George Eliot El molino del Floss



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Capítulo II


La tía Glegg se entera del tamaño del pulgar de Bob
Mientras los combates vitales de Maggie se libraban casi por completo en el interior de su alma, donde luchaban dos ejércitos de sombras y se alza­ban de nuevo los fantasmas caídos, Tom combatía en una guerra mas pol­vorienta y ruidosa, lidiaba con obstáculos más sólidos y obtenía conquistas más concretas. Así ha sido desde los días de Hécuba y de Héctor, domador de caballos: en el interior de la casa, las mujeres de cabello ondeante y manos alzadas al cielo ofrecían plegarias, contemplaban el combate del mundo desde lejos y llenaban los días largos y vacíos con recuerdos y temo­res; en el exterior, los hombres, en feroz lucha contra lo divino y lo huma­no, sofocaban los recuerdos bajo los propósitos y perdían la noción del temor e incluso del riesgo de caer heridos en el apresurado ardor de la acción.

De lo que has visto de Tom, lector, podemos concluir que se trata de un muchacho al que nadie profetizaría un fracaso en lo que deseara firme­mente emprender: probablemente, las apuestas estarían de su parte a pesar del escaso éxito que había tenido con los clásicos. Lo cierto era que Tom nunca había deseado alcanzar el éxito en ese terreno: y para obtener una buena cosecha de estupidez, no hay nada como sembrar en un cere­bro una serie de asuntos que no le interesen. Sin embargo, ahora la pode­rosa voluntad de Tom, concentrando los esfuerzos y superando los desa­lientos, había unido la integridad, el orgullo, los pesares familiares y la ambición personal y los había convertido en una fuerza. El tío Deane, que lo observaba atentamente, pronto empezó a albergar esperanzas sobre él y a sentirse orgulloso de haber colocado en la empresa a un sobrino que parecía estar hecho para el comercio. Tom, en cuanto su tío empezó a insi­nuar que transcurrido un tiempo, tal vez se le encargaría algún viaje en determinadas temporadas y la compra para la empresa de algunas mer­cancías vulgares —que prefiero no mencionar para no ofender a los oídos delicados— advirtió que había sido un gesto amable por su parte emplear­lo de entrada en el almacén; y, sin duda, pensando en ello, el señor Deane, cuando tenía previsto tomar a solas un vasito de oporto, invitaba a Tom a pasar con él una hora, que dedicaba a sermonear e instruirlo sobre los artí­culos de exportación e importación, con alguna digresión ocasional de uti­lidad indirecta sobre las ventajas relativas que para los comerciantes de Saint Ogg's suponía que les trajeran las mercancías en bodegas propias o extranjeras, tema que al señor Deane, en su condición de naviero, hacía soltar chispas en cuanto se calentaba con la conversación y el vino. Durante el segundo año, aumentó el salario de Tom, pero todo, excepto lo que costaba la comida y la ropa, iba a parar a la caja de lata de su casa, y el joven rehuía la camaradería por temor a que lo empujara a gastos no deseados. Con todo, Tom no encajaba en el bobo modelo del «aprendiz industrioso»; deseaba ardientemente algunos placeres, le habría gustado ser domador de caballos y ofrecer una figura distinguida ante los ojos del vecindario, repartir bienes y prebendas con calculada generosidad y ser considerado uno de los jóvenes más refinados de la región; más aún, esta­ba decidido a conseguir todo eso tarde o temprano. Pero su astucia le decía que los medios para lograrlo exigían que se sacrificara en aquel momento: debía superar determinadas etapas y una de las primeras era el pago de las deudas de su padre. Tras tomar esta decisión, siguió adelante sin vacilar, envuelto en cierta severidad saturnina, tal como hace un hom­bre joven cuando se le exige de modo prematuro que se muestre responsable. Tom sentía intensamente esa necesidad de hacer causa común con su padre que se deriva del orgullo familiar, y se concentraba en compor­tarse como un hijo irreprochable; pero la experiencia que iba adquirien­do le hacía condenar en silencio la imprudencia e irreflexión de la con­ducta pasada de su padre: no tenían caracteres afines y el rostro de Ton, no se mostraba muy alegre durante las horas que pasaba en casa. Maggie sentía por él un respeto reverencial y aunque luchaba para combatirlo, porque era consciente de que ella poseía pensamientos más amplios Y motivos más profundos, era inútil. Un carácter en armonía consigo mismo, que logra lo que se propone, domina los impulsos opuestos y no se plantea nada imposible, es fuerte gracias a lo que niega.

