George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


Se espera la llegada de Tom
Maggie se llevó una gran decepción cuando no le permitieron ir en la cale­sa con su padre para recoger a Tom en la academia y llevarlo a casa; pero la mañana era demasiado lluviosa, declaró la señora Tulliver, para que saliera una niña cubierta con su mejor capota. Maggie defendió con empe­ño el punto de vista contrario y, como consecuencia directa de esta dife­rencia de opinión, cuando su madre estaba cepillando la rebelde melena negra, Maggie escapó de sus manos y sumergió la cabeza en una palanga­na cercana, movida por la vengativa decisión de que aquel día no hubiera más rizos.

—Maggie, Maggie —exclamó la señora Tulliver, enérgica e impotente, sentada con los cepillos en el regazo—. ¿Qué va a ser de ti, si eres tan tra­viesa? Se lo contaré a la tía Glegg y a la tía Pullet cuando vengan la sema­na que viene y nunca más te querrán. ¡Vaya por Dios! Mira el delantal lim­pio, empapado de arriba abajo. La gente pensará que esta niña es un cas­tigo de Dios por algo malo que he hecho.



Antes de que terminara la reconvención, Maggie se encontraba ya tan lejos que no podía oírla, de camino al gran desván que se extendía bajo el viejo y agudo tejado, sacudiéndose el agua de los negros mechones mientras corría, como un terrier de Skye escapado del baño. Este desván era el refugio favorito de Maggie cuando llovía y no hacía demasiado frío: allí se esfumaba su mal humor, hablaba en voz alta a los suelos y estantes carcomidos, y a las oscuras vigas engalanadas con telas de araña, y allí guardaba un fetiche al que castigaba por todas sus desventuras. Era una gran muñeca de madera que en otros tiempos miraba fijamente con ojos redondísimos sobre sonrosadísimas mejillas, desfigurada ahora tras una larga vida de sufrimiento vicario. Los tres clavos hundidos en la cabe­za conmemoraban otras tantas crisis sucedidas durante los nueve años de lucha terrena, después de que la imagen de Yael matando a Sísera en una vieja Biblia le sugiriera esa refinada venganza. El último clavo lo había hundido con un golpe más violento que de costumbre, porque en esa ocasión el fetiche representaba a la tía Glegg. Pero inmediatamente después, Maggie pensó que si hundía demasiados clavos no podría ima­ginar que la cabeza se lastimaba cuando la golpeaba contra la pared, ni tampoco podría consolarla o simular una cataplasma cuando se le pasa­ba la furia, ya que incluso la tía Glegg era digna de lástima cuando esta­ba herida y humillada hasta el punto de rogar a su sobrina que la per­donara. A partir de entonces, no le hundió más clavos y se tranquilizó frotando y golpeando la cabeza de madera contra los ladrillos rojos de las grandes chimeneas que formaban los dos pilares cuadrados que sos­tenían el tejado. Y eso fue lo que hizo aquella mañana al llegar a la buhardilla mientras sollozaba con una pasión tal que eliminaba cual­quier otra forma de conciencia, incluso el recuerdo del agravio que la había provocado. Cuando, finalmente, los sollozos se extinguían y aplas­taba ya a la muñeca con menos furia, un repentino rayo de sol que entró por la celosía de alambre y fue a dar sobre los estantes carcomidos la empujó a lanzar la muñeca y a correr a la ventana. El sol se abría paso, el sonido del molino parecía otra vez alegre, las puertas del granero esta­ban abiertas y allí se encontraba Yap, el raro terrier blanco y castaño con una oreja hacia atrás, trotando por ahí y olfateando vagamente, como si buscara un compañero. Era irresistible: Maggie se apartó el cabello hacia atrás y corrió escaleras abajo, agarró la capota y, sin ponérsela, echó un vistazo y salió corriendo por el pasillo para no cruzarse con su madre; pronto se encontró en el patio, dando vueltas sobre sí misma como una pitonisa.

—Yap, Yap: Tom viene a casa —cantó mientras Yap brincaba y ladraba a su alrededor, como si dijera que si lo que hacía falta era ruido, allí estaba él.

