George Eliot El molino del Floss



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Libro quinto

El trigo y la cizaña



Capítulo I


En las Fosas Rojas
El salón familiar era una habitación alargada con una ventana en cada extremo; desde una se divisaba la granja y un tramo del curso del Ripple hasta las orillas del Floss, y la otra daba sobre el patio del molino. Maggie estaba sentada con su labor junto a esta última ventana cuando vio entrar en el patio al señor Wakem, montado, como de costumbre, en su bello caballo negro; pero aquella vez no iba solo. Lo acompañaba alguien, cubierto con una capa, sobre un hermoso poni. Maggie apenas tuvo tiem­po de advertir que se trataba de Philip cuando estaban ya ante la ventana y el muchacho la saludaba quitándose el sombrero; el padre de Philip per­cibió el gesto con el rabillo del ojo y giró la cabeza para mirarlos con aire severo.

Maggie se alejó apresuradamente de la ventana y se llevó la labor al piso de arriba; puesto que el señor Wakem algunas veces entraba y examinaba los libros de cuentas, Maggie pensó que la presencia de sus padres despojaría de todo aliciente al encuentro con Philip. Tal vez lo viera algún día, cuando pudiera estrecharle la mano y contarle que se acordaba de lo bueno que había sido con Tom y de todo lo que le había dicho en aque­llos tiempos, aunque ahora ya no pudieran ser amigos. A Maggie no le inquietaba volver a ver a Philip: sentía la misma gratitud y piedad que antes y recordaba lo listo que era. Además, durante las primeras semanas de su soledad, había evocado continuamente su imagen junto a la de otras personas que se habían mostrado amables con ella, y con frecuencia deseaba tenerlo por hermano y maestro, tal como habían imaginado en su charla. Sin embargo, había expulsado aquel deseo junto con otros sueños enca­minados a satisfacer su voluntad; además, pensaba que tal vez Philip hubie­ra cambiado tras su estancia en el extranjero: quizá ahora fuera más mun­dano y no le importara lo que ella pudiera decirle. No obstante, resultaba agradable comprobar lo poco que había cambiado el rostro de Philip: era sólo una copia ampliada y masculina de los pequeños y pálidos rasgos del niño, con sus mismos ojos grises y el infantil cabello castaño y ondulado; la antigua deformidad suscitaba la misma piedad y, después de tantas meditaciones, Maggie pensó que, sin duda, debería gustarle conversar un poco con él. Tal vez siguiera siendo un muchacho triste, como antes, y deseara que ella lo tratara con afecto. Se preguntó si recordaría lo mucho que admiraba sus ojos. Con este pensamiento, Maggie echó un vistazo al espejo cuadrado condenado a colgar de cara a la pared y estuvo a punto de levantarse para cogerlo; pero se contuvo y tomó la costura, intentando reprimir aquellos deseos con el recuerdo de algunos fragmentos de him­nos, hasta que vio que Philip y su padre regresaban por el camino y pudo bajar de nuevo.