Como bien puedes imaginar, lector, las diferencias entre Tom y su padre, cada vez más obvias, sirvieron para reconciliarlo con las tías y los tíos maternos; y los informes y predicciones favorables del señor Deane al señor Glegg en relación con la aptitud de Tom para los negocios empezaron a ser tema de conversación entre ellos con distintos grados de convic­ción. Al parecer, Tom era capaz de hacer honor a la familia sin causar gasto ni problema alguno. A la señora Pullet siempre le había parecido extraño que la excelente tez de Tom, tan propia de los Dodson, no fuera indicio de que el muchacho acabaría saliendo bien, y que errores juveniles tales como correr tras el pavo real y la falta de respeto general a sus tías sólo indicaban la presencia de unas gotas de la sangre de los Tulliver que, sin duda, se habían diluido al crecer. El señor Glegg, que había contraído un prudente afecto por Tom al comprobar la actitud enérgica y sensata de éste cuando subastaron los objetos de la casa, comunicó que abrigaba una decisión para favorecer sus perspectivas más adelante, cuando se le ofre­ciera la posibilidad de hacerlo de modo prudente y sin grandes pérdidas; pero la señora Glegg destacó que ella no era dada a hablar sin autoridad, como otras personas, y que quienes menos hablaban, más éxito acostum­braban a tener, y que cuando llegara el momento, ya se vería quién podía hacer algo mejor que hablar. El tío Pullet, tras meditar en silencio duran­te varios caramelitos, llegó claramente a la conclusión de que cuando era probable que un joven se desenvolviera adecuadamente, lo mejor era no inmiscuirse en sus cosas.

Entre tanto, Tom no había mostrado ninguna disposición a confiar en nadie más que en sí mismo aunque, con una natural sensibilidad hacia los indicios de opiniones favorables, se alegraba de que su tío pasara por su trabajo a hacerle alguna visita y que lo convidara a comer a su casa, aun­que generalmente prefería rechazar la invitación con el pretexto de que tal vez no fuera puntual. No obstante, un año atrás había sucedido algo que indujo a Tom a poner a prueba la disposición amistosa del tío Glegg.

Bob Jakin, que pocas veces olvidaba visitar a Tom y a Maggie cuando regresaba de uno de sus recorridos, una tarde esperó a Tom en el puente cuando volvía a casa desde Saint Ogg's con intención de mantener una conversación en privado. Se tomó la libertad de preguntar al señor Tom si alguna vez se le había ocurrido ganar dinero comerciando un poco por su cuenta. ¿Comerciar? ¿Cómo?, quiso saber Tom. Caramba, pues enviando una carga a algún puerto extranjero; Bob tenía un amigo que le había ofrecido ayudarlo con mercancías de Laceham y que de buen grado ayu­daría al señor Tom en las mismas condiciones. Tom se interesó de inme­diato y le pidió que le diera más detalles, sorprendido de que no se le hubiera ocurrido a él antes esa idea. Le agradaba tanto el proyecto de una especulación que pudiera cambiar el lento proceso de la suma por el de la multiplicación que decidió de inmediato tratar el asunto con su padre y conseguir su consentimiento para tomar parte de los ahorros de la caja y comprar un pequeño cargamento. Habría preferido no tener que con­sultar a su padre, pero acababa de depositar hasta la última moneda en la caja de lata y no tenía otro remedio. Allí estaban todos los ahorros: el señor Tulliver no querría de ningún modo colocar el dinero para que produje­ra interés por temor a perderlo. Desde que una vez especuló comprando grano y perdió la inversión, no se sentía seguro si no tenía el dinero al alcance de la mano.

Aquella noche, mientras. estaba sentado frente a la chimenea, Tom abordó la cuestión con cuidado, y el señor Tulliver escuchó, inclinado hacia delante en el sillón y mirándolo a la cara con expresión escéptica. Su primer impulso fue negarse en redondo, pero sentía cierto respeto por los deseos de Tom y, dado que tenía la sensación de ser un padre «funesto», ya no tenía la misma imperiosa necesidad de mandar. Sacó del bolsillo la llave del escritorio, extrajo la llave del arcón y tomó la caja de lata lenta­mente, como si intentara retrasar el momento de una dolorosa separa­ción. Después volvió a sentarse ante la mesa y abrió la caja con la llavecita del candado con la que jugueteaba en el bolsillo del chaleco siempre que tenía un rato libre. Allí estaban los sucios billetes de banco y los brillantes soberanos, y los contó sobre la mesa: tras tanto escatimar durante dos años, sólo habían conseguido ahorrar ciento dieciséis libras.

—Entonces, ¿cuánto quieres? —preguntó, hablando como si las palabras le abrasaran los labios.

—¿Qué le parece que empiece con treinta y seis libras, padre? —pregun­tó Tom.

El señor Tulliver separó esa cantidad del resto.

—Es todo lo que ahorro de mi paga en un año —dijo sin quitar la mano de encima.

—Sí, padre. Es muy lento ahorrar con lo poco que ganamos. Y, de esa manera, podremos doblar nuestros ahorros.

—Ah, muchacho —dijo el padre, sin levantar la mano del dinero—. Pero podrías perderlo, podrías perder un año de mi vida, y no me quedan muchos.

Tom permaneció en silencio.

—Y sabes que no quise pagar dividendos con las primeras cien libras, por­que quería verlas todas juntas y, cuando las veo, me siento más tranquilo. Si confías en la suerte, seguro que estará en mi contra. Es Pero Botero quien tiene la suerte en sus manos. Y si pierdo un año, nunca lo recupe­raré, la muerte podría llevárseme —dijo con voz temblorosa.

—En ese caso, padre —dijo Tom tras unos minutos de silencio—, ya que pone tantas objeciones, no seguiré adelante.

