George Eliot El molino del Floss



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Capítulo V


El árbol hendido
Raras veces los secretos se traicionan o se descubren tal como han previs­to nuestros temores. Por lo general, el miedo imagina escenas terribles y dramáticas que nos acosan a pesar de la conciencia de que son poco pro­bables; y durante el año que Maggie había soportado la carga de estar ocul­tando algo, la posibilidad de que la descubrieran se le había presentado siempre en forma de súbito encuentro con su padre o Tom mientras pa­seaba con Philip por las Fosas Rojas. Era consciente de que no era lo más probable; pero era ésa la escena que mejor simbolizaba su íntimo temor. La realidad prefiere mecanismos basados en indicios indirectos que dependen de coincidencias aparentemente triviales y actitudes imprevisi­bles, pero la imaginación trabaja con otro material.

Sin duda, una de las personas más alejada de los temores de Maggie era la tía Pullet y, puesto que no vivía en Saint Ogg's y no era muy aguda de vista ni talento, éstos difícilmente se habrían fijado en ella. Y, sin embargo, la vía de la fatalidad —el trayecto del rayo— pasaba por ella. No vivía en Saint Ogg's, pero el camino de Garum Firs se encontraba junto a las Fosas Rojas, en el extremo opuesto que tomaba Maggie.



Al día siguiente del último encuentro de Maggie con Philip era domin­go; el señor Pullet debía aparecer con cinta negra en el sombrero y bufanda fúnebre en la iglesia de Saint Ogg's, y la señora Pullet aprovechó la oca­sión para comer con su hermana Glegg y tomar el té con la desgraciada hermana Tulliver. La tarde del domingo era la única que Tom pasaba en casa y aquel día el buen humor que había tenido últimamente se mani­festó en una charla inusualmente alegre con su padre y la invitación "¡Vamos, Maggie, ven tú también! » a la vez que salía al jardín a dar un paseo con su madre para contemplar la avanzada floración de los cerezos. Tom se sentía más satisfecho con Maggie desde que había dejado de mos­trarse extraña y ascética; incluso empezaba a sentirse orgulloso de ella: había oído comentar más de una vez que su hermana era una muchacha muy hermosa. Aquel día su rostro resplandecía especialmente por una agitación oculta, debida en partes iguales al placer y al dolor, pero que podía interpretarse como señal de felicidad.

—Tienes muy buen aspecto, querida —dijo la tía Pullet moviendo la cabe­za con aire triste cuando se sentaron ante la mesa del té—. Bessy, nunca pensé que tu hija llegara a ser tan guapa. Pero deberías ir de rosa, hija mía: este vestido azul que te dio la tía Glegg te da aire de flor de cuclillo. Jane nunca tuvo buen gusto, ¿por qué no te pones aquel vestido mío?

—Es tan bonito y tan elegante, tía, que me parece exagerado para mí: contrastaría demasiado con las prendas que lo acompañaran.

—A lo mejor sería poco adecuado si no supiera todo el mundo que te corresponden, pues yo puedo dártelos cuando ya no me los pongo. Es razonable que dé ropa de vez en cuando a mi sobrina, cosas que yo puedo comprar cada año y casi no desgasto. A Lucy no tengo nada que darle, por­que tiene de todo y de lo más selecto: nuestra hermana Deane puede lle­var la cabeza bien alta, aunque tiene una tez horriblemente amarilla, pobrecilla: creo que esa enfermedad del hígado acabará con ella. Eso es lo que ha dicho hoy el nuevo párroco, ese tal doctor Kenn, en el sermón del funeral.

—Ah, es un orador estupendo, ¿verdad, Sophy? —preguntó la señora Tulliver.

—Vaya, Lucy llevaba hoy mismo un cuello manífico —prosiguió la señora Pullet, con la mirada perdida y aire pensativo—. No digo yo que no tenga alguno tan bueno como el suyo, pero está a la altura del mejor de los míos.

