George Eliot El molino del Floss



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Capítulo III


Una voz del pasado
Una tarde, cuando los castaños empezaban a florecer, Maggie sacó una silla a la puerta de la casa y se sentó con un libro sobre las rodillas. Sus ojos negros se apartaban del libro, pero no parecían disfrutar de los rayos de sol que atravesaban la pantalla de jazmín del porche situado a su derecha y proyectaban sombras en forma de hoja sobre su pálida y redonda meji­lla; por el contrario, se diría que buscaban algo que el sol no mostraba. Aquel día había sido más aciago que de costumbre: su padre, tras una visi­ta a Wakem, había sufrido un ataque de ira durante el cual había pegado por una falta fútil al chico que servía en el molino. Ya en otra ocasión, tras su enfermedad, había sufrido un ataque similar y había azotado a su caba­llo, y la escena había dejado en Maggie una huella duradera. Se le había ocurrido pensar que tal vez pudiera pegar a su madre si a ésta se le ocurriera intervenir con voz blanda en un momento poco oportuno. El peor de sus temores era que su padre pudiera añadir a su desgracia presente algún acto desdichado e irreparable. El ajado libro de texto de Tom que tenía sobre las rodillas no le proporcionaba ningún consuelo ante aquel temor y sus ojos se le llenaban de lágrimas una y otra vez mientras vagaban de un lado a otro sin ver los castaños ni el lejano horizonte, sino sólo esce­nas futuras de tristeza doméstica.

De repente le sorprendió el sonido de la puerta de la verja y el rumor de pasos en la gravilla. No era Tom, sino un hombre con una gorra de piel de foca y un chaleco de felpa azul; llevaba un saco a la espalda y lo seguía un bull terrier moteado de fiero aspecto.

—¡Ah, Bob! ¡Eres tú! —exclamó Maggie con una sonrisa de placer al reconocerlo, porque no habían sido muchos los gestos amables capaces de borrar el recuerdo de la generosidad de Bob—. ¡Cuánto me alegro de verte!

—Gracias, señorita —saludó Bob, levantando la gorra con expresión radiante, pero inmediatamente se sintió violento y se relajó mirando al perro y diciéndole en tono de enfado—. Lárgate, idiota.



—Mi hermano todavía no ha llegado a casa, Bob —dijo Maggie—. Pasa el día en Saint Ogg's.

—Bueno, señorita —dijo Bob—. Me gustaría ver al señor Tom, pero no he venido por eso. Mire lo que traigo.

Bob depositaba en aquel momento el fardo en el umbral y, junto con él, un paquete de libros pequeños atados con un cordel. Sin embargo, al parecer no era ése el objeto sobre el que pretendía llamar la atención de Maggie, sino algo que llevaba bajo el brazo, envuelto en un pañuelo rojo.

—¡Mire! —dijo, colocando el paquete rojo sobre los otros y desenvolviéndolo—. A lo mejor se piensa que me tomo libertades, señorita, pero he encontrado estos libros por casualidá y me se ocurrió pensar que a lo mejor compensan un poco los que perdió: oí que decía algo de las ‘lustraciones ¡mire ésta!

Al abrir el pañuelo rojo mostró un número atrasado del anuario Keepsake y seis o siete ejemplares de Portrait Gallery en octavo; la enfática petición se refería a un retrato de Jorge IV con toda la majestad de su crá­neo hundido y un voluminoso pañuelo anudado al cuello.

—Aquí hay toda clase de caballeros —siguió Bob, pasando las páginas con entusiasmo—, con todo tipo de narices, algunos son calvos y otros llevan peluca. Caballeros del parliamento, digo yo que serán. Y aquí hay muchas damas —añadió, abriendo el ejemplar de Keepsake—, algunas con el cabello rizado y otras con el cabello liso: unas sonríen con la cabeza torcida y otras parecen a punto de echarse a llorar, mire ésas, sentadas en el campo y vestidas como las damas que bajan de los carruajes cuando van a los bailes del Old Hall. Caramba, ¡qué se pondrán los hombres cuando vayan a corte­jarlas! Anoche me quedé hasta las doce mirándolas. Como que me mira­ban como si me conocieran. Pero bueno, yo no sabría qué decirles. Serán mejor compañía para usté, señorita, y el hombre del puesto de libros me dijo que eran las mejores `lustraciones, que eran de primera.

