George Eliot El molino del Floss



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Volumen III




Libro sexto

La gran tentación



Capítulo I


El dúo en el paraíso
El bien amueblado salón con el piano de cola abierto y la agradable vista sobre un jardín que desciende suavemente hasta un cobertizo situado en un embarcadero junto al Floss es el de la casa del señor Deane. La pul­cra damita vestida de luto cuyos tirabuzones de color castaño claro caen sobre el bordado de colores en que entretiene los dedos es, natural­mente, Lucy Deane; y el apuesto joven que se inclina de su silla para cerrar las tijeras con un chasquido ante el rostro diminuto del spaniel King Charles acostado sobre los pies de la joven dama no es otro que Stephen Guest, cuyo anillo con un brillante, perfume a rosas y aire de ociosa despreocupación a las doce del mediodía son el gracioso y aro­mático resultado del mayor molino de aceite y el muelle más grande de Saint Ogg's. El gesto con las tijeras es de una trivialidad aparente, pero el lector percibe al instante que hay detrás una intención que lo hace digno de un joven de cabeza grande y largos miembros; porque el lector advierte que Lucy desea las tijeras y se ve obligada, aunque a regaña­dientes, a echar atrás los rizos, alzar los dulces ojos de color avellana y sonreír amablemente al rostro que tiene a la altura de las rodillas mien­tras tiende la nacarada mano.

—Haga el favor de darme las tijeras, si es capaz de renunciar al gran pla­cer de mortificar a mi pobre Minny.

Al parecer, las tontas tijeras se han trabado en los nudillos y Hércules le tiende los dedos, atrapados sin remisión.

—¡Malditas tijeras! El ojo ovalado está al revés. Por favor, quítemelas.

—Quíteselas con la otra mano —sugiere Lucy con picardía.

Ah, es que es la mano izquierda y yo no soy zurdo.

Lucy se ríe y saca las tijeras dando golpecitos con sus diminutos dedos, cosa que, como es natural, predispone al señor Stephen a iniciar una repe­tición da capo, por lo cual aguarda a que éstas queden libres otra vez para apoderarse de ellas.

—No, no —protesta Lucy, guardándolas —. No voy a dejar que las coja otra vez, ya me las ha forzado. Y no haga gruñir a Minny. Si se sienta y se com­porta correctamente, le daré una noticia.



—¿De qué se trata? —preguntó Stephen, recostándose en la silla y pasando el brazo derecho por encima de una de las esquinas del respaldo. Podría haber estado posando para un retrato que representara a un apues­to joven de veinticinco años, de frente cuadrada, cabello de color castaño oscuro, corto y tieso, pero con una ligera ondulación en las puntas, como un denso campo de trigo, y una mirada entre ardiente y sarcástica bajo unas bien perfiladas cejas horizontales—. ¿Es una noticia muy importante?

—Sí, mucho. Adivínela.

—Que va a cambiar la dieta de Minny y le va a dar a diario tres galletitas de ratafía mojadas en nata.

—Totalmente equivocado.

—Bien; entonces, que el doctor Kenn ha estado predicando contra el bucarán y las damas de la localidad le han enviado una petición colectiva diciéndole que es una doctrina muy dura y no pueden soportarla.

—¡Debería darle vergüenza! —exclamó Lucy, frunciendo los labios con seriedad—. Es muy antipático por su parte que no lo adivine, porque se trata de algo que le mencioné hace poco.

—Pero usted me ha hablado de muchas cosas. ¿Acaso su tiranía femeni­na exige que cuando dice que lo ha mencionado alguna vez, yo lo adivine de inmediato?

—Sí, ya sé que piensa que soy boba.

—Pienso que es usted encantadora.

—¿Y la bobería forma parte de mi encanto?

—Jamás dije tal cosa.

—Pero yo sé que le gusta que las mujeres sean sosas. Philip Wakem lo traicionó y dijo eso un día cuando usted no estaba.

—Oh, ya sé que Phil se lo toma muy en serio, lo convierte en una cues­tión personal. Me parece que tiene que estar enamorado de alguna dama desconocida, alguna maravillosa Beatriz que conoció en el extranjero.

