George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VI


En el que se ilustran las leyes de la atracción
Te resultará ya evidente, lector, que Maggie había alcanzado un momento de su vida que cualquier persona prudente consideraría una gran oportu­nidad para una mujer joven. Presentada a la alta sociedad de Saint Ogg's con el apoyo de una llamativa personalidad que tenía la ventaja de resul­tar poco familiar a la mayoría de los habituales y con el escaso respaldo de los atavíos que Lucy había mencionado, inquieta, en la conversación con la tía Pullet, sin duda Maggie se encontraba en un nuevo punto de parti­da en la vida. Durante la primera fiesta que dio Lucy, el joven Torry se fati­gó los músculos faciales más que de costumbre con la intención que la «muchacha de ojos oscuros del rincón» se fijara en él y en el estilo que le confería el monóculo: y varias jóvenes se marcharon a su casa con la inten­ción de hacerse unas mangas cortas de encaje negro y trenzarse el cabello en una ancha corona en la nuca: «Esa prima de la señorita Deane resulta­ba muy distinguida». Lo cierto era que la pobre Maggie, por muy cons­ciente que fuera de su doloroso pasado y presintiera un futuro incierto, estaba convirtiéndose en objeto de cierta envidia y tema de conversación en el nuevo salón de billar y entre bellas amigas que no tenían secretos las unas con las otras cuando se trataba de acicalarse.

Las señoritas Guest, que se relacionaban con cierta condescendencia con las familias de Saint Ogg's y eran el espejo de la moda en el lugar, cen­suraron ligeramente los modales de Maggie. Tenía por costumbre no asentir de inmediato a los comentarios habituales en la buena sociedad y decir que no sabía si estos comentarios eran ciertos o no, lo que le daba un aire de gaucherie y entorpecía el flujo de la conversación; sin embargo, bien puede darse una interpretación positiva a este juicio, puesto que el hecho de que una nueva amistad de su sexo muestre cierta inferioridad no nece­sariamente predispone en contra a las damas. Y Maggie carecía de modo tan completo de los lindos aires de coquetería que, según se cree, llevan a los caballeros a la desesperación, que suscitaba cierta piedad femenina por ser tan incompetente a pesar de su belleza. ¡Pobrecilla, había tenido una vida muy dura! Y había que reconocer que no tenía ningunas pretensio­nes: sus modales bruscos e irregulares eran sin duda resultado de sus soli­tarias y modestas circunstancias. Resultaba sorprendente que no poseyera el menor rasgo vulgar, teniendo en cuenta cómo era el resto de los parien­tes de la pobre Lucy: esta alusión siempre hacía que las señoritas Guest se estremecieran un poco. No era agradable pensar en que emparentarían por matrimonio con personas como los Glegg y los Pullet, pero no servía de nada llevar la contraria a Stephen cuando tomaba una decisión. Y, sin duda, nada había que reprochar a la propia Lucy, a la que era imposible dejar de apreciar. Sin duda, deseaba que las señoritas Guest se mostraran amables con su prima, a la que tanto apreciaba, y Stephen se enfadaría mucho si no se comportaban con toda cortesía. En estas circunstancias, no faltaron las invitaciones a Park House y a otros lugares: la señorita Deane era un miembro de la sociedad de Saint Ogg's demasiado distinguido y destacado para que se le negara ninguna atención.