Estaban ya a mediados de junio y Maggie tendía a alargar el paseo dia­rio que era ahora el único placer que se permitía; pero aquel día y el siguiente estuvo tan ocupada con un trabajo que debía terminar que no llegó más allá de la puerta de la verja y satisfizo sus deseos sentándose al aire libre. Cuando no tenía que ir a Saint Ogg's, uno de sus paseos más fre­cuentes, la encaminaba a un lugar situado tras lo que se conocía con el nombre de «la colina» —una insignificante elevación de terreno coronada de árboles, situada junto al camino que discurría frente a las puertas del molino de Dorlcote—. La denomino insignificante porque apenas era más alta que un montículo; pero en algunos momentos la Naturaleza convier­te un mero montículo en un medio para alcanzar un resultado funesto, y por eso te ruego, lector, que imagines este promontorio boscoso que for­maba una pared desigual de casi un cuarto de milla, junto al costado izquierdo del molino de Dorlcote, y los agradables campos situados detrás de él y limitados por el rumoroso Ripple. A los pies de la colina nacía un camino que la rodeaba y conducía a la parte posterior, rota en caprichosos hoyos y túmulos por los trabajos de una cantera agotada, abandonada tanto tiempo atrás que las zarzas y los árboles vestían los agujeros y mon­tículos, y aquí y allá la cubrían las franjas de hierba que unas pocas ovejas mantenían bien corta. En su infancia, Maggie sentía un gran respeto por aquel lugar, llamado «las Fosas Rojas», y sólo una gran confianza en el valor de Tom conseguía convencerla para llegar hasta allí, ya que imagi­naba bandidos y animales salvajes en cada hoyo. Con todo, ahora aquel lugar tenía para ella el encanto que posee cualquier terreno escarpado, cualquier remedo de rocas y barrancos, para los ojos habituados al llano; especialmente en verano, cuando se sentaba en una hondonada herbosa a la sombra de un frondoso fresno que crecía torcido en un talud, y escu­chaba el zumbido de los insectos, diminutas campanillas que adornaban el silencio, o contemplaba cómo el sol atravesaba las ramas lejanas, como si pretendiera hacer regresar a casa el azul cerúleo de los jacintos silvestres, escapado del cielo. También en junio los rosales silvestres florecían en todo su esplendor, y ése fue el motivo de que Maggie se dirigiera hacia las Fosas Rojas en cuanto tuvo un día libre: disfrutaba tanto que algunas veces, en su deseo de renuncia, pensaba que debería poner límite a aquellos paseos.

Si pudieras verla, lector, mientras avanza por su camino favorito y entra en las Fosas por el estrecho sendero que cruza un grupo de pinos albares, distinguirías una figura alta con un viejo traje color lavanda, visible bajo un chal hereditario de malla grande en seda negra; en cuanto está segura de que no la ve nadie, se quita la capota y se la ata al brazo. Se diría que lleva en este mundo más de diecisiete años, tal vez por la lenta y resignada tris­teza de su mirada, de la que parece haber desaparecido toda búsqueda e inquietud; quizá porque su torso ancho corresponde al de una mujer joven. La juventud y la salud han resistido bien las penurias voluntarias e involuntarias que le ha deparado el destino, y las noches pasadas sobre el duro suelo a modo de penitencia no han dejado en ella huella evidente: tiene ojos brillantes, mejillas oscuras, firmes y redondas, labios llenos y rojos. Con su tez oscura y la corona azabache que remata su alta figura, parece poseer cierta afinidad con los grandes pinos albares que contempla como si los amara. Pero si se la observa atentamente surge cierta inquie­tud: produce la sensación de que en ella conviven elementos opuestos entre los que parece inminente una violenta colisión. Sin duda, posee una expresión apagada, como la que se ve con frecuencia en rostros más madu­ros, bajo cofias sin adornos, que no encaja con la juventud rebelde que uno esperaría ver aparecer de repente, en una mirada súbita y apasionada que disipara toda la quietud, como un fuego que reviviera cuando parecía ya extinguido.

No obstante, en aquel momento Maggie no se sentía inquieta. Disfrutaba tranquilamente del aire libre mientras alzaba la vista hacia los viejos pinos y pensaba que los extremos rotos de las ramas eran la huella de tormentas pasadas, tras las cuales las rojas ramas apuntaban todavía mas arriba. Pero mientras tenía todavía los ojos puestos en lo alto, percibió el movimiento de una sombra que el sol de la tarde proyectó en el sen­dero herboso situado ante ella. Bajó los ojos sobresaltada y vio a Philip Wakem, que primero la saludó quitándose el sombrero y después, enro­jeciendo profundamente, avanzó hacia ella y le tendió la mano. Maggie también se sonrojó con una sorpresa que de inmediato se convirtió en placer. Extendió la mano y bajó la vista hacia la figura deforme, mas menuda que ella, con ojos francos, llenos tan sólo con los recuerdos de sus sentimientos de niña, que nunca había olvidado. Fue ella la primera en hablar.

—Me has asustado —dijo, con una leve sonrisa—. Por aquí nunca encuen­tro a nadie. ¿Cómo es que paseas por aquí? ¿Has venido a verme?

Era imposible no advertir que Maggie se sentía de nuevo una niña.

