George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


Primeras impresiones
—Stephen es muy inteligente, Maggie —dijo Lucy. Estaba arrodillada sobre un escabel, a los pies de Maggie, tras colocar a la oscura dama en un sillón de terciopelo carmesí—. Estoy segura de que te gustará. Espero que te guste.

—Difícilmente me daré— por satisfecha —contestó Maggie, sonriendo y tomando uno de los largos tirabuzones de Lucy para que los rayos de sol pasaran a través del cabello—. Un caballero que se considera lo bastante bueno para Lucy debe esperar duras críticas.

—Te aseguro que es demasiado bueno para mí. Y algunas veces, cuando está lejos, estoy tentada de creer que no es posible que me quiera. Pero cuando está conmigo nunca lo dudo, aunque no soportaría que nadie, excepto tú, supiera lo que siento, Maggie.

—Entonces, si no le doy mi aprobación, podrás dejarlo, puesto que no estáis comprometidos —bromeó Maggie con aire grave.

—Prefiero no estar comprometida: cuando llega el compromiso todos piensan en casarse pronto —confesó Lucy, demasiado preocupada para prestar atención a la broma de Maggie—, y a mí me gustaría que las cosas se quedaran como están durante mucho tiempo. Algunas veces me asusta la idea de que Stephen me diga que ha hablado con papá y, por algo que papá dijo el otro día, estoy segura de que él y el señor Guest están espe­rándolo. Y ahora las hermanas de Stephen se comportan conmigo con mucha cortesía: me parece que al principio no les gustaba que Stephen me hiciera caso; y era natural. Parece fuera de lugar que me vaya a vivir a un lugar enorme como Park House, yo que soy tan poca cosa.

—No se supone que el tamaño de las personas deba guardar proporción con las casas que habitan, como sucede con los caracoles —dijo Maggie entre risas—. Dime, ¿las hermanas de Stephen son gigantas?

—Oh, no. Ni tampoco guapas; bueno, no mucho —dijo Lucy, un poco arrepentida de aquella observación tan poco caritativa—. Pero él sí loes; por lo menos, todos lo consideran muy apuesto.

—¿Aunque tú seas incapaz de compartir esa opinión?

—¡Oh, no sé! —dijo Lucy, sonrojándose del cuello a la frente—. No es bueno despertar demasiadas expectativas; quizá te sientas decepcionada. Pero le he preparado una sorpresa encantadora y me reiré mucho de él, aunque no pienso contarte en qué consiste.

Lucy se levantó y se alejó un poco con la bonita cabeza ladeada, como si hubiera estado arreglando a Maggie para un retrato y deseara juzgar el efecto general.

—Levántate un momento, Maggie.

—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó Maggie, sonriendo lánguida­mente mientras se levantaba de la butaca y miraba desde su alta estatura a su prima menuda y aérea, cuya figura quedaba subordinada a sus impeca­bles ropajes de seda y crespón.

Lucy la contempló unos momentos en silencio.

—Maggie, no sé qué clase de hechizo posees para que te siente mejor la ropa vieja; de todas maneras, necesitas un vestido nuevo. Pero ayer inten­taba imaginarte con un traje hermoso y a la moda y, por muchas vueltas que le daba, el viejo vestido lacio de lana merino regresaba como lo único adecuado para ti. Me pregunto si María Antonieta también tenía un aspec­to magnífico cuando llevaba un vestido zurcido en los codos. En cambio, si yo me pusiera un traje ajado, resultaría muy insignificante, un pingajo.

—Claro, claro —contestó Maggie con burlona seriedad—. Correrías el ries­go de que te barrieran de la habitación, junto con las telas de araña y el polvo de la alfombra, y de encontrarte en el hogar, como Cenicienta. ¿Puedo sentarme ya?

—Sí, ya puedes —dijo Lucy riendo. Después, con aire de seriedad, se desprendió un gran broche de azabache—. Pero debemos cambiar los bro­ches, Maggie; esa pequeña mariposa no resulta apropiada para ti.