—¿Y las has comprado para mí, Bob? —preguntó Maggie, profundamente conmovida por su amabilidad—. ¡Qué bueno eres! Pero temo que te hayan costado muy caras.

—¡Ca! —dijo Bob—. Habría pagado tres veces más si con eso se consolara usté por lo que ha perdido, señorita. Porque no me se olvida la cara que tenía cuando perdió los otros libros: me s’ha quedado pintada como si la tuviera delante de los ojos. Y cuando vi los libros abiertos en el puesto, con una dama que me miraba con unos ojos como los de esté cuando estaba triste, perdone esta libertad, señorita, pensé que me tomaría la libertad de comprárselos, y entonces compré estos libros llenos de caballeros para completar el lote, y después —llegado a este punto, Bob alzó el pequeño paquete de libros— pensé que también le gustaría tener un poco de letra, no sólo dibujos, y compré estos por si le parecen bien, están llenos de letras, y pensé que no estaría mal que acompañaran a los otros que son un poco mejores. Y espero que no me los rechace y me diga que no los quie­re, como hizo el señor Tom con los soberanos.

—No, claro que no, Bob —contestó Maggie—. Te agradezco mucho que hayas pensado en mí, creo que nadie ha sido nunca tan amable conmigo. No tengo muchos amigos que se ocupen de mí.

—Pues tenga un perro, señorita: son mejores amigos que cualquier cris­tiano —dijo Bob, depositando de nuevo el saco que había tomado con intención de marcharse; se sentía muy tímido ante una muchacha como Maggie aunque, como acostumbraba a decir, «se le escapaba la lengua» en cuanto empezaba a hablar—. No puedo regalarle a Mumps, porque se mori­ría de pena si se separara de mí. ¿Verdad, perillán? —Mumps optó por expresarse con un único movimiento afirmativo del rabo—, pero le regala­ré un cachorro si quiere.

—No, gracias, Bob. Tenemos ya un perro guardián y no puedo tener otro mío.

—Bueno, pues es una pena. Conozco un cachorro manífico, si no le importa que no sea de raza: su madre actúa en un número de feria, es una perra ecepcional: algunos, desde que se levantan hasta que se acuestan, muestran menos cabeza que ella con sus ladridos. Uno que vende ollas por ahí, un oficio tan humilde como el de todos los vendedores ambulantes, fue y dijo un día: «Esa Toby no es más que una perra mestiza que no vale pa na», pero yo le dije: «¿Y tú qué? Tampoco pareces de raza. Si se te mira bien, no parece que tuvieras gran cosa que heredar de tu padre y de tu madre». No es que yo sea muy refinao, pero no me gusta que un chucho se meta con otro. Buenas tardes, señorita —añadió Bob bruscamente, alzando de nuevo el fardo, consciente de que su lengua estaba comportándose con poca disciplina.

—Ven alguna tarde a ver a mi hermano, Bob —dijo Maggie.

—Sí, señorita. Gracias. Otro día. Presente mis respetos a su hermano. Ah, él si que ha crecido: a él le han crecido las piernas más que a mí.

El hatillo volvía a estar en el suelo, pues el gancho del bastón que lo sostenía estaba mal colocado.

Mumps no es un chucho callejero, ¿verdad? —preguntó Maggie, adivinando que el amo agradecería cualquier interés por el perro.

—No, qué va, señorita —dijo Bob con una sonrisa de desdén—. Mumps es un cruce tan bueno como el mejor que se pueda encontrar a lo largo de todo el Floss, y lo he recorrido mucho con la barcaza. Caramba, si hasta los señores se detienen a mirarlo, pero Mumps no los mira: él va a lo suyo.

La expresión de Mumps, que parecía tolerar la existencia superflua de los objetos en general, confirmaba con creces estas alabanzas.

—Parece muy arisco, ¿dejará que lo acaricie?

—Sí, claro, se lo agradecerá. Mumps sabe distinguir a la gente. No es fácil engañarlo: sabe distinguir perfectamente a los ladrones. Vaya, hablo con él todo el rato cuando ando por sitios solitarios, y si he hecho alguna tram­pilla, tamién se lo cuento: no tengo secretos para él. Sabe todo lo del dedo gordo.

