George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


Hermano y hermana
Para encontrar a Tom en casa, Maggie se vio obligada a ir a su alojamien­to durante el día, a la hora de comer. No se hospedaba con desconocidos. Con el consentimiento tácito de Mumps, nuestro amigo Bob Jakin no sólo había tomado esposa ocho meses atrás sino también una de esas viejas y raras casas atravesadas por sorprendentes pasillos, situada junto al agua, donde, como él mismo señalaba, su esposa y su madre podían entretener­se alquilando un par de botes de recreo en los que había invertido parte de sus ahorros y también alojando a un huésped para el salón y el dormi­torio que quedaban libres. En estas circunstancias, ¿qué podría ser más adecuado para el interés de ambas partes, consideraciones higiénicas apar­te, que el inquilino fuera el señor Tom?

La esposa de Bob abrió la puerta a Maggie. Era una mujer diminuta con aspecto de muñeca de madera articulada, que, en comparación con la madre de Bob, que ocupaba tras ella todo el pasillo, parecía una de esas figuras humanas que colocan los artistas junto a una estatua colosal para mostrar las proporciones. En cuanto abrió la puerta, la menuda mujer saludó a Maggie con una reverencia y alzó la vista hacia ella con respeto, pero las palabras «¿Está mi hermano en casa?» que pronunció Maggie con una sonrisa hicieron que diera media vuelta con repentina excitación.

—¡Madre, madre! ¡Avise a Bob! ¡Es la señorita Maggie! Pase, señorita, pase —dijo, abriendo una puerta lateral y esforzándose en aplastarse con­tra la pared para dejar más espacio a la visita.

Tristes recuerdos acudieron en tropel cuando Maggie entró en el pequeño salón que era ahora lo único que el pobre Tom podía considerar su casa, nombre que en otro tiempo, tantos años atrás, significaba para ambos la misma suma de objetos queridos y familiares. Pero no todo era extraño en aquella nueva sala: el primer lugar donde se posaron sus ojos fue la grande y antigua Biblia, si bien ésta no ayudó a dispersar los viejos recuerdos. Maggie permaneció de pie sin decir nada.



—Si m’hace el favor de sentarse, señorita —dijo la señora Jakin tras pasar el delantal por una silla perfectamente limpia y llevarse a la cara una esqui­na de la prenda con aire cohibido mientras miraba a Maggie con aire de interrogación.

—Entonces, ¿Bob está en casa? —preguntó Maggie, recobrando la calma y sonriendo a la tímida muñeca de madera.

—Sí, señorita; pero creo que está lavándose y vistiéndose: iré a mirar —anunció la señora Jakin, desapareciendo.

Pero no tardó en regresar con más valor, caminando detrás de su mari­do, el cual mostró los brillantes ojos azules y los dientes blancos y regula­res desde la puerta, inclinándose respetuosamente.

—¿Cómo estás, Bob? —preguntó Maggie, avanzando y tendiéndole la mano—. Siempre he tenido ganas de visitar a tu esposa y, si ella me lo per­mite, regresaré otro día para verla a ella. Pero hoy he tenido que venir para hablar con mi hermano.

—No tardará en volver, señorita. Le van bien las cosas al señor Tom. Será uno de los primeros de por aquí, ya lo verá.



—Bueno, Bob, no me cabe duda de que, llegue a donde llegue, estará en deuda contigo: lo dijo él mismo la otra noche, hablando de ti.

—Bueno, ésa es su manera de verlo, pero yo me tomo muy en serio lo que dice, porque a él no se le suelta la lengua como a mí. Pardiez, soy peor que una botella inclinada: cuando empiezo no sé parar. Tiene usted muy buen aspecto, señorita, m'alegro mucho de verla. ¿Qué dices, Prissy? —dijo Bob, volviéndose hacia su esposa—. ¿No era como yo decía? Aunque, cuan­do me lanzo, es fácil que hable bien de muchas cosas.

La pequeña nariz de la mujer de Bob parecía seguir el ejemplo de sus ojos y se alzaba, reverente, hacia Maggie, pero ahora ya se sentía capaz de sonreír y hacer reverencias.

M'apetecía muchísimo conocerla, señorita, porque mi marido no ha parao d’hablar de usté como un loco, desde que empezó a cortejarme.