Sin embargo, no deseaba abandonar el proyecto por completo, de modo que resolvió pedir al tío Glegg que le prestara veinte libras a cambio del cinco por ciento de los beneficios. No era mucho pedir. Así que cuan­do Bob pasó al día siguiente por el muelle para saber qué decisión había tomado, Tom le propuso que fueran juntos a ver al tío Glegg para iniciar el negocio; seguía siendo un chico tímido y orgulloso y tenía la sensación de que la lengua de Bob haría que se sintiera más seguro.

Como es natural, en aquella hora agradable, las cuatro de la tarde de un cálido día de agosto, el señor Glegg estaba contando los frutos de sus árbo­les para asegurarse de que el número total no había variado desde el día anterior. Tom se le acercó junto a lo que al señor Glegg le pareció una compañía poco recomendable: un hombre con un saco al hombro —ya que Bob estaba preparado para emprender otro viaje— y un enorme bull-­terrier manchado que caminaba contoneándose lentamente y miraba con los ojos entrecerrados, con una hosca indiferencia que bien podría ocul­tar las intenciones más aviesas. Las gafas del señor Glegg, que lo habían ayudado a contar los frutos, destacaron estos detalles sospechosos de modo alarmante.

—¡Eh, eh! ¡Que se vaya ese perro! —gritó, agarrando un palo y soste­niéndolo ante él como protección en cuanto los visitantes se encontraron a tres yardas de distancia.

Largo Mumps —ordenó Bob, dándole una patada—. Es tranquilo como un corderito. —Mumps corroboró la observación con un largo gruñido mientras se replegaba tras las piernas de su amo.

—¡Vaya! ¿Qué significa esto, Tom? —preguntó el señor Glegg—. ¿Sabes algo de los sinvergüenzas que me cortan los árboles? —Si Bob acudía como «informador» , entonces el señor Glegg podría tolerar alguna irregulari­dad.

No, señor —dijo Tom—. Hemos venido a hablar de un pequeño nego­cio que me interesa.



Ah, bien. Pero, ¿qué tiene que ver el perro con eso? —preguntó el anciano caballero, volviendo a mostrarse amable.

—El perro es mío —intervino Bob con su habitual rapidez—. Y soy yo quien ha contao al señor Tom lo d'ese negocio, porque el señor Tom ha sido amigo mío desde que era un crío: mi primer trabajo fue espantar a los pájaros pa el viejo amo. Y siempre pienso que, si se presenta la buena suerte, dejaré que el señor Tom también se aproveche. Y es una verdadera pena que si se presenta la oportunidad d’hacer algún dinero enviando género fuera, con un diez o doce por ciento de beneficio después de pagar los costes de flete y las comisiones, no pueda hacerlo porque no tiene dinero. Y son géneros de Laceham, a ver, que están hechos a propósito pa gente que quiera enviar una pequeña partida: son ligeros y no ocupan sitio; el paquete de veinte libras ni se ve, y son manufaturas que gustan a cualquiera, de manera que es fácil venderlas. Y yo iré a Laceham y compraré los productos pa el señor Tom y pa mí, y el encargado de un carguero se ocupará de ellos, lo conozco personalmente, es un buen hombre y tiene familia aquí, en el pueblo: se llama Salt y, como es natu­ral, es un individuo muy salao y de fiar; si no se lo cree, puedo acompa­ñarlo a que lo vea.

El tío Glegg escuchó con la boca abierta de sorpresa el locuaz discurso de Bob, que apenas comprendía. Lo miró primero por encima de las gafas, después por debajo y luego otra vez por encima; entre tanto, Tom, inseguro de la opinión que tendría su tío, empezó a desear no haber lle­vado a aquel Aarón o portavoz. La charla de Bob le parecía menos con­vincente ahora que la oía ante otra persona.

—Parece usted muy entendido —dijo el señor Glegg finalmente.

—Pues sí, señor, eso es —prosiguió Bob, asintiendo—. Como que me parece que tengo la cabeza viva por adentro, como si fuera un queso viejo, por­que estoy tan lleno de planes que uno choca con otro. Si no tuviera a Mumps pa hablar, me se llenaría tanto que me daría un ataque. Será porque nunca fui demasiado al colegio. Es lo que yo digo a mi madre: «Debería haberme enviado más al colegio, entonces podría leer pa distraerme y ten­dría la cabeza más fría y vacía». Vaya, ahora está bien y cómoda, mi vieja, come carne asada y habla to lo que quiere. Porque estoy ganando tanto que tendré que casarme pa que lo gaste mi mujer, pero es una lata tener mujer, y a Mumps a lo mejor no le gusta.

El tío Glegg que, desde que se había retirado de los negocios se consi­deraba un hombre jocoso, empezaba a encontrar divertido a Bob, pero todavía tenía que hacer un comentario desaprobador que lo mantenía serio.

Ah, me parece que no sabe usted cómo gastar su dinero; si no, no ten­dría ese perrazo, que comerá como dos cristianos. ¡Es una vergüenza, es una vergüenza! —exclamó, más triste que enfadado. Y añadió rápidamen­te—: Pero vamos, oigamos más cosas sobre este negocio, Tom. Imagino que quieres un poco de dinero para probar fortuna. Pero, ¿dónde está el tuyo? No te lo gastarás todo, ¿verdad?



