George Eliot El molino del Floss



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Capítulo V


En él se muestra que Tom consigue lo que se propone
—Y ahora que ya hemos zanjado lo del negocio de Newcastle, Tom —dijo el señor Deane aquella misma tarde mientras permanecían sentados en la sala privada del banco—, quiero hablarte de otra cosa. Puesto que es pro­bable que en Newcastle tengas que soportar mal tiempo y mucho humo durante las próximas semanas, sin duda desearás tener una buena pers­pectiva que te anime un poco.

Tom aguardó más tranquilo que en otras ocasiones anteriores mientras su tío sacaba la caja de rapé y repartía la dosis entre las dos ventanas de su nariz con cuidadosa imparcialidad.

—Mira, Tom —prosiguió el señor Deane, por fin, recostándose en el sillón—, el mundo avanza ahora con un paso más rápido que cuando yo era joven. Caramba, señor mío, si hace cuarenta años, cuando yo era un joven robusto como tú, un hombre pasaba gran parte de su vida tirando del carro antes de tener el látigo en la mano. Los telares eran mas lentos y las modas no cambiaban tan deprisa: recuerdo que mi traje bueno fue el mismo durante seis años. Todo tenía una escala menor en relación con los gastos, señor mío. El vapor lo ha cambiado todo: arrastra las máquinas al doble de velocidad y, con ellas, la rueda de la fortuna, tal como dijo nues­tro amigo, el señor Guest, en la comida de aniversario. Describe muy bien la situación, teniendo en cuenta que no ha visto nunca el negocio de cerca. A mí no me disgustan estos cambios como a otras personas. El comercio, señor mío, abre los ojos de la gente. Y si la población va a seguir creciendo, el mundo debe poner el ingenio al servicio de inventos de un tipo u otro. Sé que he contribuido a ello como simple hombre de nego­cios. Alguien ha dicho que es bueno hacer crecer dos espigas allí donde sólo crecía una: pero, señor mío, también es bueno avanzar en el intercambio de bienes y llevar grano a la boca de quien tiene hambre. Y en este sentido se orienta nuestro negocio y lo considero tan digno como el que más.

Tom sabía que el asunto que su tío iba a tratar no era urgente; el señor Deane era un hombre demasiado astuto y práctico para permitir que los recuerdos o el rapé frenaran el avance del negocio. Lo cierto era que durante los últimos meses Tom había recibido indirectas que le permitían adivinar que iba a oír alguna proposición ventajosa. Con el principio de este último párrafo, había estirado las piernas, metido las manos en los bolsillos y se había preparado para alguna prolija introducción destinada a mostrar que el señor Deane había triunfado por mérito propio y que lo que tenía que decir a los jóvenes en general era que si ellos no conse­guían triunfar también se debía a sus propios deméritos. Así pues, se sorprendió bastante cuando su tío le formuló una pregunta directa.

—Veamos, hace ya siete años que me pediste un empleo, ¿verdad, Tom?

—Sí, señor. Ahora tengo veintitrés —contestó Tom.

—Ah. Mejor no lo digas, porque pareces mayor y en los negocios la edad cuenta a favor de uno. Recuerdo muy bien tu visita: recuerdo que vi que tenías valor y eso fue lo que me empujó a animarte. Y me alegra decir que yo tenía razón, no es fácil engañarme. Como es natural, era reacio a promover la carrera de mi sobrino, pero me alegra decir que me has deja­do en buen lugar, señor mío, y que si tuviera un hijo no me disgustaría nada que fuera como tú.

El señor Deane repiqueteó sobre la caja y la abrió de nuevo, mientras repetía con afecto: «No, no me disgustaría nada que fuera como tú».

—Estoy muy contento de que esté satisfecho de mí, señor. Me he esfor­zado tanto como he podido —contestó Tom con su tono orgulloso e inde­pendiente.

—Sí, Tom, estoy satisfecho de ti. No me refiero a tu actitud como hijo, aunque eso también pesa en mi opinión. Como socio de esta empresa, me intereso por las cualidades que has mostrado como hombre de negocios. El nuestro es un buen negocio, una empresa espléndida, y no hay motivo para que no siga creciendo: crece el capital y crecen los puntos de venta. Pero para que cualquier empresa, grande o pequeña, prospere, también es necesario que tenga otra cosa: hombres que la dirijan, hombres de cos­tumbres adecuadas en los que se pueda confiar, y no esos jóvenes de mal gusto. El señor Guest y yo vemos este aspecto con claridad. Hace tres años hicimos a Guest partícipe de esta empresa y le dimos una parte del molino de aceite. ¿Por qué? Porque los servicios de Guest merecían un premio. Así será siempre, señor mío. Así me sucedió a mí. Y aunque Guest tiene casi diez años más que tú, tienes a tu favor otros aspectos.

