George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


La balanza inestable
Tal como he dicho, tras pasar la tarde en las Fosas, Rojas Maggie se marchó a su casa sumida ya en un conflicto. Habrás visto con claridad en su encuentro con Philip, lector, de qué conflicto se trataba. De repente, encontraba una abertura en la pared de piedra que cerraba el estrecho Valle de la Humillación; donde no tenía otro panorama que un cielo remoto e insondable; y algunos de los placeres terrenales que le rondaban por la memoria ya no le parecían fuera de su alcance. Podría tener libros, conversación, afecto; podría oír noticias del mundo, del que no había per­dido la sensación de exilio; y, al mismo tiempo, sería un gesto amable hacia Philip, el cual era digno de lástima porque, sin duda, no era feliz. Y quizá aquélla fuera una oportunidad para hacer que su mente fuera más digna del más alto servicio; quizá la devoción más noble y completa ape­nas podía existir sin cierta amplitud de conocimientos. ¿Acaso debería vivir siempre en aquel resignado encarcelamiento? Era algo tan bueno, tan irreprochable que hubiera una amistad entre ella y Philip; los motivos que lo prohibían eran tan poco razonables, ¡tan poco cristianos! Pero la adver­tencia severa y monótona se repetía una y otra vez: estaba perdiendo la simplicidad y la claridad de su vida al pensar en ocultar algo, y al abando­nar la simple regla de la renuncia se ponía bajo la seductora guía de dese­os ilimitables. A la semana siguiente, cuando regresó por la tarde a las Fosas Rojas, creía haber reunido ya fuerza suficiente para obedecer a aque­lla advertencia. Pero si bien estaba decidida a despedirse afectuosamente de Philip, ¡cuánto ansiaba que llegara el paseo vespertino en la tranquila y moteada sombra de las hondonadas, lejos de todo lo desagradable y feo; la mirada de afectuosa admiración que la recibiría; la sensación de camaradería que los recuerdos de la infancia daban a una conversación mas sabia y adulta; la seguridad de que Philip escucharía con un interés único todo lo que ella dijera. Sería muy duro dar la espalda a aquella media hora con la sensación de que no volvería a repetirse. No obstante, dijo todo lo que quería con aire firme y serio.

—Philip, he tomado una decisión. Tenemos que renunciar el uno al otro en todo, excepto en nuestros recuerdos. No puedo verte si no es a escon­didas. Espera, ya sé lo que vas a decir: son los sentimientos erróneos de otras personas lo que nos obliga a ocultarnos; pero la ocultación es mala, sea cual sea la causa: tengo la sensación de que sería perjudicial para ti, para ambos. Y, además, si se descubriese nuestro secreto habría penas y enfados, y también tendríamos que separarnos. Y entonces, ya acostum­brados a tratarnos, sería más difícil.

El rostro de Philip se sonrojó y, por un momento, pareció que estuviera dispuesto a resistirse a esa decisión con todas sus fuerzas. Sin embargo, se controló.

—Bien, Maggie —dijo con simulada calma—. Si tenemos que separarnos, intentemos olvidarlo durante media hora y hablemos un ratito por última vez.

Le tomó la mano y Maggie no vio motivo alguno para retirarla: el silen­cio de Philip le confirmaba que le había infligido un gran dolor y quería mostrarle que no había sido por voluntad propia. Caminaron en silencio, cogidos de la mano.

—Sentémonos en esa hondonada —propuso Philip—, allí donde nos detuvimos la última vez. Mira cómo se han desparramado las rosas silvestres y han llenado el suelo de pétalos.

Se sentaron al pie del fresno inclinado.

—He empezado ya tu retrato entre los pinos, Maggie —dijo Philip—. Así pues, deja que estudie un poco tu rostro mientras estás quieta, puesto que no voy a volver a verlo. Por favor, ladea un poco la cabeza —dijo con un tono suplicante al que difícilmente podría haberse negado Maggie. El ros­tro pleno y resplandeciente, con la corona negra y brillante, parecía el de una diosa satisfecha de la adoración del joven pálido de rasgos menudos que la miraba.