Así fue como Maggie conoció la vida de una dama joven y supo lo que era levantarse por la mañana sin un motivo especial para hacer una cosa en lugar de otra. Esta nueva sensación de ociosidad y de placer sin límite entre los aires suaves y los perfumes del jardín, avanzada ya la primavera, entre la música abundante y los lentos paseos a la luz del sol o la deliciosa ensoñación de dejarse arrastrar por el río, difícilmente podría dejar de tener efectos embriagadores tras tantos años de privaciones; ya en la pri­mera semana, Maggie empezó a sentirse menos acosada por los tristes recuerdos y pronósticos. La vida era muy agradable en aquel momento: empezaba a gustarle arreglarse por la noche y sentir que era una de las bellezas de aquella primavera. Y ahora siempre la aguardaban ojos llenos de admiración; ya no era un ser insignificante al que se podía reprender y cuya atención se reclamaba sin que nadie se sintiera obligado a prestarle ninguna. También resultaba agradable, cuando Stephen y Lucy salían a dar un paseo a caballo, sentarse sola al piano y advertir que la antigua sin­tonía entre los dedos y las teclas seguía presente y revivía —como un paren­tesco fiel que no desaparecía con la separación— para sacar las melodías que había oído la noche anterior y repetirlas una y otra vez hasta encon­trar el modo de reproducirlas, convertidas en un lenguaje mas elocuente y apasionado. La mera concordancia de las octavas le encantaba, y con fre­cuencia prefería tocar el libro de ejercicios que una melodía para disfru­tar más intensamente, a través de la abstracción, de la primitiva sensación de los intervalos. El modo en que disfrutaba de la música no indicaba un gran talento en concreto: su sensibilidad ante el estímulo supremo de la música era un aspecto más de la apasionada sensibilidad que la caracteri­zaba y hacía que sus defectos y virtudes se mezclaran, convertía algunas veces su afecto en enojada exigencia, pero también impedía que su vani­dad tomara forma de argucia y coquetería femenina y le confería la poe­sía de la ambición. Pero, lector, hace ya tiempo que conoces a Maggie y no es necesario que se te describa su carácter, sino su historia, que es difícil de predecir aún desde el más completo conocimiento del primero. Porque la tragedia de nuestras vidas no se crea del todo en nuestro interior. Dice Novalis que «el carácter es el destino», pero no todo nuestro destino. Hamlet, príncipe de Dinamarca, era dado a la especulación y la indecisión, y como consecuencia tenemos una gran tragedia. Pero si su padre hubiera vivido hasta una edad avanzada y su tío hubiera fallecido pronto, podemos imaginar que Hamlet llegara a casarse con Ofelia y viviera la vida sin que nadie pusiera en duda su cordura, a pesar de su afición a los soliloquios y a algún sarcasmo contra la bella hija de Polonio, para no hablar de una total falta de cortesía hacia su suegro.

Así pues, el futuro de Maggie se halla todavía escondido y debemos esperar a que se revele como el curso de un río no descrito en los mapas: sólo sabemos que este río es caudaloso y rápido y que todos los ríos tienen el mismo final. Bajo el encanto de los nuevos placeres, la misma Maggie estaba dejando de pensar, con su ansiosa imaginación, en la suerte que le aguardaba; y cada vez le inquietaba menos el primer encuentro con Philip: quizá, de modo inconsciente, no lamentaba que el encuentro se hubiera retrasado.



Lo cierto era que Philip no apareció la tarde en que se lo esperaba, y el señor Guest les comunicó que se había ido a la costa, probablemente, a su parecer, para hacer algunos bocetos; no se sabía la fecha de su regreso. Aquello de irse sin decir nada era muy propio de Philip. No regresó hasta pasados doce días y, a su vuelta, encontró esperándolo las dos notas de Lucy: se había marchado antes de tener noticia de la llegada de Maggie.