A medida que el señor Deane hablaba, Tom iba poniéndose nervioso. Deseaba decir algo a su tío que tal vez no le gustara, puesto que en lugar de aceptar su ofrecimiento pensaba presentarle una sugerencia.

—Resulta evidente —prosiguió el señor Deane tras terminar otra pulga­da— que el hecho de que seas mi sobrino cuenta a tu favor, pero no niego que aunque no fueras pariente mío, el modo en que te ocupaste del asun­to del banco de Pelley nos habría llevado, al señor Guest y a mí, a recono­cer de algún modo los servicios prestados. Todo ello, respaldado por tu actitud y tu habilidad para los negocios, nos ha decidido a darte una par­ticipación en el negocio que, con el transcurso de los años, nos gustará ir ampliando. Me parece que eso será mejor, en todos los sentidos, que subir­te el sueldo. Te dará más importancia y te preparará mejor para ir hacién­dote cargo de responsabilidades que ahora pesan sobre mis hombros. Gracias a Dios, ahora soy capaz de ocuparme de mucho trabajo, pero estoy haciéndome viejo, no se puede negar. Le dije al señor Guest que trataría el tema contigo y que cuando vuelvas de ese asunto en el Norte pasaremos a tratar los detalles. Es un gran paso para un joven de veintitrés años, pero tengo que decir que te lo mereces.

—Se lo agradezco mucho al señor Guest y a usted, señor. Naturalmente, me siento especialmente en deuda con usted, que me metió en el negocio y se ha ocupado de mí —dijo Tom temeroso, y se calló unos instantes.

—Sí, sí —insistió el señor Deane—. No ahorro esfuerzos cuando veo que servirán para algo. También me ocupé de Guest; en caso contrario, no esta­ría donde está.

—Sin embargo, desearía decirle una cosa, tío. Nunca se lo he contado. Si usted recuerda, cuando la propiedad de mi padre se vendió, se estudió la posibilidad de que su empresa comprara el molino: sé que usted pensaba que sería una inversión muy buena, especialmente si se le aplicaba vapor.

—Sin duda, sin duda. Pero Wakem pujó más que nosotros. Es bastante aficionado a pasar por delante de otros.

—Tal vez no sirva de nada que lo mencione en este momento —prosiguió Tom—, pero desearía que usted supiera los planes que tengo sobre el moli­no. Le tengo mucho cariño. El último deseo de mi padre fue que intentara recuperarlo en cuanto pudiera, ya que llevaba en su familia cinco genera­ciones, y yo se lo prometí. Y, además, me gusta especialmente ese lugar, nunca me gustará otro tanto como aquél. Y si en alguna ocasión se le ocurriera a usted comprarlo para la empresa, entonces me sería más fácil cum­plir los deseos de mi padre. No tenía intención de mencionarlo, pero lo he hecho puesto que usted ha tenido la amabilidad de decir que mis ser­vicios han sido útiles. Renunciaría a mejores oportunidades en la vida a cambio de recuperar el molino: es decir, tenerlo en mis manos e ir aumen­tando su valor lentamente.

El señor Deane, tras escuchar atentamente, quedó pensativo.

—Entiendo, entiendo —dijo, al cabo de un rato—. Sería posible si hubiera alguna posibilidad de que Wakem deseara desprenderse de la propiedad, pero no lo creo. Ha colocado a ese joven Jetsome y estoy seguro de que, cuando lo compró, tuvo sus motivos.

—Ese Jetsome es una oveja descarriada —dijo Tom—. Ha empezado a beber y dicen que está abandonando el negocio. Luke, nuestro viejo moli­nero, me lo contó. Dice que no se quedará a menos que se produzca algún cambio. Y yo pensaba que, si las cosas seguían así, Wakem estaría más dis­puesto a desprenderse del molino. Luke dice que le disgusta el modo en que van las cosas.

—Bien, ya lo pensaré, Tom. Debo averiguar cosas y tratarlo con el señor Guest. Pero es empezar en una vía nueva y ponerte al frente en lugar de dejarte donde estás, que es lo que queríamos.

—En cuanto las cosas vayan bien, podré dedicarme a algo más que al molino. Quiero tener mucho trabajo, no hay nada que me interese tanto.

Resultaba un poco triste que un joven de veintitrés años dijera eso, incluso para unos oídos tan aficionados a los negocios como los del señor Deane.

—¡Bah, bah! Pronto tendrás una esposa de la que ocuparte, si sigues por este camino. Pero en cuanto a ese molino, no debemos apresurarnos. De todos modos, te prometo que lo tendré en cuenta y que cuando vuelvas hablaremos de nuevo. Ahora me voy a comer, ven mañana a desayunar con nosotros y despídete de tu hermana y de tu madre antes de partir.



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