—¡Por cierto! —exclamó Lucy, dejando unos instantes la labor—. Se me acaba de ocurrir que no he averiguado si mi prima Maggie se negará a ver a Philip, tal como hace su hermano. Tom no quiere entrar en una sala si sabe que Philip está allí. Quizá Maggie piense igual y entonces no podre­mos formar el coro.

—Vaya, ¿su prima va a venir a pasar unos días? —preguntó Stephen con expresión de ligero fastidio.

—Sí, ésa era la noticia que usted había olvidado. Va a dejar su trabajo, en el que ha pasado casi dos años, pobrecilla. Desde que murió su padre. Y se quedará conmigo un mes o dos. Espero que varios meses.

—¿Y se supone que debo alegrarme con esa noticia?

—Oh, no. En absoluto —dijo Lucy, con aire levemente ofendido—. Yo sí estoy contenta, pero eso, naturalmente, no es motivo para que usted se ale­gre. Mi prima Maggie es la amiga que mas quiero en este mundo.

Y supongo que, cuando esté aquí, serán ustedes inseparables. No ten­dré la menor posibilidad de volver a tener un tête á tête con usted, a menos que le encuentre usted un admirador con el que emparejarla de vez en cuando. ¿Y cuál es la causa de ese rechazo hacia Philip? Podría haber sido un buen recurso.

—Es una pelea de familia con el padre de Philip. Creo que fue en circunstancias muy dolorosas, pero nunca lo he entendido ni lo he sabido todo. Mi tío Tulliver tuvo mala suerte y perdió todas sus propiedades, y, según creo, consideraba que el señor Wakem era, de un modo u otro, la causa. El señor Wakem compró el molino de Dorlcote, la antigua casa de mi tío, donde había vivido toda su vida. Recordará usted a mi tío Tulliver, ¿verdad?

—No —contestó Stephen con una indiferencia algo altiva—. Conozco el nombre de toda la vida y me atrevería a decir que conocía de vista al indi­viduo. Conozco la mitad de los nombres y rostros del vecindario, pero soy incapaz de relacionarlos.

—Era un hombre muy irascible. Recuerdo que cuando era pequeña e iba a visitar a mis primos, muchas veces me asustaba porque hablaba como si estuviera enfadado. Papá me contó que hubo una pelea terrible la misma víspera de la muerte de mi tío entre él y el señor Wakem, pero se echó tie­rra sobre el asunto. Todo esto sucedió cuando usted estaba en Londres. Papá dice que mi tío se equivocó en muchas cosas, que era un hombre amargado. Sin duda, para Maggie y para Tom ha de ser muy doloroso recordar estas cosas. Han sufrido muchos, muchos disgustos. Seis años atrás Maggie estaba conmigo en el colegio cuando se la llevaron debido a la desgracia de su padre y, según creo, desde entonces no ha conocido ape­nas ninguna diversión. Desde la muerte de su padre, ha tenido un empleo muy precario en un colegio, porque está decidida a ser independiente y no vivir con la tía Pullet; y entonces no le pude pedir que viniera conmigo porque mi querida mamá estaba enferma y todo era muy triste. Por eso quiero que venga ahora y pase unas vacaciones muy, muy largas.

—Eso es muy amable y angelical por su parte —dijo Stephen, mirándola con una sonrisa de admiración—, y todavía más si la muchacha posee la misma capacidad para la conversación que su madre.

—¡Pobrecita tía! Es usted cruel al ridiculizarla. Sé muy bien lo útil que me resulta. Lleva la casa muy bien, lo hace mucho mejor que cualquier desconocida. Y fue para mí de gran consuelo durante la enfermedad de mamá.

—Sí, pero en lo que respecta a la compañía, prefiero la de sus cerezas al brandy y los pastelillos de crema. Me estremezco al pensar en que su hija esté siempre presente en persona, sin los agradables representantes de su madre: una chica rubia y gorda, con redondos ojos azules que nos mire fijamente en silencio.