—Bueno, bueno —dijo Bob sintiéndose ridículo—. Ve a mirar cómo van las patatas, que si no el señor Tom tendrá que esperar.

—Espero que Mumps se lleve bien con la señora Jakin, Bob —dijo Maggie con una sonrisa—. Recuerdo que dijiste que no le gustaría que te casaras.

—Señorita, le pareció bien cuando vio lo pequeña que era. Por lo gene­ral hace como que no la ve, o piensa que todavía no ha acabao de crecer. Pero hablando del señor Tom, señorita —dijo Bob, bajando la voz y adoptando un aire serio—, es muy reservao pero yo soy listo, y cuando dejo el fardo y estoy mano sobre mano, me intereso por lo que piensan los demás. Y me preocupa que el señor Tom se quede sentado y solo, enfurruñado, con el ceño fruncido y mirando el fuego toda la noche. Un muchacho joven y bien plantao como él debería estar ya un poco más animado. Mi mujer entra algunas veces y él no se da cuenta, y dice que está mirando el fuego y arrugando el entrecejo, como si viera allí gente trabajando.

—Piensa mucho en los negocios —dijo Maggie.

—Sí —dijo Bob, bajando la voz—, pero ¿no le parece que piensa en algo más? El señor Tom es muy cerrao, pero yo soy listo Y las pasadas Navidades se me ocurrió que quizá estaba enamorado. Se esforzó mucho por encon­trar un pequeño spaniel negro, una raza rara. Pero algo pasó entonces que lo ha hecho más callao que nunca, aunque ha tenido mucha suerte. Y que­ría decírselo, señorita, porque pensaba que a lo mejor podría usted enten­derlo, ahora que está aquí. Está demasiado solo, no tiene suficiente com­pañía.

—Me temo que tengo muy poco poder sobre él, Bob —dijo Maggie, muy conmovida por la sugerencia de Bob. La idea de que Tom pudiera tener penas amorosas era totalmente nueva. ¡Pobre muchacho! ¡Enamorado de Lucy, además! Pero quizá eran meras fantasías del cerebro de Bob, dema­siado laborioso. Que le hubiera regalado un perro no significaba otra cosa que gratitud y cariño entre primos. Pero Bob había dicho ya: «Aquí está el señor Tom» y la puerta principal se abría en aquel momento.

—Tom, no tengo tiempo que perder —dijo Maggie en cuanto Bob salió de la habitación—. Debo decirte ahora mismo para qué he venido y dejar­te comer en paz.

Tom permanecía de pie, de espaldas a la chimenea, y Maggie estaba sentada frente a la luz. Tom advirtió que Maggie temblaba y presintió el asun­to que deseaba tratar. Esta intuición le volvió la voz más dura y fría.

—¿De qué se trata?

El tono provocó la resistencia de Maggie y ésta planteó la petición de un modo muy distinto al que había previsto. Se puso de pie y miró a Tom de frente.

—Quiero que me liberes de la promesa sobre Philip Wakem. O, mejor dicho, te prometí que no lo vería sin decírtelo: vengo a comunicarte que deseo verlo.

—Muy bien —contestó Tom con mayor frialdad todavía.

Pero Maggie apenas había acabado de hablar de aquella manera fría y desafiante cuando se había arrepentido ya y empezaba a alarmarle el temor de distanciarse de nuevo de su hermano.

—No es por mí, querido Tom. No te enfades. No te lo habría pedido, pero Philip es amigo de Lucy y ella quiere que vaya a su casa: lo ha invita­do a ir esta misma tarde, y le dije que no podía verlo sin decírtelo. Sólo lo veré en presencia de otras personas y entre nosotros no volverá a haber nada secreto.

Tom apartó la vista de Maggie y frunció el ceño un poco más durante un rato. Después se volvió hacia ella.

—Ya sabes lo que pienso sobre todo esto, Maggie —dijo lenta y enfáticamente—. No es necesario que te repita lo que te dije hace un año. Mientras nuestro padre estaba vivo, me sentí obligado a utilizar sobre ti todo mi poder para impedir que lo deshonraras a él, a ti misma y a todos nosotros. Pero ahora debo dejar que decidas tú. Después de la muerte de nuestro padre dijiste que querías ser independiente. No he cambiado de opinión. Si piensas volver a tratar a Philip Wakem como enamorado, deberás olvi­darme.