Tal vez sea necesario contar de nuevo diecinueve años para compren­der los sentimientos que llenaron a Maggie durante aquellos doce días, entender hasta qué punto se prolongaron éstos gracias a la novedad de sus experiencias y los diversos estados de su ánimo. Los primeros días de una amistad casi siempre tienen una importancia especial y ocupan mayor espacio en nuestra memoria que otros periodos posteriores, menos llenos de impresiones y descubrimientos. En esos diez días no hubo muchas horas que el señor Guest no pasara sentado junto a Lucy o de pie junto a ella mientras tocaba el piano, o acompañándola en alguna excursión: sin duda, sus atenciones eran más asiduas, y eso era lo que todo el mundo esperaba. Lucy estaba muy feliz, especialmente porque la compañía de Stephen parecía ser mucho más interesante y divertida desde que Maggie estaba allí. Entablaban conversaciones jocosas o serias en las que Stephen y Maggie se mostraban con toda naturalidad ante la admiración de la ama­ble y discreta Lucy; y en más de una ocasión se le ocurrió pensar en el encantador cuarteto que formarían cuando Maggie se casara con Philip. ¿Resulta inexplicable que una muchacha disfrute más de la compañía de su amado en presencia de una tercera persona y no sienta la menor pun­zada de celos si la conversación se dirige casi siempre a esa otra persona? No es así cuando la muchacha posee un corazón sereno como Lucy, está convencida de que conoce la naturaleza de los afectos de sus compañeros y no es propensa a los sentimientos que suscitan estas ideas en ausencia de pruebas fehacientes. Además, Stephen se sentaba junto a Lucy, le ofrecía el brazo a ella y buscaba su respaldo, convencido de encontrarlo; y cada día mostraba hacia ella la misma tierna cortesía, la misma conciencia de sus necesidades y el mismo cuidado en colmarlas. ¿Las mismas? A Lucy le parecía que incluso más, y no es de extrañar que no comprendiera el ver­dadero significado de aquel cambio. Era una actitud sutil de la que el mismo Stephen no era consciente. Las atenciones personales que dedica­ba a Maggie eran, en comparación, escasas e incluso había surgido entre ambos una distancia aparente que impedía que Stephen repitiera el gesto levemente galante del primer día en el bote. Si Stephen entraba en la sala cuando Lucy se encontraba ausente, o si Lucy los dejaba solos, no se diri­gían la palabra: Stephen bien podía simular que examinaba los libros o las partituras y Maggie inclinaba la cabeza aplicadamente sobre la labor. Ambos eran conscientes de modo total y opresivo de la presencia del otro Y, sin embargo, ambos deseaban que al día siguiente se repitiera la situa­ción. Ninguno de los dos había empezado a reflexionar sobre el asunto ni se había preguntado en silencio adónde llevaba todo aquello. Maggie se limitaba a sentir que la vida se mostraba para ella como algo nuevo y esta­ba absorta en la experiencia directa, inmediata, sin que le quedara energía para reflexionar y razonar sobre ella. Stephen se abstenía deliberada­mente de preguntarse a sí mismo y se negaba a reconocer una influencia que podría llegar a determinar su conducta. Y cuando Lucy regresaba a la habitación, se comportaban de nuevo con espontaneidad: Maggie se sentía capaz de llevar la contraria a Stephen y reírse de él, y él podía acon­sejarle que siguiera el ejemplo de aquella heroína tan encantadora, la señorita Sophia Western, que sentía un gran «respeto por el juicio de los hombres»33. Maggie podía mirar a Stephen —cosa que, por un motivo u otro, evitaba siempre cuando estaban solos— y él incluso llegaba a pedirle que lo acompañara al piano, ya que Lucy estaba tan ocupada con las labo­res para la venta benéfica, y se atrevía a regañarla por acelerar el tempo, sin duda, el punto débil de Maggie.

Un día, el del regreso de Philip, Lucy tuvo un repentino compromiso para pasar la tarde con la señora Kenn, cuyo delicado estado de salud, que amenazaba con degenerar en enfermedad por un ataque de bronquitis, la obligaba a delegar sus funciones de la cercana venta benéfica en manos de otras damas, una de las cuales deseaba que fuera Lucy. El compromiso se había acordado en presencia de Stephen, y éste oyó que Lucy prometía salir pronto y recoger a las seis a la señorita Torry, la cual le había traído la petición de la señora Kenn.

—He aquí otro de los resultados morales de esta idiotez de fiesta benéfi­ca —espetó Stephen en cuanto la señorita Torry salió de la habitación—. ¡Alejar a las jóvenes damas de los deberes del hogar y lanzarlas a escenas de disipación entre tapetitos acolchados para teteras y bolsitos bordados! Me gustaría saber cuál es la misión de las mujeres, si no es dar argumen­tos para que los esposos se queden en casa y motivos todavía más podero­sos para que los solteros salgan de la suya. Si esto dura mucho, se disolve­rán los vínculos sociales.

