George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VII


Juicio final
El señor Tulliver era un hombre esencialmente sobrio, capaz de tomar una copa a gusto, pero que nunca rebasaba los limites de la moderación. Poseía un temperamento activo, similar al de Hotspur, que no necesitaba fuego liquido para animarse; por lo general, su impetuosidad estaba a la altura de cualquier ocasión excitante sin refuerzos de esa clase, y el deseo de tomar agua con brandy implicaba que una alegría demasiado repentina había caído como un sobresalto peligroso en un cuerpo deprimido por cuatro años de tristeza y una carga inusualmente dura. Pero aquel primer momen­to de inestabilidad pasó y pareció recuperar las fuerzas a medida que incre­mentaba su entusiasmo y, al día siguiente, cuando se encontró sentado ante la mesa con sus acreedores, con los ojos encendidos y las mejillas sonroja­das con la conciencia de que estaba a punto de ofrecer de nuevo una apariencia honorable, se parecía al Tulliver de otros tiempos, orgulloso, segu­ro de sí mismo, cálido en el trato y en el carácter, mucho más de lo que le habría parecido posible a cualquiera que se hubiera cruzado con él una semana antes, cabalgando, tal como había sido su costumbre durante los últimos cuatro años, desde que la sensación de fracaso y las deudas habían caído sobre él: cuando, con la cabeza gacha, lanzaba miradas breves y reti­centes si no tenía otro remedio. Pronunció un discurso y declaró sus hon­rados principios con su antiguo entusiasmo; aludió a los bribones y a la suerte que había tenido en contra, pero que gracias al esfuerzo y a la ayuda de un buen hijo, había triunfado sobre ellos; terminó su intervención con­tando el modo en que Tom había conseguido la mayor parte de aquel dine­ro tan necesario. Pero la irritación y triunfo hostil pareció diluirse durante un rato en el más puro orgullo y placer paterno cuando, después de que se propusiera un brindis a la salud de Tom y el tío Deane aprovechara la oca­sión para dirigir unas pocas palabras de elogio sobre el carácter y la con­ducta de éste, el muchacho se puso en pie y pronunció el único discurso de su vida. Difícilmente pudo haber sido más breve: dio las gracias a los caba­lleros presentes por el honor que le habían hecho. Se alegraba de haber podido ayudar a su padre a demostrar su integridad y recuperar su buen nombre y, por su parte, esperaba no deshacer lo hecho ni manchar su ape­llido. Pero el aplauso que siguió fue tan grande y Tom tenía un aire tan caballeroso, tan alto y derecho, que el señor Tulliver destacó, a modo de explicación a sus amigos situados a su izquierda y a su derecha, que había gastado mucho dinero en la educación de su hijo.

El grupo se separó con toda sobriedad a las cinco. Tom permaneció en Saint Ogg's para ocuparse de algunos asuntos y el señor Tulliver montó su caballo para dirigirse a casa y describir los memorables acontecimientos, todo lo dicho y hecho, a «la pobre Bessy y a la mocita». El aire de animación que lo envolvía apenas se debía al buen humor o a cualquier otro estímu­lo, sino al fuerte vino de la alegría triunfante. Ese día no escogió ninguna calle apartada, sino que cabalgó lentamente, con la cabeza bien alta y mirando de un lado a otro por la calle principal, de camino hacia el puen­te. ¿Por qué no podía encontrarse con Wakem? Le mortificaba que no se produjera esa coincidencia y se puso a darle vueltas a la idea con cierta irri­tación. Quizá Wakem hubiera salido aquel día de la población a propósito para no ver ni oír nada sobre el acto honorable que había tenido lugar y que tal vez lo mortificara un poco. Si por casualidad se encontraba con Wakem, el señor Tulliver lo miraría directamente a la cara, y el muy bri­bón tal vez se achantara un poco ante su altivez fría y dominante. No tar­daría en entender que no iba a seguir teniendo a su servicio a un hombre honrado y que su honradez dejaría de llenar una bolsa ya llena de ganan­cias ilícitas. Tal vez la suerte estaba empezando a cambiar: quizá el demo­nio no tenía siempre las mejores cartas en este mundo.