—Pero ¿no estropeará el efecto encantador de mi pobreza? —preguntó Maggie, sentándose obedientemente mientras Lucy se arrodillaba otra vez y le quitaba la despreciable mariposa—. Desearía que mi madre pensara lo mismo que tú, porque anoche estaba muy inquieta porque éste es mi mejor traje. He estado ahorrando dinero para pagar algunas clases: nunca tendré un empleo mejor si no hago más méritos.

Maggie lanzó un pequeño suspiro.

—Vamos, no pongas otra vez esa cara tan triste —dijo Lucy, prendiendo el gran broche bajo la hermosa garganta de Maggie—. Olvidas que has salido de esa horrible escuela y ya no tienes que remendar la ropa de las niñas.

—Sí —reconoció Maggie—, no me la quito de encima. Me siento como un pobre oso blanco que vi una vez en un espectáculo. Me pareció que la cos­tumbre de dar vueltas una y otra vez estaba tan arraigada en él que segui­ría haciéndolo aunque lo soltaran. La de ser desgraciado es una mala cos­tumbre.

—Pero voy a someterte a una disciplina de placer que te hará perder esa mala costumbre —dijo Lucy, prendiéndose distraídamente la mariposa negra en el cuello del vestido mientras sus ojos miraban los de Maggie con afecto.

—¡Eres un encanto! —exclamó Maggie, en uno de sus estallidos de admi­ración cariñosa—. Tengo la sensación de que disfrutas tanto con la felicidad de los demás que podrías prescindir de la tuya propia. Me gustaría ser como tú.

—Nunca he tenido que pasar por pruebas muy duras —contestó Lucy—. Siempre he sido muy feliz. No sé si podría soportar muchas penas, porque no he conocido otra que la muerte de mi pobre madre. En cambio, tú sí; y estoy segura de que sientes por los demás lo mismo que yo.

—No, Lucy —dijo Maggie, negando lentamente con la cabeza—. No dis­fruto como tú de la felicidad ajena; sentiría más satisfacciones si así fuera. Lamento que los demás pasen apuros y creo que no sería capaz de hacer desgraciada a otra persona, y, sin embargo, con frecuencia me odio por­que me enfurece contemplar la felicidad de los demás. Creo que empeo­ro a medida que crezco, me hago más egoísta. Eso me parece horrible.

—¡Vamos, Maggie! —la reprendió Lucy—. No me creo nada de lo que me cuentas. Sólo son fantasías pesimistas porque esa vida triste y tediosa te ha deprimido.

—Bien, quizá sea eso —dijo Maggie, apartando las nubes de su rostro con una radiante sonrisa al tiempo que se recostaba en el sillón—. Tal vez se deba a la dieta del colegio: budín de arroz aguado sazonado con Pinnock. Esperemos que desaparezca ante las cremas que prepara mi madre y este encantador Geoffrey Crayon30.

Maggie cogió el Libro de apuntes que se encontraba sobre la mesa, a su lado.

—¿Qué tal me queda este brochecito? —preguntó Lucy, encaminándose hacia el espejo de la chimenea para comprobar el efecto.

—Muy mal, el señor Guest tendrá que salir de la sala en cuanto te vea con él. Date prisa y ponte otro.