—Bien, esto no durará mucho —contestó Lucy riendo—, porque la venta será el lunes que viene.

—¡Gracias al cielo! —exclamó Stephen— El mismo Kenn dijo el otro día que no le gustaba que la vanidad se ocupara de la caridad; pero como los británicos no son lo bastante razonables para soportar los impuestos direc­tos, Saint Ogg's no tiene capacidad o motivos suficientes para construir y dotar colegios sin recurrir a la insensatez.

—¿Dijo eso? —preguntó la pequeña Lucy, con los ojos inquietos y bien abiertos—. Nunca le he oído decir nada semejante, pensaba que aprobaba lo que hacíamos.

—Estoy seguro de que le parece bien todo lo que usted hace —contestó Stephen dedicándole una sonrisa afectuosa—. Su conducta al salir esta tarde parece atroz, pero yo sé que en el fondo la intención es buena.

—Oh, tiene usted una opinión excesivamente buena de mí —dijo Lucy agitando da cabeza con un lindo rubor. Ahí se abandonó la cuestión, pero se dio por hecho que Stephen no acudiría por la tarde y, debido a ese táci­to acuerdo, prolongó la visita de la mañana hasta convertirla en la más larga de todas y no se despidió hasta después de las cuatro.

Poco después de comer, Maggie estaba sentada en el salón sola, con Minny sobre el regazo, tras dejar a su tío tomando un oporto y dormitan­do y a su madre en un lugar intermedio entre el punto de media y las cabe­zadas, cosa que, cuando no tenían invitados, hacía siempre en el comedor hasta la hora del té. Maggie se inclinaba para acariciar al diminuto y sedo­so perrito y consolarlo por la ausencia de su ama cuando el sonido de unos pasos en la gravilla hizo que levantara da vista y vio a Stephen Guest avan­zando por el jardín como si viniera directamente del río. ¡Era muy raro verlo tan pronto después de comer! Con frecuencia se lamentaba de que en Park House comían tarde. Pero allí estaba, con su traje negro: sin duda, había pasado por su casa y había regresado por el río. Maggie sintió que le ardían las mejillas y el corazón le latía: era normal que se pusiera nervio­sa, ya que no estaba acostumbrada a atender sola a las visitas. Stephen la vio mirar a través del ventanal abierto y la saludó con el sombrero mien­tras se encaminaba hacia éste y entraba por ahí, en lugar de ir hasta la puerta. Él también estaba sonrojado y, sin duda, cuando entró con una partitura enrollada en la mano, parecía todo lo atolondrado que un joven de cierto tino y serenidad puede mostrarse.

—Le sorprende volver a verme, señorita Tulliver —dijo con aire de vaci­lante improvisación—. Debería excusarme por aparecer por sorpresa, pero quería ir a la ciudad y he hecho que un criado me trajera reman­do, de modo que se me ha ocurrido traer estas partituras de la Doncella de Artois34 para su prima. Esta mañana se me ha olvidado. ¿Querrá dár­sela?

—Sí —contestó Maggie. Se había levantado confusa con Minny entre los brazos y, sin saber qué hacer, se sentó de nuevo.

Stephen depositó el sombrero junto a las partituras, que rodaron al suelo, y se sentó en la silla situada a su lado. Nunca lo había hecho y tanto él como Maggie eran conscientes de que se trataba de una situación total­mente nueva.

—¡Mira el perrito mimado! —exclamó Stephen, inclinándose para tirar de las largas orejas rizadas que colgaban sobre el brazo de Maggie. No era un comentario muy sugerente y, puesto que su autor no añadió ningún otro, la conversación quedó en un punto muerto. Stephen tenía la sensa­ción de que estaba soñando y se veía obligado a ejecutar una serie de actos mientras se preguntaba el motivo, por qué estaba acariciando en aquel momento la cabeza de Minny. Sin embargo, era muy agradable: sólo desea­ba atreverse a mirar a Maggie y que ella lo mirara; si ella le dirigía una mirada prolongada con aquellos ojos profundos y extraños quedaría satis­fecho y se portaría después de modo razonable. Tenía la sensación de que estaba convirtiéndose en una especie de obsesión el deseo de obtener una larga mirada de Maggie, y no cejaba de estrujarse da imaginación para encontrar algún medio de conseguirla sin que de ello derivara una situa­ción tensa. En cuanto a Maggie, no pensaba en nada en concreto, sólo sen­tía como si se cerniera sobre ella en la oscuridad un pájaro de gran enver­gadura, de tal modo que era incapaz de levantar la vista y no veía nada más que el rizado pelo negro de Minny.