—¿Y qué le pasa al dedo gordo? —preguntó Maggie.

—Pues eso —dijo Bob, mostrando un ejemplar singularmente ancho de aquello que distingue al hombre del mono—: que cuando mido un trozo de franela, porque llevo franela porque pesa poco y es cara, pues un pul­gar ancho cuenta mucho. Señalo la yarda con el pulgar y corto por el lado de dentro, y las viejas no se dan ni cuenta.

—Pero Bob —le reconvino Maggie con aspecto serio—: eso es un engaño, no me gusta oírte contar estas cosas.

—¿No, señorita? —preguntó Bob compungido—. Entonces siento habér­selo contado. Pero estoy acostumbrao a hablar con Mumps, y a él no le importa que engañe un poquillo a esas viejas tacañas que no paran de regatear, que querrían que les diera gratis la franela y les da igual que yo no gane ni pa comer. Señorita, no engaño a nadie que no quiera enga­ñarme a mí, soy una persona honrada, señorita. Pero tengo que divertir­me un poco, y ya no voy con los hurones. Ahora no veo más alimañas que a esas mujeres que regatean. Buenas tardes, señorita.

—Adiós, Bob. Gracias por traerme esos libros. Y vuelve a ver a Tom.

—Sí, señorita —dijo Bob, alejándose unos pasos; después dio media vuel­ta y añadió—: dejaré de hacer el truco del pulgar si no le parece bien, seño­rita, pero será una pena. No podré encontrar otro tan bueno. ¿Y de qué me servirá tener el pulgar ancho? Pa eso, lo mismo daba tenerlo delgado.

Maggie, convertida así en la Madonna y guía de Bob, se echó a reír a pesar suyo, ante lo cual los ojos azules de su adorador centellearon; bajo esos auspicios favorables, Bob saludó llevándose la mano a la gorra y se alejó.

A pesar del gran canto fúnebre de Burke, los días de los caballeros toda­vía no han desaparecido: sobreviven en la adoración que muchos jóvenes y hombres sienten por mujeres a las que siquiera piensan tocar el meñique o el orillo del vestido. Bob, cargado con su fardo, sentía una veneración tan respetuosa por aquella doncella de ojos negros como si fuera un caba­llero con armadura que pronunciara su nombre mientras espoleaba al caballo para entrar en batalla.

La expresión alegre no tardó desaparecer del rostro de Maggie, y tal vez sólo consiguió que, por contraste, la tristeza le pareciera mayor. Estaba demasiado abatida para dar respuesta alguna a la curiosidad que sentía sobre los libros que le había regalado Bob, de modo que se los llevó a su cuarto, los dejó allí y se sentó en el único taburete, sin ocuparse de mirar­los todavía. Apoyó la mejilla contra el marco de la ventana, pensando que el desenfadado Bob era mucho más feliz que ella.