—Sí, así es —contestó Philip, todavía algo tenso—. Tenía muchas ganas de verte. Ayer esperé durante largo rato, en la colina cercana a tu casa, para ver si salías, pero no lo hiciste. Hoy he vuelto y cuando he visto el camino que tomabas, no te he perdido de vista y he bajado de la colina. Espero que no te moleste.

—No —dijo Maggie, algo seria, poniéndose otra vez a caminar, como si pretendiera que Philip la acompañara—. Me alegro mucho de que hayas venido, porque deseaba tener la oportunidad de hablar contigo. Nunca he olvidado lo bueno que fuiste hace tiempo con Tom y también conmigo; pero no estaba segura de que tú lo recordaras tan bien como yo. Tom y yo lo hemos pasado muy mal desde entonces, y creo que eso hace que uno piense más en lo que sucedió antes de que llegaran las dificultades.

—No creo que hayas pensado tanto en mí como yo he pensado en ti —contestó Philip tímidamente—. Sabes, cuando estaba lejos de aquí, te retraté tal como te veía aquella mañana en el estudio, cuando dijiste que nunca me olvidarías.

Philip sacó un estuche del bolsillo y lo abrió. Maggie vio una acuarela en la que aparecía inclinada sobre una mesa, con los mechones negros sujetos tras las orejas, mirando al vacío con ojos extraños y soñadores. El retrato era francamente bueno.

—¡Vaya! —exclamó Maggie, sonriendo y enrojeciendo de placer—. ¡Qué niña tan extraña! Me recuerdo peinada así y con ese vestido rosa. La ver­dad, parecía una gitana. Diría que todavía lo soy. —Tras una pequeña pausa, añadió—: ¿Ahora soy tal como esperabas?

Aquellas palabras podrían haber sido las de una mujer coqueta, pero la mirada franca y brillante que Maggie volvió hacia Philip no lo era. Deseaba sinceramente que le gustara su rostro tal como era ahora, pero se debía tan sólo a su deseo innato de admiración y amor. Philip la miró a los ojos durante largo rato

—No, Maggie —contestó en voz baja.

El rostro de Maggie se ensombreció un poco y le tembló ligeramente el labio. Bajó la vista, pero no apartó el rostro y Philip siguió mirándo­la.

—Eres mucho más hermosa de lo que imaginé que serías —añadió Philip lentamente.

—¿De veras? —preguntó Maggie, y el placer hizo que se sonrojara de nuevo más intensamente. Dejó de mirarlo y dio unos pasos con la vista al frente en silencio, como si estuviera asimilando la idea. Tan acostumbra­das están las muchachas a considerar que la vanidad reside en el atuendo que Maggie, al renunciar al espejo, se había propuesto renunciar a todo interés por acicalarse más que a la contemplación de su rostro. Al compa­rarse con las damas jóvenes ricas y elegantes, no se le había ocurrido que bastaba su persona para producir algún efecto. A Philip parecía gustarle el silencio. Caminó a su lado, contemplando su rostro, como si esa visión no le permitiera ningún otro deseo. Habían dejado atrás los pinos y se encon­traban ahora en una verde hondonada casi rodeada por un anfiteatro de pálidas rosas silvestres. Pero a medida que la luz se hacía más intensa, el rostro de Maggie se iba apagando. Se detuvo en la hondonada y miró de nuevo a Philip.

—Me habría gustado que pudiéramos ser amigos —dijo con voz seria y triste—: es decir, si nos hubiera parecido oportuno. Pero debo soportar una pesada carga: no puedo conservar nada de lo que amaba cuando era pequeña. Los viejos libros desaparecieron. Ahora Tom es distinto, y tam­bién mi padre. Es como si fuera la muerte: debo separarme de todo lo que me importaba antes. Y debo separarme de ti: debemos hacer como si el otro no existiera. Por eso quería hablar contigo. Quería que supieras que Tom y yo no podemos actuar como desearíamos en estas cosas, y que si me comporto como si te hubiera olvidado no se debe a la envidia o al orgullo ni a ningún sentimiento adverso.