Lucy salió de la habitación a toda prisa, pero Maggie no aprovechó la oportunidad para abrir el libro: lo dejó caer sobre el regazo y dejó vagar los ojos hacia la ventana, por los macizos de flores primaverales y el largo seto de laureles bañados por el sol; más allá, se extendía el plateado Floss, el viejo y querido río que a aquella distancia parecía dormitar en una mañana festiva. El aroma dulce y fresco del jardín entraba por la ventana abierta y los pájaros se entretenían en revolotear, posarse, gorjear y cantar. Sin embargo, los ojos de Maggie se llenaron de lágrimas. La visión de los viejos lugares le hacía evocar recuerdos tan dolorosos que incluso la víspe­ra apenas había conseguido otra cosa que alegrarse de que su madre volviera a vivir con comodidades y de la fraternal amabilidad de Tom, de la misma manera que nos alegramos de que a algún amigo lejano le vayan bien las cosas, pero no compartimos su felicidad. La memoria y la imagi­nación le imponían una sensación de privación demasiado intensa para degustar lo que le ofrecía el efímero presente. Intuía que el futuro sería peor que el pasado, porque tras varios años de renuncia voluntaria, había vuelto a sentir anhelos y deseos: los días desdichados de ocupaciones desa­gradables le resultaban cada vez más duros, y las imágenes de la vida varia­da e intensa que ansiaba resultaban cada vez más persistentes. El ruido de la puerta la despertó de sus ensoñaciones y, secándose rápidamente las lágrimas, empezó a pasar las hojas del libro.

—Maggie: sé de un placer al que no puedes resistirte ni cuando estás más triste —dijo Lucy, lanzándose a hablar en cuanto entró en la sala—: la músi­ca. Y tengo intención de que disfrutes de ella en abundancia. Quiero que vuelvas a prepararte para tocar el piano, cosa que hacías mucho mejor que yo cuando estábamos en Laceham.



—Te habrías reído si me hubieras visto tocar canciones infantiles una y otra vez para las niñas pequeñas cuando les daba clase por el mero placer de tocar de nuevo las teclas —dijo Maggie—. Pero no sé si ahora seré capaz de tocar algo más difícil que una canción popular como Begone, dull care.

—Recuerdo lo muchísimo que disfrutabas cuando venían los del coro a cantar —dijo Lucy, tomando su bordado—. Podríamos deleitarnos con esas canciones que tanto te gustaban, siempre que no pienses lo mismo que Tom sobre ciertas cosas.

—Creía que estabas segura de ello —contestó Maggie con una sonrisa.

—Debería haber dicho: sobre un asunto en concreto. Porque si pien­sas lo mismo que él, perderemos la tercera voz. En Saint Ogg's hay poquísimos caballeros que canten: en realidad, sólo Stephen y Philip Wakem tienen suficientes conocimientos de música para leer una parti­tura.

Tras decir esta última frase, Lucy alzó la vista de la labor y observó un cambio en el rostro de Maggie.

—¿Te duele oír ese apellido, Maggie? Si es así, no volveré a hablar de él. Ya sé que Tom no quiere ni verlo, si puede evitarlo.

—No pienso lo mismo que Tom sobre esta cuestión —dijo Maggie, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la ventana, como si quisiera con­templar mejor el paisaje—. Siempre he apreciado a Philip Wakem, desde que lo conocí en Lorton cuando era pequeña. Fue muy bueno cuando Tom se hirió en el pie.

—¡Oh, cuánto me alegro! —exclamó Lucy—. Entonces, no te importará que venga algunas veces; con él podremos ampliar nuestro repertorio musical. Aprecio mucho al pobre Philip, aunque me gustaría que no diera a su enfermedad una importancia que me parece enfermiza. Supongo que por su culpa es un hombre tan triste y, algunas veces, incluso amargo. Sin duda, da pena ver ese pobre cuerpo jorobado y esa cara tan pálida entre personas grandes y fuertes.

—Pero Lucy... dijo Maggie, intentando detener aquel parloteo.

—Ah, llaman a la puerta, debe de ser Stephen —añadió Lucy sin advertir el débil esfuerzo de Maggie por hablar—. Una de las cosas que más admiro de Stephen es que Philip encuentra en él al mejor amigo.

Era ya demasiado tarde para que Maggie pudiera intervenir: se abrió la puerta del salón y Minny gruñó un poco mientras entraba un caballero alto que se dirigió hacia Lucy y le tomó la mano con una mirada a medias cortés y a medias de tierna interrogación que parecía indicar que no había advertido la presencia de nadie más.