—No es ése mi deseo, querido Tom, por lo menos tal como están ahora las cosas. Creo que no nos traería más que disgustos. Pero no tardaré en marcharme a otro trabajo y me gustaría volver a ser su amiga mientras estoy aquí. Lucy así lo desea.

La severidad del rostro de Tom se relajó un poco.

—No me importa que lo veas de vez en cuando en casa de nuestro tío y no quiero que conviertas esta cuestión en un problema. Pero no confío en ti, Maggie. Es fácil que te arrastren a hacer cualquier cosa.

Los labios de Maggie temblaron al oír aquellas palabras crueles.

—¿Por qué dices eso, Tom? Eres muy duro conmigo. ¿Acaso no he hecho y he soportado de todo tan bien como he podido? Y he cumplido la pala­bra que te di... No he llevado una vida más feliz que la tuya.

Empujada por las lágrimas, adoptó una actitud infantil. Cuando Maggie no estaba enfadada era tan sensible a las palabras duras o amables como una margarita a los rayos del sol o a las nubes: la necesidad de ser querida la dominaría siempre, igual que cuando se encontraba en el carcomido desván. La bondad del hermano se manifestaba con mayor facilidad ante este estimulo, pero sólo podía mostrarla a su modo. Le puso suavemente la mano en el brazo.

—Escúchame, Maggie —dijo con un tono de amable suficiencia—. Te explicaré lo que he querido decir. Estás siempre en los extremos, careces de juicio y no sabes controlarte; y, a pesar de todo, te crees muy lista y no consientes que te guíen. Ya sabes que yo no quise que buscaras un empleo. La tía Pullet estaba dispuesta a ofrecerte un buen hogar para que vivieras de modo respetable entre tus amistades hasta que yo pudiera conseguir una casa para ti y para nuestra madre. Eso es lo que a mí me gustaría. Quería que mi hermana fuera una dama y te habría cuidado siempre, como quería mi padre, hasta que te hubieras casado bien. Pero tus ideas y las mías nunca coinciden, Y no accediste: deberías tener suficiente sentido común para saber que un hermano que se desenvuelve en este mundo y se mezcla con otros hombres necesariamente conoce mejor que su her­mana lo que es adecuado y respetable para ella. Crees que no soy amable, pero mi amabilidad sólo puede encaminarse hacia lo que creo bueno para ti.

—Sí, ya lo sé, querido Tom —dijo Maggie, todavía entre sollozos, pero intentado controlar las lágrimas—. Ya sé que harías muchas cosas por mí, ya sé lo mucho que trabajas y cómo te entregas en cuerpo y alma. Te lo agra­dezco, pero lo cierto es que no puedes decidir en mi lugar, porque nues­tros caracteres son muy distintos. No sabes hasta qué punto las cosas me afectan de modo distinto que a ti.

—Sí, sí lo sé. Lo sé demasiado bien. Sé hasta qué punto ha tenido que ser distinta de la mía la consideración que te merece lo que afecta a nuestra familia y a tu dignidad de mujer para que se te ocurriera pensar siquiera en admitir que Philip Wakem te cortejara en secreto. Aunque no me desa­gradara en muchos otros sentidos, debería oponerme a que el nombre de mi hermana se asociara, aunque sólo fuera un instante, al de un joven cuyo padre debe de odiar hasta nuestro pensamiento y que, sin duda, lle­gado el momento te desdeñaría. En el caso de cualquier otra persona, daría por hecho que lo que presenciaste justo antes de la muerte de nues­tro padre bastaría para quitarte de la cabeza la idea de tener a Philip Wakem como enamorado. Pero contigo no estoy seguro; contigo nunca estoy seguro de nada. Tan pronto te complace una especie de perversa mortificación como te falta decisión para resistirte a algo que sabes que está mal.