Con los pensamientos en ebullición, el señor Tulliver se aproximó a la puerta de la cerca del molino de Dorlcote y se acercó lo bastante para ver que una figura bien conocida salía por ella montada en un hermoso caba­llo negro. Se encontraron a unas cincuenta yardas de las puertas, entre los grandes castaños y olmos y el talud.

—Tulliver —dijo Wakem bruscamente, en tono más altivo que de costumbre—. Qué tontería es esa que ha hecho esparciendo los terrones duros en el cercado. Ya le dije lo que tenía que hacer, pero algunos no son capa­ces de aprender a trabajar la tierra con método.

—¡Oh! —dijo Tulliver, estallando repentinamente—. Entonces, búsquese para ese trabajo a uno que quiera recibir clases.

—Imagino que ha estado bebiendo —dijo Wakem, convencido de que eso explicaba el rostro congestionado de Tulliver y el brillo de sus ojos.

—No, no he bebido —dijo Tulliver—. No quiero que la bebida me ayude a tomar la decisión de no seguir trabajando para un sinvergüenza.

—¡Muy bien! Entonces, abandone mis tierras mañana, contenga su len­gua insolente y déjeme pasar.

Tulliver estaba haciendo retroceder a su caballo para bloquear el paso a Wakem.

—No, no pienso dejarle pasar —dijo Tulliver, furioso—. Primero le diré lo que pienso de usted. Es un bribón demasiado grande para que lo cuel­guen, es...

—Déjeme pasar, bruto ignorante, o me echaré encima.

El señor Tulliver, espoleando su caballo y alzando el látigo, se lanzó hacia delante, y el caballo de Wakem, tras retroceder y tambalearse, tiró al jinete de la silla y lo echó al suelo junto a él. Wakem tuvo la presencia de ánimo de soltar la brida de inmediato y, mientras el caballo daba unos cuantos pasos tambaleándose y recuperaba el equilibrio, podría haberse levantado y haber montado de nuevo sin más inconvenientes que una sacudida y una contusión. Pero antes de que pudiera levantarse, Tulliver había desmontado. La visión de aquel hombre tan odiado a su merced lo lanzó a un frenesí de venganza triunfal que parecía darle una agilidad y una fuerza extraordinarias. Se precipitó hacia Wakem, que estaba inten­tando ponerse en pie, lo agarró por el brazo izquierdo, de modo que todo el peso del hombre se apoyaba en el derecho, que seguía sobre el suelo, y le azotó ferozmente la espalda con la fusta. Wakem gritó pidiendo ayuda, pero no obtuvo ninguna hasta que se oyó el grito de una mujer y el grito de «¡Padre, Padre!»,.

De repente, Wakem advirtió que algo había detenido el brazo del señor Tulliver, ya que cesaron los azotes y la mano que lo sujetaba se relajó.

—¡Fuera! ¡Vete! —gritó Tulliver, furioso. Pero no se dirigía a Wakem.

El abogado se levantó lentamente y, al volver la cabeza, vio que Tulliver no se había detenido por temor a lastimar a la joven que se aferraba a él, sino porque ésta le sujetaba los brazos con todas sus fuerzas.

—¡Luke! ¡Madrel ¡Vengan a ayudar al señor Wakem! —gritó Maggie cuando por fin oyó que se acercaban unos pasos.

Ayúdame a subir a este caballo, que es más bajo —dijo Wakem a Luke—, quizá pueda, aunque, maldita sea, me parece que tengo el brazo disloca­do.

Con cierta dificultad subieron a Wakem al caballo de Tulliver. Después se volvió hacia el molinero.

—Lo pagará muy caro, se lo aseguro —dijo, pálido de ira—. Su hija es testigo de que me ha atacado.