—Permita que le presente a mi prima, la señorita Tulliver dijo Lucy, volviéndose con traviesa diversión hacia Maggie, que se acercaba ahora de la alejada ventana—: el señor Stephen Guest.

Durante unos instantes, Stephen no pudo ocultar su asombro al ver aquella alta ninfa de ojos negros y corona de cabello azabache. Maggie sin­tió que, por primera vez en su vida, recibía el homenaje de un profundo rubor y una marcada reverencia por parte de una persona ante la que ella también se sentía tímida. Esta nueva experiencia le pareció muy agrada­ble, tanto que casi borró la emoción anterior provocada por Philip. Cuando se sentó, los ojos le brillaban y tenía las mejillas sonrojadas de modo muy atractivo.

—Espero que advierta la sorprendente semejanza con el original que guarda el retrato que hizo ayer —se burló Lucy con una carcajada de triun­fo, encantada ante la confusión de su enamorado: normalmente, era él quien se encontraba en situación de ventaja.

—Esta intrigante prima suya me ha engañado por completo, señorita Tulliver —explicó Stephen, sentándose junto a Lucy y dejando de jugar con Minny mientras lanzaba a Maggie una mirada furtiva—. Me dijo que tenía usted el cabello claro y los ojos azules.

—¡Qué va! Fue usted quien lo dijo —protestó Lucy—: yo sólo me abstuve de destruir su confianza en su clarividencia.

—Desearía equivocarme siempre así —declaró Stephen— y encontrarme con que la realidad es mucho mejor que mis ideas preconcebidas.

—En cambio, ahora se ha mostrado a la altura de las circunstancias y ha dicho la frase oportuna —intervino Maggie, lanzándole una mirada de desafío: resultaba evidente que había hecho de ella un retrato satírico. Lucy le había contado que era aficionado a ello y Maggie añadió mental­mente: «Y bastante engreído».

«Una mujer endiablada», fue lo primero que pensó Stephen. Lo segun­do, cuando Maggie se inclinó de nuevo sobre la labor, fue: «Ojalá me mire otra vez». El tercer pensamiento fue para contestar:

—Las frases de mera cortesía son sinceras en algunas ocasiones. Cuando un hombre dice «gracias», algunas veces está agradecido. Aunque no es justo que deba emplear la misma palabra que utiliza todo el mundo para rechazar una invitación desagradable, ¿no le parece, señorita Tulliver?

—No —contestó Maggie, lanzándole una de sus miradas directas—. En las grandes ocasiones, las palabras sencillas tienen mayor fuerza, porque se advierte de inmediato que tienen un sentido especial, como los viejos estandartes o los ropajes cotidianos colgados en lugares sagrados.

—Entonces, mi cumplido debía de ser elocuente —dijo Stephen, sin saber muy bien qué decía mientras Maggie lo miraba—, puesto que mis palabras quedaban tan lejos de estar a la altura de la ocasión.

—Ningún cumplido es elocuente, excepto como expresión de indiferen­cia —repuso Maggie, sonrojándose un poco.

Lucy empezó a alarmarse ante la idea de que Stephen y Maggie no fue­ran a congeniar. Siempre había temido que Maggie pareciera demasiado inteligente y original para agradar a aquel caballero tan crítico.

—Pero, querida Maggie —intervino Lucy—, siempre has dicho que te gusta en exceso la admiración de los demás, y ahora me parece que te enfadas porque alguien te muestra admiración.

—En absoluto —contestó Maggie—; me gusta muchísimo advertir la admiración ajena, pero las fórmulas de cumplido no me hacen sentir nada.

—Entonces, no volveré a dirigirle ninguno, señorita Tulliver —dijo Stephen.

—Gracias, eso será una muestra de respeto.