—No, señor —contestó Tom sonrojándose—. Pero mi padre no desea arriesgarlo y yo no quiero insistir. Si pudiera conseguir veinte o treinta libras para empezar, podría pagar el cinco por ciento y así, gradualmente, formar un pequeño capital propio y seguir adelante sin préstamos.

Vaya, vaya —dijo el señor Glegg con tono de aprobación—. No es una mala idea, y no te digo que no sea yo la persona indicada. Pero preferiría ver a ese Salt del que habláis. Y el amigo aquí presente s’ofrece a comprar el género... ¿Si le damos el dinero, l'avalará alguien? —añadió el precavido anciano, mirando a Bob por encima de las gafas.



—Me parece que no es necesario, tío —dijo Tom—. Por lo menos, para mí no sería necesario, porque conozco bien a Bob; pero quizá usted sí quiera alguna garantía.

—Usted se quedará con algún porcentaje de la compra, supongo —dijo el señor Glegg, mirando a Bob.

—No, señor —contestó Bob indignado—. No l'he ofrecido al señor Tom una manzana pa llevarme un bocao. Cuando engaño a otro lo hago con más ingenio.

—Pero si es perfectamente correcto que usted tenga un pequeño por­centaje —dijo el señor Glegg—. No soy partidario de las transaciones en las que la gente trabaja a cambio de nada.

—Bien, pues —contestó Bob, que gracias a su agudeza vio de inmediato a qué se refería—: le diré lo que saco yo d'esto que, al final, m’hará tamién ganar dinero. Si hago compras mayores, gano consideración: ése es mi plan. Soy un tipo listo.

—Glegg, Glegg —espetó una voz severa desde la ventana abierta del salón—. ¿Te importaría venir a tomar el té? ¿O piensas seguir charlando con buhoneros hasta que te asesinen a plena luz del día?

—¿Asesinen? —preguntó el señor Glegg—. ¿De qué habla esta mujer? Aquí está tu sobrino Tom hablando de negocios.

—Pues sí, de que te asesinen. No hace mucho se juzgó el caso de un buhonero que asesinó a una joven, le robó el dedal y tiró el cadáver a una cuneta.

—No, no —protestó el señor Glegg con tono tranquilizador—: te refieres a un hombre sin piernas que iba en un carrito tirado por un perro.

—Bueno, es lo mismo, Glegg, pero tú te empeñas en llevarme la contra­ria. Y si mi sobrino ha venido a hablar de negocios, sería más adecuado que lo hicieras pasar a la casa y permitieras que su tía se enterara, en lugar de murmurar por los rincones como si conspirarais o tramarais algo.

—Bien, bien —accedió el señor Glegg—, ahora entramos.

—No es necesario que se quede —dijo la dama dirigiéndose a Bob con voz fuerte, más adecuada a la distancia moral que los separaba que a la física—. No queremos nada. Yo no compro a los buhoneros. Y cierre bien la puer­ta del jardín al salir.

—Alto, no vaya tan aprisa, señora Glegg —dijo el señor Glegg—. Todavía no he terminado con el joven. Pasa, Tom, pasa—añadió, entrando por una puerta ventana.

—Glegg —declaró la señora Glegg en tono de fatalidad—: si tienes inten­ción de permitir que este hombre y su perro me pisen la alfombra delan­te de mis narices, has el favor de comunicármelo. Supongo que una espo­sa tiene el derecho a saberlo.

—No se inquiete, señora mía —dijo Bob, tocándose la gorra. Advirtió de inmediato que la señora Glegg era una pieza digna de cazarse y se aprestó a ello—. Mumps y yo nos quedaremos aquí, en la gravilla. Mumps sabe con quién trata, ni que le silbe durante una hora se tirará sobre una verdade­ra señora como usté. Hay que ver cómo reconoce a las damas hermosas, Y le gustan especialmente las de buena figura. A ver, —añadió Bob, deposi­tando el fardo en la gravilla—, es una lástima que una dama como usté no trate con buhoneros en lugar de ir a esas tiendas modernas donde hay media docena de caballeros con la barbilla bien tiesa por el cuello duro, que parecen botellas con tapones d'adorno, que tienen que sacar d'un trozo de percal pa comer. No es razonable que pague tres veces lo que pagaría a un buhonero, pues ésa es la manera natural de comprar porque no paga alquiler y no tiene que soltar una mentira tras otra quiera o no quiera. Pero señora, usté sabe mejor que yo lo que es bueno, seguro que adivina las intenciones de los tenderos.

—Pues sí, claro que sí. Y también de los vendedores ambulantes —obser­vó la señora Glegg, con intención de dejar claro que los halagos de Bob no habían producido en ella el menor efecto; entre tanto, su esposo, que per­manecía en pie detrás de ella, con las manos en los bolsillos y las piernas separadas, sonrió y guiñó un ojo con deleite conyugal ante la probabilidad de que embaucaran a su esposa.