Las palabras de Tom contenían una verdad lacerante, esa cáscara de la verdad que es lo único que perciben las personas sin imaginación ni capa­cidad de comprensión. Maggie siempre se estremecía ante los juicios de Tom: se rebelaba y se sentía humillada a la vez, como si su hermano sos­tuviera delante de ella un espejo para mostrarle su locura y su debilidad, como si fuera una voz que predijera sus errores; y, sin embargo, al mismo tiempo, ella también lo juzgaba y decía para sí que era estrecho de miras e injusto, que no era capaz de sentir las necesidades espirituales que con frecuencia eran origen de los errores o actitudes absurdas que hacían de la vida de Maggie un misterio indescifrable.

Maggie no contestó de inmediato: tenía el corazón demasiado lleno. Se sentó y apoyó un brazo en la mesa. De nada serviría intentar convencer a Tom de que lo quería. Siempre la rechazaba. La impresión causada por las palabras de su hermano se complicaba con la referencia a la última esce­na entre su padre y Wakem y, finalmente, aquel recuerdo doloroso y solemne se impuso sobre los agravios inmediatos. ¡No! No pensaba en aquellas cosas con frívola indiferencia y Tom no debería acusarla de ello. Alzó la vista hacia él con una mirada grave y seria.

—Nada de lo que te diga conseguirá que tengas mejor opinión de mí. Pero no estoy tan lejos de tus sentimientos como crees. Me doy cuenta tan bien como tú que, dada nuestra posición en relación con el padre de Philip, aunque no en otros aspectos, sería poco razonable, sería un error que pensáramos en el matrimonio, y ya no considero a Philip mi enamo­rado... Y te digo la verdad y no tienes derecho a dudar de mí: he cumpli­do la palabra que te di y nunca has visto que mintiera. No sólo no debería fomentar, sino evitar con todo cuidado cualquier trato con Philip que no se basara en una amistad tranquila y distante. Puedes pensar que soy inca­paz de mantener mis decisiones, pero no deberías tratarme con desprecio por errores que todavía no he cometido.

—Bien, Maggie —dijo Tom, ablandándose un poco ante su ruego—. No quiero forzar las cosas. Me parece que, teniéndolo todo en cuenta, será mejor que veas a Philip Wakem, si Lucy desea que vaya a su casa. Creo en lo que dices: o que, al menos, tú lo crees así. Yo sólo puedo advertirte. Me gustaría ser tan buen hermano como tú me permitas.

La voz de Tom tembló un poco cuando pronunció estas últimas pala­bras, y el afecto de Maggie regresó repentinamente, como cuando eran niños y compartían un trozo de pastel como sacramento de conciliación. Se puso en pie y colocó una mano sobre el hombro de Tom.

—Querido Tom, ya sé que quieres ser bueno conmigo. Sé que has teni­do que pasar por muchas cosas y que lo has hecho muy bien. Me gustaría ser para ti un consuelo y no una preocupación. ¿Verdad que ahora no piensas que soy mala del todo?

Tom sonrió al ver el rostro ansioso de Maggie: sus sonrisas, cuando sur­gían, eran muy agradables, ya que bajo el ceño aquellos ojos grises podían ser tiernos.

—No, Maggie.

—Tal vez sea mejor de lo que esperas.

—Me gustaría que así fuera.

—¿Puedo venir algún día a prepararte el té y ver otra vez a la diminuta mujer de Bob?

—Sí, pero ahora márchate a toda prisa, porque no tengo más tiempo —dijo Tom, mirando el reloj.

—¿No me das un beso?

Tom se inclinó para besarla en da mejilla.

—¡Ea! Sé buena. Hoy tengo que pensar en muchas cosas. Esta tarde ten­dré una larga reunión con el tío Deane.

—¿Vendrás mañana a casa de la tía Glegg? Comeremos todos temprano para acudir a tomar el té. Tienes que ir: Lucy me dijo que te lo pidiera.

—Bah, tengo mucho que hacer —dijo Tom. Tiró bruscamente de la cuer­da de la campana y la arrancó.

—Me asustas y huyo —exclamó Maggie, riendo.

Mientras tanto, Tom, con masculina filosofía, tiró la cuerda de la cam­pana al otro extremo de la habitación, que tampoco quedaba muy lejos. Un gesto al que, según creo, no serán ajenos muchos hombres importan­tes o distinguidos que en la primera etapa de su ascenso social acariciaron grandes esperanzas en pequeñas viviendas.



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