Maggie hablaba con voz cada vez más triste y suave, y empezaron a llenársele los ojos de lágrimas. El sufrimiento que expresaba el rostro de Philip hacía que éste se pareciera más al de su infancia y que su deformi­dad conmoviera más a Maggie.

—Ya lo sé, entiendo lo que dices —contestó él con voz débil por el abatimiento—. Ya sé qué es lo que nos separa por ambas partes. Pero no es justo, Maggie. Y no te ofendas si te llamo por tu nombre y te tuteo, estoy acos­tumbrado a hacerlo así en mi pensamiento. No es justo sacrificarlo todo a los sentimientos poco razonables de otras personas. Yo renunciaría a muchas cosas por mi padre, pero no renunciaría a una amistad o... a un vínculo de cualquier tipo por obedecer un deseo suyo que a mí no me pareciera justo.

—No lo sé —reflexionó Maggie—. Muchas veces, si me he enfadado o me he disgustado, he creído que no tenía por qué renunciar a nada, y lo he seguido pensando hasta que me he sentido capaz de olvidar mis deberes. Pero no sale nada bueno de eso, es una mala actitud. Estoy segura de que, haga lo que haga, al final preferiré haber renunciado a algo personal antes que haber hecho más difícil la vida de mi padre.

—Pero ¿cómo podría hacerle la vida más difícil que nos viéramos de vez en cuando? —preguntó Philip. Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo.

—Oh, estoy segura de que no le gustaría. No me preguntes el motivo ni nada sobre ello —contestó Maggie abatida—. Mi padre tiene ideas muy fijas sobre algunas cosas, y ahora es muy desgraciado.

—No más de lo que yo soy —exclamó Philip impetuosamente—. Yo no soy nada feliz.

—¿Por qué? —preguntó Maggie amablemente—. Por lo menos... No debe­ría preguntártelo. Lo siento muchísimo.

Philip se dio media vuelta para seguir caminando, como si no tuviera paciencia para permanecer inmóvil por más tiempo, y siguieron caminan­do por la hondonada, serpenteando entre árboles y arbustos en silencio. Tras estas últimas palabras de Philip, Maggie no se sintió capaz de insistir de inmediato en que se separaran.

—Desde que renuncié a pensar en lo que es fácil y agradable —dijo finalmente Maggie con timidez— y dejé de mortificarme por no hacer mi propía voluntad, he sido mucho más feliz. Nuestra vida está determinada de antemano y cuando dejamos de desear cosas y sólo pensamos en soportar la carga impuesta y en hacer lo que nos es encomendado, el pensamiento se siente mucho más libre.

—Pero yo no puedo dejar de tener deseos —contestó Philip con impaciencia—. Me parece que, mientras estamos vivos, no podemos dejar de tener deseos y anhelos. Algunas cosas nos parecen bellas y buenas, y tene­mos obligatoriamente que desearlas. ¿Cómo podemos sentirnos satisfe­chos sin ellas mientras nuestros sentimientos sigan vivos? Me entusiasman los cuadros hermosos, deseo ardientemente pintarlos. Por mucho que luche, no soy capaz de hacer lo que quiero. Eso para mí resulta doloroso y será siempre así hasta que vaya perdiendo facultades, como quien pier­de la vista. Y también deseo muchas otras cosas... —Philip vaciló un poco al llegar a este punto, y añadió—: ...cosas que otros hombres tienen y que a mí siempre se me negarán. Mi vida no tendrá nada grande o hermoso: preferiría no haber nacido.

—¡Oh, Philip! —exclamó Maggie—. Me gustaría que no te sintieras así. —Sin embargo, su corazón empezó a latir al compás del descontento de Philip.

—Entonces —dijo Philip, volviéndose rápidamente y clavando en su ros­tro los ojos grises y suplicantes—, me conformaría con esta vida si me deja­ras verte de vez en cuando —Philip se detuvo al observar el temor que apa­recía en el rostro de Maggie y apartó los ojos de nuevo—. No tengo ningún amigo al que contar mis cosas, nadie que se interese por mí —dijo con más calma—. Y si pudiera verte de vez en cuando, me dejaras hablar un poco contigo, y me mostraras que te interesas por mí, que nuestros corazones siempre podrán ser amigos y que nos ayudaremos, entonces quizá me gus­tara más la vida.