¡Pobre Maggie! Estaba tan poco habituada a la vida social que era inca­paz de pasar por alto las meras fórmulas; como, además, no estaba acos­tumbrada a la charla superficial, el exceso de pasión que ponía en los inci­dentes más triviales resultaba absurdo para las damas más expertas. Sin embargo, en este momento era consciente del lado ridículo de la conver­sación. Era cierto que sentía un rechazo teórico hacia las fórmulas de cum­plido y, en una ocasión, había dicho a Philip con enfado que tan tonto era decir a las mujeres con boba sonrisa que eran hermosas como a los ancia­nos que eran venerables: con todo, no era razonable irritarse porque un desconocido como el señor Guest utilizara una fórmula habitual o hubie­ra hablado de ella de modo desdeñoso antes de verla, de modo que en cuanto se calló empezó a avergonzarse. No se le ocurrió que su irritación se debía a la agradable emoción que la había precedido, de la misma manera que cuando nos sentimos cálidamente arropados una inocente gota de agua fría nos sobresalta.

Stephen estaba demasiado bien educado para no advertir el sesgo incómodo de la conversación, de modo que pasó de inmediato a hablar de asuntos impersonales y a preguntar a Lucy si sabía cuándo iba a tener lugar por fin la venta de beneficencia, con la esperanza de ver cómo dirigía los ojos hacia objetos más agradecidos que las flores de estambre que crecían bajo sus dedos.

—Creo que algún día del mes que viene —contestó Lucy—, pero sus hermanas trabajan mucho más que yo: tendrán el puesto más grande.

—Ah, sí, pero realizan sus manufacturas en su salón, donde yo no las importuno. Observo que usted no es adicta al vicio de moda del bordado, señorita Tulliver —dijo Stephen, viendo que Maggie cosía un sencillo dobladillo.

—No —contestó Maggie—, no soy capaz de hacer nada más difícil o ele­gante que una camisa.

—Y tus puntadas son tan bonitas, Maggie —señaló Lucy—, que creo que te rogaré que me des unas cuantas piezas para mostrarlas como bordado. Tu exquisito modo de coser es un misterio para mí: en otros tiempos te dis­gustaba este tipo de trabajo.

—El misterio tiene explicación —dijo Maggie, alzando la vista con serenidad—. Puesto que era la única manera de conseguir dinero, tuve que esforzarme en aprender a coser bien.

La buena y simple de Lucy no pudo evitar sonrojarse un poco: no le gus­taba que Stephen lo supiera y Maggie no debía haberlo mencionado. Quizá aquella confesión fuera un gesto de orgullo: el orgullo de una po­breza que no quiere avergonzarse de sí misma. Sin embargo, aunque Maggie hubiera sido la reina de las coquetas, difícilmente podría haber inventado mejor modo de hacer más interesante su belleza a los ojos de Stephen: tal vez el reconocimiento de que cosía prendas de ropa y era pobre no hubieran bastado, pero ese hecho, sumado a su belleza, hacía de Maggie una mujer todavía más singular.

—Pero si es de alguna utilidad para vuestra venta benéfica, puedo hacer punto de media —prosiguió Maggie.

—Oh, sí, es muy útil. Mañana te daré lana escarlata. Por cierto —dijo Lucy, volviéndose hacia Stephen—, su hermana tiene un talento envidiable para modelar: está haciendo un busto asombroso del doctor Kenn, total­mente de memoria.

—Caramba, si se acuerda de ponerle los ojos muy juntos y las comisuras de los labios muy separadas, seguro que en Saint Ogg's todos le encuen­tran un parecido sorprendente.

—Es usted muy malo —protestó Lucy con aspecto ofendido—. Nunca habría pensado que pudiera usted hablar del doctor Kenn con tan poco respeto.