—Me da igual —dijo el señor Tulliver con voz gruesa y feroz—. Vaya por ahí enseñando cómo tiene la espalda y diga que le he dado latigazos. Cuénteles que ahora este mundo es un poco más justo.

—Lleva mi caballo a mi casa —ordenó Wakem a Luke—. Por el transbordador de Toften, no por el centro del pueblo.

—¡Padre, entre en casa! —imploró Maggie. Después, viendo que Wakem se había marchado y que ya no era posible que se repitieran las escenas de violencia, soltó a su padre y estalló en sollozos histéricos, mientras la pobre señora Tulliver permanecía en pie en silencio, temblando de miedo. Sin embargo, Maggie advirtió que, a medida que soltaba a su padre, éste empezaba a sujetarse y a apoyarse en ella. La sorpresa puso fin a las lágri­mas.

—Me encuentro mal, estoy débil —dijo—. Ayúdame a entrar en casa, Bessy. Estoy mareado, me duele la cabeza.

Entró lentamente, sostenido por su esposa y su hija, y se tambaleó hasta el sillón. El tono encendido de su rostro se había convertido en palidez y tenía las manos frías.

—¿No sería mejor que enviáramos a buscar al médico? —dijo la señora Tulliver.

Él parecía sufrir demasiado y encontrarse demasiado débil para oírla, pero cuando la señora Tulliver dijo a Maggie: «Encárgate de que alguien vaya a buscar al médico», la miró, perfectamente consciente.

—¿Al médico? No, nada de médicos —dijo—. Sólo me duele la cabeza. Ayudadme a meterme en la cama.

¡Triste final del día que había amanecido para todos como el principio de tiempos mejores! Pero cuando se mezclan las semillas, las cosechas salen mezcladas.

Media hora después de que su padre se hubiera acostado, Tom llegó a casa. Bob Jakin iba con él; había acudido con la intención de felicitar «al antiguo amo», no sin cierto orgullo justificado por el modo en que había contribuido a la suerte del señor Tom; y Tom había pensado que a su padre le encantaría terminar el día charlando con Bob. Sin embargo, Tom, tuvo que pasar la tarde en la triste espera de las consecuencias desagrada­bles que tendría el loco estallido de aquella rabia que su padre había con­tenido durante tanto tiempo. Después de que le comunicaran las doloro­sas noticias, Tom permaneció sentado y en silencio: no tenía ánimos ni ganas de contar a su madre y a su hermana nada de lo sucedido durante la comida, y ellas apenas se preocuparon de preguntárselo. Se diría que en el tejido de su vida, las hebras se entrelazaban de tal modo que no podían tener una alegría sin que llegara enseguida la pena. Tom se sentía abatido al pensar que sus esfuerzos ejemplares siempre se veían frustrados por los errores ajenos: Maggie revivía, una y otra vez, el agónico momento en que corrió para lanzarse sobre el brazo de su padre, con un vago y siniestro pre­sentimiento de las penas que los esperaban. Ninguno de los tres estaba particularmente alarmado por la salud del señor Tulliver: los síntomas no se parecían a los del anterior ataque y se diría que, simplemente, como consecuencia necesaria de la pasión violenta y el esfuerzo realizado tras varias horas de una excitación extraordinaria, había caído enfermo. Probablemente, el descanso lo curaría.

Tom, cansado tras un día tan agitado, no tardó en caer en un profundo sueño; tuvo la sensación de que acababa de acostarse cuando se despertó y encontró a su madre de pie, a su lado, iluminada por la luz grisácea del amanecer.

—Hijo, levántate ahora mismo: he mandado a buscar al médico y tu padre quiere que Maggie y tú vayáis a su lado.

—¿Está peor, madre?

—Ha pasado la noche con mucho dolor de cabeza, pero no ha dicho que se encontrara peor. Sólo ha dicho de repente: «Bessy, ve a buscar al chico y a la chica. Diles que se den prisa».