—Así pues, voy a posar para el segundo retrato —dijo Maggie con una sonrisa— ¿Será mayor que el otro?

—Sí, mucho mayor. Éste será un óleo. Parecerás una hamadríade alta, morena, fuerte y noble, salida de uno de los pinos cuando las ramas pro­yecten las sombras crepusculares sobre la hierba.

—Se diría que lo que más te gusta es pintar, ¿no es así, Philip?

—Quizá sí —contestó Philip con cierta tristeza—, pero pienso en demasiadas cosas: siembro todo tipo de semillas y no consigo gran cosecha de nin­guna de ellas. Tengo la desgracia de estar interesado por muchas cosas diversas y de no tener gran talento para ninguna en concreto. Me gustan la pintura y la música, la literatura clásica, medieval y moderna: revoloteo por todas partes y no me quedo en ningún sitio.

—Pero, sin duda, es una suerte sentir tantas inclinaciones y disfrutar de tantas cosas hermosas cuando están a tu alcance —meditó Maggie—. Siem­pre me ha parecido una especie de estúpida habilidad la de tener una sola clase de talento, es ser algo así como una paloma mensajera.

—Si yo fuera como cualquier otro hombre, podría ser una fuente de feli­cidad tener muchas aficiones —dijo Philip con amargura—. Me bastaría la mediocridad para conseguir cierto poder y distinción, como hacen los demás. Por lo menos, podría obtener esas tibias satisfacciones que permi­ten a los hombres pasarse sin las más grandes. Entonces, quizá me pare­ciera agradable la sociedad de Saint Ogg's. En cambio, sólo alguna facul­tad que me elevara por encima del nivel de esta vida provinciana me compensaría el dolor que siento. Bueno, con una excepción: una pasión amorosa.



Maggie no oyó esta última frase porque luchaba contra la conciencia de que las palabras de Philip habían hecho vibrar de nuevo su propio des­contento.

—Entiendo lo que quieres decir, aunque no sé tantas cosas como tú —dijo Maggie—. Antes pensaba que no podría soportar la vida si cada día fuera siempre igual al anterior y me viera obligada a hacer cosas sin importancia alguna y a no conocer nunca nada más grande. Pero, querido Philip, creo que somos como niños a los que cuida alguien más sabio que nosotros. ¿Acaso no es justo que nos resignemos por completo, por muchas cosas que se nos nieguen? Durante los últimos dos o tres años esta idea me ha proporcionado mucha paz; se encuentra alegría en el sometimiento de la voluntad.

—Sí, Maggie —dijo Philip con vehemencia—, y te estás encerrando en un fanatismo estrecho con el que te engañas, y es sólo un modo de huir del dolor sofocando lo más poderoso de tu carácter. La alegría y la paz no son resignación: resignación es soportar voluntariamente un dolor sin paliati­vos, un dolor que uno no espera mitigar. El estupor no es resignación, y mantenerse en la ignorancia equivale a vivir en un estado de estupor, a cerrar todos los caminos por los que puedes conocer la vida de tus iguales. Yo no me he resignado: no estoy seguro de que la vida sea lo bastante larga para aprender esta lección. Y, en realidad, tú tampoco te has resignado: sólo intentas aturdirte.

Los labios de Maggie temblaban: advertía que a Philip no le faltaba razón pero, en el fondo de su conciencia, sabía que la aplicación inme­diata de estas ideas a su conducta equivaldría poco menos que a la false­dad. La doble sensación de Maggie correspondía al doble impulso de su interlocutor: Philip estaba convencido de sus palabras, pero las pronun­ciaba con vehemencia para argumentar contra una decisión que se opo­nía a sus deseos. Pero el rostro de Maggie, infantilizado por las lágrimas que le llenaban los ojos, lo conmovió y provocó en él un sentimiento menos egoísta y más tierno.