—¿He dicho algo irrespetuoso? ¡Dios no lo quiera! Pero no estoy obliga­do a respetar un busto suyo injurioso. Creo que Kenn es uno de los mejo­res hombres de este mundo. Me da igual que haya puesto esos altos can­delabros sobre la mesa de la comunión, y no quisiera estropear mi buen humor levantándome temprano para rezar. Pero es el único hombre que he conocido que parece poseer algún rasgo de un verdadero apóstol: un hombre que gana ochocientos al año y se contenta con muebles de pino y vaca hervida porque regala dos tercios de sus ingresos. Fue un gesto her­moso por su parte acoger en su casa al pobre chico aquel, Grattan, que mató a su madre de un disparo accidental. Le dedica más tiempo del que tendrían hombres menos ocupados para evitar que enloquezca y, por lo que veo, lleva al muchacho a todas partes.

—Eso está muy bien —dijo Maggie, que había dejado caer la labor y escuchaba con vivo interés—. Nunca conocí a nadie que hiciera cosas como ésas.

—Y este tipo de acciones son tanto más admirables cuanto que sus moda­les, en general, son fríos y severos —añadió Stephen—. No hay en él nada meloso o sensiblero.

—¡Oh, a mí me parece una persona estupenda! —exclamó Lucy con entusiasmo.

—No, en eso no puedo estar de acuerdo con usted —dijo Stephen con sarcástica gravedad.

—Entonces, ¿qué defecto le encuentra?

—Que es anglicano.

—Bueno, pues a mí me parece que ésa es la opción adecuada —dijo Lucy muy seria.

—En teoría, así es —explicó Stephen—, pero no desde un punto de vista parlamentario. Ha sembrado la discordia entre los disidentes y los segui­dores de la Iglesia de Inglaterra, y a un futuro diputado como yo, cuyos ser­vicios tanto necesita el país, le resultará molesto que se presente candida­to al honor de representar a Saint Ogg's en el Parlamento.

—¿De veras piensa usted presentarse? —preguntó Lucy con los ojos brillantes de un orgulloso placer que hizo que se desinteresara por el angli­canismo.

—Sin duda, cuando el espíritu de servicio público del viejo señor Leyburn y su gota lo empujen a ceder el paso a los demás. Mi padre pone en ello todas sus ilusiones. Y deben ustedes saber que dones como los míos suponen una gran responsabilidad —Stephen se levantó y, bromeando, se pasó las grandes manos blancas por el cabello con un gesto vanidoso—. ¿No lo cree usted así, señorita Tulliver?

—Sí —contestó Maggie sonriendo, sin levantar la vista—: tanta fluidez de palabra y serenidad no deben desperdiciarse en privado.

—Ah, advierto que es usted una mujer muy perspicaz —dijo Stephen—. Ha descubierto ya que soy charlatán y descarado. Las personas superficiales nunca lo advierten; tal vez debido a mis modales, imagino.

«No me mira cuando hablo de mí mismo —pensó mientras sus oyentes se reían—. Debo intentar otros temas.»

De modo que preguntó si Lucy tenía intención de asistir la semana siguiente a la reunión del Club del libro. A continuación le recomendó que escogiera la Vida de Cowper, de Southey, a menos que se sintiera incli­nada a la filosofía y quisieran sobresaltar a las damas de Saint Ogg's votan­do por uno de los tratados de Bridgewater. Naturalmente, Lucy quiso saber en qué consistían esos libros alarmantemente eruditos y, puesto que siempre resulta agradable elevar el nivel de conocimientos de las damas hablándoles familiarmente de temas que ignoran por completo, Stephen se mostró brillante gracias al tratado de Buckland que acababa de leer. Como recompensa, Maggie dejó caer la labor y fue quedándose tan absor­ta en aquella maravillosa historia geológica que permaneció sentada mirándolo, inclinada hacia delante con los brazos cruzados y olvidada de sí misma, como si él fuera el más aficionado al rapé de los viejos profeso­res y ella un alumno que ya luciera bozo. Stephen estaba tan fascinado por. aquella mirada amplia y clara que terminó por olvidarse de mirar de vez en cuando a Lucy: pero la dulce muchacha sólo se alegraba de que Stephen demostrara ante Maggie lo listísimo que era y de que terminaran siendo buenos amigos.

