George Eliot El molino del Floss



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Capítulo IV


Otra escena de amor
A principios del siguiente mes de abril, casi un año después de la dudosa despedida que acabas de presenciar, lector, puedes, si así lo deseas, ver de nuevo a Maggie entrar en las Fosas Rojas a través del bosquecillo de pinos albares. Mas, en esta ocasión, es a primera hora de la tarde y no a última, y el filo cortante de la brisa primaveral hace que Maggie se arrebuje en el gran chal y avance rápidamente; aunque mira a su alrededor, como siem­pre, para contemplar a sus anchas sus amados árboles. Su mirada es más inquisitiva que en junio pasado y una sonrisa vaga por sus labios, como si algún comentario jovial aguardara al oyente adecuado; éste no tarda en aparecer.

—Toma tu Corinne28 —dijo Maggie, sacando el libro de debajo del chal—. Tenías razón al decirme que no me haría ningún bien. Pero te equivoca­bas al pensar que desearía ser como ella.

—Entonces, ¿de veras no te gustaría ser la décima musa, Maggie? —preguntó Philip, mirándole la cara como contemplaríamos nosotros el primer resquicio entre las nubes que promete otra vez un cielo despejado.

—En absoluto —contestó Maggie riendo—. Las musas eran diosas que vivían muy incómodas, siempre cargando con instrumentos musicales o rollos de pergaminos. Si llevara un arpa en este clima, debería taparla con un tapete verde y seguro que me la olvidaba por todas partes.

—Así pues, ¿coincides conmigo y no te gusta el personaje de Corinne?

—No he terminado el libro —contestó Maggie—. En cuanto llegué a la parte de la joven dama rubia que leía en el parque, lo cerré y decidí no seguir leyendo. Preveo que la joven de tez clara arrebatará a Corinne todos sus amores y hará que sea desgraciada. He decidido no leer más libros en los que las rubias arramblen con toda la felicidad. Empiezo a tenerles manía. Si me das una historia en que la morena triunfe, la situación se equilibrará un poco. Quiero vengar a Rebecca, a Flora Mac-Ivor y a Minna29, y a todas las demás morenas desgraciadas. Puesto que eres mi tutor, debe­rías evitar que me formara esos prejuicios contra los que tú tanto clamas.

—Bien, quizá vengues a las morenas tú misma: quítale todo el amor a tu prima Lucy. Seguro que tiene a sus pies a algún apuesto joven de Saint Ogg's. Sólo debes mostrarte radiante y tu rubia prima quedará sofocada por tus rayos.

—Philip, cómo se te ocurre mezclar mis tonterías con la vida real —excla­mó Maggie con aspecto ofendido—. Como si yo, con mis viejos vestidos y mis carencias, pudiera ser rival de mi pequeña y querida Lucy, que sabe hacer todo tipo de cosas encantadoras y es diez veces más bonita que yo, suponiendo que yo fuera lo bastante odiosa y vil como para desear ser su rival. Además, nunca voy a casa de tía Deane cuando hay invitados: pero mi querida Lucy es buena y me quiere, por eso algunas veces viene a verme y desea que yo vaya a verla de vez en cuando.

—Maggie —dijo Philip con tono de sorpresa—, no es propio de ti tomar las bromas al pie de la letra. Habrás estado esta mañana en Saint Ogg's y se te habrá contagiado un poco de estupidez.

—Bien —contestó Maggie con una sonrisa—; si se trata de una broma, la verdad es que era bastante mala. Pero me ha parecido que tenías razón al reprobarme, he creído que querías recordarme que soy presumida y deseo que todo el mundo me admire. Pero no defiendo a las morenas porque yo lo sea, sino porque siempre me preocupo por los que son desgraciados. Si abandonaran a las rubias, me gustarían más ellas. En las historias de amor siempre me pongo de parte del abandonado.

—Entonces, nunca tendrás valor para rechazar a nadie, ¿no es así, Maggie? —preguntó Philip, sonrojándose un poco.

—No lo sé —contestó Maggie vacilando. Y con una amplia sonrisa, aña­dió—: Me parece que si el pretendiente fuera muy engreído no me costaría rechazarlo. Y después, si se sintiera muy humillado, me ablandaría.

—Me he preguntado alguna vez si no sería más probable que tú llega a amar a un hombre al que otras mujeres tal vez no amarían nunca.