—Sí, seguro, señora —dijo Bob—. ¡A ver! Seguro que ha tratado con cien­tos de buhoneros cuando era muchacha, antes de que el señor aquí pre­sente tuviera la suerte de poner los ojos en usté. Sé dónde vivía, he visto la casa muchas veces, cerca del señor Darleigh, una casa de piedra con esca­leras...

—Ah, así era —dijo la señora Glegg, sirviendo el té—. Entonces, conoce un poco a mi familia... ¿es pariente de aquel buhonero con un ojo bizco que traía lino irlandés?

—¡Ahí está! —exclamó Bob, eludiendo la pregunta—. Si ya sabía yo que las mejores compras de su vida habían sido a algún buhonero. ¡A ver! Si hasta un buhonero bizco es mejor que un tendero con los ojos rectos. Pardiez, ojalá hubiera tenido la suerte de visitar la casa de piedra con este fardo... —dijo, inclinándose y asestando un enfático puñetazo en el saco—, mientras las hermosas jóvenes esperaban en los escalones de piedra... cómo me habría gustado enseñarles mi fardo. Ahora, los buhoneros sólo pasan por casas pobres, si no es por las criadas. Qué tiempos tan malos éstos, señora. Mire los algodones estampados que se llevan ahora y cómo eran cuando usté los llevaba. Seguro que usté no se pondrá nada d'eso. Tiene que ser de primera, la tela que usté compre, algo que lleve con gusto.

—Sí, mejores que los que usted tiene, sin duda: no creo que tenga nada de primera, excepto el descaro dijo la señora Glegg, convencida de su sagacidad insuperable—. Glegg, ¿piensas sentarte a tomar el té? Tom, toma esta taza.

—En eso ha tenido razón, señora dijo Bob—, mi fardo no es pa damas como usté. Ya pasaron esos tiempos. Ahora llevamos gangas baratísimas, con alguna tara aquí o allá, que puede cortarse o que no se ve una vez puesto; pero nada bueno pa ofrecer a las personas ricas que pagan por lo que nadie ve. Yo no soy d'esos que querrían enseñarle su mercancía, seño­ra: no, no; yo soy un tipo insolente, como usté dice, porque estos tiempos que corren nos hacen insolentes, pero no tanto.

—Bueno, ¿qué telas lleva en el fardo? —preguntó la señora Glegg—. Tejidos de colores, supongo; chales y todo eso.

—De todo tipo, señora, de todo tipo —dijo Bob, dando un golpe al hati­llo—. Pero no hablemos más d'eso, si usté quiere. Estoy aquí por los nego­cios del señor Tom y no soy d'esos que ocupan el tiempo de los demás con sus asuntos.

—Pues hagan el favor de decirme en qué consiste ese negocio que me quieren ocultar —dijo la señora Glegg que, acosada por una doble curiosi­dad, se veía obligada a posponer una de ellas.

—Un pequeño plan de nuestro sobrino Tom, aquí presente —dijo él señor Glegg con aire afable—, y no del todo malo, creo yo. Un proyeto para ganar dinero qué es justo la clase de plan adecuado para los jóvenes que tienen que labrarse un futuro, ¿verdad, Jane?

—Espero que en su plan no cuente con que sus parientes se encarguen de todo, pues así es como piensan ahora los jóvenes. Les ruego que me cuenten qué tiene que ver este buhonero con lo que sucede en nuestra familia. ¿Es que no puedes hablar por ti mismo, Tom, e informar a tu tía, como debe hacer un sobrino?

—Este joven se llama Bob Jakin, tía —explicó Tom, dominando la irrita­ción que le producía la tía Glegg—. Y lo conozco desde qué éramos niños. Es muy buen muchacho y siempre está dispuesto a hacer algo por mí. Y tiene cierta experiencia en esto de enviar manufacturas a otros lugares en pequeñas cantidades; y cree que si yo hiciera lo mismo, podría ganar algún dinero. Así se obtiene un elevado interés.

—¿Un gran interés? —preguntó la tía Glegg con entusiasmo —¿Y a qué llamas tú un gran interés?

—Al diez o doce por ciento, dice Bob, tras pagar todos los gastos.

—En ese caso, ¿por qué no se me ha comunicado antes, Glegg? —preguntó la señora Glegg, volviéndose hacia su marido con un chirriante tono de reproche—. ¿No me has dicho siempre que no es posible obtener más del cinco por ciento?

—Bah, bah, tonterías, mujer —contestó él señor Glegg—. Tú no puede meterte en negocios, ¿verdad? No se puede obtener más del cinco por ciento con seguridad.

—Pero yo sí puedo ocuparme de su dinero, y muy agradecido, señora —dijo Bob—, si usté desea arriesgarlo, aunque tampoco puede decirse que sea un verdadero riesgo. Pero si usté quisiera prestar un poco de dinero al señor Tom, él le pagaría el seis o el siete por ciento y ganaría también un pellizco pa él, y a una dama bondadosa como usté le gustará más el nego­cio si su sobrino participa en él.

—¿Qué dices, señora Glegg? —preguntó el señor Glegg—. Me parece que, después de hacer algunas averiguaciones, ayudaré a Tom con un poquito de cúmquibus para empezar, me pagará intereses, y si tienes por ahí algu­na cantidad metida en un calcetín o algo así...