Maggie y Tom se vistieron apresuradamente bajo la fría luz grisácea y llegaron al dormitorio de su padre casi en el mismo momento. Él los aguardaba con el ceño fruncido de dolor, pero con la mirada consciente y alerta. La señora Tulliver estaba de pie a los pies de la cama, asustada y temblorosa, con aspecto ajado y envejecido tras la noche en vela. Maggie llegó primera a la cabecera, pero su padre miró a Tom, el cual se acercó y se detuvo a su lado.

—Tom, hijo mío. No volveré a levantarme... Este mundo ha sido dema­siado para mí, pero tú has hecho todo lo que has podido por hacerlo un poco más justo. Dame la mano, hijo, antes de que me vaya.

El padre y el hijo se estrecharon la mano con fuerza y se miraron unos instantes.

—Padre —dijo Tom, intentando hablar con voz firme—, ¿tiene usted algún deseo que yo pueda cumplir cuando...?

—Sí, hijo... intenta recuperar el molino.

—Sí, padre.

—En cuanto a tu madre... intenta compensarla tanto como puedas por mi mala suerte... Y la mocita...

El padre volvió los ojos hacia Maggie con una mirada todavía más in­quieta cuando ella, sin poderse contener, se arrodilló para estar más cerca del querido y ajado rostro que, durante largos años, había sido para ella símbolo del amor más profundo y del más duro de los sufrimientos.

—Debes cuidarla, Tom... no t’inquietes, mocita... Alguien te querrá y estará de tu parte... Y debes ser bueno con ella, hijo... Yo siempre m’he portado bien con mi hermana. Dame un beso, Maggie... Ven, Bessy... Tom, intenta pagar una tumba de obra para que tu madre y yo podamos estar juntos.

Tras decir estas palabras, apartó la vista y permaneció en silencio duran­te unos minutos mientras lo observaban, sin atreverse a moverse. La luz del amanecer era ya más intensa y pudieron ver que sus rasgos se hacían más pesados y los ojos más opacos.

—Por lo menos, llegó mi momento... Le pegué ——dijo finalmente, mirando hacia Tom—. Ha sido justo. Nunca he querido nada más que lo que es justo.

—Pero padre, querido padre —dijo Maggie con una indecible ansiedad que se imponía sobre su dolor—: ¿le perdona? ¿Perdona a todo el mundo?

No movió los ojos hacia ella.

—No, mocita mía. No le perdono... ¿De qué sirve el perdón? No puedo querer a un bribón...

Tenía la voz cada vez más ronca, pero quena decir algo más y movió los labios, una y otra vez, luchando por hablar. Al final, las palabras se abrie­ron paso.

—¿Acaso Dios perdona a los bribones? Si los perdona, no será muy seve­ro conmigo.

Movió las manos con inquietud, como si quisiera apartar un peso que lo aplastara. En dos o tres ocasiones pronunció palabras inconexas.

—Este mundo... es demasiado... un hombre honrado... qué enredoso. Pronto se convirtieron en balbuceos, los ojos dejaron de ver y llegó el silencio final.

Pero no la muerte. Durante algo mas de una hora, el pecho se movió y continuó la respiración ruidosa y pesada, haciéndose cada vez mas lenta, mientras un frío rocío le cubría la frente.

Al final llegó la calma y la pobre y poco iluminada alma de Tulliver dejó de sufrir con el doloroso misterio de este mundo.

Entonces llegó la ayuda: aparecieron Luke y su esposa y también el doc­tor Turnbull, demasiado tarde para nada más que certificar la muerte. Tom y Maggie bajaron juntos al salón, donde el sillón de su padre esta­ba vacío. Ambos volvieron los ojos hacia el mismo lugar.

—Tom, perdóname —dijo Maggie—. Querámonos siempre el uno al otro. Se abrazaron y se echaron a llorar.


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