—Según dicen, la llaman «la Beldad de Saint Ogg's». Qué palabra tan rara: será porque es verdad —observó el señor Pullet, para el cual algunas palabras encerraban misterios impenetrables.

—¡Ca! —exclamó el señor Tulliver, celoso por Maggie—. Es muy menuda, poquita cosa. Pero vistan el palo y parecerá algo. No veo nada admirable en estas mujeres tan pequeñas: parecen insinificantes al lado de un hom­bre, desproporcionadas. Cuando escogí a mi esposa, la escogí del tamaño adecuado, ni demasiado grande ni demasiado pequeña.

La pobre esposa, con su ajada belleza, sonrió satisfecha.

—Pero no todos los hombres son altos —dijo el señor Pullet, aludiéndose a sí mismo—. Se puede ser un joven bien plantado sin medir seis pies, como el joven caballero Tom, aquí presente.

—Ah, qué más da el tamaño: lo que importa es ser normal —intervino la tía Pullet— . Por ejemplo, ahí está el hijo contrahecho del abogado Wakem. Lo he visto hoy mismo en la iglesia. ¡Santo cielo! Pensar en las propieda­des que tendrá. .. Y dicen que es muy murrioso, que no le gusta estar con la gente. Me pregunto si estará en su sano juicio, porque cuando venimos por el camino no hay vez que no lo encontremos abriéndose paso entre las zarzas y árboles de las Fosas Rojas.

Esta afirmación general con que la señora Pullet presentaba el hecho de haber visto a Philip en dos ocasiones en el lugar indicado produjo gran efecto en Maggie, acentuado por el hecho de que tenía a Tom delante y quiso esforzarse en parecer indiferente. Al oír el nombre de Philip había enrojecido y siguió enrojeciendo, hasta que la mención de las Fosas Rojas le hizo creer que habían desvelado su secreto y ni siquiera se atrevió a sos­tener la cucharilla de té, no fuera a resultar evidente su temblor. Permaneció sentada, con las manos unidas bajo la mesa, sin atreverse a levantar la vista. Afortunadamente, su padre estaba sentado al mismo lado que ella, al otro lado del tío Pullet y no podía verle la cara a menos que se inclinara hacia delante. La voz de su madre aportó cierto alivio al desviar la conversación, porque la señora Tulliver se alarmaba siempre que se mencionaba el nombre de Wakem en presencia de su esposo. Poco a poco Maggie fue recuperando suficiente compostura para alzar la vista: sus ojos se encontraron con los de Tom, pero éste los apartó de inmediato y aque­lla noche Maggie se acostó preguntándose si su confusión había sembra­do en él alguna sospecha. Tal vez no, quizá pensara que sólo se había alar­mado porque su tía había mencionado a Wakem delante de su padre: ésa era la interpretación de su madre. Para su padre, Wakem era como una enfermedad desfiguradora: se veía obligado a soportar la conciencia de su existencia, pero le sacaba de quicio que la reconocieran los demás. Nadie podía sorprenderse de que se mostrara muy sensible a los deseos de su padre, pensaba Maggie.

Pero Tom era demasiado observador para quedar satisfecho con esa interpretación: había advertido con claridad que la excesiva confusión de Maggie ocultaba algo diferente a la inquietud por su padre. Al intentar recordar todos los detalles que podían dar forma a sus sospechas, recordó que últimamente su madre había regañado a Maggie por pasear por las Fosas Rojas cuando la tierra estaba húmeda y llegar a casa con los zapatos sucios de arcilla: sin embargo, Tom, que conservaba su vieja repulsión por la deformidad de Philip, no se atrevía a atribuir a su hermana la probabi­lidad de sentir algo mas que un interés amistoso por aquella desgraciada excepción entre los hombres normales. Tom sentía una especie de repug­nancia supersticiosa por todo lo excepcional. El amor por un hombre deforme sería algo odioso en cualquier mujer e intolerable en una her­mana. Pero si Maggie había estado manteniendo cualquier tipo de rela­ción con Philip, debía ponerle fin de inmediato; no sólo se comprometía al mantener citas secretas, sino que estaba desobedeciendo los deseos más poderosos de su padre y las órdenes expresas de su hermano. A la maña­na siguiente, Tom salió de su casa en ese estado de ánimo vigilante que convierte los acontecimientos más insignificantes en coincidencias preña­das de significado.