—iGlegg!, esto es inconcebible! Eres capaz de ir por ahí informando a los vagabundos para que puedan venir a robarme.

—Bien, bien. Como decía, si quisieras aportar veinte libras, bien podrías hacerlo: yo las aumentaría hasta cincuenta. Sería un buen punto de parti­da, ¿no, Tom?

—Espero que no cuentes conmigo, Glegg —dijo su esposa—. No dudo de que, con mi dinero, puedes hacer grandes cosas.

—Pues muy bien —contestó el señor Glegg, algo irritado—, entonces, lo haremos sin ti. Iré con usted a ver a ese Salt —añadió, volviéndose hacia Bob.

—Y ahora, imagino que te irás al otro extremo, Glegg —dijo la señora Glegg—, y querrás excluirme del negocio con mi sobrino. No he dicho nunca que no quisiera poner dinero, y no digo si serán o no esas veinte libras, aunque tú te das mucha prisa en opinar por mí, pero algún día Tom se dará cuenta de que su tía tiene razón al no arriesgar, hasta que se demuestre que no se va a perder, el dinero que ha ahorrado para él.

—Sí, ése es un riesgo agradable —dijo el señor Glegg, guiñando el ojo a Tom indiscretamente, el cual no pudo reprimir una sonrisa. Pero Bob con­tuvo él estallido de la ofendida dama.

—Caramba, señora —intervino con aire de admiración—, usté sí que sabe cómo hacer las cosas. Y está en to su derecho. Primero mira cómo funcio­na él negocio y después toma una generosa decisión. Pardiez, es buena cosa esa de tener buenos parientes. Yo gané mi cúmquibus, como dice el señor, espabilándome solo, diez soberanos fueron, apagando el fuego del molino de Torry, y ha ido creciendo y creciendo poco a poco, hasta que he reunido treinta libras, amás de poner cómoda a mi madre. Podría tener más, pero soy demasiado blando con las mujeres y no puedo evitar ven­derles verdaderas gangas. Por ejemplo, aquí tengo este fardo —dijo, gol­peándolo con energía—. Cualquier otro ganaría un buen dinero, pero yo... Pardiez, si casi lo vendo por lo mismo que m’ha costao.

—¿Lleva usted tela de visillos? —preguntó la señora Glegg con tono condescendiente, acercándose desde la mesilla de té y doblando la servilleta.

—Eh, señora, que no llevo nada que a usté le valga la pena ver. No se me ocurriría enseñárselo, sería un insulto.

—Pero deje que lo vea —insistió la señora Glegg, sin abandonar el aire de superioridad—. Si son piezas taradas, tal vez sean de la mejor calidad.

—No, señora. Yo sé qué lugar me corresponde —dijo Bob, levantando el saco y echándoselo al hombro—. No quiero mostrar mi mercancía barata a una dama como usté. La venta ambulante ya no es lo que era: se escanda­lizaría al ver la diferencia. Señor, estoy a sus órdenes: cuando quiera nos vamos a ver a Salt.

—Todo a su debido tiempo —dijo el señor Glegg, sin ningunas ganas de cortar la conversación—. ¿Te necesitan en el muelle, Tom?

—No, señor. He dejado a Stowe en mi lugar.

—Vamos, entonces deje el fardo y muéstreme lo que lleva —dijo la seño­ra Glegg mientras arrastraba una silla hasta la ventana y se sentaba con gran dignidad.

—No me lo pida, señora —le rogó Bob.

—No se hable más —ordenó la señora Glegg con severidad— y haga lo que le digo.

—Señora, no deseo hacerlo, pero se hará lo que usté ordene —dijo Bob lentamente, depositando el fardo en la puerta y empezando a desatarlo con dedos remisos. Sin dejar de farfullar en las pausas entre una frase y otra, añadió—: no va a comprarme nada... sentiría que lo hiciera... Piense en las mujeres de los pueblos de por aquí, que nunca han ido a más de cien yardas de su casa... sería una pena que usté les comprara sus gangas. Pardiez, si cuando me ven organizan una fiesta... Y nunca volveré a con­seguirles gangas como éstas. Ahora no tengo tiempo, porque tengo que irme a Laceham. Mire esto —añadió Bob, recobrando su rapidez habitual y sosteniendo un pañuelo de lana escarlata con una corona bordada en la esquina—: aquí tiene algo con lo que a una muchacha se le haría la boca y sólo por dos chelines. ¿Por qué? Porque tiene un agujerito de poli­lla en esta esquina sin bordar. Pardiez, me parece que la Providencia envió las polillas y el moho a propósito pa rebajar un poco los tejidos pa las mujeres hermosas que no tienen mucho dinero. Si no hubiera sido por eso, todos los pañuelos serían de las damas ricas y hermosas como usté, señora, a cinco chelines la pieza, ni un cuarto de penique menos. Pero, ¿qué hace la polilla? ¡A ver! Se zampa tres chelines en un santiamén, y así los vende­dores ambulantes como yo podemos llevar un poquito de fuego a las mu­chachas pobres que viven en casas oscuras. ¡Pardiez, si cuando mira uno este pañuelo tiene la sensación de que es una hoguera!