—¡Oh, sí! —exclamó Lucy, riendo con malicia y batiendo palmas—. ¡Así es exactamente mi prima Maggie! ¡Seguro que la ha visto alguna vez!

—Lo cierto es que no: sólo adivino cómo tiene que ser la hija de la seño­ra Tulliver. Y además, si va a echar a Philip, lo más parecido que tenemos a un tenor, será un fastidio adicional.

—Espero que no. Me parece que le rogaré a usted que visite a Philip y le diga que Maggie vendrá mañana. Conoce bien los sentimientos de Tom y siempre se mantiene alejado; de modo que si usted le dice que le he roga­do que le advierta que no venga hasta que yo le escriba pidiéndoselo, lo entenderá

—Preferiría que escribiera una notita. Phil es tan sensible que cualquier cosa bastaría para que dejara de venir, y nos costó mucho que participara. No consigo convencerlo nunca de que venga al Park: me parece que no le gustan mis hermanas. Sólo su toque feérico, Lucy, consigue aplacar sus plumas alborotadas.

Stephen se apoderó de la manita que se extendía hacia la mesa y la rozó con los labios. La pequeña Lucy se sentía feliz y orgullosa. Ella y Stephen se encontraban en esa etapa del cortejo que constituye el instante más exquisito de la juventud, el más tierno momento de floración de la pasión: cuando ambos están seguros del amor del otro pero no ha habido ninguna declaración formal y todo son adivinaciones mutuas que exaltan las palabras más triviales y el menor gesto para convertirlos en estremeci­mientos delicados y deliciosos como vaharadas de aroma a jazmín. Cuando el compromiso se hace explícito desaparece este sutil estado de suscepti­bilidad: entonces el jazmín está ya cogido y presentado en un gran ramo.

—Es rarísimo que haya adivinado tan exactamente el aspecto y los moda­les de Maggie —comentó la maliciosa Lucy, encaminándose a su escrito­rio—, porque bien podría haber sido como su hermano; y Tom no tiene los ojos redondos y jamás se le ocurriría mirar fijamente a los demás.

—¡Oh! Supongo que Tom salió a su padre, parece más orgulloso que el diablo. Aunque tampoco es un compañero muy brillante, diría yo.

—Me gusta Tom. Me regaló mi Minny cuando perdí a Lolo. Y papá lo quiere mucho, dice que Tom tiene excelentes principios. Gracias a él, su padre pudo pagar todas las deudas antes de morir.

—Ah, sí. Ya lo he oído contar; oí que su padre y el mío hablaban de ello en una de las interminables conversaciones de negocios que mantienen después de comer. Piensan hacer algo para ayudar al joven Tulliver, ya que les evitó enormes pérdidas cabalgando hasta aquí como un héroe, algo así como Turpin, para informarles de que un banco iba a suspender pagos o algo parecido, pero en aquel momento yo estaba medio dormido.

Stephen se levantó del asiento y paseó en dirección al piano, tararean­do en falsete la melodía de «Amado consorte» mientras pasaba las páginas del volumen de La creación que permanecía abierto en el atril.

—Venga usted a cantar esto —dijo cuando vio que Lucy se levantaba.

—¿«Amado consorte»? No creo que encaje con su voz.

No importa, encaja exactamente con mis sentimientos, que, como diría Philip, es lo fundamental para cantar bien. He advertido que muchos hombres con voces mediocres tienden a ser de esa opinión.

—El otro día Philip la tomó contra La creación —comentó Lucy, sentán­dose al piano—. Dice que contiene cierta complacencia dulzona, cierta fan­tasía aduladora, como si se hubiera escrito para la fiesta de cumpleaños de un gran duque alemán.

—Bah, él es el Adán caído y amargado; nosotros somos unos Adán y Eva que no caen y viven en el paraíso. Bien, empecemos por el recitativo, hon­rando a la moral. Usted cantará lo que es el deber de la mujer: «Obedecerte me procura alegría, felicidad y gloria».