—Si así lo desea, puedo traerle el libro, señorita Tulliver —dijo Stephen cuando menguó el caudal de sus recuerdos—. Contiene muchas ilustracio­nes que tal vez le gustaría ver.

—Muchas gracias —contestó Maggie. Esta pregunta directa hizo que se sonrojara, volviera en sí y retomara la labor.

—No, no —intervino Lucy—. Debo prohibirle que zambulla a Maggie en los libros otra vez: no conseguiría sacarla de allí. Y quiero que pase unos días deliciosos de descanso, llenos de charlas y paseos en bote, a caballo y en carruaje.

—¡A propósito! —exclamó Stephen, mirando el reloj—. ¿Vamos al río a remar un rato? La marea nos permitirá ir hacia Tofton y podemos volver andando.

A Maggie le encantó la propuesta, porque hacía años que no iba al río. Cuando ésta se marchó para ponerse la capota, Lucy se entretuvo para dar una orden a la criada y aprovechó la oportunidad para decir a Stephen que Maggie no se oponía, a ver a Philip, de modo que era una pena que hubiera enviado esa nota la antevíspera; así que escribiría otra al día si­guiente invitándolo.

—Puedo pasar mañana por su casa, convencerlo y traerlo conmigo por la tarde —sugirió Stephen—. Mis hermanas querrán venir de visita en cuan­to les diga que su prima está aquí. Debo dejarles el campo libre por la mañana.

—Oh, sí, por favor, tráigalo —rogó Lucy—. ¿Verdad que va usted a apreciar a Maggie? —añadió en tono implorante—. ¿No es cierto que es una persona encantadora y de noble aspecto?

—Demasiado alta —dijo Stephen, agachando la cabeza para dirigirle una sonrisa—. Y demasiado vehemente: ya sabe usted que no es el tipo de mujer que me gusta.

Bien sabes, lector, que los caballeros tienden a hacer imprudentes confidencias negativas a las damas sobre otras mujeres más hermosas que ellas. Así es como muchas mujeres disfrutan con el conocimiento de que las damas hermosas disgustan en secreto a los hombres que se han sacrificado cortejándolas apasionadamente. Pocas cosas podrían definir mejor a Lucy que el hecho de que creyera a pies juntillas lo que había dicho Stephen y tomara la firme decisión de que Maggie no se enterara. Pero tú, lector, que te guías por una lógica superior a la verbal, habrás deducido de la desfavorable opinión de Stephen que cuando éste se enca­minó hacia el cobertizo del embarcadero iba calculando, con ayuda de una fértil imaginación, que, como consecuencia de aquel agradable plan, Maggie debería darle la mano por lo menos en dos ocasiones, y que un caballero que desea que lo observen las damas está muy bien situado cuando rema para ellas en un bote. ¿Y qué quería decir aquello? ¿Se había ena­morado súbitamente de la sorprendente hija de la señora Tulliver? Claro que no: en la vida real no existen estas pasiones. Además, estaba ya ena­morado y casi comprometido con la más adorable muchacha del mundo, y no era hombre dado a hacer el ridículo. Sin embargo, cuando se tienen veinticinco años, la gota no debilita todavía el sentido del tacto y el con­tacto con una muchacha hermosa no deja indiferente. Era algo perfecta­mente natural e inofensivo admirar la belleza y disfrutar de su contempla­ción, por lo menos en circunstancias como aquéllas. Y aquella muchacha, con su pobreza y sus problemas, resultaba muy interesante: era agradable contemplar la amistad entre las dos primas. Stephen reconocía que, por lo general, no le gustaban las mujeres de carácter acusado, pero en aquel caso la peculiaridad parecía ser de naturaleza superior: y siempre que uno no esté obligado a casarse con mujeres como ésas, lo cierto es que dan amenidad a las relaciones sociales.