La sensación de soledad y total privación de alegría había ido hacién­dose más profunda a medida que avanzaba la luminosa primavera. Todos los rincones favoritos del entorno, que se diría que la habían criado y ali­mentado junto con sus padres, participaban ahora de la tristeza familiar y no recibían la sonrisa solar. Todo afecto, todo placer que la pobre niña hubiera conocido era ahora como un nervio doloroso. Ya no tenía músi­ca, ni piano, ni voces armoniosas, ni deliciosos instrumentos de cuerda, cuyos apasionados cantos de espíritus presos transmitían una extraña vibración que le recorría todo el cuerpo. Y de su vida escolar no le queda­ba nada más que una pequeña colección de libros de texto que hojeaba con la desagradable sensación de que ya los conocía y no le ofrecían nin­gún consuelo. Incluso en el colegio deseaba con frecuencia libros que contuvieran algo más: todo lo que aprendía en ellos le parecía como el ex­tremo de una larga hebra que se rompía de inmediato. Y ahora, sin el atractivo indirecto de la emulación escolar, Telémaco resultaba árido, así como las dificiles cuestiones de la doctrina cristiana: carecían de sabor, de fuerza. Algunas veces, Maggie pensaba que se conformaría con algunas fantasías absorbentes: ¡Si tuviera todas las novelas de Scott y todos los poe­mas de Byron! Entonces quizá encontrara felicidad suficiente para aliviar el sufrimiento que le proporcionaba la vida diaria. Y, sin embargo... tam­poco era eso lo que deseaba. Podía inventar mundos soñados, aunque ahora ninguno le resultaba satisfactorio. Quería alguna explicación sobre la dura vida real: sobre su taciturno padre, sentado a la triste mesa del desa­yuno; su madre infantil y desconcertada; las pequeñas tareas sórdidas que llenaban las horas, o el opresivo vacío de un ocio tedioso y sombrío; la necesidad de un amor tierno y efusivo; la cruel sensación de que a Tom no le importaba lo que ella pudiera pensar o sentir y de que ya no eran com­pañeros de juegos; la privación de todas las cosas agradables que se le ocurrían: deseaba poseer la clave que le permitiera comprender y así soportar la pesada carga que había caído sobre su joven corazón. Pensaba que si le hubieran enseñado «las cosas serias e importantes que sabían los grandes hombres», tal vez conocería los secretos de la vida; ¡ojalá tuviera libros en los que pudiera aprender lo que sabían los sabios! A Maggie los santos y los mártires nunca le habían interesado tanto como los sabios y los poetas. Sabía poco de santos y mártires y había deducido, como resultado general de las enseñanzas recibidas, que eran un instrumento contra la expansión del catolicismo y que todos habían muerto en Smithfield24.

En una de estas meditaciones se le ocurrió pensar que había olvidado los libros de texto de Tom, enviados a casa en su baúl, pero se encontró con que, de modo inexplicable, éstos habían quedado reducidos a los pocos y sobados ejemplares conocidos: el diccionario y la gramática latina, un Delectus, un ajado Eutropio, un manoseado Virgilio, una Lógica de Aldrich y el exasperante Euclides. Sin duda, el latín, Euclides y la lógica serían escalones fundamentales en la sabiduría masculina, en el conoci­miento que hacía que a los hombres la vida les pareciera satisfactoria e incluso alegre. El afán de saber se mezclaba con fantasías en las que, por algún milagro, en el desierto de su futuro se imaginaba honrada por sus sorprendentes logros. Y la pobre niña, empujada por el hambre intelectual y la ilusión de recibir halagos algún día, empezó a mordisquear la dura corteza del fruto del árbol de la sabiduría y a llenar las horas de ocio con el latín, la geometría y las formas del silogismo; y, cuando conseguía com­prender aquellos estudios masculinos, experimentaba una sensación de triunfo. Durante un par de semanas fue avanzando con decisión, aunque con alguna decepción ocasional, como si se hubiera encaminado sola hacia la Tierra Prometida y se encontrara perdida en un incierto viaje sin caminos y sin agua. Empujada por la severidad de su decisión, se llevaba a Aldrich a los campos y apartaba la vista del libro para fijarla en el cielo, donde brillaba la alondra, o hacia los juncos y arbustos de la orilla del río, donde un ave acuática susurraba en un vuelo inquieto y torpe, con la brus­ca sensación de que la relación entre Aldrich y el mundo vivo le resultaba tremendamente remota. A medida que pasaban los días iba desanimán­dose y el corazón inquieto se imponía sobre la mente paciente. Sin saber cómo, cuando se sentaba junto a la ventana con el libro, los ojos se empe­ñaban en mirar al vacío hacia el soleado exterior: después se le llenaban de lágrimas y algunas veces, si su madre no estaba presente, los estudios terminaban en sollozos. Se rebelaba contra su suerte, desfallecía ante esa soledad, e incluso los arrebatos de rabia y odio contra un padre y una madre tan distintos de lo que habría deseado —contra Tom, que recibía y frenaba sus sentimientos y pensamientos y con una actitud distante— bro­taban y fluían por encima de sus afectos y su conciencia como un río de lava, asustándola con la idea de que no le costaría mucho convertirse en un demonio. Después se perdía en fantasías descabelladas en las que huía del hogar en busca de algo menos triste y sórdido: iría a ver a algún gran hombre, Walter Scott, tal vez, y le contaría lo desgraciada y lo lista que era, y seguro que la ayudaba. Pero cuando se encontraba perdida en sus enso­ñaciones, su padre bien podía entrar en la sala para pasar la tarde y, al ver que permanecía inmóvil sin advertir su presencia, espetarle:



¡Vamos! ¿Es que tengo que irme a buscar yo las zapatillas?