—Eso dependería de cuál fuera el motivo por el que lo rechazaran —con­testó Maggie riendo—. Podría ser muy desagradable. Quizá me mirara a tra­vés de un monóculo que sujetara con el ojo con una horrible mueca, como el joven Torry. Supongo que a otras mujeres tampoco les gusta, pero nunca he sentido ninguna pena por él. No me dan pena los engreídos, porque creo que se bastan a sí mismos para consolarse.

—Pero imagina, Maggie... imagina que no fuera un hombre presumido, que creyera que no tenía nada de que presumir.. . que hubiera estado mar­cado desde la infancia por algún tipo de sufrimiento y para quien tú fue­ras la luz de su vida... que te quisiera, te adorara tanto que se sintiera feliz con verte de vez en cuando...

Philip se interrumpió, presa de un súbito temor a que su confesión pusiera fin a aquella felicidad, una punzada del mismo temor que le había obligado a mantener su amor en secreto durante largos meses. Una olea­da de timidez le decía que había sido un atolondrado al hablar, puesto que la actitud de Maggie, aquella mañana, era tan espontánea e indiferente como de costumbre.

Mas en aquel momento ya no parecía indiferente. Sorprendida por el inusual tono emocionado de Philip, se había dado la vuelta rápidamente para mirarlo y, a medida que él hablaba, su rostro había experimentado un gran cambio: se había sonrojado y sobresaltado, tal como sucede a las personas que oyen una noticia que les hace alterar sus ideas sobre el pasa­do. Permaneció en silencio y, tras caminar hacia el tronco de un árbol caído, se sentó como si no le quedara fuerza para los músculos. Temblaba.

—Maggie —dijo Philip, alarmándose cada vez más a medida que transcu­rría el silencio—. He sido un tonto al decir esto, olvídalo. Me conformaré con que las cosas sigan como antes. —Habló con tanta angustia que Maggie se sintió obligada a decir algo.

—Philip, estoy tan sorprendida... Ni me había pasado por la cabeza. —El esfuerzo por hablar hizo que se le saltaran las lágrimas.

—¿Me odiarás por culpa de lo que he dicho? —preguntó Philip impetuosamente—. ¿Crees que soy un vanidoso estúpido?

—¡Oh, Philip! ¿Cómo puede ocurrírsete que piense eso? Como si yo no agradeciera cualquier clase de amor... Pero... pero nunca se me había ocurrido que pudieras ser mi enamorado. Todo eso me parecía tan leja­no ... como un sueño, como una de esas historias que uno imagina... No creía que nunca nadie se enamorara de mí.

—Entonces, ¿puedes soportar la idea de pensar en mí como tu enamorado, Maggie? —preguntó Philip, sentándose a su lado y tomándole la mano, arrastrado por una repentina esperanza—. ¿Me quieres?

Maggie palideció. Aquella pregunta directa no parecía tener fácil res­puesta. Pero sus ojos se encontraron con los de Philip, que en aquel momento brillaban hermosos, implorando amor.

—Creo —contestó Maggie vacilando, con sencilla ternura infantil—, creo que no podría querer a nadie como a ti. —Hizo una pequeña pausa y aña­dió—: Pero me parece que será mejor para nosotros que no digamos nada más, ¿verdad, querido Philip? Sabes que, si se supiera, ni siquiera podría­mos ser amigos. Nunca estuve segura de que hiciera bien al verte, aunque nuestros encuentros han sido para mí preciosos en distintos aspectos, y ahora vuelvo a temer que todo esto nos conduzca al desastre.

—Pero no ha sucedido nada malo, Maggie, y si te hubieras dejado llevar por tu temor, sólo habrías pasado otro año monótono y embotado en lugar de revivir y de ser de nuevo tal como eres.

Maggie negó con la cabeza.

—Sé que todo esto ha sido muy agradable: las conversaciones, los libros y la sensación de esperar el paseo con ganas para contarte todo lo que me había pasado por la cabeza mientras estaba lejos de ti. Pero me ha inquie­tado, me ha hecho pensar mucho en el mundo; y vuelvo a tener pensa­mientos impacientes, me canso de mi casa. Y después me duele muchísi­mo haber sentido cansancio de mi padre y de mi madre. Creo que eso que tu llamas embotamiento era mejor; por lo menos, mejor para mí, porque también mis sentimientos egoístas estaban entumecidos.



Philip se había puesto en pie otra vez y caminaba de un lado a otro con impaciencia.