Durante el primer cuarto de hora, Maggie no satisfizo las esperanzas de Stephen y no lo miró: los ojos se le llenaban con la imagen de las antiguas riberas que tan bien conocía. Se sentía sola, alejada de Philip, la única per­sona que la había querido con devoción, tal como siempre había deseado que la amaran. Pero al cabo de un rato atrajo su atención el rítmico movi­miento de los remos y pensó que le gustaría aprender a remar. Eso la des­pertó de sus sueños y preguntó si podría tomar un remo. Le pareció que aquello requería grandes enseñanzas y se sintió ambiciosa; el ejercicio le coloreó las mejillas y la empujó a aplicarse con alegría a la lección.

—No me daré por satisfecha hasta que sepa manejar ambos remos y pueda llevarlos de paseo a los dos —dijo con aire radiante cuando bajó del bote. Bien sabemos que Maggie tenía tendencia a distraerse y escogió un momento inoportuno para la observación: le resbaló el pie, pero afortu­nadamente Stephen Guest le tomó la mano con fuerza y la sostuvo.

—¿Se ha hecho usted daño? —preguntó Stephen, inclinándose para mirarla con inquietud. Resultaba muy agradable que alguien más alto y mas fuerte se ocupara de ella con tanta amabilidad. Maggie nunca había sentido una sensación parecida.

Cuando regresaron a la casa, encontraron al tío y a la tía Pullet sentados con la señora Tulliver en el salón, y Stephen se marchó apresuradamente tras pedir autorización para regresar por la tarde.



—Le ruego que traiga de nuevo el libro de las partituras de Purcell que se llevó —dijo Lucy—. Quiero que Maggie de oiga cantar las mejores cancio­nes.

La tía Pullet, convencida de que Maggie recibiría invitaciones para acompañar a Lucy, probablemente a Park House, se escandalizó ante la pobreza de su vestimenta, ya que cuando la contemplara da alta sociedad de Saint Ogg's supondría un desprestigio para toda la familia. Aquello exi­gía una solución rápida y contundente; y tanto Lucy como la señora Tulliver se lanzaron a debatir sobre lo que sería más adecuado para tal fin entre los excedentes del guardarropa de la señora Pullet. Maggie debía contar con un traje de noche lo antes posible y su estatura era similar a la de la tía Pullet.

—Pero es mucho más ancha de hombros que yo, no le quedará bien —dijo la señora Pullet . En otro caso, podría haber llevado ese hermoso traje de brocado negro sin retocarlo. Y mirad qué brazos —añadió la tía Pullet entristecida mientras alzaba el largo y bien torneado brazo de Maggie—. Imposible que le quepan mis mangas.

—Eso no importa, tía. Dénos el vestido, por favor —dijo Lucy—. Maggie no tiene por qué llevar manga larga y tengo mucho encaje negro para ribe­tearlas. Lucirá unos brazos preciosos.

—Es que los brazos de Maggie son muy bonitos —intervino la señora Tulliver—. Así eran los míos; aunque no tan morenos. Me gustaría que tuviera una piel como la de nuestra familia.

—¡No diga bobadas, tía! —dijo Lucy, dando palmaditas a su tía en el hombro—. Usted no entiende de estas cosas. Cualquier pintor de diría que la tez de Maggie es hermosa.

—Tal vez, querida —contestó da señora Tulliver con sumisión—. Tú sabes más que yo, pero cuando yo era joven la piel oscura no gustaba entre las personas respetables.

—No —contestó el tío Pullet, que se interesaba profundamente en la conversación de las damas mientras chupaba caramelos—. Aunque había una canción sobre una muchacha oscura titulada Nutbrown Maid. Decía algo de la loca Kate, pero no lo recuerdo bien.

—¡Vamos, vamos! —exclamó Maggie con una carcajada impaciente Si siguen hablando tanto de mi piel morena acabará por desaparecer.

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