La voz punzaba a Maggie como una espada: ella no era la única en estar triste y había estado pensando en dar la espalda a su familia y abandonar­la.

Aquella tarde, la visión del alegre rostro pecoso de Bob había dado una nueva dirección a su descontento. Llegó a la conclusión de que parte de las penalidades de su vida se debían a que debía cargar con mayores ambi­ciones que los demás, que tenía que soportar un ansia imposible de algo, fuera esto lo que fuere, un deseo de lo mayor y mejor que ofrecía la tierra. Le habría gustado ser como Bob, con su ignorancia fácilmente satisfecha, o como Tom, que podía concentrarse en sus quehaceres con una firmeza que le permitía olvidar todo lo demás. ¡Pobre criatura! Mientras apoyaba la cabeza contra el marco de la ventana, retorciéndose las manos cada vez con más fuerza y golpeando el suelo con los pies, estaba tan sola como si fuera la única niña del mundo civilizado y hubiera abandonado la vida escolar inmadura para combates inevitables, sin mayor porción de la he­rencia que le correspondía de los tesoros del pensamiento —que las sucesivas generaciones de penosos esfuerzos han conseguido para la humanidad— que algunos fragmentos y retales de literatura menor e historia falsa, junto con abundante información banal sobre los sajones y otros reyes de dudoso ejemplo. Y, sin embargo, era infelizmente ignorante de las irrevo­cables leyes internas y externas a sí misma que, puesto que gobiernan las costumbres, se convierten en moralidad y que, tras desarrollar los senti­mientos de sumisión y dependencia, se transforman en religión. Estaba tan sola en su sufrimiento como si todas las demás niñas recibieran mimos y cuidados de adultos que tuvieran bien presentes los tiempos en que fue­ron jóvenes, cuando las necesidades eran imperiosas y poderosos los impulsos.

Finalmente, los ojos de Maggie cayeron sobre los libros y revistas depositados en el alféizar de la ventana y abandonó a medias las fantasías para hojear con desgana las páginas de Portrait Gallery, pero pronto lo apartó para examinar el pequeño atado de volúmenes. Beauties of the Spectator, Rasselas, Economía de la vida humana, Las cartas de San Gregario conocía el contenido de todos ellos; El anuario cristiano parecía ser un libro de him­nos y lo dejó otra vez. ¿Y quién sería Tomás de Kempis? En alguna ocasión había topado con aquel nombre en sus lecturas y sentía la satisfacción, de todos conocida, de poseer algunas ideas relacionadas con un nombre que vagaba solitario en su memoria. Cogió aquel libro viejo, pequeño y tosco con cierta curiosidad: tenía muchas esquinas dobladas y alguna mano ahora inmóvil para siempre, había señalado algunos párrafos con pluma y tinta, dorada por el paso de los años. Maggie pasó de una página a otra y leyó allí donde la mano señalaba... «Sabe que el amor propio te daña mas que ninguna cosa del mundo... Si buscas esto o aquello, y quisieres estar aquí o allí por tu provecho, y propia voluntad, nunca tendrás quietud, ni estarás libre de cuidados; porque en todos hay alguna falta, y en cada lugar habrá quien te ofenda ... Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior, y merecer perpetua corona... Si deseas subir a esta cumbre, conviene comenzar varonilmente, y ponerla segura a la raíz, para que arranques y destruyas la oculta desor­denada inclinación que tienes a ti mismo, y a todo bien propio y corporal. De este amor desordenado que se tiene el hombre a sí mismo, depende casi todo lo que se ha de vencer radicalmente: vencido y señoreado este mal, luego hay gran paz y sosiego... Poco es lo que padeces, en compara­ción con lo que padecieron tantos, tan fuertemente tentados, tan gravemente atribulados, probados y ejercitados de tan diversos modos. Conviénete, pues, traer a la memoria las cosas muy graves de otros, para que fácilmente sufras tus pequeños trabajos. Y si no te parecen pequeños, mira no lo cause tu impaciencia... Bienaventurados los oídos que perciben los raudales de las inspiraciones divinas, y no cuidan de las murmuracio­nes mundanas. Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que oyen de fuera, sino la verdad que enseña de dentro... »