—¡Eh, eh!, señorita, que se va a marear y se va a caer al suelo —gritó Luke, el encargado del molino, un hombre de gran estatura y hombros anchos, de ojos y cabello negro, que contaba cuarenta años de edad; estaba espol­voreado de harina, como si fuera una prímula aurícula.

Maggie dejó de dar vueltas un momento y dijo, tambaleándose un poco.

—Oh, no, no me mareo. Luke, ¿puedo entrar en el molino contigo?

A Maggie le gustaba vagar por el gran espacio interior del molino y muchas veces salía con el cabello negro cubierto de una suave blancura que le hacía brillar los ojos oscuros con nuevo fuego. El resuelto estruen­do, el movimiento incesante de las grandes piedras —que provocaba en ella un vago y delicioso temor, como si se encontrara ante una fuerza incontrolable—, la harina que caía y caía, el fino polvo blanco que suavi­zaba todas las superficies y hacía que las mismas telarañas parecieran encajes feéricos, el olor puro y agradable de la harina: todo ello contri­buía a que Maggie sintiera que el molino era un mundo pequeño, distin­to de su vida cotidiana. Las arañas, en especial, le llamaban la atención: se preguntaba si tendrían parientes en el exterior del molino, porque en ese caso la relación familiar debería de ser muy complicada: una araña gorda y harinosa, acostumbrada a comer moscas bien espolvoreadas, sufriría un poco cuando la invitara una prima a tomar moscas au naturel, y las señoras arañas se sorprenderían bastante al comparar su distinto aspecto. Pero la zona del molino que más le gustaba era el piso superior, donde se almacenaba el grano en grandes montones, sobre los que se podía sentar y deslizarse una y otra vez. Tenía costumbre de hacerlo mien­tras conversaba con Luke, con el que se mostraba muy comunicativa por­que deseaba que tuviera una buena opinión de su inteligencia, como su padre.

Quizá, en aquella ocasión, le pareció necesario recuperar su posición ante él porque, mientras se deslizaba sobre el montón de grano junto al que él trabajaba, le gritó con el tono agudo imprescindible en la vida social del molino.

—Imagino que el único libro que has leído es la Biblia, ¿no, Luke?

—Ajá, señorita. Y no gran cosa —contestó Luke con franqueza—. No soy de mucho leer.

—¿Y si te presto uno de mis libros, Luke? No tengo libros muy bonitos que puedan ser fáciles, pero tengo el Viaje por Europa de Pug2, que t'ex­plicará cómo son los distintos tipos de personas que hay en el mundo, y si no entiendes lo que pone, las imágenes t’ayudarán, porque enseñan el aspecto y las costumbres de la gente y lo que hacen. Por ejemplo, salen los holandeses, que son gordos y fuman, y uno está sentado en un barril.

—¡Ca!, señorita! No me gustan los holandeses. No gano nada sabiendo cosas suyas.

—Pero son nuestros semejantes, Luke: debemos saber cosas de nuestros semejantes.

—No tan semejantes, digo yo, señorita. Lo único que sé es lo que pensa­ba mi antiguo amo, un individuo sabio que decía: «No se le ocurre ni a un holandés sembrar trigo sin quemar rastrojos». Lo que quiere decir que dos holandeses son tontos. ¡Ca!, no pienso ocuparme ni un momento de dos holandeses: ya hay aquí bastantes tontos y sinvergüenzas pa buscarlos en dos libros.

—Ah, bueno —contestó Maggie, bastante decepcionada por aquellos puntos de vista inesperadamente firmes sobre dos holandeses—. Entonces, a lo mejor te gustaría más la Naturaleza viva, que no tiene holandeses, sino elefantes, canguros y civetas, peces duna y un pájaro que se sienta sobre la cola y no recuerdo cómo se llama. Hay países llenos de animales como estos en lugar de caballos y vacas, ¿lo sabías? ¿No te gustaría saber cosas sobre ellos?

—¡Ca, señorita! Lo mío es contar la harina y el trigo: pa qué voy a saber otras cosas. Eso es lo que lleva a la gente a la horca: saber de todo menos lo importante pa ganarse el pan. Y casi to lo de dos libros es mentira. Las hojas impresas mienten tanto como dos vendedores callejeros.