—Oh, no. No pienso respetar a un Adán que lleva el tempo tan lento como usted —dijo Lucy, empezando a tocar el dúo.

Sin duda, el único cortejo que no conoce dudas ni temores será aquel en que los enamorados puedan cantar juntos. La sensación de mutua afi­nidad que surge de las dos notas profundas que satisfacen la expectación en el momento oportuno entre las notas de la voz argentina de la sopra­no, del acorde perfecto de las terceras y las quintas descendentes, de la amorosa persecución de una fuga acordada... es probable que todo ello sustituya a cualquier exigencia inmediata de formas de acuerdo menos apasionadas. La contralto no se ocupa de catequizar al bajo; el tenor no temerá una embarazosa falta de conversación en las tardes que pase con la hermosa soprano. En las provincias, donde la música era tan escasa en aquellos tiempos remotos, ¿cómo podían los aficionados a la música dejar de enamorarse unos de otros? Incluso los principios políticos debían de correr peligro de relajarse en esas circunstancias; y un violín fiel a los bur­gos podridos debía de sentirse tentado de confraternizar de modo des­moralizador con un violoncelo reformista. En ese caso, la soprano con gar­ganta de pájaro y el bajo de voz plena cantarían:
Junto a ti aumenta cada gozo,

junto a ti la vida es alegría.
Y se lo creerían, especialmente porque lo cantaban.

Ahora, cantemos el gran fragmento de Rafael —dijo Lucy cuando ter­minaron el dúo— Lo de «la tierra cede bajo el peso de las bestias» le sale a usted a la perfección.

—Eso parece un cumplido —señaló Stephen, mirando el reloj de bolsi­llo—. ¡Por Júpiter, si es casi la una y media! Bueno, sólo puedo cantar eso. Stephen cantó con admirable facilidad las profundas notas que repre­sentaban la amenaza de las pesadas bestias: pero cuando un cantante tiene dos oyentes, siempre es posible la disparidad de opiniones. La dueña de Minny estaba encantada, pero el perro, que se había atrincherado en su cesta, temblando, en cuanto empezó a sonar la música, consideró que aquel trueno era tan poco de su gusto que saltó y se marchó correteando hasta el más remoto chiffonier, considerándolo el lugar más seguro Para que un perrito esperara el juicio final.

—Adiós, amada consorte —dijo Stephen, abrochándose la chaqueta en cuanto terminó de cantar, sonriendo desde su alta estatura con el aire de amado condescendiente, a la damita situada delante del atril—. Mi gozo ya no aumenta, porque tengo que marcharme a casa. He prometido estar allí para comer.

—Entonces, ¿no podrá usted pasar a ver a Philip? No importa, se lo he dicho todo en la nota.

—Mañana estará usted ocupada con su prima, imagino.

—Sí, vamos a celebrar una pequeña fiesta familiar. Mi primo Tom come­rá con nosotros y la pobre tiíta tendrá a sus dos hijos junto a ella por pri­mera vez en mucho tiempo. Será muy bonito y me hace mucha ilusión.

—¿Podré venir pasado mañana?

—¡Oh, sí! Venga y le presentaré a mi prima Maggie, aunque, en realidad, se diría que ya la ha visto... La ha descrito tan bien...

—Adiós, entonces.

Tras una leve presión de las manos y un breve encuentro de miradas como aquéllos, es frecuente que una damita quede levemente ruborizada y con una sonrisa en los labios que no desaparece en cuanto se cierra la puerta, y tienda a caminar de aquí para allá por la habitación en lugar de sentarse tranquilamente ante su bordado u otra ocupación racional y edi­ficante. Por lo menos, ése fue el efecto que causó en Lucy; y espero que no consideres, lector, indicio de que la vanidad se imponía sobre otros impul­sos más tiernos el que echara algún vistazo al espejo de la chimenea cuan­do sus pasos la acercaban a éste. El deseo de saber que una no ha tenido aspecto de espantajo durante las escasas horas de conversación puede con­siderarse parte de una atención laudable y generosa hacia los demás. Y el carácter de Lucy era tan benevolente que tiendo a creer que impregnaba incluso sus pequeños egoísmos, de la misma manera que en otras perso­nas, de todos conocidas, los pequeños gestos benevolentes poseen un aroma, algo fétido, a egoísmo. Incluso en este momento, mientras camina arriba y abajo con un latido levemente triunfal en su corazón juvenil y la sensación de que la ama la persona más importante de su reducido mundo, se observa en sus ojos avellana una omnipresente y risueña benig­nidad en la que los efímeros destellos de vanidad casi han desaparecido, y si es feliz cuando piensa en su enamorado, es porque sus pensamientos se mezclan rápidamente con todas los dulces afectos y bondadosos cometidos con que llena sus apacibles días. Incluso en este momento, con esta alternancia instantánea que hace que dos corrientes de sentimientos o fantasías parezcan simultáneas, su pensamiento pasa continuamente de Stephen a los preparativos inacabados para la habitación de Maggie. La prima Maggie debía recibir el mismo trato que una gran dama: no, mejor incluso, porque tendría en su dormitorio los mejores dibujos e ilustracio­nes de Lucy, y el mejor ramo de flores primaverales sobre la mesa. A Maggie le gustaría todo aquello, ¡le gustaban tanto las cosas bonitas! Y la pobre tía Tulliver, de la que nadie se ocupaba... se llevaría una sorpresa cuando recibiera una cofia buenísima y el brindis en su honor que Lucy pensaba organizar con su padre aquella tarde. ¡Desde luego, no tenía tiempo que perder recreándose en los sueños sobre sus felices amoríos! Con estos pensamientos se dirigió hacia la puerta, pero allí se detuvo.

—¿Qué te pasa, Minny? —dijo, agachándose en respuesta a los gemidos del pequeño cuadrúpedo; tras alzar la brillante cabeza del perro hasta su rosada mejilla, añadió—: ¿Pensabas que me marchaba sin ti? Ven, vamos a ver a Simbad.



Simbad era el caballo zaino de Lucy, al que alimentaba con su propia mano cuando lo sacaban al cercado. Le gustaba dar de comer a los ani­males dependientes, conocía los gustos de todos los seres de la casa y se deleitaba con el murmullo de los canarios cuando tenían el pico lleno de semillas, al igual que con los pequeños placeres de aquellos animalitos que mordisqueaban la comida y que, a riesgo de parecer demasiado trivial, lla­maré aquí los roedores más familiares.

¿Acaso Stephen Guest no acertaba en su decidida opinión al pensar que aquella esbelta doncella de dieciocho años era exactamente el tipo de esposa con la que un hombre no se arrepentiría de haberse casado? Una mujer afectuosa y considerada con otras mujeres, que no les daba besos de judas mientras escudriñaba en busca de bienvenidos defectos, sino que se interesaba realmente por sus sufrimientos semiocultos y disfrutaba pro­porcionándoles pequeños placeres. Quizá la admiración de Stephen no ponía énfasis en esta poco frecuente cualidad, pues tal vez Stephen apro­baba su elección precisamente porque Lucy no le parecía una rareza. Los hombres desean que las mujeres sean hermosas: bien, Lucy lo era, pero no de modo enloquecedor. Los hombres desean que sus esposas sean damas cumplidas, amables, afectuosas y que no sean tontas: Lucy poseía todas esas cualidades. A Stephen no le sorprendía advertir que estaba enamora­do de ella y era consciente de su buen juicio al preferirla a la señorita Leyburn, la hija de un miembro del gobierno local, aunque Lucy era sólo la hija de un socio menor de su padre; además, había tenido que desafiar y vencer la leve renuencia y la decepción de su padre y sus hermanas, cir­cunstancia que da a cualquier joven una agradable conciencia de su dig­nidad. Stephen sabía que poseía sensatez e independencia suficientes para escoger, sin dejarse influir por consideraciones indirectas, a la mujer que probablemente lo haría feliz. Había elegido a Lucy de modo plenamente consciente: era una muchacha adorable y exactamente el tipo de mujer que siempre había admirado.



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