Un extraño escalofrío de reverencia recorrió a Maggie mientras leía, como si la hubiera despertado una música solemne en plena noche para hablarle de seres cuyas almas bullían mientras la suya se encontraba sumi­da en el sopor. Pasó de una señal marrón a otra, hacia donde la mano silenciosa parecía señalar, apenas consciente de que estaba leyendo, ya que le parecía oír una voz que le decía: «¿Qué miras aquí no siendo este lugar de tu descanso? En los cielos debe ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú también con ellas. Guárdate de pegarte a ellas, porque no seas preso y perezcas. Si el hombre diere su hacienda toda, aún no es nada. Si hiciere gran penitencia, aún es poco. Aunque tenga toda la ciencia, aún está lejos: y si tuviere gran virtud Y muy ferviente devoción, aún le falta mucho; le falta cosa que le es más necesaria. Y ésta ¿cuál es? Que dejadas todas las cosas, deje a sí mismo y salga de sí del todo, y que no le quede nada de amor propio... Muchas veces te dije, y ahora te lo vuelvo a decir: déjate a ti, renúnciate y gozarás de grande paz interior... Entonces se desvanecerán todas las vanas imaginaciones, las perturbaciones malas, y los cuidados superfluos. Entonces también desaparecerá el temor excesivo y morirá el amor desordenado».

Maggie respiró hondo y se echó hacia atrás el pesado cabello, como si quisiera percibir con mayor claridad una visión repentina. Ahí tenía un secreto sobre la vida que le permitiría renunciar a todos los demás; ahí había una cumbre sublime que podría alcanzar sin ayuda externa; el libro podría ofrecerle la posibilidad de obtener perspicacia, fuerza y conquista con los medios que existían en su propia alma, donde un maestro supre­mo aguardaba para que lo escuchara. Se le ocurrió de repente, como solu­ción a un problema, que todas las desgracias de su corta vida se debían a que había vinculado su corazón a su placer, como si ésa fuera la necesidad central del universo; y por primera vez vio la posibilidad de cambiar una actitud desde la que buscaba la satisfacción de sus deseos, ocuparse menos de sí misma y contemplar su vida como una parte insignificante de un con­junto guiado por una mano divina. Leyó y leyó el viejo libro, devorando con avidez los diálogos con el invisible maestro, modelo para las penas, fuente de toda fuerza; regresó a él después de que la interrumpieran un momento, y leyó hasta que el sol se ocultó tras los sauces. Con la prisa de una imaginación que no podía descansar en el presente, permaneció sen­tada en el crepúsculo imaginando situaciones de humillación y devoción y, llevada por el ardor del reciente descubrimiento, la renunciación le parecía la vía de entrada en la satisfacción que durante tanto tiempo había ansiado en vano. No había percibido —¿cómo podría hacerlo tan pronto? —¿­la recóndita verdad de los viejos escritos de aquel monje: que la renuncia­ción es pena, aunque se trate de una pena soportada voluntariamente. Maggie seguía suspirando por la felicidad y se hallaba en éxtasis porque había encontrado la llave. No sabía nada de doctrinas ni sistemas, de mis­ticismo ni de quietismo: pero esa voz procedente de la lejana Edad media era una comunicación directa con las creencias y experiencias de un alma humana y llegó a Maggie como un mensaje incuestionable.



Tal vez sea ése el motivo por el cual este pequeño libro pasado de moda, que se puede comprar en cualquier librería por seis peniques, sigue obran­do milagros y convierte en dulzor la amargura; en cambio, otros tratados y sermones más caros y recientes lo dejan todo como estaba. Lo escribió una mano que aguardaba un estímulo para el corazón, es la crónica de una angustia, un combate, una confianza y un triunfo escondidos y solitarios­ que no se escribió sobre cojines de terciopelo para enseñar a resistir a los que avanzan sobre piedras con los pies ensangrentados. Y sigue siendo un registro duradero de las necesidades y consuelos humanos, la voz de un hermano que, mucho tiempo atrás, sintió, sufrió y renunció, tal vez en el claustro, con hábito de estameña y cabeza tonsurada, con muchos cantos y largos ayunos, y con un modo de hablar distinto del nuestro, pero bajo los mismos cielos silenciosos y lejanos y con los mismos deseos apasiona­dos, los mismos combates, fracasos y cansancios.