—Vaya, Luke: eres como mi hermano Tom —dijo Maggie, deseando dar un giro agradable a da conversación—. A Tom no le gusta leer. Lo quiero más que a nadie en el mundo, Luke. Cuando crezca, yo me ocuparé de su casa y viviremos siempre juntos. Yo puedo contarle todo do que no sabe. Pero yo creo que Tom es listo, aunque no le gusten los libros: sabe fabri­car bonitas cuerdas para látigos y jaulas para conejos.

—Ah —dijo Luke—, pos se llevará un disgusto porque se han muerto tos.

—¡Se han muerto! —gritó Maggie, levantándose de un brinco de la pen­diente del grano—. ¡Oh, Luke! ¿El de las orejas gachas y la coneja con manchitas en las que Tom se gastó todo su dinero?

—Están muertos como topos —contestó Luke, utilizando como elemento de comparación dos inconfundibles cadáveres colgados de un clavo en la pared del establo.

—Oh, querido Luke —se lamentó Maggie mientras le rodaban lágrimas por las mejillas—: Tom me encargó que me ocupara de ellos y se me olvi­dó. ¿Y ahora qué hago?

—Bueno, señorita, es que estaban en esa caseta de aperos que esta tan lejos y nadie se ocupaba de ellos. Creo que el señorito Tom le dijo a Harry que les diera de comer, pero no se puede contar con él: no iba nunca a ocu­parse, porque no piensa en na más que en sus tripas: ojalá se le rompan.

—Pero Luke, Tom me dijo que me acordara de dos conejos cada día, pero ¿cómo iba a hacerlo, si ni me pasaban por la cabeza? Ay, se enfadará muchísimo conmigo, estoy segura, y se pondrá muy triste por los conejos, por eso yo también estoy triste. ¿Y ahora qué hago?

—Calma, señorita —dijo Luke con voz tranquilizadora—. Los conejos de orejas gachas son muy delicaos y se habrían muerto de tos modos. Las cosas que van contra la naturaleza no prosperan, a Dios nuestro señor no le gus­tan. Hizo a los conejos con las orejas pa'trás y no tienen na que hacer con las orejas palante, como las de un mastín. Así aprenderá el señorito Tom a no comprar cosas d’esas. Tranquila, señorita. ¿Quiere venir a ver a mi mujer? Me voy ahora mismo.

La invitación supuso una agradable distracción para la pena de Maggie, y las lágrimas fueron desapareciendo mientras trotaba junto a Luke en dirección a la agradable casita que se alzaba entre manzanos y perales y dis­frutaba de la dignidad adicional de un cobertizo a modo de pocilga junto a la orilla del Ripple. La señora Moggs, la esposa de Luke, le resultaba muy simpática: materializaba su hospitalidad en pan y melaza y, además, era dueña de varias obras de arte. Maggie olvidó que tuviera algún motivo de tristeza aquella mañana tras subirse a una silla para contemplar una nota­ble serie de ilustraciones que representaban al hijo pródigo vestido como sir Charles Grandison, con la única excepción de que, como era de espe­rar de un carácter de tan escasa moralidad, a diferencia del héroe consu­mado, no había tenido ni el gusto ni la entereza suficientes para prescin­dir de la peluca. Sin embargo, la carga indefinible que habían dejado en su espíritu los conejos muertos de hicieron sentir más pena que de cos­tumbre por la vida de aquel débil joven, especialmente cuando contempló la imagen donde se apoyaba en un árbol con aspecto fláccido, los calzones desabrochados y la peluca torcida, mientras dos cerdos, aparentemente de una raza extranjera, parecían insultarlo devorando cascabillo animada­mente.

—Me alegro mucho de que su padre lo aceptara, ¿tú no, Luke? —pre­guntó Maggie—. Porque él estaba muy arrepentido, sabes, y no quería vol­verlo a hacer.

—Eh, señorita —contestó Luke—. El chico no era gran cosa, hiciera lo que hiciera su padre.

Esta idea entristeció a Maggie, que habría deseado conocer la historia posterior del joven.

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