Aquella tarde, hacia las tres y media, Tom se encontraba en el muelle hablando con Bob Jankin sobre la probabilidad de que un buen barco lla­mado Adelaide llegara en el plazo de uno o dos días con resultados muy importantes para ambos.

—¡Eh! —interrumpió Bob, mientras miraba hacia los campos situados al otro lado del río—. Ahí va Wakem, el jorobao. Lo reconozco, a él o a su som­bra, na más los veo. Tropiezo mucho con él por ese lado del río.

Un pensamiento repentino pareció asaltar a Tom.

—Tengo que irme, Bob. Debo hacer una cosa —dijo, y salió a toda prisa en dirección al almacén, donde dejó recado de que alguien ocupara su puesto porque un asunto urgente lo reclamaba en su casa.



Un paso rápido y un atajo lo llevaron al instante hasta la puerta de la valla de su casa, y mientras descansaba un poco antes de abrirla, para entrar en la casa con total compostura, Maggie salió por la puerta delan­tera cubierta con una capota y un chal. Su suposición parecía cierta y la aguardó junto a la valla. Maggie se sobresaltó cuando lo vio.

—Tom, ¿cómo es que vienes a casa? ¿Pasa algo? —preguntó con voz trémula.

—He venido para caminar contigo hasta las Fosas Rojas y encontrarme allí con Philip Wakem —dijo Tom. La arruga que se le formaba habitual­mente en el ceño se hizo más profunda.

Maggie se quedó quieta e indefensa, pálida y helada. Así pues, de un modo u otro, Tom se había enterado de todo.

—No voy —declaró finalmente, y dio media vuelta.

—Sí, claro que sí. Pero primero quiero hablar contigo. ¿Dónde está padre?

—Ha salido a caballo.

—¿Y madre?

—En el patio, con las gallinas.

—Entonces, ¿puedo entrar sin que me vea? Entraron juntos en la casa.

—Ven aquí —ordenó Tom, pasando al salón. Maggie obedeció y él cerró la puerta.

—Maggie, haz el favor de contarme ahora mismo todo lo que ha sucedi­do entre Philip Wakem y tú.

—¿Nuestro padre sabe algo? —preguntó Maggie, sin dejar de temblar.

—No —contestó Tom, indignado—. Pero lo sabrá si intentas engañarme de nuevo.

—No deseo engañar a nadie —dijo Maggie, enrojeciendo de enfado al ver que aplicaba esa palabra a su conducta.

—Entonces, cuéntame toda la verdad. —Quizá ya la sabes.

—No importa que la sepa o no. Cuéntame exactamente lo que ha suce­dido o nuestro padre se enterará de todo.

—Entonces, te lo contaré por él.

—Sí, ahora te conviene mostrarte muy afectuosa, pero has despreciado sus sentimientos más poderosos.

—¿Es que tú nunca te equivocas, Tom? —preguntó Maggie con aire desafiante.

—Nunca deliberadamente —contestó Tom, con orgullosa sinceridad—. Pero no tengo nada que decirte: cuéntame qué ha pasado entre Philip Wakem y tú. ¿Cuándo os visteis por primera vez en las Fosas Rojas?

—Hace un año —contestó Maggie con calma. La severidad de Tom le hacía mostrarse más desafiante y alejaba la conciencia de haber cometido un error—. No tienes que hacerme más preguntas. Hemos sido amigos un año nos hemos visto y hemos paseado con frecuencia. Y me ha prestado libros.

—¿Eso es todo? —preguntó Tom mirándola fijamente con el ceño frun­cido.