Cuando se escribe la historia de familias poco distinguidas, es fácil caer en un tono de énfasis que está muy lejos de ser el propio de la buena socie­dad, donde los principios y las creencias no sólo son extremadamente tibios, sino que siempre se dan por supuesto, como algo que no depende de una elección personal y sobre lo que puede hablarse con leve ironía y desenfado. Pero las clases altas tienen vino de Burdeos y alfombras de ter­ciopelo, compromisos para cenar con seis semanas de antelación, óperas y bailes; pasean su hastío en caballos de pura raza, haraganean en clubes y saben apartarse de los torbellinos de miriñaques; Faraday se ocupa de su ciencia y el alto clero, que es recibido en las mejores casas, se encarga de su religión: ¿cómo van a tener tiempo o necesidad de creencias y énfasis? Pero esta buena sociedad, sustentada en sutiles alas de leve ironía, resulta muy cara de producir; requiere nada menos que una amplia y ardua vida nacional condensada en las fábricas ensordecedoras y poco fragantes, apretujada en las minas, sudorosa en los hornos, que muele, martillea y teje sometida a una opresión variable de ácido carbónico, o bien se extien­de por los pastos, se dispersa en casas y chozas solitarias en campos arci­llosos o calcáreos plantados con cereales, donde los días lluviosos son som­bríos. Esta amplia vida nacional se basa totalmente en el énfasis: el énfasis de la necesidad, que la empuja a todas las actividades necesarias para el mantenimiento de la buena sociedad y la leve ironía: con frecuencia pasa pesados años en un frío sin alfombras, entre disputas familiares y sin lar­gos pasillos que las atenúen. En estas circunstancias, muchas de esas miría­das de almas necesitan de modo imperioso unas creencias enfáticas, ya que la vida, bajo este aspecto desagradable, exige alguna solución, incluso a las mentes poco dadas a la especulación; de la misma manera que uno inten­ta inspeccionar su lecho cuando alguna protuberancia le molesta, mien­tras que las plumas y los perfectos muelles franceses no provocan ninguna inquietud. Algunos poseen una fe enfática en el alcohol y buscan el eksta­sis o «salir de uno mismo» en la ginebra, pero los demás necesitan algo que la buena sociedad denomina entusiasmo, algo que empuje a la acción sin premio importante, algo que dé paciencia y alimente el amor humano cuando duele el cuerpo de cansancio y los demás nos contemplan con dureza, algo que, sin duda, se encuentre lejos de los deseos personales, que comporte resignación en lo propio y amor por lo ajeno. De vez en cuando, esta clase de entusiasmo encuentra un eco lejano en una voz que procede de una experiencia nacida de la mas profunda necesidad. Y en las duraderas vibraciones de esa voz, Maggie, con su rostro de niña y sus penas ocultas, encontró el esfuerzo y la esperanza que la ayudaron a sobrellevar dos años de soledad y a elaborar una fe propia sin ayuda de autoridades establecidas ni guías oficiales, porque no los tenía a mano y su necesidad era urgente. Dado lo que conoces de ella, lector, no te sorprenderá que se lanzara a esta empresa de renunciación con cierta exageración y terque­dad, impetuosidad y orgullo: su vida seguía siendo para ella un drama teatral y ella exigía interpretar su papel con intensidad. De modo que con fre­cuencia sucedió que perdiera el espíritu de humildad por lo excesivo de sus actos; muchas veces se propuso volar demasiado alto y cayó con las pobres alas medio desplumadas para chapotear en el barro. Por ejemplo, no sólo decidió ponerse a coser para contribuir un poco a la reserva de la caja de lata sino que, empujada por el deseo de mortificarse, fue a pedir trabajo a una tienda de ropa blanca de Saint Ogg's en lugar de solicitarlo de manera más discreta e indirecta y, cuando Tom le reprochó aquel acto innecesario, no vio en él más que un gesto desagradable e incluso enco­nado.

—No quiero que mi hermana haga eso —protestó Tom—. Yo ya me encargaré de que se paguen las deudas sin que tengas que rebajarte de ese modo.