—No, Maggie, ya te he dicho muchas veces que tienes ideas erróneas sobre lo que es el control de los sentimientos. Lo que tú llamas control de ti misma no es más que un empeño en ser ciega y sorda a todo excepto a una serie de impresiones; es el cultivo de una monomanía, en un carác­ter como el tuyo —dijo Philip con cierta irritación, pero después se sentó a su lado y le tomó la mano—. No pienses en el pasado, Maggie: piensa sólo en nuestro amor. Si puedes aferrarte a mí con todo tu corazón, ter­minaremos venciendo todos los obstáculos, sólo tenemos que esperar. Puedo vivir de la esperanza. Mírame, Maggie, y dime otra vez si podrías llegar a quererme. Y no apartes da vista para mirar ese árbol hendido, es un mal augurio.

Maggie volvió hacia él su mirada grande y oscura con una triste sonrisa.

—Vamos, Maggie. Dime algo amable. Eras más buena conmigo en Lorton. Allí me preguntaste si me gustaría que me besaras. ¿No te acuerdas? Y me prometiste que me darías un beso cuando volvieras a verme. No has cum­plido nunca esa promesa.

Maggie sintió cierto alivio al recordar aquel episodio infantil: hacía que el presente de pareciera menos extraño. Le dio un beso tan sencillo y silen­cioso como cuando tenía doce años. Los ojos de Philip brillaron de delei­te, pero sus palabras mostraron descontento.

—No pareces feliz, Maggie: te sientes obligada a decirme que me quieres por pura compasión.

—No, Philip —dijo Maggie, negando con la cabeza con el mismo gesto de su infancia—. Te digo la verdad. Para mí esto es nuevo y extraño; pero no creo que pueda querer a nadie más de lo que te quiero a ti. Me gustaría vivir siempre contigo, hacerte feliz. Pero hay una sola cosa que no haría por ti: herir a mi padre. No debes pedírmelo nunca.



—No, Maggie, no te pediré nada, lo soportaré todo. Esperaré un año entero otro beso, si dejas que ocupe el primer lugar en tu corazón.

—No —dijo Maggie con una sonrisa—, no te haré esperar tanto. —Pero de nuevo con semblante serio, se puso en pie y añadió—: Pero ¿qué diría tu padre, Philip? Es imposible que podamos ser nunca algo más que amigos, hermanos en secreto, como hemos sido hasta ahora. No pensemos en otra cosa.

—No, Maggie, no puedo renunciar a ti, a menos que me engañes, a menos que sólo te intereses por mí como hermano. Dime la verdad.

—De veras te quiero, Philip. ¿Qué otra felicidad he conocido en la vida tan grande como estar contigo? Desde que era pequeña, cuando Tom era bueno conmigo. Y tu cerebro es para mí como un mundo, puedes contar­me todo lo que quiero saber. Creo que nunca me cansaría de estar contigo. Caminaban de la mano, mirándose; en realidad, Maggie tenía prisa por marcharse, porque era ya hora. Pero la sensación de que faltaba poco para que se separaran aumentaba el temor de haber dicho algo sin querer que hubiera causado algún dolor a Philip. Aquél era uno de esos momentos peligrosos en que las palabras son a un tiempo sinceras y engañosas, cuando los sentimientos se desbordan en una crecida que deja marcas que nunca vuelven a alcanzarse.

Se detuvieron entre los pinos para separarse.

—Entonces, Maggie, ¿mi vida estará llena de esperanza, y seré más feliz que otros hombres, a pesar de todo? ¿Nos pertenecemos el uno al otro para siempre, estemos juntos o separados?

—Sí, Philip, desearía no separarme nunca de ti, desearía hacerte muy feliz.

—Espero algo más y me pregunto si algún día llegará.

Maggie sonrió con lágrimas brillantes y agachó su alta cabeza para besar aquel rostro bajo y pálido, lleno de un amor tímido e implorante, como el de una mujer.

En ese momento experimentó verdadera felicidad, convencida de que si aquel amor exigía sacrificio resultaba por ello más rico y gratificante. Dio media vuelta y se alejó hacia su casa a toda prisa con la sensación de que en la hora transcurrida desde que había pasado por aquel camino había empezado para ella una nueva época. Ahora, el tejido de los difusos sueños debía hacerse más espeso y la trama de su vida diaria real debía absorber gradualmente todas las hebras de pensamientos y emociones.

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