George Eliot El molino del Floss



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Capítulo VI


Un triunfo costoso
Tres semanas más tarde, cuando el molino de Dorlcote se encontraba en el más hermoso momento del año —los grandes castaños en flor y la hier­ba crecida y cubierta de margaritas—, Tom Tulliver regresó una tarde más temprano que de costumbre y, mientras cruzaba el puente, contempló con un afecto profundamente arraigado la respetable casa de ladrillos rojos, que siempre parecía alegre y acogedora desde el exterior, aunque por den­tro las habitaciones estuvieran desnudas y los corazones tristes. Los ojos de color azul grisáceo de Tom tienen una expresión agradable mientras mira hacia las ventanas de la casa: la arruga del ceño no desaparece, pero no le sienta mal: cuando los ojos y la boca adoptan una expresión más suave parece implicar una fuerza de voluntad sin dureza. Su paso firme se ace­lera mientras las comisuras de los labios se rebelan contra el esfuerzo por reprimir una sonrisa.

En aquel momento, las miradas del salón no estaban vueltas hacia el puente y el grupo permanecía sentado en silencio, sin aguardar a nadie: el señor Tulliver se encontraba en su sillón, cansado tras una larga cabal­gada, meditando con aire agotado y con mirada fija en Maggie, que cosía inclinada sobre la labor mientras su madre preparaba el té.



Todos alzaron la vista sorprendidos cuando oyeron los conocidos pasos.

—Cómo, ¿qué pasa, Tom? —preguntó su padre—. Llegas más temprano que de costumbre.

—Oh, ya no tenía nada más que hacer, de manera que he vuelto. Hola, madre.

Tom se acercó a su madre y le dio un beso, señal en él de un buen humor inusual. Durante las tres semanas transcurridas apenas había cru­zado con Maggie una mirada o una palabra; pero, dado su hermetismo habitual en casa, sus padres no lo habían advertido.

—Padre —dijo Tom, después de que terminaran el té—. ¿Sabe exacta­mente cuánto dinero hay en la caja de lata?

—Sólo ciento noventa y tres libras —dijo el señor Tulliver—. Últimamente has traído un poco menos, pero los jóvenes queréis hacer las cosas a vues­tro modo con vuestro dinero. Aunque, antes de tener cierta edad, yo no hacía lo que quería —señaló con discreto descontento.

—¿Está seguro de que ésa es la cantidad, padre? —dijo Tom—. Desearía que se tomara la molestia de ir a buscar la caja de lata. Me parece que podría estar equivocado.

—¿Cómo iba a equivocarme? —contestó su padre bruscamente—. Lo he contado muchas veces, pero puedo ir a buscarla, si no me crees.

Dada su triste vida, al señor Tulliver le gustaba coger la caja y contar el dinero.

—No se vaya de la habitación, madre —dijo Tom cuando vio que ésta se movía en cuanto su padre salía de la habitación.

—¿Maggie tampoco? —preguntó la señora Tulliver—. Convendría recoger esto.

—Que ella haga lo que quiera —dijo Tom con indiferencia.

Aquellas palabras hirieron a Maggie. El corazón le había dado un brin­co con la repentina convicción de que Tom iba a decir a su padre que podían pagarse las deudas, ¡y a Tom tanto le daba que estuviera o no cuan­do les comunicaba la noticia! Pero se llevó la bandeja y regresó de inme­diato. No podía dejar que su herida se impusiera en un momento como aquél.

Tom se acercó a la esquina de la mesa, junto a su padre, cuando éste depositó la caja y la abrió; la luz rojiza del atardecer destacó el aire cansa­do y triste del padre de ojos negros y la alegría contenida del rostro del hijo de piel clara. La madre y Maggie se sentaron al otro extremo de la mesa; la una, llena de perpleja paciencia, la otra, palpitante de expectación.

El señor Tulliver contó el dinero y lo colocó en orden en la mesa, tras lo cual dijo, lanzando a Tom una mirada rápida.

—Ahí tienes. Ya ves como yo tenía razón.

Hizo una pausa y miró el dinero con amargo desaliento.

—Faltan más de trescientas y pasará mucho tiempo antes de que pueda ahorrarlo. La pérdida de cuarenta y dos libras con el trigo fue una faena. Este mundo es ya demasiado para mí. Nos ha costado cuatro años ahorrar esto... Vete a saber si estaré en este mundo cuatro años más. Deberé con­fiar en que tú las pagues —prosiguió con voz temblorosa—, si es que eres de esa opinión cuando crezcas... Pero es probable que me entierres primero.

Alzó los ojos hacia Tom con un quejumbroso deseo de confirmación.

—No, padre —dijo Tom, con enérgica decisión, aunque le temblaba un poco la voz—. Vivirá lo bastante para ver cómo se pagan las deudas. Las pagará usted mismo.

Su tono implicaba algo más que esperanza o decisión. Una ligera des­carga eléctrica pareció recorrer al señor Tulliver, el cual miró fijamente a Tom con mirada interrogante, mientras Maggie, incapaz de contenerse, corría junto a su padre y se arrodillaba a su lado. Tom permaneció en silencio unos instantes antes de añadir:

—Hace tiempo, el tío Glegg me prestó un poco de dinero para comer­ciar y me ha ido bien. Tengo trescientas veinte libras en el banco.

En cuanto pronunció las últimas palabras, su madre le echó los brazos al cuello.