—Pero ¿cómo podría verte, Philip? —preguntó Maggie, titubeando. (¿De veras podría hacerle algún bien? Sería muy doloroso despedirse de él aquel día y no volver a hablar con él nunca más. Acababa de encontrar un nuevo interés para dar amenidad a sus días y lo cierto era que habría resul­tado mucho más fácil renunciar a ese nuevo interés antes de que apare­ciera.)

—Si me dejaras verte por aquí de vez en cuando, pasear contigo... Me contentaría con que fuera una o dos veces al mes. Eso no puede estro­pear la felicidad de nadie y, en cambio, endulzaría mi vida. Además —pro­siguió Philip, con toda la astucia e imaginación del amor a los veintiún años—, si hay alguna enemistad entre nuestros familiares, razón de más para que intentemos suavizarla con nuestra amistad. Tal vez, si yo cono­ciera bien los hechos y gracias a nuestra influencia por ambas partes, podríamos sanar las heridas del pasado. Y no creo que mi padre sienta gran enemistad: creo que ha demostrado lo contrario.

Maggie negó lentamente con la cabeza y permaneció en silencio, presa de pensamientos encontrados. Tendía a creer que ver a Philip de vez en cuando y mantener el lazo de la amistad con él era no sólo inocente sino también bueno; quizá pudiera ayudarlo a hallar alguna satisfacción en la vida, como ella había encontrado. La voz que le decía esto sonaba para Maggie como música celestial, pero sobre ella se imponía otra voz, que había aprendido obedecer, que le advertía una y otra vez que aquellos encuentros suponían una relación secreta, algo que temería que descu­brieran y, si así era, causaría enfado y dolor, y que admitir algo tan cerca­no a la doblez actuaría como un cáncer espiritual. Sin embargo, la música se hacía más fuerte, como las campanadas que arrastrara una brisa recu­rrente, convenciéndola de que eran los otros quienes se equivocaban, con sus errores y sus debilidades, y que se trataba de un sacrificio fútil de uno que lastimaba a otro. Era cruel para Philip que se alejara de él debido a un injustificable afán de venganza contra su padre: pobre Philip, del que muchos se apartaban por su deformidad. A Maggie no se le había ocurri­do la idea de que Philip pudiera convertirse en su enamorado ni que pudieran censurar sus encuentros al considerarlos bajo esa luz; Philip lo advirtió, no sin dolor, aunque así resultara más probable que accediera. Sintió cierta amargura al ver que Maggie se comportaba con él con casi la misma franqueza y libertad que cuando era niña.

—No puedo decirte que sí ni que no —dijo finalmente Maggie, dando media vuelta y volviendo por donde había venido—. Debo esperar para no tomar una decisión equivocada. Debo buscar una guía.

—Entonces, ¿puedo volver? ¿Mañana? ¿Pasado mañana? ¿La semana que viene?

—Me parece que será mejor que te escriba —dijo Maggie, vacilando de nuevo—. Algunas veces tengo que ir a Saint Ogg's y puedo echar la carta al correo.

—!Oh, no! —exclamó Philip con ansiedad—. No es buena idea. Mi padre podría ver la carta y... aunque creo que no siente ninguna animadversión hacia vosotros, ve las cosas de modo distinto que yo: piensa mucho en la riqueza y en la posición social. Te ruego que me dejes venir otra vez. Di tú cuándo quieres que sea; o, si no puedes, vendré tanto como pueda hasta que te vea.

—Dejémoslo así, pues —dijo Maggie—, porque no estoy segura de que venga ninguna tarde en concreto.

Maggie sintió gran alivio al aplazar la decisión. Ahora podía disfrutar durante unos minutos de su compañía... incluso pensó en prolongarlos un poco: la siguiente vez que se encontraran tendría que herir a Philip comunicándole su decisión.

—No dejo de pensar en lo extraño que resulta que nos hayamos encon­trado y hayamos hablado como si nos hubiéramos separado ayer mismo en Lorton —dijo Maggie mirándolo con una sonrisa, tras unos momentos de silencio—. Y, sin embargo, supongo que hemos cambiado mucho durante estos cinco años... me parece que han pasado cinco años. ¿Cómo es que parecías estar seguro de que yo era la misma Maggie? Yo no estaba segura de que tú siguieras siendo el mismo: sé que eres muy inteligente y seguro que has visto y aprendido muchas cosas que ahora llenan tu pensamiento: no estaba segura de que te interesaras por mí.

—Nunca he dudado un instante de que seguirías siendo la misma —dijo Philip—. Es decir, la misma en todo aquello que hizo que me gustaras más que ninguna otra persona. No quiero explicarlo: no creo que se pueda explicar por qué algunas cosas nos impresionan más que otras. No pode­mos detectar el proceso por el cual llegan a nosotros ni el modo en que actúan. El pintor más grande que ha existido sólo pintó una vez un niño misteriosamente divino, y no sería capaz de explicar cómo lo hizo ni noso­tros podemos explicar por qué sentimos que es divino. Me parece que en nuestra naturaleza humana hay almacenes de los que la razón no puede hacer un inventario completo. Algunos fragmentos de música me afectan de modo tan extraño que no puedo escucharlos sin que cambie mi estado de ánimo durante un si el efecto durara sería capaz de actos heroi­cos.

—!Ah! Sé muy bien lo que quieres decir con la música, yo también lo siento —exclamó Maggie, uniendo las manos, movida por su antigua impe­tuosidad—, por lo menos, así me sentía cuando oía música. Ahora ya no puedo oír nada, excepto el órgano de la iglesia —añadió, entristecida.



¿Y te gustaría, Maggie? —preguntó Philip, mirándola con cariñosa lástima—. Ah, disfrutas de muy pocas cosas hermosas de la vida. ¿Tienes libros? Cuando eras pequeña te gustaban mucho.

Se encontraban ya de regreso en la hondonada en torno a la cual cre­cían los rosales silvestres y ambos se detuvieron bajo el encanto de la feé­rica luz del atardecer que reflejaban las matas de color rosa pálido.

—No, he dejado de leer —contestó Maggie con voz tranquila—; ahora sólo leo unos pocos libros.

Philip había sacado ya del bolsillo un pequeño volumen y dijo mientras examinaba el lomo.

—Ah, éste es el segundo volumen. Tal vez te habría gustado llevártelo. Me lo metí en el bolsillo porque estoy estudiando una escena para dibu­jarla.

Maggie miró también el lomo y vio el título: le hizo recordar una anti­gua impresión con imperiosa fuerza.

—El pirata25 —dijo, tomando el libro de las manos de Philip—. Oh, lo empe­cé una vez, leí hasta cuando Minna camina con Cleveland, pero no pude terminarlo. Me imaginé el resto e inventé varios finales, todos ellos des­graciados. No se me ocurría ningún final feliz con ese principio. ¡Pobre Minna! Me pregunto cómo termina de verdad. Durante un tiempo, no pude quitarme de la cabeza las islas Shetland, sentía el viento que soplaba del mar encrespado —dijo Maggie rápidamente, con ojos refulgentes.

—Llévate el libro a casa, Maggie —dijo Philip, contemplándola con pla­cer—. Ahora no lo necesito: en lugar de pintar esa escena, haré un retrato tuyo bajo los pinos y las sombras tangenciales.

Maggie no había oído ni una palabra de lo que había dicho, absorta en la lectura de la página por la cual había abierto el libro. De repente, cerró el libro y se lo devolvió a Philip moviendo la cabeza en gesto de rechazo, como si dijera vade retro a una visión.

—Llévatelo, Maggie —insistió Philip—, te gustará.

—No, gracias —contestó Maggie, apartándolo con la mano y caminan­do de nuevo—. Volvería a enamorarme de este mundo, como antes; haría que deseara ver y conocer muchas cosas, haría que deseara una vida plena.

—Pero no siempre vivirás como ahora, ¿por qué has de privarte así? No me gusta verte entregada a este ascetismo tan estricto, Maggie. La poesía, el arte y el conocimiento son sagrados y puros.