Aquella situación tenía que terminar: tal vez acabó muy pronto y sólo pareció ser larga, como sucede con un solo minuto de sueño. Finalmente, Stephen se enderezó y se colocó de lado en la silla, con un brazo sobre el respaldo y mirando a Maggie. ¿Qué iba a decir?

—Vamos a tener una puesta de sol espléndida, ¿no quiere salir a verla?

—No lo sé —contestó Maggie, tras lo cual alzó la vista valientemente y miró por la ventana—. Tal vez, si no juego al cribbage con mi tío.

Una pausa. Minny recibió más caricias, pero poseía suficiente criterio Para no agradecerlas y soltar algún pequeño gruñido.

—¿Le gusta estar sentada a solas?

Una expresión pícara apareció en el rostro de Maggie, que lanzó una breve mirada a Stephen.

—¿Sería correcto contestar que sí?

—Lo cierto es que es una pregunta peligrosa para que la formule un intruso —dijo Stephen, encantado con la mirada y decidido a quedarse el tiempo suficiente para obtener otra—. Pero tendrá más de media hora para sí después de que me vaya —añadió, sacando el reloj—. Sé que el señor Deane nunca aparece hasta las siete y media.

Otra pausa: Maggie mantuvo la mirada fija a través de la ventana, sin embargo, con gran esfuerzo, movió la cabeza para contemplar de nuevo el lomo de Minny.

—Ojalá Lucy no hubiera tenido que irse. Hoy no tendremos música.

—Mañana por la noche contaremos con una nueva voz —anunció Stephen—. ¿Tendrá a bien comunicar a su prima que su amigo Philip Wakem ha regresado? Lo he visto al volver a casa.

Maggie se sobresaltó un poco; fue poco más que una vibración que la recorrió de pies a cabeza durante un instante, pero las nuevas imágenes que el nombre de Philip había sugerido dispersaron parte del encanto que la tenía hechizada. Se puso en pie con una decisión repentina y, tras depo­sitar a Minny sobre su cojín, fue a buscar al rincón la gran cesta de labor de Lucy. Stephen se sintió ofendido y decepcionado: pensó que, tal vez, a Maggie no le gustaba que mencionaran a Wakem en su presencia inespe­radamente, puesto que ahora recordaba que Lucy le había contado algo de una disputa familiar. No merecía la pena prolongar la visita. En aquel momento, Maggie se sentaba ante la mesa con su labor, con aire gélido y orgulloso; y él... él parecía un tonto por haberse presentado allí. Sin duda, las visitas totalmente superfluas y gratuitas como aquélla hacían que cual­quier hombre pareciera desagradable y ridículo. Resultaba evidente para Maggie que había comido rápidamente en su habitación para poder salir de nuevo y encontrarla sola.

¡Una actitud infantil en un joven y cumplido caballero de veinticinco años que no carecía de estudios de leyes! Aunque, tal vez, una referencia a la historia pueda hacerla verosímil.

En ese momento, el ovillo de lana cayó rodando al sucio y Maggie se levantó para cogerlo. Stephen hizo lo mismo y, tras recoger el ovillo, se lo dio. Sus ojos se encontraron y Maggie observó en él una mirada ofendida y dolida totalmente nueva para ella.

—Adiós —dijo Stephen en un tono que mostraba el mismo descontento implorante que sus ojos. No se atrevió a tenderle la mano y las hundió en los bolsillos de la levita. Maggie pensó que tal vez se había comportado de modo descortés.

—¿No quiere quedarse un poco más? —preguntó, con timidez, sin apar­tar la vista para no volver a parecer grosera.