—¡Oh, hijo mío! Sabía que, en cuanto crecieras, lo arreglarías todo de nuevo —dijo, llorosa.

Pero su padre permanecía en silencio: la emoción le impedía hablar. Tom y Maggie temieron que la súbita alegría fuera excesiva para él, pero las lágrimas brotaron al fin, aliviándolo. El pecho ancho suspiró, los mús­culos del rostro se relajaron y el hombre de cabello gris estalló en sonoros sollozos. El ataque de llanto fue extinguiéndose y el hombre permaneció sentado, recobrando una respiración regular. Finalmente, alzó los ojos a su mujer.

—Bessy, ven y dame un beso —dijo con tono amable—. El muchacho t’ha desagraviado, quizá vuelvas a tener algunas comodidades.

Después de que ella lo besara y él retuviera su mano un minuto, sus pensamientos volvieron al dinero.

—Me habría gustado que trajeras el dinero para mirarlo, Tom —dijo, jugueteando con los soberanos que había sobre la mesa—. M’habría senti­do mas seguro.

—Lo verá usted mañana, padre —dijo Tom—. El tío Deane ha citado a los acreedores mañana en The Golden Lion y ha encargado una comida para ellos a las dos. El tío Glegg y yo también estaremos allí. Se anunció el sába­do en el Messenger.

—¡Entonces, Wakem ya lo sabe! —exclamó Tulliver, con los ojos brillantes de fuego triunfal—. ¡Ah! —exclamó, con un sonido gutural, sacando la caja de rapé único lujo que se permitía ahora, y repiqueteando en ella con los restos de su viejo aire de desafío.—Ahora podré liberarme de su bota, aun­que tenga que abandonar el viejo molino. Pensaba que moriría aquí, pero no podrá ser... ¿Tenemos una copa de algo en la casa, Bessy?

—Sí —dijo la señora Tulliver, sacando el manojo de llaves, ahora muy reducido—, queda un poco de brandy del que me trajo la hermana Deane cuando estuve enferma.

—Tráemelo, tráemelo, me siento un poco débil. Tom, hijo —dijo con voz más fuerte, tras tomar un poco de brandy con agua—. Tendrás que pro­nunciar unas palabras ante ellos. Les diré que has sido tú quien ha reuni­do la mayor parte del dinero. Por fin verán que soy un hombre honrado y tengo un hijo honrado. ¡Ah! ¡Lo que le gustaría a Wakem tener un hijo como el mío, un muchacho estupendo, en lugar d'esa pobre criatura joro­bada! Prosperarás en este mundo, hijo mío; quizá llegues a ver el día en que Wakem y su hijo se encuentren por debajo de ti. Es probable que t’ha­gan socio de alguna compañía, como le sucedió a tu tío Deane, vas por buen camino; entonces nada te impedirá hacerte rico... Y, si alguna vez eres lo bastante rico, no lo olvides, intenta comprar de nuevo el molino.

El señor Tulliver se recostó en la butaca. Su pensamiento, que durante largo tiempo no había albergado más que amargo descontento y malos presentimientos, se vio lleno, gracias a la magia de la alegría, de visiones de fortuna. Pero una influencia sutil le impedía ver ese futuro afortunado como propio.

—Dame la mano, muchacho —dijo, tendiendo súbitamente la suya—. Es muy importante que un hombre pueda estar orgulloso de su hijo, y yo tengo esa suerte.

Tom no conoció en su vida un momento tan delicioso como aquél, y Maggie olvidó sus agravios sin proponérselo. Sin duda, Tom era bueno; y en la dulce humildad que brota de nosotros en momentos de sincera admi­ración y gratitud, tuvo la sensación de que Tom había redimido sus culpas y, en cambio, ella no. No sintió celos aquella noche cuando, por primera vez, pareció ocupar un lugar insignificante en el pensamiento de su padre.

La conversación fue larga antes de que se acostaran. Como es natural, el señor Tulliver quiso conocer todos los detalles de las aventuras comer­ciales de Tom y los escuchó con animación y deleite. Sentía curiosidad por saber todo lo que se había dicho en cada ocasión y, si era posible, incluso lo que se había pensado; y la participación de Bob Jakin en el negocio lo empujó a extraños estallidos de afinidad con la triunfante sabiduría de aquel notable buhonero. Evocó la historia juvenil de Bob, tal como la conocía, como si contuviera asombrosas sorpresas, actitud frecuente cuan­do se recuerda la infancia de los grandes hombres.

Fue algo afortunado que se interesara por la narración de los hechos y contuviera la vaga, aunque intensa, sensación de triunfo sobre Wakem que, de otro modo, habría sido el canal por el que habría fluido su alegría con peligrosa fuerza. Con todo, este sentimiento se imponía de vez en cuando y lo empujaba a repentinos estallidos de exclamaciones que no venían al caso.

Aquella noche, el señor Tulliver tardó en conciliar el sueño y éste, cuan­do llegó, estuvo lleno de vívidas fantasías. A las cinco y media de la maña­na, cuando la señora Tulliver se levantaba, se alarmó al ver que su marido se incorporaba con un grito ahogado y miraba con aire desconcertado hacia las paredes del dormitorio.

—¿Qué te pasa, Tulliver? —preguntó su esposa. Él la miró con aire desconcertado.

—¡Ah! ... Soñaba... ¿He hecho ruido?... —dijo finalmente—. Estaba soñan­do que lo tenía agarrado entre las manos.



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