—No pensemos en eso en esta corta media hora —dijo Philip suavemen­te tras tomarle da mano—. Limitémonos a pensar en que estamos juntos... seremos amigos a pesar de esta separación... siempre pensaremos el uno en el otro. Mientras vivas, me alegraré de estar vivo, porque pensaré en que siempre podrá llegar el momento en que pueda... en que me dejes ayudarte de un modo u otro.

—Qué hermano tan bueno y querido habrías sido, Philip —dijo Maggie, sonriendo a través de da bruma de las lágrimas—. Creo que me habrías mimado tanto y habrías estado tan contento de que te quisiera que hasta yo me habría sentido satisfecha. Me habrías querido tanto como para soportarme y perdonármelo todo. Eso es lo que siempre deseé que hicie­ra Tom. Nunca me he contentado con un poco de una cosa, por eso es mejor para mí prescindir por completo de la felicidad terrenal... Nunca he tenido la sensación de tener suficiente música: quería que tocaran más instrumentos, quería voces más plenas y profundas. ¿Todavía cantas, Philip? —añadió bruscamente, como si hubiera perdido el hilo de da conversación.

—Sí —contestó—, casi cada día. Pero tengo una voz mediocre, como todo lo demás.

—Oh, por favor, cántame algo, sólo una canción. Para que pueda oírla antes de irme... una de las canciones que cantabas en Lorton los sábados por la tarde, cuando teníamos todo el salón para nosotros y me tapaba la cabeza con el delantal para escuchar.

—Sí, ya lo sé —dijo Philip, y Maggie enterró la cara en las manos mientras él cantaba sotto voce «El amor juguetea en sus ojos»26 y añadía—: era ésa, ¿no?

—Oh, no. No quiero quedarme para oírla —dijo Maggie, poniéndose en pie—. Después no podría quitármela de la cabeza. Caminemos un poco, Philip. Tengo que irme a casa.

Maggie se alejó y Philip se vio obligado a ponerse en pie y seguirla.

—Maggie —dijo en tono de reproche—. No persistas en esta privación voluntaria y sin sentido. Me destroza ver cómo embotas y aturdes tu carác­ter de este modo. Estabas tan llena de vida cuando eras pequeña... pensa­ba que serías una mujer brillante, toda ingenio, con una imaginación genial. Y todavía se advierten, de vez en cuando, destellos en tu rostro, hasta que echas por encima este velo de pasividad.

—¿Por qué me dices cosas tan amargas, Philip? —preguntó Maggie.

—Porque preveo que esto no va a terminar bien; no podrás seguir ade­lante con esta tortura.

—Espero que se me conceda fuerza suficiente —dijo Maggie temblorosa.

—No, Maggie: nadie recibe fuerzas para hacer algo antinatural. Es pura cobardía buscar la seguridad en las negaciones. Ningún carácter se hace fuerte de este modo. Algún día te verás lanzada al mundo y entonces todas las satisfacciones racionales de tu naturaleza que ahora te niegas te asalta­rán como un deseo salvaje.

Maggie se sobresaltó y se detuvo, mirando a Philip con expresión de alarma.

—Philip, ¿cómo te atreves a agitarme de este modo? Estás tentándo­me.

—No, no te tiento; pero el amor nos hace más perspicaces, Maggie, y la perspicacia muchas veces ayuda a augurar el rumbo de las cosas. Haz el favor de escucharme, permite que te dé libros. Deja que te vea de vez en cuando, que sea tu hermano y profesor, como dijiste en Lorton. Es prefe­rible que me veas a que cometas este largo suicidio.

Maggie se sintió incapaz de hablar. Negó con la cabeza y caminó en silencio hasta que llegaron al final de los pinos albares y extendió la mano en un gesto de despedida.

—Entonces, Maggie, ¿me destierras de este lugar para siempre? Imagino que podré venir a caminar algunas veces y, si entonces nos encontramos por casualidad, no estaremos ocultando nada, ¿verdad?

Es precisamente cuando nuestra decisión parece a punto de ser irrevo­cable —cuando las puertas de hierro fatales están a punto de cerrarse sobre nosotros— el momento en que se pone a prueba nuestra fuerza. Entonces, tras horas de claros razonamientos y firmes convicciones, nos aferramos a cualquier sofisma que anule nuestras largas luchas y nos traiga una derro­ta que deseamos más que la victoria.