Bob lo sostuvo a distancia para admirarlo bien:

—Sí, pero en esta época del año nadie quiere fuego —espetó la señora Glegg—. Deje a un lado las cosas de color y déjeme ver las telas de visillo, si tiene.

—Señora, ya le dije lo que iba a suceder —dijo Bob, arrojando a un lado las telas de colores con aire de desesperación—. Ya sabía yo que se enojaría por tener que ver estos artículos miserables que yo llevo. Aquí tiene un retal de muselina estampada pero, ¿pa qué va a perder el tiempo mirán­dola? Es como si se dedicara a mirar lo que comen los pobres: sólo conse­guiría perder el apetito. En mitad de la pieza, hay una yarda que ha que­dado sin dibujo. Pardiez, si esta muselina es digna de la princesa Victoria —dijo Bob, arrojándola hacia el césped, como si quisiera apartarla de los ojos de la señora Glegg— , pero la comprará la mujer del buhonero de Fibb's End, allí irá a parar. Diez chelines por todo, diez yardas, contando la estropeada: habría costado veinticinco chelines, ni un penique menos. Pero no diré nada más, señora; eso no es nada pa usté. Usté puede pagar tres veces mas por algo que no sea ni la mitad de bueno. Y de los visillos de que hablaba usté.. bien, tengo una pieza de risa...

—Traiga esa muselina —dijo la señora Glegg—. Es de color crema y tengo debilidad por ese color.

—Señora, que es una pieza tarada —insistió Bob con tono de desprecio—. ¡No hará nada con ella, señora. Se la dará a la cocinera, ya lo sé, y sería una pena porque parecerá una señora: no es adecuada pa una criada.

—Cójala y mídala —ordenó la señora Glegg.



Bob obedeció a regañadientes.

—¡Mire lo que sobra! —dijo, mostrando media yarda, mientras la señora Glegg examinaba el trozo estropeado y echaba la cabeza hacia atrás para juzgar si se veía la tara de lejos.

—Le doy seis chelines por ella —soltó la señora Glegg con aire de quien da un ultimátum.

—Señora, si ya le dije que le ofendería mirar mi fardo. Ese trozo estropeado le ha revuelto el estómago, me doy cuenta —dijo Bob, recogiendo la muse­lina a toda velocidad con intención aparente de recoger la carga—. Cuando usté vivía en la casa de piedra, estaba usté acostumbrada a que los buhoneros le trajeran otro tipo de artículos. La venta ambulante ya no es lo que era, ya se lo he dicho: lo que yo llevo es pa gente vulgar. La señora Pepper me dará diez chelines por esa muselina y será una pena que no le pida más. Estos artí­culos se amortizan: conservan el color hasta que se deshacen los hilos en la tina de lavar, cosa que no sucederá mientras yo sea joven.



—Bien, pues siete chelines —dijo la señora Glegg.

—Quíteselo de la cabeza, señora —dijo Bob—. Aquí tiene un trozo de visillo, pa que lo mire mientras recojo el fardo. Pa que vea en qué se ha convertido este oficio. Con topos y ramitas, ya ve; bonito, pero amarillento: se ha quedado arrinconado y ha cogido ese color. Nunca habría podido com­prar un visillo de esta calidad si no hubiera estado de este color. Pardiez, me ha costado mucho aprender el valor de estos artículos; cuando empe­cé a llevar el fardo era ignorante como un cerdo: no distinguía entre el visillo y el calicó. Creía que las telas, cuanto más gruesas, más valían. Me asusté, porque soy un tipo simple, incapaz de artimañas, señora. No veo mucho más allá de mi nariz y si voy más lejos, temo equivocarme. Y di cinco chelines con ocho peniques por este retal pa visillos, y si le dijera otra cosa, estaría contándole mentiras: y cinco chelines con ocho peniques pediré por él, ni un penique más, porque es un artículo pa mujer y a mí me gusta complacerlas. Cinco con ocho por seis yardas: es tan barato como si se pagara sólo el polvo que cubre la tela.



—No me importaría quedarme tres yardas —dijo la señora Glegg.

—Caramba, si hay seis en total —dijo Bob—. No, señora, no le merece la pena: mañana mismo puede ir a la tienda y comprar el mismo dibujo blan­queado. Sólo le costará tres veces más, pero ¿qué es eso pa una señora como usté? —añadió Bob, atando el fardo con énfasis.

Vamos, déme esa muselina —ordenó la señora Glegg—. Tenga ocho che­lines por ella.

—Estará de broma, señora —dijo Bob, mirándola con aire divertido—. En cuanto la vi en la ventana, me di cuenta de que usté es una dama muy bro­mista.

—Bien, apártemela —ordenó la señora Glegg.

—Pero si se la dejo por diez chelines, señora, espero que tenga la bondá de no decírselo a nadie. Me convertiría en el hazmerreír de mi gremio, se burlarían de mí si lo supieran. Tengo que hacer creer que pido más por mi mercancía, si no se darán cuenta de que soy tonto. Le agradezco que no insista en comprar el visillo, porque entonces habría perdido mis dos mejores gangas y pensaba ofrecérselas a la señora Pepper de Fibb's End, que es una buena clienta.

