés añadido por todo lo que se refi­riera a los Wakem, sintió una curiosidad inusual por saber qué era lo que había motivado las preguntas de su padre. Su silencio posterior le hacía sospechar que lo había empujado algún motivo especial.

Con esta idea en la cabeza, recurrió al plan habitual cuando deseaba decir o preguntar a su padre algo en concreto: encontró algún motivo para que la tía Tulliver saliera del comedor después de comer y se sentó en un escabel, junto a las rodillas de su padre. En estas circunstancias, el señor Deane pensaba que estaba degustando algunos de los momentos más agradables de esta vida, conseguidos gracias a sus méritos, a pesar de que Lucy, a la que no le gustaba tener la cabeza cubierta de rapé, por lo general empe­zaba apoderándose de la cajita.

—No quiere usted dormir, ¿verdad, papá? —dijo mientras acercaba el taburete y abría los gruesos dedos que agarraban la caja de rapé.

—Todavía no —dijo el señor Deane, echando una ojeada a la recompen­sa al mérito que le aguardaba en la licorera—. Pero, ¿qué quieres? —añadió, pellizcando con cariño la barbilla con hoyuelo de Lucy—. ¿Quieres con­vencerme para que me saque del bolsillo algún otro soberano para tu venta benéfica?

—No, hoy no me empuja ningún motivo innoble, no quería pedirle nada, sólo hablar. Quería saber por qué le ha preguntado a Philip Wakem sobre la afición de su padre a la agricultura. Era bastante raro, porque casi nunca de dice nada sobre su padre. ¿Y por qué iba a importarle que el señor Wakem perdiera dinero con sus aficiones?

—Es algo que tiene que ver con mis negocios —contestó el señor Deane agitando las manos como si quisiera rechazar la intromisión en ese miste­rio.

—Pero, papá, si usted siempre dice que el señor Wakem ha educado a Philip como si fuera una chica, ¿cómo se le ha ocurrido pensar que podría enterarse de algo a través de él? Estas preguntas tan bruscas han sido un poco extrañas. A Philip le han parecido raras.

—¡Tonterías, niña! —protestó el señor Deane, intentando justificar un comportamiento que tanto de había costado pulir en su ascenso social—. Se sabe que el molino y la granja de Wakem que están al otro lado del río, el molino de Dorlcote de tu tío Tulliver, ya sabes, no marchan tan bien como antes. Quería saber si tu amigo Philip decía algo de que su padre estuvie­ra cansado de dedicarse a la agricultura.

—¿Por qué? ¿Compraría usted el molino, papá, si quisiera desprenderse de él? —preguntó Lucy ansiosa—. Oh, cuéntemelo todo. Tome, aquí tiene la caja de rapé si me lo cuenta. Porque Maggie dice que todos tienen pues­tas sus esperanzas en que Tom recupere el molino alguna vez. Era una de las últimas cosas que le dijo a Tom su padre, que debía recuperar el moli­no.

—Calla, niña —dijo el señor Deane, haciendo uso de la recuperada caja de rapé—. No debes decir ni una palabra de todo esto, ¿me oyes? Tienen muy pocas posibilidades de conseguir el molino; es difícil que nadie se lo quite a Wakem. Y si supiera que lo queremos para que los Tulliver lo vuel­van a tener, todavía sería más difícil que se desprendiera de él, después de todo lo que sucedió. Se comportó con Tulliver razonablemente bien, pero no se dan dulces a cambio de latigazos.

—Mire, papá —dijo Lucy con aire solemne—. ¿Quiere usted confiar en mí? No me pregunte los motivos que tengo para lo que voy a decirle, pero son poderosos. Y soy muy prudente, de verdad.

—Bien, dime.

—Pues creo que si me permitiera confiarle el secreto a Philip Wakem, contarle su deseo de comprar el molino con la intención de que lo tengan mis primos y por qué quieren tenerlo, creo que Philip nos ayudaría a con­seguirlo. Sé que querrá ayudarnos.

—No sé por qué habría de hacerlo, hija. ¿Por qué iba a importarle precisamente a él? —dijo el señor Deane con aire desconcertado. De repente, lanzó una mirada penetrante a su hija—. No creerás que el pobre chico está encariñado contigo y por ello puedes hacer con él lo que quieras, ¿verdad? —En cambio, el señor Deane no albergaba dudas sobre los afectos de su hija.

—No, papá; se interesa poco por mí, ni siquiera tanto como yo por él. Pero tengo una razón para estar segura de lo que digo. No me pregunte usted. Y si lo adivina, no me lo diga. Limítese a dejarme hacer.

Lucy se levantó del escabel para sentarse sobre las rodillas de su padre y besarlo con este último ruego.

—¿Estás segura de que no vas a enredarlo todo? —preguntó él, mirándo­la con enorme cariño.

—Sí, papá, estoy segura. Soy muy lista, he heredado su talento para los negocios. ¿No admiró mi libro de cuentas cuando se lo enseñé?

—Bueno, bueno, si ese joven se mantiene callado no pasará nada grave. Y, la verdad, no creo que tengamos muchas oportunidades de otro modo. Ahora déjame dormir.

1   ...   42   43   44   45   46   47   48   49   ...   59


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal