George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


Confidencias
Aquella noche, cuando Maggie subió a su dormitorio no pareció tener deseos de desvestirse. Depositó la vela en la primera mesilla que encontró y empezó a recorrer la gran habitación de un lado a otro con paso firme, regular y rápido, muestra de que el ejercicio era una vía de escape instin­tiva para una gran agitación. Los ojos y las mejillas le brillaban de modo casi febril; tenía la cabeza hacia atrás, las manos entrelazadas con las pal­mas hacia delante y los brazos extendidos y tensos, gestos que suelen acom­pañar a los momentos de gran concentración.

¿Acaso había sucedido algo importante?

Nada que el lector pudiera considerar relevante. Había estado escu­chando música hermosa cantada por una bonita voz de bajo, si bien con un estilo de aficionado de provincias que habría dejado mucho que desear al oído crítico del lector. Y era consciente de que la habían observado de modo furtivo y frecuente desde debajo de un par de cejas negras y defini­das, con una mirada que parecía advertir la influencia de la voz. Tales cosas no habrían causado efecto perceptible en una dama bien educada y muy equilibrada que hubiera disfrutado siempre de los privilegios de la fortu­na, la formación y el refinado trato social. Pero si Maggie hubiera sido esa joven dama, probablemente poco habría sabido de ella el lector; su vida habría tenido tan pocas vicisitudes que difícilmente podría haberse escri­to sobre ella; porque las mujeres más felices, como las más felices nacio­nes, carecen de historia31.

En la naturaleza hambrienta y tensa de Maggie, que acababa de salir de un colegio de tercera clase, con todos sus sonidos discordantes y tare­as mezquinas, estas causas aparentemente triviales habían tenido el efec­to de enardecer y exaltar su imaginación de modo misterioso incluso para sí misma. No es que pensara mucho en Stephen Guest o se recrea­ra en los indicios de que la miraba con admiración, sino que presentía la remota presencia de un mundo de amor, belleza y placer, construido con imágenes vagas y entremezcladas, procedentes de toda la poesía y la novela amorosa que había leído o había tejido en sus ensoñaciones. En una o dos ocasiones, evocó fugazmente la época en que se recreaba en las privaciones, cuando creía que había dominado los deseos e impaciencias, pero aquel tiempo parecía irremediablemente pasado y ni siquiera deseaba recordarlo. Ninguna oración ni ningún esfuerzo le devolvería ahora aquella paz negativa; al parecer, la batalla de su vida no se decidiría de aquel modo tan breve y sencillo: con la absoluta renuncia en el mismo umbral de la juventud. La música seguía vibrando en ella —la música de Purcell, con su poderosa pasión y fantasía— y no podía demorarse en el recuerdo de aquel tiempo pasado desnudo y solitario. Se encontraba de nuevo entre las nubes cuando se oyó un suave golpe en la puerta: naturalmente, era su prima, que entró vestida con una amplia bata.

—Vamos, Maggie, niña mala, ¿todavía no has empezado a desvestirte? —preguntó Lucy, asombrada—. Me prometí no venir a hablar contigo por­que pensaba que estarías cansada. Pero aquí estás, como si fueras a vestir­te para ir a un baile. Vamos, vamos, cámbiate y destrénzate el cabello.

—Bueno, tú tampoco has hecho mucho —repuso Maggie, cogiendo rápidamente la bata rosa y mirando el cabello castaño claro de Lucy, echado hacia atrás con los rizos en desorden.

—Oh, no tengo mucho que hacer. Me sentaré y hablaré contigo hasta que vea que vas a meterte en la cama.

Mientras Maggie estaba de pie y deshacía las largas trenzas sobre la tela rosa, Lucy permaneció sentada cerca del aguamanil, mirándola con ojos afectuosos y la cabeza un poco ladeada, como un lindo spaniel. Si te pare­ce increíble, lector, que dos jóvenes damas se sientan inclinadas a las con­fidencias en una situación como ésa, te ruego que recuerdes que la vida humana proporciona muchos casos excepcionales.

—Has disfrutado mucho con la música, ¿verdad, Maggie?

—Sí, eso es lo que me ha quitado el sueño. Creo que si siempre pudiera escuchar música no tendría otro deseo en este mundo. Tengo la sensación de que me llena el cuerpo de fuerza y la cabeza de ideas. La vida parece pasar sin esfuerzo cuando estoy llena de música. En otras ocasiones, uno es consciente de acarrear una carga.

—Y Stephen tiene una voz espléndida, ¿verdad?

—Bueno, quizá no seamos jueces adecuados —dijo Maggie riendo mien­tras se sentaba y se echaba el pelo hacia atrás—. Tú no eres imparcial y a mí cualquier organillo me parece espléndido.

—Cuéntame lo que piensas de él: dímelo todo, lo bueno y lo malo.

—Oh, creo que deberías bajarle un poco los humos. Un enamorado no debería mostrarse tan tranquilo y seguro. Debería estar un poco más tem­bloroso.

—¡Tonterías, Maggie! ¡Como si yo fuera capaz de hacer temblar a nadie! Te parece un poco engreído, ya me doy cuenta. Pero no te disgusta, ¿ver­dad?

—¡Disgustarme! ¡Claro que no! ¿Acaso tengo tanta costumbre de ver gente encantadora que resulto difícil de contentar? Además, ¡cómo iba a disgus­tarme nadie que hubiera prometido hacerte feliz, querida prima! —excla­mó Maggie, pellizcando suavemente la barbilla con hoyuelo de Lucy.

—Mañana por la tarde tendremos más música —dijo Lucy, feliz—, ya que Stephen traerá consigo a Philip Wakem.

—Oh, Lucy, no puedo verlo —contestó Maggie, palideciendo—. Por lo menos, no puedo verlo sin permiso de Tom.

—¿Tan tiránico es Tom? —preguntó Lucy, sorprendida—. Me hago res­ponsable: le diré que ha sido culpa mía.

—Pero, querida Lucy —contestó Maggie, vacilando—. Se lo prometí a Tom solemnemente, antes de que muriera mi padre. Le prometí que no habla­ría con Philip sin su conocimiento y consentimiento. Y me da mucho miedo volver a mencionar el tema ante él y que volvamos a pelearnos.

—En mi vida he oído hablar de nada tan raro y poco razonable. ¿Qué daño puede haber causado el pobre Philip? ¿Puedo hablar con Tom de esto?

—Oh, no, por favor, Lucy —le rogó Maggie—. Mañana mismo iré a verlo y le diré que tú quieres que Philip venga. Ya había pensado en pedirle que me liberara de mi promesa, pero nunca tuve valor suficiente para decidir­me a hacerlo.

—Maggie —dijo Lucy tras un silencio—: tienes secretos para mí y yo, en cambio, no te oculto nada.

Maggie apartó la vista de Lucy con aire pensativo. Finalmente se volvió hacia ella.

—Me gustaría contarte lo de Philip, pero no puedes decírselo a nadie y mucho menos a él o al señor Guest.

La narración duró mucho rato, ya que Maggie nunca había conocido el alivio de semejante desahogo. Nunca había contado a Lucy nada de su vida más íntima, y el dulce rostro inclinado hacia ella con interés y comprensión, y la manita que estrechaba la suya la animaba a seguir hablando. Sin embargo, no dio muchos detalles sobre dos aspectos: no reveló por completo lo que todavía le dolía como la mayor ofensa de Tom —los insul­tos que había vertido sobre Philip: como aquel recuerdo todavía la enfa­daba, no podía soportar compartirlo con nadie, tanto por Tom como por Philip— y tampoco fue capaz de contar a Lucy la última escena entre su padre y Wakem, aunque sentía que era una nueva barrera entre ella y Philip. Se limitó a explicar a Lucy que ahora se daba cuenta de que Tom tenía todo el derecho a considerar que el amor y el matrimonio entre ella y Philip eran imposibles debido a la relación de las dos familias. Sin duda, el padre de Philip nunca lo aprobaría.

—Bien, Lucy. Ahora conoces mi historia —dijo Maggie, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Ya ves que soy como sir Andrew Ague-cheek: en una ocasión me adoraron32.

—Ah, ahora entiendo que conozcas a Shakespeare y tantas otras cosas, y que hayas aprendido tanto desde que dejaste el colegio: me parecía cosa de brujería, parte de tu misterio —dijo Lucy. Tras meditar un instante con los ojos bajos, añadió, mirándola—. Es muy hermoso que ames a Philip, nunca pensé que pudiera llegarle semejante felicidad. Y creo que no debe­rías renunciar a él: ahora hay obstáculos, pero con el tiempo pueden eli­minarse.

Maggie negó con la cabeza.

—Sí, sí —insistió Lucy—. No puedo remediar ser optimista. Es una historia romántica, poco común, como debería ser todo lo que te sucediera. Y Philip te adorará como un marido de cuento de hadas. Intentaré darle vueltas en mi cabecita para inventar algún plan que haga entrar en razón a todo el mundo, de modo que puedas casarte con Philip cuando yo me case... con otra persona. ¿No sería un bonito final para todas las penas de mi pobrecita Maggie?



Maggie intentó sonreír, pero se estremeció como con un escalofrío repentino.

—Querida Maggie, tienes frío —dijo Lucy—. Debes meterte en la cama y yo también. No me atrevo ni a pensar en la hora que será.

Se despidieron con un beso y Lucy se marchó con una seguridad que tendría gran influencia sobre sus impresiones posteriores. Maggie había sido totalmente sincera: a su carácter le resultaba difícil ser de otro modo. Pero, incluso cuando son sinceras, muchas confidencias no hacen más que cegar.



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