El corazón de Maggie dio un brinco ante el subterfugio de Philip y en su rostro se reflejó el pequeño sobresalto que acompaña a la sensación de alivio. Philip lo advirtió y se separaron en silencio.

Philip percibía la situación con excesiva exactitud para que no lo asal­tara el temor de haber intervenido con demasiada impertinencia en la conciencia de Maggie, tal vez con un fin egoísta. ¡Pero no! Sus objetivos no eran egoístas. Tenía pocas esperanzas de que Maggie lo correspondiera alguna vez; y sería mejor para la vida futura de Maggie, cuando hubieran desaparecido los mezquinos obstáculos familiares que le impedían ser libre, que no hubiera sacrificado totalmente el presente y que hubiera tenido alguna oportunidad de adquirir cultura, de intercambiar impre­siones con una inteligencia situada por encima del nivel vulgar de las personas con las que ahora estaba condenada a vivir. Si analizamos las consecuencias de nuestras acciones a un plazo lo bastante largo, siempre podemos encontrar algún punto en la combinación de resultados en que estos actos puedan estar justificados: al adoptar el punto de vista de una Providencia que dispone los resultados o de un filósofo que los rastrea, podemos encontrar una excusa perfecta para optar por hacer lo que nos resulta más agradable en el momento. Y así justificaba Philip sus sutiles esfuerzos por vencer los sinceros impulsos de Maggie contra una oculta­ción que introduciría doblez en su espíritu y podría provocar nuevas penas a quienes tenían mayores derechos naturales sobre ella. Sin embargo, un exceso de pasión en Philip hacía que no prestara mucha atención a las jus­tificaciones. Su deseo de ver a Maggie y formar parte de la vida de ésta con­tenía algo de ese impulso salvaje por apoderarse de la felicidad que surge de una vida en la que la constitución mental y física han hecho que pre­domine el dolor. Philip estaba al margen de los bienes que compartían otros hombres: ni siquiera podía formar parte de los insignificantes y sólo se lo distinguía como objeto de piedad, alejado de lo que era natural para los demás. Incluso para Maggie él era una excepción: resultaba evidente que ni siquiera se le había ocurrido que pudiera ser su enamorado.

Lector, no juzgues a Philip con severidad: las personas feas y deformes tienen gran necesidad de virtudes excepcionales porque sin ellas es pro­bable que se sientan muy incómodas: pero quizá vaya demasiado lejos la teoría de que, como consecuencia de las desventajas personales, surgen virtudes inusuales, de la misma manera que los animales de climas más severos poseen pelo más denso. Se ha hablado demasiado de las tentacio­nes de la belleza, pero creo que son parejas a las de la fealdad, puesto que la tentación de excederse en un festín donde se ofrecen variadas delicias para los ojos, oídos y paladar depende en gran medida de la tentación que asalta a la desesperación del hambre. ¿Acaso la Torre del Hambre27 no es la prueba máxima a la que puede someterse lo que hay de humano en nosotros?

Philip nunca había conocido el alivio del amor materno, que nos llega en abundancia porque nuestra necesidad es grande; que se aferra a noso­tros tanto más tiernamente cuanto más débiles somos; y, además, la per­cepción de los defectos de su padre amortiguaba la conciencia de su afec­to e indulgencia. Alejado de la vida real y con una sensibilidad casi feme­nina, poseía cierta repulsión intolerante propia de las mujeres hacia lo mundano y la búsqueda de los placeres sensuales. El único lazo natural poderoso de su vida —su relación como hijo— le resultaba extremadamen­te doloroso. Tal vez sea inevitable que haya algo malsano en un ser huma­no que queda relegado de la vida normal hasta que la capacidad de lucha ha tenido tiempo de triunfar, y pocas veces lo ha tenido a la edad de vein­tidós años. Aquella fuerza era muy poderosa en Philip, pero el mismo sol parece débil a través de la neblina de la mañana.



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