—Pero no son para mí, no son para mí —insistió Maggie, caminando más deprisa—. Porque yo querría demasiado. Tengo que esperar, esta vida no durará tanto.

—No huyas de mí sin despedirte, Maggie —exclamó Philip cuando alcanzaron el bosquecillo de pinos albares y ella siguió caminando sin hablar—. No debo seguir adelante, me parece, ¿no es así?

—¡Oh, no! Se me había olvidado. Adiós —dijo Maggie, deteniéndose y tendiéndole la mano. Este gesto provocó en ella una oleada de cariño hacia Philip y, después de mirarse en silencio durante unos momentos, con las manos unidas, Maggie dijo retirando la mano: Te agradezco mucho que hayas pensado en mí durante estos años. Es muy agradable que alguien te quiera. Qué maravilloso, qué hermoso es que Dios te haya dado un corazón capaz de interesarse por una niña rara con la que sólo tuviste trato durante unas semanas. Recuerdo que te dije que me parecía que sentías por mí mas cariño que Tom.

—Ah, Maggie —dijo Philip, casi quejoso—: nunca me querrás tanto como a tu hermano.

—Tal vez no —contestó Maggie con sencillez—. Pero es que en el recuer­do más antiguo que tengo estamos Tom y yo junto al Floss mientras él me coge de la mano. Todo lo anterior es oscuridad. Pero nunca te olvidaré, aunque debamos seguir separados.

—No digas eso, Maggie —protestó Philip—. Si he mantenido a aquella niña durante cinco años en mi recuerdo, ¿no he conseguido con ello parte de su cariño? No debería alejarse tanto de mí.

—No lo haría si fuera libre, pero no lo soy. Debo rendirme —dijo Maggie. Tras un momento de duda, añadió—: y quería decirte que, cuando veas a mi hermano, es mejor que te limites a saludarlo inclinando la cabeza. Una vez me dijo que no volviera a hablar contigo y él no cambia de opinión... Oh, vaya. Se ha puesto ya el sol y estoy todavía lejos. Adiós —dijo tendién­dole otra vez la mano.

—Vendré por aquí tanto como pueda hasta que vuelva a verte, Maggie. Piensa tanto en mí como en los demás.

—Si, sí, lo haré —dijo Maggie. Se alejó a toda prisa y no tardó en desaparecer tras el último pino, aunque la mirada de Philip permaneció fija en aquel lugar durante varios minutos, como si todavía la viera.

Maggie se dirigió a su casa sumida en un conflicto interno; Philip se marchó a la suya, donde no hizo más que recordar y esperar. Sin duda, debemos censurar severamente su actitud. Tenía cuatro o cinco años más que Maggie y era plenamente consciente de sus sentimientos hacia ella, lo que debía ayudarlo a prever el carácter que cualquier observador podría atribuir a sus encuentros. Pero no debe suponer el lector que Philip fuera capaz de un tosco egoísmo, o que pudiera quedar satisfecho sin conven­cerse previamente de que pretendía insuflar cierta felicidad en la vida de Maggie; y esta idea lo empujaba más que cualquier otro objetivo personal. Podía darle comprensión y apoyo. La actitud de Maggie no albergaba la menor promesa de amor hacia él, sólo la misma ternura propia de una niña dulce que había mostrado a los doce años. Quizá nunca lo amara; quizá ninguna mujer podría nunca llegar a amarlo: bien, lo soportaría entonces, pero al menos tendría la felicidad de verla y de sentir cierta cer­canía. Y Philip se aferraba apasionadamente a la posibilidad de que pudie­ra llegar a amarlo: tal vez ese sentimiento se desarrollara si lo asociaba con la atenta ternura a la que su carácter era tan sensible. Si alguna mujer podía quererlo, sin duda ésa era Maggie: estaba llena de amor y nadie parecía reclamarlo. Así pues... era una pena que un talento como el suyo se marchitara en plena juventud, como un árbol joven en pleno bosque que careciera de la luz y del espacio necesarios para crecer bien. Se preguntaba si no podría impedirlo y convencerla de que abandonara sus pri­vaciones. Sería su ángel de la guarda; haría cualquier cosa, soportaría cual­quier cosa por ella, excepto dejar de verla.



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