—No, gracias —contestó Stephen mirando fijamente aquellos ojos medio remisos, medio fascinados, como un hombre sediento contempla el cami­no que lleva a un arroyo lejano—. Está esperándome el bote... Dígaselo a su prima.

—Sí.

—Que he traído las partituras, quiero decir.



—Sí.

—Y que ha vuelto Philip Wakem.

—Sí. —En esta ocasión, el nombre de Philip pasó inadvertido.

—¿No quiere acompañarme un poco por el jardín? —preguntó Stephen en un tono todavía más amable, pero al instante le irritó que Maggie no se hubiera negado, porque ésta se dirigió hacia la ventana abierta y él se vio obligado a ir a buscar el sombrero y caminar a su lado. No obstante, se le ocurrió un súbito desagravio.

—Apóyese en mi brazo —dijo, bajando la voz, como si fuera un secreto. Para la mayoría de las mujeres, el ofrecimiento de un brazo firme resul­ta extrañamente irresistible: aunque no se necesite, la sensación de ayuda, la presencia de una fuerza ajena y, sin embargo, propia, satisface una nece­sidad siempre presente en la imaginación. Por ése u otro motivo, Maggie aceptó el brazo. Y caminaron juntos en torno a la franja de césped, bajo el verde suspendido de los codesos, en el mismo estado de ensoñación del cuarto de hora anterior; aunque Stephen ya había conseguido la mirada que ansiaba, todavía no advertía en sí mismo los síntomas de un regreso a un estado razonable y rápidos pensamientos cruzaban el turbio ánimo de Maggie: ¿cómo era posible que estuviera allí? ¿Por qué había salido? No cruzaron ni una palabra. De haber sido así, la presencia del otro se habría hecho menos intensa.

—Tenga cuidado con el escalón —dijo finalmente Stephen.



Oh! Quisiera marcharme a casa—exclamó Maggie con la sensación de que el escalón la había salvado—. Buenas tardes.

En un instante se había desprendido de su brazo y corría hacia la casa. No pensó que este acto repentino sería uno más de los gestos de la última media hora que luego recordaría avergonzada, no podía pensar en nada más. Se dejó caer en el sillón y se echó a llorar.

—¡Oh, Philip, Philip! Ojalá estuviéramos juntos otra vez, tranquilos en las Fosas Rojas.

Stephen la miró alejarse y se dirigió hacia el bote; no tardó en llegar al muelle. Pasó la tarde en los salones de billar, fumando un cigarro tras otro y perdiendo una y otra vez. Pero no quería marcharse. Estaba decidido a no pensar, a no admitir ningún otro recuerdo concreto que la presencia perpetua de Maggie que se imponía sobre él. Él la miraba y ella lo tomaba del brazo.

Finalmente se impuso la necesidad de regresar andando a casa bajo la fría luz de las estrellas y con ella, la de maldecir su locura y decidir amar­gamente que no volvería a quedarse solo con Maggie. Todo aquello era un disparate: estaba enamorado de Lucy, la quería mucho y estaba compro­metido, todo lo comprometido que un hombre de palabra necesita. Deseaba no haber visto nunca a aquella Maggie Tulliver, que no lo hubiera lanzado a aquel estado febril: sería una esposa dulce, extraña, inquietante y adorable para cualquier otro hombre, pero él nunca la habría elegido. ¿Sentiría ella lo mismo que él? Ojalá... no. No debería haber ido. En el futuro se controlaría más. Se mostraría desagradable, tal vez discutirían. ¿Pelearse con ella? ¿Acaso era posible pelearse con una criatura con unos ojos como los suyos: desafiantes y críticos, contradictorios y pertinaces, imperiosos e implorantes... llenos de opuestos deliciosos? Ver a una mujer semejante sometida por amor sería una fortuna muy deseable... para otro.

Terminó este soliloquio con una exclamación entre dientes, lanzó la colilla del último cigarro y, hundiendo las manos en los bolsillos, caminó más despacio entre los arbustos. Las palabras que pronunció no fueron precisamente una bendición.

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