Maggie hizo una pausa: entonces, decidida a poner fin al derecho de Tom a acusarla de engaño, añadió con aire altivo:

—No, no es todo. El sábado me dijo que me quería. A mí ni me había pasado por la cabeza, lo consideraba un viejo amigo.

—¿Y le diste esperanzas? —preguntó Tom con expresión de desagrado.

—Le contesté que yo también lo amaba.

Tom permaneció en silencio durante unos momentos, mirando el suelo y frunciendo el ceño, con las manos metidas en los bolsillos. Finalmente, levantó los ojos.

—Bien, Maggie —dijo fríamente—. Decide qué prefieres: o me juras solemnemente, con la mano sobre la Biblia de nuestro padre, que nunca más volverás a citarte o a hablar en privado con Philip Wakem o te niegas y yo se lo cuento todo, y este mes cuando mi esfuerzo podría hacer que se sin­tiera feliz otra vez, le darás un duro golpe cuando se entere de que eres una hija desobediente y mentirosa, que pone en entredicho su reputación con citas clandestinas con el hijo del hombre que ha ayudado a arruinar a su padre. ¡Elige! —exclamó Tom con fría decisión, dirigiéndose hacia la gran Biblia, tomándola y abriéndola por las guardas manuscritas.

Maggie se enfrentaba a una alternativa terrible.

—Tom —dijo, empujada a suplicar por su mismo orgullo—. No me pidas eso. Te prometo dejar de citarme con él si permites que lo vea una sola vez o le escriba y se lo explique todo, que lo dejo para no causar dolor a mi padre. Siento algo por él, no es feliz.

—No quiero oír nada sobre tus sentimientos. He dicho exactamente lo que quería decir: escoge. Y date prisa, no vaya a entrar madre.

—Si te doy mi palabra, será un juramento tan fuerte como si hubiera puesto la mano sobre la Biblia. No hace falta que lo haga.

—Haz lo que yo te digo —ordenó Tom—. Maggie, no puedo confiar en ti. No eres coherente. Pon la mano sobre la Biblia y di: renuncio a cualquier conversación privada y a cualquier trato con Philip Wakem a partir de este momento. Si no lo haces, nos avergonzaras a todos y apenarás a tu padre. ¿De qué sirve que me esfuerce y renuncie a todo para pagar las deudas de nuestro padre si tú vas a volverlo loco y avergonzarlo precisamente cuan­do podía empezar a levantar cabeza?

—Oh, Tom, ¿tan pronto van a pagarse las deudas? —preguntó Maggie, uniendo las manos con una repentina sensación de alegría, a pesar de la tristeza.

—Sí, si las cosas salen como tengo previsto. Pero —añadió Tom, con voz temblorosa por la indignación—, mientras yo luchaba y trabajaba para que mi padre tuviera un poco de paz espiritual antes de morir, mientras traba­jaba por la respetabilidad de la familia, tú te has dedicado a hacer todo lo que podías para destruir ambas cosas.

Maggie sintió un profundo impulso de arrepentimiento: durante un momento, dejó de luchar contra una imposición que le parecía cruel e irracional y, movida por el sentimiento de culpa, justificó a su hermano.

—Tom —murmuró—. Me equivoqué, pero me sentía tan sola... Y Philip me daba tanta pena. Y creo que el odio y la enemistad son malos senti­mientos.

—¡Tonterías! —contestó Tom—. Tu deber estaba muy claro. No digas nada más. Pero prométemelo con las palabras que yo te diga.

—Tengo que hablar con Philip una vez más.

—Irás conmigo ahora mismo y hablarás con él.

—Te prometo que no volveré a citarme con él ni a escribirle sin que tú lo sepas. Eso es lo único que diré. Pondré la mano sobre la Biblia, si quie­res.

—Dilo, entonces.

Maggie puso la mano sobre la página manuscrita y repitió la promesa. Tom cerró el libro.

—Ahora, vamos —dijo.

Caminaron sin decir una palabra. Maggie padecía de antemano por lo que Philip iba a sufrir y temía las mortificantes palabras que caerían sobre él, procedentes de los labios de Tom; pero sentía que era inútil cualquier otra actitud que no fuera la sumisión. Tom tenía un poder tremendo sobre su conciencia y sus mayores temores: se estremecía ante la verdad incues­tionable de la etiqueta que había puesto a su conducta y, sin embargo, toda su alma se rebelaba contra ella ya que, al ser incompleta, era también injus­ta. Tom, entre tanto, sentía que el ímpetu de su indignación se desviaba hacia Philip. No sabía cuánto del antiguo rechazo infantil, de mero orgu­llo y enemistad personal había en la amarga severidad de las palabras con que pretendía cumplir con su deber de hijo y hermano: Tom no era dado a interrogarse sutilmente sobre sus motivos ni otros asuntos intangibles; estaba seguro de que sus motivos y sus actos eran buenos, de no ser así, no serían suyos.

La única esperanza de Maggie era que, por primera vez, algo hubiera impedido acudir a Philip. Así se produciría una demora en la que podría pedir permiso a Tom para escribirle. El corazón le latía con redoblada vio­lencia cuando llegaron bajo los pinos albares. Maggie pensó que aquel era el último momento de incertidumbre, ya que Philip siempre se reunía con ella al otro lado del bosquecillo. Pero cruzaron el espacio abierto y entra­ron en el sendero estrecho y tupido situado junto al montículo sin encon­trarlo, hasta que al tomar un recodo, se toparon con él frente a frente, tan cerca que Tom y Philip se detuvieron bruscamente, a menos de una yarda de distancia. Durante unos instantes de silencio, Philip lanzó una mirada interrogante a Maggie y allí, en los labios separados y pálidos, y en la expre­sión aterrorizada de los grandes ojos, vio la respuesta. La imaginación de Maggie, que siempre se adelantaba, desbocada, vio cómo su hermano alto y fuerte agarraba al débil Philip, lo aplastaba y lo pisoteaba.

—¿Le parece a usted que su comportamiento es propio de un hombre y un caballero, señor? —preguntó Tom con voz de áspero desdén en cuanto Philip volvió hacia él los ojos.

—¿A qué se refiere? —preguntó Philip con aire altivo.

—¿A qué me refiero? Aléjese, no vaya a ponerle encima las manos para explicarle a qué me refiero. Me refiero a aprovecharse de la estupidez y la ignorancia de una joven para obligarla a mantener entrevistas secretas con usted. Me refiero a atreverse a jugar con la respetabilidad de una familia que tiene un nombre honrado y decente que mantener.

—¡Lo niego por completo! —le interrumpió Philip impetuosamente—. Jamás podría jugar con algo que afectara a la felicidad de su hermana. La quiero más que usted mismo, la honro más de lo que usted hará nunca, daría mi vida por ella.

—¡No me cuente tonterías rimbombantes, caballero! ¿Pretende que no sabía que sería perjudicial para ella encontrarse aquí con usted, semana tras semana? ¿Pretende que tenía algún derecho a declararle su amor, aún en el caso de que pudiera ser un marido adecuado, cuando los padres de ambos jamás consentirían su matrimonio? ¡Y usted... usted intenta ganar­se con astucia el afecto de una hermosa muchacha que todavía no tiene dieciocho años, aislada del mundo por las desventuras de su padre! Ése es su torcido sentido del honor, ¿verdad? Yo lo llamo abyecta traición, lo llamo aprovecharse de las circunstancias para obtener algo que es demasiado bueno para usted y que nunca conseguiría abiertamente.

—Resulta muy masculino por su parte hablarme de ese modo —señaló Philip con amargura, agitado por violentas emociones—. Los gigantes tie­nen un derecho inmemorial a la estupidez y al insulto insolente. Ni siquie­ra es capaz de entender lo que siento por su hermana. Tanto la quiero que podría incluso desear tener una relación amistosa con usted.

—Sentiría mucho ser capaz de entender sus sentimientos —dijo Tom con feroz desprecio—. Lo que deseo es que usted me entienda a mí: voy a ocu­parme de mi hermana y si usted se atreve a hacer el menor intento de acer­carse a ella, escribirle o tener sobre ella la menor influencia, su cuerpo raquítico y miserable, que debería haberle hecho más modesto, no le ser­virá de protección alguna. Le daré una paliza, lo someteré a la vergüenza pública. ¿Quién no se reiría ante la idea de que fuera el enamorado de una muchacha hermosa?

—Tom, no quiero soportar esto, no quiero oír nada más —exclamó Maggie con voz convulsa.

—¡Quédate, Maggie! —dijo Philip, haciendo un gran esfuerzo para hablar. Después, mirando a Tom, añadió—: Ha arrastrado a su hermana hasta aquí para que vea cómo me amenaza y me insulta. Le parecía el modo más natural de influir sobre mí, pero está muy equivocado. Deje que hable su hermana. Si ella dice que está decidida a dejarme, acataré sus deseos al pie de la letra.

—Es por mi padre, Philip —imploró Maggie—. Tom me amenaza con contárselo a mi padre, y mi padre no podría soportarlo. Le he prometido, le he jurado solemnemente que no nos veremos sin que lo sepa.

—Es suficiente, Maggie. Yo no voy a cambiar, pero deseo que seas libre. Confía en mí, ya sabes que sólo te deseo cosas buenas.

—Sí —dijo Tom, exasperado por la actitud de Philip—, ahora habla mucho de lo que es bueno para ella, ¿pero pensó en ello antes?

—Sí, tal vez de modo un poco arriesgado. Pero deseaba que tuviera un amigo para toda la vida; un amigo que la apreciara, que le hiciera más jus­ticia que ese hermano tosco y estrecho de miras por el que ella siempre se ha desvivido.

—Sí, mi manera de protegerla es distinta de la suya, y le diré cuál es la mía: yo la ayudaré a no desobedecer a su padre y hacerlo desgraciado, la ayudaré a que no se desperdicie con usted, a no convertirse en el hazme­rreír de todo el mundo, a que no la desprecie un hombre como el padre de usted porque no es lo bastante buena para su hijo. Sabe muy bien qué clase de justicia y aprecio preparaba para ella. Yo no me impongo con bellas palabras, yo veo lo que significan los actos. Vámonos, Maggie.



Mientras hablaba, sujetó a Maggie por la muñeca derecha; ella extendió la mano izquierda. Philip la asió un instante con expresión ansiosa y des­pués se alejó a toda prisa.

Tom y Maggie caminaron en silencio unos cuantos metros. Él seguía agarrándole la muñeca, como si arrastrara al culpable del escenario de sus actos. Finalmente, Maggie liberó la mano con un violento tirón y la irrita­ción largo tiempo contenida estalló.

—No te creas que pienso que tienes razón, Tom, ni que me inclino ante tu voluntad. Desprecio los sentimientos que has mostrado al hablar con Philip y detesto el modo poco varonil en que lo has insultado aludiendo a su deformidad. Durante toda la vida has lanzado reproches a los demás, convencido de que tú tenías toda da razón: eso se debe a que eres tan estre­cho de miras que no puedes ver que hay cosas mejores que tu conducta y tus mezquinas ambiciones.

—Sin duda—contestó Tom con frialdad—, no soy capaz de ver que tu conducta o tus objetivos sean mejores que los míos. Si tu comportamiento y el de Philip Wakem han sido correctos, ¿por qué os avergonzáis de que se sepa? Contéstame. Yo sí sé cuáles han sido mis objetivos y que los he con­seguido. Ahora te ruego que me digas: ¿qué bien ha reportado tu conduc­ta a ti o a dos demás?