—Déjeme ver otra vez el visillo —dijo la señora Glegg, encaprichada con los topos y las ramitas, ahora que los perdía de vista.

—Bien, no puedo negarme, señora —dijo Bob, tendiéndoselo—. ¡Qué dibujo! Auténticas manufaturas de Laceham. Ésta es la clase de telas que recomiendo que envíe el señor Tom. Pardiez, es un buen artículo pa cual­quiera que tenga un poco de dinero. Estas telas de Laceham harán que el dinero críe como conejos. ¡Si yo fuera una señora con un poco de dinero! Vaya, conocí una que puso treinta libras en este negocio, una señora con una pierna de madera, pero tan lista que no había quien la pillara: antes de empezar cualquier cosa, ya sabía por dónde tenía que ir. Pues bien, prestó treinta libras a un joven dedicado a la pañería y él las invirtió en teji­dos de Laceham; un oficial encargado de la carga que es amigo mío, aun­que no es Salt, se las llevó, y consiguió el ocho por ciento a la primera, y ahora estará enviando mercancías en todos los barcos, hasta que se haga tan rica como un judío. Bucks se llama, no vive en esta ciudad. Ahora, señora, si hiciera el favor de darme ese retal de visillo...



—Quince chelines por los dos —propuso la señora Glegg—, pero es un precio vergonzoso.

—Quia, señora. No lo dirá cuando lleve cinco años arrodillándose en la iglesia. Le estoy haciendo un regalo, de veras. Esos ocho peniques me recortan los beneficios como una navaja. Ahora, señor —prosiguió Bob, echándose el fardo al hombro—, si hace usté el favor, quisiera ir a encar­garme de ayudar al señor Tom a hacerse rico. Ah, me gustaría que tuviera otras veinte libras pa prestármelas a mí: las emplearía más deprisa de lo que se tarda en decir el catecismo.

Aguarda un momento, Glegg —dijo la dama cuando su esposo cogía el sombrero—. Nunca quieres darme oportunidad de hablar. Vete ahora y ocúpate de este negocio, y al regresar dime si todavía estoy a tiempo de hablar. ¡Como si no fuera tía de mi propio sobrino y cabeza de su familia materna! Como si no tuviera unas buenas guineas apartadas para él, así sabrá a quién debe respetar cuando yo esté en el ataúd.

Vamos, señora Glegg, di lo que quieras decir de una vez —la apremió el señor Glegg.

—Bien, deseo que no se haga nada sin que yo lo sepa. No digo que no vaya a arriesgar veinte libras, si averiguas que todo es correcto y seguro. Y, si lo hago, Tom —concluyó la señora Glegg, volviéndose hacia su sobrino con aire imponente—, espero que recuerdes siempre y guardes agradeci­miento a esta tía. Ya sabes que te pediré un interés, porque no soy parti­daria de dar cosas: en mi familia nunca hemos esperado regalos.

—Gracias, tía —contestó Tom con orgullo—. Yo también prefiero que se trate de un préstamo.

—Muy bien, ése es el espíritu de los Dodson —sentenció la señora Glegg, levantándose para recoger su labor con la sensación de que cualquier cosa que se añadiera a esta frase lapidaria supondría un súbito descenso de lo sublime a lo vulgar.

Tras descubrir a Salt —ese individuo tan salao— envuelto en una nube de humo de tabaco en The Anchor Tavern, el señor Glegg inició una investiga­ción que resultó lo bastante satisfactoria como para garantizar el adelanto del «cúmquibus», al que la tía Glegg contribuyó con veinte libras; y en este modesto principio puedes ver, lector, el origen de un hecho que, de otro modo, te habría sorprendido. Sin que su padre lo supiera, Tom empezó a acumular unos ahorros que prometían, a no muy largo plazo, superar la cantidad guardada y saldar las deudas. En cuanto empezó a dedicarse a esta fuente de beneficios, Tom decidió sacarle el mayor partido posible y no perdió oportunidad de obtener información y ampliar sus pequeños negocios. No se lo dijo a su padre, influido por esa extraña mezcla de sen­timientos opuestos que con frecuencia da razón por igual a quienes cen­suran un comportamiento y a quienes lo admiran: por un lado, se debía a ese rechazo a las confidencias que se da entre familiares próximos —un rechazo hacia la familia que estropea la relación más sagrada de nuestra vida—; y, por otro, lo empujaba el deseo de sorprender a su padre con una gran alegría. No se le ocurrió pensar que habría sido mejor aliviar el inter­valo con una esperanza y evitar el delirio de una alegría repentina.



Cuando Maggie se encontró con Philip por primera vez, Tom poseía ya un capital de casi ciento cincuenta libras y, mientras caminaban a la luz del atardecer por las Fosas Rojas, bajo la misma luz del ocaso, Tom cabalgaba hacia Laceham, orgulloso de emprender el primer viaje en nombre de Guest & Co., dando vueltas a las oportunidades que, a finales del año siguiente, le permitirían duplicar los beneficios, borrar del nombre de su padre el oprobio de las deudas y tal vez —porque ya tendría veintiún años­empezar de nuevo en otro empleo más digno. ¿Acaso no lo merecía? Estaba convencido de que así era.

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