Sin duda, estas palabras mundanas y orgullosas eran al mismo tiempo valientes y tiernas, pero Maggie se quedó con la escoria y dejó el oro, y tomó la negativa de Tom como una más de las cruces que debía soportar. Tom era muy duro con ella, pensaba Maggie en sus largas noches de insomnio: con ella, que siempre lo había querido tanto; entonces luchaba por conformarse con esta dureza y no pedir nada más. Ése es el camino que queremos cuando nos disponemos a abandonar el egoísmo: el del martirio y la resistencia, allí donde crecen las palmas de la victoria, en lugar del camino de la tolerancia y la indulgencia, carente de toda gloria. Los viejos libros de Virgilio, Euclides y Aldrich —el marchito fruto del árbol de la ciencia— habían quedado abandonados, porque Maggie había dado la espalda a la vana ambición de compartir los pensamientos de los sabios. En un primer arrebato ardoroso, los tiró con un gesto de triunfo, como si hubiera superado la etapa en que los necesitaba, y si hubieran sido suyos, los habría quemado, convencida de que nunca se arrepentiría. Leía con tanta ansiedad y constancia los otros tres libros —la Biblia, el Kempis y el Anuario cristiano (que ya no rechazaba como «libro de himnos»)— que tenía la cabeza llena de citas rítmicas; y se dedicaba a ver la naturaleza y la vida a la luz de su nueva fe con un entusiasmo tal que no necesitaba de nin­gún otro material para que trabajara su mente mientras se aplicaba con la aguja a la costura de camisas y otras complicadas labores mal llamadas sen­cillas, que nada sencillas resultaban para Maggie, puesto que bien podía coser el puño al revés cuando pensaba en otra cosa.

Diligentemente inclinada sobre la costura, Maggie ofrecía una imagen que daba gusto mirar. Aquella nueva vida interior, pese a los esporádicos estallidos volcánicos propios de las pasiones contenidas, brillaba en su ros­tro con una luz suave que hacía mas hermosa su juventud floreciente. Su madre advertía el cambio y se maravillaba, asombrada, de que «Maggie se desarrollara tan bien», era sorprendente que aquella niña que había sido tan «contrariosa» se convirtiera en una persona tan dócil, tan reacia a imponer su voluntad. En muchas ocasiones, cuando Maggie alzaba la vista de la labor encontraba los ojos de su madre clavados en ella: la miraban y esperaban la amplia mirada de la joven, como si su viejo cuerpo necesita­ra su calor. La madre empezaba a apreciar a su hija alta y morena, única pieza en la que ahora podía depositar su inquietud y su orgullo, y Maggie, a pesar del deseo ascético de no llevar adornos personales, se veía obliga­da a ceder ante su madre y lucir las gruesas trenzas en un moño en forma de corona, siguiendo la lamentable moda de aquellos tiempos anticuados.

—Dale gusto a tu madre, hija mía —decía la señora Tulliver—. Bastante me Molesté por tu pelo en otros tiempos.

Así pues, Maggie, contenta de que algo aliviara a su madre y alegrara los largos días que pasaban juntas, consentía en llevar aquel vano adorno y lucía una cabeza regia sobre viejos vestidos, aunque se negaba con firmeza a mirarse al espejo. A la señora Tulliver le gustaba llamar la atención del padre sobre el cabello de Maggie y otras virtudes inesperadas, pero él con­testaba con brusquedad:



—Sabía muy bien lo que valía la niña, no es nuevo para mí. Pero es una pena que no sea más vulgar: la rechazarán. No encontrará a nadie digno de ella para casarse.

Y las gracias de cuerpo y alma de Maggie alimentaban su melancolía. Permanecía pacientemente sentado mientras ella le leía un capítulo o, cuando estaban solos, intentaba explicarle tímidamente que las penas podían resultar bendiciones. Él interpretaba todo ello como parte de la bondad de su hija, lo que hacía más triste su desgracia, pues le había arrui­nado el futuro. En un espíritu ocupado por un propósito y un afán de ven­ganza insatisfecho, no caben nuevos sentimientos: el señor Tulliver no quería consuelo espiritual, sólo quería librarse de la degradación de las deudas y vengarse.



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