—No quiero defenderme —dijo Maggie, todavía con vehemencia—. Sé que me he equivocado, muchas veces, continuamente. Sin embargo, algu­nas veces, cuando me he equivocado, ha sido debido a sentimientos que, si tú tuvieras, te harían mejor persona. Si alguna vez tú cometieras un error, si hubieras hecho algo muy malo, yo sentiría el dolor que te causa­ra, no querría que se te castigara. Pero a ti siempre te ha gustado casti­garme, siempre has sido duro y cruel conmigo; incluso cuando era pequeña y te quería más que a nadie en el mundo, eras capaz de dejarme ir a la cama sin perdonarme. No tienes piedad, no tienes la menor conciencia de tus imperfecciones ni de tus pecados. Es un pecado ser duro con los demás, no es propio de un mortal, de un cristiano. No eres más que un fariseo. Sólo agradeces a Dios tus virtudes; crees que son lo bas­tante grandes para compensar todo lo demás. ¡Ni siquiera intuyes que existen sentimientos junto a los cuales tus brillantes virtudes no son más que oscuridad!

—Bien —dijo Tom con frío tono de burla—, si tus sentimientos son mucho mejores que los míos, muéstralos de otro modo que no sea mediante una conducta que podría deshonrarnos a todos, que no sea con estos banda­zos de un lado a otro. Haz el favor de decirme cómo has demostrado ese amor hacia mi padre o hacia mí del que tanto hablas: desobedeciéndonos y engañándonos. Yo muestro mi afecto de otra manera.

—Porque eres un hombre, Tom, y tienes poder, y puedes hacer algo en este mundo.

—Entonces, si no puedes hacer nada, sométete a quienes sí pueden.

—Me someteré a lo que reconozco y siento que es justo. Me someteré incluso a los deseos poco razonables de mi padre, pero no a los tuyos. Alardeas de tus virtudes como si te dieran derecho a ser cruel y a com­portarte de modo indigno de un hombre, como has hecho hoy. No creas que dejaré a Philip Wakem en señal de obediencia a ti. Esa deformidad que tanto insultas hará que me aferre a él y lo quiera todavía más.

—Muy bien, así es como tú ves las cosas —dijo Tom, más fríamente que nunca—. No hace falta que digas nada más para que me dé cuenta de lo mucho que nos separa. Será mejor que no lo olvidemos y callemos.

Tom regresó a Saint Ogg's para asistir a una cita con el tío Deane y reci­bir instrucciones sobre un viaje que debía emprender a la mañana siguiente.

Maggie subió a su habitación para verter en forma de lágrimas amargas toda la indignación ante la que Tom parecía blindado. Después, pasado el primer estallido de rabia insatisfecha, llegó el recuerdo de aquellos tiem­pos tranquilos, antes de que el placer que había terminado en la desdicha presente perturbara la claridad y simplicidad de su vida. En aquellos tiem­pos pensaba que había hecho grandes conquistas y había ganado un pues­to duradero en las serenas alturas situadas por encima de las tentaciones y conflictos terrenales. Y, en cambio, se encontraba en el centro de una aca­lorada lucha entre sus pasiones y las de otros. Así pues, ¿la vida no era tan corta y el descanso perfecto no estaba tan cerca como había soñado cuan­do era dos años menor? La vida le reservaba más combates y tal vez nue­vas caídas. Si hubiera creído que estaba completamente equivocada y Tom tenía toda la razón, habría podido recuperar antes la armonía interna, pero ahora su penitencia y sumisión se veían obstruidas constantemente por un resentimiento que no podía menos que considerar justo. Le san­graba el corazón cuando pensaba en Philip: recordaba los insultos profe­ridos con una sensación tan nítida de lo que habría sentido Philip al oír­los que experimentaba un dolor casi físico que le hacía dar patadas en el suelo y apretar los puños.

Y, sin embargo, ¿cómo podía ser que, de vez en cuando, advirtiera que, en el fondo, experimentaba cierto alivio al haberse visto obligada a sepa­rarse de Philip? ¿Acaso se debía únicamente a que la sensación de que ya no ocultaba nada era bienvenida a cualquier precio?

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